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Full text of "Revista de los Progresos de Ciencias Exactas Fisicas y Naturales"

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REVISTA 



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EXACTAS, físicas Y NATURALES. 



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PROGRESOS DE LAS CIENCIAS 



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TOIHO ■:&. 




lli^DRlD: 

POR AGUADO IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. Y DE SU REAL CASA. 



1859. 



de las materias contenidas en este tomo. 
CIEIVCIAS EXACTAS. 



PAC. 



Astronomía. Sobre los perihelios y los nodos ascendentes de los 
planetas; por Mr. Cooper j 

Carta dirigida al presidente de la Academia de Ciencias de París, 
sobre la disminución progresiva del período del cometa de 1200 
diasí por Mr. Encke o 

Resumen de la relación de los trabajos verificados por la comisión 
astronómica encargada por el gobierno brasileño de observaren 
la villa de Paranagua el eclipse total de sol que sucedió el 7 de 
setiembre de 1858; por Mr. Liáis 129 

Observaciones del cometa Donati hechas en el observatorio del 
colegio romano; por el P. Secchi 132 

Observaciones de estrellas dobles; por el P. Secchi 057 

Informe sobre una memoria dirigida por Mr. Liáis á la Academia 
de Ciencias de París, con motivo del eclipse total de sol de 7 de 
setiembre de 1858; por Mr. Faye 301 

Nota sobre la polarización de la luz de los cometas; por Mr. 
Brewster 

Nueva nota sobre los períodos de las manchas solares; por Mr. 

Wolf 

397 

Carta de Mr. Le Verrier á Mr. Faye sobre la teoría de Mercurio 
y sobre el movimiento del perihelio del mismo planeta. . 449 

Noticia de los últimos trabajos de Mr. Maedler relativos al movi- 
miento general de las estrellas al rededor de un punto central; 
por Mr. Gautier 

Geodesia. Ñola sobre la obra concermente'aVarco'de meridiano ^"^ 

TOMO IX, ^^ 



vt 

(le Iñ" 10 cutre el mar Glacial y el Danubio, pnliiicada por la 
Academia do Ciencias de San Pelersburgo: por Mr. Struve. . . . ('.5 

Aoticia sobre los trabajos geodésicos de la carta de Lspaíía; por 
Mr. Laiissedat. 193 

Hidrodinámica. JN'ota sobre los efectos del choque del agua en los 
conductos; por Mr. Menabrea 137 

ülecdnica. De la cantidad de movimiento que trasmite ;i un cuerpo 
el choque de un punto macizo que pega contra él en una di- 
rección dada; por Mr. Poinsot 385 

Do la manera de referir á la dinámica de los cuerpos libres la 
de los que se suponen sujetos por obstáculos fijos; por Mr. 
Poiusot. T) 1 3 



OEivci/iS físicas. 



Física. Experiencias con algunos metales y gaees; por Mr. 

Despretz 1 •i 

Sobre la rcfracciou del sonido; por Mr. iíajech 73 

Dilatabilidad de los líquidos calentados á temperaturas mayores 

que la de su ebullición; por Mr. Drion 75 

Nota sobre las estrías que presenta la descarga eléctrica en el 

vacío; por Mr. Grove 7 8 

Memoria sobre la resisleucia eléctrica do los metales á diversas 

temperaturas; por Mr. Arndtsen 79 

Descripción de los procedimientos empleados para reconocer la con- 
figuración de las superficies ópticas; por Mr. Foucault 81 

Facultad couductriz eléctrica de algunos metales; por Mr. Ma- 

thiessen 85 

De la influencia de los metales en el calor radiante; por Mr Kno- 

blauch 141 

Manera de preparar licores de peso específico dado siu cálculo ni 

correcciones; densímetro construido por Mr. Spacowsky 151 

Trabajos sobre la chispa eléctrica; por Mr. Fcddersen 152 

Propiedades del hielo al estar cerca de su punto de fusión; por 

Mr. Forbes 157 

Belaciou entre el magnetismo, el calor y la torsión; por Mr. G. 

Wiedemaau 1 9 á 

De la iníluencia de la presión en la conductibilidad eléctrica de 

los metales: por £. Wartmann 200 

OLservacioues microscópicas de la chispa eléctrica; por M.Falibri. 2Ü2 



VII 

Sobre el desenvolvimiento de la electricidad entro los metales y 

las sales calentadas; por Mr. Hankel. o(;s 

Sobre algunas propiedades físicas del hielo; por Mr. Tyndall. ... 341 
Trabajos sobre los diversos efectos luminosos que resultan de la 

acción de la luz en los cuerpos; por Mr. E. Becquerel 309 

Trabajos sobre la dilatabilidad de los líquidos volátiles; por Mr. 

Drion 4 0'/ 

Do la constitución de la descarga luminosa eléctrica; por Mr. Riess. 4 57 
Influencia de la elevación de temperatura en los fenómenos de re- 
flexión, dispersión, difracción y polarización en la superficie 

de una placa; por i\Ir. W. Grove 475 

De la diferencia de las propiedades físicas do ia madera, sejun la 

dirección de las fibras; por Mr. Knoblaucb ... 47r, 

Experimentos sobre el calor de los rayos solares; por Mr. E. Foote. 54 5 
Física del globo. Observaciones de temperatura atmosférica ter- 
restre y vegetal valiéndose del termómetro eléctrico; por Mr. 

Becquerel 3 -2 

Sobre las observaciones horarias de declinación magnética hechas 
por el capitán Maquerie y los oficiales del Plover del año Í8 52 
al 1854 en la punta Barrow, junto al mar polar; por Mr. 

Sabine OS 

Pasaje de una carta de Mr. Kaemiz á Mr. Le Verrier sobre las 
relaciones existentes entre las indicaciones del barómetro, la 

dirección y la fuerza del viento o < f, 

Magnetismo terrestre; por Mr. Sabine 282 

Mcteoroloqi'a. Besúraen de las observaciones meteorológicas he- 
chas en el Real Observatorio de Madrid en e! mes de diciembre 

de 1858 35 

Id. id id. en el año de 1 858 :^C, 

Id. id. id. en el raes de cuero de i 859 104 

Id. id. id. hechas en el Instituto de Pontevedra el año do 1858; 

por D. Antonio de Valenzuela Ozores lOn 

id. id. id. hechas en cl observatorio físico y meteorológico de los 
alumnos del Real Colegio de Belén (Habana) en el mes de se- 
tiembre de 1858 109 

Id. id. id- en el mes de octubre de 1 858 ...... 110 

Teoría de las tempestades y del granizo; por 5Ir. de Bcauragartner. 1 (5 8 
Resumen de las observaciones meteorológicas hechas en el Real 

Observatorio de Madrid en el mes de febrero de 1859 172 

Id. id. id. hechas en el observatorio físico y meteorológico de los 
alumnos del Real Colegio de Belén (Habana) en el mes de no- 
viembre de t 8 5 8 1/3 



VIH 

Id. id. id. hechas en la Universidad liloraria de Oviedo en IS58? 
por D. León Salmean 174 

Sobre la altura de la atmósfera, deducida de observaciones de po- 
larización hechas en la zona intertropical al principiar la aurora 
y al concluir e! crepúsculo; por Mr. Liáis. (Carta escrita al 
Secretario perpetuo do la Academia de Ciencias do París, desde 
San Domingos, bahía de Rio-Janeiro, el 6 de diciembre do 1858. 22Q 

Koticia de los trabajos verificados los años pasados en el observa- 
torio físico central de Rusia y en los establecimientos magnéti- 
cos y meteorológicos que dependen de ól. — Observaciones del 
granizo en Rusia. — Sobre el número de dias en que el termóme- 
tro centígrado ha bajado á — 25° en San Petersburgo desde el 
año do 1823. — Fórmula empírica para calcular la temperatura 
auna altura dada, — Electricidad atmosférica.— Diversos trabajos 
sobro ios metales. — Influencia del calor en la elasticidad de los 
cuerpos solidos ... . 224 

Resumen de las observaciones meteorológicas hechas en el Real 

. . observatorio de Madrid en el mes de marzo de 1859 1'¿i 

Id. id. hechas en el observatorio físico y meteorológico de los alum- 
nos del Real colegio de Belén (Habana) en el mes de diciembre 
do 1858 234 

Memoria sobre la teoría general de los vientos, por Mr. Dove, leida 
en la Academia do Ciencias de Berlin del 2 de febrero de 1857. 207 

Resumen de las observaciones meteorológicas hechas en el Real 
ob.'ervatorio de Madrid en el raes de abril de 1859 308 

Id. id. hechas en el observatorio físico y meteorológico de los alum- 
nos del Real colegio de Belén (Habana) en el mes de febrero 
de 1859 312 

Id. id. hechas en el Real observatorio de Madrid en el mes de 
mayo de 1859 346 

Id. id. hechas en el colegio seminario á cargo de los PP. de la 
Compañía de Jesús de Guatemala el año de 1858. 330 

Id. id. hechas en el observatorio físico y meteorológico de los alum- 
nos del Real colegio de Belén (Habana) en el raes de marzo 
de 1859 358 

Id. id. hechas en el Real observatorio de Madrid en el mes de ju- 
nio de !859 409 

Id. id. id. en el mes de julio de 1859 412 

Id. id. id. en el mes de agosto de 18 59 415 

IiJ. id. hedías en el observatorio físico y meteorológico de los alum- 
nos del Real colegio de Belén (Habana) en el mes do abril 
do 1859 .joQ 



n 

Id. id. id. cu el toes dó mayo de 1859 -i^l 

Id, id. id. en el mes de junio de 1859 4^2 

Id, id. id. en el raes de julio de 1859 42 ii 

Observaciones tocantes á la cuestión de la influencia real ó su- 
puesta de la luna ou la temperatura atmosférica; por Mr. Har- 

rison 47 9 

Resumen do las observaciones meteorológicas hechas en el Real 

observatorio de Madrid en el mes do setiembre de 1859 482 

Id, id. id. en el mes de octubre de 1859 i86 

Id. de las observaciones termométricas hechas en las Islas Filipinas, 
desde el 8 de mayo de 1858 á 3 de abril de 1859; por el cor- 
responsal de la Academia P. Fr. Antonio Llanos 489 

Id. de las observaciones meteorológicas hechas en el observatorio 
físico y meteorológico de los alumnos del Real colegio de Belén 

(Habana) en el raes de agosto de 1859 40? 

Trabajos sobre las sombras coloreadas que se manifiestan á diversas 
horas en diversas estaciones, y sobre las aplicaciones del fenó- 
meno; por Mr. Fournet 550 

Resumen de las observaciones meteorológicas hechas en el Real 

observatorio de Madrid en el mes de noviembre de 1859 559 

Química, Composición del café; por Mr. Vogel 87 

De los equivalentes de los cuerpos simples; por Mr. Dumas 89 

Trabajos sobre las sales de cromo; por Mr. Fremy i 59 

De la reducción de los cloruros de bario, estroncio y calcio por el 

sodio. — Aleaciones de estos metales; por Mr. Carón 205 

Nuevos trabajos sobre el oxígeno; por Mr. Schoenbein 207 

Do la acción del hidrógeno á diferentes presiones en algunas diso- 
luciones metálicas; por Mr. Beketoff 214 

Memoria sobre la composición química de los gases arrojados por 
los respiraderos volcánicos de la Italia Meridional; por 3IM. Ch. 

Sainte-Claire Deville y Félix Leblanc 27*2 

Gas hidrógeno siliccado; por Mr. "Wohler 2 7 (i 

De nn ácido nuevo, el cloro-arseuioso, y de algunos de sus compues- 
tos; por Mr. William Wallacc 405 

Densidades de vapor á temperaturas muy altas: por MM. Sainte- 
Claire Deville y Troost 54 4 

Óptica. Explicación de la tinta aznl que suelen presentar las 
sombras; por Mr. Babinet 47 8 

CIEIVCIAS IVATÜRALES. 

Geología. Sobre los volcanes apagados de Victoria, en Australia; 
por Mr. Erough Smyth ."5 8 



Sobre un taladrado artesiano verificado on Ñapóles," por MM. I)o- 

{TOiisée y Laiirent 1 ' * 

Datos generales sobre la geologia de una parto hasta hoy eiifera- 
raeiite desconocida del Asia Menor; por Mr. P. do Tcbyhal- 

Gbef < ' ^ 

>'ota sobre el orisfon de los combnslililfis minerales; por Mr. A. 

T\i viere ' 7 7 

Sobre la necesidad de admitir dos ¿pocas glaciales en los terrenos 

cuaternarios do los Alpes; por Mr. Gras 31 .3 

Trabajos sobre las leyes que rigieron ó presidieron al innndo or- 
gánico al tiempo de formarse la corteza terrestre; por Mr. Eronn . 3 59 
Del Iraqiiitismo de las rocas; por Mr. Ch. Sainto-Claire Deville. . -4^4 
Del número y distribución geográfica de los volcanes de la tierra; 

por Mr. Humboldt 433 

Sobro nii nuevo criadero de mamíferos fúsiles acabado do descubrir 
en Inglaterra: extracto de una carta do Mr. Pentland á Mr, Elie 

de Beauraont y observaciones de este 4^13 

Do la formación de las masas tabulares continuas de lava pétrea 
en las faldas ásperas, y observaciones sobre el origen del monte 
Etna y la teoría de los cráteres de levantamiento; por Mr. Ch. 

Lyell ^<'>'t 

Sobro el resultado de las escavaciones geológicas practicadas en 

los alrededores de Amiens; por Mr. A. Gaudry 5fi6 

Jíotdnica. De la existencia del látex en los vasos espirales, re- 
ticulares, rayados y punteados, y de la circulación en las plantas; 

por Mr. A. Trecul 4 

Fmologia comparada. Informe dado á la Academia de Cien- 
cias de París en la sesión del 1 de noviembre de 1858, por 
una comisión de su seno, compuesta de MM. Milue Ewards, 
Moqiiin, Tandon y Dumeril, sobre una Memoria de Mr. Lespés, 

que trata del aparato auditivo de los insectos ñ2 

Zoología. Sobre un método. nuevo de estudiar los cetáceos; por 

Mr. Eschricht, profesor de la Universidad de Copenhague. ... 1 I i» 
De los orígenes de los animales domésticos, y de los sitios y las 
épocas cuando se domesticaron; por Mr. Is. Gcoffroy- Saint - 

Hilaire '■'•' 

Fisiología. Nota sobre prolo-organismos vegetales y animales 
nacidos espontáneamente en aire artificial y en gas oxígeno; por 

Mr. Pouchet ' 7 ■' 

Fisiolor/ia vegetal. Kelacion de las plantas con el rocío.— Expe- 
riencias para probar que no absorben el agua de rocío que las 
moja; por Mr. Diicharlrc ' *^^' 



XI 

agronomía. De la üevra vegetal, considerada respecto do sus 

efectos en la vegetación-, por Mr. Boiissingault 235 

Entomología. Organización del Leptopiis; por Mr. L. Dufoiir. . . 43 7 

VARIEDADES. 

Enfermedad de los gusanos de seda 57 

Estrellas fugaces de la noche del 12 al 13 de noviembre de 1858. 58 

Observación de un sol azul id. 

Baja de la temperatura en los sitios elevados 6 

Calenlamiento de la atmosfera por su contacto con la superficie 

de la tierra 61 

Anales del observatorio imperial de París 62 

Descenso del suelo de las costas del Atlántico en los Estados- 
Unidos 63 

rjedallas adjudicadas por la Sociedad Real de Londres 64 

Estrellas de brillo variable . . - 127 

Observaciones de Júpiter, por Lassell: excelencia de su telescopio 

de 7 metros de longitud focal: elipticidad de Júpiter id. 

Apariciones sucesivas del cometa de Halley 128 

Kueva estrella variable, R. de Sagitario. — Estrella doble Gamma 

de Virgo id. 

Real Academia de Ciencias. — Elecciones 191 

Los planetas Pales y Doris vueltos á hallar por Mr. Goldschmidt. — 

Hermosa mancha del disco de Júpiter; por el mismo id. 

Hechos tocantes á la fusión y congelación del agua; por Mr. 

Mousson 192 

Pieal Academia de Ciencias. — Programa para la adjudicación de 

premios en el año de 1860 , 252 

Premios propuestos por la Academia de Ciencias de París 254 

Necesidad de más ascensiones aereostáticas 255 

Acido carbónico líquido de las cavidades de los cristales 2 56 

Composición de una piedra meteórica que cayó en Hungría el mes 

de abril de 1857. — Sustancia orgánica hallada en ella 319 

Bosque petrificado de las cercanías del Cairo id. 

Real Academia de Ciencias. — Premios 382 

Fallecimiento de Humboldt ... id. 

Soldadura del aluminio; por Mr. Mourey 383 

Forma cristalina del carbón; por Mr. Phipsou 384 

Fallecimiento del limo. Sr. D. Joaquín Ezquerra del Bayo 440 

Noticias acerca de un manuscrito perteneciente al licenciado /into- 



\II 

Tti'o fíofites Cornejo, naturalista del siglo XVI, y conservado en 
el Jardín botánico de Madrid, comunicadas por D. Migue/ Col- 

meiro ^ ''O 

Planetas y cometas descubiertos el ano de 1858 444 

Ensayo sobre los sistemas métricos y monetarios de los pueblos 
antiguos, desde los tiempos históricos hasta la conclusión del 
califado de Oriente; por el Excmo. Sr. D. Vicente Vázquez 

Queipo 445 

Observaciones de estrellas fugaces hechas en París en el período 

de agosto de 1859; por Mr. Coulvier-Gravier 446 

Premio propuesto por la Real Academia sevillana de Buenas Letras. 512 

Real Academia de Ciencias. — Elección 570 

Premios propuestos por la Academia de Ciencias de Bruselas para 

el aüo 1860 id. 

nilimo deseo de Huraboldt id. 

Determinación de la figura de la tierra id. 

Exploración del volcan Pichincha 571 

Acido suirdrico sacado del yeso 574 

Trasformacion del azúcar de leche y de las gomas en ácido tar- 
tárico 575 

De la nutrición de las plantas, y del papel de la tierra labrantía... id. 



N; 1/-REVISTA DE CIENCIAS.- ¿-«ero 1859. 



CIENCIAS EXACTAS. 



» ' JK SS Ccc t 



itSTROMOllIA. 



Sobre los perihelios y los nodos ascendentes de los planetas; por 
Ma. CooPER. 

(I. 'Instituí, 4 noviem/irf 1858.) 

Desde el año de 1850, dice el autor, tengo fijada mi atención 
en la distribución en longitud heliocéntrica de los perihelios y 
de los nodos ascendentes de los planetas. El año de 1851 pu- 
bliqué en el prólogo de mis Órbitas cometarias los resultados 
d« mis trabajos. Después he dado á conocer otros, procedentes 
de los descubrimientos posteriores de los asteroides. 

La última noticia que comuniqué á la Sociedad Real y á la 
Astronómica fué el año pasado, cuando llegaba á 51 el número 
de los planetas conocidos. La acompañaban diagramas que re- 
presentaban las posiciones de los mismos. Hoy han subido á 62 
dichos astros; pero, que yo sepa, no se han publicado todavía 
los elementos del último descubierto. Tomando pues los otros 61 , 
se ve que los perihelios de 42 están comprendidos en la semi- 
circunferencia de longitud heliocéntrica entre O" y 180°, v 
sólo 19 en la otra semi-circunferencia. En cuanto á los nodos 
ascendentes de 60 planetas, también están 42 entre 0° y 180°. 
y sólo 18 en la otra semi-circunferencia. La tabla que acom- 
paño ofrece algunos resultados más notables; esto es, que cuan- 
do no se conocían mas que 4 asteroides y 7 planelas grandes, 
y añadiendo Neptuno, 12 en lotal, los perihelios de estos astros 
estaban entre 0*^ y 180", y los nodos de 11 de ellos en la semi- 
circunferencia entre 180» y 360". La misma tabla presenta tam- 
bién los hechos algo singulares de que añadiendo á los 12 pla- 
nelas primeros los descubiertos después en grupos de á 10, el 
número de los perihelios y el de los nodos ascendentes en cada 
semi-circunferencia es casi exactamente uno mismo. Iguai- 

TOUO IX. 1 



2 

mentó merece nolarse. como se puede rer en los diagramas de 
la longitud heliocéntrica!;, quo los porihelios y los nodos ascen- 
dentes Si^ agrupan con frecuencia de una manera particular. 
Pero vuelvo á los hechos, dejando la investigación de las causas 
a los geómetnis mas instruidos que yo en la dinámica celeste. 

Estado primitivo, incluso Neptuno. 

Longitud do los periholios. do O' a lSO^ do ISO' a 3(50" 

Cuando habia \i Pianolas, estaban 10 2 

ii 17 o 

3í io 7 

ii 80 12 

oí 37 lo 

61 i2 19 

LoDgitmi de los nodos asi-endentes. de O" á 180*. de 180*' a 360*. 

Cuando habia 1 1 Planetas, estaban 11 O 

21 18 3 

31 25 6 

41 30 11 

51 36 15 

60 42 18 



Carta dirigida a¡ Presidente de la Academia de Ciencias de París, 
sobre la dism inucion progresica del periodo del cometa de 1 200 
dias: por Mr. Encke. 

(Ccwptes RsA». IS moriemhrr IS3S.) 

En la sesión de la Academia de Ciencias de París del 16 de 
agosto, tuvo la bondad Mr. Le Verrier de comunicarla la efe- 
meride del cometa de corto periodo tocante á su aparición esle 
año. Sabedor yo de que se suscito la cuestión de si se habia con- 
firmado ó no la disminución del periodo que desde el año de 1819 
tenia anunciada , he creido que debia aprovechar esta ocasioo 
favorable para reunir las pruebas de la necesidad de aplicar a los 
cálculos de dicho cometa una corrección que se puede eiplicar 



3 

porlaresislencia que un intíTmedio esparcido por el universo 
ejercita en la marcha del astro; pruebas á mi juicio lan evidentes, 
que no cabe ponerlas en duda. 

No son cálculos nuevos los que me han inducido a sacar esta 
conclusión. No he pasado de ordenar los resultados contenidos 
en las siete Memorias que he publicado en las de la Academia 
deBcrlin de 1829, 1831, 1833, 1842, 1844, 1851 ylSoí, de 
la manera qne me ha parecido más adecuada á mi propósito. 
Cuanlosnúmeros cito están publicados. Sólo añado algunos refe- 
rentes á las últimas apariciones de 1835 y 18'38. 

Permítaseme citar algunas fechas que desde luego decidirán 
la cuestión. 

Empiezo advirtiendo que desde el año de 1819, cuando ha- 
llé que el cometa era periódico, siempre he calculado de antema- 
no los lugares geocéntricos cuales los daba la hipótesis de un in- 
termedio resistente, y tuve la fortuna de recibir observaciones 
de cada una de las doce apariciones sucedidas hasta 1858, no 
habiendo fallado ninguna ¡¡or tanto. El observatorio del Cabo 
de Buena-Esperanza, al cual se sirvió remitir Mr. Airy mis efe- 
mérides, me envió las observaciones después del perihelio, que 
no podian tenerse en el hemisferio boreal de la tierra, v las de 
la última aparición son lan exactas como las europeas. Recor- 
riendo los periódicos se verá que la diferencia entre el lu^^ar 
calculado de antemano y el observado los primeros dias, luego 
de hallado el cometa, subió 

En 1822 á cerca de 2', O de arco 

1825 2,3 

1828 3,0 

1832 2,2 

1835 1,3 

1838 2.0 

1842 0,9 

1845 0.8 

1848 3,7 

1852 0,5 

1855 8,2 

1858 5 



4 

Estós dilereneias aluden al lugar geocéntrico. Para sacar de 
ellas los errores heliocéntricos, se puede valuar que la anoma- 
lía media, que llamaré 31, cambia cosa de una cantidad tres 
veces menor que el lugar geocéntrico, de suerte que el mayor 
error de 8 minutos el año de 1855 se reduce á ser de 160 se- 
gundos en anomalía media. Ahora bien, como el movimiento 
medio diurno, que llamaré //, es de unos 1010 segundos, no 
hay mas que alterar 0,15 días el tiempo del paso por el perihe- 
lio para anular dicho error. 

Por razón de no haber podido obtener esta concordancia si- 
no empleando la hipótesis de un intermedio resistente, rae pa- 
rece que esta circunstancia es prueba evidente, si bien indirec- 
ta, de la necesidad de la hipótesis, y tanto más valedera cuanto 
que siempre se dieron á luz los números antes que las observa- 
ciones. 

Observó el cometa Olbers desde el año de 1786 con la des- 
treza propia suya, habiendo hallado que dos observaciones de 
Mechain y Mesier le pertenecían, y además que el de 1795 era 
el mismo de corto período. La aparición de 1805 me sirvió tam- 
bién para comprobar la periodicidad. Los tiempos del paso por 
el perihelio los años de haberse observado el cometa, son: 

1186 Enero 30,9 tiempo de París. 

1795 Diciembre... 21,5 

1805 Noviembre... 21,5 

1819 Enero 27,3 

1822 Mayo 24.0 

1825 Setiembre 16,3 

1829 Enero 9,8 

1832 Mayo 4,0 

1835 Agosto 26,4 

1838 Diciembre. .. 19.0 

1842 Abril 12,0 

1845 Agosto 9,6 

1848 Noviembre.'.. 26,1 

1852 Marzo 14,7 

1855 Julio 1,0 

1858 Octubre 18,4 



Es preciso dislinguír Ires períodos en los cálculos de las per- 
turbaciones planetarias de estos 72 años. En 1819 y 1821 tra- 
bajé en las délos años 1786 al 1819. Como no se conocía exac- 
tamente aún la órbita del cometa, por estar equivocadas las ma- 
sas de los planetas, inclusa la de Júpiter, y por no ser bastante 
exactos los métodos que seguia para Mercurio y Venus, no pasan 
de aproximados los resultados de los citados cálculos, y son de 
temer errores bastante graves. No he tenido tiempo de repetir 
el trabajo después, por lo cual no he tenido mas remedio que 
aceptar los resultados cuales salieron. No se extrañe pues si el 
empleo de los números de estos 33 años, de tal manera hallados, 
exigiera y excusara algunas correcciones. 

Para los 30 años de 1819 á 1848, he determinado las per- 
turbaciones planetarias cuan exactamente me ha sido posible, 
en especial de los planelas Mercuiio y Venus. He empleado las 
masas corregidas, sin despreciar mas que los efectos de Urano 
y Neptuno, como era permitido en atención á estar mucho más 
próximo al sol el afelio del cometa que no Júpiter en su órbila. 
Creo por tanto que este trabajo merece toda la confianza que 
cabe en cálculos tan prolijos. 

Multiplicada la familia de los planetas pequeños de 1848 
acá, creí deber dedicarme mas bien á examinarlos que á au- 
mentar las pruebas de la necesidad de una hipótesis, para mi 
fuera de duda. Me he ceñido pues á calcular las perturbaciones 
de Júpiter para los diez años de 1848 á 1858. Pasando siempre 
de una aparición observada á la siguiente, no podían subir á 
mucho las faltas de predicción. 

Empecé por buscar una órbita que reuniese con suficiente 
exactitud las observaciones de 1819 á 1838 primero, y repelí 
luego el mismo trabajo para 1819 á 1848, introduciendo siem- 
pre las correcciones procedentes de una hipótesis de igual índo- 
le. Para ambos intervalos hallé números casi idénticos de los 
elementos de la órbita y de las constantes de la hipótesis. Ilepre- 
senláronse las observaciones de los 30 años de suerte que el 
error medio de una geocéntrica bajaba de medio minuto, y de 
consiguiente no subía de 0,01 ó 0,02 de día el error medio de la 
determinación del liempodel paso por el períhelío. 

El método de la variación de las constantes que he seguido 



para determinar las perturbaciones planetarias, da directamente 
las cantidades ex|)resadasen segundos que deben añadirse á las 
¡X y 71/ meramente eliplicas, partiendo de una época determina- 
da, que he escogido la del tiempo del paso por el perilielio 
en 1829, enero 9,76, tiempo de Taris. Mas para esforzar mi de- 
mostración, he mudado esta forma en la que indica cuánto al- 
teran el tiempo de cada paso por el perihelio las perturbaciones 
planetarias, y expreso estas alteraciones en dias. 

La tabla I presenta el tiempo del paso por el perihelio los 
diversos años en (pie se observó el cometa, sacado cuan directa- 
mente me ha sido dable de las observaciones. Designando este 
tiempo por T, se pueden mirar como datos observados del pro- 
blema los diversos T. A íin de facilitar la enumeración de los 
dias, he añadido el número de los de cada vuelta, contado des- 
de 1829, enero 0. 

TABLA \. 



T übserTados. 
Tiempo de París. 


Dias completos desde 
^829. 


1786 Enero 30,88 

1795 Diciembre 21.47 

1805 Noviembre. ... 21,53 

1819 Enero 27,26 

1822 Mayo 23,97 


-15674,12 

— 12062.53 

— 8440,47 

— 3625,74 
~ 2413,03 


1825 Setiembre 16,28 

1829 Enero 9,76 

1832 Mayo 3,99 


— 1201,72 

+ 9.76 
-u 1219.99 
-f 2429,38 
-f 3640,02 
+ 4850,01 


1835 Agosfo 26,38 

1838 Diciembre 19,02 

1842 Abril 12,01 


1845 Agosto 9,61 

1848 Noviembre. ... 26,09 

1852 Marzo 14,72 

1855 Julio 1,05 


+ 6065.61 
+ 7270.09 

+ 8474,72 
+ 9678,05 


1858 Octubre 18,37 


+ 10883,37 



La tabla 11 presenta las perturbaciones que los T experi- 
mentan por causa de los planetas $< , ? , í , Q", íi, h , em- 



pleando las masas nuevamente determinadas. La de ^ tüt^is lo 
está por el conjunto de las observaciones del cometa. Designaré 
«stas cantidades por a T. Habrán de añadirse á los tiempos de 
los pasos que se hubieran obtenido para un cuerpo celeste cuya 
órbita meramente elíptica coincidiese con la del cometa en la 
época de 1829, enero 9,76. 

TABLA IL 



Perturbaciones planetarias de los T. 



1786 
1795 
1805 
1819 
1822 
1825 
1829 
1832 
1835 
1838 
1842 
1845 
1848 
1852 
1855 
1858 



r A 



+ 
+ 



+ 



Dias. 

74,23 

47,92 

32,49 

0,85 

0,20 

0,04 

0,00 

1,09 

2,92 

3,39 

4,38 

0,34 

5,95 

12,03 

19,17 

24,42 



Descartando ahora de los T observados el efecto de las per- 
turbaciones planetarias, forman dopara cada Tías— a T, quedará 
el tiempo del paso como resultarla de la órbita regular del co- 
meta de 9,81829 de enero. Si se moviese este como un planeta, 
se tendría una serie de números de diferencias primeras cons- 
tantes, que daría el tiempo de revolución perteneciente á la ór- 
bita del cometa para 1829, enero 9,8. En la tabla III se presen- 
ta el resultado de la sustracción, añadidas las diferencias pri- 
meras con objeto de percibir á primera vista cuánto se separa la 



8! 
marcha del cómela de la de un planeta. Recuérdese que para 181í? 
a 1848 son exactos los 7 en 0'''^%01 ó lo menos en 0'''as,02; de 
suerte (lue los cambios que se pudieran ensayar para ocasionar 
una marcha planetaria no deben exceder á esta cantidad para 
1819 a 1848; y para los demás años, en los cuales son incomple- 
tas las observaciones planetarias, no deben los cambios traspa- 
sar los limites que excediesen en demasía al que acabamos de 

indicar. 

TABLA III. 



Valores de los T, descartadas las perturbaciones planetarias. 




T—AT 


Difcreiiíias primeras. 


Períodos. 




Diiis. 


Dins. 




1786... 


-15748,35 


3637,90 


3 


1795... 


-12110,45 


3637,49 


3 


1805... 


- 8472,96 


4848,07 


4 


1819... 


- 3624,89 


1211,66 




1822... 


- 2413,23 


1211,55 




1825... 


- 1201,68 


1211,44 




1829... 


+ 9,76 


1211,32 




1832... 


+ 1221,08 


1211,22 




1835... 


+ 2432,30 


1211Í11 




1838... 


+ 3643,41 


1210.98 




1842... 


-f 4854,39 


1210,88 




1845... 


+ 6065,27 


1210,77 




1848... 


-1- 7276,04 


1210,71 




1852. . . 


+ 8486.75 


1210,47 




1855... 


4- 9697,22 


1210,57 




1858... 


+10907,79 







El tiempo de la revolución disminuyó pues una cantidad 
notabilisima. 3637,90 dias de 1786 á 1795 y 1210,57 dias 
de 1855 á 1858. Sin embargo, como los ATde los tres años al 
principio y fin son inexactos por causa de la imperfección de 
los cálculos, será permitido alterarlos algo para que sea re- 
gular completamente la serie, con tal que no sean excesivas las 
Gorrecciones. Sujwngo por tanto que los A T exijen una cor- 
rección: 



9 



fcn ÍÍ86 de — 0,C9 diai ó de — H horas, coüvirtiéndoje AT en +75,54 dia». 
nos... —0,80 — )9 +47^2 

— 0,30 — 7 +52,^9 

-1-0,06 -1-1,5 -41,97 

— 0,02 —0,5 —19,19 

+ 0,11 +2,6 -24.51 



1805. 
1852. 
1855. 
1858. 



Formando otra vez los 7— A J con eslos valores corregidos, 
interpolando en la serie los números correspondientes á los 
años en que no se observó el cometa, que son los que van den- 
tro de paréntesis, se tiene la tabla IV. 

TABLA IV. (Tabla III corregida.) 





T—AT 


Dif. I. 


//. 




Días. 


Días. 


Días. 


1786.... 


-15747,66 


+ 1212,79 


-0,12 


(1789)... 


-14534,87 


1212,67 


0,12 


(1792). .. 


— 13322,20 


1212,55 


0,11 


1795. . . . 


-12109,65 


1212,44 


0,11 


(1799). .. 


— 10897,21 


1212,33 


0,11 


(1802)... 


- 9684.88 


1212,22 


0,12 


1805.... 


- 8472,66 


1212,10 


0,10 


(1809). .. 


— 7260,56 


1212,00 


0,11 


(1812)... 


- 6048,56 


1211,89 


0,11 


(1815). .. 


- 4836.67 


1211,78 


0,12 


1819.... 


— 3624,89 


1211,66 


0,11 


1822.... 


- 2413,23 


1211.55 


0,11 


1825.... 


- 1201,68 


1211,44 


0,12 


1829.... 


+ Q.'íG 


1211,32 


0,10 


1832.... 


+ 1221,08 


1211,22 


0,11 


1835.... 


+ 2432,30 


1211,11 


0,13 


1838.... 


+ 3643,41 


1210,98 


0,10 


1842.... 


+ 4854,39 


1210,88 


0,11 


1845. . . . 


+ 6065,27 


1210,77 


0,12 


1848.... 


+ 7276,04 


1210,65 


0,10 


1852.... 


+ 8486,69 


1210,55 


0,11 


1853.... 


+ 9697,24 


1210,44 




1858.... 


+ 10907,68 







La cuestión de la necesidad de introducir una hipótesis pe- 
culiar al cometa se reduce pues á esta otra. ¿Es posible repre- 



10 

sentar los números de la tabla IV por una serie aritmética de 
primer orden de diferencias primeras constantes, sin alterar 
los T—í^Ten cantidades que traspasen los limites prescritos? 
Y como esto es absolutamente imposible, de aqui quedar eviden- 
temente probada la necesidad de una bipótesis. 

Se obtendrá una serie aritmética de segundo orden de dife- 
rencias '^segundas constantes, como la de la tabla IV, introdu- 
ciendo en lugar de f* (cantidad constante para los planetas) una 
función variable con el tiempo, de la forma 

/^ + 2 cj, 
de la cual sale 

y comparando esta fórmula con las observaciones se ve que basta 
para poner de acuerdo el cálculo con la observación. Pueden se- 
guir los mismos sin cambio alguno los demás elementos de la 
órbita. 

Indagando de dónde pueda provenir semejante aumento del 
movimiento medio, como la forma del coeficiente diferencial de 
f^, en la teoría de la variación de las constantes, se puede escri- 
bir asi: 

dj re 

indica la fuerza que se necesita para tal aumento. Las cantida- 
des 2 a — r y r son los dos radios vectores de los focos, y. el 
movimiento diurno medio, c el movimiento real y lineal diurno, 
y í la componente de una fuerza perturbatriz (sea cual fuere) 
en sentido de la tangente y dirigida en el del movimiento. Luego 
el aumento de ¡^ pide una fuerza dirijida según la tangente y en 
sentido contrario al movimiento, lo cual concuerda del todo y 
de la manera más sencilla adoptando la bipótesis déla existen- 
cia de un intermedio en el universo, intermedio cuya resisten- 
cia contra el movimiento del cometa podrá advertirse, al paso 
que la gran cantidad de planetas ha impedido haber tenido prue- 
ba segura de él hasta el dia. Jamás se negó la existencia de 
semejante intermedio; sólo faltaba probarla. 

Admito, pues, esta explicación, y considero la disminución 
del período, probada cual lo está por las observaciones del 



11 

cometa, como efecto de la resistencia que un intermedio espar- 
cido por el universo opone á su movimienlo. 

Esta es la marcha que he seguido en mi trabajo, procurando 
sólo probar la necesidad de una hipótesis peculiar al cometa, y 
fundar en ella la verosimilitud de un intermedio resistente; y 
creo haberlo conseguido. En cuanto a las modificaciones al em- 
plear esta hipótesis, según la densidad que pueda tener el inter- 
medio en los diversos puntos de nuestro sistema solar y los 
cambios que pueda experimentar la misma densidad, rae ha 
sido preciso hacer, para introducirlas en el calculo, algunas 
conjeturas, á las cuales no doy importancia alguna. La que he 
adoptado da el resultado de que además de la nueva expresión 
de u y J7, es menester disminuir la excentricidad una cantidad 
pequeñísima, ó sea una unidad a la quinta decimal á cada 
vuelta, contando estas al perihelio desde la época escogida. Se 
han hecho las comparaciones con las observaciones atendiendo 
á esta modilicacion. Los demás elementos no han cambiado. 

Los números que de las observaciones de 1819 a 1848 he 
sacado para los elementos de la órbita son los siguientes: 

Época 1829, enero 9,72, tiempo medio de París, 

Anomalía media.. . i/„=3o9'' 59' 20", "87, 

y para otro cualquier tiempo, contándolo desde dicha época, 

J7=J7o+ 1069", 852322 dias+58,66io72(j^] . 

J4 = 1069", 852522 4-0", 0977743('y^), 

Angulodelaexcentricidad,sen. ? =e. 

Id. de id ?^=57°38'8",67, 

Id. de id ? =57388, 67-3",471(y^V 

Longitud del perihelio .-o=:^l-J7 18 25,75, 

Longitud del nodo ascendente. '2=334 29 50,98, 
Inclinación i\= 13 20 40.91. 

Las perturbaciones planetarias provenientes de los 6 plañe- 
tas ^, ? , j . S , -y , T; , se deben añadir a estos elementos 



para obtener el momento en que se pida el lugar del cometa. 
Llamando r±:r el número de vueltas al perihelio, contadas 
desde la época de 1829. y m, y 31, el movimiento medio y la 
anomalía media para el tiempo/,, se tendrá 

jr=1211,3818r — 0,0558794 r^ 
/^^=1069". 852522 + 0, 09870166 r. 
J/,=7»/o+360V+59",7827 r. 

La duración de una revolución será de 1211,3259 dias— 
0.11176r=y^W- 

Añadiendo á los números de la tabla IV la corrección depen- 
dienle de este aumento de /w, resulta la 

TABLA V. 



T — aT corregidos según la hipfHesis. 





Qorrecciones. 


Periodos re 


julares. 


1786.... 

(1789)... 


+ 9,46 
+ 8,06 


-15738,20 
— 14526, 81- • 


.+1211,39 


(1792)... 


+ 6,77 


—13315,43 


38 


1795.... 


+5,59 


—12104,06 


37 


(1799)... 


+ 4,53 


—10892,68 


38 


(1802)... 


+3,58 


— 9681,30 


38 


1805.... 


+ 2,74 


— 8469,92 


38 


(1809)... 


+2,01 


— 7258,55 


37 


(1812)... 


+ 1,40 


— 6047,16 


39 


(1815)... 


+0,89 


— 4835,78 


38 


1819.... 


+ 0,50 


— 3624,39 


39 


1822.... 


+ 0,22 


— 2413,01 


38 


1825.... 


+0,06 


— 1201,62 




1829.... 


0,00 


+ 9,76 


38 


1832.... 


+0.06 


+ 1221,14 


38 


1835.... 


+0,22 


+ 2432,52 


39 


1838.... 


+0,50 


+ 3643,91 


37 


1842.... 


+0,89 


+ 4855,28 




1845.... 


+1.40 


+ 6066,67 


39 


1848.... 


+2,01 


+ 7278.05 


38 


1852.... 


+2,74 


+ 8489,43 


38 


1855.... 


+3,57 


+ 9700.81 


38 


1858.... 


+4,52 


+10912,20 


39 



Continuando los números que formen una serie aritmética 
cuya diferencia primera sea constante, aplicando la corrección 
procedente de la hipótesis á M, 7, /* y <P. y añadiendo á los 
elementos las perturbaciones planetarias de los seis planetas 
mencionados, se obtendrá para la vuelta del cometa al perihelia 
un sistema de elementos que satisfará, para algunas vueltas ve- 
nideras por lo menos, á la necesidad de determinar con suficien- 
te aproximación el lugar donde se verá el cometa. 

Si se creyera que he dado acaso demasiada importancia á es- 
te trabajo, permítaseme concluir diciendo que la introducción de 
una fuerza nueva perturbatriz en nuestro sistema solar me ha 
parecido siempre un paso harto grave, pero que es fruto de vi- 
gilias que me han llevado mucha parte del tiempo de cuarenta 
años acá. Nadie negará que en cálculo tan prolijo, las dudas que 
ocurren, las pruebas, las comprobaciones necesarias, las faltas 
que se advierten y cuyo origen es preciso descubrir, cuestan dos 
ó tres veces más tiempo que sólo el cálculo. 

Por la Sección de Ciencias Exactas, Francisco García IVatarro. 



CIENCIAS físicas. 



FÍSICA. 

Experiencias con algunos metales y gases; por Mr. Despretz. 

(Comptes rendus, -lo noviembre 4858.) 

Se conocen en el dia 62 cuerpos, á los cuales consideran 
como simples casi lodos los químicos, porque no se ha sacado 
de cada uno de aquellos sino una sola sustancia particular. 
Aunque sea esta la manera más general de mirar este punto, 
creemos no obstante que el convencimiento de más dé un qui- 
mico, de más de un mineralogista, de más de un físico no está 
muy arraigado respecto de la opinión que admite otras tantas 
sustancias distintas cuantos cuerpos existen llamados simples. 

Bastarán algunas citas para evidenciar la exactitud de este 
último aserto. 

Un químico joven, arrebatado muy temprano á la ciencia, 
Gerhardt, decía en 1847 en su Introducción al esludio de la 
química, pág. 57: «No tenemos demostración matemática déla 
«naturaleza simple de los elementos tenidos por tales: lospro- 
Bgresos de la ciencia pudieran llegar algún dia á descomponer 
»el azufre, el carbono, los metales, y á demostrar en sus mo- 
))léculas la heterogeneidad de los átomos.» 

Vemos el pasage siguiente en una Memoria de Mr. Dumas: 
«Dos opiniones se disputan el campo. Una, al parecer profesa- 
wdapor Berzelius, mira á los elementos simples de la química 
»mineral como seres distintos, independientes entre sí, cuyas 
«moléculas no tienen común sino su fijeza, su inmutabilidad, su 
MCtemidad: habría tantas sustancias distintas cuantos elementos 
«químicos hubiera. Otra permite suponer, por lo contrario, que 



15 

))las moléculas de los diversos elementos químicos actuales pu- 
» dieran estar constituidas por la condensación de una sustancia 
»única, el hidrógeno, v. g., aceptando como cierta la relación no- 
«table observada por el Dr. Prout, y teniendo por fundada la 
«elección de su unidad.» 

Citemos otras opiniones más antiguas. Davy pensó alguna 
vez que los metales y los sólidos inflamables llamados simples, 
estaban compuestos de una base particular desconocida y una 
misma sustancia que entra en el hidrógeno (Lección Bakeriana, 
1807.— Anales de química, tomo 70, pág. 240). 

Según Gay-Lussac y Thenard, el potasio y el sodio no serian 
mas que una combinación de los álcalis con el hidrógeno. (Ana- 
les citados, tomo 66, pág. 207, año de 1808.) Curaudau tenia 
á los metales alcalinos por compuestos nuevos, en los cuales 
estaba el hidrógeno sumamente condensado. (El mismo tomo, 
pág. 102.) 

No tardó en aclararse el misterio para estos célebres quími- 
cos. Cuando no sabían cómo interpretar la producción ni la 
naturaleza del potasio y del sodio, vióse ilustrado el nombre de 
Davy con la descomposición de los álcalis y de las tierras. La 
manera de extraer el potasio y el sodio, columbrada por Gay- 
Lussac y Thenard, vendría á practicarse exclusivamente por 
más de 30 años. Pudiera auxiliar mucho hoy todavía á los 
químicos en ciertas circunstancias. El método por último que 
hace años sirve para preparar estos preciosos metales, no viene 
á ser sino ¡el mismo de Curaudau, mejorado luego por Brunner, 
Donny y Mareska, y por H. Sainte-Claire Devílle. 

Estas citas, que pudiéramos multiplicar, atestiguan que ha 
reinado mucha incertidumbre en diversas épocas acerca de la 
naturaleza elemental de los cuerpos llamados simples (1). 



(1) V. cuatro artículos sobre la Alquimia (Diario de los Sa- 
bios, 1851), de Chevreuilí Die Geschichíe der Chemie, en cuatro partes, 
de Kopp; Historia de la Química, ea 1 tomos, de Hofer; Los Jlquimistas, 
1 tomo, de Figuier; Los metales son cuerpos compuestos, 1 tomo, de 
Tiffereau; Paracelso y la alquimia, 1 tomo, de Frank; el artículo Pro- 
porciones, de Moigno, en la Enciclopedia del siglo J'IÁ', tomo 20. 



16 

Esta falla de fijeza en las opiniones me ha ¡nduciclo áinlen- 
tar los ensayos que tenia discurridos desde el año de 1849, dice 
el autor. 

Después de haber prol)ado en dicho año que los cuerpos 
más refractarios son fusibles y volátiles con el fuego eléctrico 
de una pila poderosa ó de un foco resultante de reunirse el calor 
eléctrico, el solar y el de combustión; después de haber visto 
asimismo que los cuerpos compuestos, los feldespatos, v. gr.. 
sueltan primero las sustancias más volátiles, me restaba natu- 
ralmente indagar si puestos los metales en las citades fuentes 
caloríficas enérgicas se separarían sus elementos, caso de conte- 
ner varios en realidad. Estaba propenso á considerar, de con- 
formidad con la mayor parte de los químicos, mineralogistas y 
físicos, á los metales y á los cuerpos no metálicos como simples, 
y como conteniendo una sustancia particular sólo cada uno, de 
naturaleza íntima inalterable. 

Empezaré por manifestar las experiencias que he verificado 
á fin de saber si los metales son simples ó compuestos. 

Supongamos por el momento que los metales sean compues- 
tos binarios; los dos metales componentes se diferenciarán pre- 
cisamente en sus propiedades; deberán ser desigualmente volá- 
tiles; deberá precipitarlos desigualmente la pila voltaica, los 
metales más enérgicos, los diversos reactivos químicos. Las sa- 
les de estos metales elementales deberán tener aspectos y formas 
características. 

En esta diferencia de propiedades de los dos componentes 
hipotéticamente admitidos, se funda el principio que nos ha 
guiado en la mayor parte de las experiencias de nuestro tra- 
bajo. 

Muchos ensayos preliminares nos han demostrado la exac- 
litud del referido principio, poco disputable por otro lado. 

Tratando con la pila, con el zinc, con el gas hidrosulfú- 
ricoó con el carbonato de sosa una mezcla de sal de plomo y 
otra de cobre, de sal de plomo y otra de cadmio, de sal de cobre 
y de cadmio, etc.. y despedazando los precipitados de una 
misma mezcla, se halla en cada uno de estos una composición 
tanto más diferente cuanto más distan entre sí. Con varias 
mezclas es completa ó poco menos la separación con la pila ó con 



17 

el ácido sulfhídrico. Por ejemplo, así resulta con una mezcla de 
cobre y plomo, de cobalto ó niquelo, ó con una de cobre y 
cadmio. 

Experiencia primera. Se hizo pasar la corrienlc de dos 
elementos (1) de Bunsen por una disolución que contenia 500 
gramos de sulfato puro de cobre. Se fueron recubriendo suce- 
sivamente 8 hojas de platino de 5 centímetros de largo y 7 de 
alto. Quedó recubierta cada hoja por ambas caras. En las 5 
hojas primeras se vieron octaedros regulares y cubo-octaedros 
parecidos á los cristales de cobre nativo. 

En la cuarta estaban agrupados los cristales octaédricos 
como en el cobre nativo de Siberia. Estos mismos cristales eran 
más pequeños, y estaban más cerrados en la lámina 5.^ y 6.*" 
Había por tin que poner entre dos cristales los dos últimos depó- 
sitos formados en una disolución debilitada, y observarlos con 
el microscopio. Se vio que los cristales pequeñísimos eran tam- 
bién octaedros y cubo-octaedros. 

Después del octavo depósito no contenia ya metal la disolu- 
ción, del todo incolora. 

El aspecto, la cristalización, el color, todo se parecía en los 8 
depósitos. La corriente eléctrica, que descompuso todo el sulfato 
de cobre, precipitó un metal sólo; permitía pues esta experien- 
cia admitir que no hay más que un metal sólo en el sulfato de 
cobre puro, ó que el cobre es un cuerpo simple. Continuáronse 
examinando los productos. 

Se disolvió cada depósito en ácido azótico puro dilatado. Se 
quitó el exceso de ácido con un calor moderado, y se hicieron 
cristalizar las 8 disoluciones. Eq los cristales obtenidos se per- 
cibieron algunos prismas cuadrangulares de base oblicua; pero 
no estaban bien terminados lodos, sí bien tenían un mismo 
color. La delicuescencia de esta sal nos impidió pararnos más. 
Se trasforraó el azoato, parte en sulfato, parte en acetato. 

Cada disolución de sulfato depositó sólo prismas bi-oblícuos 
de base paralelógrama más ó menos alterados. Varias veces su- 



(i) Sólo se empleó la pila de Bunsen, en tensión siempre, como no se 
advierta lo contrario. 

TOMO IX. 2 



18 
cedió no lenei" exaclamenle esta forma los cristales. Hubo hasla 
prismas acanalados; pero volviéndolos á disolver, daban la 
forma conocida. 

El acétalo no dio sino prismas oblicuos de base romboidal, 
de color verde oscuro, poco eflorescentes. 

Experiencia sef/unda. Idéntica á la primera: se descompuso 
con la corriente de tres elementos el mismo poso de 500 gra- 
mos de sulfato puro de cobre, disueltos en 4 litros de agua; en 
seguida de las primeras precipitaciones, se tomaron 4, 5 y 7 
elementos. 

La cristalización de los depósitos fué como la de los de la 
experiencia anterior, pero menos visible, lo cual consistió en 
ser más rápida la precipitación. Se observaron cubos más per- 
fectos, y planos de crucero paralelos á las caras del cubo. 

El 1).° y 6.° depósito tuvieron color algo más oscuro que 
antes. En el microscopio todos los depósitos presentaron igual 
color. 

Se formó desde luego azoato con todo el cobre precipitado, 
y con 40 gramos de cobre rojo que no experimentó la acción 
de la electricidad. Los 7 azoatos dieron prismas romboidales, 
pero oscuramente terminados. El aspecto, el color de los 7, todo 
parece uno mismo. Por medio del hidrógeno puro y seco se 
descompuso parte de cada azoato, reducido antes á estado de 
óxido. Los 7 productos obtenidos tuvieron igual color rojo- 
amarillento, que viene á ser el núm. 3 del anaranjado del pri- 
mer círculo cromático de Mr. Chcvreuil. 

Se trasformó cada azoato en sulfato, acetato y formialo, que 
son tres sales de formas bien claras y poco alterables al aire. 
Se dejaron cristalizar espontáneamente las diversas disolu- 
ciones. 

Las 7 disoluciones de sulfato, acetato y formiato dieron mu- 
chas cristalizaciones del mes de febrero al de noviembre. Se 
depuraron, y siguióse lo mismo en todo el trabajo. 

Se examinaron los cristales, y se conservaron luego en tu- 
bos, apuntando el depósito y la naturaleza de la disolución. 
Se volvi(') á di.solvcr la sal mal formada en la disolución res- 
tante, etc. 

El sulfato depositó .sólo prismas bi-oblícuos de base para- 



19 

lelógrama, y las modificaciones descritas por Hauy y sus su- 
cesores. 

En las cristalizaciones dadas por el acetato no se vio sino 
el prisma oblicuo romboidal, de color pardo oscuro, conocido 
de todos los químicos. 

El formiato dio un prisma oblicuo de base romboidal masó 
menos alterado. Fué eílorescente esta sal; se emblanqueció bas- 
tante pronto al aire á 20 ó 23 grados. 

Cada grupo de cristales presentó los caracteres químicos de 
las sales de cobre. 

Experiencia tercera. Se hizo pasar hidrógeno sulfurado, pre- 
viamente lavado, por una disolución de 500 gramos de sulfato 
puro de cobre disueltos en | de litro de agua destilada (1 ). Se ob- 
tuvieron 6 precipitados de sulfuro^ que se lavaron con agua 
hervida, y que se trasformaron en sulfato con ácido azoico puro 
y dilatado, y con añadir cierta cantidad de ácido sulfúrico. Qui- 
tóse luego el exceso de este ácido mediante un calor conve- 
niente. 

Las seis reducidas masas blanquecinas obtenidas así y di- 
sueltas en agua depositaron sólo sulfato de cobre en su forma co- 
nocida, antes mencionada. Lo mismo sucedió con las aguas ma- 
dres sujetas á la cristalización hasta agotarse la sal. 

La identidad de los seis precipitados por el hidrógeno sul- 
furado en el sulfato puro de cobre, atestigua también que no hay 
mas que un metal en esta sal. 

Otras experiencias que se hicieron con diferentes mezclas 
de plomo y cobre, de plomo y cadmio, de cobre y cadmio, etc., 
manifestaron que con el hidrógeno sulfurado se precipitarían 
compuestos variables según sus principios, si no fuese el cobre 
un cuerpo elemental. 

Experiencia cuarta. Se precipitaron 500 gramos de sulfa- 
to puro de cobre disueltos en 4 litros de agua destilada por 
573,14 gramos de carbonato puro de sosa dividido en cuatro 
partes iguales. 



(l) Eq estos trabajos se ha usado sólo agua destilada y sustancias 



puras. 



20 

Los cuatro precipilados de carbonato de cobre retuvieron 
ácido sulfúrico aun después de removerlos con una disolución 
de carbonato de sosa en exceso, y de lavarlos por decantación 
ocho dias. 

Se disolvieron los precipitados en ácido sulfúrico dilatado, y 
se descompusieron las disoluciones muy dilatadas con tres ele- 
mentos de Bunsen. Se adhirió poco á las hojas de platino cada 
precipitado, y tomó forma mamilar; se observaron cristalitos 
parecidos á los citados antes. 

Se procedió como en las dos experiencias primeras. 

Se disolvieron los cuatro depósitos en ácido azoico puro. Se 
retiró el metal de parle de cada azoato. 

Con el restante azoato se formó sulfato, acetato y formiato. 
Se hicieron cristalizar estas diversas sales. 

Los cuatro cobres provenientes de la reducción por el hidró- 
geno, los cristales de sulfato, acetato y formiato fueron idénti- 
cos á las muestras de cobre, á los cristales de sulfato, acetato 
y formiato de que se habló en la experiencia segunda. 

Sucede, pues, lo mismo que si fuese el cobre un elemento. 
Experiencia quinta. Se removieron cuatro veces sucesivas 
500 gramos de sulfato puro de cobre, disueltos en unos 8 li- 
tros de agua destilada, con unos 33 gramos de zinc metálico 
destilado. Cerca de dos horas lardó en sustituir el zinc al cobre, 
de suerte que toda la precipitación exijió unas ocho horas, sin 
dejar de removerse la mezcla. 

Se lavó primero bien el cobre precipitado; se separó luego 
con calor suave, mediante ácido sulfúrico dilatado, de la redu- 
cida parte de zinc con la cual pudiera haberse mezclado; en 
seguida se le secó al baño-maría, y por úllimo se le redujo con 
hidrógeno puro y libre de agua. 

Los cuatro productos tuvieron color rojo amarillento, y fue- 
ron idénticos á los cobres precedentes reducidos por el hidró- 
geno. 

El sulfato formado con parte de cada precipitado no dio 
tampoco sino las formas conocidas del sulfato de cobre. 

Una mezcla de dos sales de metales, precipitadas por el 
zinc, no dio iguales productos. Varió la composición de estos 
precipitados, ó se precipilí» antes uno de los dos metales. 



21 

Experiencia sexta. Fué repetición de la anterior, y dio los 
mismos resultados. 

Experiencia séptima. Se descompusieron tres veces sucesi- 
vas 200 gramos de azoalo puro de plomo, disueltos en unos ISOO 
gramos de agua, con 59,6 gramos de carbonato puro de sosa. 

Se dividió cada precipitado bien lavado y seco en cuatro 
partes iguales. 

Se redujo la cuarta con el hidrógeno. 

Con las otras tres se formaron azoato, acetato y formiato. 

Los tres azoatos dieron cristales trasparentes en su mayor 
parte, pertenecientes al sistema cúbico del azoato de plomo. 

El formiato cristalizó en prismas delicados, que cualquier 
químico hábil veria ser formiatos. Con el microscopio se vio 
eran prismas rectos romboidales. Las aguas madres no deposi- 
tan en sus cristalizaciones sino cristales lo mismo. 

Los cristales del acetato de plomo se referían al prisma rom- 
boidal oblicuo. 

Experiencia octava. Recuérdese que al pasar una corriente 
voltaica por una disolución de plomo, ocasiona un deposito de 
plomo metálico en el electrodo negativo y otro de bióxido en el 
positivo. 

Reemplazada la sal de plomo por una mezcla de acetato de 
plomo y otra de cobre, todo el cobre se va al polo negativo y 
el bióxido de plomo al positivo, quedando completamente sepa- 
rados ambos metales. Ocurría pues indagar si el metal deposi- 
tado en el polo negativo era idéntico al depositado en el positi- 
vo; porque no podria existir semejante identidad si el plomo, 
que consideramos como cuerpo simple, fuera una mezcla ó una 
combinación en cualesquiera condiciones. 

Hicimos pasar una corriente voltaica por una disolución de 
acetato puro de plomo, formada de 300 gramos de esta sal y 3 
litros de agua, más algunos gramos de ácido acético para acla- 
rar el liquido. 

Se metió cada electrodo en un vaso rectangular puesto en 
la disolución, evitándose asi que se mezclaran las partes délos 
depósitos que lo separaban mientras duraba la experiencia. Se 
emplearon desde luego dos elementos en las cinco descomposi- 
ciones primeras, luego cuatro, seis y ocho. 



22 

Obliiviéronse de este modo catorce depósitos en el polo ne- 
gativo y otros tantos en el positivo. Con ellos se formaron azoa- 
tüs, reuniéndose dos inmediatos de cada serie. Examinadas las 
diversas cristalizaciones, se vio que nnas y otras sales presenta- 
ban octaedros regulares, con los ángulos ó las aristas algo trun- 
cadas, trasparentes ó no; cubo-octaedros con el octaedro ó el 
cubo dominante, y algunos dodecaedros romboidales: las formas 
todas, derivadas del cubo. No se notaron diferencias notables 
de las cristalizaciones del polo negativo con las del positivo. 

Se quitó á cada azoato positivo y negativo una pequeña par- 
le, que se redujo á {domo con el hidrógeno, y se determinó la 
densidad del metal positivo y del negativo. 

La densidad media de varios pedazos del plomo del azoato 
del depósilo posilivo no discrepó ni siquiera en la cuarta cifra 
de la densidad media del plomo del azoato del depósito nega- 
tivo. 

Esta experiencia corrobora el carácter elemental del plomo. 
Si constara este de dos elementos, no darian unos mismos azoa- 
tos, no tendrían una misma densidad, una misma tendencia 
galvánica. 

Experiencia novena. Se pusieron seis medias balas de plomo 
pobre en una cápsula de carbón. Se hizo pasar por el metal la 
corriente de 300 elementos reunidos en tres series de á 100. 
Fundiéronse primero las balas de cada polo, y pasados algunos 
minutos estaba fundido lodo. 

Duró áO minutos el paso de la corriente, y luego se fueron 
quitando del circuito la primera, segunda y tercera serie. Pa- 
saron unos 12 minutos en esta rotura sucesiva de la corriente, 
tiempo sulicientc para la solidificación total del metal mantenido 
sujeto á la corriente. 

Se quitó del polo positivo y del negativo un pedazo de sosa 
de cosa de media bala. Se disolvió cada pedazo en ácido azoico 
puro dilatado en un volumen de agua igual al suyo. 

El nitrato positivo dio octaedros regulares; algunos presen- 
taron caras cóncavas á manera de tolvas, como se suele ver 
también en el sistema regular (alumbre, sal marina, etc.). 

El nitrato negativo ofreció los mismos octaedros con algunos 
cubo octaedros. 



23 

Experiencia décima. Fué repetición de la anterior con al- 
gunas variantes. Se puso una barrita de plomo sacada del ace- 
tato en una cápsula de porcelana sin barnizar. Con calor se 
mantuvo fundido el plomo tres horas, y este mismo tiempo es- 
tuvo atravesando el metal la corriente de 200 elementos reu- 
nidos en dos series de á 100. Una brújula de tangentes de 45 
centímetros de diámetro marcó 63^" al principiar la experien- 
cia, 65|" á los pocos minutos, y 48.1" al fin. Se fueron quitando 
poco á poco las ascuas de alrededor de la cápsula, luego una de 
las series y en seguida la otra; se fué enfriando lentamente el 
plomo sujeto á la acción de la corriente. De haber ocasionado 
la corriente cualquier alteración del metal, deberia subsislir 
hasta solidificarse por completo. 

La baja considerable de la intensidad de la pila consistia 
en que el circuito, compuesto únicamente de partes metálicas, 
oponia sólo escasa resistencia á la corriente. La acción química 
dentro de la pila fué enérgica. La mitad de los zincs quedó in- 
capaz de servir para otra experiencia. Se quitó el metal que 
rodeaba á cada polo y la parte contigua. Cada lado de los pe- 
dazos tenia cosa de 1 centímetro. Sacáronse virutas de los cuatro 
pedazos, y se trataron con ácido azoico puro, notándose desde 
luego que no los atacaba sensiblemente este ácido aunque re- 
concentrado. Tampoco se vio atacado el plomo puro, pareciendo 
por tanto que la corriente no alteraba al plomo en punto á afi- 
nidades químicas, ó por lo menos al de la acción del ácido 
azoico reconcentrado. Se disolvieron las virutas en ácido azoico 
dilatado en dos volúmenes de agua; se evaporaron hasta se- 
quedad casi las disoluciones, y se dejaron cristalizar luego. Los 
resultados fueron los siguientes: 

Polo positivo. Cubo-octaedros aplanados; cubo-octaedros. 

Fuera del polo positivo. Hermosos cubo-octaedros ; otros 
cristales lo mismo, pero de la mitad de tamaño; cubo-octae- 
dros agrupados algunos; cubo-octaedros menos trasparentes; 
cubo-octaedros aplanados; octaedros reducidos á una pirámide. 

Polo negativo. Cubo-octaedros; octaedros segminifor- 
raes; octaedros regulares; cubo-octaedros, dominando el oc- 
taedro. 

Fuera del polo negativo. Cubo-octaedros algo aplanados: 



24 

fristalos nii'is poqueños; oclacdros regulares segminiformes; oc- 
Uiodros regulares: menos puros los demás cristales. 

Cada disolución cristalizó hasta agotarse el líquido. 

Las diversas formas de los cuatro azoatos caracterizan al 
plomo: pertenecen al sistema regular. 

Las densidades de los cuatro pedazos presentaron levísimas 
diferencias con la del plomo puro sacado del acetato de plomo. 
Experiencia undécimn. Se dividieron 3 kilogramos de zinc 
en ocho partes por medio de cuatro destilaciones sucesivas ve- 
rificadas como sigue: 

En la primera destilación se dejó en la retorta la tercera par- 
le casi del metal no volatilizado; se conservó la retorta y unos 
30 gramos del producto volatilizado. 

Se sujetó el producto ya destilado á otra destilación par- 
cial ; se conservó la retorta y 30 gramos del segundo pro- 
ducto volatilizado. 

Se siguió lo mismo hasta cuatro destilaciones, obteniéndose 
zinc destilado una, dos, tres y cuatro veces; cuatro retortas 
que contenían el residuo de cada destilación; en suma, ocho 
pedazos de zinc procedentes de condiciones particulares. 

Se disolvió en ácido sulfúrico parte del primero, del segun- 
do del octavo pedazo; se quitó con calor el exceso de ácido, 

y se tuvieron ocho sulfatos que se disolvieron para que crista- 
lizaran. 

Se preparó azoato con zinc sin destilar, y con destilado una, 
dos, tres y cuatro veces; en total, cinco azoatos. Para preparar 
cinco acetatos y otros tantos formiatos correspondientes, se hizo 
primero carbonato con cada uno de los cinco zincs, y se disol- 
vió parte de estos cinco carbonatos en ácido fórmico y otra en 
acético. Ambos ácidos atacan lentísimamente al zinc metálico. 

Los ocho sulfatos dieron las diversas formas compatibles con 
el prisma recto romboidal ó rectangular, dominando este ó 
aquel; los vértices constaban de dos octaedros, uno romboidal 
y el otro rectangular, dominando también uno ú otro. Solían 
estar mal conformados los vértices, y formados sólo por un lado 
los prismas recortados; solían no verse sino tablas exagonales 
ó rectangulares; á veces había los dos octaedros antes citados, 
V otro romboidal. 



25 

Todos estos cristales tenían el aspecto y los caracteres del 
sulfato de zinc. 

De junio á noviembre se obtuvieron cristales raás de cin~ 
cuenta veces. 

Los cinco azoatos dieron prismas romboidales, pero no tan 
limpios y puros que fuera posible decidir si pertenecían al 
cuarto ó al quinto sistema. 

El formiato cristalizó con bástanle facilidad al aire libre. 
Cada formiato dio cuatro ó cinco depósitos sucesivos. Los 
cristales eran prismas romboidales cortos , algo oblicuos, 
con las aristas ó los ángulos alterados: aspecto anacarado, en 
general. 

Se puso el acetato debajo de una campana con dos cápsulas 
que contenían ácido sulfúrico. Esta sal dio pocos cristales, aun- 
que sí cada disolución. Eran, ó tablas romboidales ó exa- 
gonales reunidas, ó meras tablas, ó prismas agrupados de 
forma indecisa. Todos tenían aspecto anacarado y cierta blan- 
dura. No fué posible ver si pertenecían al quinto ó al sexto sis- 
tema; Gerhardt los referia al quinto, según Brooke. 

Experiencia duodécima. La volatilidad del cadmio nos lia 
proporcionado hacer con este metal una experiencia como la 
acabada de referir con el zinc, sólo que el precio mucho más 
caro del cadmio no nos ha permitido operar sino con 1 kilo- 
gramo de este metal. 

Se llevó la experiencia lo mismo que la del zinc. 

Se hicieron ocho sulfates, cinco azoatos y cinco formiatos 
con las mismas condiciones que las sales correspondientes del 
zinc. 

Cada sulfato depositó cuatro ó cinco veces cristales que casi 
lodos eran prismas de ocho caras, algo oblicuos, formados del 
prisma romboidal y del rectangular, dominando este ó aquel, 
con apuntamientos piramidales de cuatro ó seis caras. Algunos 
cristales presentaban socavaciones cuadrangulares. 

Formiato. La mineralogía señala como forma fundamental 
de esta sal un prisma oblicuo romboidal. Las diversas cristali- 
zaciones obtenidas en las presentes experiencias eran prismas 
romboidales en forma de tablas más ó menos delgadas. 

Todos los cristales tenian igual aspecto. 



26 

El azoato no depositó cristales bien conformados. 
Experiencia décimatcrcia. Se destiló en una retorta de are- 
nisca una mezcla de oOO gramos de cadmio y 336,3 gramos de 
zinc proviamonte fundida. Equivalia esta mezcla á una propor- 
ción de uno y otro metal. 

Se verificó la destilación como las dos anteriores. 

Salieron ocho productos, cada uno con condición especial. 
Se analizó 1 gramo de sustancia. 

Los residuos de la primera y segunda destilación no conte- 
nian mas que zinc: el tercero una tercera parte de zinc y dos 
terceras de cadmio; y el cuarto sólo cadmio. 

La parle volatilizada en la primera destilación era cadmio 
mezclado con once centésimas de zinc; la segunda, cadmio 
con un treintavo de zinc; y la tercera y cuarta eran sólo 
cadmio. 

Sabido es en los laboratorios y la industria que el zinc se 
volatiliza menos que el cadmio, en lo cual se funda la manera 
de extraer este de los minerales de aquel. 

Podíase prever por tanto á priori la marcha general de la 
experiencia, sólo que los resultados de cada destilación varia- 
rían según durase la experiencia, según fuera la actividad del 
hogar, la relación entre los metales de la mezcla, etc. Tratamos 
únicamente de ver cómo sucedía la división, porque en nuestra 
experiencia debería haberla al destilar el zinc y el cadmio, si 
no eran estos metales cuerpos elementales. Ahora bien, en dos 
experiencias se presentó idéntico el zinc destilado cuatro veces 
al no destilado, y lo mismo el cadmio. 

Experiencia décimacuarta. Se hicieron algunas experien- 
cias con gas oxigeno, ázoe, amoniaco é hidrógeno bicarbonado, 
preparados por los métodos conocidos, y puros y bien secos. 
Se introdujo cada gas en un tubo de 30 centimetros de alto y 2í 
de diámetro; atravesaban por las paredes de cada tubo dos hi- 
los de platino de 0,8 de milimetro de diámetro, distando las 
puntas de estos, situadas en el eje, 1 cenlimetro muy largo ó 
4 centímetros. 

Para producir la chispa y la corriente se empleó un aparato 
grande de inducción de Rhumkorff. El hilo inductor de este 
aparato tenía 300 metros de largo por 2,5 mil. de diámetro; el 



27 
inducido 2o á 30 mil. de largo por i de diámetro. For- 
maba parte del hilo inductor un condensador puesto en uso por 
primera vez por Mr. Fizeau. 

En pocos minutos se descompuso todo el gas amoniacal. 

El hidrógeno bicarbonado empezó á descomponerse á las pri- 
meras chispas; pero no se descompuso todo ni dos horas después. 
Nos inclinamos á creer que el carbono precipitado contenia hi- 
drógeno, porque nunca se duplicó el volumen. 

Se sometieron durante cinco horas el oxigeno y el ázoe á la 
chispa y á la corriente del aparato de inducción, excitado por 40 
ó 60 elementos reunidos en series de á 10 en tensión, sin que 
variase lo más mínimo su volumen, menos el oxígeno, que se 
unió algo al mercurio. Estas experiencias dicen que el gas ázoe 
y el oxigeno son simples. 

Si estuviesen formados por la condensación del gas hidró- 
geno ó de otro más ligero, contendría el oxígeno 10 volúmenes 
y el ázoe 14 de hidrógeno condensados en uno sólo; la chispa 
eléctrica, que descompone todos los gases compuestos, debería 
alterar el volumen de los dos gases citados. 

El aparato empleado tenia tensión muy enérgica; tal cual 
estaba dispuesto para nuestras experiencias, podía atravesar al 
mismo tiempo por seis tubos , siendo en dos de ellos la dis- 
tancia de las puntas de 4 centímetros muy largos, y en otros 
dos de 2 lo mismo; la distancia total venia á ser de 18 cen- 
tímetros. 

Experiencia décimaquinta. Dos hilos de platino de 0,8 de 
milímetro de diámetro, lacrados en el cristal de un tubo baro- 
métrico de 9 milímetros de diámetro y 1 metro de alto, lo atra- 
vesaban á 6 centímetros del extremo cerrado. Las puntas que 
estaban en el eje del tubo, distaban entre si cosa de I5 centí- 
metros. Se llenó el tubo de mercurio acabado de elevar á tem- 
peratura próxima á la de ebullición, y se metió boca abajo en 
una cubeta grande llena de mercurio; no se percibió la menor 
ampolla de aire. Se hizo pasar por el tubo la chispa de un apa- 
rato de inducción de Ruhmkorff, excitado por 20, 30, 40 y 50 
elementos reunidos en series de álO en tensión. 

Se enrojecieron sucesivamente los dos hilos hasta el rojo 
blanco casi. Duró la experiencia unos quince minutos. Se vola- 



28 
lílizó platino; no varió el nivel del mercurio, que estaba á 8 
centímetros del hilo inferior. 

Experiencia dccimascxla. Se hizo la misma experiencia con 
un tubo de 2 centímetros de diámetro, atravesado también por 
dos hilos de platino dispuestos como los de la anterior, sin mas 
diferencia que terminar en dos alambres finos de hierro. Se 
hizo pasar por el tubo la chispa del mismo aparato de induc- 
ción, excitado por 20, 30, 40, 50, 60 y 70 elementos reunidos 
en series de á 10 eu tensión; se enrojecieron los alambres al 
blanco casi; no cambió el nivel del mercurio. 

Dificil en extremo nos parece conciliar estas experiencias 
con la hipótesis que consideraba á los metales y á los cuerpos 
no metálicos como resultado de la condensación mayor ó menor 
del gas hidrógeno ó de otro más ligero. ¿Cómo habia de resis- 
tir un gas condensado á la corriente eléctrica y á un calor rojo 
casi blanco, que acaso suba á 1.200 ó 1.300 grados? No debe 
olvidarse que según la hipótesis sacada de la ley del Dr. Proul, 
contendría el hierro cosa de 80.000 volúmenes, y el platino 
de 200.000 de hidrógeno condensado en uno solo. 

Experiencia decimaséplima. Se dispuso como las dos pre- 
cedentes, con la diferencia de haber seis hilos de platino en 
cada tubo barométrico, y en el extremo de cada hilo cuatro 
alambres finos de hierro ó de platino, fijos por medio de re- 
torcerlos lo conveniente. 

Se obtuvieron iguales resultados que en la experiencia dé- 
cimaquinta y décimasexla, haciendo pasar la corriente y la 
chispa por dos hilos opuestos. Se fundieron algo las puntas, y 
no cambió el nivel; pero cuando pasóla corriente por otros dos 
hilos situados encima ó debajo se rajó el tubo , impidiendo 
acabar la experiencia como se deseaba. Queríase fundir todos 
los hilos finos, y nj» lo permitió la rotura del tubo. 

En resumen, ¿son lógicas las consecuencias sacadas de los 
hechos consignados en este trabajo? 

1." ¿Se ha probado que cada metal consta de una sustan- 
cia particular, elemental, de naturaleza íntima indestructible? 
2." ¿Se ha probado que el oxígeno, el ázoe y los metales no 
se componen de gas hidrógeno ni de otro más ligero, conden- 
sado con variedad en cada uno? 



29 

3.° ¿Cabe ver en ciertas experiencias la prueba de que dos 
metales no son una misma sustancia en estados moleculares 
diferentes? 

i." ¿Basta el número de resultados obtenidos para extender 
á todos los cuerpos metálicos ó no las consecuencias deducidas 
de experiencias hechas con sólo ocho? 

Creemos poder contestar afirmativamente á estas cuatro 
cuestiones. 

Las experiencias con el sulfato de cobre descompuesto su- 
cesivamente en ocho ó en seis partes idénticas por la corriente 
galvánica, en cuatro idénticas por el zinc, por el gas hidrosul- 
fúrico, por el carbonato de sosa; las experiencias con el 
acetato de plomo descompuesto sucesivamente en catorce par- 
tes idénticas por la corriente galvánica, con el azoato del 
mismo metal descompuesto en tres partes idénticas por el 
carbonato de sosa; las experiencias con el plomo fundido por 
el calor y sujeto varias horas, mientras se fundia, á;la acción de 
una corriente galvánica enérgica; los ocho productos idénticos 
sacados de cuatro destilaciones sucesivas del zinc y del cadmio, 
patentizan en nuestro concepto que cada uno délos cuatro me- 
tales ensayados contiene sólo una sustancia elemental, particu- 
lar, indestructible en ellos, y que ninguno de los cuatro me- 
tales consta de moléculas de otro metal en estado diferente. 

Las experiencias con el hierro y el platino, puestos hasta 
el rojo casi blanco en el vacío barométrico sin observar ni el 
menor rastro de desprendimiento de gas; las otras en que el 
oxígeno y el ázoe conservan volumen invariable, no obstante 
verse atravesados horas seguidas por la luz y por la corriente 
de un aparato prepotente de inducción, manifiestan que el hier- 
ro, el platino, el ázoe y el oxígeno no pueden provenir de con- 
densarse el gas hidrógeno ni otro más ligero. 

Los resultados obtenidos con seis metales y con dos cuerpos 
no metálicos, ¿se pueden extender á todos los cuerpos metáli- 
cos, ó no? Así lo creemos. 

Con efecto, la historia de los metales presenta hechos casi 
lo mismo. Todos estos cuerpos dan óxidos, cloruros, cianuros, 
sulfuros, y la mayor parle de ellos sales de diversas naturalezas, 
de diversas formas. 



30 

Los metales y los cuerpos no metálicos se combinan entres!, 
pero no en general con los óxidos, los ácidos, los cuerpos neu- 
tros, á no ser que se descompongan al verificarse la reacción. 

Obsérvase en las combinaciones de los metales con los 
cuerpos no metálicos, y de estos entre sí, la importante ley de 
las proporciones múltiples; en las combinaciones de los cuerpos 
no metálicos se verifica además la preciosa ley de las combi- 
naciones gaseosas. Sería esta general probablemente si fuera da- 
ble determinar la densidad de los vapores de los diferentes 
metales. 

Ninguna fuerza conocida, ni el calor, ni la electricidad, ni 
la luz descomponen los metales ni los cuerpos no metálicos. De 
todos estos hechos, y del conjunto de los fenómenos químicos, 
se deduce á nuestro juicio la proposición de que los metales y 
los cuerpos no metálicos se hallan en un estado molecular del 
mismo orden. 

Nuestras experiencias nos dicen que cuatro metales son 
simples, y están compuestos de una sustancia particular; dí- 
cennos asimismo que dos metales y dos gases no se deben con- 
siderar como procedentes de la condensación de cualquier gas. 
Extendemos los resultados á todos los cuerpos admitidos como 
simples en la mayor parte de las obras de química. 

Estos raciocinios y sus consecuencias no nos apartan de la 
cautela precisa en los trabajos experimentales. Estamos persua- 
didos de que si se descompusiera uno de los metales perfecta, 
mente conocidos, no lardarían en descomponerse todos los de- 
más. La historia de la química de principios de este siglo pre- 
senta un ejemplo vivo de la exactitud de esta idea. 

La descomposición de un álcali sólo dio de sí al momento 
la de los demás, y hasta la de las tierras. Verdad es, sin em- 
bargo, que la detenida comparación de las sales alcalinas, ter- 
rosas y metálicas, indicaba en las primeras y segundas óxidos 
análogos en cuanto á composición á los bien conocidos de las 
terceras. 

Aquí caben de lleno algunas reflexiones. 

Según la hipótesis fundada en la ley del Dr. Prout, verificada 
que fuese, los cuerpos simples constarían de gas hidrógeno ó 
de otro más ligero. 



31 

Los metales son buenos conductores del calor y de la elec- 
tricidad. Tanto disfrutan esta propiedad los ligeros (potasio, 
sodio), como los pesados (oro, platino). 

Los óxidos metálicos, las resinas, los cuerpos crasos, los 
aceites, etc., son malos conductores del calor y déla electri- 
cidad. 

Los metales con cierto peso no adquieren para elevar- 
se 1 grado su temperatura sino una fracción reducidísima 
de la cantidad que en las mismas circunstancias requiere el 
agua. 

Singularísima sería esta oposición tan marcada entre cuer- 
pos que tuvieran igual composición. 

¿Cómo concebir que al reducir minerales de hierro con el 
carbón, á temperatura de las más altas, hierro y carbón y toda 
la ganga no se reduzcan á gases ni vapores? ¿Cómo concebir que 
en las experiencias sobre la fusión de los metales con la pila, 
V. g., del hierro, platino, etc., se fundan sin disiparse de algu- 
na manera perceptible? 

Se da á crisoles de carbón de azúcar, á hojas del mismo 
una temperatura blanca tan alta, que apenas se pueden mirar 
sin deslumhrarse; pues ese carbón arde con lentitud, se volati- 
liza con suma lentitud entonces. 

Si la hipótesis de que hablamos fuese la expresión real de 
la verdad, nos parece que la trasmutación de los metales, y aun 
de los demás cuerpos, debería presentarse en las multiplicadí- 
simas operaciones de los laboratorios y de la industria. Pero de 
seguro casi que no se ha visto un hecho sólo de trasmutación 
auténtica. 

La ley de las combinaciones gaseosas perdería toda su sen- 
cillez. 

Según la citada hipótesis, no serian mas que gas condensado 
cuantos cuerpos contiene la tierra. La luna, cuya densidad no 
pasa de poco menor que la de la tierra , tendría probable- 
mente igual constitución que esta. Resultados son estos harto 
extraños. 

Acaso se dirá que llevamos muy allá las consecuencias 
y reflexiones. En manos de los químicos y físicos entrega- 
mos nuestras experiencias, y con agradecimiento recibiré- 



32 
mos las observaciones y aun las objeciones que se sirvan di- 
rijirnos. 



física del. olobo. 



Observaciones de temperatura atmosférica terrestre y vegetal 
valiéndose del termómetro eléctrico; por Mr. Becqlerel. 

(L'Instilut, 10 noviembre 18b8.) 

Tiene por objeto la memoria presentada por el autor á la 
Academia de Ciencias de Paris en la sesión del 8 de noviembre 
de 1858, darla cuenta de las muchísimas observaciones que los 
cuatro meses antes hizo en el campo con el termómetro eléctri- 
co, para determinar la temperatura del aire, de la tierra y de 
los vegetales. 

Empezó por asegurarse de la marcha del instrumento, com- 
parando sus indicaciones con las de un termómetro común puesto 
en iguales condiciones; vio que se podia sustituir uno al otro, 
y aun que con el termómetro eléctrico era posible observar tem- 
peraturas que sólo discrepaban Vó de grado y hasta ^'s» lo cual no 
lo permite el termómetro común. 

Hecho este examen, se sirvió del termómetro eléctrico para 
estudiar la temperatura de los vegetales y lo que varia en un 
dia. La comparó con la del aire al N. y á una altura de 15 
metros sobre el suelo. Hechas asi muchísimas observaciones 
(más de 3000), deduce de ellas algunas consecuencias impor- 
tantes. 

Yió que la temperatura del aire al N. , á 1 metro sobre 
el suelo, no discrepaba sensiblemente de la del aire á 16 
metros. 

Examinando con el termómetro eléctrico á O"", 055 dentro de 
la corteza la temperatura de un arce de 0"',4 de diámetro, si- 
tuado entreoíros árboles, y comparándola con la del aire al N. 
señalada por un termómetro común, halló del 30 de julio al 31 
de agosto en el arce y en el aire exactamente casi una misma 



33 
lemperalura (18°, 80 en el árbol. 18^87 en el aire). El 
momento de la máxima lemperalura fué distinto en ambos 
casos: sucedió á las 3 de la larde en el aire, y de las 6 á 
las 10 de la noche en el árbol. La variación de la temperatura 
en dicho mes, ó sea la diferencia entre la máxima y la mínima, 
fué en el árbol la mitad que en el aire (6°,14 en el aire, 3", 8 
en el árbol). En el mes de setiembre la temperatura media del 
aire fué de 17°,67, la del arce de 16°, 80; la hora de la máxi- 
ma, á eso de las 3 de la tarde en el aire, á las 6 en el arce; 
variaciones de la temperatura. 7°, 86 en el aire, 3%86 en el 
arce. En octubre, la lemperalura media del aire ir,78, del 
arce 11'', 98; horas de la máxima, á cosa de las 2 de la tarde 
en el aire, antes de las 6 en el arce; variaciones de la tempe- 
ratura, 8",34 en el aire, 3°, 82 en el arce. Asi, pues, en los 
meses de agosto y octubre las temperaturas medias del aire y 
del arce, sacadas de 6 observaciones diarias, fueron iguales; no 
pasó de 0°,87 la diferencia en octubre. 

Observó comparativamente un ciruelo, y otro árbol muerto 
de igual diámetro, que estaba junto al vivo. Iguales fueron los 
efectos observados en uno y en otro. De aqui deduce que los 
fenómenos de lemperalura observados en este caso, dependen 
sólo de la acción calorífica del sol, y no de las reacciones quími- 
cas que pudieran verificarse en los tejidos vivos. 

Las hojas de una higuera de Indias, nopal ó tuna, situada 
junto á un termómetro común al N., dieron igual temperatura 
que el aire; iguales fueron las variaciones, iguales las horas de 
los máximos. No presentan por tanto una misma temperatura 
las diferentes parles de un vegetal. Al paso que las hojas y las 
ramas se ponen pronto en equilibrio con el aire, exije el tronco 
más ó menos tiempo, según sea su diámetro, para llegar al mis- 
mo equilibrio: verifícanse no obstante estas variaciones como en 
el ambiente. 

Examinó también el movimiento del calor en un árbol no 
situado entre otros, sino aislado, expuesto al E. y recibiendo 
directamente la radiación solar parte del dia, reflejada además 
por una pared lateral de 2 metros de grueso. Era el árbol un 
ciruelo cubierto de fruta, de 8 metros de alto y O™, 3 de diáme- 
tro. Las temperaturas medias observadas del 7 al 11 deseliem- 



34 

hrc fueron en el ciruelo, á Om.lS de profundidad, de 20°, 94; en 
el aire, á 16 metros sobre el suelo, de 18», 70: las horas de los 
máximos fueron, en el ciruelo á eso de las 2 y 45 minulos, en 
el aire á las 3: las variaciones, en el ciruelo 13", 07, en el aire 8", 5. 
La dii'erencia entre el máximo y el mínimo fué de 24" á 25° en el 
ciruelo varios dias; y subió su temperatura hasta 35°, 36° y 37°. 
Atribuye el autor á esta subida la muerte del árbol, que sobre- 
vino bastante pronto. Se puso alrededor del ciruelo un cilindro 
de hoja de lata, á lin de que la mucha facultad radiante de este 
cuerpo no dejara calentarse el árbol, cuya conjetura salió con- 
firmada por la experiencia. Con efecto, no variaron las horas de 
los máximos del 15 al 20 de setiembre; las temperaturas me- 
dias fueron, en el aire á 16 metros sobre el suelo, de 16". 86, 
en el ciruelo de 19», 44; las variaciones de temperatura 9", 5 en 
el aire, 5», 2 en el ciruelo. Vese pues que la variación en el 
árbol cubierto de hoja do lata bajó en pocos dias 7°, 87, ó bien 
que se regularizó la temperatura. Del 25 de setiembre al 13 de 
octubre se puso paja en derredor del mismo ciruelo á 2 me- 
aros de altura. Las observaciones dijeron que también dis- 
minuian las variaciones, como habia sucedido con la cubierta 
metálica. 

Asimismo sirvió el termómetro eléctrico para observar las 
variaciones de temperatura del agua de un rio, á O™, 80 de pro- 
fundidad. Dos series de experiencias, una del 24 al 31 de julio 
y otra del 12 al 20 de octubre, manifestaron (¡uc se verifican las 
variaciones de la temperatura en el agua de igual manera que 
en el aire. 

Advierte Becquerel cuan interesante seria para la física del 
globo determinar del mismo modo las variaciones de la tempe- 
ratura en diversos instantes del día y á diferentes profundida- 
des dentro de las rocas, pero dice no haber tenido ocasión de 
hacer tales observaciones. Observó no obstante la variación de 
temperatura en una pared maestra, de 8 metros de alto y 2 de 
grueso, expuesta al E. Se metió en la pared á O™, 66 de profun- 
didad una de las soldaduras del termómetro eléctrico, y se ob- 
servó lo siguiente: del 26 de julio al 12 de agosto fué de 18",62 
la temperatura media interior de la pared; del 13 al 29, do 20», 
como en el aire á 16 metros sobre el suelo; del 30 de agosto al 20 



35 

de oclubrc bajó de 17" á 14°; hubo enfriamiento gradual por la 
la noche y la consiguiente radiación hacia los objetos exteriores- 
Examinó luego cuáles eran las variaciones de la temperatura en 
la pared á 1 centímetro de la superficie. Las observaciones 
de parte del verano manifestaron que en general fué mayor 
la temperatura en algunos grados que la del aire á 16 me- 
tros sobre el suelo. Las variaciones diarias difirieron de las 
del aire. 



HiCTEOROEiOd^t. 



REAL OBSERVATORIO ASTRONÓMICO DE MAmUD. 



Mes de diciembre de 1858. 



BARÓMETRO. 

Altura media 

máxima (dia 21) 

mínima (dia 24) 

Oscilación mensual 

máxima diurna (dia 24) 
mínima diurna (dia 8). , 

TERMÓMETRO. 

Temperatura media 

máxima (dia 27) — 

mínima (dia 11) 

Oscilación mensual 

máxima diurna (dia 14) 
mínima diurna (dia 18). 

PLUVÍMETRO. 

Lluvia caída en el mes 



Pulgadas in- 




glesas. 


Milímetroi. 


27,959 


710,146 


28,142 


714,794 


27,757 


705,015 


0,385 


9,779 


0,341 


8,662 


0,021 


0,533 



Falir. 


Reauni. 


42°, 3 


4'',57 


52,1 


8,93 


35,8 


1,69 


16,3 


7,24 


25,3 


11,25 


8,3 


3,68 



5°,72 
11,17 

2,11 

9,06 
14.06 

4,60 



insl. 



0.144 



Milímetros. 



3.66 



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CIENCIAS NATIR4LES. 



OEOLiOeíA. 



Sobre los volcanes apagados de Victoria, en Australia; por 
Mr. Brougb Smkth. 

(I.'lDslitul, 26 mayo 1858.) 

El 4 de noviembre de 1857 leyó el mismo autor en la Socie- 
dad geológica de Londres una Memoria sobre los mencionados 
volcanes, de la cual tomamos las noticias siguientes. 

El distrito meridional de Australia, donde se ven lavas, ba- 
saltos y otros indicios de una acción ígnea reciento, se extiende 
desde el rio Plenty (tributario del Yarra) al E., hasta Monte 
Gambier al O. Su punto más septentrional está en el Mag- 
neil's Creek (liibulario del Loddon), á los 37° de latitud S., y 
el más meridional en Belfast, á los 38» 21'. Su mayor ancho 
coje 250 millas inglesas, y el largo 90. 

Las colinas volcánicas crateriformes mejor caracterizadas 
son: 

1.' Una cerca de la fuente del Merri-Creek, en la cumbre 
misma, á 25 millas al N. de Melbourne, descrita ya por Mr. 
Sehvyn, geólogo del Gobierno; 2." Monte Atkin, á 1500 pies 
sobre el nivel del mar; 3.'' Monte Boninyong, adyacente á los 
criaderos de oro de Ballarat; 4.^ Larnebaramult ó Monte Fran- 
klin; 5.' Monte Bousse; 6.* varias colinas crateriformes alre- 
dedor del lago Koraugamite, y las cónicas llamadas Stony- 
Rises; 7." Tower-Hill, entre los pueblos de Warnambool y 
Belfast y junto á la costa. Las escorias de este último ejemplo 
recubren, según se ha visto abriendo pozos, con un grueso de 
63 pies la superficie primitiva del terreno, poblado de yerba 



39 

ordinaria como la que vegeta hoy encima, donde han encon- 
trado los trabajadores, segiin ellos dicen, algunas ranas vivas 
entre gramíneas secas. 

En casi toda la extensión de Victoria hay masas intensas de 
basaltos, en forma de columnas en ciertos parajes, que se han 
abierto paso tanto por el granito como por las capas paleozoi- 
cas, y aun á veces por las formaciones terciarias (miocenas) de 
la superficie. Una extensa denudación ha destruido las porcio- 
nes probablemente subyacentes de aquellos antiguos surtidores 
basálticos antes y después del período terciario. Otra serie de 
rocas eruptivas de trapp, por lo común tan densas y tan duras 
como los basaltos más antiguos, pero más frecuentemente ve- 
siculares y amigdaloideas, atraviesa las formaciones terciarias 
antiguas y las posterciarias, ó las últimas cuarzosas y los terre- 
nos muebles auríferos. Estos basaltos recientes y estas lavas 
modernas hicieron probablemente su irrupción cuando estaban 
sumergidas extensiones considerables al N. y al S. de la playa 
principal, y las lavas se fueron enfriando con rapidez y bajo 
una leve presión. No parece que las erupciones perturbasen las 
formaciones terciarias que por lo regular están casi horizontales. 
Después que dichas lavas basálticas recientes hubieron hecho 
su erupción, y que tuvo lugar la denudación, y después de la 
sedimentación del terreno pleistoceno que las recubre, todavía 
estaban en actividad algunos de aquellos volcanes, aunque con 
menos energía que antes, vomitando lavas porosas y pómez; 
y más tarde aún arrojaron cenizas volcánicas y escorias, como 
las que se ven en el humus antiguo en Tower-Hill y en el 
Monte Leura y en el distrito de Koraugamite, cuando estaba ya 
cuasi extinguida la fuerza ígnea. Hace notar Mr. Smith que los 
volcanes apagados de Victoria presentan particular interés, por 
entrelazarse con la gran cordillera volcánica que corre desde 
las islas Aleutianas á la Nueva-Zelandia. Concluye su trabajo 
haciendo algunas observaciones sobre los frecuentes terremotos 
de la Australia meridional, y sobre el evidente levantamiento 
de la linea de las costas, atribuyéndolo todo á la fuerza, proba- 
blemente no extinguida aún por completo, de los focos volcá- 
nicos de aquella región. 



40 



De la existencia del látex en los vasos espirales reticulares, ra- 
jados II punteados, y de la circulación en las plantas; por 
M. A. Trecul. 

(Adh. des ScicDc. nalur., 4." serie, tomo VI!, núm. 3.) 

jMí objeto en este trabajo, dice el autor, es manifestar que 
las opiniones vertidas se fundan en conocimientos anatómicos 
incompletos, porque sólo se ha notado la mitad de los fenómenos. 
Con efecto, todos los observadores conceden que el látex, cual- 
quiera que sea su opinión acerca de la naturaleza de dicho li- 
quido, sólo se encuentra en los canales ó vasos llamados laticí- 
feros por lo mismo. Pero yo me he convencido que no sucede 
asi, porque los vasos espirales, reticulares, rayados y puntea- 
dos contienen también ese jugo tan notable; siendo además su 
función, á mi parecer, la de elaborarlo y distribuirlo luego, 
después de haberlo modificado, por todas las partes del vegetal. 
Este aserto mió se funda en lo siguiente. El látex no tiene el 
mismo color en todas las plantas, siendo blanco en unas, le- 
choso en otras, no tan intenso el mismo color; en otras es in- 
coloro, siendo ciertos látex amarillos ó anaranjados. Las plan- 
las que contienen estos últimos me han suministrado las prime- 
ras pruebas de la existencia del látex en los vasos espirales, 
reticulares, punteados, etc.; y para comprobar el fenómeno en 
cuestión aconsejo que se elijan esas mismas plantas. Las más 
á propósito para estos estudios son los Chelidonium majus, C. 
(¡uercifolium, Argemone ochroleuca, A. grandiflora. Por medio 
de secciones trasversales y longitudinales se adquirirá fácil- 
mente el convencimiento de la existencia del látex en los vasos 
propiamente dichos, sin sentirse inclinado á suponer, después 
de observaciones hechas con cuidado, que se haya introducido 
en ellos ese jugo después de la sección. 

La causa de equivocarse los observadores procede de que no 
existe á la vez en todos los vasos, ni aun en todas las partes de 
un vaso dado, el jugo teñido de color. Probablemente por este 



41 

motivo los sabios que han tratado de la misma materia, y que 
han visto algunas veces el látex en los vasos, han creido que se 
habla introducido en ellos accidentalmente. Los vasos de una 
sección dada no deben nunca contener todos á la vez látex, á 
no ser que encierre varios hacecillos dicha sección; sucediendo 
también rara vez que se hallen llenos al mismo tiempo los vasos 
de un mismo haz. Un vaso dado, lo repito, tampoco lo contiene 
en toda su extensión; y observando atentamente, se nota algu- 
nas veces que el látex que hay en él no tiene el color de la mis- 
ma intensidad en todas sus partes. El tinte que se debilita hacia 
un extremo, concluye por desaparecer del todo, y volviéndose 
gradualmente incoloro el líquido, pueden sustituirlo algunos 
gases en otros puntos del mismo vaso. Lo que acabo de decir 
del tinte variable del jugo en distintas partes de un vaso en 
particular, se observa en vasos diferentes situados unos al lado 
de otros; es decir, que un vaso podrá estar coloreado de una 
manera muy intensa, el contiguo tener un tinte más débil, otro 
tercero tenerlo apenas perceptible, y el cuarto carecer por com- 
pleto de color. 

Estos hechos indican al parecer que se verifica en los men- 
cionados órganos cierto trabajo fisiológico que modifica el jugo 
colorido; opinión que se robustece aun más observando los re- 
feridos fenómenos en un periodo entero de vegetación, porque 
entonces se nota que al cesar la misma desaparece el látex de los 
vasos. Hoy (1), por ejemplo, principia á ser ya raro en los 
vasos espirales, rayados, etc. del Chelidonium majus, y muy 
pronto carecerán de él totalmente los referidos órganos. Sin 
embargo, aunque los vasos quedan sin jugo colorido, los laticí- 
feros continúan llenos, y lo vierten abundantemente si se les 
hace alguna herida. Y, cosa importante de notar, el jugo derra- 
mado no penetra los vasos punteados, rayados, reticulares ó 
espirales después de su sección; cuya última circunstancia pro- 
baria también, si necesario fuese, que el jugo teñido de color 
que hay en los repetidos vasos durante las observaciones prac- 
ticadas en la época de la vegetación, no ha podido entrar al 
hacerse la experiencia. 



(1) Octubre de 1857. 



4S 

Los vegetales de jugo blaiico me han dado unos lesu! lados 
análogos. Enlre oíros el Ficiis Carica, Morus alba, Euphorhia 
Charadas, pruni folia, etc., etc. 

Por consecuencia, los vasos espirales, rcliculares, rayados 
y punleados pueden conlener lalex lo mismo que los laticífe- 
ros. Después de comprobar este fenómeno, me be preguntado 
cuál es el origen del lalex. ¿Lo segregan los laticíferos ó los 
vasos propiamente dichos, y luego lo vierten en los primeros? 
Si para decidir la cuestión se atendiese sólo á la época de la 
aparición del jugo en ambas especies de órganos, casi la ten- 
dría por insoluble, porque su presencia es próximamente simul- 
tánea en los laticíferos y los otros vasos. Sin embargo, creo ha- 
ber notado que existe primero en los laticíferos del Argemone 
ochroleuca. Pero si se atiende á las modificaciones que experi- 
menta al parecer dicho jugo en los vasos, á su desaparición 
cuando cesa la vegetación, mientras que subsiste constante- 
mente en los laticíferos, habrá motivo de creer que lo segregan 
los vasos, y que los laticíferos lo reciben como una secreción. 
A pesar de esto, el látex no tiene al parecer los caracteres de 
una simple secreción, porque hay en él sustancias inmediata- 
mente susceptibles de trasformarse en celulosa. El almidón, 
por ejemplo, existe en el lalex, siendo abundantísimo con fre- 
cuencia en el de los Euforbios, en los cuales afecta una forma 
particular de que carecen las demás partes de las mismas plan- 
tas, indicando esto indudablemente que se ha segregado en los 
laticíferos, y que en estos órganos se verifican ciertos fenóme- 
nos de otro orden más elevado que si fuesen simples recep- 
táculos de líquidos excretados. Se me figura por tanto que lo 
segregan los laticíferos, y luego lo llevan á los vasos con que 
están en contacto, y que á su vez lienen comunicación con sus 
congéneres los más distantes. 

El Carica Papaya ofrece una estructura verdaderamente 
admirable bajo este punto de vista, pues que tiene laticíferos 
diseminados por la capa generatriz entre los vasos, en medio 
del cuerpo leñoso, extendiéndose hasta la medula. Dichos lati- 
cíferos se anastomosan todos entre sí. De los más próximos á 
los vasos cuando no están pegados á ellos, salen unas ramifi- 
cacioncillas que se prolongan ó terminan en la superficie de los 



43 
úllimos; cuya singular disposición se nota más fácilmente en 
el pecíolo que en ningún otro punto, y en los pequeños vasos 
reticulares que limitan en lo exterior los hacecillos de los vasos. 
Ese aparato tan notable, el sitio que ocupan los laticíferos 
entre los tejidos donde reina la mayor actividad vital, los prin- 
cipios dominantes de su jugo, formados de sustancias poco ade- 
cuadas para la asimilación inmediata, puesto que son unos hi- 
drógenos carbonados (cautchouc), ó unos productos poco oxige- 
nados (resinas, alcaloides, moruna, narcotina, codeina, etc.) 
procedentes de una savia debilitada por la nutrición, todo este 
conjunto ¿carece de analogía con el sistema huesoso de los ani- 
males? Ese hidrógeno carbonado, esas resinas y esos alcaloi- 
des ¿no vienen á oxidarse ó mas bien á elaborarse en los vasos 
para volver á tomar parte en la producción del almidón, azú- 
car, sustancias albuminosas, y por consecuencia en la multipli- 
cación utricular? 

Estas observaciones me han sugerido otras reflexiones li- 
gadas íntimamente con la materia de que trato, ofreciendo ade- 
más la clave de fenómenos que han confundido mucho hasta 
ahora á los fisiólogos. Efectivamente, era incomprensible por 
qué absorben ácido carbónico los vegetales durante el día y lo 
despiden por la noche: la razón de ello me parece ya muy sen- 
cilla. Lo que pasa en los vasos es incesante, y así en el día co- 
mo en la noche se verifica, entre otras reacciones químicas, 
una verdadera oxidación en su interior. Los vegetales toman 
oxígeno del aire para las necesidades de esa combustión, y lo 
devuelven en estado de ácido carbónico tanto por el día como 
por la noche; pero durante ella se exhala el ácido carbónico, 
mientras que por el dia se descompone con el influjo de la luz 
antes de ser expelido fuera: su carbono se fija, y sólo se elimina 
su oxigeno. Esa exhalación de oxígeno hace que no se perciba 
la combustión vascular por el dia, al paso que la descubre por 
la noche la emisión de ácido carbónico. 

Según esto, la respiración de las plantas se compone de 
dos fenómenos principales: 

1." De una absorción de ácido carbónico por el dia con 
emisión de oxígeno. 

2." De una oxidación en los vasos á expensas del oxígeno 



i4 

del aire, con formación de ácido carbónico durante el dia lo 
mismo que por la noche, pero con exhalación de dicho ácido 
sólo durante la última, porque en el dia se descompone á su 
paso por las hojas. 

De todo esto resulta que la respiración y circulación en los 
animales y plantas deben tener mayor analogía que lo que ge- 
neralmente se cree. Con efecto, los laticíferos se semejan al sis- 
tema venoso, y los vasos propiamente dichos al sistema arte- 
rial. Siendo perfecta la analogía de función, propongo para los 
laticíferos la denominación de vasos venosos, y para ios vasos es" 
pirales, reticulares, rayados y punteados, la de vasos arte- 
riales. 

Antes de concluir me anticipo á contestar á dos objeciones, 
graves al parecer, que pudieran hacérseme. Es posible que se 
pregunte: ¿cómo hay plantas que tienen laticíferos á pesar de 
carecer de vasos? Esta objeción no tendría verdadera importan- 
cia, porque si bien existen plantas sin vasos, no por eso dejan 
de tener jugos elaborados en sus células que desempeñan la 
función de aquellos. De esa elaboración, de elegir materiales 
propios para su nutrición, ha de resultar, como en las plantas 
vasculares, un caput mortuum que lo reciben sus laticíferos y 
se preparan en ellos para pasar á la circulación. En las plantas 
que carecen de vasos y laticíferos, es preciso que las células de- 
sempeñen el papel de ambas especies de órganos. 

Aun se replicará que hay ciertos vegetales dotados de vasos 
y que sin embargo carecen de laticíferos. Pero á mi vez pregun- 
taré: ¿se consideran bastante perfectos nuestros conocimientos 
anatómicos para estar seguros de la falta de dichos órganos en 
los vegetales de elevada organización, en los cuales no se han ob- 
servado? Además, las objeciones indicadas vienen abajo por sí 
mismas ante la consideración que, asi en las plantas como en los 
animales, las funciones se localizan cada vez menos á medida 
que se simplifica la organización, y que en ese caso los prime- 
ros que desaparecen son los laticíferos; otras veces sucede esto 
con los vasos propiamente dichos. 



45 

De la circulación de las plantas. 



Antes de exponer la opinión que me han sugerido mis ob- 
servaciones respecto á la circulación en los vegetales, creo in- 
dispensable examinar las fuerzas á que se atribuye general- 
mente dicho fenómeno. Reflexionando sobre el uso que se ha 
hecho de las fuerzas físicas conocidas para explicarla absorción 
de los líquidos de la tierra, la ascensión de la savia, y asimismo 
su marcha descendente, me sorprendió por un momento que no 
se haya verificado un ensayo análogo para dar razón de la ab- 
sorción de los gases procedentes de la atmósfera. Sin embargo, 
esa última facultad de las plantas, que todos se contentan con 
mencionar, no es de menor importancia que la absorción de 
los líquidos por medio de las raices. Pero .las leyes ordinarias 
de la física no bastan á explicarla. Ahora bien, es mi intento 
probar que la aspiración por las raices, y los movimientos de los 
líquidos en los vegetales, no pueden realizarse por influencia de 
las fuerzas físicas, á las cuales se atribuye todavía un papel tan 
importante, es decir, la capilaridad y la endosmosis. Los fisiólo- 
gos mismos, que conceden á la capilaridad y principalmente á la 
endosmosis una gran parte en la ascensión de la savia , se ven 
precisados á reconocer que son impotentes para elevar los líqui- 
dos á la altura de nuestros árboles sin auxilio de la evaporación 
que se verifica en las hojas, y que llama, según se dice, los 
líquidos hacia los referidos órganos. Por mi parte creo que si 
la evaporación hace que suban los líquidos, debe impedirles 
bajar: es asi que descienden después de haber subido; luego la 
evaporación no concurre á su ascenso. Creo también que la na- 
turaleza no se vale de fuerzas insuficientes, como la endosmosis 
y capilaridad, y siendo además incompatible con la constitución 
de las plantas el papel que se atribuye á la primera. 

Admitamos por un momento, con los fisiólogos, que la en- 
dosmosis obliga á los líquidos á subir por el cuerpo leñoso, ha- 
ciéndolos luego bajar por la corteza. Para que se realice ese 
fenómeno es preciso que aumente la densidad de los jugos se- 
gún van elevándose (lo cual se ha observado); se necesita tara- 



46 
bien que aumente la misma densidad al pasar, por medio de las 
hojas, del cuerpo leñoso á la corteza, y al descender, de célula 
en célula, al interior del tejido cortical. (Antes he sentado que 
dichos jugos no bajan por los laticíferos, cuyas funciones son 
distintas.) Por otra parte, no es posible recurrir exclusivamente 
á la gravedad, en atención á que hay ramas colgantes y otras 
derechas. 

Los botánicos que admiten la teoría endósmica no reparan 
que tienen igualmente, una al lado de otra, dos corrientes de 
líquidos de diferentes densidades; ni han fijado la atención en 
que la savia ascendente, por ser de menor densidad que la que 
baja, debiera ser atraída por esta última, puesto que son per- 
meables las membranas; ni reflexionan que debiera existir en 
toda la longitud del tronco una corriente horizontal centrifuga 
hasta que se estableciera el equilibrio de densidad, y que enton- 
ces no podria'haber.la doble corriente ascendente y descendente 
cuya existencia atestiguamos. Por lo menos se aniquilaría la 
segunda; y puesto que no sucede así, es errónea la teoría en- 
dósmica. Otra fuerza pues, distinta de la endósmosis, preside á 
la absorción de los líquidos tomados de la tierra, é igualmente á 
la de los gases procedentes de la atmósfera. Y luego hay otros 
movimientos en las plantas además del de la savia ascendente 
y descendente. Dicha savia distribuye en su tránsito por todas 
las células, las sustancias necesarias á su nutrición; cuyas cé- 
lulas se asimilan los elementos que les convienen, y devuelven 
los que les son inútiles. Los laticíferos aspiran los elementos 
desechados, reuniéndolos en depósitos particulares, como los 
aceites esenciales, etc. Sin embargo, no existe en esos depósi- 
tos un líquido más denso con el cual tengan afinidad los indi- 
cados aceites. Tampoco en este caso tiene parte alguna la en- 
dósmosis en el movimiento de los líquidos. 

La tendencia á admitir causas puramente físicas para expli- 
car los fenómenos fisiológicos, se nota de nuevo tratándose de 
la espongiola; porque se ha comparado este extremo de las rai- 
ces á una esponja, como lo indica su nombre. Veamos, pues, lo 
que haya de exacto en semejante comparación. 

En mi Memoria sobre el origen de las raices he probado que 
los tejidos jóvenes, cuya formación determina el crecimiento de 



47 

las raices, se hallao protegidos en su desarrollo por una especie 
de caperuza, que por esa razón he llamado pileorhiza. Efecli- 
vamente, cubre como un gorro el extremo de la raiz. Dicho ór- 
gano se observa perfectamente, con especialidad en las raices de 
las plantas acuáticas, porque en ellas es más pronto el desar- 
rollo que en las demás plantas. La caperuza se halla adherida 
á la extremidad de la raiz por su vértice interno, ó sea por su 
fondo: por el mismo punto se renueva, mientras que su parte 
exlerna, que es de más tiempo, se destruye. Sólo las células 
externas, al disgregarse, han podido suministrar la idea de una 
esponjina. En cuanto á la propiedad de absorción que en cier- 
tas plantas al menos es mucho más poderosa en el extremo de 
la raiz que en las demás partes de ese órgano, no puede evi- 
dentemente asimilarse á los fenómenos capilares que causan la 
subida de los líquidos en la esponja. Por consiguiente, la pala- 
bra espongiola da una idea falsa de lo que pasa en realidad en 
las raices. 

Ciertos botánicos que admiten la espongiola, han reconocido 
sin embargo que existen, en la superficie de muchas raices, 
unas células prominentes, á las que atribuyen cierta parteen 
la absorción. Soy de su dictamen sobre este punto, y creo ade- 
más que, aun en las raices leñosas de los árboles, toda la su- 
perficie goza de la propiedad de absorber los líquidos del suelo. 
En los árboles de una vegetación vigorosa, como los Paulownia, 
he tenido á veces ocasión de observar (me parece que es en 
primavera) que la parte muerta de la corteza se halla impreg- 
nada de una cantidad considerable de líquidos, que verosímil- 
mente han de cederse á las partes vivientes de las raices. 

Los líquidos que las raices absorben por medio de esa 
fuerza que sólo conocemos por los efectos que produce la vida, 
van á parar á los cuerpos leñosos de dichos órganos, y de allí 
al del tronco, cuyos jugos suben á las hojas, bajando luego á 
las raices, describiendo así una especie de círculo. Como re- 
corren toda la extensión del vegetal, me parece que convendria 
designar esta circulación con el nombre de circulación mayor, 
y con el de venosa la que, por los laticíferos, devuelve á los 
vasos propiamente dichos las sustancias que no han asimi- 
lado las células. Existe además un movimiento intracelular. 



48 
que se ha observado en varios vegetales, al cual se ha puesto 
el nombre de rotación, porque los jugos giran al parecer 
sobre sí mismos con más ó menos regularidad en lo interior de 
cada célula. 

Mientras vive un vegetal están en movimiento todos los lí- 
quidos en los utrículos de que se compone, bien á fin de lle- 
varles los elementos necesarios para su crecimiento, ó á la for- 
mación de los principios amiláceos, azucarados, albuminói- 
deos, etc., á que dan origen, bien para sacar de dichas células 
las sustancias inútiles ya y que deben eliminarse, ó las que 
han de trasladarse á otras partes de la planta para servir á la 
multiplicación ulricular, al crecimiento del individuo. Ese mo- 
vimiento general constituye la circulación; mas por lo regular 
se da este nombre á ciertas corrientes determinadas, más per- 
ceptibles que dicho movimiento general intracelular, y que re- 
corren el vegetal de abajo arriba y vice-versa en toda su lon- 
gitud. A esta doble corriente es la que llamo circulación mayor, 
habiendo hecho mención además de la circulación venosa, que 
he indicado se verifica en los laticíferos. 

La circulación mayor se observa en todos los vegetales 
vasculares; pero no se han descubierto todavía los laticíferos 
en todas las plantas dotadas de vasos. 

La circulación mayor se compone pues de una corriente as- 
cendente de savia y otra descendente. Hablemos antes de la 
primera. Verifícase en los vasos que reciben los jugos que las 
raices chupan de la tierra y los elaboran. Cuando principia la 
subida todas las células trabajan, y las sustancias nutritivas 
que contienen se disponen para la asimilación. El almidón, di- 
suelto sin duda por la diastesis. trasformado en azúcar, como lo 
han probado MM. Payen y Presoz, se dirije á las partes en que 
ha de verificarse la multiplicación utricular. El de la base de los 
bolones va á alimentarlos, dirigiéndose el de la corteza á las cé- 
lulas internas de dicha parte del vegetal, que muy probable- 
mente lo reciben también por los rayos medulares. Bajo el in- 
flujo de estas materias nutritivas principia el crecimiento en 
diámetro por la multiplicación de las células, la cual se veri- 
fica al principio sin el concurso de la savia elaborada por las ho- 
jas, porque en muchos árboles de los nuestros la capa de célu- 



49 
las jóvenes (capa generatriz, llamada también cambio) adquiere 
un notable espesor antes de la aparición de las hojas. 

Estos fenómenos primeros se manifiestan con la subida de 
la savia. Al ascender sufre una elaboración que no conozco su- 
ficientemente para hablar de ella más extensamente , por lo 
cual me contentaré con citar las interesantes experiencias de 
Mr. Biot, que nos han dado á conocer las modificaciones que 
experimenta el azúcar durante la marcha de la savia. Mientras 
se realiza su ascensión, contiene ya unos principios asimilables 
que pueden servir para la nutrición de las hojas y botones (en 
los cuales se presentan de abajo arriba los vasos espirales); pero 
en la primavera deben esos botones con especialidad su primer 
desarrollo á las sustancias alimenticias acumuladas en las cé- 
lulas inmediatas. 

La savia, que al mismo tiempo toma parte en la nutrición 
de los primeros órganos desenvueltos, sube á las hojas, su- 
friendo en ellas una nueva elaboración en su parenquima verde 
ó bien en las células de clorofila del tallo de las plantas grasas 
que carecen de hojas. El ácido carbónico del aire es absorbido 
y descompuesto luego durante el dia; la savia retiene su car- 
bono, siendo expelido en gran parte su oxigeno. La savia, mo- 
dificada bajo la influencia de la respiración, dirije su curso por 
las células corticales que nutre, concurriendo de este modo á la 
multiplicación de las células de la capa generatriz, que nacen 
en series horizontales. Parte de ellas, multiplicadas asi horizon- 
talmente, forman una nueva capa de corteza, las fibras leñosas 
y los rayos medulares; las demás se convierten en vasos del 
modo siguiente. El exceso de la savia descendente que no se 
aplica á nutrir las células recien formadas ó para condensar las 
desarrolladas primero, baja por algunas de ellas nacidas nue- 
vamente, las dilata y perfora, haciéndolas tomar todos los ca- 
racteres de los vasos; de suerte que dichas células, que en la 
primera faz de su desarrollo se semejan á las demás, se pre- 
sentan luego como de naturaleza enteramente distinta. 

Esta formación vascular se realiza, según se ve, de arriba 
abajo, á costa de las células nacidas de una multiplicación en 
series horizontales, que ha hecho creer á los autores de la leo- 
ría de las fibras descendentes, que esos vasos, cuya naturaleza 

TOMO IX. -4 



50 

lio habian examinado, eran unas verdaderas raices de los boto- 
nes ó las hojas. 

Pero no loda la savia absorbida por las células antiguas y las 
nuevas, ya para su crecimiento en extensión ó en grueso, ya 
para la producción del almidón, de las sustancias albuminoi- 
deas, etc., que han de servir á su desarrollo ulterior; no toda 
esa savia, repetimos, se aprovecha por las células, las cuales 
sólo se asimilan una parle de sus elementos, y expelen el resto. 
Ese capul moríuum, bajo la forma de resina, aceites esencia- 
les, etc., se deposita en receptáculos particulares para ir luego 
á la parte exterior (1): ó si no los laticiferos se apoderan otra vez 
de las materias no asimiladas para llevarlas á los vasos propia- 
mente dichos (esta es la circulación venosa). En ellos dichas sus- 
tancias, que por lo general carecen de oxigeno, se elaboran y 
oxidan bajo la influencia del oxigeno tomado del aire, el cual 
^lega á los vasos por los canales intercelulares, convirtiéndose 
de nuevo en sustancias asimilables. De su oxidación, según he 
dicho antes, debe resultar el ácido carbónico que exhalan las 
plantas por la noche; y descomponiéndose el que se forma du- 
rante el dia á su paso por las hojas con el influjo de la luz, su 
oxigeno va á la atmósfera con el procedente de la descomposi- 
ción del ácido carbónico tomado directamente del aire por la 
respiración. 

Los vasos que produce la savia descendente sirven luego 
en los demás años para la subida de los jugos, de los cuales se 
llenan mientras es muy activa la vegetación, quedándose por lo 
regular vacíos paulatinamente cuando no son tan abundantes, 
ó llegan á ser casi nulos los jugos chupados de la tierra. 

Los experimentos descritos en una Memoria presentada á 
la Academia en 2o de julio de 1833, prueban de la manera 
más clara el curso de la savia descendente; porque si se la po- 
nen algunos obstáculos por medio de ligaduras, descorteza- 
raicntos en hélice, anulares ó semicirculares, se varia á arbi- 



(l) iDdudablementc son unas emisiones de esta naturaleza y origen 
las que constituyen lo que se llama escrecionen de raices, y que la agri- 
cultura trata de aprovechar por medio de la rotación de cosechas. 



M 
trio su camino. Entonces forma unos vasos sinuosísimos, que 
tienen unas parles verticales y otras oblicuas ú horizontales, 
compuestas siempre de células prolongadas verlicalmente. es 
decir, paralelas al eje del tronco, y cuya forma, que no varía 
por lo regular, se parece á la de las células inmediatas. Las 
sinuosidades de los vasos indicados dan á conocer las corrien- 
tes de savia que pasan por las células de la capa generatriz, 
revolviéndose en todas direcciones para hallar una salida, per- 
forando las células de arriba abajo ú horizontalmente, según 
que la corriente es vertical, oblicua ú horizontal. 

Todos estos hechos prueban evidentemente que la circula- 
ción es la que produce los vasos; es decir, que la función crea 
el órgano. 

Y puesto que la circulación existe antes que los vasos. 
cuando sólo hay simples células por cuyas paredes fdlra la sa- 
via, la objeción de algunos anatómicos contra la existencia de 
la circulación en los laticíferos, objeción basada en la estruc- 
tura celular de dichos vasos en ciertas plantas, no tiene la im- 
portancia que le dan, porque vemos que los vasos punteados, 
rayados, etc., se forman por una corriente de savia preexistenle 
que pasa por ciertas células imperforadas; además han de consi- 
derar dichos anatómicos que no hay célula viviente que no la 
atraviesen algunos jugos, á pesar de que la gran mayoría de 
esas células no ofrezca perforación alguna visible con auxilio 
de nuestros más poderosos microscopios. Y luego hay también 
ciertos laticíferos compuestos evidentemente de células sobre- 
puestas, cuyos tabiques trasversales presentan unas bocas an- 
chísimas (los laticíferos de los J/mso, formados por grandes 
células de paredes demasiado delgadas, son unos buenos ejem- 
plos de esto). 



52 
FISIOL.O€il.\ COilPitBitOA. 

Informe dado á la Academia de Ciencias de París en la sesión 
del 2 de noviembre de 1858 por una comisión de su seno, 
compuesta de MM. Milne Bdwards, 3íoquin Tandon y Du- 
meril, sobre una Memoria de Mr. Lespés, que trata del 
aparato auditivo de los insectos. 

(Comptes rendus, 2 noviembre 4 858.) 

Antes de manifestar el trabajo del autor, entiende la comi- 
sión que acaso convendrá exponer el estado de la cuestión; por- 
que se han eniilido opiniones muy diversas, no sobre el hecho 
bien probado de que los insectos oyen, sino acerca de la parte 
de su cuerpo en que parece puede tener su asiento aquel sen- 
tido. 

Convencidos se hallan hoy dia todos los naturalistas de que 
los insectos se hallan dotados de la facultad de percibir los 
efectos del movimiento trasmitido, ya sea de una manera direc- 
ta, ya por medio del espacio en que dichos seres están deslina- 
dos á vivir. Es cierto también que los sonidos, los ruidos, y 
todos los sacudimientos del aire ó del agua, se comunican aun- 
que haya distancia, puesto que los insectos pueden producir 
por si mismos estas vibraciones, valiéndose de diversos órganos 
que al efecto tienen, y con medios de muy vario mecanismo; 
siendo de notar que la mayor parte de ellos emplea los instru- 
mentos adecuados en aquellas circunstancias de su vida en que 
les importa indicar y manifestarse mutuamente su existencia, 
sin moverse de un sitio, cuando están lejos unos de otros. 

El canto de las cigarras, el estridor de diversas especies de 
langostas y saltamontes y el cri, cri de los grillos, el gruñido 
que parece imitan los grillos celbolleros, el susurro de las abe- 
jas, el zumbido de los syrphos y mosquitos, el tic, tac de los 
psocus, lo mismo que igual ruido producido por los ano- 
bios, etc., etc.; en íin, todos los rumores, repercusiones, chir- 
ridos, oscilaciones y murmullos producidos por los insectos, 
destinados están ciertamente para (pie se oigan; pero ¿cuál es 
el órgano especialmente destinado á este sentido ó á esta inlro- 



53 
misión de movimiento trasmitido por el aire? Preciso es confe- 
sar que la mayor parle de los naturalistas están dudosos, y que 
aún hay discrepancia sobre el verdadero sitio que ocupa el 
oido en tan pequeños animales. Todas las explicaciones que se 
han querido dar no representan mas que opiniones aventura- 
das ó inducciones verosímiles, y tal vez sólo por analogía se 
ha creído que el asiento de este sentido debía ser la cabeza, 
por verse constantemente existe así en el cráneo de los anima- 
les vertebrados; siendo esta opinión la que hasta ahora ha pre- 
valecido, pues se supone situado en las antenas. 

En atención á que estos órganos existen casi constantemente 
en la cabeza de todas las especies de los diferentes órdenes, ex- 
ceptuando la familia de los araneidos, sin que por eso carezca 
de oido, ha sido muy natural considerarlos como instrumentos 
propios para recojer los movimientos ó vibraciones trasmitidos 
por la atmósfera. Así ha podido suponerse que siendo movibles 
siempre aquellos miembros, y en su mayor parte articulados, 
por lo menos en su base, existe allí una especie de membrana 
tensa, propia para trasmitir las vibraciones exteriores á unos 
nervíecillos que se han descrito y figurado como procedentes 
del ganglio sub-exofagiano, equivalente al cerebro. Sin em- 
bargo, los anatómicos no han llegado á encontrar con todas sus 
indagaciones el punto fijo y señalado en que remata la sustan- 
cia blanda del nervio que pudiera mirarse como destinado para 
la percepción. En íin, presentan objeciones plausibles á esta 
teoría las formas mismas tan variadas de las antenas, y su ex- 
tensión aún más modificada, ya por su desarrollo en unas espe- 
cies, ya por su pequenez en otras. 

Extraño era por tanto que al estudiar este punto no se tra- 
tase de explicar la verdadera acción del movimiento, del cual 
resultan los sonidos que han de trasmitirse á las partes elásti- 
cas. Sabido es que en los insectos, cuyo modo de respirar es 
muy diverso del que tienen los animales vertebrados, su sentido 
de olfato parece hallarse también en distinto sitio, que ha resul- 
tado ser repetido, y referente al orificio de los estigmas que 
físicamente sirven para la entrada de los efluvios odoríferos, 
cuyo vehículo es el aire. No es pues imposible suponer que las 
vibraciones de la atmósfera, puesta en movimiento por tantas 



54 
causas, fuesen á obrar en otra región más bien que en la ca- 
beza, por ejemplo en el corselete, donde efeclivaraenle existen 
aberturas. Esta es la opinión que sólo como conjetura ó suposi- 
ción anunció Comparctti. 

]So hemos creido debian citarse aquí lodos los autores que 
han indicado, como lugar propio deloido, otros fuera de las an- 
tenas, pues las modificaciones observadas únicamente son ano- 
malías. Tales son los orificios particulares que se advierten 
junto á los ojos en varios lepidópteros, en el occiput de las cigar- 
ras, y en la región dorsal del metatorax en las locustas. 

Reconocida generalmente la existencia del oído, es evidente 
que sólo por ver que las antenas no tienen parte en el cumpli- 
miento de las funciones de los otros cuatro sentidos, es por lo 
que se ha deducido que debian servir de instrumento destinado 
á percibir los sonidos. Casi todos los autores, cuya lista más 
completa y en orden cronológico se expresa por nota (1), han 
sido de esta opinión, y aun varios de ellos llegaron á reconocer 
que había en la base de las antenas un aparato que ofrecía al- 
guna relación con el de ciertos crustáceos. 

A pesar de esta especie de consentimiento, ninguno de estos 
autores se manifiesta convencido de la realidad del hecho; pero 
Mr. Ch. Lespés cree haber descubierto el sitio de los verdaderos 
órganos del oiJo, y esto justamente en las mismas antenas y 



(1) 1781. — Comparctti, Observationes anaiomicm de aure interna 
pág, 286, observ. 67. 

1789. — Scarpa, De auditu et olfactu en el cangrejo, lám. 4.^, fig. 5.* 

1 7 90.— Bonsdorff, Usus et differentia anlennarum. 

17 91. — Christ, en su clasificación de los himeuópteros. 

17 98. — Lehmann, De sensibus externis anim. exsanguium, pág. 25. 

1820. — Weber (E. H.), De aure et auditu animalium. i.° Juris can- 
crorum, pág. 106. 

1827. — Carus, Jnatomie comparée, t. 1, pág. 4 48. 

1827.— Muller (3.),Nova act. nat. curios., t. 14. 

1838. — Dugés, Phys. comparée, t. 1, pág. 57. 

1838. — Lacordaire, Introduct. « CEntom. t. 2, pág. 2 34. 

1844. — Van Liebold, Arch. de Weigmann, t. 1. 

1847.— Ericbson, De structura et usu antennarum. Mas adelante se 
cita también. 



55 

en ciertos puntos de sus articulaciones, variables según las es- 
pecies, lo que forma el principal objeto de la Memoria que se 
nos ha mandado informar. 

Había observado el autor que en algunas especies de insec- 
tos se hallan las antenas como acribilladas con ciertos puntos 
salientes y diáfanos, ó con aberturillas cuyo número y posición 
varían; y ya Mr. Erichson era el primero que había señalado y 
representado estos tubérculos, aunque pensaba que debían 
servir para la percepción de los olores; y Mr. Dugés, al men- 
cionarlos, los designaban como vesículas trasparentes compa- 
rables á las que se ven en las hojas del corazoncillo ó hijpericum 
perforaíum. Las investigaciones de Mr. Lespés recaen especial- 
mente en estos menudos órganos, y le han conducido en con- 
clusión á que representan los verdaderos aparatos del oído de 
los insectos. 

En la primera parte de su Memoria indica el autor, aun- 
que demasiado en compendio, la historia de las opiniones emi- 
tidas sobre la residencia del órgano del oído de los insectos en 
sus antenas; así que para ilustrar esie punto, hemos juzgado 
que era útil entrar en más extensos pormenores, como acaba 
de verse. 

La segunda parte es la que principalmente deseamos dar á 
conocer á la Academia, porque contiene observaciones positi- 
vas y enteramente nuevas. En ella expone el autor con claridad 
las investigaciones á que se ha dedicado, no sólo por medio de 
la disección, sino empleando también la acción química de al- 
gunos disolventes, y el auxilio de observaciones microscópicas, 
cuyos resultados presenta en una serie de figuras, sacadas con 
los grandes aumentos necesarios para la demostración. 

A fin de estudiar mejor las partes contenidas en uno de estos 
aparatos, en que por razón de sus mayores dimensiones relativas 
fuese más fácil ponerlas á descubierto, separó Mr. Lespés cuida- 
dosamente una lámina de la maza de hojuelas en que termina 
la antena acodada de uno de los coleópteros más crecidos de 
la familia de los lamelícórneos , como es el abejorro {melo- 
lonla), y con mucha delicadeza fué levantando por las ori- 
llas aquella laminita, con lo que consiguió separar dos hojue- 
las juntas. Para ver lo que entre ellas se contenia, preparadas 



56 
nsí las puso en agua con glicerina, ó en una disolución muy 
poco cargada de ácido crómico, cuyos líquidos, ablandando 
¡os lejidos, permilian arrancar una de las hojuelas, dejando 
en la otra los nervios y tráqueas en su posición, al paso que 
era fácil limpiarla anles de colocarla en el microscopio para 
examinarla con los varios medios usados, y que mejor produ- 
cen los efectos de la acción de la luz. 

Asegura Mr. Lespós que ha extendido sus investigaciones 
á más de 300 insectos diferentes, y que en las antenas de to- 
dos ha encontrado las cupulillas celulosas cubiertas de ciertos 
puntos salientes, cuyo centro pelúcido le ha parecido elástico, 
y que pueden mirarse como unos diminutos tímpanos. Dice 
además que se ha cerciorado de que en las celdillas existe un 
líquido espeso, en cuyo medio Ilota un cuerpo sólido opaco á 
modo de otolito, que puede removerse, y alrededor del cual se 
terminan los fdamentos más tenues del nervio anlenario rami- 
ficado que procede del ganglio subexofagiano; y por consiguiente, 
forma un completo aparato microscópico, pero en lodo igual al 
que ya se conoce y está descrito de los crustáceos decápodos. 

La particularidad más notable de esta organización idéntica 
de los crustáceos, es que en estos últimos animales se ha obser- 
vado un solo aparato auditivo en cada antena, cuando en los 
insectos varía mucho el número de sus instrumentos, siendo á 
veces tan considerable como el de los ojos, el cual se sabe cor- 
responde al de sus facetas, y lo mismo que el de los estig- 
mas que se tiene por sitio múltiple del sentido del olfato. 

Prematuro nos parece dar igual importancia que el autor 
á los asertos que, tal vez con demasiada seguridad, contiene la 
parte fisiológica de su Memoria; pero en cuanto á sus intere- 
santes y hábiles observaciones de anatomía comparada, como 
tenemos pleno convencimiento de que están hechas concienzu- 
damente, proponemos á la Academia que le anime y empeñe á 
publicarlas juntamente con las figuras que expresan perfecta- 
mente el resultado de sus investigaciones microscópicas. 

Así lo acordó la Academia. 

(Por la sección de Ciencias naturales, Francisco García Navarro.) 



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51 



VARIEDADES. 



Enfermedad de las gusanos de seda. La Academia de Ciencias de 
París nombró una comisión de su seno, encargándola estudiar la enfer- 
medad reinante de los gusanos de seda, y buscarla remedio. Uno de sus 
vocales enviados á las provincias donde se cultiva más la seda, Mr. de 
Quatrefagues, expuso verbalmente á la Academia en la sesión del 2 6 de 
julio de 1858 las observaciones principales que habia tenido ocasión de 
hacer al tiempo de evacuar su encargo, terminado ya. Comprobó pri- 
mero un hecho, en el cual discorda de otros observadores. Habíase creido 
ver correlación entre la enfermedad de los gusanos de seda y la de la 
hoja de la morera. Mr. de Quatrefagues no vio nada eu su viaje que con- 
firme semejante correlación. En casi todos los parajes que visitó estaban 
intactas las hojas de la morera, aunque allí reinase con intensidad la 
epidemia. Respecto de la enfermedad de los gusanos creyó ver primero 
una sola, pero luego notó varias. Una, sin embargo, advirtió en todas 
partes, junta con las demás ó sin ellas: la llama por el pronto enferme- 
dad de la mancha, porque el individuo, bien se halle en estado de gu- 
sano, bien de crisálida ó de mariposa, presenta constantemente una 
mancha en una ó más partes de su cuerpo. Parece que esta enfermedad 
invadió á los gusanos el año de 1853, aunque algunos criadores preten- 
den haberla observado mucho antes. Empieza presentándose la mancha 
de color amarillento, pasa luego al pardo más ó menos oscuro, y acaba 
por tomar aspecto carbonoso. Los gusanos que se mueren de esta enfer- 
medad, en vez de deshacerse como los que perecen por otras causas, se 
secan completamente conservando sus formas. Cuando está atacado el 
gusano de la enfermedad y sobreviene la muda, se presenta la piel nueva 
sin mancha, pero poco á poco la contrae, ya en el mismo punto que la 
anterior, ya en otro distinto. Se presentó este año con tanta generalidad 
este mal, que á primera vista parecia ser tal estado el común del gusano. 
Vio Mr. de Quatrefagues gusaneras donde no habia un sólo gusano sin 
la mancha. Tratando de averiguar si los glóbulos de la sangre de los gu- 
sanos enfermos de esta dolencia se diferenciaban en algo de los de los sa- 
nos, creyó notar en aquellos cierta predisposición á alterarse prontamente 
y sin movimiento particular de los corpúsculos que contienen. La prác- 
tica demuestra que la invasión do la mancha no siempre es mortal para 



el gusano, aunque sí es causa de desmejorarse la seda en cantidad como 
en calidad, y además suele estar mal conformado el capullo, como si se 
hubiera puesto el gusano a hacerlo varias veces, y de aquí resulta menos 
hebra. Investigó empíricamente Mr. de Quatrefagues si varios remedios 
como quina, valeriana, tártaro, etc., dados á comer en polvo á los gusa- 
nos serian eficaces, bien para impedir la invasión de la enfermedad, bien 
para curarla. El resultado más provechoso lo dio el azúcar en polvo 
echado en las hojas de la morera. Gusanos enfermos de la mancha, así 
alimentados, pudieron experimentar todas sus metamorfosis, y dar algún 
fruto, al paso que otros también dolientes, alimentados con hoja natural, 
ó perecieron antes de hacer el capullo, ó dieron mucho menos fruto. Los 
gusanos prefirieron siempre comer las hojas polvoreadas de azúcar, sin 
llegar siquiera á las que no lo estaban, ínterin tenian de las otras. 

— Estrellas fugaces de la noche del 12 a/ 13 de noviembre de 1858. 
Tomando Mr. Coulvier Gravier el número horario medio de estrellas fu- 
gaces á media noche de cuatro en cuatro observaciones, desde el 28 de 
octubre, ha sacado los números siguientes: 



Número lic ostrcllaa. 



Del 3 O al 3 1 de octubre 8,3 

Del 3 al 4 de noviembre 9,0 

Del 9 al 1 de idem 9,1 

Del 12 al 1 3 de idem H,5 

Bastan estos números para demostrar, como se viene notando desde 
el año de 1849, que estamos todavía muy lejos de las grandes aparicio- 
nes de 1799 y 1833, cuya repetición está pronosticada por Olbers 
para 1867. 

— Observación de un sol azul. Mr. Lissajous comunicó á la Socie- 
dad filomática de París en la sesión del 30 de octubre de 1858 la noticia 
siguiente, 

"En una nota comunicada á la Academia de Ciencias de París por 
Mr. Laugier, describió este el fenómeno observado por él en la isla de 
Ouessant el 22 de julio de 1854, con estas palabras. 

En el momento de llegar el centro del sol d la linea perfectamente 
distinta que limitaba el horizonte del mar, se tiñó de repente de azul la 
parte superior del disco, única visible entonces; y siguió asi mientras se 
vio la parte superior del sol. 

"Estando yo á orillas del mar en Benzcval (Calvados) el mes de 
agosto de 1856, recordé dicha observación, y me dediqué á examinar 
con atención el sol al tiempo de ponerse. Vi que en cuanto no quedaba 



59 

sobre el horizonte mas que un corlo segmento, se ponia este de color 
azul verdoso, desapareciendo luego, y durando apenas un segundo el fenó- 
meno. En seis semanas advertí sólo tres veces este hecho. Otras personas 
lo observaron como yo. El año siguiente en quince dias, en el mismo si- 
tio, vi aquel aspecto cuatro veces, y lo observó también mi compañero 
Mr. Drion, catedrático de Física del Liceo de Versalles; poniéndonos á 
distintas alturas sobre el nivel del mar, nos cercioramos de que veíamos 
en instantes diferentes el fenómeno. El mes de agosto del año corriente 
estuvo tan clara la atmósfera que pude ver el sol azul muchas veces, y 
aun columbrar la causa de este fenómeno. Para ello no tuve mas que ob- 
servar el astro al tiempo do ponerse con un telescopio de espejo de cris- 
tal plateado, construido por Mr. Foucault. Este instrumento, perfecta- 
mente acromático, aumentaba unas cien veces. Con él vi el sol acompa- 
ñado de franjas irisadas que se presentaban en la parte superior, lo 
mismo absolutamente que si se hubiera mirado al astro por un prisma 
de escaso ángulo, cuya arista viva estuviese en lo alto. Al paso de irse 
poniendo el sol, tapaba el mar las partes más brillantes del disco, que- 
dando sólo visibles las tintas entre verdes y violáceas, y al poco tiempo 
desaparecian estos colores. 

»Me convencí pues do que el fenómeno consistía meramente en dis- 
persión ocasionada por refractar los rayos solares la atmósfera, como que 
no se veian las tintas más refrangibles sino en el momento de ocultarse 
debajo del horizonte los colores más vivos del disco solar. 

"Pío se verifica el fenómeno cuando se pone el sol por detrás de 
cualquier obstáculo; porque sólo se percibe la dispersión en el caso de 
tener el suficiente grueso la parle de la atmósfera atravesada por los 
rayos solares; y como va creciendo mucho este grueso al irse acercando 
el sol al horizonte, se concibe que no baste la dispersión en cualquiera 
otra posición. También se opondría á verse la referida tinta apagada una 
iluminación general del cielo. 

»Ko se puede observar el fenómeno si no está bastante despejado el 
cielo, porque de lo contrario la facultad absorbente de la atmósfera se 
ejercita de preferencia en los rayos más refrangibles del espectro, y al 
llegar el sol al horizonte presenta sólo un color rojo uniforme. Así es 
que no tiene igual viveza la tinta azul todos los dias. 

»Los más favorables son aquellos en que hay espejismo en el hori- 
zonte, y está además el cielo muy claro, porque se percibe entonces por 
debajo del sol su imagen que camina á encontrarlo, y en el postrer ins- 
tante toman igual color azul aquel y esta, duplicándose así la extensión 
ocupada por el mismo color, y viéndose por tanto mejor el fenómeno. 

))E1 hecho de que hablamos no tiene nada que ver con otros aspectos 
parecidos que suele tomar el sol cuando está sobre el horizonte y metido 



(10 
eu ciertas nieblas secas, cuya tiuta amarillenta le hace parecer azul por 
efecto de contraste. 

»Es verosimil, como lo indica Mr. Laugier, que el hecho que observó 
no fuese mero efecto do dispersión atmosférica; y no se debe confundir 
con el aspecto esencialmente fugitivo que hemos scDalado en este apunte.» 
— Baja de la temperatura en los sitios elevados. En una Memoria 
presentada por llennessy á la Asociación británica para el adelantamiento 
de las ciencias en su 28.* reunión, celebrada en Leeds en setiembre 
do 1858, manifiesta el autor que la baja de temperatura de que so trata 
según se sube en la atmósfera, depende no sólo de la altura sobre el ni- 
vel del mar, sino también de la absoluta sobre la superficie más próxima 
del terreno firme. Sería pues forzosamente muy diversa la baja de tem- 
peratura sobre llanuras, montañas ó mesetas, y no se podrá inferir in- 
mediatamente de los fenómenos observados en los dos últimos casos lo que 
haya de suceder en el primero. Algunos resultados de las observaciones 
hechas en colinas y montañas de Irlanda al tiempo de operaciones geo- 
désicas, insertas en el tomo que acaba de publicar el coronel James, con- 
firman al parecer estas ideas generales. — Con motivo de esta comunica- 
ción dijo el almirante Filz Roy, que acaso se hubiera olvidado Hennessy 
de la circunstancia de que, junto con las corrientes mencionadas, traspor- 
tan otras horizontales la masa entera del aire; de suerte que no cabe 
admitirse que sea exactamente el mismo aire el que da algunas indica- 
ciones como las notadas en otros momentos. Está demostrado además que 
un termómetro puesto en el suelo, ó cerca de él, suele bajar 17° á 18>; F. 
más que el situado algunos pies ó sólo algunas pulgadas encima, al paso 
que algo más arriba vuelve á bajar el termómetro; patentizándose así que 
hay un punto de temperatura máxima. En cuanto a este, se observa co- 
munmente que poniendo un termómetro en una ventana del cuarto bajo 
de una casa y otro en la correspondiente del principal, sucede de diez 
casos nueve que este señala temperatura más baja que aquel.— Stevelly 
añadió, que aparte de los hechos citados por Fitz Roy, ocurren otras 
dos circunstancias de suma importancia, á las cuales le parece que con- 
viene atender en observaciones como las de Hennessy. La primera es 
que la evaporación se verifica con mayor ó menor rapidez según sean 
las condiciones locales del punto donde se observa. La segunda que el 
aire, que ya gradualmente en ciertos casos, ya súbitamente en otros, se 
ve obligado á subir por tierras elevadas, disminuye por precisión do 
volumen, se condensa, y sin embargo suelta á veces parte de su vapor, 
y forma por tanto una nube que corona con frecuencia á las montañas, 
ocasionando los vientos recios y las tempestades que tanto reinan en los 
parajes mencionados.— Tyndall dice que en un viaje que acaba de hacer 
por Suiza, ha tenido ocasión de observar en la cima del monto Rosa y 



61 

aun del Blanco los mismos fenómenos en una escala realmente magnífica. 
La nieve está allí tan seca por lo común como polvo? vio subir colum- 
nas de ella en forma de remolinos á inmensa altura en virtud de corrien- 
tes ascendentes de aire, llegando hasta regiones donde se disipaban al 
momento, derritiéndose ó convirtiéndose en vapores. También se observa 
que el calor solar tiene Ja facultad de penetrar por el agua y otras pan- 
tallas, como las nubes formadas; cuj^a facultad sobrepuja con mucho á la 
que disfruta el calor proveniente de fuentes de ignición mecos intensas 
ó menos calientes, v. gr. de cuerpos calentados al rojo ó de vasijas lle- 
nas de agua caliente, etc. De aquí resulta que los rayos solares, no obs- 
tante penetrar por las nubes y la tierra, pierden sin embargo totalmente 
su primitiva potencia, y cuando se ven despedidos por via de radiación, 
no disfrutan ya de aquella misma facultad de penetrar por las nubes y 
demás pantallas, y de consiguiente la tierra y la atmósfera vienen á ser 
una especie de trampa para los rayos solares. 

— Calentamiento de la atmósfera por su contacto con la superficie de 
la tierra. La temperatura de la atmósfera depende principalmente del 
calor que recibe del sol, y del que pierde por radiación. Parte del calor 
solar queda absorbido al pasar por el aire, al paso que otra parte penetra 
hasta la superficie de la tierra. Caliéntase así el suelo, y las capas infe- 
riores de la atmósfera adquieren casi todo su calor en virtud del contacto 
con la superficie calentada. Está admitido que la manera de calentarse el 
aire por su contacto con el suelo debe consistir en una especie de circu- 
lación parecida á la que se ve en los movimientos de una masa de líquido 
que se calienta, el agua cuando hierve, v. gr.: estudiando Hennessy los mo- 
vimientos verticales de la atmósfera, respecto de los cuales presentó una 
Memoria á la Asociación británica para el adelantamiento de las ciencias 
en la reunión 28.* celebrada en Leeds el mes de setiembre de 1858, con- 
sidera las conexiones que pudiera haber entre dichos movimientos y la 
influencia del suelo calentado. A fin de estudiar experimentalmente la 
cuestión, colgó termómetros á diferentes alturas sobre el suelo y en dis- 
tintas circunstancias de exposición al influjo de las supuestas corrientes. 
Observó de minuto en minuto, y á veces medio, durante cortos intervalos, 
á mediados del mes de mayo, los dias despejados, en que de consiguiente 
habia mucha radiación solar. Los termómetros presentaron en general 
fluctuaciones de temperatura, cuya intensidad disminuyó según estaban 
más libres del influjo de las corrientes que circulaban por el aire. Los 
termómetros de bola dada de negro y expuestos al sol, fueron los que 
experimentaron más fluctuaciones. Provenia este efecto de que las bolas 
negras se convertían, al adquirir temperatura alta, en agentes perturba- 
dores de las condiciones caloríficas del ambiente. Parece que las curvas 
de temperatura obtenidas con registros fotográficos en el observatorio de 



02 
Radcliffe, en Oxford, presentan indicios de iguales fenómenos. Johnson 
lia llamado la atención hacia la singular forma de dientes de sierra que 
tienen las curvas de temperatura por el dia. No se nota tal forma sino 
cuando hay cantidad considerable de radiación solar; desaparece cuando 
está nublado el tiempo. Así como se explica achacándola á la influencia 
del calor solar en el suelo y á la circulación consiguiente de pequeuas 
corrientes atmosféricas, confirma también bastante la confianza que me- 
rece el método fotográfico de registro. 

— Anales del observatorio imperial de París. Acaba de publicarse 
el tomo 4 de esta colección. Tiene más de 4 00 páginas, ocupadas en su 
mayor parte por los trabajos astronómicos de Le-Verrier sobre la teoría 
y las tablas del movimiento aparente del sol. Comprende el movimiento 
heliocéntrico de la tierra y sus desigualdades; el movimiento geocéntrico 
del sol y la medida del tiempo; las observaciones de ascensión recta del 
sol, hechas durante un siglo, de 1750 á 1850, en los observatorios de 
Greenwich, París y Koenigsberg; la comparación de la teoría con las 
observaciones; las tablas generales del movimiento del sol; el cálculo do 
las efemérides; las perturbaciones del movimiento de la tierra; las com- 
paraciones de las observaciones de ascensión recta con la teoría; las ecua- 
ciones de condición entre las correcciones de los elementos de la órbita 
del sol y de las masas de Mercurio, Venus y Marte. 

Enumeremos concisamente los principales datos prácticos á que llega 
Le Verrier. Admite para oblicuidad media de la eclíptica: 

23°27'31",83— 0",4576í,- 

para diámetro medio aparente del sol, 32' 3",4. 

La duración de la rotación del sol, vista desde la tierra, parece de 
27,07 dias. Este número es bastante aproximado para que por algunos 
años se haya podido distinguir en qué épocas presentaba el sol la misma 
parte de su disco, y examinar si el diámetro aparento parecía idéntico; y 
se ha visto que ni uno siquiera de los valores medios obtenidos discrepa 
en 2 centésimas de segundo del número correspondiente á la hipótesis 
de un diámetro aparente independiente de la situación del globo solar. 
Tiene pues igual diámetro en todos sentidos, y es absolutamente redondo. 

i 

La masa de la tierra, siendo t la de sol, es ■ 



La masa de la luna, siendo 1 la de la tierra, es 



314.000 
1 



81,84 



La paralaje del sol es de 8 '',95. 

Lo más os de 1 centésima la corrección que eiijc la cifra hoy ad- 



C3 
mitida para la masa do Venus. Por lo contrario, debe disminuirse defini- 
tivamente 1 décima parte de su valor la de Marte. Sigue estando com- 
pletamente indeterminada la que haya de aplicarse á la de Mercurio. 

Comparando los valores de la longitud media del sol, deducidos aparte 
do los grupos de observaciones de Greenwich, París y Koenigsberg, se 
ve que no concuerdan entre sí tanto como fuera de esperar del sinnú- 
mero do observaciones en que estriban. «Sólo que, aüade Le Vcrrier, al 
»paso que se admiraba Bessel de esto, atendiendo d la bondad de las ob- 
»servaciones, se debe atribuir la divergencia de los resultados por lo con- 
»trario á los errores sistemáticos de las mismas, y de ningún modo á la 
«incertidumbre de la teoría. Todas las observaciones, que suben á 9.000, 
«cuya reducción hemos verificado, no equivalen en cierto modo mas que 
ȇ 24 determinaciones distintas de la longitud media del sol; deterraina- 
>j cienes tan defectuosas la mayor parte como una observación buena del 

«sol, y que algunas deben desecharse por completo Al venirnos acer- 

>> cando á nuestra época, concuerdan más sin embargo las determinacio- 
»nep, y merecen tanta más confianza, cuantos más observadores toman 
» parte en ellas; porque en el estado actual de la práctica convendría 
"multiplicar, no sólo el número de observaciones, sino el de observa- 
odores.» 

El gran resultado de este inmenso trabajo, para el cual han dado ma- 
teriales Inglaterra, Prusia y Francia, y que interesa al mundo entero, 
consiste en haber reducido la determinación del lugar del sol, ó la cons- 
trucción de las efemérides del sol, al menor número posible de operacio- 
nes, á su expresión más sencilla, á un cálculo facilísimo, y esto asi para 
mucho tiempo; puesto que las tablas calculadas por el sabio director 
del observatorio de París darán cuanta exactitud se apetezca por más 
de 300 años. 

Acompaña un suplemento de 40 páginas, dedicado á describir las 
grandes tablas logarítmicas y trigonométricas que se calcularon en las 
oficinas del catastro por dirección de Prony, y á exponer los métodos y 
procedimientos empleados para redactarlas por Lefort, ingeniero en gefe 
de minas. 

—Descenso del suelo de las costas del Jtldntico en los Estados- 
Unidos. Nunca deja de ser interesante el registrar las observaciones de 
cambio de nivel entre las tierras y los mares en diferentes costas, en sen- 
tido de levantamiento unas, de descenso otras, á fin de justipreciar 
bien esta especie de movimiento de vaivén del suelo, y el cambio de lugar 
consiguiente de la masa líquida. Por este motivo diremos el resultado de 
muchas observaciones recopiladas por el geólogo americano H. Cook, au- 
tor de un trabajo sobre la geologia de las costas de Nueva Jersey y de 
Long-Island, en cuyas costas hay bosques submarinos que atestiguan 



64 

un descenso del suelo, cuya intensidad ha tratado de medir. Creo babcr 
reconocido que la costa va descendiendo gradualmente, no sólo por todo 
lo lariTo de Nueva Jersey y de Longf-Island, sino en gran parte de las 
costas orientales de los Estados-Unidos ; pudiéndose valuar el descenso 
en cosa de 66 centímetros por siglo. Parece haber comprobado con efecto 
de una manera positiva en cierto punto nn descenso do 1 metro en 150 
años, en otro de 66 centímetros en un siglo, en otros dos de 33 centí- 
metros en 50 años, en otro de ti centímetros en 25 años, y en otro 
de 11 centímetros en el mismo período de una cuarta parte de siglo. 

Medallas adjudicadas por la Sociedad Real de Londres. La Socie- 
dad Real de Londres, en su sesión anual de 1858 celebrada el 30 de no- 
viembre del mismo año, adjudicó la medalla de Copley á Lyell por sus mul- 
tiplicados trabajos que tanto han contribuido á adelantar la ciencia geoló- 
gica. La primera medalla real la adjudicó á Hucock por sus trabajos ana- 
tómicos de los moluscos; la segunda á Lassell por sus descubrimientos y 
trabajos astronómicos. La medalla de Rumford la adjudicó á Jamin, pro- 
fesor de la Escuela politécnica de París, por sus trabajos experimentales 
de la luz. 

(Por la Sección do Variedades, Frahcisco García Navauko.) 



Editor responsable, Frahcisco García Navarro. 



N/ 2. -REVISTA DE CIENCIAS. -Ff¿m o 1859. 



CIENCIAS EXACTAS. 



-»-»-^>®O CCI !« 



OEODESIA. 



Nota sobre la obra concerniente al arco de meridiano de 25° 
20' entre el mar Glacial y el Danubio, publicada por la Aca- 
demia de Ciencias de San Pelersburgo; por Mr. Struve. 

(Comptea rendus, -12 octubre Í857.) 

La Francia fué la que tomó la iniciativa, á mediados del si- 
glo XVII, en el problema de la determinación precisa de la 
magnitud del globo terrestre. Desde los trabajos de Picard ba 
sido la que ha continuado por espacio de cerca de 200 años los 
relativos á la averiguación de la íigura de la tierra, conside- 
rada como esferoide. Las medidas hechas por Bouguer y La 
Condamine en el Perú, por Maupertuis, Clairault y Celsius 
en Laponia, combinadas con las de Francia, probaron el apla- 
namiento de la tierra, corroborando al mismo tiempo el resul- 
tado que dedujo Newton de la teoría de la gravitación. 

A contar desde esa época, todas las naciones ilustradas se 
apresuraron á seguir el brillante ejemplo dado por la Francia, 
contribuyendo á determinar las dimensiones y figura del esfe- 
roide terrestre. Varios gobiernos dispusieron que se midiesen 
diversos arcos de meridiano; pero por lo regular su magnitud 
la limiló la extensión del pais en que se verificaron dichas me- 
didas. El siglo actual dio á la ciencia la gran meridiana de 
Francia de 12" 22' entre Dunquerque y Formentera, llevada á 
cabo por Mechain, Delambre, Arago y Biot; trabajo que excedía 

TOMO IX. 5 



66 
en magnitud y precisión de ejecución á lodos los demás traba- 
jos análogos anteriores. 

En 1837 y 1840 emprendió Bessel otro nuevo cálculo de 
las dimensiones del esferoide terrestre, partiendo como base 
de 10 arcos medidos con suficiente exactitud. Con el uso del 
método de los menores cuadrados, dio un resultado el cálculo 
que podrá considerarse como ol más probable que cabia fundar 
en los materiales existentes entonces. 

Los 10 arcos son: 

Latitudes medias. 



1. El arco del Perú ó del Ecuador. ... T T — V 31' 

2. El arco pequeño de las Indias orien- 

tales 1 35 + 12 32 

3. El gran arco de las Indias 15 58 + 16 8 

4. El arco de Francia 12 22+44 51 

5. El arco de Inglaterra 2 50 -f ^2 2 

6. El arco hanoveriano 2 1 -f 52 32 

7. El arco dinamarqués 1 32 + 54 8 

8. El arco de Prusia 1 30 + 54 58 

9. El arco de Rusia 8 2+56 4 

10. El arco sueco ó del circulo polar. . . 1 37 + 66 20 

La sumado los arcos empleados por Bessel sube á 50" 34', 
los cuales, situados en longitudes muy diversas, se extienden en 
latitud desde — 3" 5' hasta 67° 9' con los tres vacies siguientes: 



Desde 


0° 


'2' 


hasta 8" 


9', 


vacío 


de 8° 


7' 


Id... 


24 


7 


38 


40 




14 


33 


Id... 


60 


5 


65 

Suma . . , 


31 




5 


26 




.. 28 


6 



En la tabla anterior hay tres arcos que se han prolongado 
considerablemente en los 17 años trascurridos desde el cálculo 
de Bessel. El gran arco de las Indias, que era entonces de 15" 
58', comprende ahora 21" 21', merced á los trabajos de Mr. 
Everest. En vez del pequeño arco inglés de 2° 50', hay actual- 



67 
mente otros dos que abrazan 10°, y se extienden por ambas 
costas de la Gran Bretaña, desde la Mancha hasta las islas de 
Shetland y las Hébridas. Debemos advertir que hallándose li- 
gada geodésicamente la meridiana occidental de Inglaterra con 
los triángulos de la de Francia, existe ya un arco considerable 
de 22° desde Formen tera hasta las islas de Shetland; circuns- 
tancia altamente importante, porque los arcos de meridiano de 
gran exlension han de ser sobre todo los que proporcionen un 
conocimiento más preciso de las dimensiones del esferoide ter- 
restre. En esos grandes arcos la influencia de las atracciones 
locales disminuye según la magnitud del arco; atracciones que 
más bien dependen de la distribución no simétrica de la ma- 
teria en lo interior de la superficie terrestre, que de la masa 
de las montañas. 

El arco de Rusia que Bessel pudo emplear tenia 8° 2' en 
una latitud media de 56° 4'. Hoy ese mismo arco, comprendido 
entre el Danubio y el mar Glacial, y que debe llamarse arco 
ruso-escandinavo, se ha prolongado hasta la extensión de 25" 
20', coadyuvando á ello los gobiernos y geómetras de Suecia 
y Noruega, en cuanto á la parte más septentrional comprendida 
entre Fuglenaes en el mar Glacial, latitud 70° 40', y Torneo, 
latitud 65° 51'. 

Encargado por una comisión internacional, reunida en Sto- 
koluio en 1853, de redactar la obra detallada que va á publi- 
carse acerca de la totalidad de dicha meridiana, principié los 
cálculos y reducción en 1854, teniendo hoy la honra de pre- 
sentar á la Academia los 2 primeros tomos de la obra, y las 29 
láminas que la acompañan. 

El título de la obra es: 

Arco de meridiano de 25° 20' entre el Danubio y el mar 
Glacial, medido desde 1816 « 1855 bajo la dirección de: 

C. de Tenner. general del Estado mayor imperial de Rusia. 

Chr. Hansteen, director del departamento geográfico de 
Noruega. 

N. H. Selander, director del observatorio real de Slokolmo. 

F. G. W. Struve , director del observatorio central de 
Rusia. 

Obra compuesta con diferentes materiales, y redactada por 



r>8 

F. (1. W. Slriivc, publicada por la Academia de Ciencias de 
San Pclerslmrgo. 

Los dos lomos impresos contienen todas las operaciones geodé- 
sicas, á sabor: los 258 Iriániíulos principalos, las 10 bases medi- 
das, con las 0|)craciones que ligan entre si dicbas bases y trián- 
gulos; los azimules observados en las 13 estaciones astronómicas, 
y que subdividen el arco total de 25' 10' en 12 arcos parciales; 
ünalmente, las latitudes determinadas en las referidas 13 esta- 
ciones. Aunque no son definitivas las latitudes, tienen tal grado 
de aproximación, que las correcciones que bayan de introducirse 
en ellas sólo serán pequeñas fracciones de segundo. 

Entre los 258 triángulosprincipales, han medido 225 los geó- 
grafos rusos, astrónomos é ingenieros geógrafos, porque todo el 
trabajo ruso es resultado déla cooperación simultánea por espa- 
cio de 40 años del Estado mayor imperial y de los observato- 
rios de Dorpat y Poulkova, formando este último parte de la 
Academia de Ciencias de San Petersburgo. 

Mr. Selander, de la Academia de Stokolmo, ha medido 21 
triángulos principales; los más boreales de la misma clase son 
de dos ingenieros noruegos que trabajaban bajo la dirección de 
Mr. Hansteen. 

Siete bases se han medido con el aparato del Observatorio de 
Poulkova, cuyas regias tienen en uno de sus extremos palancas 
de tope; las otras tres con el aparato de Mr. de Tenner, análogo 
al de Borda. Pero se han comparado entre si con sumo cuidado 
en Poulkova las unidades lineales de ambos aparatos. 

Respecto á los 13 azimutes, 12 han sido observados por los 
astrónomos rusos, y uno sólo, el de Stuor-Oiwi, se debe á Mr. 
Selander. Lo mismo sucede con las latitudes. 

Las operaciones geodésicas han dado por resultado final la 
distancia de los paralelos de los 13 puntos astronómicos. La del 
arco total tomada en la meridiana del Observatorio de Dorpat, 
resulta de 1.447.787 toesas, distancia sujeta á un error pro- 
bable de ±6,2 toesas. Su valuación se funda en el examen 
de la influencia de todas las causas posibles de inexactitud en 
las diferentes partes de las operaciones, estando persuadido 
que el tolal de =t: 6,2 toesas más bien es alto que bajo. En las 
operaciones geodésicas es precisamente donde se aplica el mé- 



69 

lodo de menores cuadrados con éxilo brillante á la deducción 
de resultados, especialmente cuando se puede recurrir á las 
observaciones primitivas. 

Estas se han publicado, en cuanto á la parle de nuestro 
arco situado entre el Danubio y la Duna, ó del 45" 20' al 56" 
30', en los memoriales del deposito topográfico del listado 
mayor imperial, de cuya obra han salido 18 tomos en 4.", es- 
critos en lengua rusa. 

Los detalles del arco desde 56° 30' hasta 60" 5', constan en 
mi Descripción de las operaciones del arco báltico, publicada 
en 2 tomos en 4.° en 1831. Los detalles de las operaciones sep- 
tentrionales, desde el golfo de Finlandia al mar Glacial, se han 
agregado como documentos justificativos al lomo 2." de la obra 
que tengo la honra de presentar á la Academia- Dichos docu- 
mentos comprenden los trabajos rusos en Finlandia hasta más 
allá de Torneo, y los verificados por los noruegos en Finmarken 
é islas del Océano Glacial. Respecto á los detalles primitivos de 
las operaciones suecas, aguardamos la obra separada que Mr. 
Selander prepara, y que se publicará por la Academia de Sto- 
kolmo. 

Sin embargo, el lomo 1 .° de mi obra se halla todavía incom- 
pleto; falta en él la narración histórica de nuestras operaciones, 
y algunas adiciones relativas á los métodos de cálculo emplea- 
dos, que me ha parecido conveniente segregar, á fin de no 
interrumpir la marcha del relato. Cuando estén unidas al tomo 
las adiciones referidas, tendré la honra de presentar á la Aca- 
demia un ejemplar completo. 

El tomo 3." contendrá en primer lugar la discusión detallada 
de las 12 latitudes, discusión que estribará en una nueva deter- 
minación de todas las estrellas empleadas, usando unas cons- 
tantes de aberración y nutación, determinadas en Poulkova. 

Contendrá además este último tomo el resultado para la fi- 
gura de la tierra, deducido de la combinación de todos los ar- 
cos de meridiano dignos de confianza, medidos hasta ahora. 
Finalmente, se hallará en él una tabla de las posiciones geo- 
gráficas y alturas de todos los vértices de los triángulos entre el 
Danubio y el mar Glacial, partiendo de la longitud de Dorpat. 
determinada por una unión cronométrica de Poulkova con 



10 
Dorpal hecha en 1855. Para el cálculo de las posiciones geo- 
gráficas tendré que emplear las dimensiones del esferoide ter- 
restre que da el trabajo anterior. 

El arco de 25» 20' entre el mar Glacial y el Danubio no ha 
de considerarse sin embargo mas que como una parte impor- 
tante de una obra sin concluir. Efectivamente, nada se opone á 
la continuación de los triángulos por el Sur hasta la isla de 
Candía, cruzando la Turquía continental y las islas del Archi- 
piélago. De Fuglenaes á la isla de Candía hay más de 37" de 
diferencia en latitud, que forman la meridiana europea de ma- 
yor extensión posible. 

Comunicación de Mr. Biot con motivo de la lectura anterior. 

Cuando lijamos, Arago y yo, la parte de nuestra triangula- 
ción en España, que se extiende por el reino de Valencia, cono- 
cimos que podría aprovecharse un día para prolongar el arco 
meridiano de Francia hasta África, cruzando el Mediterráneo 
hacia su extremo occidental, cuya previsión anunciamos en los 
siguientes términos. 

«Por último, tal vez tenga nuestra operación, en lo futuro, 
«consecuencias mas latas. Si la civilización europea logra acli- 
«malarse algún día en las costas de África, nada habrá más fácil 
wque cruzar el Mediterráneo con algunos triángulos, prolon- 
«gando nuestra cadena por el O. hasta la altura del cabo de Gata; 
»y luego, subiendo por la costa de África hasta la ciudad de 
«Argel, que está en el meridiano de París, se podrá medir la 
«latitud, y llevar el extremo austral de nuestra meridiana á la 
«cúspide del Atlas.» 

Este pasage se halla en la pág. 29 de la introducción de una 
obra en í.\ publicada en 1821 con el título de Colección de ob- 
servaciones geodésicas, astronómicas y físicas, verificadas de 
orden de la oficina de longitudes de Francia, en España, Fran- 
cia, Inglaterra y Escocía, para determinar la variación de la 
gravedad y de los grados terrestres en la prolongación del me- 
ridiano de París; continuación del lomo 3.° de la Base del sis- 
tema métrico. Redactada por MM. Biot y Arago, individuos de 



71 

la Academia de Ciencias, astrónomos agregados á la oficina de 
longitudes. 

El mariscal Vaillant dio las gracias á Mr. Struve por su 
cuidado de recordar los trabajos seculares de la Francia en la 
gran cuestión de la figura de la tierra, los cuales, ejecutados al 
principio por los individuos de la Academia de Ciencias, des- 
pués por el cuerpo de ingenieros geógrafos, y finalmente por 
el cuerpo de Estado mayor, se han proseguido hasta la com- 
pleta conclusión de la importante red geodésica que cubre la 
Francia. 

Un arco de meridiano, que pasa por Fontainebleau y se 
une con el meridiano principal, ha servido para disipar algu- 
nas dudas suscitadas por la forma de varios triángulos corres- 
pondientes á la primera operación. La cadena de Brest á Es- 
trasburgo está terminada. Se ha medido y prolongado hasta 
Fiume, en Uiria, el arco de paralelo medio que pasa por Burdeos. 

El gran arco de meridiano medido en el Imperio ruso 
bajo la dirección de Mr. de Struve, constituye una magnítica y 
gigantesca operación, que contribuirá del modo más poderoso 
y decisivo á conocer la figura de nuestro planeta, especialmente 
combinándose con la ejecución de un trabajo de que no habla 
en su interesante Noticia, á pesar de ser el principal objeto de 
su viaje á Francia la proposición de tal trabajo. 

Hoy existe ya una cadena de triángulos sin interrupción 
desde las orillas del Atlántico hasta las playas del Caspio, de 
Brest á Astrakan, que cruza á Francia, Bélgica, Prusia y Ru- 
sia. Es importante utilizarla para el cálculo de un arco de pa- 
ralelo, que no tendrá menos de 55° en longitud. Pues compa- 
rando las longitudes geodésicas de las diversas partes del 
expresado arco con sus amplitudes astronómicas, se logrará 
averiguar del modo más cierto si la tierra es un verdadero 
cuerpo de revolución, ó si se aparta de la forma sencilla que 
se le atribuye. Tal es la empresa propuesta por Mr. Struve, y 
á la cual pide se sirva prestar su concurso el Gobierno francés. 

Todos los materiales necesarios para el cálculo de la longi- 
tud geodésica de la parte francesa de dicho arco se han publi- 
cado en sus partes principales, conservándose las minutas en el 
depósito de la Guerra. El referido establecimiento se apresu- 



72 

rara á poner á disposición de los sabios exirangeros los docu- 
mentos que se le reclamen, ó bien á coadyuvar por su parle á 
los trabajos de cálculo y discusión necesarios para llevar á cabo 
la obra proyectada por el sabio director del observatorio cen- 
tral de Rusia. 

Respecto á la parte astronómica y observaciones nuevas que 
puedan necesitarse, será tanto más fácil satisfacer las exigen- 
cias sobre el particular, cuanto que hace ya 3 años que pro- 
puso el director del observatorio imperial de Francia la revi- 
sión de las longitudes con un objeto enteramente conforme con 
el de Mr. de Struve. 

El proyecto hasta ha tenido un principio de ejecución con 
la medida de la longitud de Bourges, verificada en otoño del 
año 1856 por Mr. Le Verrier; y si se suspendió el trabajo en el 
año siguiente por circunstancias particulares, todos esperan que 
vuelva pronto á continuarse, y que pueda extenderse con ac- 
tividad, no sólo á la meridiana de Francia y á nuestro para- 
lelo medio, sino hasta la longitud de Bresl. 

Mr. de Struve dio las gracias al mariscal Vaillant por haber 
tenido la bondad de participar á la Academia los detalles pre- 
cisos de la operación internacional que ha proyectado. 

Si en sn Nota no hizo alusión alguna, fué porque la opera- 
ción depondia entonces de negociaciones con la administración 
francesa, habiendo creido conveniente reservar al Excmo. Sr. 
Ministro de la Guerra el derecho de darla á conocer en tiempo 
oportuno. Mr. de Struve celebra su reserva, que ha dado los 
dos resultados de que su proposición se presente hoy bajo los 
auspicios del mariscal Vaillant, y que haya obtenido inmedia- 
tamente del Gobierno francés, por boca de S. E., un apoyo que 
asegura el éxito para lo sucesivo. 

(Por la Sección de Ciencias Exactas, Francisco García Navarro.) 



CIENCIAS físicas. 

física. 

Sobre la refracción del sonido; por Mr. Hajech. 

(Ann. de CUim. et Phys., diciembre 1858. — Nuovo Cimento, marzo 1858.) 

Ha estudiado Mr. Hajech este fenómeno valiéndose de pris- 
mas llenos de aire ó de diversos líquidos, y así ha llegado á de- 
mostrar que las leyes de la refracción del sonido son exacta- 
mente iguales á las de la luz. 

Los prismas de Mr. Hajech eran tubos de cristal de dife- 
rentes longitudes, pero de un diámetro uniforme de 77 milíme- 
tros, cerrados por los extremos con membranas muy sutiles, y 
más ó menos inclinadas con respecto al eje del tubo, y empotra- 
dos en un agujero hecho en el tabique divisorio de dos salas. En 
una de estas se hallaba el aparato productor del sonido colo- 
cado en el centro de una caja, de la cual salía un tubo cilin- 
drico que iba á enchufar en el remate del otro tubo, dando 
dirección á la onda incidente; y en la otra sala se colocaba el 
observador, que buscaba la posición en que con más intensidad 
se oía el sonido trasmitido. En el entarimado de la habitación 
había dibujado un círculo graduado , cuyo punto céntrico era el 
de la proyección del centro de la segunda cara del prisma, y que 
por tanto permitía medir el ángulo formado por el rayo refractado 
con el incidente. Estaban tomadas todas las precauciones conve- 
nientes para que el sonido sólo pudiera llegar al observador por 
conducto del prisma, y las observaciones se hacían tanto de día 
como de noche, empleando bastantes veces personas extrañas, 
cuyo oído tuviera muy diferentes grados de sensibilidad. Pro- 
ducíase el sonido por una campanila herida por un martillo, 
que se movía con una maquinita de reloj. 

Para simplificar las condiciones de la experiencia, la pri- 
mera membrana estaba siempre dispuesta como normal al eje de 



74 
tubo y á los rayos incidentes, y únicamente la segunda membra- 
na era la que tenia más o menos inclinación. Eran estas mem- 
branas, unas veces de colodio, otras de goma elástica, de guta- 
perca ó de papel fino, sin que variase el resultado de las ex- 
periencias aun cuando llegó á servirse Mr. Ilajech de hojas 
delgadas de mica, consistiendo únicamente la diferencia en la 
intensidad, pero no en la dirección del sonido. Haciéndolas 
pruebas con diversos gases, y también con dos líquidos, á saber, 
agua y una disolución saturada de potasa, se fueron observando 
los hechos siguientes. 

1.° Siempre que el tubo estaba lleno de aire atmosférico, 
no habia refracción alguna, cualquiera que fuese el ángulo de 
incidencia. 

2." No habia tampoco refracción cuando la segunda mem- 
brana estaba, como la primera, normal á los rayos sonoros, sin 
que influyese el líquido contenido en el prisma. 

3." En todos los demás casos habia refracción conforme á la 
ley de Descartes, siendo el orden de dicha refracción igual á 
la relación de las velocidades del sonido en ambos medios. De 
la exactitud con que se verifican estas leyes, puede juzgarse por 
la siguiente tabla. 



Especie de gas ó liquido. 


Ángulo 
de iocideocia. 


ÁNGULO DE 

Por 
observación. 


REFRACCIO». 

Por 
cálculo. 


Hidrógeno 


35^50' 
25 00 
41 00 
35 50 
35 50 
35 50 
25 00 
35 50 
25 20 
35 50 
25 00 
35 50 
25 00 


8° 00' 
7 00 
29 20 
25 00 
25 40 
49 50 
33 20 
62 30 
40 00 
7 40 

5 00 

6 15 
5 10 


8° 50' 


Ídem 


6 22 


Gas amoniaco 


30 22 


Ídem 


26 50 


Gas del alumbrado 

Acido carbónico 


» 
48 19 


ídem 


32 33 


Acido sulfuroso 


61 22 


Ídem 


39 24 


Agua de rio 


7 58 


ídem 


5 37 


Disolución saturada de potasa. 
Ídem 


» 
» 







75 

4.° En nada influyen la longitud de los prismas y la altura 
del sonido. 

Finalmente, Mr. Hajech ha concentrado el sonido en un foco 
con lentes convexas llenas de un fluido, en el cual la velocidad 
del sonido fuese menor que en el aire, como son el ácido car- 
bópico ó el sulfuroso, y también con lentes cóncavas llenas de 
un fluido en que, por el contrario, tenga el sonido mayor velo- 
cidad que en el aire, como el agua y el hidrógeno. 



Dilatabilidad de los líquidos calentados á temperaturas mayores 
que la de su ebullición; por Mr. Drion, 

(L'lQstilut, 20 Junio 1858.) 

Mr. Thilorier atribuye al ácido carbónico líquido entre 0° 
y 30° C. un coeficiente de dilatación media igual á 0,0142, es 
decir, próximamente cuadruplo de el del aire y de los gases. Si 
este número es exacto, es más que probable que otros líquidos 
igualmente volátiles presenten, á temperaturas suficientemente 
distantes de sus punios de ebuUiciou, coeficientes de dilatación 
del mismo orden de magnitud que el anterior. Para cerciorarse 
de esto Mr. Drion ha elegido dos líquidos muy diferentes por 
su constitución química, el éter clorhídrico y el ácido sulfuroso, 
y cree poder desde luego deducir de sus experiencias que el 
hecho consignado por Mr. Thilorier es general, y queá tempe- 
raturas que se aproximan á aquellas en que los líquidos se tras- 
forman enteramente en vapor, en espacio de muy corta exten- 
sión, dichos cuerpos tienen una dilatabilidad muy superior á 
la del aire y de los gases sometidos á presiones poco diferentes 
de la atmosférica. Véase en pocas palabras el método que ha 
seguido. 

El líquido conque opera se echa en un aparato con desagüe, 
que tiene poco más ó menos la forma de un termómetro de 
máxima de Mr. Walferdin, cuyo aparato se halla fijo al lado 
de un termómetro de mercurio muy sensible, en el eje de una 
campana que contiene agua ó una disolución concentrada de 



76 

cloruro de calcio; la campana cuelga de una cubierta do palas- 
tro, colocada sobre un horno de gas provisto de su correspon- 
diente llave. Dos ventanillas opuestas, cerradas con láminas de 
mica muy trasparentes, permiten observar á cierta distancia por 
medio de dos anteojos, la marcha de los termómetros. La tem- 
peratura del baño se mantiene uniforme en todas sus partes , á 
beneficio de un agitador circular oportunamente dispuesto. 

Las observaciones se hacen de dos en dos: en la primera se deja 
estacionario el extremo de la columna enfrente de una de las di- 
visiones inferiores del tubo; en la segunda se le hace subir á la 
parte superior. Una y otra vez se anotan exactamente las indi- 
caciones de ambos termómetros. Conociendo la relación que 
existe entre la capacidad de la bola y la de una división del 
tubo, es fácil deducir de las dos lecturas la relación entre los 
volúmenes aparentes del líquido á las temperaturas de las ob- 
servaciones, y por consiguiente el coeficiente medio de la dila- 
tación aparente entre los dos limites. 

Calentando luego el baño á unos 10° se da salida á una parte 
del líquido, y de este modo el instrumento se encuentra dis- 
puesto para servir en un nuevo intervalo de temperaturas. 

Antes de mencionarlos resultados numéricos de sus experi- 
mentos, el autor presenta las siguientes observaciones, para dar 
una idea en globo del grado de exactitud de estos resultados. 

Sábese, por las investigaciones de Mr. Cagniard de la Tour, 
que á temperaturas muy distantes de sus puntos de ebullición, 
los líquidos despiden vapores de considerable densidad. Impor- 
taba, pues, impedir con el mayor cuidado que el líquido encer- 
rado en la cubeta inferior y en el tubo pudiese desprender una 
cantidad de vapor necesaria á la saturación de la cubeta supe- 
rior. Esto se consigue fácilmente haciendo muy largo el pico de 
desagüe (5 ó 6 centímetros), y dándole un diámetro casi mi- 
croscópico. Se ha obtenido la seguridad de que esta disposición 
permite mantener por es|)acio de más de media hora las dos cu- 
betas á temperaturas que difieren en unos 20°, sin que se esta- 
blezca de una á otra ninguna destilación sensible; pudiéndose 
pues mirarse como evidente (jue el líquido contenido en la cubeta 
superior despide por sí solo todo el vapor empleado en saturar 
este espacio. Advertiráse, por lo demás, que si en el intervalo de 



77 
(los observaciones, una parle del líquido lermomélrico llegase á 
evaporarse, esta causa de error no podria menos de hacer muy 
pequeños los números obtenidos, y en nada in validarían las con- 
clusiones generales de los experimentos. 

El empleo del gas del alumbrado hace muy fácil la produc- 
ción de un máximo ó un mínimo de temperatura estacionaria 
durante muchos minutos; y hasta se consigue, con un poco de 
práctica, obtener ese máximo ó mínimo al punto exacto que se 
quiere de la escala termométrica. El autor ha cuidado siempre, 
antes de anotar las indicaciones de los aparatos, de variar la 
temperatura cierto número de veces, y con mucha lentitud, en- 
tre límites aproximados todo lo que es posible; solo con esta 
condición se podía tener la seguridad de que la temperatura 
del líquido volátil no retrasaba respecto de la del termómetro 
de mercurio. 

Véanse ahora los resultados numéricos ofrecidos por los lí- 
quidos que se han estudiado. 

Eler clorhídrico. A 0°. su coeficiente de dilatación, según 
Mr. Is. Fierre, es igual á 0,00157. 

Entre 121° y 128°, la dilatación aparente del mismo líqui- 
do, según los experimentos de Mr. Drion, es por término me- 
dio de 0,00360 porcada grado centígrado. 

EntreíaSoy 13r, de 0,00421. 

Entre 144°, 5 y 149°,25, de 0,00553. 

Acido sulfuroso. La dilatación media de O" á 18° eslá re- 
presentada por el número 0,00193. 

Entre 91° y 99°,5, por 0,00368. 

Entre 108°,5 y 115»,5, por 0,00463. 

Entre 116" y 122°, por 0,00533. 

Entre 122° y 127°, por 0,00600. 

Así, pues, en el éter clorhídrico el coeficiente de dilatación 
llega al valor del de los gases hacia 125°; en el ácido sulfuroso, 
hacia 95°. Desde estas temperaturas en adelante la dilatación 
aumenta con una rapidez verdaderamente asombrosa. Es posi- 
tivo que si los aparatos fuesen capaces de sufrir presiones tan 
fuertes como las que Mr. Thilorier ha debido producir en sus 
experimentos sobre el ácido carbónico líquido, se obtendrían, 
ant(>s de llegar al punto de evaporación total del liquido, valo- 



78 
res tan considerables como los que señala al coeficiente de di- 
latación de esta sustancia. 



Nota sobre las estrias que presenta la descarga eléctrica en el 
'vacio; por Mr. Grove. 

(Ann. do Cliim. et de Phys.. diciembre 1858.— Pliilosophical Magaiine, 4.' serie, tomo 10, 
página M-, julio 18b8.) 

Varias veces ha manifestado Mr. Grove su opinión de que 
las estrías de la descarga eléctrica se causan por la interferencia 
de dos ó más descargas sucesivas, que según le parece componen 
la chispa luminosa que se forma en el vacio. Sea lo que quiera 
de esta hipótesis, que el mismo Mr. Grove no da por demostra- 
da , es preciso reconocer que ha proporcionado el autor el me- 
dio de hacer desaparecer las estriasen las circunstancias en que 
comunmente se observan. Para esto basta interrumpir el circui- 
to de inducción por uno de sus puntos, y separar más y más 
uno de otro los dos extremos del hilo de inducción que quede así 
interrumpido. Si esta interrupción es pequeña, la chispa produ- 
cida en un gas muy rarificado presenta el fenómeno ordinario 
de la estratificación; pero si la interrupción alcanza al límite que 
no puede excederse sin que se corte por completo la corriente 
de inducción, la luz estratificada se reemplaza entonces por una 
imagen luminosa perfectamente continua. Al mismo tiempo 
la chispa que salta en la interrupción ocasiona un chasqui- 
do seco y limpio, al paso que por el contrario , cuando se ven 
estrías en la descarga que atraviesa el vacío, la chispa de la in- 
terrupción suena más confusamente, y le acompaña una especie 
de ligero susurro. Muy probable le parece por tanto á Mr. Grove 
que en el caso en que no hay estrías es porque sólo hay una des- 
carga, á causa de que la mayor capa de aire que interrumpe el 
circuito deja pasar únicamente la descarga más fuerte, y el con- 
junto de las demás da lugar á la luz estratificada del otro caso 
que generalmente se observa. 



19 



Memoria sobre la resistencia eléctrica de los metales ó. diversas 
temperaturas; por Mr. Arndtsen. 

(Ann. de Chim. et Phys., diciembre 1858. — Poggcndorff Annalen, tomo -t 04, yun/o 1858. 

Acerca de la resistencia de los metales en varias tempera- 
turas ha ejecutado Mr. Arndtsen una serie de experimentos, 
con los cuales se ha propuesto principalmente descartar una 
causa de errores, que al parecer se habia ocultado á los demás 
investigadores, cual es el contacto del alambre que se estudia 
con un líquido caliente, que siendo ya por si algo conductor, 
lo es tanto más cuanto más alta es su temperatura. Para este 
fin, después de vestir esmeradamente con seda el hilo metálico, 
le arrollaba sobre una probeta de vidrio de corto diámetro, sol- 
dando en las puntas sueltas dos alambres de cobre gruesos y 
cortos, terminados en unas cápsulas llenas de mercurio. Esto 
asi junto lo colocaba dentro de otra probeta de vidrio más an- 
cha, cerrada con corchos que dejaban salida á los dos alambres 
de cobre y á la caña de un termómetro, cuyo cuerpo ó depó- 
sito quedaba en el medio de la probeta interior, y todo lo me- 
tía en un baño de agua ó de aceite, que una lámpara de espíritu 
de vino mantenía en temperatura constante. 

Midiéronse priraerolas resistencias por el método de Wheats- 
lone, y valiéndose de un reostato, y se habían arreglado los 
experimentos de tal modo, que la resistencia de la parte de 
reostato introducida para equilibrar el alambre que se probaba 
era exactamente 10 veces mayor que la resistencia de este. 
Sólo estudió así Mr. Arndtsen el cobre y el platino; pero en 
otra serie de experimentos en que comprendió mayor número 
de metales, hizo uso del método del galvanómetro diferencial, 
que era el de Weber, y sustituyendo al reostato un alambre de 
cobre extendido. Esta serie se ejecutó en Golinga en el labora- 
torio del mismo Mr. Weber. 

Últimamente, para dar á estas medidas rigoroso significado, 
determinó Mr. Arndtsen por el método de Weber la resistencia 
específica de su alambre de cobre de comparación, expresan- 



80 

dola en unidades absolutas (1), y así ha podido referir á estas 
todas sus dclcrniinaciones. 

lian demostrado los experimentos, que para el mayor mi- 
mero de los metales estudiados la resistencia crece proporcio- 
nalmentc á la temperatura, como ya lo habia averiguado Mr. 
Becquerel hace algunos años. Esto es lo que resulta con res- 
pecto á la plata, el cobre, el aluminio, el platino y el plomo; 
pero en el latón, el argentan y el hierro, las variaciones de re- 
sistencia se apartan notablemente de la proporción con las va- 
riaciones de temperatura, y no pueden quedar conveniente- 
mente representadas sino por una fórmula parabólica del se- 
gundo grado. Poniendo t por la temperatura en centígrados, 
representarán las fórmulas siguientes las resistencias específicas 
de los diversos metales, expresadas en unidades absolutas. 

Plata Bz= 241190-f- 823,471 1, 

Cobre R= 244370-|- 901,456 í, 

Aluminio núm. 1 (pre- 
parado en París) .. . B=: 427616-|-15So,924/, 
Aluminio núm. 2 (pre- 
parado en Gotinga) . R= 4762184-1622,903/, 

Latón R= 9490864-1577,381/— 2, 5948 f. 

Argentan i^=12898154- 499,623/4-0,71946/% 

Hierro ñ=\ 6266434-6718,686 /4-8.5745 1\ 

Platino R= 

Plomo i¿=26314904-991 4,665/. 



(l) Hállase descrito el método de Mr. Weber en la segunda parte de 
sus Elektrodynamysche Maassbestimmungen, impresa en Leipsig en 1 8 52» 
bastando ahora recordar que la unidad absoluta de resistencia, es la resisten- 
cia del circuito en que una fuerza electromotriz, igual á la unidad, promueve 
una corriente que equivalga á la unidad. La unidad de fuerza electromotriz 
es la fuerza electromotriz de inducción, que en un lugar en que la acción 
magnética de la tierra fuera igual á la unidad de fuerza, se desenvol- 
viera en un circuito cerrado, cuando á consecuencia de una rotación, la 
proyección del área de este circuito sobre un plano perpendicular á la 
aguja de inclinación, se aumentase en cantidad igual á la unidad de su- 
perficie. 



Eslas fórmulas sirven dentro de los límites de las observa- 
ciones, esto es, entre O y 200 grados. Si las aplicamos á calcu- 
lar los valores de las resistencias en las temperaturas O, 100 y 
200 grados, cambiando de unidad de modo que á 0° la resis- 
tencia del cobre se represente por 100, se obtiene la siguiente 
tabla, que es muy propia para manifestar la diversidad de las 
leyes de incremento que corresponden á los distintos metales. 
Por ella se ve que en particular el orden de las resistencias 
del hierro v del platino queda invertido desde la temperatura 
de 100". 

r 100° 200° 

Plata 98,69 132,39 166,08 

Cobre 100,00 136,89 173,78 

Aluminio nüm. 1 . . 174,98 238,65 302,32 

Aluminio núm. 2. . 194,13 260,29 326,43 

Latón 388,35 442,27 474,95 

Argentan 527,12 544,60 556,20 

Hierro 665,62 974,64 1351,84 

Platino 678,11 900,01 1121,01 

Plomo 1076,80 1482.50 1888,20 



Descripción de los procedimientos empleados para reconocer la 
configuración de las superficies ópticas; por Mr. Foucault, 

(Cosmos, -17 diciembre HSSS.) 

Una de las ventajas principales del telescopio de reflexión, 
consiste en tener para objetivo un espejo que actúa por una su- 
perficie sola, que, como es cóncava, facilita singularmente la 
aplicación de los procedimientos esploratorios que proporcionan 
apreciar su figura hasta los menores detalles. 

Empleo á un mismo tiempo, dice el autor, tres procedimien- 
tos distintos. 

Consiste el primero en poner muy cerca del centro de cur- 
vatura un objeto puntiagudo, como la punta de un alfiler, á fin 
de obtener una imagen de él de igual tamaño, que venga á for- 
marse inmediata al objeto; se observa entonces la imagen con 

Tonn IX. 6 



82 
el microscopio, se la compara con el objeto, y se juzga con loda 
certeza , por el grado de pureza , del efecto que dará el espejo 
montado en un telescopio. Si es defectuosa la imagen, conviene to- 
mar para objeto un punto luminoso; observando entonces el es- 
lado del manojo reflejado detrás y delante del foco, se le ve des- 
componerse en imágenos parciales, cuya discusión da ya alguna 
luz acerca de la configuración de la superficie del espejo. Pero 
los dos procedimientos siguientes son preferibles, y dan luces con 
mayor seguridad. 

Se pone cerca del centro de curvatura un objeto de bordes 
paralelos, como la punta de un alambre de acero de I milíme- 
tro de diámetro, para que se proyecte en silueta, se le ilumina 
por el otro lado del espejo; como la imagen formada se deslaca 
en un fondo luminoso, se pone muy visible, y presenta particu- 
laridades de aspecto dependientes de la figura del espejo. Ob- 
servada la imagen con la simple vista á la distancia de la visión 
distinta, no se vé cada punto suyo sino mediante rayos que pa- 
san por la pupila después de reflejados por una parte pequeñí- 
sima de la superficie del espejo, de suerte que en tales circuns- 
tancias no funciona este sino por partes más ó menos escasas, 
y aisladamente afectas á la formación de los diferentes puntos 
de la imagen. Si no es pues uniforme la curvatura, no se for- 
marán en un mismo plano los diferentes puntos de la imagen, 
ni serán proporcionales á las partes correspondientes del objeto 
los ángulos que subtendan en el ojo las diferentes parles; en 
suma, estará desfigurada la imagen , viéndose en ella contrac- 
ciones y dilataciones que patentizarán disminución ó aumento 
del radio de curvatura del elemento correspondiente del espe- 
jo. Todavía es más correcto el método y son másconcluyentes los 
resultados, si en lugar de dejar al ojo en una posición indeter- 
minada en el espacio, se aplica el ocular de un anteojito de corlo 
aumento, y que tenga un diafragma estrecho, comparable con 
la pupila. Rara vez sucederá que una imagen así observada, se 
presente completamente falta de desfiguración, cual la daria un 
espejo perfectamente esférico. Por lo común los bordes, en vez 
de subsistir rectilíneos, se encorvan en forma de hipérbola mi- 
rando la concavidad afuera del campo; al presentarse de esta ma- 
nera, indican que en cualquier sección meridiana del espejo va 



83 
disminuyendo gradualmente la curvatura desde el centro hasta 
los bordes, lo cual propende á corregir hasta cierto punto la 
aberración de esfericidad. 

Réstame exponer por último otro procedimiento, que permi- 
te explorar las superficies cóncavas y reconocer directamente, 
por efecto de relieve, las eminencias y depresiones que alteren su 
figura. Se pone algo delante del centro de curvatura una lámina 
opaca, que tenga un agujerito de 1 décimo de milímetro, alum- 
brada con luz artificial; parte del manojo divergente, desde el 
agujerito, cae sobre la superficie que se trata de examinar , y 
vuelve convergiendo á formar una imagen algo detrás del centro. 
Mirando el manojo que diverje otra vez, y delante de la imagen, 
se viene á recibir en el ojo el manojo entero, que pasa libremente 
por la pupila, y al mismo tiempo se divisa la superficie del es- 
pejo enteramente iluminada ; acercando ahora un borde recti- 
líneo opaco que vaya comiendo poco á poco la imagen del agu- 
jerito, irá perdiendo el resplandor el espejo , y cuando esté para 
desaparecer toda luz, se verán resaltar distintamente todos los 
altos y bajos de la superficie. 

Con efecto, si fuere perfectamente esférica la superficie, se- 
rá pura la imagen; y por poco que sobresalga de la pantalla 
opaca que se adelante á interceptarla , los rayos que pasen más 
allá provendrán de toda la superficie del espejo, y hasta el úl- 
timo momento le darán resplandor uniforme; pero si, por lo con- 
trario, tuviese la superficie partes situadas encima ó debajo del 
nivel esférico, los elementos que no se presenten bajo la inci- 
dencia requerida harán desviar ciertos rayos, que en vez de ir 
con sus compañeros á los diferentes puntos de la imagen, se dis- 
persarán en lodos sentidos. De aqui resultará que cada punto de 
ja imagen, y particularmente los que sobresalgan del borde de 
ja pantalla opaca, recibirán rayos que no le pertenecen, dejando 
de recibir todos los que le pertenezcan. Los rayos que falten de- 
jarán en lugar suyo, en la superficie del espejo, un déficit de luz; 
los que sobren ocasionarán aumentos de intensidad; y del con- 
traste entre estos resplandores deberá nacer, por efecto de 
claro -oscuro, una manifestación enormemente exagerada de las 
desigualdades que realmente tenga la superficie sujeta á la 
prueba. 



84 

Como no se puede observar sino con un ojo sólo, sucede que 
por inlluencia moral, independieiilo de la voluntad, parecen 
invertidos los allos y bajos; pero mirando con atención se dis- 
liiii-ue lácilmenle la apariencia de la realidad, considerando 
(jue los allos verdaderos están comprendidos por precisión en- 
Irodos pendieníes opuestas; una que vuelta hacia el lado de la 
pantalla que oculta la imagen parece sombría, otra que presenta 
exceso de resplandor; ó dicho de otro modo , la figura verdadera 
del espejo es parecida á la que correspondería al modelado a|)a- 
rente intérprete en la hipótesis de que viniera del lado o|)ues- 
lo á la pantalla una luz oblicua- 

Este último procedimiento tiene la ventaja de ser tan expe 
dito como directo; en pocos instantes sojuzga de una imagen, 
y si es defectuosa, se conocen en el acto los defectos con toda 
precisión. Por lo general, cuanto influye en la marcha de los 
rayos, cuanto los impide convergir simultáneamente hacia un 
punió de cruzamiento común, se presenta visible y se descubre 
con esta clase de observación; y entre las causas diversas capa- 
ces de actuar, se distingue al instante la que ejercita inllujo 
dominante. Asi es que no se confundirán las irregularidades 
permanentes de una superficie con la alteración cambiante proce- 
dente de la flexión déla masa de vidrio; se distinguirán las des- 
igualdades de densidad del aire ambiente, que pasa revolo- 
teando por delante del espejo, ó que se dispone en capas estra- 
tificadas dentro del tubo: tomando las precauciones necesarias se 
consigue desLjrtar sucesivamente todas las causas capaces de 
producir cualquier perturbación accidental, y no dejar sub- 
sistentes sino los defectos intrínsecos de la superficie; y guiado 
por la misma observación que los llega á descubrir, se logra cor- 
regirlos localmente, y de consiguiente reducirlos á proporciones 
tales, que dejen de influir en la cualidad de las imágenes. 

Los procedimientos mecánicos con que se trabajan por lo 
común las superficies de vidrio, menguan en eficacia así que 
se aplican á piezas de tamaño desmesurado; los resultados no 
pasan entonces de ser aproximados, una especie de bosquejo 
que deja mucho que desear: pero allí donde es impotente el 
jnecanismo, todavía puede hacer algo la mano del hombre, au- 
xiliada con los recursos de la óptica, y guiada por un sistema 



85 
lie ubservacionos cuya potencia aumenta al paso que la del ins- 
Irunienlo que se trate de construir, se halla apta [)ara acabar el 
trabajo y darle la precisión mayor. 

¿Quiérese examinar ópticamente cualquieía de las super- 
licies elipsoidales que llevan de la esfera al paraboloide? Pues 
apliqúense idénticamente los mismos procedimientos, con lal 
que se ponga el objeto que sirva de mira en uno de los focos, y 
que se estudie la imagen en el otro. Las indicaciones que se 
saquen y las correcciones que se induzcan, se fundan en iguales 
apariencias, sólo que se refieren especialmente á la especie de 
superficie determinada por la posición de los focos, y que las des- 
igualdades comprobadas manifiestan desvíos que se cuentan, 
como en la figura esférica, desde el nivel de la superficie cor- 
recta que se trata de obtener. 



Facultad conductriz eléctrica de algunos metales ; por Mr. 
Mathiessen. 

(L'lnslitut, 8 diciembre 1858.) 

En una Memoria comunicada por el autor á la Sociedad 
Ueal de Londres {Phil. Mag., setiembre 1858), manifiéstalos 
resultados siguientes de determinaciones numéricas de las fa- 
cultades conductrices eléctricas de varios metales, hechas en el 
gabinete de física de Heidelberg, dirigidas por Mr. Kirchoff. 



Temperatura del ler- 



Ncmbres de los metales. Facultad conductriz. 



Plata 100 O» 

Cobrenúm. 3 77,43 18,8 

Cobrenúm. 2 72,06 22, G 

Oro 55,19 21,8 

Sodio 37,43 21,7 

Aluminio 33,76 19,6 

Cobre núm. 1 30,68 24,2 

Zinc 27,39 17,6 

Magnesio 25,47 17,0 



86 

Temperatura del ler- 
Nombres de los metales. Facultad conductnz. mómelro centígrado. 

Calcio 22,14 16,8 

Cadmio 22,10 18,8 

Polasio 20,85 20,4 

Litio 19,00 20,0 

Hierro 14,44 20,4 

Paladio 12,64 17,2 

Estaño 11,45 21,0 

Platino 10.53 20,7 

Plomo 7,77 17,3 

Argentan 7,67 18,7 

Estroncio 6,71 20,0 

Antimonio 4,29 18,7 

Mercurio 1,63 22,8 

Bismuto 1,19 13,8 

Aleación de bismuto 32 partes, an- 
timonio 1 parte 0,881 24,0 

Aleación de bismuto 12 partes, es- 
taño 1 parte 0,519 22,0 

Aleación de antimonio 2 partes, zinc 

1 parte 0,413 25,0 

Grafito núm. 1 0,0693 22,0 

Grafito núra. 2 0,0436 22,0 

Cok de gas 0,0386 25,0 

Grafito núm. 3 0,00395 22,0 

Cok de batería Bunsen 0,00246 26,2 

Teluro 0,000777 19,6 

Fósforo rojo 0,0000123 24,0 

Las aleaciones de bismuto-antimonio, bismuto-estaño y 
antimonio-zinc se determinaron con objeto de asegurarse, 
puesto que con los demás metales dan corrientes fuertes termo- 
eléctricas, si se i)odrian emplear para balerías termo-eléctricas 
con mayor fruto que las que constan de bismuto y anti- 
monio. 

Los cobres núms. 1. 2 v 3 eran alambres del comercio. El 



87 
niini. 1 conltíuia corlas canlidades de plomo, estaño, zinc y 
niquelo. La escasa facultad conductriz del núm. \ proviene, 
según Mr. Bunsen, de una pequeña cantidad de subóxido que 
está disuella en él. 

El grafito núm. 1 es el de Ceilan, llamado puro; el núm. 3, 
el de Alemania purificado; el núm. 2, una mezcla de ambos. 
Se purificaron los ejemplares por el método de Brodie. 

La facultad conductriz del cok de gas, del grafito y del cok 
de la batería Bunsen aumenta por el calor de O" á 140" C: por 
cada grado aumenta 0,00*245, ó á 0° C. es 100 la facultad con- 
ductriz, y entre la temperatura ordinaria y el rojo naciente 
viene á ser de 12 por 100. Eran químicamente puros los me- 
tales siguientes: plata, oro, zinc, cadmio, estaño, plomo, anti- 
monio, mercurio, bismuto y teluro. Los comprimidos fueron: 
sodio, zinc, magnesio, calcio, cadmio, potasio, estaño, plomo, 
estroncio, antimonio, bismuto, teluro y las aleaciones de bis- 
muto-antimonio y de bismuto-estaño. 



QUÍMICA. 

Composición del café ; por Mr. Vogel. 

(L'Iostitut, 42 mayo 4858.) 

Se notan diferencias singulares en los datos concernientes á 
las partes constitutivas del haba del café, y señaladamente en 
las relaciones entre esta sustancia tostada ó no. Según Payen, 
se disuelve 37 por 100 de café tostado en el agua, y según Ca- 
det sólo 12i. Esta discrepancia ha inducido á Mr. Vogel á ve- 
rificar algunas experiencias, tanto sobre la solubilidad en el 
agua del café tostado ó nó, como sobre la composición de sus 
cenizas y la proporción de agua que contiene. 

El café sin tostar, pulverizado, secado á 100° C. en una 
corriente de aire, disminuyó en peso 6,5 por 100 por la falta 
de agua. 

El café recien tostado y molido, puesto al aire en una va- 



88 
sija abierta por 24 horas, indicó 5 por 100 de agua hifíros- 
cópica. 

La cantidad de cenizas que dejaron en un crisol de platino 
dos muestras de café, fué do 3,5 y 3,59 por 100, y recien tos- 
tado, de 4,14 y 4,0 por 100. El marco de café completamente 
depurado con agua hirviendo, dio 1,21 y 1,30 por 100 de ce- 
nizas, yechándolo una vez sola agua caliente, 1,8 y 2,0 por 100. 

Las partes constitutivas del café tostado o nó, según se de- 
pure del todo ó en parle con agua, difieren esencialmente en 
composición química. Las cenizas del café sin tostar contienen 
80 por 100 de sustancias solubles en el agua; el café recien 
tostado, 75.22; las del tostado, echándolo una vez sola agua hir- 
viendo, 14,31, y depurándolo por completo con agua hirviendo, 
11,26 por 100 de sustancias solubles en el agua. 

Los granos de café sin tostar y pulverizado, depurados con 
agua hirviendo, dan 25 por 100 de partos solubles; el café tos- 
tado, 39; de suerte que esta operación aumenta mucho la solu- 
bilidad. 

La relación entre las sustancias solubles en el agua de las 
cenizas del café tostado ó nó, y la cantidad de las insolubles. 



es como sigue: 


Sustancias solubles. 


Sustancias insolubles. 


Relación. 


Café sin tostar 

Café tostado 


80 

75 

14 
11 


20 
25 

85 

88 


4:1 
3 1 


Marco de café echándolo agua 
una vez sola 

Marco de café completamente 
depurado 


1 :6 
1 :9 



De estas análisis se infiere, que al tomar café se introdu- 
cen en el organismo bastantes sales solubles. 

Mr. Vogel ha preparado también la suslancia grasa que, 
según Payen, entra por 10 á 13 por 100 en el café. Depuró 
15 dias seguidos con el benzolo en el baño-maria el café crudo, 
reducido á polvo fino y pasado por tamiz. Después de evapo- 
rarse el benzolo, quedó un licor aceitoso, de color amarillo, y 



del sabor propio del café. Esta sustancia tiznaba el papel; y el 
benzolo extrajo del café 18,2 por 100 de sustancias solubles. 
Concentrado el extracto por evaporarse lentamente el benzolo, 
se tuvieron cristales, y apretados entre papel de fdtro para ex- 
primir el licor aceitoso, y purificados lavándolos con éter, re- 
sultaron agujas muy blancas, que se sublimaban también en 
forma de cristales. Obraban estos como cafeína pura, lo cual 
demuestra que puede servir perfectamente el benzolo para pre- 
parar esta sustancia. El benzolo extrajo del café tostado un 
aceite con algún más color, y la cantidad de cristales fué me- 
nor que en el café sin tostar. 



De los equivalentes de los cuerpos simples; por Mr. Dumas. 

(Comptes rendus, 27 diciembre iS^8.) 

Hace tiempo que tengo demostrado, dice el autor, que los 
equivalentes de la familia de los cuerpos simples que tiene al 
ázoe por tipo, y los de la de los que se colocan con el flúor, for- 
man dos series paralelas. Hubiera deseado poder sujetar todos 
los cuerpos simples á comparaciones de igual naturaleza. Pero 
no se conoce todavía bastante la verdadera distribución de to- 
dos estos cuerpos en familias naturales. 

Verdad es que respecto de este punto tengo sentadas las 
dos proposiciones siguientes: 

1.* La clasificación natural de los cuerpos no metálicos se 
funda en los caracteres de los compuestos que forman con el 
hidrógeno, en la relación de los volúmenes de los dos elementos 
que se combinan, y en su modo de condensarse. 

2.* La clasificaciün natural de los metales, y en general la 
de los cuerpos que no se unen con el hidrógeno, se debe fundar en 
tos caracteres de los compuestos que forman con el cloro, y, cuanto 
sea posible, en la relación de los volúmenes de los dos elementos 
que se combinan, y en su modo de condensarse. 

El hidrógeno, que completamente se acerca á los metales, 
difiere con efecto cuanto es posible de los cuerpos no metálicos 
propiamente tales, y produce con ellos compuestos estables y 
bien definidos, gaseosos ó volátiles. 



90 

Por otra parle, de los cuerpos no metálicos verdaderos, el 
que más generalmenle y mejor se une con los metales, el que 
da con ellos los compuestos mejor caracterizados y más voláti- 
les, es el cloro. 

Cualquier ensayo de clasificación de los metales estudiando 
sus compuestos oxigenados, que por lo general son fijos, no ha 
dado otra cosa mas que una clasificación artificial , meramente 
práctica. 

Fácil es cerciorarse por lo contrario, de que todos los metales 
quesehan podido reunir sin incertidumbreen familias naturales, 
se parecen en la manera de ser y en las afecciones de sus clo- 
ruros, como en la composición de los volúmenes y la manera 
de condensarse estos compuestos. 

Fácil es ver además que la mayor parte de estos cloruros 
son cristalizables, ú originan por lo menoscompuestos que cris- 
talizan, lo cual permite añadir á los dalos precedentes cuantos 
cabe tomar de las leyes del isomorfismo. 

Pero en el estado actual de la ciencia carecemos todavía de 
dalos, tanto respecto de la densidad del vapor, como de la for- 
ma cristalina exacta de muchos cloruros metálicos, y de consi- 
guiente me he visto precisado á ceñirme á estudiar los equiva- 
lentes de los cuerpos simples que constituyen grupos naturales 
bien comprobados. 

Conexionando los resultados que respecto de ellos he obte- 
nido con los que da la comparación de dos series ó familias na- 
turales de radicales de la química orgánica, v. gr. los ammonios 
y los etilios, se ve que tienen muchísima analogía. 

Con efecto: 



Fluor. ... 19, Cloro 35,5. Bromo 80, Yodo 127. ) „., . . 

, . nt , ■ • Aca J Diferencia. 5. 



14, Fósforo 31, Arsénico 75, Antimonio 122. j 

Diferencia, 



10.. 12,25. Calcio.. 20, Estroncio. 43,75, Bario.. 68,5. Plomo. 103,5.) 



Oxígeno... 8, Azufre.. 26. Selenio. . 39,75, Teluro. 64.5, Osmio. 99,5. j 
Ammonio.. 18, Metilammonio. 32. Elilammonio. . 46, Propilammomo.. 60, etc. í 
Meülio... 15. Elilio 29. Propilio 43. Butilio 57, etc./ ™' 

Los radicales de la química mineral, lo mismo que los de 
la orgánica, como alineados en cuanto á los pesos de sus equi- 



91 

valentes en una misma recta para una misma familia, se coló 
can en recias paralelas para dos familias comparables. 

Esta analogía suscita naturalmente tantas dudas acerca de 
la naturaleza de los cuerpos simples, y justificarla tantas apre- 
ciaciones sobre la mayor ó menor probabilidad de descompo- 
nerse, que me parece conveniente decir lo que sobre este punto 
opino, manifestando el orden de ideas en que estriba dicha 
analogía. 

En la Memoria que junto con Mr. Boulay di á luz 30 años 
hace sobre los éteres compuestos, demostré lo que entonces era 
nuevo, que las fórmulas atómicas eran aplicables á representar 
exactamente las reacciones de la química orgánica lo mismo 
que las de la mineral. 

Más adelante demostré que la existencia de las familias na- 
turales, tan evidente en los compuestos de la naturaleza orgá- 
nica, y especialmente en los alcooles y sus derivados, presen- 
taba ocasión de descubrir, estudiándolas con atención, cuáles 
«on las leyes que rijen al modificarse por grados sucesivos las 
propiedades de ciertos cuerpos, v. gr., los ammonios ó los ra- 
dicales de los éteres, que sin dejar de asemejarse en punto á 
constitución fundamental, se van alejando cada vez más unos 
de otros respecto de las apariencias exteriores ó de los caracte- 
res secundarios. 

Si entonces creí poder decir que la química orgánica, luego 
de haber lomado de la mineral sus leyes y sus fórmulas, la 
devolvería otras descubiertas por cuenta propia, y de las cuales 
parecería al pronto deber sacar fruto ella sólo, fué porque co- 
lumbraba ya las analogías que hoy determino más. Pasando 
del espíritu de leña al alcool y del alcool á los alcooles supe- 
riores, se ve con efecto que sube el equivalente, que baja la 
aptitud á combinarse y la estabilidad de los compuestos, que 
sube el punto de ebullición. Lo mismo al pasar del flúor al 
cloro, al bromo, al yodo; ó del oxígeno al azufre, al selenio, al 
teluro; ó del ázoe al fósforo, al arsénico, al antimonio, se ve 
también que sube el equivalente, que por lo común baja la ap- 
titud á combinarse, la estabilidad de los compuestos, y que 
sube el punto de ebullición. 

Aunque no he hallado aún la causa positiva de estas seme- 



92 
janzas, las observaciones precedentes me infunden esperanza 
de conseguirlo, y me animan á llevar á cabo la comprobación 
que tengo emprendida. Por ahora tengo por lo menos derecho 
para decir, que si los radicales compuestos déla química orgá- 
nica loiinan series naturales, continuas y paralelas, en las 
cuales se pasa de un término á otro sumando ó restando unos 
mismos elementos, se parecen á ellos en este punto los radica- 
les do la (¡uíniica mineral, puesto que forman series naturales 
también paralelas, y en las cuales se pasa de un término á 
otro sumando ó restando unas mismas cantidades. 

Ya que los radicales de la quimica mineral presentan entre 
si las mismas relaciones generales que los de la orgánica, natu- 
ral es por cierto entrelazar ambas químicas más estrechamente 
(|ue hoy se hace. 

¿Pero se puede inferir de estos hechos que los cuerpos te- 
nidos por simples sean compuestos? ¿Que esté á punto de reali- 
zarse su descomposición? Sin olvidar la prudencia en materia 
semejante, en que solo la experiencia es arbitra para decidir, ¿se 
puede confesar sin escrúpulo no estar convencido de que los 
cuerpos simples de los químicos sean expresión de los límites 
últimos de la facultad de analizar á que la ciencia pueda as- 
pirar? 

Cuando Lavoisier, renunciando á usar en la representación 
de los fenómenos químicos los elementos algo metafísicos, cuya 
noción creían los filósofos de la edad media haber recibido de 
la antigüedad, trató de que la base sólida de sus teorías fuese 
sólo la experiencia, no titubeó en definir la química, la ciencia 
de la análisis. 

La análisis, decía, es la que demuestra que la sal no es un 
elemento, como se creía, puesto que la trasforma en ácido y 
base. 

La análisis es la que demuestra que el ácido y la base tam- 
poco son elementos, puesto que saca un radical no metálico de 
aquel, un radical metálico de esta, y oxígeno de uno y de otra. 

La química no puede admitir como simples unos cuerpos 
(jue descompone, ni designar como tales mas que aquellos que 
no descompone. 

Así camina la química hacia su lín, añade Lavoisier, divi- 



93 

diendo, volviendo á dividir y subdivicricnilo sin cesar. ¿Ilasla 
dónde llegará? Nadie lo sabe. Lo que leñemos por simple, no 
pasa de ser el confín práctico donde se para la subdivisión, la 
análisis, mas no seguramente el verdadero que la naturaleza 
tenga marcado como último límite de la descomposición de los 
cuerpos. 

Muclios químicos, arrastrados hoy por la corriente de las opi- 
niones reinantes, no ven la amalgama acertada de atrevimiento 
y prudencia, en que Lavoisier sentó en su tiempo la clasificación 
de los cuerpos que tenia que llamar simples, porque las fuerzas 
de la química eran impotentes para descomponerlos. 

Los dividió en cinco clases, y no daña considerar la distancia 
de la época actual. 

La potasa y la sosa eran una de ellas; pero en su concepto 
estaban probablemente tan próximas á ser descompuestas, que 
no vaciló en excluirlas de la tabla de los cuerpos simples. 

La barita, la cal, la alúmina, la magnesia, la sílice forma- 
ban otra. Las tuvo por óxidos, como lo ha confirmado la expe- 
riencia, y anunció que más temprano ó más tarde se reduci- 
rían, pero las dio puesto interino sin embargo en su tabla de los 
cuerpos simples. 

Hizo una clase aparte con los metales entonces conocidos, 
clase aumentada con otros muchos metales descubiertos de 60 
años acá. 

Formó también una clase especial con los cuerpos no me- 
tálicos, excepto tres, la cual se ha aumentado luego con el des- 
cubrimiento del cloro, el bromo, el yodo y el selenio. 

Pero si bien se ciñó Lavoisier á representar fielmente los re- 
sultados de la experiencia, interpretándolos con una libertad 
justificada por los trabajos de sus sucesores, no renunció asentar 
cierta distinción, que ha desaparecido de la enseñanza, entre 
los cuerpos indescomponibles ó simples de la química, cuales 
los dá la experiencia, y los elementos propiamente tales. 

No es dificil columbrar, con efecto, que Lavoisier no con- 
cedía á los metales, muchos ya en su tiempo, ni á los cuerpos 
no metálicos indescomponibles también, el carácter de verdade- 
ras sustancias elementales. 

Fuese repugnancia á considerar que debían ser muchos los 



94 
elementos reales de los cuerpos, lo cual no concuerda con efecto 
con la economía que ordinariamente emplea la naturaleza en 
cumplir sus designios, fuese obediencia á miras ocultas cuyo 
secreto se guardó, lo cierto es que al sentar Lavoisier la exis- 
tencia de 32 cuerpos indescomponibles con los recursos cono- 
cidos en su tiempo, y al considerarlos por tanto como los cuer- 
pos simples relativos de la química, admitió también la exis- 
tencia de otra clase de cuerpos más simples aún. 

Con ellos, en número de cinco, forma una clase determi- 
nada , denominándolos smlancias simples pertenecientes á los 
tres reinos, y que se pueden mirar como elementos de los cuerpos. 
Eran la luz, el calórico, el oxígeno, el ázoe y el hidrógeno. 

Dejó pues sentado Lavoisier con toda claridad, que se debe 
desechar cualquier juicio prematuro sobre la esencia de la ma- 
teria; que se debe considerar á la química como la ciencia que 
enseña á descomponer los cuerpos, y á estudiar los materiales 
cada vez menos compuestos que de ellos se sacan; que en la 
práctica se debe reservar el nombre de cuerpos simples á los 
que todavía no consigue separar; pero que no ha lugar á con- 
fundir estos cuerpos simples, que marcan el limite de las facul- 
tades de la experiencia, con los verdaderos elementos de los 
cuerpos, entre cuyos elementos puede haber barreras que no 
consigan salvar todavía las fuerzas conocidas. 

Todos los maestros de la ciencia posteriores á él, han profe- 
sado igual opinión. Conformes con el fundador de la química 
moderna, todos han admitido sin excepción que conviene lla- 
mar cuerpos simples de la química á los que se resisten á las 
fuerzas de la misma. 

Sin pretender que estos cuerpos simples fuesen los elementos 
mismos de los cuerpos, han podido sin embargo dejar revolotear 
alguna incertidumbre acerca de su opinión. No han hablado con 
efecto en general de los elementos, convencidos, como los con- 
íemporáneos de Lavoisier y el mismo Lavoisier, de que tocante 
á la esencia de la materia y á la naturaleza de los elementos, 
usando su lenguaje, se sabe tan poco que, dígase lo que quiera 
en este punto, se dice siempre de más, y el discurso más dis- 
creto sobre semejante asunto es el más corto. 

Sentando, como creo poderlo hacer, que los radicales de la 



95 

química orgánica y los de la mineral presentan manifiestas ana- 
logías, bien de colocación en grupos naturales, bien de caracte- 
res de las familias que constituyen, no se alterará dicha si- 
tuación. 

Siempre seguirá siendo cierto que la química considera 
como compuestos á los cuerpos que descompone, y como indes- 
componibles á los que no descompone. 

Lo mismo que cuando pone entre los cuerpos indescompo- 
nibles cualquier sustancia, quiere decir que se ha resistido esta 
á las fuerzas, á todas las fuerzas de que dispone. 

Y no se entiendan por estas sólo el calor, la luz y la electri- 
cidad. La experiencia nos enseña que, salvas ligerísimas excep- 
ciones, no producen estas fuerzas análisis alguna ó descomposi- 
ción que no puedan realizar las fuerzas químicas; y que por lo 
contrario, las fuerzas de la química consiguen en muchas oca- 
siones descomponer sustancias que el calor, la luz ni la elec- 
tricidad alteran. 

El químico que inscribiese en la lista de los cuerpos indes- 
componibles una sustancia que se hubiera resistido á la acción de 
las fuerzas físicas, y mejor aún á la de las químicas, estaría pues 
absolutamente en su derecho. No le basta esto sin embargo. 
Quiere que tal sustancia no se manifieste incapaz de combinarse 
con otras no descompuestas; en suma, que no actué como si 
estuviesen satisfechas sus afinidades. 

Lavoisier decia: la alúmina y la cal deben ser óxidos, por- 
que rehusan combinarse con el oxígeno, como si estuviesen sa- 
turados de él. Hoy, con arreglo á este principio, nadie pondrá 
al ácido fluorhídrico entre los cuerpos simples, aun cuando no 
se hubiera sacado de él hidrógeno, por la única razón de ser 
un cuerpo que no se une en masa con los metales ni con los 
cuerpos no metálicos. 

Los químicos reconocen, pues, que un cuerpo es simple, ó 
más bien que tienen que habérselas con un radical indescom- 
ponible, por los tres signos siguientes: 
1 ." Que se resiste á las fuerzas físicas. 
2." Que se resiste á las fuerzas químicas. 
3." Que es capaz de combinarse, sin perder peso, con los 
cuerpos simples ó radicales conocidos. 



96 

Se puede asegurar por lanío que cualquier trabajo encami- 
nado á reconocer si los radicales ó cuerpos simples asi delinidos 
resisten á la aplicación de las fuerzas químicas, y en especial 
á la de las físicas, carece de objeto, puesto que está convenido 
llamarlos simples en cuanto disfrutan de estas propiedades. 

Tampoco se necesita enseñar á los químicos <pie los cuerpos 
que no pueden descomponer no se descomponen, como no lo 
sería que los compuestos se descomponen; son dos verdades de 
igual clase. 

Los químicos han llevado con efecto la análisis hasta donde 
lo permitía la potencia de las fuerzas de que disponen, ó la 
energía de las reacciones, cuyas f(')rmulas conocen. 

Todavía han hecho más, que ha sido reducir con esta aná- 
lisis todos los cuerpos de la naturaleza á ciertos metálicos ó no 
metálicos, que manifiestan con caracteres comunes incontesta- 
bles, y con una afinidad mutua, enérgica, que todos son radica- 
les de igual clase. 

Porque en tal situación nazca alguna razón de dudar que 
estos radicales sean cuerpos simples, y de que la química haya 
dicho cuanto tenga que decir acerca de ellos, ¿se ha de volver 
á empezar la serie de demostraciones perfectamente sentadas, 
que prueban que hasta ahora no se han podido descomponer? 
No pienso así. Las manipulaciones infinitas de los laboratorios 
de la ciencia y de la industria, de un siglo acá, no han podido 
dejar vislumbre siquiera de duda. No se trata de volver atrás; 
lo que el pasado nos dice, todos lo toman por cierto y por sufi- 
cientemente probado. 

Trátase de mirar á lo futuro, y de ver si es posible dar un 
paso adelante, pero un paso dificíl, el más dificil en mi con- 
cepto que la ciencia humana haya intentado, y que exije desde 
luego otra cosa más que el empleo del calor, ó la aplicación de 
las fuerzas eléctricas comunes, permítaseme decirlo. 

Con efecto, si la química es una ciencia nueva, los fenóme- 
nos químicos son tan antiguos como el mundo; y esos radicales 
de la química mineral que se trataría de sujetar á ulterior des- 
composición, no los conocen de ayer los hombres. Desde los 
tiempos históricos primitivos se columbra su existencia, y en 
cierto modo su inmutabilidad también. No los descubrió Lavoi- 



97 

sier; exisliaii: no hizo más que ponerlos en su verdadero sitio; 
no descubrió las reacciones que los producen, ó las que eviden- 
cian sus afinidades naturales; conocíanlas las arles; sabian 
aprovecharlas los laboratorios; no hizo mas que explicarlas, 
dar la teoría de ellas. 

Descomponer los radicales de la química mineral sería, pues, 
una obra más difícil que la que tuvo Lavoisier la dicha de em- 
prender y concluir, porque equivaldría á evidenciar, nosólo seres 
nuevos y desconocidos, como de cuando en cuando se descubren, 
sino seres de nueva y desconocida naturaleza, cuyos aspectos ó 
propiedades no puede representarse nuestro entendimiento con 
analogía ninguna. Equivaldría á llevar la análisis de la materia 
hasta un punto, que de conocimiento de los hombres, no han al- 
canzado jamás las fuerzas naturales más enérgicas, ni las combi- 
naciones y los procedimientos de la ciencia más prepotente. 
Equivaldría á aprovechar fuerzas que ignoramos ó reacciones 
por nadie discurridas. 

Trátase por tanto de uno de los problemas que el entendi- 
miento humano necesita meditar siglos enteros, en el cual 
pueden gastar sus fuerzas generaciones seguidas, en el cual no 
cabe la análisis de un Newton, á no venir preparada por los sis- 
temas de más de un Copérnico y por el empirismo de más de un 
Keplero. 

En resumen: 

Los compuestos que los tres reinos ofrecen á nuestro estu- 
dio, se reducen por la análisis á cierto número de radicales, sus- 
ceptibles de clasificarse en familias naturales. 

Los caracteres de estas familias, bien se trate de los radicales 
de la química mineral, bien de los de la orgánica, manifiestan 
incontestables analogías. 

Pero los radicales de la química mineral difieren de los de 
la orgánica en cuanto son compuestos; disfrutan por lo menos 
tal estabilidad, que las fuerzas conocidas son incapaces para des- 
componerlos. 

Pero esta analogía manifiesta entre los radicales de la quí- 
mica mineral y los de la orgánica, autoriza seguramente á pre- 
guntarse si no son cuerpos compuestos aquellos como estos. 

Preciso es añadir por último, que no da luz alguna acerca de 

TOMO IX. 7 



98 

los medios de llegar á descomponerlos, y que si algún dia So 
llega, será en virtud de fuerzas ó leaeciones que ni siquiera 
sospechamos. 



FlSICit DEL. C;L.0B0. 

Sobre las observaciones horarias de declinación magnética he- 
chas por el capitán Maguerie y los oficiales del Plover del 
año 1852 al 1854 en la punta Barrote, junto al mar polar; 
porMv.. Sabine. 

(Bibliot. univ. de Ciiiobra, mujo I83S.) 

La punta Barrow, situada á 71° 21' de latitud N. y 156° 15' 
de longitud O. de Greenwich, es el cabo más septentrional de la 
parle del continente americano comprendida entre el estrecho 
de Behring y el rio Mackenzie. En la ensenada que allí hay, es- 
tacionó desde mediados de octubre de 1852 hasta fines de ju- 
nio de 1854 el navio de la marina real británica Plover, con el 
fin principal de socorrer y abastecer á los dos buques de la ex- 
pedición de Juan Franklin el Erebe y el Terror á su arribada 
á aquellos parages; fin que desgraciadamente no se cumplió, 
porque estos buques no avanzaron hasta allí al marchar del E. 
al O. En tanto tiempo hizo sólo un viaje el Plover al puerto 
Clarence, en el estrecho de Behring, de julio á setiembre de 
1853, para tomar víveres frescos; y en aquella vida triste y 
monótona que llevaron el capitán Maguerie y demás oficiales 
del navio en la punta Barrow, les entretuvieron sólo las muchas 
observaciones magnéticas que hicieron. Bemilidas al general 
Sabine, sacó de ellas resultados interesantes, que consignó en 
una Memoria de 35 páginas en 4.", leída en la Sociedad Real 
de Londres el 19 de noviembre de 1857, y publicada luego en 
las Transacciones filosóficas del mismo año. Proponémonos ex- 
tractarlas. 

Los instrumentos magnéticos entregados por el depósito de 
Woohvich al capitán Maguerie fueron: 1.° dos brújulas de in- 
clinación, con círculos verticales de 6 pulgadas de diámetro 



\ 



99 

una y9|la otra, y con sus dos agujas imantadas cada una, cons- 
truidas por Barrow; 2.° un declinómetro portátil, como lo des- 
cribe el Manual de Riddell, con un imán perforado de 3 pulga- 
das de largo, y dentro una escala de colimación, cuyas divisio- 
nes se leian con un anteojo puesto á cierta distancia. 

El observatorio temporal, como lo describe Mr. Hiill, cuyo 
celo y perseverancia en ayudar al capitán Maguerie en las ob- 
servaciones se citan con elogio, constaba de una casa exterior 
de hielo, de figura cuadrada, de 12 pies de lado y 7 de alto; y 
dentro otra de cuero de vaca marina de 7 pies por 6. El de- 
clinómetro y el anteojo se pusieron sobre dos postes, distantes 
entre sí 23 pies, clavados en el suelo, y consolidados por el 
hielo. En el ángulo N. O. se puso otro poste para el cronóme- 
tro, y fuera del observatorio un pedeslal para poner la brújula 
de inclinación al tiempo de hacer las observaciones, que se 
verificaban dos veces á la semana. 

Las observaciones de hora en hora con el declinómetro se 
principiaron el 5 de noviembre de 1852. Al momento se notó 
la conexión de la aurora boreal con los movimientos del imán: 
cuanto más brillaba, más rápidas eran las variaciones magné- 
ticas; y la aparición de la aurora al S. correspondía á un mo- 
vimiento del imán al E. del punto N. magnético, y la misma 
al N. á otro al O. También se notaron grandes irregularidades 
de los movimientos del imán durante el dia, en especial por la 
mañana, y siempre con tiempo nublado ó encapotado. No fué 
raro ver salirse entonces el imán del campo del anteojo, hacia 
el E. principalmente, y no volver á entrar hasta algunos mi- 
nutos después. El 17 de diciembre de 1852 se levantó un viento 
recio S. O., que elevó 3 pies el nivel común del mar, por lo 
cual hubo que quitar los instrumentos, é interrumpir 5 dias 
las observaciones. El mismo viento alejó los témpanos de la 
costa, y quedó más libre el canal. Después de haber estado pa- 
radas las observaciones de 1833 del 22 de junio al 11 de octu- 
bre, se volvieron á continuar hasta el 30 de junio de 1854; se 
hicieron en total 10.072 en 17 meses. 

Considera Mr. Sabine aparte las observaciones correspon- 
dientes á momentos de perturbaciones de los movimientos de la 
aguja, que asciendan lo menos á 10 divisiones de la escala, ó 



100 
sean unos 23 minutos de grado. Se hicieron 1.821 observacio- 
nes de esta clase, en las cuales fueron como 1,6 es á 1 los des- 
víos al E. respecto de los al O. De una tabla de estas grandes 
variaciones, repartidas según las horas en que ocurrieron, in- 
fiere el autor, que en las 24 horas hay dos épocas de máximo y 
dos de mínimo. Sucede el primer máximo de las 7 á las 9 de 
la mafiana, y el primer mínimo de las 3 á las 6 de la tarde; 
el segundo máximo de las 11 á la 1 de la noche, y un corlo 
mínimo entre 3 y 4 de la madrugada. Iguales épocas se advier- 
ten en Toronto, en el Canadá, y concuerdan mucho con las do 
las variaciones diurnas del barómetro; unas y otras obede- 
cen evidentemente á una ley conexionada con las horas del 
tiempo solar en cada estación. 

De otra tabla resulta que el máximo de las oscilaciones de 
la declinación magnética de la mañana lo ocasionan principal- 
mente en la punta Barrow las variaciones orientales, y el de la 
noche las occidentales, correspondiendo el mínimo en uno y 
otro caso á las horas de la tarde arriba mencionadas. Pero las 
perturbaciones al E. son las más marcadas con mucho, puesto 
que la extensión de estas variaciones, respecto de las que su- 
ceden en el mínimo, guardan la relación de 25 á 1 en sentido 
oriental, y de 7 á 1 en el occidental. Comparando bajo este 
aspecto en otra tabla las grandes perturbaciones que ocun-en 
en Toronto y en la punta Bai row, saca el autor la conclusión 
de que las orientales en una estación corresponden en general, 
en punto á época é intensidad, á las occidentales de la otra, y 
vice- versa. 

Tiene Mr. Sabine por prematuro el buscar una explicación 
física de todas estas circunstancias. La acción solar es eviden- 
te, ya por lo dicho, ya por la identidad que antes que nadie 
comprobó entre el periodo de unos 11 años, señalado por Mr. 
Schwabe de las manchas del sol, y el de igual duración de las 
variaciones magnéticas. «La cuestión más importante, añade, 
que ocurre resolver, es la concerniente á la manera de verifi- 
carse la causa primitiva ó excitante. Trátase de saber si los fe- 
nómenos observados resultan de la intluencia del sol actuando 
independientemente del magnetismo terrestre; ó de una reac- 
ción en la cual deban considerarse los efectos magnéticos; ó 



101 

fmalmenlo, si consideraciones físicas de otra especie, como las 
circunstancias parliculares de la tierra ó de su atmósfera, alte- 
ran ó nó la acción de la causa primitiva en diferentes parajes. 
Conocidos ulteriormente los citados fenómenos en pocas estacio- 
nes adicionales discretamente distribuidas, acaso se podrán re- 
solver estas cuestiones ú otras por el estilo, en especial si com- 
prendiesen las observaciones las variaciones de la fuerza ó 
intensidad magnética, asi como las de su dirección. Los recur- 
sos y métodos de observar son bastante sencillos. Iguales ins- 
trumentos á los empleados tan útil y convenientemente por el 
capitán Maguerie y demás oficiales, se han entregado á casi 
todas las expediciones qne de 12 años acá han invernado en el 
círculo polar ártico; pero el seguir observaciones cada hora por 
muchos meses de forzosa detención, careciendo de estimulo 
profesional ó de dirección efectiva, requiere quizás mayor celo 
y entusiasmo del que cabe esperar. En una de tales expedicio- 
nes (la única que por desgracia no ha vuelto), el celo sobrado 
reconocido de su comandante Juan Franklin en favor de la 
ciencia, y el afán de sus oficiales por cooperar con él, infundían 
lisonjeras esperanzas. En las cartas escritas por los comandan- 
tes del Erebe y del 1 error á luego de arribar á la bahía de 
Baffin, hablan de poner observatorios magnéticos donde quiera 
que invernasen. Llevaban instrumentos preparados en Wool- 
wich á la vista de Mr. Riddell, para observar las variaciones 
de la intensidad y dirección magnética. No cabe duda de que 
hicieron observaciones de esta clase el invierno de 1845 á 1846, 
y acaso el siguiente, puesto que debían estar entre los meri- 
dianos de Toronto y la punta Barrow. La Sociedad Real abriga 
la esperanza de que se podrán hallar estas colecciones precio- 
sas de observaciones, recompensando así la decisión y perse- 
verancia con que se sigue buscando al Erehe y al Terror. El 
distinguido oficial (capitán Mac Clintock), que acaba de salir de 
las costas británicas, camino del mar polar en el yacht Renard, 
lleva consigo, merced á la ayuda de la Sociedad Real, los ins- 
trumentos precisos para observar la dirección y fuerza magné- 
tica, procedentes todos del observatorio de Kew; y de esperar 
son interesantes resultados de esta expedición.» 

Después de haber eliminado Mr. Sabine el efecto de las 



102 

grandes perturbaciones raagnélicas de las observaciones hechas 
en la punía Barrow, llega a números no lan altos, y á épocas 
correspondientes á las de las variaciones observadas en otras 
partes, ó de las solares diurnas regulares. Saca así que la 
máxima declinación occidental sucede allí, como en Toronto. 
entre 1 y 2 de la tarde por término medio, al paso que el total 
de observaciones lo da hacia las 11 de la noche; la máxima decli- 
nación oriental ocurre á cosa de las 7 ó las 8 de la mañana. La 
variación diurna regular es mucho mayor en la punta Barrow 
que en Toronto, puesto que su máximo al E. sube por tér- 
mino medio á 15', 2 en aquel punto y sólo á 4', 4 en éste, y 
los respectivos máximos al O., á 8', 2 y 5',1. La vuelta al E. 
sucede notablemente más tarde en la punta Barrow que en To- 
ronto, y el autor lo atribuye á que parle de las variaciones acci- 
dentales de poca monta están incluidas en las regulares, y á que, 
según se dijo antes, las citadas variaciones irregulares ocurren 
á tales horas al O. en aquel punto, y al E, en este. El antago- 
nismo de horas que se ve entre las variaciones irregulares en 
ambos puntos, parece á Mr. Sabine una confirmación singular 
de lo conveniente que es considerar aparte y con toda distin- 
ción las (los clases de variaciones. «La causa primitiva de los 
fenómenos es, dice, una misma sin duda alguna; una y otra 
obedecen al influjo de las horas solares, y eslán igualmente 
subordinadas al período de incremento y decrcmento que pre- 
sentan las manchas solares; pero la manera de obrar, ó los ca- 
minos por donde se producen los efectos, deben ser distintos. 
Las horas de las variaciones extremas al E. y al O. son pro- 
bablemente unas mismas para la variación solar diurna en to- 
das las parles extra-tropicales de un mismo hemisferio; al paso 
que son probablemente diversas las épocas de las variaciones 
accidentales, según los parages. No influye al parecer nada el 
valor absoluto de la declinación magnética en las horas de la 
variación diurna, porque es de 41" al E. en la punta Barrow. 
y de 2° al O. en Toronto; y esta diferencia de 43° en la direc- 
ción media de la aguja imantada, no la ocasiona en las épocas 
de las variaciones solares diurnas de declinación, ni la de 28° 
entre las latitudes de ambos puntos.» 

En cuanto á la aniplilud de las variaciones, comparadas con 



103 
su punió extremo occidenlal, donde es casi la mínima la influen- 
cia de las perturbaciones, sale de 5',1 en Toronlo y de 8', 2 en 
la punta Barrow. Ahora bien, los valores de la fuerza magné- 
tica terrestre horizontal son respectivamente 3,'o3 y 1,79. Si 
la variación estuviese exactamente en razón inversa con estos 
valores, deberla ser de 10' en la punta Barrow, siendo de 5M 
en Toronlo; pero como no se trata mas que de valores aproxi- 
mados, se puede decir que las amplitudes de las variaciones 
regulares están casi en razón inversa con las intensidades ho- 
rizontales. Comparadas las amplitudes de las variaciones acci- 
dentales, se ve desproporción excesiva de efectos, puesto que 
rara vez pasan tales variaciones de 2' en Toronlo, mientras 
que son 9 ó 10 veces mayores en la punta Barrow, según las 
observaciones apuntadas; y todavía lo son más en realidad, 
porque el imán del declinómetro traspasó 40 veces, al tiempo 
de observar, los límites de su escala dividida, correspondientes 
á cosa de 3" á uno y otro lado de la posición media. No puede 
pues explicarse la diferente fuerza magnética horizontal por las 
grandes perturbaciones ocasionales referidas. 

A estas grandes variaciones acompañan frecuentes auroras 
boreales en la punta Barrow. Los meses de diciembre, enero y 
febrero, cuando apenas habia día en aquel parage, y cuando es- 
taba por lo común raso el cielo, en 1786 observaciones magné- 
ticas horarias apuntadas el primer año de estancia , hay 464 
con aurora. Se vio esta también el año siguiente 615 veces en 
1837 observaciones, lo cual da en los 2 años una tercera parle 
casi de las horas de observación. Apareció especialmente de 
las 7 de la tarde á las 7 de la mañana, viéndose apuntada así 6 
veces de 7 en los 3 meses mencionados. 

Es singularísimo que en medio de tan grande frecuencia de 
apariciones de aurora boreal, y no obstante lo largo de las no- 
ches polares, no haya observada una sola entre las 11 de la 
mañana y las 3 de la larde, lo cual no indica únicamente la 
invisibilidad. sino la falta de aurora á tales horas. La más fre- 
cuente es la 1 de la madrugada, siendo muy regular el decre- 
mento de la aparición á uno y otro lado de este máximo. Esta 
progresión guarda analogía con la de las perturbaciones occi- 
dentales de la declinación magnética en aquel mismo punto, 



104 

pero ninguua con la marcha de las orientales. Tampoco se pue- 
de decir que la presencia de la aurora coincida en casi todos los 
casos con la existencia simultánea de una perturbación magné- 
tica de la clase de las consideradas en esta memoria, porque en 
las 1079 horas en que se apunta aparición de aurora, sólo hay 
272 ó la cuarta parle casi en que se hayan observado al propio 
tiempo variaciones de 23' ó mas. 

Se hicieron en la punta Barrow 145 observaciones de in- 
clinación de la aguja imantada, ya con uno, ya con el otro de 
los aparatos arriba mencionados. El término medio de las del 

primer año, ó de 18d2 á 1853, dio 8r36' 

segundo 81 35,6. 

Las observaciones con la brújula de 9.i pulga- 
das dieron por término medio 8r35',4. 

Las hechas con la de 6 pulgadas 81 3G ,6. 

Se ven diferencias de algunos minutos de grado entre los 
términos medios mensuales, sin advertirse progresión re- 
gular. 



iii:te:oroe.oc;ia. 



REAL OBSERVATORIO ASTRONÓMICO DE iMADRlD. 



Mes de enero de 1859. 



BARÓMETRO. 

Altura media 

máxima (dia 10) 

mínima (dia 23) 

Oscilación mensual 

máxima diurna (dia 8) 
mínima diurna (dia 15 



Pulgadas in- 




glesas. 


Milímetros. 


28,067 


712,889 


28,361 


720,356 


27,879 


708,114 


0,482 


12,242 


0,259 


6,580 


0,038 


0,966 



105 

TERMÓMETRO. 

Temperatura media 

máxima (dia 24) 

mínioia (dia 11) 

Oscilación mensual 

máxima diurna (dia 12) 
mínima diurna (dia 30). , 

PLUVÍMETRO. 

Lluvia caida en el mes 



Fahr. 


Reaum. 


39°. 4 


3»,29 


45,7 


6.09 


34,4 


1,07 


11,3 


5,02 


27,5 


12,22 


3,3 


1,55 



Cent. 

4M1 
7,61 
1,34 
6,27 
15,27 
1,94 



Pulg. ingl. 



0,325 



Milímetros. 



8,256 



i06 



I é I 



e-1 



■susni\n|| EciQ 



2 1 'sojjaiqnD SB¡a 



>o©it-»«*eit-<xiíM(?ioO' 



g 1-saqna ana sciQ 



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Sobre un taladrado artesiano verificado en Ñapóles; por MM. 
Degousée y Laurent. 

(Curaptes rendus, 24 mnj-o 18S8.) 

El año de 1851 se principió el sondeo en el palacio del 
rey de Ñapóles. Se emprendió para una profundidad presunta 
de 250 metros, y el año de 1854 se habia llegado á la de 465, 
que es la actual, no sin que ocurriesen frecuentes interrupcio- 
nes. Deducido el tiempo perdido, y no obstante las especia- 
les dificultades de un terreno desconocido, se obtuvo la citada 
profundidad de 465 metros en menos de 2 años de trabajo efec- 
tivo dia y noche. 

La terraza del palacio, que constituye un jardin, está ele- 
vada 20 metros sobre el nivel del mar. El eje del sondeo dis- 
ta 152 de la orilla. 

Debajo de la tierra vegetal y del terreno de acarreo, atra- 
vesó primero la sonda 85™, 90 de toba volcánica sólida, luego 
122«>,10 de alternancias estratificadas de arenas, piedras pó- 
mez mezcladas con cenizas, arcillas arenáceas y cantos Iraquí- 
ticos. La formación de la toba volcánica de los campos Flegreos 
tiene por consiguiente su base á 204", 50 debajo del nivel del 
mar. 

El terreno subapenino que le sigue consta de margas azu- 
les, más ó menos compactas y arenáceas, con conchas marinas; 
arenas finas que contienen cantos rodados de arenisca y conchas 
también marinas; en seguida margas compactas azules mica- 



112 

ceas muy conchíferas. La base de esta formación, de un espesor 
dc98m,70, está 303 metros debajo del nivel del mar. Las are- 
nas, que llenen 25™, 58 de potencia, contienen una capa de agua 
ascendente, que sube á 8"', 50 sobre el nivel del mar. 

Continuando el taladrado se llegó á la formación ádma- 
cigno, caracterizada por la presencia de las fucoideas y por la 
falta de conchas fósiles. Los diferentes estratos de este ter- 
reno están constituidos por areniscas incoherentes, arenas y ar- 
cillas margosas hasta 445 metros de profundidad debajo del 
nivel del mar, ó 465 del de la terraza del palacio. Desde estas 
arenas ascendió hasta 10'", 50 sobre el nivel del mar el agua 
de otra capa dotada de mayor fuerza impelente que la an- 
terior. 

Sube esta capa por la columna central, mientras que la otra 
se conserva en el espacio anular comprendido entre dos tuberías 
de diámetros desiguales. El nivel de esta permanecia constante, 
al paso que el de la columna interior experimentaba conti- 
nuas oscilaciones. Se hicieron perforar horizontalmente las pa- 
redes de las dos tuberías á 8 metros debajo del nivel del mar. 
Pero apenas se hubo abierto la columna exterior sólo, estando 
todavía la terraja dentro del taladro, cuando saltó fuera el 
agua con un ruido inusitado, y con ella se desprendió tanto 
ácido carbónico, que costó mucho trabajo sacar sanos y sal- 
vos los obreros, á quienes por precaución se les habían atado 
cuerdas. 

De la cúspide de la columna délos tubos exteriores, situada 
á 13 metros sobre el nivel del mar, y por todo el espacio libre 
existente entre las dos columnas, salió el agua con suma veloci- 
dad; pero al volver á caer al fondo de la excavación la absorbie- 
ron los terrenos incoherentes que recubren á la toba volcánica, 
y corrió subterráneamente hasta el mar; el nivel del agua dentro 
del tubo subió sólo á 2"', 75. El volumen de agua parecía que 
aumentaba progresivamente, experimentando intermitencias, 
después de las cuales despedía el agua cantidades bastante 
grandes de ácido carbónico; y como este se estancaba dentro 
de la excavación auxiliar á 6 metros de profundidad, diticultaba 
mucho las operaciones. 

l'or lo que queda expuesto era de inferir con alguna proba- 



113 

bilitlad, que se obtendría un volumen considerable de agua ha- 
ciendo brotar con mayor velocidad las de las dos capas conteni- 
das en los tubos, tanto internos como externos. El Rey, que 
mira con el mayor interés todas las invenciones útiles, estuvo 
el 21 de setiembre último á visitar el sondeo, y después de 
haber discutido largo tiempo con los vocales de una comisión 
especial acerca de todas las cuestiones que, ya miradas bajo el 
aspecto físico, ya bajo el geológico, se hallan en relación con el 
fenómeno producido, mandó construir inmediatamente un canal 
subterráneo para poder utilizar en una parte de la ciudad las 
aguas obtenidas. 

A fines de diciembre se terminó el canal; los experimentos 
ó medidas hechas en todo enero dieron para el volumen de agua, 
que sube á 8 metros sobre el nivel del mar, números que va- 
riaron entre 335 y 462 litros por minuto. 

La temperatura de esta agua fué invariablemente de 20 
grados. 

Por último, el 29 de enero se corlaron decididamente las 
tuberías á 7'",80 sobre el nivel del mar; la cantidad de agua 
y arena que entonces surtía eran unos 1.000 litros por minuto; 
esta cantidad fué creciendo progresivamente hasta el 14 de 
marzo, en que se verificó el decímooctavo experimento de 
aforo, midiéndose 1.300 litros; en el día llegan ya á 1.408. 

Guiscardi ha examinado el gas que se desprende del agua 
del pozo artesiano taladrado en el jardín del palacio del 
Rey de Ñapóles. Lo analizó el 26 de octubre de 1857 á las 10 
de la mañana. Estaba el aire á la temperatura de 19°, o, y te- 
nia el gas la de 20 grados. Es tal gas una mezcla de aire atmos- 
férico y ácido carbónico: tres análisis dieron 43,4, 41,0 y 42,3 
por 100 de ácido carbónico. 



Datos generales sobre la geología de una parte hasta hoy en- 
teramente desconocida del Asia Menor; por Mr. P. de 

TCHYHATCHEF. 

(L'lnslitut, 2% julio H8b8.) 

El autor envía de Kerasum, donde estaba el 20 de junio, 
las noticias siguientes sobre la geología de una parle del Asia 

TOMO IX. 8 



114 

Menor, situada entre el Ponto y la Armenia propiamente tal, 
que acaba de visitar, y que hasta el dia era una tierra poco me- 
nos que desconocida. Coge un espacio de 200 kilómetros de N. 
áS.,ydeI)00deO. áE. 

«Yendo de Sarasun del N. N. O. al S. S. E. al lugar de 
Sumisa, y siguiendo el Licus (Germeilitchai) desde Sumisa 
hasta Chabhana-Karahissar, me convencí de que toda aque- 
lla parte del Ponto es muy montañosa y frondosa; se compo- 
ne en su mayor parte de la misma traquita de pasta piroxéni- 
ca oscura y de cristales de feldespato blanco, que es la roca 
más común en el vasto territorio Iraquítico del Asia Menor. 
Aquellas erupciones traquiticas que en varios puntos del pais 
de que hablamos llegan á considerable altura, alternan con ma- 
cizos calizos, cuya edad desesperaba de poder determinar, cuando 
estando á dos jornadas al O. de Chabhana-Karahissar tuve la 
fortuna de descubrir en ellos muchos Nummulites acompañados 
de varias especies de Terebrátulas, y celebré tanto más des- 
cubrir estas, cuanto que se desconocen casi los Braquiopodes en 
los depósitos nummuliticos del Asia Menor. Las alternaciones en- 
tre las Iraquitas y las calizas nummulíticas (todas de estratos 
muy levantados, buzando por lo general al N. O. y al N. E.) 
son tan frecuentes, que no se podrían pintar todas sino en una 
carta de escala muy grande ; la geológica del Asia Menor , que 
me propongo publicar, indicará sólo algunos de estos curiosos 
enredos, ciñéndome á consignar en el texto todos los detalles, sin 
olvidar las interesantes observaciones que he podido hacer sobre 
los fenómenos de contacto entre las traquitas y las calizas. En 
medio de aquella aglomeración, al parecer caótica, de traquitas 
y depósitos nummuliticos, predominan aquellas, y ocupan el es- 
pacio más considerable. Las rocas traquiticas componen exclu- 
sivamente la interesante comarca donde está la ciudad de Chab- 
hana-Karahissar; y llevados sin duda de noticias inexactas, cuya 
fuente ignoro, la han representado Murchison y Dumont como 
perteneciente á la formación cretácea en sus cartas geológicas de 
Europa, para las cuales di yo los datos tocantes á la parte del 
Asia Menor situada al O. de Chabhana-Karahissar. El hecho 
es que no hay indicio alguno allí de tal formación cretácea, al 
paso que por lo contrario la roca traquítica que únicamente cons- 



115 
lituye aquella comarca, ofrece parücularidades curiosas á lo 
sumo. 



ZOOE.OCÍ1A. 

Sobre un método nuevo de estudiar los cetáceos; por Mr. Es- 
CHRiCHT, profesor de la Universidad de Copenhague. 

(Comptes reodus, '12 julio 4838 ) 

En tanlo que la zoología ha hecho inmensos progresos en 
este siglo en todos sus demás ramos, la cetologia ha permane- 
cido en gran atraso. Así pues, al paso que el estudio de todos 
los demás animales se ha hecho cada vez más fácil, gracias á 
la perfección del microscopio, de las casas de fieras, y última- 
mente de los acuarios, las dificultades del estudio de los ce- 
táceos han aumentado de un año á otro. 

La pesca de las ballenas, que en otro tiempo se extendía desde 
las costas de Francia y España al mar abierto de la Islandia, 
del Spitzberg hasta más allá del Ecuador, apenas se hace aho- 
ra por los buques balleneros sino en el mar Pacifico, ó más bien 
en las costas del Japón y del golfo de Okhotck en la Siberia, y en 
el estrecho de Behring, último refugio tal vez de una industria 
que ha destruido un celo exagerado. 

Esto, por lo que respecta á los grandes cetáceos, que consti- 
tuyen el objeto de una pesca regular, como las ballenas francas ó 
verdaderas ballenas (ñightwales) de los marinos, y también los 
cachalotes. En cuanto á los demás cetáceos de magnitud colosal, 
que no son objeto de una pesca regular, ni nunca los han adquirido 
los museos sino por varadas accidentales, con especialidad los 
ballenópteros ó rorcuales, su estudio ha ofrecido siempre difi- 
cultades casi insuperables. Esto consiste, en primer lugar en 
que no puede determinarse su especie, mientras no se establezca 
el diagnóstico de las diferentes especies de dicho grupo; y en 
segundo, porque el examen anatómico de un cetáceo de mag- 
gitud colosal encallado en la playa, no puede practicarse sino 
de un modo incompleto. Y no es pequeña adquisición, la de 
procurarse de tiempo en tiempo un esqueleto casi completo. 



116 

Relativamente á los cetáceos de menores dimensiones, na- 
die duda que los naturalistas los obtienen con mucha mayor fa- 
cilidad. Así pues, la anatomía del marsopla es perfectamente 
conocida casi bajo todos sus aspectos. Quedarán , sin embargo, 
muchas cuestiones por resolver, mientras no se disponga sino 
de muestras tomadas accidentalmente en las redes de pescar. 
En los siglos pasados, la anatomía de diferentes especies de del- 
fines ó marsuinos hubiera podido hacerse fácilmente , pues había 
aún pesquerías regulares de estos animales á lo largo de las costas 
europeas, como las de Grecia, Francia y España. 

He tenido ocasión oportuna de observar las inmensas ventajas 
que estas pesquerías regulares ofrecen el estudio. Todavía sub- 
sisten dos en las islas dinamarquesas situadas entre la Suecia y 
la Jullandia; una y otra sirven para la pesca del marsuíno co- 
mún. Es evidente que este cetáceo, al perseguir á las sardinas, 
entra con mucha regularidad, y en gran número, todas las pri- 
maveras en el Báltico, para salir de él en los meses de diciem- 
bre y enero. Pero lo notable es que entra siempre por el Sund, 
entre la Suecia y la isla de Seeland, en la cual está situada Co- 
penhague, y sale siempre por el Pequeño Belt, entre laFionia y la 
Jullandia. He dicho que en estas dos pesquerías regulares de mar- 
suinos he tenido oportunidad de ver las inmensas ventajas que 
ofrecen los indicados establecimientos en las costas para el estudio 
déla anatomía y fisiología de los cetáceos en general. Lo que ne- 
cesitamos para fundar la cetología sobre una base sólida, no son, 
en mi concepto, las monografías de ciertos individuos enca- 
llados acá y allá, sino las de ciertas especies, bastante com- 
pletas para ponernos en estado, primero de formar una idea 
clara de su modo de vivir, de sus emigraciones, y en una pa- 
labra, de su fisiología, y luego de poder distinguir la especie 
en los dos sexos y en las diferentes épocas de su desarrollo, no 
solo por el conjunto de los caracteres exteriores y por el esque- 
leto entero, sino también en general por cada una de sus partes, 
y sobre todo por aquellas que no ha atacado la maceracíon, 
puesto que muchas veces estas partes aisladas es todo lo que los 
zoólogos tienen á su disposición. 

He aquí, en efecto, lo que puede hacerse; y no sería muy di- 
fícil respecto del marsuíno común, por medio de las pesquerías ya 



111 

mencionadas, que se hacen en las islas dinamarquesas. En pri- 
mer lugar pueden adquirirse en los meses de mayo y abril, y 
luego en diciembre y enero, tantos marsuinos como se quiera 
enteramente frescos, y aun también algunas veces vivos. (Ha- 
llándome en Copenhague, me enviaron un individuo que no 
murió hasta pasadas 12 horas, á consecuencia de una inyección 
de agua libia en las venas, hecha para medir la cantidad de la 
sangre). Se pueden conseguir machos y hembras, adultos y jó- 
venes, que maman todavía, y también fetos del mes de diciem- 
bre, y aun de noviembre hasta mayo; de manera que no fallan 
probablemente sino felos de los dos primeros y del último. No 
es posible apreciar debidamente la ventaja de un número in- 
definido de ejemplares que se renueve de seis en seis meses; esto 
sin contar la ventaja de poder continuar un examen interrum- 
pido por una razón cualquiera, y de repetir más adelante otro 
de resultados dudosos. Hay cuestiones que es imposible resol- 
ver, si no se dispone de gran número de muestias. Por ejem- 
plo, para saber hasta dónde llega la diferencia individual en el 
número de las vértebras ó de las costillas, y en general para 
distinguir las formas individuales ó accidentales, de las que 
pertenecen á la especie; pues en efecto, el número de las prue- 
bas da la medida del valor del examen. Pero el mayor valor de 
las observaciones, hechas con ejemplares procedentes de una 
determinada pesquería, es que la prueba de su exactitud se 
halla al alcance de todos. Es un error creer que se ha vislo todo 
lo que debe verse, y que se ha hallado todo lo que puede descu- 
brirse en cierta especie; pues que los ojos de otro observador 
advertirán en ella nuevas cosas, al paso que las cuestiones que 
nos han parecido de la mayor importancia , ofrecerán á nues- 
tros sucesores mucho menos interés que el de las que ellos ha- 
brán de resolver. Por el natural desarrollo de la ciencia, toda 
monografía cimentada en un ejemplar aislado, ha de ser como 
un individuo estéril en la historia de la ciencia; en tanto que 
la verdadera monografía de una especie se hallará sujeta siem- 
pre indefinidamente á correcciones, aumentos y modificaciones. 
Tomando como lema de estos esludios la misma especie que 
constituye el objeto de una pesca regular, se tiene además la 
gran ventaja de poder aprovecharse de las observaciones hechas 



118 

por los pescadores en estos animales vivos. Sabido es que esos 
hombres prácticos tienen la mayor perspicacia en lodo lo relativo 
á su oficio, al paso que ignoran todo lo que no se refiere directa- 
mente á él. El marino ballenero distinguirá las verdaderas ba- 
llenas de cualquiera otra especie de ellas por la forma y el co- 
lor de todo lo que se muestra en la superficie del mar mientras 
nadan, y por su manera de dejarse ver y de sumerjirse; á una 
distancia mayor las distinguirá por la forma del vapor de su 
aliento, que á cierta distancia es tan parecido á unos chorros de 
agua, que se les confunde con ellos; y en la oscuridad de la noche, 
por el ruido de su resoplido, que se oye algunas veces á la dis- 
tancia de más de 1 kilómetro. Y no obstante, para ese mismo 
marino ballenero, tan gran observador en los límites de su ofi- 
cio, todas las diferentes especies de cetáceos con dientes serán 
ó marsuinos {porpesses de los ingleses), ó delfines, ó sopladores 
igrampus de los ingleses), y contará tal vez historias de ellos, 
que positivamente no pasarán de fábulas. Lo mismo puede de- 
cirse de los pescadores de las costas. Su testimonio no tiene abso- 
lutamente la menor autoridad, excepto en lo que se refiere á 
la especie á cuya pesca se dedican; pero en lo relativo á ella, el 
sabio debe hacerse discípulo del pescador. 

Juzgúese, en vista de esto, hasta qué punto debió ser prove- 
choso para el estudio de los cetáceos ese manantial que se agotaba 
cuando las antiguas pesquerías cesaron en las costas de Francia 
y de tantos otros países. Y tanto más, cuanto que no eran sola- 
mente diferentes especies de delfines las que servían de objeto de 
dichas pescas en las costas europeas, sino también muchas es- 
pecies de ballenas, y particularmente en el golfo de Vizcaya, 
hasta de verdaderas ballenas. Pero al fin, se nos dirá, ese ma- 
nantial está agotado, pues al parecer no hay ya vestigio algu- 
no de verdaderas ballenas ó de cachalotes en las costas de Eu- 
ropa. 

No obstante, si esa fuente se ha tenido por tan rica para la 
ciencia, veamos sí por acaso existe en otras costas accesibles á 
los zoólogos. Dirijamos una mirada, por ejemplo, á las colonias 
dinamarquesas más distantes en dirección N. 

Desde luego se presentan á nuestra vista las islas de Faero, 
cuyos habitantes han llegado á un grado de civilización notable, 



111) 

aunque respeclo a su alimenlaciou apenas están más adelantados 
de lo que se hallaban en el siglo XVll los habitantes de la Nor- 
mandía. La carne de ciertos cetáceos es para ellos un manjar deli- 
cioso, y su pesca ha llegado á serles una verdadera necesidad: 
asi es que su falta les produce un efecto igual al que causa en 
otros países la escasez de trigo. La especie más común en sus 
costas es la de que aquí se trata; pero lo que es común en una cos- 
ta, escasea en otra, y vice-versa. La especie tan abundante en 
las costas de las islas de Faero, especie que se ha pescado en 
ellas por millares casi todos los años desde que dichas islas 
están habitadas, no es el marsuino común, ni el delfín ordinario, 
sino el grindeivall ó marsopla de cabeza redonda, especie intro- 
ducida en el sistema de los sabios por Jorge Cuvier, á conse- 
cuencia de la encallada de una banda perdida en las costas de 
Francia. Su nombre sistemático es D. globiceps. 

Hay otra especie de cetáceos, cuya aparición en las costas 
de las mismas islas no es menos regular, pero su número es 
tan limitado, que apenas excede al año de cinco ó seis indivi- 
duos. Dicha especie es el famoso dogling de los habitantes de 
aquellas islas , llamada por los noruegos ballenas de pico de 
ánade. Los doglings, lo mismo que los grind, no viven cerca de 
esas islas, sino que únicamente se encuentran en ellas á su paso 
de los mares polares al Atlántico; y casi todos los individuos que 
se acercan á las costas los matan hasta el último. Ningún otro 
hecho prueba mejor la regularidad de los viajes de estos animales 
de paso, que el de la aparición anual de otros individuos de la 
misma especie en las referidas costas. Lo que está fuera de duda 
por un mito del pais, es que así ha ocurrido respecto del dogling 
desde los tiempos más remotos. Un gigante pagano, vencido por 
un cristiano, le prometía en recompensa, para obtener su perdón, 
enviarle todos los años un pájaro y un cetáceo que no se encontra- 
ban en ninguna otra parte. El pájaro era un cuervo blanco, ave 
bastante común en aquellas islas; y el cetáceo, e\ dogling. Linneo 
no tenia el menor conocimiento, ni del globiceps, ni del dogling. 
O. F. Muller lo introdujo en el sistema con el nombre de ba- 
laena rostrata; nombre que, por un extraño error de O. Fa- 
bricius, se aplicó á la ballena enana de la Groenlandia. En 
Francia y en Inglaterra este animal fué conocido á fines del 



120 
siglo XVIH por unos individuos encallados. Su nombre sisle- 
raálico, por una idea completamente errónea de Lacepede, es 
/liperoodon, es decir, cetáceo de dientes en el paladar. 

Además, encuéntrase muy comunmente en las mismas islas 
una especie de delfin introducida en la ciencia por Mr. Schlegel 
en Leyden,y por Mr. Rasch en Crisliania; es cMagenorkynchus 
Eschritchii de Schelegel, ó leucopleurus de Mr. Rasch. 

Pero dejemos ya las islas de Faero, y detengámonos algunos 
instantes en las costas sin dispula más abundantes de cetáceos. 
Hablamos de las costas groenlandesas del estrecho de Davis. 
Para formar idea de su riqueza, bajo este aspecto, es preciso 
considerar desde luego que en ellas como en lodos los demás 
lugares, una especie nunca permanece durante un año entero. 
Sin embargo, todas las especies que allí se encuentran con re- 
gularidad, hacen una mansión más ó menos larga, así en invier- 
no como en verano. Esto consiste en que los cetáceos de los paí- 
ses más boreales llegan en el mes de noviembre, impelidos por 
la costra de hielo sólido que se extiende hasta aquellos países. 
Sólo hay tres especies pertenecientes á esta clase. 

La primera es el narval, el más polar de todos los cetáceos, 
y que hasta se complace en habitar debajo de la corteza glacial 
délos mares boreales. Vive en pequeñas bandas, que por lo re- 
gular sólo se componen de un macho adulto con sus hembras y 
sus crias. Para respirar necesitan romper la costra de hielo que 
los separa del aire, cuyo cuidado ha confiado la naturaleza al 
padre de familia. Este es objeto del enorme desarrollo del cani- 
no izquierdo, mientras que sus dos molares de ambos lados caen 
pronto, y el canino derecho subsiste casi siempre en estado ru- 
dimentario. 

Después del narval, preséntase en la distribución geográ- 
fica el misticeto. En el mes de setiembre baja á la bahía de Baf- 
fin; y sólo en los meses de diciembre, enero y febrero llega has- 
ta el estrecho de Davis, es decir, á los 66° ó 65° de latitud; pe- 
ro en el 67°, y especialmente en la colonia de Holslemborg, es 
objeto de una pesca bastante regular por parle de los habitan- 
tes de la costa. Los fetos tienen casi lodo su tiempo á fines de di- 
cha época, lo cual está de acuerdo con lo que nos dicen los ma- 
rinos balleneros, esto es, que pare en el mes de marzo. 



121 

El lercer cetáceo, exclusivamenle boreal, es el beluga. Pero 
si el narval vive siempre más allá del limite del hielo continuo y 
el misticeto lo más cerca posible de ese mismo limite, el beluga 
vive, por el contrario, á cierta distancia del hielo, de modo que 
la línea de su emigración anual es paralela á la de la emigración 
del misticeto, pero se aleja más (como unos 3° de latitud) del 
polo. Su estación de invierno es, por lo tanto, exactamente el 
estrecho de Davis. No obstante, su pesca regular no se verifica 
en dicha región, sino más al N. cuando se retira de ella hacia 
la primavera. Marcha, como el globiceps, en grandes bandas de 
oO, 100, y algunas veces de más de 1.000 individuos. Su pesca 
se hace del mismo modo. Toda la banda, rodeada por los buques, 
y asustada al ruido que hacen los remeros al golpear con los 
remos la superficie del mar, se dirije á la única salida que le 
queda en el círculo de los buques, y va á encallar en la playa, 
donde hasta el último individuo recibe la muerte. 

Con la retirada hacia el polo de las tres especies boreales del 
estrecho de Davis. coincide la llegada de las especies que sólo 
tienen una estación de verano; así es que el expresado mar es- 
tá constantemente poblado de cetáceos, pero de cetáceos ente- 
ramente diversos en las diferentes estaciones. 

Mientras el misticeto, como todos saben, sólo se alimenta de 
anfípodos y pequeños moluscos, el narval de cefalópodos, y el be- 
luga prefiere también, á loque parece, estos á los peces, las espe- 
cies de cetáceos que pasan el verano en el estrecho de Davis y 
en el golfo de Baffin, todas son ictiófagas, de modo que proba- 
blemente no llegan alli sino en persecución de los peces de 
paso. 

La lista de estas especies es la siguiente: en primer lugar se 
encuentra la ballena gibosa ó humpback de los marinos (kepor- 
kak de los groenlandeses), cetáceo el más común en aquellos 
mares, y al parecer en todos los grandes mares en general, 
aunque desconocido de los zoólogos antes que Cuvier descri- 
biese un esqueleto traído del Cabo por Delalande y Rudolphi, en 
Berlín, un individuo encallado en las costas del Holstein. Por 
lo que hace á los groenlandeses, es el animal que, después de 
las focas, les es más familiar. Así que lo pescan en gran nú- 
mero, especialmente en la colonia de Frederikshaab en el 64" 



122 

de latitud. En tiempo de la pesca los fetos sólo han llegado á 
lo más á una cuarta parte de su desarrollo. 

Vienen luego la gran ballena de aletas, el finwal de los ma- 
rinos, y la ballena enana. Ni una ni otra se pesca regularmente 
en aquellas costas, porque se extrae muy poco aceite de ellas. 

Sigue el marsuino, que sólo sube sin embargo hasta el 68° 
de latitud; de manera que su región queda dentro de la del 
gran finwall. 

Además hay otras especies que van en busca de peces de 
paso. Asi, una especie de lagenorynchus, diferente de la de las 
islas Faero, el L. albirostris J-E. Gray, es allí muy común. 
Los otros dos cetáceos, tan familiares en las costas de dichas 
islas, el globiceps y el dogling, que ambos se alimentan de ca- 
lamares, se presentan de vez en cuando en el estrecho de Da- 
vis, pero no hacen en él una mansión regular. 

Fuera de todos estos cetáceos, es preciso mencionar las or- 
eas, que representan, entre los mamíferos marinos, el león y 
el tigre de los mamíferos terrestres. Marchan en pequeñas 
bandas de cuatro á cinco individuos, pero bastan muy bien 
para despedazar un misticeto ó un humpback vivo, de cuya 
carne se sacian. 

Estos datos acerca de la distribución geográfica de los cetá- 
ceos, "y sus pesquerías en las costas boreales, se conocen casi 
totalmente desde hace mucho tiempo, y aun se encuentran en 
gran parte indicados en la Fauna Groenlándica de Fabricius. 
Indudablemente los naturalistas no han sabido aprovecharse de 
esas pesquerías regulares de diferentes cetáceos en las costas 
septentrionales, y merecen por ello una reconvención. Con- 
vengo en que es difícil hacer trasportar los esqueletos y las vis- 
ceras de animales tan colosales desde las costas de la Groenlan- 
dia hasta los museos de Europa; pero hubiérase podido empezar 
por hacer venir fetos del misticeto, del keporkak y de tantos 
otros cetáceos, de los que nunca se habían visto las visceras ni 
un esqueleto entero. Eslo es lo que hice primero. En efecto, 
en virtud de mis estudios sobre los marsuinos, tuve que reco- 
nocer que casi toda la anatomía de una especie de cetáceos 
puede hacerse sobre los fetos. Pero muy pronto fui más lejos; 
y en esta nueva parte de mi camino, la suerte me fué singu- 



123 

larmente propicia. Adquirí un amigo en la Groenlandia, Mr. 
Carlos Holboll, de la marina real de Dinamarca, y gobernador 
de las colonias danesas en el estrecho de Da vis. Mr. Holboll 
hizo en favor de mis estudios todo cuanto le fué posible. Su 
bondad no tenia limites, pues me bastaba expresar un deseo, 
para tener la seguridad de recibir al año siguiente el objeto 
que le pedia, á pesar de que algunas veces parecía harto difí- 
cil obtenerlo. 

Después de haber examinado el esqueleto y las visceras de 
muchas especies, en el estado fetal, me era preciso proceder á 
este examen en los adultos. Nunca se habia enviado á Europa 
desde la Groenlandia un gran esqueleto de cetáceo. Me detenia 
la consideración de los gastos; pero Holboll supo hallar medios 
para obviar la dificultad: sabia que en algunas bahías de la 
Groenlandia viven ciertos anfípodos tan voraces y numerosos, 
que una íoca cojida en las redes de un pescador es al dia si- 
guiente un esqueleto, pero un esqueleto tan limpio y con los 
ligamentos tan bien conservados, como si saliese del laborato- 
rio de un anatómico. Holboll convertía dichas bahías en labo- 
ratorios para su amigo de Copenhague. Los gastos de trasporte 
se me abonaron en gran parte, á lo menos siempre que los 
objetos se destinaban al museo de la universidad. 

Merced á estos desvelos, vi, en el trascurso de 7 ú 8 años, 
llegar, por ejemplo, la famosa ballena gibosa, casi ignorada 
hasta entonces por los zoólogos, además de muchos fetos en es- 
píritu de vino, más de 10 esqueletos enteros, y las principales 
visceras perfectamente bien conservadas. He dicho que me bas- 
taba manifestar un deseo para verlo al punto satisfecho. Si 
quería saber cómo están situadas las barbas en la parte ante- 
rior del paladar, bastábame escribir á mi amigo: cortad á al- 
gunos individuos la parte anterior de la mucosa del paladar, 
con las extremidades anteriores de las barbas bien conservadas. 
Un año después habia en mi museo preparaciones que proba- 
ban hasta la evidencia que en las ballenas gibosas y de aletas, 
las barbas de ambos lados se unen por delante en forma de una 
faja trasversal continua. Si deseaba tener el cerebro de un in- 
dividuo adulto bien conservado, le escribía: cuando cojáis una 
ballena adulta, cortadle la cabeza; luego hacedle arrancar las 



124 

carnes, y quitad del espesor del cráneo todo lo que se pueda, 
hasla que sólo quede una caja ósea muy delgada alrededor del 
cerebro, á fin de que todo pueda caber dentro de la barrica 
que os envió llena de espíritu de vino. 

Fácil es comprender que reuniese muy pronto por este medio 
más materiales para el estudio de los cetáceos de los mares pola- 
res, que han existido en lodos los museos juntos de Europa. Si 
añado además que al mismo tiempo se me enviaron muy ricos 
materiales para el estudio de la ballena enana, desde Bergben, en 
la Noruega, donde esta especie se pesca regularmente, y para 
el del globiceps y del dogling desde las islas de Faero, pare- 
cerá tal vez que no son elogios lo que merezco, sino más bien 
la reconvención de no haber sacado mayor partido en beneficio 
de la ciencia. 

Debo hacer observar, sin embargo, que lo que solicito no 
es el honor de haber ilustrado la anatomía y la fisiología de las 
especies de cetáceos que viven en los mares del Norte, sino el 
de haber señalado la verdadera fuente para escribir la historia 
de los repetidos animales. En mis Memorias acerca de los cetá- 
ceos, publicadas en las Memorias de la Real Sociedad de Cien- 
cias de Copenhague, se hallarán muchas observaciones nuevas, 
y la demostración de todo lo que dejo expuesto en el museo de 
anatomía comparada de la universidad de Copenhague. Pero 
lo más notable de mis Memorias, relativas á los cetáceos, es la 
indicación de las fuentes de donde he sacado mis materiales, 
pues el verdadero museo para el estudio de los cetáceos no está 
en Copenhague, sino en esas mismas fuentes. Y aun el mérito 
de haber reunido tantos materiales no me pertenece, sino que 
corresponde á mis amigos, y especialmente á mi amigo Holboll. 
¡Y no se crea que este se ha limitado á enviarme esqueletos y 
visceras! Lejos de ser así, á él y á sus observaciones debo la 
mayor parte de lo que he podido consignar acerca de las cos- 
tumbres y las emigraciones de estos animales. ¡Ah! El buque 
que de nuevo le llevaba á la triste mansión donde había pasado 
ya más de 30 años, salió de Copenhague el 26 de marzo 
de 1856, y desde entonces no han vuelto á recibirse noticias 
suyas! 

Acaso hombres más sabios que yo hubieran sacado mejor 



125 

parlido de los recursos que se pusieron á mi disposición. Diré, 
no obstante, que creo no haber descuidado nada de cuanto po- 
dia arrojar alguna luz sobre el objeto de mis esludios, y mi 
actual residencia en París puede servir de prueba. En efecto, 
no estoy ahora como en otro tiempo, cuando hacia mis estu- 
dios bajo la dirección de los Jorge Cuvier, los Blainville y los 
Geoffroy-Saint-Hilaire, sino que estoy de paso desde Copen- 
hague á Pamplona. Séame permitido decir cómo y por qué. 

Después de haber publicado mis observaciones sobre los 
doglings (hiperoodon), las ballenas gibosas y las de aleta, tra- 
bajo actualmente, en unión con el profesor Mr. Reinhardt 
de Copenhague, en una monografía de las ballenas francas. 
Algunos estudios relativos á las costumbres y emigraciones de 
los misticelos, y además otras investigaciones literarias en es- 
critosantiguos, ya impresos en dinamarqués, ya conservados en 
los manuscritos islandeses, me han demostrado que todas las 
ballenas francas que no viven constantemente á orillas del 
hielo continuo del mar Glacial, parecen diferenciarse del 
misticelo, no sólo específica, sino también genéricamente; 
de modo que es preciso establecer un nuevo género respecto 
de las especies que viven en los mares templados. En cuanto 
á los tropicales, está probado actualmente, sobre todo por 
los esludios de Mr. Mauri, que no existe ninguna. Pero respecto 
á las especies de dicho género que viven mas allá del Ecua- 
dor, especies de que hay dos esqueletos en el Jardín de 
Plantas, estoy convencido de que se diferencian de las 
que viven al N. del Ecuador, en el mar Pacífico. Es, por 
consiguiente, en sumo grado probable que las ballenas francas, 
objeto en otro tiempo de una pesca especial en el golfo de Viz- 
caya y en la parle septentrional del Océano Atlántico, 
pertenecieron á una especie diferente de todas las demás. 
Ha sido para mi una viva satisfacción hallar esta proposición 
expresamente indicada en manuscritos islandeses del siglo Xll, 
á saber, en el famoso Kongskag~&ío ó Espejo real, el más her- 
moso monumento de la civilización de los antiguos islandeses. 
N'o obstante, siempre era de desear que esto se demostrara por 
medio de un examen directo; ¿pero cómo conseguirlo, toda vez 
que esas ballenas del golfo de Vizcaya parecían haber sido en- 



126 

leramente destruidas desde hace muchos siglos, y no queda 
resto alguno de ellas en los museos? Desconfiaba ya de hallar 
medio de lograrlo, cuando el profesor Mr. Geoffroy me comuni- 
có desde Burdeos, que en 1854 se habia dejado ver en San Se- 
bastian una ballena franca, acompañada de una cria, y que co- 
jida esta última, se habia llevado su esqueleto á Pamplona. Noti- 
cia era esta más que suficiente para que un cetólogo solícito se 
trasladase desde Copenhague al otro lado de los Pirineos, y por 
consiguiente me puse en camino. 

(Por la sección de Ciencias naturales, Framcisco García Navarro.) 



127 



V4BIEDADeS. 



Estrellas de brillo variable. Mr. Otto Struve advirtió el otoño de 
1856 una variabilidad cousiderabilísima de brillo de una estrella teles- 
cópica, situada en el centro de la nebulosa de Orion, á corta distancia 
del trapecio. Las observaciones hechas en la primavera de 1857 le dieron 
el importante resultado de que casi todas las estrellitas situadas en la 
región huygheniana cerca del trapecio, están sujetas á mudanzas de bri- 
llo más ó menos considerables y de corto período. Suponiendo que de- 
penda este fenómeno de las mudanzas ocurridas en la nebulosa misma, 
dirigió Mr. Otto Struve toda su atención al brillo respectivo de las dife- 
rentes partes de la nebulosa, y en general á la distribución de la sus- 
tancia nebulosa en épocas distintas, alentado con la esperanza de descu- 
brir las seSales de mudanzas correspondientes á las que llevaba obser- 
vadas en las estrellas. Para poderse formar juicio en este punto, es preciso 
continuar los trabajos más tiempo. Entre tanto, llama Struve la atención 
de los astrónomos hacia ciertas partes de la nebulosa, que en su concepto 
experimentan mudanzas de aspecto. Do confirmarse este hecho, sería un 
paso importante dado en el estudio de estos astros enigmáticos. 

— Observaciones de Júpiter, por Lassetl: excelencia de su telescopio 
de 7 metros de longitud focal: elipticidad de Júpiter. Observando Lassell 
en la noche del 18 de noviembre de 1858 con su gran telescopio de 7 
metros de longitud focal, vio por primera vez en la parte central bri- 
llante de Júpiter las manchitas ó puntos blancos y redondos que Dawes 
habia visto en la región meridional del mismo planeta. Veíanse al propio 
tiempo, algo encima de la línea ecuatorial, dos manchas oscuras de figu- 
ra oblonga, que parecian rudimentos de una faja que se estaba formando; 
las fajas tan conocidas de los observadores estaban más estrechas, y eran 
menos que suelen. Se congratuló Lassell en extremo con lo que vio, 
porque le demostró que la última curvatura y bruñido que habia dado 
al espejo del telescopio de 7 metros eran tan perfectos como las del de 3. 
Este, con un aumento de 270 veces, no manifestaba los puntos blancos 
que el grande daba admirablemente visibles con el de 5(55. 

La noche del 5 de diciembre verificó Lassell con el micrómetro de 
doble imagen de Airy varias mediciones del diámetro ó de los diámetros de 
Júpiter, y sacó los números siguientes; diámetro ecuatorial, 11,115; 



128 
diámetro á 30° de latitud, 1 0,955; diámetro á CO" de latitud, 1 0,627; diá- 
metro polar, 1 0,494. Estarían pues el diámetro ecuatorial y el polar en ra- 

ronde 1 á 0,9441, ó sena este sólo menor que aquel, ó más bien — — —^ 

Creíase hasta ahora que la elipticidad era mayor; y Lassell asegura que 
tomó exactísimamente las mediciones, y en circunstancias sumamente fa- 
vorables. (Boletín de la Sociedad real astronómica, diciembre 1858, 
pág. 55). 

— Apariciones sucesivas del cometa deffalley. En el Companion to the 
jélmanac de 1859 se publica una listado todos los cometas que so vieron 
del aüo 11 antes de J. G. hasta el 50 de la era cristiana. Lo que más 
llama la atención es que todas las vueltas del cometa de Halley están se- 
&aladas como habiendo asombrado al publico. Se vio el aüo 1 1 antes de 
J. C, según testimonio de Dion Cassius y de los chinos; el 65 después 
de J. C, según los chinos; el 141 según los mismos; el 218 según Dion 
Cassius y los chinos; el 295 según los chinos; el 373 id.; el 45t según 
Idacio y los chinos; y como todas las vueltas del aüo 451 hasta nuestros 
dias están consignadas en libros auténticos, resulta que ni siquiera una 
visita del cometa de Halley á la tierra, 1867 años hace, ha sido vana ni 
perdida . 

— Nueva estrella variable, R de Sagitario. — Estrella doble Gamma de 
Firgo. El Dr. Lee presentó á la Asociación británica para el adelanta- 
miento de lae ciencias dos notas, la una sobre una nueva estrella variable R 
de Sagitario, descubierta por Pogson, y la otra sobre mediciones de la im- 
portante estrella doble Gamma de Virgo, tomadas simultáneamente en el ob- 
servatorio de Hartwell por Smyth, en Greenwich por Airy, en Huddenham 
por Dawes, en Tarnbanks por Flotcher, y en Wrottesley por Wrottesley, 
No concuerdan cuanto fuera de esperar del estado actual de la ciencia, 
pero no dejan por eso de desvanecer cualquiera duda acerca de la mutua 
influencia de las dos componentes de la citada estrella doble. No se pueden 
negar los dos cambios de distancia y posición angular; es cierlo ser el cam- 
bio de distancia proporcional al cuadrado del cambio de velocidad angular, 
lo cual demuestra incontestablemente que una de las estrellas describe una 
elipse cuyo foco ocupa la otra, y de consiguiente que la ley do la atrac- 
ción neutoniana, en razón inversa del cuadrado de la distancia, es verda- 
dera en los espacios estrellares como en los planetarios. 

(Por la Sección do Variedades, FRAwnsco Gakcía Navarro.) 



F.ílitor rcsiiousablc, Kkancisco Tiarcia Navarro. 



N.* 5. -REVISTA DE CIENCIAS. -J/arso 1859. 



CIE^CIAS EXACTAS. 



ASTROMOIIIA. 

Resumen de la relación de los trabajos verificados por la Comisión 
astronómica encargada por el cjoUerno brasileño de observar 
en la villa de Paranagua el eclipse total de sol que sucedió el 7 
de setiembre de 1858; por Mr. Luis. 

(L'lnslitut, Á .° dicietnhre ^858.) 

Al principiar el eclipse se vio con algunos anteojos, no con 
todos, parle del contorno de la luna fuera del sol. No se vieron 
luego ni rastros de él. Por proyección directa en el foco de un 
objetivo de 2'",184 de distancia focal, se vio toda la luna en el 
espejo despuliraentado al principio del eclipse, pero no al fin. 
Lo raás curioso fué que salió impresa su imagen en las fotogra- 
fías del sol perfectamente eclipsado, sólo al principiar el fe- 
nómeno. 

En todas las estaciones donde se observó el eclipse central, 
y en Rio-Janeiro, donde no fué más que parcial, tomaron color 
amarillento el cielo, el mar y los objetos terrestres durante el 
eclipse. En Paranagua se puso amarillo el mar, y la espuma de 
color de azufre. El cielo, poco antes del eclipse total, tenia el 
color azul que en las regiones tropicales se ve entre el prime- 
ro y el segundo arco crepuscular. En el momento de la oscuri- 
dad se puso de color gris azul aplomado. No variaron percep- 
tiblemente las rayas del espectro dado por la luz del dia pocos 
minutos antes de la oscuridad, pero se puso más vivo el color 
amarillo. 

TOMO IX. 9 



130 

Apareció el conlorno de la luna en Paranagiia como en Uio- 
Janeiro con admirable regularidad. Se necesitó una lente que 
aumentase 300 veces para advertir tres escasas desigualdades. 
Pero al desaparecer y volver á parecer el sol, se vio á la luna 
con dientes de sierra, y á la media luna solar llena de perlas. 

A simple vista, al desaparecer y reaparecer el punto solar 
produjo el mismo efecto que una luz eléctrica. Se le pudo 
mirar por 2 ó 3 segundos, y lo mismo con los anteojos. No se 
observó rastro de las sombras movibles y de color que se vieron 
el año de 1842. 

Sólo se divisaron los planetas Venus, Mercurio y Saturno, 
y las estrellas Sirio, Canopus.y otras tres, que parecieron ser 
ct y /3 del Centauro y «. de la Cruz meridional. No se vio á Ré- 
gulo, aunque estaba en el meridiano. Fué poca la oscuridad. 
Bastante tiempo antes y después de la oscuridad total, se vio á 
Venus, y también en Rio-Janeiro, lo mismo que á Mercurio y 
Saturno. 

Se presentó la corona con todo su esplendor. No formaba 
anillo bien claro; estaba amarillenta cerca de la luna, y platea- 
da más lejos. Se componía de un fondo cuya tinta fué disminu- 
yendo, primero rápidamente desde el borde del astro, ó más 
bien desde cierta distancia del mismo borde, y luego no tanto. 
No estaban marcados sus limites, aunque medido su ancho 
desde el borde del astro resultó de 34 minutos. Al E. se extendía 
4 ó 5 minutos más. en dirección de un grande haz parabólico 
de rayos. En el fondo se velan grupos de rayos que se apagaban 
mucho antes de llegar al borde del mismo. No era este uniforme; 
parecía formado de rayos entremezclados, y presentaba puntitos 
variables y resplandecientes como la superficie del sol, sin que 
se notase no obstante raya alguna tan oscura como la superficie 
de la luna. En ciertos sitios estaba más luminoso; divisábanse 
unas especies de nubes blancas. En el conlorno de la luna se 
vieron o grandes grupos de rayos cónicos de bordes convexos, 
cuya base estaba en la luna. Dos de estos 5 grupos sallan de 
la parle superior del astro, uno á derecha y.otro á izquierda 
de la vertical, y otros dos de la inferior lo mismo. La punta 
de estos conos estaba á 13 minutos del borde de la luna. El 
quinto grupo no formaba, como los otros cuatro, un cono nof- 



131 

mal á la luna, sino que se inclinaba y encorvaba, dirijiendo 
su punta bácia arriba. En su base cruzaba al grupo inferior 
del E., y le atravesaba otro grupo de rayos paralelos. Se pro- 
yectaba como este en un haz ancho parabólico de rayos tenues, 
que iban al E. del diámetro horizontal de la luna. Al O., y de la 
parle inferior de la luna, encima del rayo cónico de aquel lado, 
salia un haz de rayos paralelos normal al limbo del astro. Era 
el más brillante de todos. Además de estos grandes grupos de 
rayos, se veian otros muchos rayos más cortos, normales al limbo 
de la luna, y que sallan á 1 ó 2 minutos de su borde, mien- 
tras que los rayos grandes sallan del limbo mismo del astro. 
Esta circunstancia permitió notar distintamente, en el grupo de 
rayos inclinados al E., el movimiento de la luna delante de los 
mismos, lo cual prueba que la corona pertenece en realidad al sol. 
Al principiar el eclipse, estaba también mucho más viva la corona 
al E. que al O. Al concluir era al revés. No varió la disposición 
general de los rayos ínterin duró el fenómeno. Se pudo ver toda- 
vía la corona 18 ó 20 segundos después de reaparecer el sol, 
pero era menester sacar la media luna solar del campo del an- 
teojo. Su intensidad luminosa, comparada mediante- un fotó- 
metro con la región de la luna, era junto á los limbos N. y S. 
de cosa de 25 veces más brillante que dicha región. No ocasio- 
naba sombra en los objetos la corona. Se notó polarización sen- 
sible, pero escasa, en un plano normal al limbo del astro. 
Se vio la corona proyectada en un espejo despulimentado. 
En Pinheiros y en la estación central se vio alrededor de la 
corona, y á corta distancia, un círculo que presentaba los colo- 
res algo bajos del arco iris, el rojo fuera. Fue más visible este fe- 
nómeno á la simple vista que con anteojos, y estaba raso el 
cielo en la región del astro. ¿Seria la corona meteorológica que 
rodea al sol y á la luna cuando los cubren ligeros vapores ve- 
siculares, pues en tal caso la formaría la solar? ¿O será un fenó- 
meno de difracción? 

Se vieron en total seis protuberancias, tres en el limbo E.; 
perfectamente blancas, sin señal de color rojo, la primera á 41) 
grados, la segunda á 105, y la tercera á 135 del punto inferior 
del sol. Eran muy bajas, y más anchas que altas. La primera y 
la segunda tenían un festoncito negro. Las tres protuberancias 



132 

cilailas desaparecieron detrás de la luna hacia la milad del 
fenómeno. En el momento de desaparecer, los festones negros 
parecían proyecciones de las montañas lunares. En el limbo O. 
se vieron sólo dos protuberancias al principiar el fenómeno, 
midiendo entonces la primera y mayor 58 segundos de altura 
á 110 grados, y la segunda á 170 del punto inferior del sol. Al 
llegar el medio del eclipse total, se presentó otra protuberancia 
á 60 grados del mismo punto. Las tres protuberancias del O. 
tenían color blanco algo sonrosado. La prominencia medida al 
principio lo fué otra vez al fin de la oscuridad total, y dio 1' 1 2" 
á 1' 18" de altura. Tenia al fin varios vértices en vez de dos 
como al principio, y el segundo, que entonces no hacia más que 
apuntar, tenia ahora de 14 á 15". En la estación dePinheiros no 
vieron protuberancia ninguna, pero en Campiñas vieron al O., 
y en la parte superior de la luna, una cadena de protuberancias 
que ocupaba toda la región situada entre las dos primeras, vis- 
las por aquel lado de la estación central. Los dibujos sacados 
por los observadores presentan una linea dentada, con vértices 
más elevados en dirección de la gran protuberancia de la esta- 
ción central. En esta vieron por dos ó tres segundos en el bor- 
de de la luna una línea ó arco blanco muy vivo hacia el lado 
donde acababa de desaparecer el sol al principiar la oscuridad 
total, y al concluir hacia el otro por donde iba á reaparecer. 
Tenia undulados los bordes esta línea. Al principiar el fenómeno, 
le pareció tener color rojo el arco á uno de los observadores. 
Duplicándolas protuberancias con un prisma birefringente, las 
dos imágenes parecían tener igual intensidad. Se vieron las 
protuberancias proyectadas en un espejo despulimentado. El 
día siguiente al eclipse, no se vieron en el borde E. del sol tres 
manchas ó fáculas correspondientes á las posiciones que ocupaban 
la víspera las protuberancias. 



Observaciones del cometa Donaíi hechas en el observatorio del 
Colegio romano; por el P. Skcciii. 

(Cosmos, K fehreio 4859.) 

El autor resume su Memoria en las conclusiones siguientes. 
1.' En el cometa Donati se han visto repetidas varías de 



133 

las apariencias de los cómelas, descrilas por autores antiguos, 
y que se tenían por exageradas. 

2.* Las fases que ha recorrido, son las que debian espe- 
rarse de una masa espansiva que se fuera acercando al sol, y 
que se dilatara irregularmenle liasta llegar á la menor distancia 
del astro foco de calor; que después cesasen las apariencias de 
chorros irregulares, sucediéndoles depósitos de capas de formas 
más regulares y mejor determinadas. Juan Herschel hizo ya 
observaciones parecidas en el cometa de Halley, cuya figura 
se presentó irregular hasta llegar al perihelio, y que después 
de pasar por este, ofreció sólo formas regulares. 

3.* La polarización de la luz de la cabeza y cola del cometa 
en un plano que pasa siempre por el sol y por el eje del come- 
ta, cuya polarización pude observar en Berlin con Encke y 
Bruhns, dice el autor, es prueba evidente de que su luz era so- 
lar reflejada. 

4." La gran difusión y la indecisión de los límites de la 
cola de los cometas no dejan duda al parecer de que pueden 
perder algo de su materia, sea por efecto de resistencia del in- 
termedio en que se muevan, sea por el de la atracción que los 
diversos planetas ejerciten en dichas parles de la cola. 

5.^ La suma tenuidad y la pequenez de su masa quedan 
probadas con el hecho de que la luz de Arturo apenas perdió 
brillo al atravesar una parte bastante densa y bastante próxima 
á la cabeza del cometa; y con el hecho también de que se vio 
el grupo de estrellas núm. 3 de Messier por el cometa, sin per- 
der casi nada de su belleza. El hecho de disminuir lanío más el 
diámetro del núcleo cuanto se usaban lentes de mayor aumen- 
to, prueba además que el citado núcleo no era sólido, sino como 
vaporoso y terminado sólo por límites apárenles que dependían 
del alcance del anteojo. 

6.° La forma tortuosa y arqueada que el mismo núcleo to- 
mó al ir desapareciendo y acercándose á Venus, indican bas- 
tante cierta influencia de este planeta; la forma espiral del 
chorro ó aureola indica además que la masa del cometa tenia 
movimiento de rotación, ó por lo menos que al acercarse al 
planeta perturbador, sucedía algún desvío oblicuo de la fuerza 
proveniente del sol, y que produce la cola. 



134 

Resla por explicar cómo pueda ocurrir en tan corlo tiempo 
un cambio tan enorme ile forma, una dilusion tan grande de 
materia en cuerpos tan raros, y las consiguientes extrañas for- 
mas que toman. Lejos de pretender dar una solución definitiva 
de este diíicil problema, creo que es más oportuno advertir que 
todas las hipótesis hasta el dia sentadas de repulsiones eléctri- 
cas, magnéticas, etc., son en realidad precarias, y que no me- 
recen lomarse en consideración, ínterin no se demuestre que 
las fuerzas conocidas son insuficientes para explicar los hechos 
observados. Las consideraciones siguientes contribuirán en mi 
concepto á probar que no está ni con mucho demostrada seme- 
jante insuficiencia. 

En primer lugar, al venir los cometas de lo profundo del 
espacio están redondos, y no manifiestan sus irregularidades 
hasta acercarse al sol; de donde resulla que en este astro reside 
la fuerza que les hace tomar su figura prolongada y extraña. 
El sol obra de dos maneras: 1.° por su atracción ó su gravita- 
ción; 2." por su calor; y están por averiguar los efectos que 
ambas causas pueden producir en un cuerpo de la naturaleza 
de los cometas. Ahora bien, no me parece dificil probar que la 
gravitación por si sola debe producir cambios nolables de la 
figura de un cometa, según se vaya acercando este al sol. De he- 
cho sabemos qne la acción atractiva de un astro en un planeta 
recubierto de una capa fluida, ocasiona un cambio de figura, ha- 
ciéndola pasar de la forma casi esférica á la de un elipsoide, 
en el caso de ser muy pequeña la fuerza exterior ó perturba- 
triz respecto de la gravedad peculiar del jtlanela, y muy pe- 
queño el diámetro de este respecto de la distancia del cuerpo 
atrayente: así sucede en los flujos y reflujos del mar y de la 
atmósfera terrestre; y precisamente porque la fuerza perturba- 
triz es pequeña respecto de la gravedad terrestre, se altera po- 
quísimo la figura del mar y de la atmósfera. ¡No están en el 
mismo caso los cometas que tienen masas sumamente pequeñas 
y grandísimos volúmenes; de donde resulla: 1." que la atracción 
solar á cierta distancia puede superar mucho á la que haya en- 
tre las partes del cometa: 2." que esta atracción es muy dislinla 
en las diferentes porciones de su volumen: 3." que para deter- 
minar por tanto la figura de un cometa que ha llegado á cier- 



135 

le proximidad al sol, es menester bailar la figura que loma una 
masa fluida en el caso de ser comparable la gravedad exterior 
con la peculiar ó mucho mayor aún, y de no poderse conside- 
rar ya como pequeño el volumen respecto de la distancia al 
sol. Con estas nuevas condiciones habrá que buscar, pues, la 
ley de equilibrio de una masa móvil, suponiendo si se quiere 
que conste de un núcleo circundado de capas de una materia 
elástica concéntrica y de densidad creciente. Que yo sepa, eslá 
por resolver este problema por la análisis; pero fácilmente se 
comprende que debe variar mucho la distribución de la masa; 
que no debe permanecer en el centro la parle más densa, sino 
acercarse por lo contrario al cuerpo alrayente. En el caso ade- 
más de ser pequeñísima ó gaseosa la masa del cuerpo atraído, 
si llegase á estar en alguno parecido al del equilibrio de una 
columna atmosférica de materia espansible que tuviese sentada 
la base en el cuerpo atrayente, se podría considerar hasta cierto 
punto el caso de semejante atmósfera como si fuera el del lí- 
mite último de equilibrio que alcanzaría un cometa cuya cabeza 
propendiese á apoyarse en el sol. Sólo se opondría entonces al 
contacto la fuerza de proyección y de traslación; pero la distri- 
bución de la columna debería ser la que conviniera á la densi- 
dad; esto es, la materia más rara ocuparía la parte más lejana, 
la más densa, la más inmediata, de suerte que podría quedar 
la cola como aislada y extendida por el espacio, oponiéndose 
siempre perceptiblemente al sol. Se puede pues mirar el caso 
del planeta muy denso y muy poco perturbado de forma como 
el límite primero de mínima desfiguración, y como límite últi- 
mo el de la columna atmosférica: entre ambos extremos cabe 
imaginar una infinidad de formas de elipsoides prolongados, 
en los cuales se vaya la parle más densa hacía el centro atra- 
yente. y la más rara se aleje del mismo; y justamente esta es 
la figura que vemos toma el cometa. El aspecto singular que 
lomó la cola del cometa al acercarse á Venus, indica al parecer 
que basta la atracción de los planetas para ejercitar también un 
efecto perceptible. 

Puede, pues, la gravitación sola dar al cometa la figura de 
un elipsoide prolongado, con la parte de mayor densidad cer- 
cana al sol, cual lo vemos; y sí no sucede que la materia de 



136 

los cometas, cediendo á la atracción mayor, se comprima ó com- 
dense cada vez más por el lado que mire al sol, consiste, y esto 
importa no olvidarlo, en que el sol obra además como potencia 
calorífica, y en que dilatando enormemente la masa del come- 
la, la citada potencia ocasiona movimientos notables en su sen- 
tido; resultando de aquí que como la materia dilatada se debe 
volver á poner en equilibrio en virtud de la acción de la gra- 
vedad, según decíamos antes, la parte más ligera habrá de pro- 
pender á escaparse del núcleo, y á alejarse del centro más 
denso, para acomodarse á la distribución y al orden exigido 
por la gravedad solar, superior á la del cometa. El hecho por. 
tanto de que las formas más irregulares del cometa se presen- 
ten más bien antes que después del perihelio, no tiene nada de 
extraño; parece ser por lo contrario consecuencia natural de 
los fenómenos inversos que acompañan al calentamiento ó en- 
friamiento do las masas. La primera de las referidas fases siem- 
pre es algo tumultuosa; el depósito por enfriamiento es al con- 
trario más regular; los fenómenos meteorológicos más comunes 
nos presentan muchos ejemplos de esta diferencia entre los 
que da de sí la dilatación por el calor y la condensación por 
el frió. 

Si los resultados del cálculo confirmasen las conjeturas que 
acabamos de apuntar, bastarían las dos fuerzas citadas para 
explicar las circunstancias esenciales de los fenómenos; y si se 
añade la resistencia de alguna materia, que sin duda alguna 
llena los espacios interiores de la órbita terrestre, materia que 
no puede ser el éter luminoso sino otra ponderable, tendremos 
explicación suficiente de los aspectos principales que se han 
visto en el cometa y en los demás, y particularmente del as- 
pecto vaporoso distinto en los dos lados de la cola, que se ma- 
nifestó mejor marcado por el que se iba y más difuso 6 inse- 
guro por el opuesto, como también de la pérdida de materia 
que parece haber exp;M'imenlado en su carrera. 

Encke pretende haber desvanecido toda duda acerca de la 
resistencia del mencionado intermedio resistente, fundándose 
en la aceleración que experimenta el cometa de corlo periodo 
(jue lleva su nombre; y se podrá confirmar esta demostración 
con el movimiento de los demás cometas, cuando se procure 



137 

determinar aparte las dos porciones de la órbita antes y des- 
pués del paso por el perilielio; pues no es posible, con efecto, 
que los grandes cambios físicos que experimenten los cometas 
al acercarse al sol, dejen de influir en la órbita geométrica que 
describa su centro de gravedad. 

A la demostración de Encke se le ha opuesto la objeción de 
que el cometa de Halley se retrasa y no se adelanta; pero se 
puede explicar esta diferencia admitiendo que el intermedio 
resistente tenga movimiento de rotación. El cometa de Halley y 
el de Encke se mueven con efecto en sentidos opuestos: uno es 
directo, otro retrógrado. 

HlDRODlilíAilICA. 



Nota sobre los efectos del choque del agua en los conductos; por 
Mr. Menabrea. 

(Com[)tes reniius, 2 agosto 185S.) 

Interceptando de repente el movimiento del agua por un 
tubo conductor, resulta un choque que se designa ordinaria- 
mente con el nombre de golpe de ariete, y que por lo regular 
ocasiona la rotura del tubo. Muchos ingenieros han procurado 
calcular el efecto, ó por mejor decir, determinar la presión ca- 
paz de ocasionar la rotura que se verifica por la acción del 
choque. Mas no creo que se hayan tenido en cuenta por lo ge- 
neral muchos elementos esenciales, á saber: la elasticidad y 
fragilidad del tubo, y la compresibilidad del agua. 

La presión, que por mi parte llamarla correspondiente al 
choque, es muy diversa en un tubo de hierro, por ejemplo, de 
lo que sería en otro de plomo. La compresibilidad misma del 
agua ejerce gran influencia, y contribuye considerablemente, 
como después veremos, á disminuir los efectos del choque del 
líquido con el tubo. En la asignatura de construcción, de que 
soy catedrático en la universidad de Turin, he introducido hace 
muchos años un método particular para resolver el problema 
en cuestión. Dicho método se funda en la consideración de la 
resistencia viva de los cuerpos, idea fecunda debida al general 
Poncelet, y que en el caso actual conduce á resultados que la 



138 

observación se encarga de confirmar. Voy á presentar un re- 
sumen de ellos, y pondré ün á osla ñola con algunas aplica- 
ciones numéricas no destituidas de interés. 

Cuando el movimiento del agua se ve interrumpido brus- 
camente en una de las secciones del tubo, prodúcese en ella 
una compresión que se trasmite de distancia en distancia á le- 
da la masa del líquido, como también al tubo que la contiene. 
Esto da lugar á una serie de ondas que determinan oscilacio- 
nes y vibraciones en todo el sistema. Si se traíase de examinar 
el problema bajo este punto de vista, se tropezaría con las difi- 
cultades lodavia mayores de la teoría de las vibraciones. Pero 
cuando sólo se tiene por objeto presentar las fórmulas propias 
para determinar prácticamente el grueso que ha de lener el 
tubo para que pueda resistir al choque, se logrará una exacti- 
tud bastante, considerando el sistema en el instante en que 
puede suponerse que, habiendo cesado lodo movimiento, las 
compresiones y las dilataciones llegan al máximo, y se equili- 
bran mutuamente después de haber absorbido la fuerza viva 
del agua en el momento del choque. Por este medio se obtiene 
una ecuación general, que es la de las fuerzas vivas, y además 
cierto número de ecuaciones particulares de equilibrio, que 
unidas á la anterior, suministran lodos los elementos necesa- 
rios para la solución del problema. Presentaré las fórmulas que 
se obtienen en el caso de un conducto de sección circular, libre 
en su extremidad, y provisto de un depósito destinado á amor- 
tiguar los efectos del choque. Se supone que el movimienlo 
queda interrumpido en dicho extremo. 

Sean: L la longitud del tubo; R su diámetro interior; e su 
grueso; F/ volumen ocupado por el aire en el depósito á la 
presión ordinaria; F, volumen que adquiere el aire con la pre- 
sión correspondiente al choque; h altura debida á la velocidad 
del agua en el tubo; /// altura de la columna de agua corres- 
pondiente á la presión ordinaria; //, id. id. correspondiente 
á la presión debida al choque; E ^ módulo de la elasticidad 
del tubo en sentido de la circunferencia, referido al metro cua- 
drado; E^ id., id., en el normal; E^ id. id. en sentido lon- 
gitudinal; E^ coeficiente de la compresibilidad del agua; ^\, x 
prolongaciones proporcionales en sentido de la circunferencia 



139 
del tubo, correspondientes á las presiones debidas á las colum- 
nas de agua H\ y //, ; >-\, a, compresiones proporcionales 
id. id. en el normal á la superficie interior del lubo; ^'j.x, pro- 
longaciones proporcionales id. id. en sentido longitudinal del 
tubo; x'^, K^ compresiones proporcionales del agua id., id.; 
V expresa la relación entre la circunferencia y el diámetro. 
Admítese que e es pequeño con relación á ñ. Las medidas son 
métricas. 

Sentado esto, tenemos las siguientes ecuaciones: 



' H'YnR-LÍ^ I ^ 


1^ ^ 1 


. ij.)-i^ %e;'^ re; 


^4.^3 + 


+//'. FJog. hip.-^. 





=^E,j{>.-K'^)=E^(.-.\), 

Si se trata de un tubo que no tenga depósito de aire, y cu- 
yas dos extremidades se bailen fijas, y se supone que la dilata- 
ción de la circunferencia del tubo llega á los limites de elasti- 
cidad, observando que los efectos de la compresión normal pue- 
den despreciarse relativamente á los de la dilatación circular, 
tendremos: 






2000 h 
í-\ 1 , 



En esla fórmula >>, corresponde al limite de elasticidad. 
Como -j^ es una fracción, podremos en la primera aproxima- 

cion despreciar dicha cantidad en el segundo miembro de la 
ecuación; lo que equivale á calcular primero ^^, como si la 
presión en el lubo, antes del choque, fuese nula. Sustituyendo 

//' 

en la fórmula los valores de -77^ obtenidos de este modo, se 

lograrán sucesivamente otras aproximaciones. 



140 
Cuando se prescinde de la compresibilidad del agua, se 
obtiene esla expresión: 

Para aplicar eslas fórmulas á un tubo de hierro fundido, 

1 

lomaremos ^^ =r7^. 

Siendo la compresibilidad lineal del agua bajo la presión 
atmosférica 0,000048, resultará 

£',= 214600000''" 

Con presencia de estos datos se ha calculado la siguiente 
tabla de los valores de H^, expresados en números redondos. 





VAI.OBKS DE H^. 


Velocidades 


Teniendo en cuenta la cora- 


Cuando no se tiene en cuenta 


del agua ea el tubo. 


presibitidad del agua. 


la conipresibilidad del agua. 


Metros . 


Metros . 


Metros. 


0,1)0 


17 


18 


1,00 


58 


71 


1.50 


117 


ItíO 


2.00 


180 


280 


2.50 


250 


440 


3.00 


340 


640 


3.50 


400 


860 


4.00 


450 


1130 


5.00 


000 


1760 


10,00 


1320 


7060 



Estos resultados numéricos son á propósito para que se 
forme ¡dea de los efectos del choque del agua, y ponen de ma- 
nifiesto la considerable influencia de la compresibilidad de 
dicho liquido. 

Por la Sección do Ciencias Exactas, Francisco García Navarro. 



CIENCIAS físicas. 



I 



FÍSICA. 



J)e la influencia de los metales en el calor radiante; por Mr. 
Knoblal'ch. 

(Bibliot. UD¡T. ele Ginebra, ma/o <8S8.) 

Los trabajos sobre el calor radiante, mirado en punto á su 
heterogeneidad, principiaron con el siglo corriente. Comenzó 
Herschell la serie de investigaciones notables, que continuadas por 
varios físicos, y en especial por Melloni, han dado de sí conexiones 
desumo interés entre la luz y el calor. Mr.Knoblauchañadeconsu 
Memoria un precioso capítulo á uno de los asuntos másmodernosde 
la Física. 

Melloni estudió particularmente sustancias trasparentes ó 
diáfanas respecto de su dialcrminidad. Lo mismo empieza exa- 
minando Mr. Knoblauch láminas metálicas delgadas. La inter- 
posición de un pan de oro al paso de un rayo de calor, no ha 
impedido que el galvanómetro de una pila termo-eléctrica 
puesta detrás dejase de presentar un desvío de 33°, 64, 4°, 21. 
l^.áS, etc., según lo grueso del metal. Las hojas de plata pa- 
recieron demasiado gruesas para dejarse atravesar: pero un 
precipitado del mismo metal, debidamente aplicadoen una placa 
de vidrio, se presentó también como diatermano. Lo mismo su- 
cedió con el platino. Cercioróse el autor, en vista de estos pri- 
meros ensayos, de que los efectos obtenidos no dependían de 
rayos de calor que hubieran atravesado por agujeros ó resque- 
brajaduras de las superficies metálicas, ni de una radiación 
peculiar del metal, pues se hubiera calentado este. 

Tratábase pues de averiguar si los metales ejercitan en los 



142 

flujos caloríficos una acción parecida á la que verifican ciertas 
sustancias diáfanas, análoga también á la que ocasionan en la luz 
vidrios de colores diversos. A lin de resolver esta cuestión tomó 
Mr. Knoblauch cuatro vidrios, uno amarillo, otro azul, otro en- 
carnado y otro verde, y determinó primero la proporción en que 
cada uno disminuia el flujo calorífico directo. Llamando 100 el 
rayo incidente, fué 59 después de atravesar el vidrio amarillo, 
41 el azul, 46 el encarnado y 20 el verde. Se interpuso un pan de 
oro al paso del rayo antes de llegar á los vidrios. Determinado 
de antemano el coeficiente de absorción del mismo pan, era 
posible, observando los desvíos del galvanómetro, ver la in- 
fluencia de cada vidrio en el rayo que había atravesado al oro. 
El vidrio amarillo dejó pasar 20 por 100, el azul 32, el encar- 
nado 14 y el verde 24. Después de haber atravesado el calor 
un pan de oro, actúa por tanto de una manera nueva respecto 
de los cuerpos dialermanos. Otra experiencia hecha con otro pan 
confirmó la primera. 

Con objeto de conocer la influencia del grueso de la lámina 
metálica, se emplearon cuatro ejemplares. Se obtuvieron los re- 
sultados siguientes: 

vidrio 
Panesdenro. Vidrio amarillo. Vidrio azul. encarnado. Vidriovcrdc. 



Menor grueso 46 30 32 21 

Más grueso 38 30. 25 U 

Todavía más grueso.... 26 32 18 24 

Mayor grueso 22 34 14 54 

El rayo saliente de la lámina se representa por 100. 

Resulta que el aumento del grueso va poniendo á los rayos 
menos susceptibles de atravesar el vidrio amarillo y encarnado, 
y al contrario el azul y verde. Esta influencia marcada del 
grueso de las láminas, manifiesta que á los electos obtenidos no 
los modifican las láminas de vidrio en las cuales está aplicado 
el metal, y además que los efectos no dependen de agujeros 
ni de resquebrajaduras que tengan los depósitos metálicos. 

Hechos otros ensayos con piala se ha visto, como en el caso 
anterior, que el flujo de calor que ha atravesado una capa de 



143 

ilicha sustancia presenta otras aptitudes para atravesar vidrios 
de color. La influencia del grueso es igual que con el oro; pero 
se debe notar que la modificación ocasionada en el calor por 
la superficie de plata es distinta de la ejercitada por el oro. 
Salen otras relaciones que expresan la pioporcion del flujo ca- 
loríflco capaz de atravesar los diversos vidrios. 

El platino produce efectos particulares. Interponiendo al 
paso de calor láminas del mismo grueso que las anteriores, se 
ve que no lo modifican de una manera apreciable. Igual pro- 
porción de calor pasa por los vidrios, llegue el calor directa- 
mente del sol ó haya atravesado el platino. Se presenta pues 
este metal como parecido á los vidrios incoloros respecto de la 
luz para cierta parte de calor, pero no ciertos rayos de prefe- 
rencia; parece un intermedio gris, como dice Mr. Knoblauch. 
Sabido es que Melloni asigna á la sal gema la facultad de per- 
mitir pasar igual proporción de diversos flujos elementales; pero 
el autor advierte que gruesos suficientemente grandes déla mis- 
ma sustancia, paran ciertos rayos más que otros. 

Mr. Knoblauch refiere luego un ensayo comparativo intere- 
sante. Tenia un vidrio, amarillo por trasmisión y azul por di- 
fusión. Lo examinó en cuanto al calor que reflejaba y al que lo 
penetraba, y después midió lo mismo en una lámina de oro. 
Manifestó la experiencia que el calor trasmitido por el ora tiene 
mucha menos aptitud para atravesarlos vidrios antes empleados, 
que el reflejado por la superficie del mismo metah El vidrio ama- 
rillo azul da por lo contrario un color trasmitido, respecto del 
cual son mucho más dialermanos los vidrios de color que respecto 
del calor reflejado. 

Natural era que en vista de estos interesantes apuntes, 
tratase el autor de averiguar cuál fuera la influencia de la re- 
flexión metálica en un rayo de calor. Melloni habia dicho, que 
los metales que difunden el calor lo devuelven como los cuer- 
pos blancos la luz, oslo es, que no lo modifican nada. Creia 
Mr. Knoblauch haber visto confirmado este aserto por algunos 
experimentos, en los cuales daba una lampara de Argand el flujo 
de calor. Pero examinando luego MM. de la Prevostaye y De- 
sains los fenómenos preseutados por flujos caloríficos provenien- 
tes de diferentes manantiales, infirieron que las superficies 



144 

metálicas reflejan desigualmente los calores de diversas cua- 
lidades. 

La lámpara de Argand empleada por Mr. Knoblauch no da- 
ba acaso más que un flujo de calor sobrado elemental para 
patentizar diferencias perceptibles de la reflexión por metales 
diversos. Convenia repetir las averiguaciones con la radiación 
solar, que contiene, como se sabe desde los interesantes tra- 
bajos de Melloni, gran número de flujos simples distintos entre sí 
respecto de la diatermanidad. 

En primer lugar, la naturaleza del flujo solar ¿modifica la 
reflexión por el espejo del heliostato? Como se verifica esta re- 
flexión por una superficie perfectamente pulimentada y no 
por difusión, era de suponer que no ocasionase modificación; 
pero Mr. Knoblauch comprobó por varios ensayos, que el rayo 
de calor, después de reflejado en el heliostato, en nada difiere 
respecto de los fenómenos que se estudian, del que llega direc- 
tamente del sol. 

Se mandó primero directamente el rayo reflejado en el he- 
liostato á la pila del aparato termo-eléctrico, Luego de medir 
su intensidad, se fueron interponiendo los vidrios amarillo, azul, 
encarnado y verde, á fin de conocer la proporción de calor que 
cada uno dejaba pasar. El amarillo dejó pasar 66 por 100, el 
azul 36, el encarnado 31 y el verde 18. Se dirigió después el 
rayo á una superficie metálica, y reflejado sólo atravesaba en 
seguida los vidrios de color. Representando por 100 la inten- 
sidad, luego de reflejado por un pan de oro sin pulimentar, die- 
ron las experiencias 73 para el amarillo, 37 para el azul, 55 
para el encarnado y 17 para el verde. Resulta pues que los vi- 
drios amarillo, encarnado y azul dejan paso mejor á un flujo 
de calor procedente de una reflexión por el oro, que á otro que 
viene directamente del sol. Con la plata sucedió lo mismo que 
con el oro. El platino presentó al contrario la propiedad de 
no modificar la proporción de calor que es capaz de atravesar 
cada vidrio: esto es, que después de verificada la reflexión por 
este metal, se presenta el flujo calorífico con iguales caracteres 
diatermanos que los que disfruta por la radiación solar directa. 
La reflexión por el cobre y el latón da un calor que atraviesa con 
más facilidad al vidrio amarillo, aunque se ve menos influencia 



145 

que si se verifica por el oro. Para el vidrio encarnado, es como él 
calor natural el reflejado por el cobre. Una superficie de mercu- 
rio sobre cobre, que presenta el aspecto lechoso conocido, modi- 
fica los rayos caloríficos como la piala. El plomo, el estaño y 
una aleación de plomo y eslaño no originan modificación apre- 
ciable. El zinc y el hierro dan un calor difuso que actúa como el 
natural. 

Advierte el autor que tomó las mayores precauciones en 
las experiencias, en las cuales no se vio modificase la reflexión 
á la naturaleza del calor, á fin de evitar las multiplicadas cau- 
sas de error que pueden intervenir en trabajos semejantes. Lo 
imposible de mantener constante por largo tiempo el conjunto 
de circunstancias exteriores, precisaba á examinar pocos cuer- 
pos en una misma serie de experiencias, y á comprobar varias 
veces los resultados obtenidos. 

La tabla siguiente da la proporción de calor que atraviesa 
los cuatro vidrios, luego de reflejado por diversas superficies 
metálicas. 



Cuerpos dialcrmauos. q 

a 

S o 
U o 



Vidrio amarillo... 65 73 72 65 76 66 6b 65 71 65 65 70 65 

ídem azul 40 39 40 40 40 40 40 40 40 40 40 39 40 

ídem encarnado... 51 55 55 51 55 52 51 51 54 51 51 52 51 
ídem verde 17 16 16 17 17 17 17 17 16 17 17 17 17 

Acaso pudiera pensarse que, en virtud de la influencia de 
cierta cantidad de calor incidente, se calentaban las superfi- 
cies metálicas, y que los rayos que mandaban atravesando 
los vidrios, constaban de una parte reflejada, y de otra que 
procedia directamente de su sustancia. Nota el autor que en 
otras experiencias, en las cuales se propuso examinar ciertos 
cuerpos de facultad absorbente considerable, tuvo que mantener 
constante su temperatura enfriándolos con agua; pero que las 

TOMO IX. 10 



146 
láminas metálicas carecen por completo de esta causa de error, 
en razón de su reducida facultad absorbente. Lo que prueba 
además que los rayos estudiados provenían sólo sin duda alguna 
de la reflexión, es que si parte de ellos procediese de emisión 
por el metal, estos rayos (como calor oscuro) hubieran atrave- 
sado los vidrios con menos facilidad que el calor natural, cuando 
á veces se veian atravesados los vidrios tan bien ó quizás mejor 
que por el calor del sol. 

Trátase ya de saber la influencia del manantial de calor en 
los fenómenos. Al efecto ha empleado Mr. Knoblauch una lám- 
para de Locatelli de mecha cuadrada, y cuya llama mandaba 
un flujo calorífico directamente sobre las superficies metáli- 
cas. La tabla siguiente manifiesta los resultados obtenidos. 



Cuerpos diatermaiios. "" ^ ó c ^ 

|l . ™ i 5 I -i c ¿ ° II i -i 

"5c£ s 5 ¿ -ü ^ .2 ■§ 2 ± >, ñ ^ 

u Occ.S=uirs¡u:.«e — 'c 

Vidrio amarillo... 35 39 3o 35 35 35 35 35 35 35 35 34 35 

ídem azul 21) 30 30 30 30 30 30 30 31 30 30 31 30 

ídem encarnado... 37 39 37 36 37 37 37 37 38 37 37 39 37 
ídem verde 14 14 13 13 14 14 14 14 13 14 14 13 17 

Comparando estos números con los anteriores, se ve que el 
calor procedente de la llama presenta distintas propiedades que 
el solar. Penetra aquel, después de la reflexión metálica, con 
menos facilidad por los vidrios de color. Importa notar que el 
calor reflejado por el oro penetra con más facilidad por el vi- 
drio amarillo cuando el manantial calorífico es la lámpara de 
Locatelli, que cuando es el sol. Con este motivo recuerda el 
autor otros trabajos, en los cuales el oro por lo contrario no 
modifica nada al calor despedido por un cilindro de metal ca- 
lentado á 110°. 

Ed suma, la influencia ejercitada por las superficies metá- 
licas en el calor que difunden, depende de la naturaleza del 
manan lial calorífico; presenta la mayor variedad en diversos 



m 

metales, cuando dicbo mananlial despide mayor numero de 
radiaciones elementales. 

También ha examinado Mr. Knoblauch la parle que cor- 
responda al estado de la superficie metálica. Haescojido, como 
era natural, los metales que según los trabajos precedentes pre- 
sentaron una acción marcada al tiempo de la reflexión, que 
fueron el oro, la piala, el mercurio, el cobre y el latón. Em- 
pleó también los mismos vidrios que antes. Produciendo refle- 
xión en una superficie brillante, y luego en otra sin pulimentar, 
obtuvo la primera vez los resultados siguientes: 

vidrio Vidrio 

afijarillo. cDcaroado. 



Calor directo 63 52 

Reflexión por una superficie de oro 

pulimentada 70 55 

Superficie sin pulimentar 70 55 

Resulta no tener al parecer importancia alguna en este 
caso el estado de la superficie. Experimentando otra vez con 
dos superficies sacadas por depósito galvánico, una muy del- 
gada y la olra no tanto, se manifestaron diferencias. 



Vidrio 


Vidrio 


amarillo. 


eDcaroado. 


63 


52 


67 


55 


70 


55 



Calor directo 

Lámina delgada de oro 

Lámina algo más gruesa 

La primera superficie reflejó un calor de cualidad menos 
apta para atravesar el vidrio amarillo. Merece notarse que dos 
hojuelas de oro presentan en las condiciones citadas alguna di- 
ferencia respecto de la luz reflejada; esto es, que su tinta no es 
una misma exactamente. 

Comparando entre si tres superficies de plata, una blan- 
quizca obtenida porvia galvánica, otra más gris por precipitado 
químico, y la olra muy pulimentada y de aspecto negruzco, ha 
sacado el autor diferencias notables. 



Vidria 


vidrio 


amarillo. 


íocarnado. 


66 


50 


72 


56 


68 


51 


65 


50 



US 



Calor directo 

Superficie blanquizca. . 

ídem más gris 

ídem muy pulimentada. 

Se ve que el calor reflejado por la primera, v. gr., atra- 
viesa con más facilidad los vidrios amarillo y encarnado. 

Mr. Knoblauch tenia estudiados los fenómenos que ocasiona 
la reflexión del calórico por cuerpos blancos, como yeso, creta, 
albayalde, óxido de zinc, porcelana, etc., y sacó por resultado 
que todos se presentan respecto del calor como los cuerpos de 
color respecto de la luz. Conexionando dichos trabajos con los 
actuales, concluye que, en el estado presente de los conocimien- 
tos, no existe cuerpo alguno adiatérmano que actué como blanco, 
tanto respecto de los rayos luminosos, como de los caloríficos. 
Añadamos no obstante, para no incurrir en equivocaciones, 
que el autor considera á la plata y al mercurio extendido sobre 
cobre como superficies metálicas blancas. El platino, hierro, 
zinc, estaño y plomo son para él metales grises. Si se llaman 
blancos respecto de la luz, lo mismo del calor. 

Restaba examinar la influencia de la inclinación de los ra- 
yos con la superficie refléctente. Se pusieron los aparatos de 
manera que pudiese variar la inclinación de 2° á 80°, y se 
mantuvo siempre á la misma distancia de la superficie refléc- 
tente la pila termo -eléctrica. Se obtuvieron con láminas de oro 
los resultados siguientes: 

IncÜDacinnes de 
CO" 40° 20» -10» 



Superficie pulimentada.... 1,00 1,06 1,00 1,12 1,21 1,36 

ídem sin pulimentar 1,00 1,44 2,06 2,94 3,95 5,08 

Otra sin pulimentar 1,00 1,29 1,59 2,59 3.00 3,50 

Resulta, como era de esperar, que la cantidad de calor refle- 
jado varía con la incidencia. 



149 

Abriendo rayitas en las superficies metálicas, paralelas al 
plano de reQexion en unas y perpendiculares al mismo en 
otras, se advierte que esfa circunstancia influye de una manera 
importante en la cantidad de calor reflejado. Es mayor la 
reflexión cuando están las rayas paralelas al plano de la 
misma. 

En el latón, platino y hierro, casi nada influye la incidencia 
cuando están perfectamente pulimentadas las superficies; pero 
tanto más cuanto más empañadas están. 

A fin de ver cuál era la influencia de la incidencia, aten- 
diendo á la naturaleza de la superficie, examinó Mr. Knoblauch 
cierto número de superficies metálicas empañadas ó pulimen- 
tadas, haciendo caer sobre ellas rayos inclinados de 2° á 80°. 
Una superficie de oro sin pulimentar reflejó á 80" un calor de 
cualidad que atravesaba mejor los vidrios amarillo y encarnado 
que el reflejado á 'i". Se parece este último, respecto de la dia- 
termanidad de los vidrios, al que viene directamente del sol. 
El oro pulimentado presentó iguales diferencias. Una superficie 
de plata sin pulimentar dio los mismos fenómenos; pero puli- 
mentada, reflejó con cualesquiera incidencias un calor parecido 
al directo. El mercurio actúa como la plata. El cobre como el 
oro, esté mate ó bruñido. Lo mismo el latón. El platino sin pu- 
limentar da un calor que con cualesquiera incidencias atraviesa 
con igual facilidad los Tidrios diatermanos. 

El trabajo de Mr. Knoblauch que acabamos de extractar, pa- 
rece importante por muchos conceptos. Ilustra la cuestión so- 
brado nueva aún de la heterogeneidad del calor. Se ve aplica- 
da la teoría neutoniana de la coloración de los cuerpos al calor. 
Los diversos cuerpos se colorean por reflexión, porque reflejan 
mayor número de ciertos rayos luminosos que de otros. Los 
cuerpos blancos reflejan igual número de rayos que los exis- 
tentes en la radiación solar. Igual acción se manifiesta en el 
calor. Ciertas sustancias lo reflejan capaz de atravesar los vidrios 
diatermanos sin que lo modifiquen nada; el platino, hierro, 
zinc, v. gr., son los cuerpos 6/rtncos para el calor. Otros lo mo- 
difican, y despiden un flujo calorífico más apto para atravesar 
los vidrios amarillo y encarnado; así es el caso del oro, cobre 
y plata. Estos cuerpos tienen color, ó son termocróicos. 



150 

Sabido es que se debe distinguir la parte de espejo de la 
de color en la reflexión délos metales. Mucho tiempo hace que 
llamó Oersted la atención hacia esto. Cíianlo más marcada es la 
reflexión de espejo, menos color tiene el cuerpo. Las superü- 
cies pulimentadas descomponen menos por reflexión, al paso 
que las mates dan más intonso el verdadero color de los cuer- 
pos. El oro y cobre lo prueban singularmente. I¿;iial distinción 
cabe en el calor; las superficies mates son las que mejor comu- 
nican al flujo calorífico la modificación, en virtud de la cual atra- 
viesa más fácilmente ciertos intermedios diatermanos. Las mis- 
mas conexiones resultan respecto de la incidencia. Junto á la 
incidencia rasante está lo más marcada la reflexión de espejo; 
y entonces también se manifiesta menos el tinte. del metal. El 
calor reflejado lejos de la normal es asimismo el que más se 
parece al natural ; no lo modifica la superficie metálica, como 
tampoco á la luz. 

En la primera parle del trabajo de Mr. Knoblauch se evi- 
dencia la diatermanidad de las superficies metálicas delgadas. 
El oro deja pasar la luz, pero detiene ciertos rayos. Igual mo- 
dificación experimenta el flujo calorífico. Al atravesar las lá- 
minas metálicas se descompone. El calor de cierta cualidad 
patente por su aptitud para atravesar tal ó cual vidrio, pasa 
en mayor proporción que otro. Varia esto según los cuerpos, y 
queda sentada una singular analogía entre las facultades dia- 
termanas de los metales y las de algunos cuerposdiáfanos. El 
grueso de las láminas metálicas influye lo mismo que el de los cuer- 
pos diáfanos, que fueron los estudiados más particularmente por 
Melloni. Cabe decir que en el estado actual de las cosas se co- 
noce mejor la diatermanidad que la trasparencia de los metales: 
respecto de esta no posee todavía la ciencia más que nociones es- 
casas y harto incompletas. 

Los trabajos de Mr. Knoblauch son un adelantamiento for- 
mal en el estudio comparativo de la luz y el calor radiante: lo 
inauguró á principios de este siglo Herschell, y lo prosiguió 
luego Melloni con tanto afán como buen éxito. 



151 



Manera de preparar licores de peso especifico dado sin cálculo 
ni correcciones; densiinetro construido por Mr. Spacowsky. 

(Cuiiiptes reiidus, 1 jui'io Í8S8.) 

Suele necesitarse preparar en los laboratorios y en la indus- 
tria una mezcla constante de dos licores, como ácido sulfúrico 
y agua, alcool y agua, etc. Se emplean por lo general dos medios: 
1.", dada la cantidad y el peso específico de uno de los licores, 
se determina por el cálculo la del otro: medio de difícil prác- 
tica por lo común, que requiere mucho tiempo, y en los lico- 
res alcoólicos la concentración ó mezcla ocasiona dificultades 
por lo regular insuperables; 2.°, también se emplean los areó- 
metros metidos en la mezcla o preparación; pero este medio, 
aunque muy práctico y usado, presenta grandes dificultades 
en la manipulación, por causa de las vaiiaciones de temperatura 
al tiempo de la mezcla. 

El densímetro de nueva forma construido por Mr. Spacowsky, 
de San Petersbuigo, permitiría preparar con suma facilidad 
y precisión una mezcla sin emplear termómetro. 

Se compone el aparato de un vaso ó areómetro de platino. 
Está cerrado en la parte superior con una tapadera ó placa me- 
tálica muy delgada, como la que se usa en los barómetros ane- 
roides ó que ceden á la menor presión que experimentan; en la 
parte inferior termina en un tubo con llave, se le cuelga con 
un hilo de platino de uno de los brazos de una balanza delicada, 
y se le equilibra con un peso colgado también con un hilo de 
platino del otro brazo de la balanza. Establecido así el equili- 
brio cuando está vacío el vaso ó areómetro, se perturbará evi- 
dentemente llenando el areómetro de cualquier líquido; pero 
se restablecerá metiendo el areómetro y el peso en una masa 
líquida de igual naturaleza ó de la misma fuerza que la que 
llena el areómetro. Con efecto, por el acto de la inmersión de- 
ja de pesar el líquido del areómetro y queda solo el peso del areó- 
metro, y el del que se equilibraba con él; pero estos pesos, pri- 
mitivamente iguales, están disminuidos en la misma proporción 
por haberse suraerjidoen un mismo líquido. Además, y porque la 
pared delgadísima permite tomar al liquido interior el incre- 



lo2 
mentó de volumen correspondiente á la temperatura del am- 
biente, se probaria con un cálculo muy sencillo que el resta- 
blecimiento de equilibrio del areómetro lleno y del peso sumer- 
jido se verifica á cualesquiera temperaturas, ó es independiente 
délas densidades del liquido y del metal de que conste el vaso. 
Y como las paredes de platino del areómetro son asimismo muy 
delgadas, y conducen muy bien el calor, se pondrán muy 
pronto en equilibrio de temperatura el líquido interior y el 
exterior. 

Ahora bien, para reproducir una cantidad cualquiera de 
licor primitivamente determinado, una mezcla v. gr. de ácido 
sulfúrico y agua, habrá que hacer la sencilla operación si- 
guiente. Se llenará el vaso del areómetro del licor determinado 
primitivo, se sumergirá el vaso lleno y el peso en ácido sulfú- 
rico, y se añadirá agua hasta que se restablezca perfectamente 
el equilibrio; el licor que contiene el vaso donde se verifica la 
inmersión, tendrá entonces con todo rigor la misma fuerza que 
el licor del areómetro ó el licor primitivo. 



Trabajos sobre la chispa eléctrica; por Mr. Feddersen. 

(Poggend. AnnnlcD, t. 1.°, -ISiJS. — Bibliot. univ. de Ginebra, ogoí/o -1858.) 

Las experiencias del autor se encaminan á conocer la chis- 
pa eléctrica bajo el punto de vista de su discontinuidad, de su 
constitución física, de su duración, etc. Sabido es que la han estu- 
diado Faraday, Wheatstone, Rioss, Holmholtz, etc. Wheatstone 
demostró, valiéndose de su ingenioso método de los espejos gira- 
torios, que consiste en una serie de descargas intermitentes; y Fa- 
raday la mira como resultado de la descarga que por el aire se 
verifica entre los cuerpos electrizados y los inmediatos. Riess se re- 
presenta la descarga de un conductor como constando de un sin- 
número de descargas parciales, que cada una se produce cuando 
la electricidad acumulada en los polos ha llegado á adquirir la 
tensión suficiente para pasar. 

Apáralos. Ha empleado el autor un método de observación 
parecido al de Wheatstone. Una máquina electro-magnética 
ponia en rotación á un espejo vertical, y la chispa que sallaba 



153 

en posición conveniente cerca del espejo, despedia rayos que 
reflejaba una pantalla. En esta se observaban las apariencias 
luminosas dependientes de la constitución de la chispa y de la 
velocidad de rotación del espejo. La chispa estaba vertical, y los 
dos polos metálicos se podian acercar ó alejar, pero de suerte 
que se pudiera medir exactamente su distancia, y por tanto el 
largo de la chispa. Producíase el fenómeno luminoso á cosa de 
130 milimetros del eje de rotación, y apartábase la imagen en 
la pantalla 1 milímetro á cada rotación de {o de grado. Por efec- 
to de la delicada suspensión del eje que llevaba el espejo, se 
podía conseguir una velocidad de 40 Tuellas por segundo. Mo- 
dificando el rozamiento con ligeros muelles que servían al con- 
mutador de la máquina electro-magnética, se podía disminuir 
fácilmente esta velocidad. Las botellas de Leyden que se emplea- 
ron tenían cos.ule 130 centímetros cuadrados de superficie; las 
esferilas entre las cuales saltaba la chispa, 1 6 milímetros de diá- 
metro. Con objeto de variar la resistencia de los conductores, 
puso el autor en el circuito columnas de agua destilada de di- 
ferentes longitudes, metidas en tubos de vidrio. Con el de poder 
comparar estas columnas, que no todas tenían igual diámetro, 
las redujo por calculo á un mismo tipo de 1 milímetro de diá- 
metro. Tomó para unidad una columna de 1 milímetro de diá- 
metro y 1 de largo, y llamó longitud reducida á la de las colum- 
nas apreciada con arreglo á aquella. 

Descarga continua. La primera apariencia que se presentó 
fué de dos resplandores continuos, uno enfrente de otro, en 
los dos polos. lín virtud de la rotación del espejo se observa- 
ron en la pantalla dos fajas paralelas, separadas por un espa- 
cio totalmente oscuro cuando contenia grandes resistencias el 
circuito (400 á 1.000 unidades). Es la descarga oscura de Fa- 
raday. Disminuyendo las resistencias, invadió más y más la luz 
el espacio sombrío, y á veces terminó repentinamente, trasfor- 
mándose en chispas claras y distintas. 

Descargas intermitentes. Yiéronse en la pantalla , gracias 
á la veloz rotación del espejo, chispas parciales, equidistantes 
primero, y que se iban alejando luego al concluirse la descarga. 
No fueron siempre unas mismas las apariencias, y por lo gene- 
ral se presentaron con la mayor regularidad las rayas brillan- 



154 
les cuando era el menor su intervalo. Notó el autor que en la 
descarga intermitente no estuvieron completamente oscuros, ni 
corres|)ondian por tanto á un reposo eléctiico, los intervalos en- 
tre dos chispas. Siguió continua la descarga entre las chispas 
parciales, y fué siendo más importante al paso de irse dismi- 
nuyendo las resistencias del circuito. No sucedieron por otra 
parte con mucha regularidad, y solieron oslar jnezcladas am- 
bas clases de descargas. Sucedíanse con mayor ó menor pres- 
teza las chispas parciales. Se manifestó como una chispa homo- 
génea, y haciendo un ruido único y apagado la descarga con- 
tinua, que tuvo poquísimo que ver con las resistencias gran- 
des, y que sólo se pudo observar bien con columnas de agua 
cortísimas. La descarga intermilente dio una especie de silbido, 
y solía verse como un manojo bastante ancho en vez de una 
chispa sola. Las diversas parles de este manojo fueron las chis- 
pas parciales que se sucedían con demasiada rapidez para de- 
Jar de tenerlas por simultáneas á la simple vista. La falla de 
simultaneidad la patentizó sólo la observación hecha con el 
aparato de rotación. 

Constancia de la dirección. Cuando saltó la chispa en un 
aire algo agitado, estutieron por lo común bastante rectas las 
primeras chispas parciales; pero á poco se encorvaron mirando 
á la corriente de aire, y yéndose torciendo por tanto cada vez 
más. La línea que pasaba por los puntos de inflexión dependía 
de la dirección del movimiento gaseoso: pero la forma de las 
chispas inmediatas demostró, como con razón lo observa el au- 
tor, que cada chispa propendió á seguir el mismo camino que 
la que la precedía. 

Intervalo de tiempo entre dos descargas parciales. Se pu- 
dieron examinar las conexiones de este intervalo con la longi- 
tud de las chispas y con la magnitud de las resistencias. Fué 
fácil saber el tiempo trascurrido entre dos chispas sucesivas, 
midiendo la distancia entre ellas en la pantalla, y conociendo 
la velocidad de rotación del espejo. Trató el autor de apreciar 
con cuanta exactitud pudo estos dos elementos. La mayor ó 
menor dimensión de la superficie electrizada no pareció influir 
en el intervalo elemental; á lo menos una botella más de Ley- 
den no alteró nada los resultados. Aumentando la distancia de 



lo5 

los polos, y de consiguiente la longitud de las chispas, se vio 
que las chispas parciales se sucedian cada vez con mayor 
presteza, aunque fué mucho menor esta variación que la ante- 
rior. En cierta condición de resistencia, y estando los polos 
á 13 milímetros, fué de 0,000038 de segundo el intervalo en- 
tre las chispas parciales; á 6 milímetros, 0,000087; á 4 milí- 
metros, 0,000116. Estando los polos á lo milímetros uno de 
otro, se sucedieron las chispas parciales con intervalos de 
0,000009 de segundo; á 10 milímetros, 0,000074; á 5 milíme- 
tros, 0,000108. La tabla que da Feddersen sobre este punió ma- 
nifiesta que hubo bastantes irregularidades. 

No hubo más regularidad en cuanto á la resistencia, según 
lo dicen las experiencias. En general, y siendo iguales todas 
las demás circunstancias, fueron lauto más próximas las des- 
cargas parciales, cuanto menos hacia que se habían interpuesto 
en el circuito los tubos de agua. El autor, que dice advirtió 
siempre esta extraña influencia, declara ignorar la causa de 
ella. Las cifras sacadas demuestran que los intervalos entre dos 
chispas parciales crecían al propio tiempo que las resistencias 
del circuito; fué algo más rápido el aumento de aquellos que 
el de estas, sin poderse fijar ley de ello. En la tabla publicada 
por el autor se ve que frecuentemente varió de uno á otro ex- 
perimento, no sólo la resistencia, sino la longitud de la chispa. 
Parece, pues, que esta circunstancia impide ver inmediata- 
mente lo que provenga de sólo la resistencia. Sea lo que fuere, 
véanse á continuación algunas cifras, en las cuales expresa c 
una longitud reducida de 120 metros. 

Distancia de las chispas en Duración mínima del intervalo 
Resistencia. milímetros. entre dos chispas parciales. 



5c 3 á 1-"™ 0,000037 

/i|c ll á U 0,000036 

4c 1 k \{ 0,000048 

3 c I á 2 0,000022 

Duración de la descarga total. Naturalmente es mucho ma- 
yor esla duración que las anteriores. Debería ser igual al in- 
tervalo entre dos chispas parciales multiplicado por el número 



156 
(le ellas. Whealstone Iralo ya de este punió de la duración de 
una chispa completa. Advierte Feddersen que la fracción de la 
carga completa de una botella, que desaparece al tiempo de des- 
cargarse, varia mucho de una á otra experiencia. Da el autor 
resultados para un estado medio de cosas, cuales pudo obte- 
nerlos midiendo la longitud de la chispa presentada en la pan- 
talla mientras giraba el espejo. Se vio inmediatamente que la 
duración de la descarga total aumentó con la resistencia del 
circuito, y también con la dimensión de la superficie eléctrica. 
Asimismo aumentaba probablemente con la longitud de la 
chispa, aunque no pasó de ser doble para una distancia quin- 
tupla de los polos. Se pudo señalar por fin el hecho de que pa- 
recía acabarse tan de repente la chispa como habia principiado. 
Llamando b á una longitud reducida de 90"*"': 





UNA BOTELLA 


DE LEYDEN. 


DOS BOTELLAS 


DE LF.YDEN. 


BcsisteDcia. 


Chispas 


Chispas 


Chispas 


Chispas 




de 2 miliinetros. 


de 10 milímetros. 


de 2 miliinetros. 


de HO miliinetros. 


,S>b 


0,0012 


0,0014 


0,0015 


0,0020 


i b 


0,0016 


0,0020 


0,0025 


0,0029 


i b 


0,0049 
' 0,0061 


0,0078 
0.106 






í b . 


0,0065 
0,0070 

1 


0.129 
0,0115 


0,0146 


0,023 



Medida de la fracción de la electricidad del condensador que 
desaparece en tina descarga total. Por conclusión de su Me- 
moria, da Feddersen algunos resultados de experiencias enca- 
minadas á conocer la importancia de las descargas totales res- 
pecto de la cantidad de electricidad acumulada en el condensa- 
dor. No varió bastante por desgracia la resistencia del circuito, 
ni fueron en suficiente número los ensayos hechos para darse 
por enteramente satisfecho el autor. Medíase la cantidad de 
electricidad que subsistía después de la descarga primera, 
acercando los dos polos hasta que saltase otra chispa, y otra 
y hasta la cuarta. Este método, que alguna aproximación daba, 
arrojó muchos resultados que agrupa Feddersen como conviene 



157 

para sacar términos medios según diversas longitudes de chis 
pas. En dos circunstancias de ser 4830'"™ y 240""" de longitu- 
des reducidas las resistencias del circuito, se notó que la frac- 
ción de la carga total que se combina en virtud de una chispa, 
fué sobrado menor en el primer caso que en el segundo. Las 
tablas numéricas que acompañan á la Memoria, manifiestan que 
la razón entre la fracción que se combina y la carga primitiva 
aumenta con la longitud de las chispas. Es cierto este resultado 
en toda la serie de las experiencias, y asi siendo grande como 
corta la resistencia. 



Propiedades del hielo al estar cerca de su punto de fusión ; por 
Mr. Forbes. 

(CosQios, 5 setiembre ^858.) 

El año de 1850 observó Faraday el singular hecho de que 
acercando dos pedazos de hielo en un intermedio de tempera- 
tura mayor que cero, se juntan formando un sólo pedazo ; en 
igual circunstancia se adhiere la flanela por congelación al hielo 
sobre que se pone. 

«He observado estos hechos, dice Forbes (de Edimburgo), 
pero hallando siempre que los metales se adhieren por conge- 
lación al hielo que los rodea, con tal que no se permita que 
trasmitan con demasiada abundancia el calor que posean. Po- 
niendo un rimero de pesetas sobre un pedazo de hielo en un 
cuarto caliente, se verá que la de abajo, luego de meterse en el 
hielo, se adherirá á él con fuerza. 

nPara producir este efecto basta el simple contacto sin pre- 
sión. Dos pedazos chatos de hielo, cuyas superficies que se mi- 
raban se aplanaron casi, agujereados por el centro y enfdados 
en un tubo de vidrio, se colgaron al aire en un cuarto habita- 
do, de suerte que estuvieron sensiblemente paralelos y vertica- 
les sus planos; se los apoyó suavemente uno contra otro me- 
diante dos muellecitos de reloj; hora y media después eran tan 
completas la soldadura y cohesión, que rompiéndolos violenta- 
mente continuaron unidos varios pedazos de las dos placas de 
unos 120 centímetros cuadrados de superficie. Era tan perfec- 



158 

ta la adherencia como si se hubiesen apretado con pesos los 
dos pedazos chatos uno contra otro; la presión ayuda sólo á la 
común helada aumentando las supcrlicies de contado. 

«Masas considerables de hielo, que habian estado flotando 
largo tiempo en agua no helada metida en toneles, y que se 
habian conservado varios dias en estado de fusión principiada, 
moliéndolos rápidamente en un mortero, manifestaban tempe- 
ratura inferior IG centésimas casi de grado centígrado á la 
verdadera de fusión ó al verdadero cero. 

))Se congeló agua con cuidado en un cilindro de algunos centí- 
metros de largo, manteniendo la bola de un termómetro en el 
eje del cilindro; se fundió luego lentamente el cilindro de hielo, 
se le puso bastante tiempo dentro de hielo machacado á la tempe- 
ratura de fusión, y se vio que la temperatura de lo interior del 
cilindro era sin dudarlo inferior acero en 16 centésimas de grado 
casi. 

«Entiendo que no se pueden explicar estos resultados sino 
admitiendo, como Person, que en el hielo mismo, sustancia de 
fusión la más pura, el paso del estado sólido al líquido sucede 
por grados y no de repente, ó que el hielo empieza á ab- 
sorber calor latente cuando todavía está bajo de cero de la escala 
centígrada. 

«Manifiesta luego Forbes cómo explican los resultados an- 
teriores el hecho cierto de una temperatura constantemente 
inferior á cero dentro del hielo, y cómo este último hecho da 
á su vez razón de volverse á helar el hielo. 

«Supongamos, dice, que se ponga en contacto una superfi- 
cie plana de hielo con otra. Entre ambas superficies hay dos capas 
de hielo plástico ó de agua viscosa (estado del agua ó del hielo 
que, según Person, constituye el reblandecimiento que precede 
á la fusión, y que está circunscrito en un intervalo de cosa de 
2 grados) aislada entre las dos superficies de hielo más frías 
que ellas. Antes de suceder el contacto, y cuando los dos peda- 
zos- de hielo estaban metidos en agua, subsistían las dos capas 
en estado semi -líquido ó viscoso, por efecto del calor que reci- 
bían del agua perfecta que tenían delante. Pero no existe esta 
agua, el contado la ha echado fuera, y las dos capas viscosas 
no están va en contacto con el hielo más frío de ambos lados. 



159 
Parle del calor sensible que las capas viscosas poseian, lo ceden á 
las inmediatas que tenían menos, y esta cesión vuelve á aquellas 
.il estado de hielo perfecto. 

))Si se pone un cuerpo mal conductor, flanela, v. ^r., en lu- 
gar de uno de los pedazos de hielo, igual efecto práctico habrá, 
porque la capa viscosa se verá despojada por un lado de su 
calor sensible por el hielo más frió del pedazo de que forma 
parte, y la superficie del cuerpo mal conductor no le cederá 
por otro bastante calor para reparar su pérdida y mantenerla 
viscosa. Por esto se adhiere un pedazo de hielo al guante de 
lana de la mano que lo coge, aunque esté caliente esta. Lo mis- 
mo obrarán los metales, como queda dicho, pero á condición de 
que, rodeados de hielo ó metidos en él, no puedan ceder su 
calor á la capa que está inmediatamente en contacto con 
ellos.» 



QUIillCit. 

Trabajos sobre las sales de cromo; por Mr. Fremy. 

(Comjjtes rentliis, 6 diciemhre ^85S.) 

Notorio es á todos los químicos que las sales de cromo de 
color de violeta, como el sulfato ó el alumbre, se modifican por 
influencia de una temperatura poco elevada, y que se trasfor- 
man en cuerpos incrislalizables que presentan un hermoso co- 
lor verde. 

Sabido es igualmente que las sales de cromo de color de 
violeta, tratadas por un exceso de amoniaco, producen líquidos 
de color de rosa violáceo. 

Como estos hechos se enlazan con los fenómenos tan curio- 
sos de la isomería, han dado lugar á trabajos muy importantes, 
publicados por Berzelius, por Schroeter, y más recientemente 
por Loevel. 

No obstante, esta cuestión se mantiene indecisa, y en el ac- 
tual estado de la ciencia no conocemos, ni la diferencia que 
existe entre las sales de cromo de color de violeta y las que han 
adquirido el color verde por la acción del calor, ni la coraposi- 



160 

cion de las sustancias de color de rosa que se forman cuando 
ciertas sales de cromo se hallan sometidas á la influencia del 
amoniaco. 

La presente Memoria tiene por objeto aclarar un poco este 
importante asunto, que, por lo demás, presenta cierta analogía 
con los que he tratado, dice el autor, en mis anteriores estu- 
dios sobre los hidratos y las bases amídeas formadas por el co- 
balto. 

Este trabajo puede dividirse en tres partes: 

En la primera estudio las modificaciones que el calor hace 
experimentar al hidrato de sesqui-óxido de cromo y á las sales 
formadas por esta base. 

En la segunda doy á conocer una nueva clase de cuerpos, 
á los que aplico el nombre de compuestos amido-melálicos. 

En la tercera describo las sustancias que resultan de la des- 
composición de los cuerpos amidados precedentes, y emprendo 
el estudio de una nueva base, que contiene los elementos del 
amoniaco y del sesqui-óxido de cromo. 

Voy á presentar el resumen de mis principales observa- 
ciones. 

Modificación que el calor hace experimentar al sesqui-óxido de 
cromo y á las sales de cromo de color de violeta. 

Cuando se precipita por el amoniaco una sal de cromo de 
color de violeta, se obtiene un hidrato, que después de una 
desecación practicada en el vacío, está representada por la 
fórmula 

Este hidrato se diferencia del de que hablaré más adelante, 
por su solubilidad, ya en el ácido acético, ya en el amoniaco, 
ya en la potasa dilatada en agua. 

Algunas influencias diferentes, y al parecer muy débiles, 
modifican este hidrato; así, pues, la acción del agua hirviendo, 
la presencia de disoluciones salinas concentradas, el contacto 
prolongado del agua fría, una desecación al aire libre ó en el va- 
cío, mantenida por espacio de muchos días, ó un roce de al- 



161 

gunos inslanles, bastan para hacer perder al hidrato de sesqui- 
óxido de cromo su solubilidad en los reactivos que al principio 
ledisolvian. 

Todds los hechos que he observado parecen demostrar que 
esta modificación del óxido de cromo es debida aun cambio iso- 
mérico, y no á un fenómeno de deshidratacion; en efecto, sería 
difícil comprender que el óxido de cromo, que pierde su solubi- 
lidad en el ácido acético y en la potasa cuando se ha conservado 
algunos diasen el agua fria, experimentase esta modificación á 
consecuencia de una deshidratacion verificada en el mismo seno 
del agua; por lo demás, ninguna diferencia entre estos hidratos 
resulta déla análisis. 

Como la existencia de estos dos estados isoméricos del óxido 
de cromo sirve en cierto modo de base á mi trabajo, y explica 
sin esfuerzo los diversos fenómenos que hasta el dia no han te^ 
nido explicación, he creido conveniente dar denominaciones 
diferentes á los dos hidratos de sesqui-óxido de cromo. Con- 
servo el nombre de sesqui-óxido de cromo al cuerpo que cono- 
cen todos los químicos, que ha recibido la influencia del agua 
hirviendo, ó la acción prolongada del agua fria, que es inso- 
luble en el ácido acético, en la potasa y en los líquidos amo- 
niacales; y daré el nombre de sesqui-óxido meta-crómico al que 
ha conservado su solubilidad en los reactivos anteriores, y que 
se obtiene precipitando en frío una sal de color de violeta por 
el amoniaco. 

Cuando el óxido mela-crómico ha sido Irasformado en óxido 
ordinario, puede restituírsele á su primer estado, haciéndole 
hervir con un exceso de ácido, y precipitándole por el amonia- 
co: este hecho interesante no se habia ocultado á la penetra- 
ción de H. Loewel. 

Después de haber patentizado la existencia cierta de dos 
estados isoméricos del óxido de cromo, me hallaba en el caso 
de estudiar las modificaciones que las sales de cromo experimen- 
tan por el calor, y de averiguar si la trasformacion de una 
sal del expresado color en sal verde es debida, ya á una des- 
hidratacion de la molécula salina, ya á la formación de una 
nueva sal acida ó básica, ya á una modificación isomérica de 
la base contenida en la sal. 

TftlVIO IT. 1 * 



162 

La experiencia no ha dejado duda alguna acerca del par- 
licular: después de haberme cerciorado, mediante numerosos 
ensayos, de que cuando una sal de cromo violada se convierte 
en verde por medio de la ebullición, no se verifica ninguna 
eliminación de ácido ó de base, he precipitado por el amoniaco 
el óxido de sal que se habia vuelto verde; comparándolo con el 
del compuesto violado, he visto que entre estas dos bases exis- 
tían diferencias muy marcadas, y el óxido de las sales verdes 
se habia hecho insoluble en la potasa dilatada ó en los líquidos 
amoniacales; en una palabra, la ebullición habia trasformado 
el óxido meta-crómico en óxido de cromo ordinario. 

Los cambios que las sales de cromo violadas experimentan 
en su color y en sus propiedades, cuando se les somete á la ac- 
ción del agua hirviendo, son, pues, debidas á una trasforma- 
cioo isomérica del óxido contenido en la combinación salina. 

Compuestos amido-crómicos. 

Los dos estados isoméricos del óxido de cromo no se con- 
ducen del mismo modo cuando se les pone en presencia del 
amoniaco. El óxido modificado por la acción del agua hirviendo 
no ejerce su reacción en el amoniaco, en tanto que el óxido me- 
ta-crómico, en su contacto con el álcali volátil, cambia de color, 
adquiere una tinta violácea, y forma un compuesto amidado que 
parece resultar de la combinación de equivalentes iguales de 
óxido do cromo y de amoniaco; este cuerpo, sometido á la acción 
del calor, desprende gran cantidad de amoniaco y agua, y deja 
un residuo de óxido de cromo anhidro. Más adelante expondré 
un método que permite obtener este compuesto en un estado de 
absolata pureza. 

Las sales amoniacales no ejercen acción alguna en el óxido 
meta-crómico; pero cuando se somete esta base á la doble in- 
fluencia del amoniaco y de una sal amoniacal, preséntase un 
fenómeno enteramente nuevo, que he estudiado con gran 
interés. 

El óxido mela-crómíco se disuelve entonces completamente, 
y produce compuestos notables por su hermoso color de rosa 
violado. 



163 

He conseguido aislar los cuerpos que se forman en estas cir- 
cunstancias, precipitando por medio del alcool los líquidos de co- 
lor rosado, y preservando las sustancias araido-metálicas de la 
acción desconipouente del alcool, mediante una desecación rá- 
pida, practicada en el vacío. 

Todas las sales amoniacales pueden operar de este modo la 
disolución del óxido meta-crómico por la influencia del amoniaco, 
y dar origen á compuestos coloreados, cuyas propiedades gene- 
rales daré á conocer, hablando aquí del que ha sido producido 
por el clorhidrato de amoniaco. 

Este cuerpo, considerado en estado seco, tiene un hermoso 
color de violeta, y al disolverse en el agua da al liquido un color 
vivo de rosa violáceo: los caracteres químicos de los elementos 
que lo constituyen se hallan enteramente ocultos; por esta 
causa su reacción es apenas alcalina, y no obstante, el amo- 
niaco entra en su molécula en considerable proporción: el ni- 
trato de plata no forma precipitado en su disolución; y sin em- 
bargo, los elementos del ácido clorhídrico se encuentran combi- 
nados con él: los reactivos ordinarios no descubren la presencia 
del cromo; y no obstante, el óxido de cromo es la base de este 
compuesto. 

Pero cuando se hace hervir su disolución, los elementos 
de que acabo de hablar se hacen sensibles, pues se des- 
prenden cantidades muy notables de amoniaco; el hidrato de 
sesqui-óxido de cromo se precipita, haciendo muchas veces 
concretarse en masa todo el líquido; y el nitrato de plata indica 
en tal caso en el liquido una gran cantidad de clorhidrato de 
amoniaco. 

Los cuerpos constitutivos de esta extraña sustancia se separan 
en la relación que se expresa en la siguiente fórmula: 

2(67//, Az //'), 4 A; W -f 3 Cr' 0^-\-Ag. 

Esta acción descomponente del agua trae á la memoria la 
Irasforraacioii de los amidos en sales amoniacales; y es la que 
obliga á dar el nombre de cuerpos amido-melálicos á las sus- 
tancias que acabo de caracterizar. 

En vista de estos fenómenos, que prueban que el amoniaco, 



1(54 ,^« i^"^ 
ejerciendo dos acciones en un óxido metálico y en todas las sa- 
les amoniacales, puede formar compuestos en los cuales los ele- 
mentos han perdido sus caracteres distintivos, como el ácido 
ciánico pierde sus propiedades genéricas cuando en presencia 
del amoniaco forma urca, en el hermoso experimento de Mr. 
Woehler, es imposible no reconocer que en este caso la química 
mineral se confunde enteramente con la orgánica. 

Esta consideración es á propósito para dar, en mi concepto, 
gran interés á los compuestos que doy á conocer en esta Me- 
moria. 

Productos que residían de la descomposición de los cuerpos 
ainido- crómicos. 



Cuando una disolución de cuerpo amido-crómico está expues- 
ta al aire por algún tiempo, no tarda en descomponerse ejer- 
ciendo una reacción en los elementos del agua: el amoniaco se 
desprende; la sal amoniacal se regenera; y se deposita un 
cuerpo de color de violeta, insoluble, que aunque no está crista- 
lizado, se presenta en unos granitos redondos, trasparentes y de 
reflejos cambiantes. 

Esta sustancia es amídea como la que la ha producido; su 
composición es sencilla, porque no contiene sino los elementos 
del óxido de cromo y los del amoniaco; la acción del agua hir- 
viendo basta para verificar su completa descomposición, y los 
elementos se separan en la relación siguiente: 

Cr''0\ AzIP, mío. 

Los ácidos no trasforraan simplemente este cuerpo amidado 
en sal de cromo y en sal amoniacal, sino que dan origen á una 
nueva base amoniaco-metálica, que denominaré róseo -crómica, 
y en la cual 1 equivalente de óxido de cromo confunde su mo- 
lécula con 4 equivalentes de amoniaco; esta doble base debe, 
por consiguiente, ser representada por la fórmula 

6V' 0^ 4 Az H\ 



165 

Puede interpretarse como sigue la descomposición del cuerpo 
amido-cróinico violado, insoluble por la influencia de los ácidos: 

líiCr'0'AzW)-\-l^S0'=^Cr'0\^S0')-\-{Cr'0\ÍAzIP),3S0^ 

Sulfato róseo- crómico. 

El cuerpo amido-crómico violado insoluble no es el único 
compuesto que puede dar origen á la nueva base róseo-crómi- 
ca; yo la produzco con la mayor facilidad, haciendo obrar en 
frió los ácidos concentrados en los compuestos amido-crómicos 
solubles que se obtienen precipitando por medio del alcool los 
líquidos de color de rosa resultantes de la acción del óxido 
meta-crómico en una mezcla de amoniaco y de sales amo- 
niacales. 

Las sales róseo-crómicas están representadas de una ma- 
nera general en la fórmula siguiente: 

{Cr'0\ lAzH'),ZA. 

Su disolución es de un color de rosa casi puro; la sal que 
cristaliza con más facilidad es el clorhidrato, cuya fórmula, se- 
gún mis análisis, es como sigue: 

{CrO',ÍAzíP),^HCL. 

Esta sal cristaliza en un liquido ácido en hermosos octaedros 
regulares, y forma dobles cloruros que cristalizan al ejercer su 
reacción en los cloruros de platino y mercurio. 

La base róseo-crómica de que acabo de hablar, parece no ser 
la única sustancia básica que puede formarse en la reacción del 
amoniaco en el óxido de cromo. 

He reconocido ya que el agua pura descompone el clorhidrato 
róseo-crómico; en estos casos se forma una nueva sal que puede 
cristalizar en hermosos prismas rectos romboidales, y otro 
compuesto salino mucho más soluble que los anteriores: estas 
sales contienen, á lo que parece, diferentes bases. 

Creo, pues, que esta serie de bases amido-crómicas será 
numerosa, y corresponderá á la que he dado á conocer en una 



Itíf) 

Memoria anteriormente publicada acerca del cobalto; en efecto, 
se ha visto que el sesqui-óxido de cobalto formaba las siguientes 
bases amideas: 

Cb2 OMAzIP, 

en o'.o Azii\ 

Cbt 0\6 AzJP. 

La base róseo-crómica Cr'^O^ÍAzíP sería por tanto el primer 
término de una serie de dobles bases, que recuerdan las for- 
madas por el cobalto. 

Queriendo conservar á este trabajo un carácter puramente 
experimental, me he abslenido de presentar interpretaciones 
teóricas relativas á la constitución de los cuerpos amido-crómi- 
cos, recordando las que se pplican á las bases derivadas del 
amoniaco. 

Creo, por lo demás, que los hechos observados en los com- 
puestos amido-melálicos, no son bastante numerosos para po- 
derlos generalizar con entera seguridad. 

Sin embargo, debo consignar aquí una muy notable consi- 
deración, relativamente á la capacidad de saturación de las 
bases amido-metálicas. 

Hemos Tisto que la base róseo-crómica Cr"" 0^ iAzlP ^a com- 
binaba con 3 equivalentes de ácido, como el sesqui-óxido de 
cromo 6V'0' para formar sales neutras; los 4 equivalentes de 
amoniaco que entran en la molécula no ejercen, pues, influen- 
cia alguna en la capacidad de saturación de la doble base que 
obra en presencia de los ácidos, como un sesqui-óxido resul- 
tante de la combinación de 2 equivalentes de un radical con 3 
equivalentes de oxigeno. 

Tenia demostrado ya un hecho semejante respecto de las 
bases amido-cobálticas que contienen hasta 6 equivalentes de 
amoniaco, y que no saturan sino 3 equivalentes de ácido, como 
el sesqui-óxido de cobalto que entra en su molécula. 

La (|uímica orgánica presenta muchos ejemplos de cuerpos 
que pierden así su capacidad de saturación, constituyendo mo- 
léculas complejas; lodo pues parece venir en apoyo de la seme- 
janza que he sentado entre los cuerpos amido-metálicos y las 
sustancias oi'gánicas. 



167 

Tal es el resumen de mis estudios de las sales de cromo; 
los juzgo á propósilo para aclarar los punios dudosos que pre- 
senlaba la historia de los cuerpos salinos, y conducen á algu- 
nas consecuencias generales que por conclusión voy á indicar. 

1 .° Se ha demostrado en este trabajo, que un óxido metálico 
puede afectar dos estados isoméricos, y formar dos series de 
sales que presentan en sus propiedades generales diferencias 
muy marcadas, debidas á los mismos estados del óxido conte- 
nido en la combinación salina. Si esta consideración se hace 
extensiva, como no lo dudo, á muchos óxidos metálicos, fácil 
será en lo sucesivo explicar las raod ideaciones que ciertas sales 
cxperimenlan en su color y en sus propiedades químicas cuando 
se someten á la acción del calor; la modificación isomérica del 
óxido sería la causa de estos cambios en las propiedades de 
la sal. 

2.° Sabíase ya que muchos óxidos, como los de platino, 
mercurio, iridio, cobalto, etc., pueden confundir su molécu- 
la con el amoniaco, y formar bases dol}les que presentan alguna 
analogía con los álcalis orgánicos; pero se ha visto por la pri- 
mera vez en esta Memoria que un óxido metálico, como el 
óxido meta-crómico, ejercía á la vez su acción en el amoniaco 
y en las sales amoniacales, para formar compuestos en los que 
los tres cuerpos elementales han perdido sus propiedades fun- 
damentales. 

3." En mis estudios sobre el cobalto había producido las 
bases amido-metálícas haciendo obrar directamente el amonia- 
co en las sales de cobalto; en este trabajo formo las bases aTnido- 
crómicas por un nuevo método, que consiste en poner en pre- 
sencia de los ácidos los cuerpos metálicos previamente anu- 
dados. 

Así, pues, los métodos cuyo objeto es formar cuerpos com- 
plejos con sustancias minerales bastante simples, se ensanchan 
de día en día, y debemos consignar aquí que los procedimien- 
tos sintéticos empleados desde hace mucho tiempo en la quí- 
mica orgánica para duplicar las moléculas confundiéndolas, 
pertenecen actualmente al dominio de la química mineral. 



1G8 



ilETEOROLOCilü. 



Teoría de las tempestades y del granizo; por Mu. de Beaum- 

GARTNER. 

(L'lnstltut, <3 nidjro 1857.) 

En la sesión del 22 de enero de 1837 de la Academia im- 
perial de Ciencias de Viena, recordó el anlor su presidente la 
teoría por él expuesta de la trasmutación de la electricidad en 
calor, y vice-versa, por parecerle que podia servir para explicar 
los fenómenos que presentan las tempestades, y en especial los 
que acompañan al granizo. Por lo general se considera que el 
trueno y los relámpagos, las ráfagas de viento y las precipita- 
ciones atmosféricas son las fases esenciales de toda tempestad, 
cuando realmente las tormentas no son más que el resultado de 
un fenómeno de refrigeración, que se manifiesta por preci- 
pitaciones abundantes de agua fria, y aun de hielo, por el en- 
friamiento de la columna de aire en cuyo interior estalla la tem- 
pestad, por el viento frió procedente de la nube de donde ha 
nacido la tormenta, y por el descenso constante que sufre fre- 
cuentemente la temperatura después de una tempestad. Las tem- 
pestades sólo ss diferencian de las granizadas en el grado de re- 
frigeración sufrida por una parte de la atmósfera. La experien- 
cia ha flemostrado que inmediatamente antes de una tormenta 
cesa el equilibrio de la lemperalura, é igualmente las condicio- 
nes higrométrica y eléctrica de la atmósftíra; por consecuencia, 
una nube no puede ser más que el restablecimiento repentino 
y violento del estado normal de los tres factores meteorológi- 
cos expresados. La humedad c.-acesiwa. del aire que precede á las 
tempestades ejerce una acción deprimente en el organismo, ó, 
como se dice en términos vulgares, el aire se pone pesado. Ob- 
sérvase con mayor frecuencia en aquellos puntos en que son 
particularmente favorables las circunstancias al desarrollo de 
la humedad atmosférica, por ejemplo, en el Delta del Ganges, en 
las costas de Sierra-Leona, Bueno.s-Aires. Noruega,, etc. Una 



169 

larga serie de observaciones ha conOrraado la aserción de Pil- 
gram, que de cinco veranos húmedos, dos se hallan caracteri- 
zados por tempestades violentas, al paso que de cuatro estíos 
calorosos y secos, sólo en uno son frecuentes dichos fenómenos. 
Rara vez se ven en las regiones polares, y generalmente se 
nota lo mismo en todas aquellas partes donde una temperatura 
baja no favorece el desarrollo de vapores acuosos. El estado 
normal de la temperatura atmosférica se altera también antes 
de una tempestad; y en vez de disminuir de abajo arriba, con- 
forme á una ley precisa, sucede lo contrario, y aun en el caso 
de proceder la disminución normalmente de abajo arriba, au- 
menta en proporción mucho másapreciable. La electricidad at- 
mosférica, positiva en estado normal, y que tiene diariamen- 
te 2 máximos y otros tantos mínimos, participa de las anomalías 
que acaban de decirse. Al aproximarse una tempestad, pasa 
súbitamente del estado positivo al negativo, y su intensidad 
aumenta y disminuye de un modo irregular. Todo el mundo 
conoce las enormes variaciones que sufren las corrientes atmos- 
féricas cuando se acerca una tormenta. A un viento impetuoso 
procedente en todas direcciones de nubes cargadas de electri- 
cidad, precede una calma sensible, interrumpida sólo por cor- 
rientes ascendentes; la dirección del viento cuando ha pasado 
la tempestad, es por lo general distinta de la que reinaba antes 
de ella. Ni aun el observador de menos práctica puede desco- 
nocer las nubes cargadas de electricidad: se acumulan rápida- 
mente, varían con frecuencia de aspecto, manifiéstase en su 
seno un movimiento extraordinario, su elevación es poco consi- 
derable, y circunscrita su extensión. Su aumento, al contrario 
de lo que pasa en el de las demás nubes, se verifica del interior 
al exterior, lo cual prueba que son el sitio de una acción refri- 
gerante; acción que según toda verosimilitud, no es más que 
una trasmutación de calor en electricidad. El desarrollo de esta 
durante el descenso de temperatura, la tensión eléctrica que 
aumenta á medida que las nubes se condensan, y el paralelis- 
mo de la curva que traza la marcha de la electricidad con la 
que corresponde á la aglomeración de las nubes, todo contri- 
buye á sostener la hipótesis anunciada, y lodo tiene en ella su 
explicación. El volumen de las gotas de agua, la cantidad de 



170 

lluvia que cae y las intermitencias que se observan en su caida, 
se ligan necesariamente con la formación de las nubes y las 
esplosiones eléctricas. Siempre que el calor pasa al estado de 
electricidad, hay enfriamiento y tensión eléctrica. De lodos los 
procedimientos conocidos hoy, el que se verifica en las nubes 
tempestuosas es el que desarrolla la electricidad con mayor 
prontitud: una nube de esa naturaleza despide rayos hasta 
cuando loca á la cima de una montaña que absorberla insensi- 
blemente toda electricidad desarrollada con lentitud. La expe- 
riencia prueba que los fenómenos expuestos se ligan entre si, 
no sólo por su naturaleza, sino también por su grado de inten- 
sidad. La temperatura de una nube de tempestad está en razón 
inversa de su tensión eléctrica; la prontitud y energía de las 
precipitaciones crece con la electricidad de la nube que las pro- 
duce; los relámpagos sólo se notan en la porción más densa de 
la nube, que es al mismo tiempo la que da mayor cantidad de 
agua; á todo trueno fuerte sucede por lo general un copioso 
turbión; en algunos casos la lluvia y el trueno se verifican al 
mismo tiempo, ó bien da granizo una nube precisamente en el 
momento en que la surca un relámpago, etc. Los fenómenos 
que acompañan al granizo no se diferencian de los que se ob- 
servan en una tempestad ordinaria, sino por su mayor intensi- 
dad; el mismo granizo sólo es resultado de un gran descenso de 
temperatura, y puede medirse por la cantidad de agua preci- 
pitada en estado de congelación. Ni la intensidad ni prontitud 
con que se verifica dicho enfriamiento hallan explicación sufi- 
ciente en los hechos conocidos hasta ahora; y á pesar de todos 
los esfuerzos de los físicos, el granizo figura todavía entre los 
fenómenos inexplicables. Sin embargo, se sabe de cierto, por 
medio de observaciones aeronáuticas, que aun en los grandes 
calores de estío se componen de agujas de hielo las nubes de las 
altas regiones atmosféricas, y que debajo de la capa que ocu- 
pan dichas nubes, unas vesículas de vapor acuoso, á una tempe- 
ratura inferior al punto de congelación, contienen agua en es- 
tado liquido. Estos hechos bastan para explicar todas las va- 
riedades de granizo, tanto el que cae en el rigor del verano, 
como en la primavera, en estío y en días de invierno de tem- 
peratura suave. Una sacudida, tal como debe suceder cuando 



171 

se enfria la atmósfera, efecto de una trasmutación de calor eu 
electricidad, y el contado de las agujas de hielo procedentes de 
las regiones superiores, bastarán para congelar rápidamente las 
vesículas de vapor, cuya temperatura se halla ya bajo cero. 
Esos glóbulos de hielo deben experimentar necesariamente un 
aumento considerable de volumen al atravesar en su descenso 
una ó muchas capas de nubes densas y enfriadas previamente. 
Con todo, Mr. de Beaumgartner dista mucho de creer que los 
procedimientos que ha expuesto representen exactamente lo que 
pasa en la atmósfera cuando se forma una tempestad ó granizo, 
porque están aún lejos de hallarse sulicientemente demostradas 
las condiciones en que se verifica la conversión de calor atmos- 
férico en electricidad, por más que se crea hallarlas en el paso 
del calor de un medio que sea buen conductor á otro que posea 
la misma cualidad en menor grado. Las modificaciones que debe 
experimentar el calor atmosférico al contacto sin cesar variable 
de hielo, agua líquida ó en estado gaseoso y de aire, son compli- 
cadas hasta tal punto, que es imposible todavía determinar es- 
trictamente la influencia de esas modificaciones en el origen de 
las tempestades y granizo. Sin embargo, se ha averiguado que 
la mezcla de corrientes atmos.'éricas de distintas temperaturas 
favorece evidentemente la formación del granizo, y que dicho 
fenómeno se observa con preferencia en las localidades que se 
prestan mejor á semejante mezcla. 

El autor de esta comunicación cree que la teoría que ha ex- 
puesto tiene al menos la ventaja de señalar á todos los grandes 
agentes físicos el rango que merece su importancia, sin exage- 
rar, como á su parecer lo hacen otras teorías meteorológicas, 
el poder que ejerce la electricidad en las modificaciones de 
nuestra atmósfera, ni caer en el exceso contrario, concediendo 
sólo al referido agente una influencia secundaria y subalterna 
en los fenómenos que preceden y acompañan á las tempestades. 



172 



REAL OBSERVATORIO ASTRONÓMICO DE MADRID. 



Mes de febrero í/e 1859. 



BARÓMETRO. 


Pulgad.i 

glcsa 


a in- 


Milímetros. 


Altura media 


27,926 

28,226 

27,344 

0,882 

0,403 

0.045 


709,307 
716,927 


máxima (tlia 16) 


mínima (dias 5 y 6) 


694,525 


Oscilación mensual 


22 402 


máxima diurna (dia 8) 

mínima diurna (dias 9 y 10). 


10,213 
1.143 


TERMÓMETRO. 


Farh. 


Rcautu. 


Cení. 


Temperatura media 


46", 5 
71,0 
24,4 
46,6 
36,7 
8,8 


6°,44 
17,33 
-3,37 
20,70 
16,31 
3,92 


8°,05 


máxima (dia 28) 

mínima (dia 1) 


21,66 

-4 22 


Oscilación mensual 


25,88 


máxima diurna (dia 28) 

mínima diurna (dia 9) 


20,39 
4,90 


PLUVÍMETRO. 


Pulg. iugl. 


Milinictrüs. 


Lluvia caída en el mes 


0,402 


10.212 






^^^^ 







173 



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2 





174 

Resumen de las observaciones meteorológicas hechas 



Enero. . • • 
Febrero. . 
Marzo. . . . 

Abril 

Mayo 

Junio. . ■ . 

Julio 

Agosto. . . 
Setiembre. 
Octubre. . 
Noviembre 
Diciembre. 



Presión atmosférica. 



750,1 
737,6 
741,4 
740,7 
743,1 
744,7 
745,2 
744,3 
744,1 
742,4 
735,0 
746,6 



o 


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■§ 


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ni ni 


754,9 


18 


744,7 


749,5 


1 


728,1 


751,9 


15 


719,6 


750,4 


23 


73!, 7 


753,8 


25 


732,0 


749,0 


23 


738,8 


749,8 


It 


738,6 


748,8 


20 


736,4 


755,0 


24 


734,6 


749,9 


29 


726,2 


748,0 


i 


714,5 


752,4 


5 


737,4 



niin 

6 10,2 
26 2), 4 

2 32,3 
8¡18,7 

3 21,8 
14jlO,2 
27¡11,2 
18 12,4 
2l|l0,4 
18,13,7 
15 33,0 
23:16,0 



TEMPERATURA 





3 
'■V 


:| 




'S = 


3 


5°, 2 


8",l 


0" r> 


9,8 


12,8 


5,9 


11,0 


16,9 


6,5 


16,7 


21,1 


13,0 


16,5 


26,0 


9,6 


21,1 


25,8 


15,0 


2 0,8 


25,4 


15,2 


21,1 


25,0 


18,0 


21,1 


26,1 


15,9 


16,6 


20,5 


9,0 


12,5 


17,1 


5,4 


9,6 


14,4 


4,0 



5^8 

6,9 
10,4 

8,1 
16,4 
10,8 
10,2 

7,0 
10,2 
11,5 
11,7 
10,4 



Presión media del año. . . 742,9 

Presiones extremas. 

Máxima absoluta (el 24 de 

diciembre) 755,0 

Mínima absoluta (el 1 5 de 

noviembre) 714,5 



Diferencia . 



40,5 



Temperatura absoluta me- 
dia del año 12",4 

ídem por la máxima y mí- 
nima absolutas 11,7 

ídem diurna 1 5,2 

Temperaturas extremas del año. 
Máxima absoluta (el 12 de 

setiembre) 2 7°, 8 

Mínima absoluta (el 25 de 

enero) -4,5 



Diferencia . 



32,3 



Humedad relativa media del año 78°,3 

Tensión correspondiente 7,44 

Humedades extremas. 

Máxima absoluta (el 18 de enero) 87,9 

Mínima absoluta (el 31 de abril y l.'dejunio). 63,1 



Diferencia 24, f 



17S 



en la Uni 


versidad literaria de Oviedo 


en 1858. 






1 


Estado Mgromélrico del 




DEL AlnE. 






aire. 




"6 


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1 


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SITUACIÓN. 


















Lat. 43° 24' 5" N. 


0°,2 


8", 2 


29 


-4»,5 


25 


12°,7 


8 5", 3 


4,86 


2,08 


Long. 0" 2 0' 32" E. 


7,6 


13,1 


10 


1,3 


18 


11,8 


84,2 


6,63 


2,84 




8,7 


17,6 


21 


0,0 


13 


17,6 


81,8 


6,54 


:5,52 




i3,7 


21,6 


4 


7,2 


1 


14,4 


74,8 


7,81 


6,65 




13,5 


20,4 


31 


5,2 


4 


11,2 


75,9 


7,72 


6,32 




18,5 


26,5 





11,2 


7 


15,3 


72,9 


9,34 


8,97 




18,0 


26,0 


14 


11,0 


8 


15,0 


76,3 


10,07 


8,24 




18,7 


26,4 


3 


12,2 


29 


14,2 


75,8 


10,08 


8,25 




18,3 


27,8 


12 


12,4 


1 


15,0 


77,0 


10,44!7,87 




14,1 


20,5 


8 


5,4 


31 


15,1 


78,3 


8,39 6,07 




10,2 


18,9 


13 


—0,8 


9 


19,7 


78,3 


6,40 4,63 




7,5 


14,4 21 


—0,5 


11 


14,9 


79,6 


5,60 3,58 




ESTACONES 


Presión me- 


Temperatura 


Humedad re- 


nias 


Lluvia 
eo 


METEOROLÓGICAS. 


dia. 


media. 


lativa. 


de lluvia. 


ecDtimet. 


Invierno 


inm 

744,8 


5M 


83°,1 


30 


79,9 


Primavera . 
Estío. 




741,8 
744,8 


12,0 
18,5 


77,5 

75,0 


33 

24 


61,4 




28,9 


OtoE 





740.5 


14.2 


77.9 


27 


36,2 



















Altura media sobre el nivel del mar 220 metros. 

Ha llovido en el año 114 dias. 

Cantidad de lluvia en centímetros 206,4 

Dia de mayor lluvia (el 29 de diciembre). ... 7,5 



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Truenos ' M 
ó tempestad. / 



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Dospcjadus 



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Nublados. 



^4O~-lO»-StJWtSi=>0í^t>t 



Cubiertos. 



OSOS»0-1'=>00<0=5J^MO_JO 



CIENCIAS NATURALES. 



OEOL.OC¿1A. 

Nota sobre el origen de los combustibles minerales; por Mr. A. 
Ritiere. 

(Comptes rendus, 2o octubre 1838.) 

Examinados tiempo hace los efectos producidos por los es- 
capes en la canalización subterránea del gas del alumbrado, me 
llamó la atención, dice el autor, lo que se parecían las tierras, 
más ó menos saturadas por el gas, y las diferentes rocas pobres 
en combustible que se encuentran en los criaderos naturales, 
sobre todo en la parte más somera. Desde entonces, despnes de 
comparar las materias y las diversas circunstancias, he exten- 
dido sus causas identificando las pi'incipales condiciones, y de 
este modo he visto que la parte fundamental de las sustancias 
combustibles de ciertos criaderos, pudiera muy bien origi- 
narse por desprendimientos de vapor ó de gas análogos á los 
que proceden del escape en los conductos del gas del alum- 
brado. 

En una serie de observaciones y experimentos he recono- 
cido evidentemente: 1.° que las tierras que rodean á los con- 
ductos, en ciertas circunstancias y después de un tiempo deter- 
minado, quedan más ó menos impregnadas de carbono ó de 
betún, hasta el punto de hacerse muy combustibles y tan ne- 
gras como la hornaguera sin purificar; 2.° que la naturaleza 
délas tierras influye mucho en la absorción; asi es que la tier- 
ra arcillosa algo húmeda y cargada de despojos vegetales 
ó animales, favorece mucho para dicha absorción, al paso que 
por el contrario esta es muy escasa en la arena seca ; 3.° que 
el grueso de las capas superiores la favorece también; 4." que 

TOMO IX. i 2 



178 

en las quiebras y uniones de eslraliticacion, la absorción es 
mayor; 5." que las materias absorbentes aumentan en peso y 
aun en volumen á veces; fi." que las materias vegetales se van 
poco á poco convirliondo en carbón más ó menos bclunoso 
según el método de destilación y de depuración; 7.° que las 
sustancias ferruginosas se alteran convirtiéndose más ó menos 
en óxidos, sulfates ó sulfitos, y que la mismas sustancias, co- 
mo parte de las materias orgánicas, probablemente se conver- 
tirían en sulfures ó en carbonates si el gas estuviese menos 
purilicado, si la acción se prolongara suíicientemenle, y si cier- 
tas condiciones dieran lugar á otras reacciones. 

Partiendo de estos datos principales, y dejando á un lado 
los pormenores, fácil es hacerse cargo de los combustibles mi- 
nerales en varios casos. Cuando se ha tratado de explicar la 
formación de las capas de hornaguera y de antracita única- 
mente por la aglomeración de vegetales en un punto, se ha visto 
generalmente la dificultad de conseguirlo, ya por la presencia 
de considerables capas de pudingas, ya á causa del volumen ex- 
traordinario de vegetales que hubiese sido menester para pro- 
ducir capas de hornaguera ó antracita de tanta potencia. Así es 
que esta teoría, probable en ciertos casos, no parece aplicable 
para todos, y forzoso ha sido admitir que la formación de los 
combustibles minerales se realizó en pantanos, como las turbe- 
ras, en islas bajas, ó en archipiélagos, en deltas ó embocaduras 
de grandes rios, en las madres de algunos de estos muy anchas, 
y alternativamente abandonadas y de nuevo cubiertas por las 
aguas; ya en fin en el fondo de antiguos mares, teniendo así 
que suponer desagües, acarreos, etc. Ha podido reconocerse 
por otra parte que en la hornaguera, como en la antracita, no 
se halla siempre muestra de vegetales, y por consiguiente pa- 
rece que no siempre tampoco están formados con sus despojos 
aquellos combustibles. Siendo esto asi, no puede haber dificul- 
tad en admitir que en ciertos casos no constituyen los vegeta- 
les la parte principal de la masa combustible, que la materia 
mineral carbonosa procede de causa muy distinta de la transfor- 
mación de los vegetales, y que los despojos de estos sólo forman 
la trama, por decirlo así, de la materia carbonosa. ;De suerte 
que si suponemos que los gases ó vapores lleguen á introducirse 



179 

en dicha trama, y prolongándose suficientemente la acción, sea 
ó no intermitente, no es difícil concebir una absorción y acumu- 
lación capaces de producir capas de combustible de mayor ó 
menor potencia. Aunque á la verdad ignoramos la naturaleza de 
las sustancias que oculta el interior del globo, su estado y pro- 
piedades mecánicas, físicas y químicas, tenemos sin embargo 
continuas pruebas de que de allí salen gases y vapores que 
llegan hasta la superficie de la tierra: entre ellos se distinguen 
vapores sulfurosos, gases carburados, etc. Nada pues se opone 
á la creencia de que en el interior del globo hay nacimiento de 
carburos, de hidrocarburos, de betunes, etc., cuando desde lue- 
go conocemos en varios puntos depósitos considerables de are- 
niscas y calcáreas betunosas que lo deben evidentemente á 
manantiales de betún, ó á escapes de vapores betuuosos que 
salen de lo interior de la tierra. 

Forzoso es admitir duración bastante larga en el fenómeno 
de desprendimiento y acumulación, asi como un inmenso volu- 
men de vapores ó gases carburados. Pero ¿qué representan en 
la naturaleza nuestras medidas de tiempo y capacidad, con res- 
pecto á presiones, escapes, estados físicos y acciones de que no 
podemos alcanzar á formarnos exacta idea? 

Por lo demás esta hipótesis, lejos de ser aplicable general- 
mente, debe reducirse á ciertos puntos, y no cabe en modo al- 
guno explicar con ella los depósitos ordinarios de lignito, ofre- 
ciendo también dificultades graves para la aclaración de los ter- 
renos hornagueros y anlraciferos, en que hay capas esquistosas 
interpuestas que no están impregnadas de sustancia alguna 
carburada. 



fisiología. 

Nota sobre proto-organismos vegetales y animales nacidos es- 
pontáneamente en aire artificial y en gas oxigeno; por Mr- 

POUCHET. 

(Comptes rendiis, 20 diciembre iSbS.) 

En el momento en que, favorecidos por los progresos de las 
ciencias, muchos naturalistas se esfuerzan por restringir el do- 



180 
minio de las generaciones espontáneas, ó por negar lerminanlc- 
mente su existencia, he emprendido, dice el autor, una serie 
de trabajos con ol fin de aclarar esta tan debatida cuestión. Des- 
pués de haber repelido todos los experimentos do alguna impor- 
tancia hechos con este objeto, he llegado al fin á los de MM. 
Schutlze y Schevann, á quienes unánimemente tienen todos los 
adversarios de la heterogenia por las personas que le han dado 
el golpe decisivo. Puedo asegurar desde ahora, que siguiendo 
exactamente los mismos procedimientos que los dos expresados 
sabios, y aun variándolos, y dando además un grado mucho 
mayor de exactitud á sus experimentos, obtengo constantemente 
un resultado positivo. Vemos producirse animalillos y criptó- 
garaas diferentes en los matraces en que se ha destruido de 
antemano todo germen orgánico, y á donde no llega el aire sino 
después de haber sido muy bien lavado en ácido sulfúrico con- 
centrado, ó haber atravesado un laberinto de fragmentos de 
porcelana y amianto sometidos á la temperatura del calor 
rojo. Trátase tan sólo de conducir racionalmente estas operacio- 
nes, y de hacer su examen en tiempo oportuno, y con toda la 
atención necesaria. 

Aunque mis numerosos experimentos demuestran hasta la 
evidencia que el aire atmosférico no puede ser y no es el vehículo 
de los gérmenes de los proto-organismos, he creido que coro- 
naria felizmente la serie, y al mismo tiempo no daria motivo 
alguno á la crítica, si conseguía determinar la evolución de 
algún ser orgánico, sustituyendo el aire artificial al at- 
mosférico. 

Los interesantes experimentos de M.VI. Regnault y Reisel in- 
dicaban desde luego, á mi parecer, que los animales de un orden 
inferior podrían desenvolverse en este aire, puesto que los ver- 
tebrados viven bien en él. Mis ensayos alcanzaron un éxito feliz, 
y muclias veces he visto que los microzoarios y una vegetación 
criptogámica se dejaban ver en el agua absolutamente priva- 
da de aire atmosférico, y que sólo estaba en contacto con una 
mezcla de 21 parles de oxígeno y de 79 de ázoe, ó aun sola- 
mente de oxígeno puro. El experimento en que he empleado el 
aire artificial ha sido practicado en común con el joven y sabio 
catedrático de química Mr. Ilouzeau, y será el asunto de otra 



181 

comunicación. Aqui me limitaré á hablar de mi experimento en 
el oxigeno 

A pesar do mis temores, he sido más feliz con el oxígeno 
puro. 

Experimcnlos con el oxigeno. Llenóse de agua hirviendo 
un frasco de la capacidad de I litro, y habiéndolo cerrado 
herméticamente con las mayores precauciones, se puso inmedia- 
tamente boca abajo sobre una cuba de mercurio; cuando el agua 
llegó á enfriarse completamente, se le destapó debajo del metal, 
y se introdujo en él medio litro de gas oxígeno puro. Inmediata- 
mente después se puso debajo del mercurio un pequeño haz de 
heno de 1 gramos de peso, que acababa de sacarse de un frasco 
tapado de una estufa calentada á 100 grados, y en la cual habia 
permanecido por espacio de media hora. El frasco se cerró al 
fin herméticamente con su tapón esmerilado; y por colmo de 
precaución, cuando se le hubo sacado de la cuba, se dio una 
capa de barniz graso y de bermellón alrededor de su boca. 

Ocho dias después la maceracion estaba de color amarillo 
oscuro, sin película aparente en su superficie, por lo menos á 
la simple vista; pero el heno sumergido presentaba en algunas 
de las briznas que erizaban su hacecillo, unos glóbulos blan- 
co-amarillentos, del tamaño de un grano de grosella blanca, 
á la que desde lejos se parecían perfectamente. Estos glóbulos, 
cuyo número era de ocho ó diez, pero algunos de los cuales 
eran muy pequeños y flotaban en el líquido, parecían eviden- 
temente formados de filamentos de una mucorinea, implanta- 
dos en un mismo sitio, desde el cual se irradiaban en haces 
apretados. Así lo demostró el microscopio. Habiéndose abierto 
el frasco al décimo día, se procedió al examen de su contenido. 
Entre el interior y la atmósfera no habia habido comunicación 
alguna. El gas oxigeno que contenía parecía aún enteramente 
puro, y los cuerpos en ignición que en él se sumergían, acti- 
vaban inmodía lamen te su combustión. Entonces se echó de 
ver que los glóbulos gruesos ó copos blanquecinos que se adver- 
tían mirando por las paredes del vaso, y se hallaban sumergidos 
en el agua, estaban evidentemente formados por una especie 
de hongo de micelio muy ramoso y apretado. 

Como esta planta, que tuve por un aspergillus, no ha sido 



182 

descrita, á mi parecer, me dirigí, deseoso de adquirir dalos 
acerca del parlicular, á Mr. Monlajíne, cuya autoridad en es- 
tas materias es de mucho peso, liste sabio creyó también que 
era una nueva especie, y tuvo por conveniente ponerle el nom- 
bre de aspergillus Pouchelli. He respetado su decisión. 

Como en estos últimos tiempos muchos sabios han soste- 
nido que los esporos de algunas criptógamas no jjcrdian su fa- 
cultad de germinar sino á una temperatura superior á 100°, 
he debido asegurarme, para dar al experimento de que acaba 
de hablarse toda la autenticidad posible, de si no habria ocur- 
rido lo mismo respecto de vegetales que se habian producido du- 
rante dicha temperatura. 

Habiendo tomado algunos esporos del penicillium (jlaucum 
de Link, advertí que eran perfectamente esféricos, y presenta- 
ban un diámetro de 0,0028 á 0,0042 de milímetro. Los metí 
en un tubito con cerca de 2 centímetros cúbicos de agua, y esta 
se mantuvo en ebullición durante un cuarto de hora por me- 
dio de una lámpara de alcool. Al cabo de este tiempo pudo ad- 
quirirse la seguridad, con el auxilio del microscopio, de que los 
esporos de este penicillium se habian desfigurado, habiendo 
perdido algo de su esfericidad, y habiéndose casi duplicado su 
volumen, presentando entonces un diámetro que variaba de 
0,0030 á O.OOo") de milímetro. Encontrábanse también en el 
líquido una especie de granillos aplanados del diámetro de 
0,0028 á 0,0030, que no eran al parecer otra cosa mas que los 
restos de la cubierta de algunas semillas de este penicillium, 
cuya sustancia interior habia sido separada por la misma ebu- 
llición. 

La acción del agua en ebullición pareció afectar aun mucho 
más profundamente á los esporos de un aspergillus. 

Estos experimentos prueban, pues, que no es el aire el de- 
positario de los gérmenes orgánicos, puesto que vemos nacer un 
vegetal en un medio en el que el aire, absolutamente eliminado, 
ha sido reemplazado por el oxígeno. En este experimento, el 
líquido, examinado con la mayor atención, no ha ocultado, á 
nuestro parecer, ningún aniraalillo. 

Hemos tomado un frasco de 5 litros de capacidad, cerrado 
con un tapón esmerilado. Este frasco se llenó de agua hirviendo. 



1 



183 

y luego se cerró heraiélicamente y se volvió boca abajo sobre 
una cuba de mercurio. Cuando el agua se hubo enfriado, intro- 
dújose en el frasco una mezcla de oxígeno y ázoe, en las pro- 
porciones necesarias para formar el aire artificial, el que ocupó 
las Ires cuartas partes de la capacidad del vaso. En fin, tomando 
las mayores precauciones se introdujeron también en el frasco 
10 gramos de heno, que acababa de hallarse sometido por es- 
pacio de 20 minutos á una temperatura de 100°. Este heno, 
que habia sido sacado de la estufa en un frasco de boca ancha 
tapado en la misma, y sólo se destapó debajo de la cuba, fué 
introducido en el frasco. Así habia la seguridad de que si algu- 
nas partículas de aire habian quedado en los intersticios del 
heno, calentadas á 100° no podían contener germen alguno de 
microzoario susceptible de desarrollarse en lo sucesivo. Por 
último, habiéndose tapado el frasco debajo del mercurio, se le 
volvió á su posición ordinaria, y todo el contorno de la abertura 
se cubrió, para mayor exactitud, con una capa de barniz de 
copal, amasado con bermellón. Después de esto pusimos el 
frasco en nuestro laboratorio cerca de una ventana, y lo obser- 
vamos exteriormente todos los días. 

Durante los seis primeros, habiéndose mantenido la tempe- 
ratura en el término medio de 18", el líquido subsistió amarillo 
y claro. 

Al octavo día el agua empezó á enturbiarse, ad virtiéndose 
cerca de sus bordes una especie de islote flotante, de color ama- 
rillo sucio, de cerca de 3 milímetros de diámetro, y formado sin 
duda alguna de una vegetación criplogámica, debida á una 
aglomeración de penicillium. 

A ios doce días el líquido continuó manifestándose turbio, 
sin burbujas en su superficie, y hacia el fondo del vaso se des- 
cubrió un glóbulo esférico de 3 milímetros de diámetro, formado 
probablemente de un montón de aspergillus. 

A los diez y ocho días el agua estaba más turbia que ante- 
riormente, y hacia su medio se dejó ver un islote flotante, for- 
mado evidentemente de penicillium en fructificación. 

A los veinticuatro dias el liquido presentaba poco más 
ó menos el mismo aspecto que en los anteriores, pero estaba más 
turbio hacia el fondo. 



184 
Por último, un mes después de principiar esle experimento, 
se (lestiipo el frasco. El ?;as contenido en él no hal)ia adquirido 
mal olor; la superlicie del agua no {¡rescnlaba ninguna película; 
veíanse flotar cuatro islotes úepenicillium; y en este líquido, que 
estaba amarillo y sucio, nadaban muchos copos de aapcrfjillus de 
diferentes tamaños, y dos de los cuales, compuestos de grupos 
apretados de esta seta, presentaban el tamaño y e! aspecto de 
granos de grosella blanca. 

Uno de los islotes, extraído y examinado con el microscopio, 
estaba formado de una criplógama muy frondosa, muy ramosa 
y de ramííicaciones diseminadas, pertenecientes al género 
penicUlium: esle era evidentemente el penicillium glaucum de 
Link. 

Los copos que se encuentran sumergidos en la maceracion 
se parecen enteramente, por el aspecto de sus grupos y por la 
estructura de sus micelios, al aspergillus que hemos observado 
en el oxígeno; pero como estos copos han permanecido debajo 
del agua y no han fructiticado, ha sido imposible determinar 
exactamente á qué especie pertenecía la mucorinea que los com- 
pone. 

Encuénlranse aquí y allá, nadando en la superficie del agua, 
unos granos de materia verde, esféricos, llenos de granillos, y 
que presentan 0,0112"' de diámetro. 

A pesar de la temperatura, que había sido siempre bastante 
baja mientras duró este experimento, por término medio de 15". 
y á pesar de la desfavorable influencia que presentan todos los 
experimentos hechos en vasos cerrados, descubrimos en nuestra 
maceracion un número bastante grande de animalillos. Su su- 
perficie estaba llena de proteos difluentes, proteus difftiiens, de 
Mull; Amiba dif/lucns, de Dujardin. Veíase también gran nú- 
msro de trachelim, completamente semejantes al trachel'ms tri- 
cíiopliorm de Ehremberg, recientes, y de 0,065 de milímetro de 
longitud; eran en extremo ágiles, culebreaban en todos sentidos, 
y dirigían á todas partes su larga trompa. Veíanse además algu- 
nos trachelius (jlohifer de Ehr. , algunas monas elongo/n, de Duj., 
y gran número de vibriones extremadamente delgados, éntrelos 
cuales se notaban especialmenteelvióno/ñjí'o/a y el víftnorMgríí/a, 
de Mull. 



185 

Así pues, resulta evideuteiuenle de este experimento que se 
han producido animalillos y plantas (M1 un medio absolutamente 
privado de aire atmosférico, y al cual este no pudo, por consi- 
guiente, llevar los gérmenes de los seres orgánicos descubiertos 
en él. Y si hasta podia suponerse que algunas partículas de este 
aire se habrían introducido en el aparato, es cierto que dichas 
partículas, antes de penetrar en é!, habían sufrido una tempera- 
tura á que no hubieran podido resistir los gérmenes de los pro- 
to-organismosquese engMidraron en las expresadas circunstan- 
cias. Los gérmenes de los infusorios no resisten una temperatura 
de 100", y nuestros experimentos han probado que los es- 
poros de las mucorineas. semejantes á las de que se trata en 
este experimento, se desorganizan en virtud de la indicada tem- 
peratura. 



FIIilOL.OQlit YEGETAL.. 



Relación de las plantas con el rocío. — Experiencias para probar 
que no absorben el agua de rocío que las moja; por Mr. 

DUCHARTRE. 

(L'Inslilut, j/eírero ^858.) 

Las experiencias de que vamos á dar cuenta son una conti- 
nuación de las expuestas por el autor en dos Meraoiias sobre 
las relaciones de las plantas con la humedad de la atmósfera, 
que presentó á la Academia de Ciencias de París en 3 de mar- 
zo y 28 de abril de 1856, Se han hecho en Meudon, en un 
gran jardín, durante los meses de agosto y setiembre de 1857. 
También se verificaron en el mismo sitio, y en número conside- 
rable, otras idénticas á estas respecto á sus resultados, en el 
verano y otoño de 1856; pero no las menciona el autor por no 
dar á su trabajo demasiada extensión, y porque las del último 
año las tiene por suficientes para sentar el principio que se de- 
riva á su parecer tanto de las unas como de las otras. Dicho 
principio es, contra las ideas admitidas, que las plantas no ab- 
sorben el agua del rocío que las humedece, por abundante que 



18() 
sea, al menos en nuestros climas, y con las condiciones ordina- 
rias do la vegetación. 

Las experiencias del año anterior se han practicado con 4 
pies de Verónica Lindleyana, Paxt., 2 de Reina Margarita 
piramidal, 2 de Hortensia, 1 de Roclica fálcala D. C. Estas di- 
versas plantas se cultivaban en tiestos con la tierra que se les 
echa por lo regular en los jardines, y estaban dispuestas de 
modo que cada tiesto tenia un aparato de cristal de una forma 
peculiar, formando un recinto bastante ancho y perfecíamcule 
cerrado, dejando sin embargo salir libremente al viento su por- 
ción aérea. De este modo se eliminaban rigorosamente todas 
las variaciones de peso que hubieran resultado sin esa precau- 
ción, del humedecimientü ó desecación que el aire hubiera pro- 
ducido en la tierra y vaso que le contenia. 

Las plantas se pesaban: 1,° á la entrada de la noche; 2.° al 
dia siguiente por la mañana muy temprano. Cuando tenian mu- 
cho rocío, al primer peso de la mañana seguia otro después de 
quitada el agua que se habia depositado durante la noche. 
Para que desapareciera esa humedad superficial, ha empleado 
dos métodos M. D., que á pesar de ser diferentes del todo, le 
han dado unos resultados conformes. La diferencia entre el re- 
sultado de ambos pesos daba evidentemente el peso del rocío, 
y deducido, se sabia el verdadero de las plantas al concluir la 
noche. 

El autor sienta , después de una discusión , que ninguna otra 
causa diversa puede invalidar la exactitud de las conclusiones 
deducidas de estos experimentos, y' principalmente que los fe- 
nómenos respiratorios no pueden intervenir nada bajo este as- 
pecto. 

Para dar una idea de las observaciones cuyos detalles trae 
M. D. en su Memoria, referiremos sucintamente algunos resul- 
tados suyos, obtenidos con uno de los nueve objetos de sus ex- 
periencias del año pasado. Era un pié joven y vigoroso de Ve- 
rónica Lindleyana, producto de una estaca de un año. 

En las noches del 2o, 26, 27 y 28 de agosto, dicha planta, 
puesta al descubierto en medio de un gran jardín, no se hume- 
deció con el rocío, y al dia siguiente, á las 6 de la mañana, se 
observó que habia disminuido de peso por efecto de la traspi- 



187 

ración Is"" la primera noche y 19="", 4 la segunda. Ambas no- 
ches fueron cálidas, habiendo sido sus rainimos 1H°,7 y 15°, 2. 

El 29 de agosto, á las 8 de la noche, pesó la planta 18988^6, 
y al dia siguiente, á las 6^ de la mañana, aunque conservando 
todavía una ligera capa de rocío, sólo pesó 1897^'^8; por con- 
secuencia, había perdido | de gramo de su peso inicial. 

El 1.° de setiembre, á las 7^ de la tarde, el peso obtenido 
fué 19305^8; al dia siguiente por la mañana, á las 6, cubierta 
aún de rocío, pesó 1932°', 8. Entonces se puso en un cuarto 
cerrado, cuya temperatura era 20', en una semi-oscuridad. Al 
cabo de hora y media había desaparecido casi del lodo su agua 
de rocío, por lo cual bajó la planta á su pe.so de la víspera, 
á 1930*''', 8. Habiéndola dejado en la misma situación por otras 
dos horas, sólo perdió i de gramo (1930°'. 6). El mínimo de la 
noche fué 12°, 6. 

El 14 de setiembre, á las 7 de la tarde, dicho pié de Vero- 
nica Lindleijana pesaba 198oií',6. Al dia siguiente, á las 6 de 
la mañana, toda su superficie se hallaha cubierta de un abun- 
dante rocío, con el cual pesó 1988s^0. En seguida se secó hoja 
por hoja, sin ser posible sin embargo quitarle toda la humedad 
superficial; y pesada inmediatamente después, sólo dio 1985o^8, 
es decir, i de gramo más que la víspera: evidentemente repre- 
senta al menos esa ligera diferencia el agua que no pudo qui- 
tarse de la axila de las hojas, ó quedó adherida á su superficie, 
según lo prueba también la observación siguiente. 

El dia 15, á las 7 de la tarde, el peso obtenido fué 1984s',2. 
El Ití, á las 6 de la mañana, igSGs'.G, comprendiendo el rocío 
abundante con que se pesó la planta. Bastó con limpiar las ho- 
jas para que volviera inmediatamente la planta á 1984s'',4, ó 
á i de gramo solamente más que el peso de la víspera. Para se- 
guridad de que el exceso, á pesar de lo tenue que era. depen- 
día sólo de la humedad que no pudo quitarse, se dejó el arbusto 
por 3^ horas en la semi-^oscuridad de un cuarto, y pasado di- 
cho tiempo tan sólo pesó 1983s^8. Y como se había visto por 
la experiencia de la víspera que en esa situación perdía úni- 
camente por traspiración A de gramo en 3 horas, era fácil ob- 
servar que en la mañana misma, á las 6, el peso real era 1 983i5'",9, 
es decir, inferior en menos de i de gramo al de la víspera. 



188 

El 17, ;i las 7^ de la tarde, el peso de la plañía fué lOSOo'-.O. 
A la mañana siguienle, á las 6, oslando bañada la planta con 
un roció abiindanlo. pesó 1081^', 4. En 2.1 horas de permanen- 
cia en un cuarto semi-oscuro, volvió i\ su peso do la víspera, 
ó á 1980^'%0, sin estar aún perfectamente seca por toda su su- 
perficie. 

Los mínimos de dichas noches de roció abundante, oscilaron 
del2°.4 á 12", 6. 

Por consecuencia, en las observaciones que acaban de ci- 
tarse, la planta sometida al examen no aumentó nada en peso 
por la noche, no obstante el roció que la bañaba. Por el con- 
trario, perdió cuando menos i de gramo, cuya disminución se 
hizo más pronunciada cuando el roció fué ligero. 

En todas las observaciones del autor sucedieron de la misma 
manera las cosas, á pesar de las diferencias considerables de 
las plantas respecto á la testura de sus hojas, naturaleza y grueso 
de su epidermis. 

Cuando no ha habido rocío en los ejemplares sujetos á obser- 
vación, bien al aire libre, ó bajo una cubierta horizontal de 
vidrio, la traspiración ha determinado en ellos por la noche una 
disminución apreciable de peso, que ha variado según las espe- 
cies, y también según las acciones exteriores, que se sabe tienen 
una influencia marcada en la producción é intensidad del refe- 
rido fenómeno. 

Si el rocío se ha depositado sólo en corta cantidad, las plan- 
las, pesadas con la capa tenue de humedad que las bañaba, han 
dado un peso algo inferior, ó cuando más igual al que lenian 
la víspera á la entrada de la noche, y eso á pesar del aumento 
que producía necesariamenle en el resultado la presencia en 
su superficie del agua, cuyo peso se agregaba al de las plantas. 
En tal caso no ha producido el rocío otro efecto que disminuir 
la cifra definitiva de la pérdida nocturna, ó en otros términos, 
evitar que las plantas perdiesen tanto como hubieran perdido 
sin esa circunstancia. 

Finalmente, si el roció se ha formado en cantidad muy con- 
siderable, las plantas pesadas por la mañana temprano, cubier- 
tas aim con el agua que se había condensado en su superficie, 
han manifestado un aumento notable del peso que lenian la vis- 



189 
pera á la entrada de la noche. Mas para asegurarse de que su 
aumento era sólo aparente y no real, y que dependía de la pre- 
sencia en las hojas de una capa de agua cuyo peso se agregaba 
al de las plantas, ha sido sullcionlo hacer que desaparezca de 
cualquiera manera dicho líquido superficial. Entonces, en todas 
las experiencias, sin excepción alguna, las plantas han probado, 
ó que no han aumentado nada su peso de la víspera, ó que han 
sufrido una pequeña pérdida. Si el rocío se ha ido depositando 
en toda la noche, la traspiración nocturna se ha suprimido por 
completo, y todas ellas han adquirido de nuevo su peso inicial, 
en el mome.ito que se les ha quitado su revestimiento líquido; 
si la preci|)itac¡on ha piincipiado ahora más o menos avanzada 
ha habido algo de traspiración, y después de enjugado el rocío, 
el peso de las plantas á la madrugada ha sido inferior más ó 
menos que el de la víspera á la entrada de la noche. 

El autorse cree autorizado para deducir por conclusión de sus 
observaciones que en nuestros climas, y bajo las condiciones 
ordinarias de la vegetación, las plantas no absorben el rocío, 
puesto que no aumenta el peso de las bañadas por él; que por 
tanto no contribuye á su nutrición; y que el sólo efecto directo 
que produce es suspender temporalmente con su presencia la 
traspiración que se hubiera verificado en otro caso. Añade sin 
embargo, que por mediación de la tierra puede producir en las 
plantas un efecto indirecto cuya importancia llega á ser grandísi- 
ma en ciertas circunstancias. 

M. D. dice tener probado anteriormente con numerosas ex- 
periencias, que la humedad en vapor que hay en el aire no la 
absorben los órganos aéreos de las plantas. 

De su Memoria actual resulta, que al condensarse en rocío di- 
cha humedad, tampoco la absoiben los órganos que baña. Pero 
añade haber averiguado también experimentalmente, que la hu- 
medad vesicular y visible de las nieblas humedece á las plan- 
las sin aumentar en nada su peso, y por consecuencia sin que 
estas la absorban. 

Resulta pues al parecer, en última análisis, de la totalidad 
de las observaciones del autor acerca de las relaciones de las 
plantas con la humedad de la atmósfera, que bajo muchos as- 
pectos no se hallan en armonía con los hechos las ideas admi- 



190 
tidas en todo tiempo respecto á la facultad absorbente de los 
órganos aéreos, y que el papel esencial de la introducción del 
agua, su principal alimento, en el organismo vegetal, corres- 
ponde á las raices, ó más exactamente á la débil porción de 
su superficie muy próxima á su extremo, por la cual 
es sabido que se opera con energía la absorción de dicho lí- 
quido. 

(Por la sección de Ciencias naturales, Francisco García Navarro.) 



I 



191 



VARIEDADES. 



Real academia de Ciencias. — Elecciones. Por el fallecimiento del 
Excmo. Sr. D José García Otero, Académico numerario en la sección de 
Ciencias Exactas; por jubilación del Sr. D. Joaquín Alfonso, en la de Fí- 
sicas, y por fallecimiento del limo. Sr. D. Pedro Miranda, en la de Exactas, 
fueron elegidos en tiempo oportuno para reemplazarles respectivamente, 
el Sr. D. Juan Cortázar, e! Sr. D. Eduardo Rodríguez, y el Excmo. Sr. 
D. Lucio del Valle. 

— los planetas Pales y Doris vueltos á hallar por Mr. Goldschmidt. — 
Hermosa mancha del disco de Júpiter, por el mismo. Acaba de volver 
á ver Goldschmidt los dos planetas arriba citados, valiéndose de las efe- 
mérides del Almanaque náutico inglés, calculadas con arreglo á los ele- 
mentos de Powalsky. Tienen poquísima luz, y Pales parece seguramente 
variable; con un instrumento grande se podria llegar á determinar el 
período de su rotación. El 26 de enero de 1859 era imposible distinguir 
por intervalos á Pales; aunque se veian constantemente en el campo del 
anteojo las estrollitas próximas de 12.* y 12.^,3 magnitud. El 2 de fe- 
brero siguiente á las 10 de la noche tenia por lo contrario el mismo 
brillo que una estrella de 1 1.', 12 magnitud, con singular sorpresa del ob- 
servador. 

La mancha negra prolongada particular, observada en el disco de 
Júpiter por Murray el 13 de noviembre do 1858 y por Lassell el 5 de 
diciembre siguiente, existia ya el 11 de octubre, y la habia dibujado yo, 
dice Goldschmidt, y medido á las 13'il5' t. m. de París. Ocupaba hacia 
el centro del disco una extensión de 7 " en dirección ecuatorial; estaba 
algo dentellada en la parte S. O., y tan negra como la sombra del segun- 
do satélite, que se proyectaba en aquel instante sobre la porción S. O. del 
disco. Volví á ver la misma mancha el 14 de octubre á las 13'' en el 
borde O del planeta, y al S. una faja algún tanto sombreada, que atra- 
vesaba todo el disco. Subsistió paralela la mancha á la faja, que estaba 
algo debajo del Ecuador del planeta. El 16 de octubre á cosa de las 12'' 
t. m. estaba menos negra la mancha; parece haberse hecho dos, según 
las observaciones de Murray y Lassell. Aunque diga Lassell que perci- 
bió la mancha 7 á 8 semanas antes de observarla con atención, impor- 
ta á la ciencia notar que el 11 de octubre no se habia separado todavía ^ 



192 
pero el sitio del contorno dentellado, observado por mí aquella misma 
noche, correspondo al de la rotura ó separación que se ve en el dibujo 
de dichos señores. Hubiera debido ver yo seguramente un intervalo do 
10" con una lento que aumentaba 300 veces. Del 11 de octubre, 13'' 15', 
al 5 de diciembre t858, 12''45' t. m. de Grcenwich, hubo 133 rotacio- 
nes del planeta, y durante este tiempo permaneció visible la mancha en un 
mismo punto del disco. 

— Hechos tocantes d la fusión y congelación del agua, por Mr. Mousson. 
En una Memoria publicada en las entregas últimas de los Anales de 
Poggendorff, llega el autor á las conclusiones siguientes: 1 .^ todas las 
fuerzas que dificultan la orientación de las moléculas de agua, la cohe- 
sión, la capilaridad, la compresión, etc., retardan ó dificultan su congelación. 
El agua encerrada cu esferitas, la contenida en tubos capitulares delga- 
dísimos, la comprimida entre dos vidrios, subsiste líquida bastante de- 
bajo de cero: 2.* cuando se sujeta el hielo á compresión natural ó arti- 
ficial, y en virtud de esta se trasforma en calor cierta cantidad de fuerza 
mecánica, se derrite el hielo en cantidad proporcional á la presión veri- 
ficada y al calor producido; de suerte que valuando por una parte la 
presión ejercitada y por otra la cantidad de hielo derretido, por efecto 
V. gr. de la acción de una prensa hidráulica prepotente, se podria de- 
terminar el equivalente mecánico del calor. Así, pues: 1.° si mientras 
pasa el agua del estado líquido al sólido se opone un obstáculo invenci- 
ble á su dilatación, no sólo se retrasa su congelación, sino que se la im- 
pide completarse; 1." si se comprime el hielo hasta recobrar el volumen 
que tenia cuando estaba líquido, se derrite. Impedir por tanto que el agua 
se dilate, es retrasar que se congele; comprimir suficientemente el hielo, 
aun á 1 8° bajo cero, es volverle al estado líquido. Dice Mousson que 
á — 212° bajo cero, tendría una misma cantidad de agua igual volumen 
en el estado sólido que el que tenia en el líquido. 

(Por la Sección do Variedades, Francisco García Navarro.) 



■«aogs^ g i- ■ 



Eililor responsable, Francisco García Navarro. 



N/ 4.°-REYISTA DE CIENCIAS. -A¿n7 1859. 



CIENCIAS EX4CTAS. 



-.***<3t>-í-í-< 



CEODESIA. 



Noticia sobre los trabajos geodésicos de la Carta de Espatía; por 
Mr. Lausseüat. 

(Cooiples rendiis, 7 mai-zo Í859. ) 



E 



L Gobierno español ha mandado hacer recientemente ope- 
raciones geodésicas, que deben servir de base para la cons- 
trucción del Mapa de España. Habiendo recibido el encargo 
del Excmo. Sr. Ministro de la Guerra, dice el autor, de asistir 
durante algún tiempo á los trabajos que debian verificarse el 
verano último, he creído que podria ser interesante un extracto 
de la Memoria presentada con objeto de dar cuenta del cumpli- 
miento de mi misión. 

La Comisión del Mapa de España . constituida definitiva- 
mente en 1853, se compone de gefes de las principales car- 
reras científicas del Estado, y de distinguidos oficiales perte- 
necientes á los cuerpos de Artillería, Ingenieros y Estado mayor, 
bajo la presidencia de un oficial generaL El Gobierno facilita 
generosamente á esta Comisión lodos los recursos que cree ne- 
cesarios para que sus operaciones puedan, además del logro de 
su fin inmediato, servir también al progreso de la ciencia, su- 
ministrando nuevos dalos para el estudio de la figura de la 
tierra. Durante el año de 1838, dos secciones dea cuatro oficiales 
han procedido, la primera á medir una liase central, y la se- 

TOMO U. 13 



194 

gunda á hacer las observaciones angulares de los triángulos de 
primer orden. 

Medición de ¡a liaac El a[)arato empleado para medir la Rase 
se compone principalmente de una Regla dividida que se ob- 
serva por medio de microscopios micrométricos montados inde- 
pendientes de la Regla, y de tal modo que se les puede aplicar 
un método de observación y roclificacion análogo al que se 
emplea en el anteojo meridiano. Todo el aparato ha sido cons- 
truido en Taris por Mr. Rrunner (1). 

La Regla ha sido comparada con el módulo deRorda, depo- 
sitado en el Observatorio Imperial, por MM. Ivon Villarceau y 
Goujon, astrónomos del Observatorio, comisionados con este ob- 
jeto por el Sr. Director de este establecimiento, y por los Seño- 
res Ibañez y Saavedra, individuos de la Comisión del Mapa de 
España. Estos oliciales han sometido igualmente la regla á nu- 
merosas experiencias, para estudiar la división, y para hallar 
directamente los coeíicienlesdedilatacion de los dos metales latón 
y platino que entran en su construcción, y hacen de ella un ter- 
mómetro metálico análogo á las reglas de Rorda. En esta última 
parta de su trabajo, los oficiales españoles se han aconsejado de 
los Sres. Regnault y Werlheim. 

La descripción y uso del aparato, acompañado de los resul- 
tados de las experiencias, se publicarán muy pronto en español 
y en francés. 

Se dio principio á la Medición de la Rase en fin de mayo 
de 1858, terminándose en los primeros dias de setiembre del 
mismo año. Otros dos individuos de la Comisión, los Sres. Qui- 
rof'-ay Monet, han contribuido con los Sres. Ibañez y Saavedra 
á esta operación, en la que se empleaban además 2 sargentos y 
60 soldados de artillería. 

La Rase de que se trata está situada á unos 100 kilómetros 
ais. de Madrid, y un poco al E. del meridiano de esta capital, en 
una vasta llanura que se extiende al N. del pueblo de Madride- 
jos. Su dirección es próximamente del O. al E., y la distancia rec- 



I 



(1) Véase su descripción en el nüm. 3.°, tom. 7.», pág. i58 de la 
Revista, año 1857. 



195 
tilínea de los dos extremos, medida aproximadamente, de 14.660 
metros, siendo muy poco undulado el terreno en toda esta longi- 
tud. Para facilitar la operación, se ha abierto un camino de 8™ 
de ancho de un extremo al otro de la base. Durante el curso de 
las operaciones, el aparato y los observadores estaban al abrigo 
bajo una galería de madera de Be* de larga y i"" de ancha, 
compuesta de 9 casillas independientes, que se trasportaban 
sucesivamente, haciendo pasar la de atrás adelante. Se habian 
tomado además todas las precauciones necesarias , para que 
los movimientos de los observadores no pudieran trasmitiise á 
los soportes de la regia ni á los de los microscopios. 

Sobre la alineación de los dos extremos de la Base se es- 
tablecieron otros 4 pilares de piedra, de manera que la base 
total se encuentra dividida en 5 secciones, que han sido medi- 
das la una después de la otra partiendo del extremo occi- 
dental. La sección de enmedio ó la 3.* se ha medido dos ve- 
ces como verificación: y en la próxima campaña debe deducii-se 
de esta 3.' sección, considerada como una Base pequeña, la 
longitud de las otras en que se descompone la Base y la longi- 
tud de su totalidad. 

Para dar una idea de la exactitud extrema con que han sido 
ejecutadas las operaciones en la campaña de 1838, bastara 
presentar el cuadro siguiente, que he tomado de la Memoria 
inédita (1) de los oficiales españoles. 

En este curdro la letra R representa la longitud normal de 
la Regia del aparato á una temperatura determinada; y es casi 
inútil añadir que el trabajo de cada dia en los dos períodos que 
se hallan consignados, terminaban en los mismos trazos marcados 
con un instrumento especial al nivel del terreno, en donde se 
conservaban con el mayor esmero. 



(1) Esta Memoria acaba de publicarse en Madrid bajo el título de 
Experiencias hechas con el aparato de medir Bases, perteneciente á la 
Comisión del Mapa de España. 



19G 



Base de Madridejos. — Cuadro comparativo de las mediciones 
verificadas, una en arjosto y otra en octubre, en la sección 
central f'Base pequcñaj. 



ur»s. 


rUIMERA MEDICIÓN. 


SEGUNDA MEDICIÓN. 


DIFERENCIA, 










min 


mili 


1 


60/? + 


18,52 


60/? + 


18,29 


+ 0,23 


2 


60/Í + 


11.75 


60/? + 


11,95 


— 0,20 


3 


60i? + 


26,31 


60^ + 


25,82 


+ 0.49 


4 


60 y? + 


32,69 


60/? + 


32,69 


0.00 


5 


60fí + 


11,96 


60/? + 


11.98 


— 0,02 


(i 


60 7? + 


17,64 


60/? + 


17,87 


— 0,23 


7 


60/? + 


3 6 ,41 


60/? + 


36,73 


- 0,32 


8 


60/? + 


21,14 


60/? + 


20,75 


+ 0.39 


9 


60/? + 


16,38 


60/? + 


16,47 


— 0,09 


10 


60/? + 


14,11 


60/? + 


14.39 


— 0,28 


11 


60 /? + 


8,87 


60/? + 


8,51 


+ 0,36 


12 


49/? + 2 


648,43 


49/? + í 


5648,57 


— 0,14 




709/? + 2864.21 


709/? + : 


286Í.02 


+ 0,19 



Tomando el promedio de los dos lesullados, y susliluyendo 
por R su valor expresado en melros y fracción decimal de rae- 
tro, se halla para la pequeña Base una longitud de 2766'", 9075; 
la columna de las diferencias al hacer verde una manera directa 
la precisión de las operaciones parciales y la del resultado defini- 
tivo, prueba también la estabilidad de los microscopios, la poca 
influencia que ejercen los fuertes cambios de íemperatura en 
las mediciones hechas con una regla que forma termómetro 
metálico, así como también el lalenlo del constructor y el de 
los oficiales encargados de la observación. 

Triangulación. Para medir los ángulos de los triángulos 
se emplea un teodolito construido en Alemania, siguiendo en 
sus observaciones el método llamado de míeracíon, y haciendo 
uso para las punterías de señales heliotrópicas. Durante mi per- 



197 

manencia en España en el mes de agosto yprincipios de setiem- 
bre, el estado de agitación de la atmósfera por efecto del excesivo 
calor habia obligado á suspender las mediciones angulares, las 
cuales han empezado de nuevo en octubre, y debian continuar 
en los meses sucesivos. 

Por la Sección de Ciencias Exactas, Francisco García Natarro. 



■>« HW <>e« 



CIENCIAS físicas. 



FÍSICA. 



Relación entre el magnetismo, el calor y la torsión; por Mr. G. 

WlEDEMANN. 

(L'inslitiit, 4 agosto 1858.) 

I. Cuando á una barra de acero, magnetizada á 0° por una 
corriente galvánica, se la quita parte de su magnetismo por 
otra corriente en sentido contrario, pierde magnetismo si se la 
calienta. Enfriándola, vuelve á presentarse el magnetismo. Si 
la acción de la corriente magnetizadora debilita el magnetismo 
primitivo de la barra, al enfriarse esta no recobra lodo el mag- 
netismo que tenia antes de calentarla; si es considerable la dis- 
minución, Vuelve á tener el mismo magnetismo que antes de 
calentarse; y si todavía es mayor, tiene más magnetismo la 
barra después de enfriada que antes de calentada. Asi, pues, 
una barra al parecer desmagnetizada puede volverse á magne- 
tizar por medio de varios calentamientos y enfriamientos. 

II. Una barra magnetizada á 100°, y reducido su magne- 
tismo á esta misma temperatura según el más ó menos magne- 
tismo perdido por la reducción, pierde magnetismo enfriándo- 
se, ó no se altera, ó se magnetiza mas que antes. 

III. Retorciendo una barra de acero, mengua su magnetismo 
en razón directa del aumenlode torsión. La pérdida de magnetis- 
mo por una misma torsión es casi proporcional al magnetismo pri- 
mitivodela barra; aunque barras muy magnetizadaspierden me- 
nos que lo que dice esta ley. Volviendo una barra retorcida á 
su posición de equilibrio, vuelve á experimentar otra pérdida de 
magnetismo . Retorciéndola otra vez en el mismo sentido, va 



199 
disminuyendo algo el magnelisnio. Pero retorciéndola en sen- 
tido conírano, se vuelve á perder mucho magnetismo, no en 
exacta razón sin embargo del aumento de torsión. Si la barra, 
luego de torsiones repelidas según direcciones diferentes, vuel- 
ve á su posición primitiva de equilibrio, crece algo su magne- 
tismo; cada torsión lo disminuye, cada destorsion lo restablece 
en gran parle. Nótase sin embargo decremento lentísimo del 
magnetismo de la barra. 

IV. Sustraída poca parle del magnetismo de una barra 
magnética imantándola en sentido contrario del primero, pier- 
de, al retorcerla algo, bastante menos magnetismo que una 
barra ordinaria de acero magnetizada. Quitado más magnetis- 
mo á una barra de acero, presenta retorciéndola más magne- 
tismo que antes de retorcerla. Crece este magnetismo con la 
torsión hasta cierto máximo, y luego mengua. Cuanto mayor 
es la cantidad de magnetismo quitada á la barra imantada, 
mayor debe ser la torsión para llegar al máximo. Si está v. gr. 
la barra completamente desmagnetizada, recobra el magnetismo 
retorciéndola, y crece este magnetismo al paso que la torsión, 
pero en razón decreciente. 

V. Si con la torsión se quita á una barra magnetizada más 
magnetismo que el que pierde por cambios de temperatura en- 
tre ciertos límites, en tal caso la barra, cuando calentada 
vuelve á su temperatura primitiva, recobra todo su magne- 
tismo. 

VI. Los alambres de hierro retorcidos se destuercen cierto 
ángulo de torsión cuando se los magnetiza. 

Vil. La destorsion de los alambres aumenta con el incre- 
mento de la intensidad de la corriente magnética en razón de- 
creciente, y llega pronto á un máximo. Con torsiones reducidas 
é intensidades iguales de corriente, es casi una misma en alam- 
bres de distinto grueso. 

VIH. La destorsion es independiente del peso que estira 
el alambre, y hasta cierto punto de la torsión primitiva de este. 

IX, Haciendo actuar en un alambre retorcido una corriente 
magnetizadora reducida que le haga en parte girar, la repeti- 
ción de la acción de tal corriente no aumenta la destorsion. IJna 
corriente de igual intensidad, pero en sentido contrario, des- 



200 
tuerce más el alambre. Si la última corriente empleada destorció 
el alambre cuanto quepa por la imantación, otra corriente en sen- 
tido contrario ocasiona una destorsion, y una corriente que si- 
gue á aquella en la misma dirección, una torsión del alambre. 



De la influencia de la presión en la cunducíibilidad eléctrica de 
los metales; por E. Wartmann. 

(Bil)lii)t. univ. de Ginebra, enero ^839.) 

Cuantos más esfuerzos se hacen para utilizar las propieda- 
des de la materia, ocurren más investigaciones nuevas sobre 
las modificaciones que las mismas propiedades pueden experi- 
mentar en ciertas circunstancias. Por ejemplo, en la gigantesca 
empresa de unir ambos mundos con un cable trasatlántico des- 
tinado al servicio de la telegrafía, se ha hecho intervenir un 
elemento cuyo estudio venia despreciándose hasta el dia; á 
saber, la influencia de la presión en la conductibilidad eléctrica 
de los metales. El citado cable, extendido en un fondo poco 
quebrado, que se llama meseta telegráfica, está sumergido en 
longitud de 19 miriámelros á una profundidad media de más 
de 3.000 metros, llegando la máxima á 3.790 metros, en la 
cual se halla sujeto á una presión de 36() atmósferas. Ahora 
bien: la baja de temperatura de congelación del agua por causa 
de una compresión más de 20 veces menor, descubierta por 
Thomson; los hechos parecidos comprobados por Bunsen sobre 
el punto de solidificación de la esporma ceti y de la parafina 
expuestas á presiones hasta de 156 atmósferas; la alteración, en 
fin, de la facultad conductriz de los alambres de hierro y de co- 
bre atravesados por una corriente voltaica cuando se los estira, 
permitían sospechar que la resistencia de los metales al paso 
de los flujos eléctricos se modificaria en virtud de un acerca- 
miento molecular forzado. 

He hecho mis experiencias, dice el autor, con alambres de 
cobre muy dulce, de 1"'"',3 de diámetro, recubiertos con una 
capa de guta-perca, que subia el grueso á 3""",1. Como medio 
de compresión he usado primero un piezómetro de Oersted, 



201 
con el cual se llega liasla 9 atmosferas, y en cuyo interior el 
alambre, bañado por agua por todas partes, estaba en condi- 
ciones parecidas á las de los cables submarinos. Adoptando el 
método indicado por Christie y Wheatslone, llamado puente 
eléctrico, he dividido la corriente de una pila de seis pares 
grandes de Bunsen entre el alambre que se trataba de ensayar 
y un conductor auxiliar conveniente; después he puesto en re- 
lación con cada uno de ellos uno de los extremos del alambre 
grueso y corto de un excelente reómetro de Ruhmkorff, de 
suerte que, equilibrándose las dos corrientes que intentaban 
recorrerlo, se fijase en cero la aguja. Todos los contactos inva- 
riables de este circuito complejo estaban firmemente asegurados 
con soldaduras. Las pinzas movibles de patas convexas en que 
por un lado terminaba el hilo reométrico, llegadas al punto en 
que era nulo el desvío, se mantenían en él con un tornillo de 
presión libre de toda sacudida. 

No obstante la suma sensibilidad de este método de prueba, 
fué imperceptible el efecto del piezómelro. Tuve que sustituirlo 
con otra máquina mucho más eficaz, y á falta de una prensa 
hidráulica adecuada, sujeté en el aire el hilo, doblado en zic- 
zac en largo de O"', 92, á una presión que se fué subiendo has- 
ta 5.770 kilogramos, que equivale á más de 400 atmósferas. 
Deseoso de que no se desfigurase permanentemente la forma 
cilindrica del alambre de cobre, puse entre él y las placas de 
acero destinadas á comprimirlo, dos hojas gruesas de guta- 
perca, cuya superficie apenas conservó huella del cuerpo que 
apretaban. 

Así logré ver: 

1." Que una presión de 30 atmósferas (valor relativo á la 
sensibilidad de mi reómetro) disminuye la conductibilidad del 
hilo que la experimenta. 

2." Oue esta disminución crece cuando aumenta la presión. 

3.° Que subsiste constante para cada presión tanto tiempo 
cuanto esta no varía. 

4." En fiu, (|ue la conductibilidad recobra exactamente su 
primitivo valor cuando se suprime la fuerza coraprimenle. 

Estos resultados, importantes para el ingeniero, el geólogo 
y el fisiólogo, sientan una analogía nueva entre la electricidad. 



202 
el calor y la luz. Recuérdense con efecto las bellas experien- 
cias de SeiiarmonI, que demostraron: 1.» que lodo aumenlo 
arliíicial de densidad de un sólido no cristalizado disminuye, 
en el sentido en que se ejercita, la conductibilidad del mismo 
cuerpo para el calor; 2." que en los intermedios hoiuoiióneos 
en equilibrio forzado, el alargamiento o aplanamiento del elip- 
soide térmico corresponde precisamente al alargamiento ó apla- 
namiento del elipsoide óptico. 



Observaciones microscópicas de la chispa eléctrica: por Mu. 
Fabbul. 

(I.'luslitut, o m.irzo 1859.) 

Con objeto de estudiar las causas que determinan la figura de 
la chispa eléctrica, ha hecho Mr. Fabbri algunas observaciones 
microscópicas que vamos á relatar. 

Cuando salta una chispa entre dos conductores, se observan 
generalmente dos cosas en su forma. Se ve: l.° que la consti- 
tuyen dos fajas ó rastros luminosos diferentes, que se reúnen en 
su extremo y se inclinan uno al otro formando ángulos más 
ó menos agudos, de suerte que juntos presentan una linea in- 
terrumpida; 2." que se encorvan de distintos modos los mismos 
rastros. 

De causas diferentes parecen provenir eslosdos fenómenos: 
unas actúan discontinuamente en los puntos de intlexion; otras 
continuamente, por lo menos en aquellos puntos donde no está 
interrumpida la chispa. 

Para examinar ambos fenómenos, me ha parecido conve- 
niente, dice Mr. Fabbri, emplear el microscopio, con el cual 
he observado una chispilla que hacia pasar por las puntas de 
dos alambres delgados pegados con goma laca en un pianito de 
cristal, y esto asi por las razones siguientes. Tuesto que el inter- 
medio en que salta la chispa ha de influir mucho por precisión 
en su forma, mejor es que sea homogéneo en reducidas capas, 
y de consiguiente se debe operar con chispillas, que para exa- 
minarlas bien requieren emplear el microscopio. Lsando este 



203 
¡Dstrumento, ó disminuyendo suficienlemenle la irradiación, so 
aclaran además los límites de la chispa y se divisan con más 
facilidad las pequeñas diferencias de forma. Advertiré que nunca 
be usado lentes de mucho aumento, que hubieran sido superfinas 
y aun incómodas. 

Lo primero que se presentó al observar con el microscopio 
la chispa fué su escasa anchura, inferior con mucho á la que se 
percibe ó juzga con la simple vista. A pesar de no estar supri- 
mida toda la irradiación, vi chispas de algunos milímetros de 
largo que miradas con el microscopio tenían de seguro menos 
de T^s de milímetro de ancho. Manifestóse mucho más ancha y 
luminosa la chispado una botella pequeña. 

Cuando están bástanle próximas las puntas, nunca se ve 
solución de continuidad de la chispa, presentándose encorvada 
con variedad; me pareció notar que cuando salía de unos mis- 
mos dos puntos, presentaba curvatura igual. Si se aumenta la 
densidad del intermedio interpuesto, poniendo entre las dos pun- 
tas de los conductores una gota de liquido no conductor, de 
aceite v. gr., y precisando ala chispa á atravesarla, aun cuando 
sean muy cortas las distancias se observan soluciones de conti- 
nuidad. 

De estas observaciones parece deber inferirse que es proba- 
ble que la solución de continuidad de la chispa provenga del 
intermedio en que se produzca, al paso que su curvatura dependa 
de sus extremos respecto de las demás partes de los conducto- 
res de que emane, y acaso también respecto de los demás cuerpos 
circunvecinos. 

Mirada la chispa con el microscopio en el aire, se manifiesta 
de color violado, como con la simple vista; pero si la fuente 
eléctrica es algo copiosa y están bastante próximos los conduc- 
tores, se Irasforma en un copo la pai'te interna; obsérvase enton- 
ces una luz brillante, como la de la chispa común, en ambas 
puntas de los conductores, y que al irse acercando al interme- 
dio va disminuyendo de intensidad, ínterin que en lo interior 
se origina el reducido copo cuyo aspecto permite decir que la 
chispa se va trasformando desde las puntas en un copito, 
pero siendo las últimas que se trasforraan las partes internas. 

Con dos alambres de hierro ó acero se ven cortos chorros 



204 

de luz rojiza arrojados en lodas direcciones, que probabilisima- 
menle provienen de parliculillas metálicas desprendidas y ar- 
rojadas por la descarga, y que se inflaman en el aire; lo cual 
prueba que la chispa eléctrica, no sólo trasporta la materia, si- 
no que también la arroja en cualesquier direcciones. 

Haciendo pasar la electricidad entre dos puntas íinisimas, 
como las de dos agujas de coser, gran parte de aquella corre 
de una manera casi continua entre estas; pero se ven al propio 
tiempo muchas chispas, que se juntan muy pronto con elíilele 
luminoso existente entre ambos conductores. Reconócense estas 
chispillas principalmente en los puntos brillantes que forman 
en los sitios de donde salen, yes curioso ver estos puntos lumi- 
nosos á cierta distancia siempre de la punta de la aguja. 

Observando atentamente los extremos de la chispa, se per- 
cibe siempre un punto más luminoso, circunscrito por una au- 
reola que suele exceder mucho en diámetro al grue.so de la chis- 
pa, y lomar varios aspectos, según la naturaleza diversa de los 
metales de que son los conductores. 

Las puntas de platino dan una aureola pequeña y blanca; 
el hierro y acero, azulada; el cobre, de hermoso color verde; y 
hay por último aureolas grandísimas y de color blanco de le- 
che, poco brillantes, que las dan dos alambres amalgamados. 
Se agrandan y ponen más brillantes las mismas aureolas dando 
una capa de aceite á los metales entre que salta la chispa. Consi- 
gúese bastante bien esto mismo poniendo en ambos extremos una 
gota deaceite, que cubriendo una pequeña parte de losalambres, 
hace pasar la chispa por otros puntos más distantes, pero casi 
en contacto con la gota, y que por este motivo están constante- 
mente cubiertos de una capa de aceite. Operando así con dos 
alambres finísimos de cobre, se perciben alrededor de los puntos 
luminosos dos aureolas grandes de hermoso color verde, que 
contrasta magníficamente con el violado de la chispa. La causa 
de estas aureolas grandes consiste probablemente en la com- 
bustión de una corta cantidad de aceite en la llama donde hay 
moléculas metálicas desprendidas por la chispa. Conviene ad- 
vertir que otros líquidos viscosos, más combustibles que el 
aceite, esencia de trementina v. gr. , no presentan tan bien este 
fenómeno. 



205 



QVIHICA. 



De la reducción de los cloruros de bario, estroncio y calcio por 
el sodio. — Aleaciones de estos metales; por Mr. Carón. 

(Coiuptes rendiis, -% Jrlrero 1859.) 

No se había conseguido descomponer por el sodio más clo- 
ruros de los metales alcalino-terrosos que el magnesio. Lo he 
logrado, dice el autor, del modo siguiente. 

En varios casos tenia notado que la presencia de un metal 
extraño en la sal fundida en que se verifica la reducción, solia 
facilitar la operación, bien reuniendo las moléculas del metal 
reducido, si es susceptible de disolverse, bien localizando la 
acción del metal reductor previamente aleado. Fundándome en 
esta observación, he llegado á los resuilados siguientes. 

Empiezo preparando aleaciones de sodio con diferentes me- 
tales, como plomo, estaño, bismuto, antimonio, etc. Por lo ge- 
neral se obtienen fácilmente las aleaciones de sodio con estos 
metales, pero por lo común con violento desprendimiento de 
calor y luz, lo cual exije que al prepararlas se tomen precau- 
ciones. Para que sean manejables dichas aleaciones, no se debe 
introducir en ellas mas que la tercera parte de su peso de so- 
dio, aunque no es indispensable esta proporción. 

Para reducir uno de los cloruros de bario, estroncio ó cal- 
cio, basta fundirlo en un crisol común, y añadir, cuando esté 
completamente líquido y rojo el cloruro, una de las aleaciones 
de sodio de antemano preparada. Caliéntase todavía algunos 
instantes para dar al metal tiempo de reunirse, y en seguida 
se quita del fuego. Por supuesto que es menester poner en el 
crisol el cloruro con exceso respecto del sodio que se emplee. 
Se obtiene un riel metálico y cristalino de aspecto particular 
según los metales aleados. Las combinaciones presentan sólo 
rastros de sodio si están bien preparadas. Algunas de las alea- 
ciones citadas dan por la análisis la composición que sigue. 



á06 

Plomo y calcio. 

Calcio 17,10 

Plomo 81.10 

Sodio 0,32 

Silicio y eslaño 0,52 

Magnesio 0,38 

Pérdida 0,58 

100,00 

Antimonio y calcio. 

Calcio 7,60 

Antimonio p. d 92,40 

100,00 

Bismuto y bario. 

Bario 28,00 

Bismuto p. d 72,00 

100,00 



No hablaré de la riqueza de estas aleaciones, que varía con 
la cantidad de sodio introducida en la aleación reductriz; creo 
deber decir, sin embargo, que pasado cierto limite se pierde 
sodio; esto es, que la cantidad de bario, estroncio ó calcio re- 
ducida es menor proporcionalmente que la de sodio empleado. 

También se pueden obtener las mismas aleaciones con una 
sola operación, y sin necesitarse sodio. Para tener, v. gr., una 
aleación de estaño y bario, bastará mezclar bien carbonato de 
sosa, carbón, cloruro de bario, y de estaño en polvo, y calentar 
hasta que dejen de desprenderse vapores de sodio. Sin dificul- 
tad se comprende la reacción: el carbonato de sosa y el carbón 
producen sodio que se alea con el estaño y reduce el cloruro de 
bario. No puedo indicar con toda exactitud las proporciones 
más favorables para obtener aleaciones de este modo: me con- 
tento con citar el hecho. 

Las aleaciones, háganse de esta ó de aquella manera, son 
verdaderas combinaciones que no destruye el calor. Puesto un 



207 
riel de bismuto y bario en un crisol de carbón, y calentado 
hasta la temperatura de fusión del niquel, perdió poquísimo 
|jeso; el oxido de carbono que siempre hay en la atmósfera de 
los crisoles, destruyó una corla cantidad de bario. 

Todas estas aleaciones se oxidan rápidamente al aire, y des- 
componen el agua vivisimamenle cuando contienen más de 5 
por 100 de metal alcalino, dejando entonces el metal extraño 
no atacado en estado de polvo negro. 

Las aleaciones de bario, estroncio y calcio con antimo- 
nio desprenden en el agua hidrógeno que tiene mucho an- 
timonio; aunque contenga cierto exceso de hidrógeno produ- 
cido por la aleación de calcio, analizado el gas da ís'^J&S 
de antimonio por cada litro de hidrógeno formado por su des- 
composición. 

Las aleaciones con el bismuto no contienen hidrógeno com- 
binado con este metal. 

Si en un crisol de hierro ó de fundición bien cubierto se 
funde una mezcla de cloruro de calcio y de sodio en tales pro- 
porciones que haya mucho exceso de sodio, y se cuida de que 
no suba la temperatura á más del punto de volatilizarse el so- 
dio, se obtiene una aleación de sodio y calcio capaz de perder 
lodo su sodio destilándola en una vasija de hierro; pero se 
queda entonces el calcio en estado de esponja, en la cual ac- 
túan con tanta energía las causas de oxidación, que no se puede 
fundir el metal sin destruirlo casi por completo. La cal que ro- 
dea al calcio se opone además á la reunión de las partículas 
metálicas. Es probable que mejorando la parte práctica de estos 
procedimientos, se consiga aislarlo en estado de pureza. 

Empleados iguales medios para obtener la aleación del so- 
dio con el bario ó el estroncio, no han dado resultado alguno. 



Nuevos trabajos sobre el oxígeno; por Mr. Scuoenbein. 

(\nal. de Quím. j V'\s., febrero -1859.) 

L Influencia del platino en el oxigeno combinado, — Los 
trabajos de Davy, y especialmente ios de Doebereiner, han 



208 

manifeslado la infliiencia del platino en la aclividad (|iil- 
raica del oxígeno libre. De experiencias que acabo de hacer 
resulta, dice el autor, que dicho metal obra también en el 
oxtí^eno combinado, ya produciendo efectos de oxidación mas 
intensos y rápidos, ya dejando libre el oxigeno. Los ejem- 
plos siguientes demostrarán este modo particular de acluiir el 

platino. 

Añadiendo hipermanganalo de potasa á amoniaco dilatado 
hasta dar color rojo subido al liquido, pasan horas antes de 
que este pierda el color y se forme nitrato de potasa. 

Agítese la mezcla con negro de platino, é inslanláneamenle 
pierde el color. 

Una disolución concentrada de ácido crómico pone al mo- 
mento azul al engrudo yodurado (t parte de yoduro de pota- 
sio, 10 de almidón y 1.000 de agua). Cuando se dilata la di- 
solución acida en 500 veces su volumen de agua, no toma co- 
lor hasta media hora después. Sucede al instante cuando se 
agita el líquido con negro de platino. 

La tintura de añil, mezclada con una disolución de ácido 
yódico, pierde el color con lentitud; pero lo veritica al instante 
cuando se agita con negro de platino. Iguales fenómenos se ven 
con el ácido dórico. 

Destilando en una retorta ácido nítrico de l,.3o de densidad 
y perfectamente exhausto de ácido hiponitrico, pasa el ácido 
sin descomponerse, y es imposible descubrir el menor rastro 
de vapor nitroso, bien en el producto destilado, bien en el re- 
siduo. Cuando se añade al mismo ácido negro de platino y se 
calienta hasta hervir, al momento se presentan vapores rojos, 
y pasa nn ácido, que dilatado en mucha agua, da color azul al 
instante al engrudo yodurado. De este hecho resulta que el ne- 
gro de platino descompone al ácido nítrico. También descom- 
pone hirviendo á la disolución de ácido yódico, dejando libre 
una corta cantidad de yodo. Al ácido hipermangánico libre lo 
descompone al momento el negro de platino. Me parecen aná- 
logas estas descomposiciones á la que experimenta el agua oxi- 
genada con el negro de platino. En ambos casos pone en liber- 
tad oxigeno ligeramente combinado la acción de contacto del 
metal. 



209 

II. Influencia del hierro y las sales ferruginosas en el oxi- 
geno combinado.— En algunas de las experiencias anteriores se 
puede sustituir el hierro ó el sulfato ferroso al negro de plati- 
no. El ácido crómico dilatado en 500 veces su volumen de agua, 
y mezclado con otro volumen igual de engrudo yodurado, no 
da color azul á este sino con lentitud; pero se presenta tal color 
al momento que se agita la mezcla con polvo de hierro, ó que 
se echan unas golas de sulfato ferroso. 

Asimismo una disolución dilatada de ácido dórico que 
quita lentamente el color á otra de añil, lo verifica al momento 
de ponerla en contacto con hierro ó con sulfato ferroso. 

III. Acción calalictica recíproca de una serie de óxidos, 
peróxidos y ácidos, y modificaciones opuestas del oxigeno ac- 
tivo.— ^dihemos por las bellas observaciones de Thenard, que 
poniendo en contacto agua oxigenada, con los óxidos de los me- 
tales preciosos, los reduce perdiendo la mitad de su oxigeno. 
El mismo químico insigne demostró que el agua oxigenada y el 
peróxido de plomo se descomponen en óxido de plomo, agua y 
oxígeno. Wohler ha demostrado luego que el peróxido de man- 
ganeso descompone el agua oxigenada, y que para completarse 
la descomposición se requiere que intervenga un equivalente 
de peróxido de manganeso para otro de agua oxigenada. í 

Los hechos siguientes caben, á mi juicio, en el mismo or- 
den de fenómenos. 

Oxigeno ozonado y agua oxigenada. — Agitando agua oxi- 
genada con oxígeno muy ozonado por el fósforo y esme- 
radamente desembarazado de vapores ácidos, desaparece el 
ozono, se descompone el agua oxigenada, y se forma oxígeno 
común. 

Sustituyase al agua oxigenada peróxido de bario diluido en 
mucha agua, y se observarán hechos parecidos. Desaparece 
el ozono, se reduce el peróxido de bario al estado de hidrato de 
barita, y se forma oxígeno común. 

Agua oxigenada y peróxidos ó ácidos me/á/fcos.— Iguales 
fenómenos se presentan en el contado del agua oxigenada con 
ciertos ácidos metálicos y peróxidos. Añádese agua oxigenada 
al ácido hipermangánico ó á una disolución acuosa de hiper- 
manganato de potasa, y se enturbia la mezcla, se separa hidrato 

TOMO IX 1 4 



2t0 

mangánico, y al propio tiempo se desprende oxigeno. Adició- 
nase á la disolución de bipermanganato una corla cantidad de 
ácido sulfúrico ó nítrico, y en tal caso determina el agua oxi- 
genada la reducción del ácido hipermangánico al estado de 
óxido manganoso, de suerte que la mezcla, al principio de co- 
lor rojo de púrpura, lo pierde pronto. 

Sabemos que añadiendo agua oxigenada á ácido crómico, 
loma color azul el liquido, y luego pasa por el verde al ampiri- 
Uo rojizo, desprendiendo oxígeno. Se descompone el agua oxi- 
genada, y subsiste sin alterarse el ácido crómico. Pero se re- 
duce y trasforma en óxido de cromo cuando se ecban unas go- 
tas de ácido sulfúrico á la mezcla. 

Análogos fenómenos ocurren cuando se pone agua oxigenada 
en contacto con disoluciones de ciertos peróxidos en ácidos. 
Tengo demostrado que se podían disolver en ciertos ácidos el 
peróxido de manganeso, el de plomo y el de plata. De agitar 
minio con ácido acético resulta una disolución incolora cargada 
de peróxido de plomo, y que lo deja depositarse al cabo de al- 
gún tiempo. Añadido sulfato manganoso á la misma disolución, 
precipita en ella sulfato de plomo, y determina formación de 
un acetato de peróxido de manganeso que subsiste disuelto. Por 
otra parte, se disuelve el peróxido de plata en frió en ácido 
nítrico, formando un líquido de color pardo oscuro. Cuando á 
estas disoluciones de peróxidos en los ácidos se les añade agua 
oxigenada, se descompone esta, se reducen los peróxidos, y se 
desprende oxígeno puro. 

Las sales férricas actúan en el agua oxigenada como el ácido 
crómico: la descomponen sin reducirse ellas. >', cosa curiosa, 
verificase esta reducción por el prusialo rojo de potasa. Sabido 
es que no precipita este reactivo á las sales de bierro en el má- 
ximo; pero añádase á la mezcla agua oxigenada, y al instante 
se precipitara azul de Prusia, y se desprenderá oxígeno prove- 
niente de la reducción y de la acción catalítica recíproca del 
agua oxigenada y del scsquióxido de bierro. 

El agua oxigenada no tiene acción en el sulfato de cobre 
disuelto; pero si se añade potasa á la mezcla se desprende oxí- 
geno, y se precipita hidrato cuproso, que pronto pasa al estado 
de bidralo cúprico. 



211 

Estos hechos manifiestan que el agua oxigenada disfruta la 
propiedad de separar el oxigeno en todo ó en parle de gran 
número de óxidos, de peróxidos y de ácidos metálicos, per- 
diendo al propio tiempo la mitad de su oxígeno. 

Admito que el oxigeno de estos óxidos que se pone libre en 
estas circunstancias es oxigeno activo, y que la segunda mo- 
lécula de oxigeno del agua oxigenada es también oxígeno activo. 
Sábese que el oxigeno que las catálisis acabadas de mencionar 
dejan libre, es oxígeno común. ¿No parece indicar esta circuns- 
tancia que se forma este por la reunión de dos especies de oxí- 
geno activo, proveniente uno de los peróxidos y el otro del agua 
oxigenada, y que parecen dolados de cierto antagonismo? Esto 
requiere explicarse. 

Al peróxido de bario se refieren los de estroncio y de los 
metales alcalinos. Todos dan agua oxigenada tratados por el 
ácido clorhídrico, y son incapaces de teñir de azul á la tintura 
de guayaco, etc. Se les puede oponer otro grupo de peróxidos, 
que dan cloro tratados por el ácido clorhídrico, y que tifien de 
azul á la tintura de guayaco; son los de manganeso, plomo, ní- 
quel, cobalto, bismuto y plata, á los cuales se pueden acercar 
los ácidos mangánico, crómico y vanádico. ¿Por qué tratados 
estos óxidos por el ácido clorhídrico no dan agua oxigenada? 
Sin duda porque el oxígeno activo (la segunda molécula de 
oxígeno de los peróxidos) está contenido en ellos bajo dislinla 
forma que en el bióxido de bario. 

Admito que puede existir en dos estados diferentes el oxí- 
geno activo, en el de oxígeno activo positivo y el de oxígeno 
activo negativo. Represento estas dos especies de oxígeno por 
los símbolos y- y e. ó simplemente por © y 9. Se les pu- 
diera llamar ozono y anlozono; ozonidos al grupo de los peró- 
xidos á que pertenece el de manganeso, y anlozonidos al de 
aquellos á que corresponde el bióxido de bario. Unidos el ozono 
y el antozono forman oxígeno común inactivo. Por esto el agua 
oxigenada y el peróxido de bario en contacto con el ozono lo 
destruyen, perdiendo aquellos su oxígeno activo, y formando 
oxígeno inactivo. Por lo mismo el agua oxigenada en contacto 
con disoluciones de peróxidos en ácidos descompone los peróxi- 
dos, descomponiéndose ella, y dando oxigeno inactivo. Me pa- 



212 

rece muy natural esta interpretación de los hechos arriba men- 
cionados. 

Todavía gana en mi concepto mayor fuerza esta hipótesis 
con los hechos siguientes. 

Mezclando íntimamente peróxido de bario con otro de pla- 
ta, no se desprende ni rastro siquiera de oxígeno; pero cuando 
se añade agua á la mezcla, al momento se presenta vivo despren- 
dimiento de dicho gas. El peróxido de bario se reduce á barita, 
el de plata á plata metálica. 

En general, todos los peróxidos y óxidos que descomponen 
el agua oxigenada, descomponen también el peróxido de barita. 
La acción recíproca de dichas dos especies de peróxidos es mu- 
cho más enérgica cuando interviene un ácido. 

El peróxido de bario se conduce exactamente como el agua 
oxigenada con las disoluciones de peróxidos en ácidos. Reduce á 
estos reduciéndose él, y pasando al estado de sal de barita al 
propio tiempo que se desprende oxígeno inactivo. Cabe admi- 
tir en rigor que en tales casos se forma primero agua oxigenada, 
por la acción del ácido en el bióxido de bario, y que la misma 
agua determina reacciones idénticas á las expuestas. Sea lo que 
fuere, lo cierto es que el bióxido de bario se parece al agua oxi- 
genada en punto á su acción en los peróxidos. 

El hecho siguiente tiene alguna importancia en cuanto alas 
ideas que se acaban de enunciar. Échese ácido clorhídrico dila- 
tado en una mezcla íntima de 5 partes de peróxido de bario y 2 
de peróxido de manganeso, y se verá descomponerse rápida- 
mente la mezcla en muriato de barita, muriato de protóxido de 
manganeso, y oxígeno libre y completamente falto de rastro si- 
quiera de cloro. 

Se puede explicar fácilmente esta interesante reacción, mi- 
rando, cual lo hago yo, al peróxido de bario como BaO-\- é, al 
de manganeso como MnO-\-é, al cloro (como peróxido de mu- 
rio, ácido muriático oxigenado) MuO-{- e, al agua oxigenada 
como H0-\- ¿), y al ácido clorhídrico como MuO-\-llO. Al paso 
que BaO y MnÓi^Q combinan con MuO formando los muriatos 
de barita y de manganeso, el oxigeno activo ¿^ de uno de los 
peróxidos, y el oxígeno activo é del otro se combinan, y re- 
suelven en oxígeno inactivo O, el cual, como incapaz de aso- 



213 

ciarse, bien con el agua HO para tomar agua oxigenada, bien 
con MiiO para formar cloro, se separa también de sus cambi- 
naclones (1). 

Véase otro hecho tocante al mismo orden de fenómenos. 

Echando una gota de bromo puro en agua oxigenada, se pre- 
senta en aquel una burbuja que se hincha y luego se desprende, 
y vienen en seguida otras. El gas desprendido es oxígeno co- 
mún. Agitando agua oxigenada con bromo, al momento se ma- 
nifiesta un desprendimiento tumultuoso de oxígeno. Conviértese 
el bromo en lo que los químicos llaman ácido hromhidrico. 
Conforme á las teorías dominantes se explicaría este hecho, ad- 
mitiendo que el bromo quita al agua oxigenada su hidrógeno, y 
deja libre su oxígeno. Según mis ideas actuales acerca de la na- 
turaleza del bromo, debo preferir la interpretación siguiente: el 
oxígeno desprendido proviene á un tiempo del peróxido de hi- 
drógeno H0-\- ^ y del de bromio (bromo) BrO-{- y . 

Sujeto á la imparcial apreciación de todos los químicos des- 
preocupados, que decidan á dónde se inclina el mayor peso de 
analogía. 

Nota de los Anales. Los hechos relatados por Mr. Schoen- 
bein manifiestan que el bióxido de bario se descompone, como 
el agua oxigenada, al ponerse en contacto con algunos óxidos, 
y que tal descomposición ocasiona á veces la del óxido mismo. 
Ejemplos nuevos é interesantes son estos de las acciones quí- 
micas que se suponen debidas al contado, por ignorarse la ver- 
dadera causa de ellas. Mr. Schoenbein intenta explicarlas sen- 
tando una hipótesis ingeniosa, pero temeraria, acerca de la 
naturaleza doble del ozono. Para justificarla sería menester que 
por lo menos fuera aplicable á todos los casos; y los hay, y de 
los más importantes, que no explica. 

Cuando en virtud de la influencia del negro de platinó ó 
del peróxido de manganeso, se descompone el agua oxigenada, 
se desprende oxígeno inactivo. Parécenos esto en contradicción 
con la teoría de Mr. Schoenbein. Con efecto, si el segundo 



(1) Este párrafo está [traducido al pié de la letra. (Nota de los 
Anales.) 



214 

átomo de oxigeno del agua oxigenada fuese, cual opina este 
sabio, oxigeno activo positivo, deberla desprenderse como tal; 
porque ni el platino, ni el peróxido que subsiste intacto, pue- 
den darle el oxigeno activo negativo con que necesita combi- 
narse, según el autor, para formar oxígeno común. 

En cuanto a la hipótesis sentada sobre la naturaleza del 
cloro, hipótesis resucitada de BerthoUel, ,,no convendría, para 
acreditarla algún tanto, apoyarla en otra cosa más que en ar- 
gumentos sacados de la analogía, y en la interpretación de una 
experiencia que nada tiene de decisiva? 



Df la acción del liidrófjcno á diferentes presiones en algunas 
disoluciones metálicas: por Mr. Beketoff. 

(Comptes rcndiis, 2'i fe.brem 1859.) 

El papel metálico que desempeña el hidrógeno en sus com- 
binaciones está oculto, digámoslo asi, por sus propiedades físi- 
cas en el estado libre, estorbando asignarle un puesto en la 
serie de desalojamientos de los elementos metálicos; y la elimi- 
nación del hidrógeno de los ácidos por los metales depende 
tanto de la presión, que hasta puede cesar cuando llega esta á 
cierto punto, como lo probó Babinet. Pudiera creerse que suce- 
dería lo contrario, y que comprimido el hidrógeno podría desa- 
lojar ciertos metales de sus disoluciones en los ácidos. Esto es 
lo que me he propuesto resolver por la experiencia, dice el au- 
tor. 

Mis trabajos han recaído principalmente sobre las sales de 
plata, con mayor motivo por conocerse ya algunos casos de re- 
ducción de sales de plata por el hidrógeno. Notado estaba que 
al nitrato de plata lo descomponía hasta el hidrógeno puro, 
aunque no ejercita acción alguna en el sulfato del mismo me- 
tal. Mr. Ozann había dicho que el hidrógeno desprendido por 
la pila en ciertos casos reducía hasta el sulfato, al paso que no 
tenia esta propiedad el hidrógeno común; deduciendo de aquí 
que el hidrógeno se podía presentar, á semejanza del oxígeno, 
con una modificación activa que llamó hidrógeno-ozono. 



215 

El método de mis experiencias es sencillísimo: en las distin- 
tas ramas de un tubo de vidrio varias veces encorvado se pone 
aparte la disolución metálica, el ácido y el zinc purificado, y 
luego se cierra el tubo con la lámpara. Se deja caer la granalla 
de zinc en el ácido inclinando algo el tubo, y después se obser- 
van de cuando en cuando los fenómenos que suceden; en algu- 
nas experiencias el hidrógeno, desprendido antes de actuar en 
la disolución metálica, atravesaba previamente por una capa de 
la misma sal en una rama interpuesta entre el ácido y la disolu- 
ción: no advertí sin embargo diferencia alguna entre ambos modos 
de operar. Hice todas las experiencias sin luz. Obtuve los resul- 
tados siguientes. 

Sujeta á la acción del hidrógeno comprimido una disolución 
de cloruro de plata en amoniaco, se puso parda la superficie de 
contacto del líquido con el gas, luego se propagó la acción por 
toda la masa, y pasados algunos días se depositó en las paredes 
y el fondo del tubo un polvo agrisado, que examinado luego de abrir 
el tubo, presentó todos los caracteres de plata metálica. No adver- 
tí acción reductriz del hidrógeno en la misma disolución á la 
presión ordinaria. 

Tratado del mismo modo el nitrato de plata, depositó al mo- 
mento plata metálica blanca en forma de tenue película, for- 
mada de mallas cristalinas. El licor pasó de neutro á ácido. 
El hidrógeno á la presión ordinaria actúa también á la larga en 
la disolución de nitrato. Los fenómenos más notables me los 
presentó el sulfato de plata. Sujeta á la acción del hidrógeno 
comprimido una disolución saturada de esta sal, no presentaba 
señal ninguna de reducción al cabo de varios días. Pero dilatada 
en tres veces su peso de agua, empezó á descomponerse luego 
de estar algunas horas en contacto con el hidrógeno. En algu- 
nos sitios se había depositado en forma de espéculo metálico la 
plata reducida, al paso que en otros se veia precipitado un pol- 
vo de color gris subido; á un calor moderado perdía este su 
tinta oscura y desprendía un gas, trocándose en plata metálica. 
Lacerta cantidad de sustancia me impidió examinarla con más 
cuidado, aunque las circunstancias en que se formó inducían 
á creer que era un hidruro de piala; no podía ser óxido, puesto 
que el licor circundante presentaba reacción acida. 



216 

El hidrógeno descompone al acetólo de plata á la presión de 
la atmósfera ya. 

Diversas experiencias con el nitrato mercurioso á mucha 
presión me han dado resultados positivos: aparecen globulillos 
do mercurio en la superficie de contacto, y se juntan en el fondo 
del tubo en otros más gruesos, conservando el liquido su color 
y trasparencia primitivas. 

Pcrmitaseme sacar de estos hechos las conclusiones siguien- 
tes: 

1 .^ El hidrógeno común y en estado gaseoso, ó disucllo en lí- 
quidos, puede desalojar algunos metales de su disolución en estos 
ácidos. 

2.' Esta acción del hidrógeno depende de la presión del gas 
y de la dilución de la disolución metálica, ó dicho de otro modo, 
de la masa quimica del cuerpo reductor, como en otras acciones 
de la misma clase. 

3.® Es probable que á presiones mayores que la empleada, 
desalojarla el hidrógeno á otros metales como á la plata y el mer- 
curio. 



física DELi GliOBO. 



Pasoge de nna caria de Mr. Kacnilz á Mr. Le Verrier sobre 
Ins relacioms existentes entre las indicaciones del barómetro, 
la dirección y la fuerza del mentó. 

(Comptes rendus, ^7 muyo Í858.) 

Con sumo interés leo vuestra correspondencia meteoroló- 
gica. Cuantas personas se dediquen á esta parte de las Ciencias 
Naturales, reconocerán el gran mérito que contraéis publicando 
tales observaciones. 

Por desgracia no ha recibido el observatorio de Dorpat otras 
correspondencias de enero y febrero más que de algunos dias, 
y no han venido completas hasta principios de marzo. Permi- 
tidme comunicaros algunos resultados sobre ios movimientos de 



217 

la atmósfera, cual los he calculado para el mes de marzo y mi 
parage de observación. Empiezo por los vientos. 

Mis trabajos abrazan 545 dias de observaciones hechas en 
el mes de marzo, y dan para duración de cada viento en el 
mismo los resultados siguientes: 

Término medio Duración de cada viento. 
Dirección del vienlo. de los 545 dias. Mano ^858. 



N 2,8 3 

N. E 2,6 O 

E 3,4 1 

S. E 4,3 3 

S 3,4 4 

S. O 4,3 5 

5,5 6 

N. 3,4 6 

Calma y variable 1,4 3 



Totales 31,1 31 

La inspección de estos números dice que los resultados de 
marzo de 1858 se separan de los resultados medios, y que de 
consiguiente es preciso admitir que este anchan sobrevenido cau- 
sas perturbalrices productoras de la mudanza de dirección é 
intensidad del viento medio, y la hipótesis más natural á que 
cabe atribuirla es la desigual altura del barómetro. Menester 
es suponer que la presión en las regiones del S. O. ó más bien 
del S., por causa de la rotación de la tierra, ha sobrepujado á 
la de las nuestras; y la experiencia lo comprueba respecto de 
París y Dorpat. Aunque los años pasados tomé la altura media 
de París á medio día, y el mes de marzo del corriente la he to- 
mado á las ocho de la mañana, la diferencia influye poco. El 
término medio de los 545 dias es en París de 756n>ra,7. El año 
actual da T61'nra,25, ó uña diferencia de 4™™, 55; la altura de 
los mismos dias es en Dorpat 334'", 66 (de París), y este año 
331'". 29; diferencia— 3''', 37 ó— 7'"™, 60. Consecuencia precisa 
de esta diferencia de 12"»™, 15 entre París y Dorpat es la pre- 



218 

ponderancía de los vientos del S. 0. y del 0.; mas como sólo 
he considerado estos dos parajes, no cabe dar determinaciones 
de mayor exactitud . 

Lo que llevo dicho se ve confirmado por el conjunto de mis 
observaciones. Calculando la inlluencia de los vientos en la 
altura del barómetro en Dorpat, he comparado la presión en 
otros parages, y comprobado (jue por Icrmino medio se mani- 
fiestan mudanzas correspondientes desde las costas de Europa 
hasta Barnaoul, punto el más oriental que he comparado. No 
se pueden comparar hasta fines de 1858 la mayor parte de es- 
tos parages. 

Lo combinación de todas las observaciones prueba con bas- 
tante seguridad que los vientos del S., S. O. y O., así como los 
del N. O., proceden del S. O. y á veces del S. E. 

He examinado al propio liempo la marcha del barómetro an- 
tes y después de cada viento, tomando la altura los dos dias 
anteriores (—2 y —1 dia) y los dos siguientes (-¡-1 y -f-2 dias). 
Los resultados en milímetros para París y Dorpat, comparados 
con el término medio de los dias de observación, son como 
sigue: 



N 


í Dorpat. 
•\ Paris. . 


— 2d. -'¿,.S7— Id 


= — 5,58 0( 


.+0,92 +lc 


.+5,50- 


h2d.+3,38 




+2,55 


+2,25 


+ 1,82 


+ 1,85 


-+-I.64 


ISK. _ 


í Dorpat. 
' t Paris. . 


4-2,1 i 


+2,71 


+0,80 


+7,98 


+6,20 




+0,21 


+o,n 


+0,75 


+0,20 


-0,15 


E. . . 


• í Dorpal. 


+2,01 


+0,90 


+5; 4 í 


+5,74 


+2,50 




' ( l'aris. . 


— 2,bl 


—2,50 


—2,11 


— 5,59 


—2,88 


S. R. 


í Dorpal. 
■ 1 Paris . . 


+ 1,24 


+2,05 


+ 1,55 


+1,58 


+ 1,35 




—5,59 


—4,25 


—5,70 . 


—5,4 i 


—5,09 


S. . . 


í Dorpat. 
' \ Paris . . 


— 1,80 


—2,77 


—4,15 


—5,72 


—4,56 




—5,02 


— 3,6.'t 


— í,44 


- 3,87 


—2,24 


S. 0. 


_ í Dorpal. 
' 1 Paris. . 


—0,50 


-1,15 


— 5,50 


—7,15 


—4,99 




+ 1.55 


+ I.3.Í 


+1,86 


+ 1,26 


+0.95 


0. .. 


. f Dorpat. 
' 1 Paris. . 


—0.20 


+0,45 


—0,18 


—0.90 


-0,77 




+2,7 1 


+5,18 


+2,75 


+2,IS 


+0,05 


N. O 


_ ( Dorpat. 
' 1 Paris. . 


+0,5 i 


—1,15 


—0,90 


+0,85 


+0,29 




+5,70 


—4, (i i 


+4,21 


+2,71 


+ 1.46 


Calma 


_ » Dorpat. 
X Paris. . 


—5,25 


— 1,31 


+0,54 


— 1.71 


— 1,08 




+0,85 


+<,7S 


+ 1,09 


+ 1,59 


+3,n 



No quiero hablar de las anomalías aparentes que presentan 
algunos vientos, v. gr. el N., el N. O. y el S. Sólo constru- 
yendo los líneas iso-barométricas se podrán explicar, pero tó- 
mense los números del dia de la observación, el de soplar vien- 
to N. E. ó E., y la teoría de los vientos lo pide entonces de 



219 
Dorpal hacia París, y lo contrario debe suceder con los del 
S. O. y O. 

Estos números son términos medios, aunque muy frecuen- 
temente sucede ser mucho mayores las diferencias, y el mes de 
marzo de este año da prueba de ello; las anomalías de la altura 
del barómetro alcanzan hasta bastante más allá de las fronte- 
ras de Europa á principios del mes. En la tabla siguiente doy 
para cada dirección del viento el exceso medio de la altura ba- 
rométrica sobre la presión media del mes: los resultados están 
en milímetros. 

N. E. S. E. S. S. o. o. N. o. 



inra mm nim mm mm inm min 



Dorpat +11,5 +10,1 -|-3,6 — 8,5 —1,4 —1,0-1-1,1 

Constantinopla. ... — liO -}- 3,3 -f-0,4 — 4,4 -j-O.S -1-4,7 -j-1,6 

Roma — 2,9 — 7,4 —1,5 — 8,4 -|-0,3 -f4,8 -\-5,1 

Viena -{■ 0,8 — 7,1 —2,0 - 11,0 4-2,0 -|-3,7 -\-3,1 

Argel — 5,2 — 7,8 4-2,9 — 8,1 +1,9 -\-1,1 -j-2,8 

turin + 1,8 — 9,8 —1,1 —10,3 -|-2,8 -¡-3,1 -f6,2 

Ginebra — 4,4 —10,3 —0,2 — 8,7 +2,6 -¡-4,1 -j-S,! 

Riga +10,8 +15,7 +1,2 -10,6 -j-í,9 -¡-0,3 +3,0 

León — 5,8 -10,6 —1,1 — 8,0 -¡-1,7 4-2,5 +5,7 

Madrid — 8,1 —13,4 +6,1 — 5,8 -j-1,7 -[-2,1 -¡-2,8 

Estrasburgo — 1,2 —10,1 —0,3 —10,2 4-2,0 4-4,3 4-6,1 

Bayona —10,4 -1 7,0 +6,4 - 5,6 -{-2,6 -¡-1,5 -j-2,4 

Lisboa —11,0 -21,8 -f8,9 — 3,0 -¡-1,6 4-2,7 -ff,! 

Napoleon-Vendée. . . — 3,8 —17,2 -f4,6 — 6,6 4-2,3+1,7-1-5,8 

París — 4,2 —11,8 —0,1 — 9,7 4-2,0 -(-4,0 4.6,.í 

Bruselas — 0,1 — 9,0 —2,8 —12,6 +1,5 -¡-6,9 -f 8,2 

Bresl — 7,6 -I 5,0 +2,7 — 5,9 +1,7 +1,4 +6,0 

Hamburgo + 8,5+1,0 —3,5 —16,6 +1,5 -j-4,1 +7,6 



METEOROI^OOIA. 



Sobre la altura de la atmósfera, deducida de observaciones de 
polarización hechas en la zona intertropical al principiar la 
aurora y al concluir el crepúsculo; por Mr. Liáis. [Carta 
escrita al secretario perpetuo de la Academia de Ciencias de 
París, desde San-Domingos, bahia de Rio- Janeiro, el 6 de 
diciembre de 1858.) 

(Coniptes rendus, iO enero i859.) 

Mucho tiempo hace que se habla de la hermosura de los cre- 
púsculos en la proximidad del Ecuador y en medio del Océano, 
cuando partiendo de Europa se ha atravesado la laja de calmas 
y ventolinas que separa los vientos alíseos del N. y del S. En 
mi travesia desde Francia á Rio-Janeiro tuve lugar de hacer 
acerca de este interesante fenómeno numerosas observaciones 
conforme á las instrucciones de Arago, que recomienda á los 
viajeros este punto de estudio. 

Mientras estuvimos á corta distancia de la Costa de Afri«a, 
vi siempre por la tarde el cielo toldado, y la postura del sol en 
una capa de bruma aun antes de llegar al horizonte: también de 
dia tenia por lo general el cielo una tinta gris, que puede atri- 
buirse á las arenas del desierto que levanta el viento, y que, 
como es sabido, llegan en abundancia hasta los mismos buques 
que pasan á lo largo. Cerca de las islas de Cabo-Verde el sol 
estaba muy descolorido, y aunque según nos íbamos apartando 
mejoraba el aspecto del cielo, como estábamos en el mes de 
julio entramos casi inmediatamente en la faja de los chubascos, 
que entonces es cuando más se extiende al N. del Ecuador, de 
modo que sólo en el mismo Ecuador ó al S. de esta línea pude 
ver el fenómeno del crepúsculo en toda su hermosura, y con el 
colorido tan peculiar de aquellos climas, que no se conoce en 
Europa. 

En efecto, casi inmediatamente á la puesta del sol se pre- 
senta al E. un color rosado, y pronto encima de este un seg- 



221 

mentó sombrío, muchas veces como verdoso. La tinta rosada 
se vá ensanchando hacia el N. y Mediodia, y 11 minutos des- 
pués de su aparición ya se nota al 0., permaneciendo azul el 
zenit. Llega asi á haber en realidad un colorido de rosa todo 
al rededor del zenit hasta el horizonte, fuera del E. en que so- 
bre el mismo horizonte queda un segmento gris azulado ó ver- 
doso, y el O, en que el segmento es blanco. Ocho minutos des- 
pués de su aparición en el O., el color de rosa, que sin inter- 
misión se vá amortiguando por el E., se acaba enteramente por 
aquella parte. Por el O. se distingue un segmento blanco rema, 
tado por un arco de color vivo de rosa, por encima del cual so- 
bresale el azul puro con un brillo y tinta difíciles de descri- 
bir. Desciende este arco paulatinamente hacia el horizonte, y 
llega á ser muy rebajado, tiñéndose de encarnado muy fuerte 
ó anaranjado; y en fm. se deshace cuando el sol se halla á 11° 
42' debajo del horizonte (término medio de las observaciones 
desde el 16 al 22 de julio). 

Cuando el arco encarnado que acabamos de mencionar está 
muy bajo y á punto de desaparecer en el O., otro nuevo colo- 
rido de rosa se vá formando y aparece casi simultáneamente 
al E. y al O., como rodeando al zenit, que permanece siempre 
azul, aunque yá algo agrisado, porque va faltando la luz; y en- 
tonces un espacio blanco plateado separa en el O. los dos arcos 
de rosa, y á medida que el sol desciende, se advierte que este 
color desaparece primero en el E., retirándose hacia el N. y S. 
sin pasar por el zenit; luego se oculta el primer arco de rosa, 
y sólo queda el segundo, que tiene forma muy rebajada, con 
un segmento blanco debajo. Finalmente, este segundo arco de 
rosa, cuya tinta es más roja cerca del horizonte, se pone tam- 
bién cuando el sol está á 18" 18' por bajo de este (término medio 
de las observaciones desde el 16 al 22 de julio). 

La presencia de la luna sobre el horizonte por el tiempo 
que acabo de mencionar, me indujo á observar igualmente los 
fenómenos de la aurora en la misma época, y vi que los hechos 
se reproducían de igual manera y en orden inverso, fuera de 
que la salida del arco de rosa secundario se verificaba cuando 
el sol se hallaba á 17° 22' por bajo del horizonte, y la salida 
del arco primero cuando estaba á 10» oO'. Pero observé un he- 



222 

cho muy imporlanle, como fué la aparición á la parle del E. de 
una polarización en un plano que pasaba por el sol, y un poco 
anles de la salida del primer arco de rosa que caracteriza el 
principio de la aurora cuando aún están visibles las estrellas de 
6." magnitud. Esta polarización vertical se eleva pocaá poco y 
llega al zenit cuando el sol se halla á 18° o' debajo del horizonte, 
y va después extendiéndose poco á poco á la parte del O. La 
polarización horizontal se presenta mucho mas tarde en aquel 
lado, en el momento en que hacia allí va llegando el colorido 
de rosa. Ahora bien, si se advierte que la iluminación directa 
por el sol dá origen á una polarización que pasa por este astro, 
y la iluminación por la atmósfera á una polarización horizontal, 
resulta de la observación que acabo de referir, (¡ue el sol empieza 
á alumbrar directamente las capas superiores de la atmósfera 
en el zenit así que está á 18° 5' debajo del horizonte. 

En este caso, la refracción horizontal interviene dos veces 
para disminuir la inclinación de los rayos solares. Por causa 
de esta refracción, el sol á los 18" 5' por bajo envía rayos á las 
capas superiores de la atmósfera, del mismo modo que si sólo 
estuviera á 16° 59'; luego para que pueda alumbrarlas en esta 
circunstancia se deduce que la altura de la atmósfera debe ser 
de 291 kilómetros, ) aun así dándola como límite inferior, 
porque suponemos en el cálculo que los rayos luminosos han 
sido rasantes á la superficie terrestre, lo que no es probable 
atendiendo á la grande absorción de las capas inferiores. Más 
bien debe suponerse que estos rayos enrasan con las capas 
húmedas y absorbentes que producen el primer arco crepuscular, 
y cuya altura, calculada por su ocultación en la baja del sol á 
11° 42', seria de 29 kilómetros teniendo presente la refracción, 
y resultaría así que 291+29=320 kilómetros representarla la 
altura de la atmósfera. 

Desde raí llegada á Rio-Janeiro me ocupé en comprobar 
este resultado, primero haciéndole independiente de toda hipó- 
tesis, y para ello he notado que en la inmediación del zenit, 
la velocidad con que anda el límite de la polarización de la luz 
atmosférica debe ser igual á la del límite de la sombra y de la 
luz en el paralelo del lugar, cuya velocidad se debe al movi- 
miento apárenle del sol, y esto cualquiera que sea la hipótesis 



223 

para el alumbrado más ó menos directo de aquella región at- 
mosférica. Sábese así cuántos metros anda dicho limite en cada 
minuto; por lo que si observamos cuánto tiempo después de 
puesto el sol, por ejemplo, tarda el último limite de la polari- 
zación en pasar desde 20° E. á 20° O. del zenit, se deducirán 
los metros que en realidad ha recorrido, y será fácil calcular á 
(jué distancia debe ligurarse una línea que tenga por medida 
aquel número de metros, para subtender un ángulo de 40", y 
(!sta distancia representará la altura de la atmósfera. Tengo 
hechas observaciones de este género en San- Domingos, bahía 
(le Rio- Janeiro, en las noches del 1, 2 y 3 de diciembre, y de 
ellas he deducido que el límite de la polarización atmosférica 
empleaba 9'» 40^ en pasar desde 20° £. á 20" O. del zenit; y 
como en San-Domingos, cuya latitud es de 23° S,, el limite de 
la sombra recorre 25"'", 6 por minuto, ó 247'''', 5 en 9"^ 40% se 
saca de aquí que la altura de la atmósfera es 340 kilómetros. 

Esta determinación de la altura de la atmósfera es inde- 
pendíenle de toda hipótesis, y mucho mejor que las admitidas 
hasta ahora, concuerda con lo que las bólidas y las auroras 
boreales dan á entender en este punto. 

La última polarización atmosférica que acabo de referir no 
se puede reconocer de un modo seguro, ni con el polariscopo 
cromático, ni con el deSavarl; y es necesario para ello emplear 
un prisma de Nichol, ó bien una turmalina, como lo tengo in- 
dicado en mi reciente nota sobre la luz zodiacal. Con el mismo 
método he reconocido la polarización del cometa de Mr. Do- 
nati, el cual aún se distingue con la vista natural en el Brasil, 

En cuanto á los arcos crepusculares de color de rosa, creo 
deben atribuirse al vapor de agua extendido en las regiones 
más bajas de la atmósfera. Sus amplitudes en general, y par- 
ticularmente las del primer arco, no guardan relación con la 
altura aparente de su cima sobre el horizonte y su altura calcu- 
lada por la hora de su puesta, lo que debe proceder de la grande 
absorción de las capas inferiores, que no permite distinguir 
bien sus partes más lejanas mientras la luz atmosférica tiene 
mucha fuerza. He visto algunas veces hasta semicircular el 
primer arco. Existe otras veces una especie de nubes traspa- 
rentes en la atmósfera, que aparecen lomando un color de rosa» 



224 

y dos sucesivos toman los cirros cuando los hay. Las aparien- 
cias que ofrecen á la postura y salida del sol me han servido 
varias veces para graduar su altura en la región de los vientos 
alíseos, por un método análogo al que acabo de usar para obte- 
ner la altura de la atmósfera; pero separadamente trataré de 
este asunto, que es diverso del que hoy someto á la Academia 
en la presente nota. 



Noticia de los trabajos verificados los años pasados en el obser- 
vatorio físico central de Rusia y en los establecimientos mag- 
néticos y meteorológicos que dependen de él. — Observaciones del 
granizo en Rusia. — Sobre el número de dias en que el ter- 
mómetro centígrado ha bajado á — 25° en San Petersburgo 
desde el año de 1825. — Fórmula empírica para calcular la 
. temperatura á una altura dada. — Electricidad atmosférica. — 
Diversos trabajos sobre los metales. — Influencia del calor en 
la elasticidad de los cuerpos sólidos. 

(L'IüStilut, 5 mayo 4858.) 

El observatorio físico central de Rusia, dirijido por Mr. 
Kupffer, sigue publicando con regularidad tres obras á un tiem- 
po, délas cuales da 3 volúmenes cada año, á saber: 1 de Ana- 
les, 1 de Correspondencia meteorológica, y 1 del Informe anual 
del director al ministro de Hacienda, quien es también jefe del 
Cuerpo de Ingenieros de minas. 

El último volumen de Anales dado á luz comprende las ob- 
servaciones meteorológicas y magnéticas hechas el año de 1854 
en San Petersburgo, Catherimburgo, Barnaoul, Nerlchinsk y 
Pekín; las meteorológicas sólo en Tiflis, Sitka, Bogoslovsk, 
Zlatoousle y Lougan; sobre la irradiación solar en San Peters- 
burgo, Catherimburgo, Barnaoul, Nertchinsk, Tiílis, Bogoslovsk, 
Zlatoouste, Lougan y Pekín; magnéticas de cinco en cinco mi- 
nutos por 24 horas seguidas, los días prescritos por las instruc- 
ciones de la Sociedad Real de Londres, en San Petersburgo, 
Catherimburgo, Barnaoul, Nertchinsk y Pekin; una labia de 
las variaciones extraordinarias de la aguja imantada observadas 



225 

en Catherimburgo los dias 28 de marzo, 8 de octubre y 2 de 
diciembre de 1854; resúmenes de las varias observaciones pre- 
cedentes, los términos medios resultantes, etc. 

La correspondencia meteorológica es una publicación trimes- 
tral, que se principió el año de 1848 como suplemento á los 
Anales, con objeto de remediar el inconveniente que resultaba 
de publicarse con atraso las observaciones de un mismo año de 
todas las estaciones. Se concibe con efecto, que proponiéndose 
reunir en un mismo volumen de Anales las observaciones be- 
chas en todas las estaciones un mismo año, como se necesita 
un año casi para que lleguen las de las distantes, de Silka á 
San Petersburgo, v. gr., trascurria demasiado tiempo entre 
el año á que se referían y el de darse á luz. Se ve por ejemplo que 
todavía no se han publicado mas que las del año de 1854 en el 
tomo último de Anales, al paso que el de Correspondencia con- 
tiene los términos medios diarios de las verificadas en San Pe- 
tersburgo y otras estaciones el de 1855. Cada cuaderno de cor- 
respondencia contiene también memorias y noticias de varios 
autores publicadas en su lengua nativa sobre diversos puntos de 
meteorología ó de física del globo. El último tiene 7 noticias de 
Mr. Yesselovsky. 

Una de ellas da un resumen de las observaciones meteoroló- 
gicas hechas en la Granja-modelo del N., situada en el gobierno 
de Bologda, desde el año de 1847 hasta el de 1855. Otra da á co- 
nocer la humedad respectiva del aire, según los diferentes vien- 
tos, en Gorki, gobierno de Mohilev; y aunque de paso, diremos 
que el viento más húmedo no es en Gorki el S. O., como en 
París y las costas del Océano, sino el S.; el más seco el N., 
cuando es el N. E. en París y las costas oceánicas. Otra noticia 
contieneel resumen de los fenómenos periódicos observadosen la 
colonia de Sania María (gobierno de Saratov) y en Tobolsk (Síbe- 
ria occidental). 

Otra nota, sacada de una obra que prepara el autor sobre 
el clima de Rusia, contiene datos sobre el fenómeno del granizo 
en el mismo país. Manifiesta que el término medio de dias de 
granizo varía según los parajes de 1 á 5 al año. En San Peters- 
burgo y en Reval, v. gr., según 14 y 34 años de observación, 
no pasa de 1,6; en Wladimir, según 19 años, sólo 1,0; en 

TOMO IX. 15 



226 

Sebastopol el lérmiiio medio de 12 años (1840 á 1851) da 4,6. 
El de 16 parajes daría 2,9. Sabido es que eii Francia, Bélgica 
y oíros países situados en las costas del Atlántico, se estima 
generalmente en 10 á 20. Pero al irse alejando del Océano ha- 
cia el E., disminuye. En Alemania no pasa de 5 á 6. En Rusia, 
excepto ciertos parajes que están en condiciones climatéricas 
particulares, sólo es de 2 á 3. Parece pues que se pueda decir 
en general, que cuanto más distante se esté de táseoslas occiden- 
tales de Europa, disminuye la frecuencia del granizo. Merece 
notarse que igual marcha sigue la repartición de la lluvia. Pero 
no se olvide que en Rusia, como en lodas partes, es preciso que 
los cálculos se funden en mucho número de años para obtener 
resultados algún tanto seguros, porque suele suceder que años 
seguidos granice bástanle, y se pasen otros sin granizar casi. 
En el deparlamento de Seinc-et-Marne, v. gr., asolaron los cam- 
pos de Meaux tres años seguidos los granizos (1827, 1828 y 
1829), y se pasaron luego nueve sin granizar apenas. Los mis- 
mos hechos se han visto en Rusia. Según observaciones de Mr. 
Schieferdecker, en una tierra situada cerca de lleva!, y en el 
mismo Reval, sólo granizó dos veces en cinco años (1813 ál818), 
y diez y seis los cinco siguientes (1820 á 1824); y examinando 
los 34 años que abrazan estas observaciones (181S á 1848), se 
ven 11 sin granizar una vez siquiera y o que granizó 4 á 6 
veces al año; la labia de los mismos 34 años presenta además 
la singular circunstancia de que suelen sucederse los años sin 
granizo, y luego ocurren otros iguales en que graniza mucho. 
También se nota que por lo general los años más calientes son 
asimismo los que graniza más, y estos, los meses de mayo, 
junio, julio y agosto. 

Aunque haya menos tempestades en Rusia que en el O. de 
Europa, suele haberlas terribles. Tessier describió con escru- 
pulosidad, en las Memorias de la Academia de Ciencias de Pa- 
ris del año de 1790, una célebre lempestad que principió en 
el Mediodía de Francia la mañana del 13 de julio de 1788, se 
extendió por todo el país en pocas horas, del S. O. al N. E., 
y llegó hasta Holanda. Los |)a rajes devastados por el granizo 
formaron dos fajas paralelas, una de 730 y la otra de 840 kiló- 
metros de largo; la faja occidental tuvo 16 kilómetros de ancho 



227 
medio, y la orienlal 8. Enlre las dos fajas quedó un hueco 
de 20 kilómetros de ancho donde no granizó, sino sólo llovió 
mucho. Al E. de la orienlal y al O. de la occidental cayeron tre- 
mendos chaparrones. Citábase hasta el dia esle ejemplo como 
el caso de granizo más extenso observado. Pero sucedió otro 
mucho mayor en Rusia el 27 de mayo de 1843. Aquel dia 
cubrió una tempestad inmensa á toda la Rusia desde el mar 
Negro hasta el Báltico, desde el Dniéster y el Niemen hasta el 
Volga, y el granizo asoló un formidable cuadrilátero de 15" 
de largo y 10 de ancho, cuyos puntos extremos fueron al S. O. 
Tiraspol, al S. E. Alechki, al N. E. Tver y al N. O. Wenden. 
El 22 de junio de 18i4 ocurrió otra tempestad fuertísima de 
granizo de la frontera meridional del gobierno de Volhinia á la 
parte septentrional del de Smolensko por un lado, y hasta el 
gobierno de Koursk por otro; y esta tempestad, que igualó en 
extensión á la de 1788 en Francia, ofreció la notable particula- 
ridad de que siguió el granizo la dirección de las montañas y 
alturas que separan las diversas cuencas, plegándose en cierto 
modo al relieve del terreno. 

La última nota del mismo volumen de Correspondencia, 
contiene la tabla de los dias, desde el año de 1822 hasta el de 
1852, en que bajó el termómetro en San Petersburgo á — 2o° C. 
Fueron 5 el de 1823, 6 el de 1827, 3 el de 1829, 1 el de 1831 
y 1833, 2 el de 1834 y 18313, 4 el de 1836, 3 el de 1837, 7 
el de 1838, 8 el de 1839, 9 el de 1840, 6 el de 1841, 9 el de 
1844 y 1845, 11 el de 1846, 4 el de 1847, 2 el de 1848, 4 el 
de 1849, y 10 el de 1850. En los demás años no bajó á —25°. En 
esle periodo de 30 años, la temperatura mínima fué de— 33°, 25 C. 
el 4 de febrero de 1850. 

Mr. Sawitch, catedrático de Astronomía de la Universidad 
de San Petersburgo, presentó en una nota inserta en el tomo 
anterior de la Correspondencia, como fácil de manejar y de 
resultados de suticiente exactitud para apreciar la temperatura 
á una altura dada, una fórmula hallada por él empíricamente. 
Eslá admitido que por término medio se necesitan 170 metros 
de altura sobre el suelo para que disminuya 1" C. la temperatura. 
También lo está que las temperaturas disminuyen en progresión 
aritmética, al pa.so que las alturas crecen uniformemente. La 



228 

teoría dice y las observaciones lo confirman, que la temperatura 
de la estación inferior debe influir sensiblemente en el número 
de metros que sea preciso subir para que baje 1° la tempera- 
tura, y también que dicho número aumenta tanto más, subsis- 
tiendo una misma la temperatura de la estación inferior, cuanto 
más elevada esté esta sobre el nivel del mar. Luego de ensayar 
de una manera empírica Mr. Sawitch varías fórmulas, y decora- 
parar los resultados con los de la observación, da la si- 
guiente: 

/-í=5(0,66+0,01ÍJ-{-(l+0,02/,)3.75X5.e-o,o3.: 

/, es la temperatura de la estación inferior, / la de la superior, 
* la altura de la superior sobre la inferior, suponiendo que no 
diste mucho esta del nivel medio del mar, y que se tomeulOOO 
metros para unidad de distancias lineales; e es la base 2,71828 
de los logaritmos neperianos. 

Una nota sin nombre del autor nos dice que en la Osecia 
montañosa (Caucasia) está á 9760 pies de altura sobre el nivel 
del mar Negro el límite de la vegetación de las gramíneas; que 
varía de 5600 á 8000 pies el de los cereales; que llega hasta 
9410 el Rhododendron caucassim; que el límite de la vid está 
á 3000 por término medio, y el de los bosques entre 6000 y 
8000. 

De una nota de Mr. Delle Verme, profesor de Física de Ña- 
póles, sobre la electricidad atmosférica, resulta haber dado la 
experiencia que la electricidad positiva tiene la máxima inten- 
sidad cuando empiezan á llover gotas, cuando está el cíelo poco 
nublado ó cuando son muy negras las nubes; es más intensa por 
la mañana; llega al máximo entre las 9 y las 11 de la mañana, 
y al mínimo entre las 2 y las 3 de la tarde; crece desde esta 
hora y vuelve á bajar luego. El estado electro-negativo se pre- 
senta en cualesquiera circunstancias meteorológicas, aunque 
con más frecuencia cuando está muy seco el aire y cuando baja 
de repente la temperatura. Otras experiencias del mismo físico 
sobre la distribución de ambas electricidades en las plantas dan 
entreoíros el siguiente resultado, al parecer general: al tiempo 
de desenvolverse la semilla, la raíz toma la electricidad negativa 



229 
y las hojas la positiva; en las plantas ya formadas, está electro- 
negativa la raiz y electro-positivas las ramas, las hojas y los 
frutos; en las flores, están positivos los pistilos y negativos los 
estambres. 

El Informe anual contiene la relación detallada de los tra- 
bajos peculiares del Observatorio físico central, en el cual ins- 
tituyó desde el principio Mr. Kupffer una serie de investiga- 
ciones sobre los metales, cuyos resultados sucesivos publica 
lodos los años. Empezó haciendo varias experiencias sobre la 
elasticidad, la cual divide en tres especies, elasticidad de tiro, 
de torsión y de flexión, según se manifiesta alargándose los 
hilos ó láminas metálicas, torciéndose ó plegándose. Se pueden 
determinar aparte en un mismo hilo las tres especies de elas- 
ticidad, y obtenerse también las relaciones entre ellas, y com- 
pararlas con las que da la análisis. Versaron las experiencias 
sobre muchos metales (cobre amarillo, hierro, acero, fundición 
dulce, platino, oro, plata). 

Se emprendieron otras experiencias sobre la dilatación de 
los metales por el calor, empleando las mismas barras, cuyo 
coeficiente de elasticidad se habia determinado por las expe- 
riencias mencionadas. Se fundó el método seguido en el au- 
mento de duración de las oscilaciones de un péndulo cuando se 
alarga su varilla por la acción del calor. Los resultados obte- 
nidos en dos barras parecidas de cobre amarillo, una de fun- 
dido y otra de forjado, dieron para coeficiente de dilata- 
ción (1) 0,000025727 de aquel y 0,00002498 de este. Guar- 
dan, pues, entre sí las dilataciones de ambas especies de cobre 
amarillo la relación de 1,030 á 1 ,000, ó están en razón inversa 
casi con los pesos específicos respectivos, que son como 1,000 
á 1,035. 

Se han proyectado otras experiencias encaminadas á estu- 
diar la resistencia de los materiales á la rotura; pero en aten- 
ción á los pocos medios de que dispone hoy el observatorio. 



(l) Llámase coeficiente de dilatación la cantidad que una varilla i 
de longitud igual á la unidad, se dilata por aumentar 1" R. la tempera- 
tura, suponiendo la dilatación uniforme entre los límites do las tempe- 
raturas en que so observe. 



230 

sólo se ha formulado el programa de aquellas. Deberán recaer 
no sólo sobre el hierro y la fundición, como las que hizo una 
comisión en Inglaterra, sino sobre lodos los metales usados en 
las construcciones, arles y oficios, especialmenle el acero, cobre 
amarillo y rojo, zinc, etc., ciñéndose á los que se fabrican en 
Rusia. 

En el último Informe anual está el trabajo de Mr. Kupffer. 
premiado el año de 1855 por la Sociedad de Ciencias de Go- 
tinga, á la cual lo sometió el aulor, concurriendo al premio pro- 
puesto por dicha Sociedad al estudio del influjo del calor en la 
elasticidad de los cuerpos sólidos. Digamos algo de el. 

En dos partes se divide su trabajo. La primera versa sobre 
la influencia que el aumento de la temperatura ejercita en la 
fuerza elástica de los cuerpos sólidos cuando subsiste dicha tem- 
peratura; la segunda sobre los cambios que experimenta la 
elasticidad por cesar la acción del calor. Son muy distintas es- 
tas dos acciones del calor, pudiendo llegar á ser hasta opues- 
tos sus resultados. Así es que cuando aumenta la temperatura 
de un cuerpo elástico, disminuye siempre su elasticidad; pero en 
cuanto cesa la acción del calor, y recobra el cuerpo elástico su 
temperatura primitiva, no siempre vuelve á tener el valor inicial 
su elasticidad, y suele ser muy distinta, ya más, ya menos. 

También es diferente la influencia de la temperatura en la 
elasticidad, según la manera de manifestarse esta, ó según se 
estire, doble ó retuerza el cuerpo, obteniéndose resultados muy 
diversos. Se aumenta, v. gr. la elasticidad del platino, cobre 
rojo y amarillo, plata, zinc laminado, acero; se disminuye la 
del hierro dulce y el oro. Dependen no obstante estas modifi- 
caciones del grado de temperatura; crece la elasticidad del co- 
bre amarillo, por e¡emi)lo, calentando el metal por bajo del 
rojo sólo, y mengua si se le calienta hasta ponerlo candente. Para 
juzgar mejorde la diferencia citaremos los números de una expe- 
riencia: calentado varias veces á temperaturas elevadisimasun 
hilo de cobre amarillo, se vio ser su fuerza clástica: 

Antes de calentarlo 1,0000 

Después de calentarlo con una lamparilla de espíritu 
de vino 1 .03094 



231 

Después de calenlarlo hasta ponerlo candente 0,99105 

Después de calentarlo con otra lámpara de raás fuerza. 0,99872 
Después de calentarlo con una lámpara de 5 mechas, 
hasta ponerlo candente en lodo su largo 0,98041 



Resumen de las observaciones meteorológicas hedáis en el Real 
Observatorio de 3Jadrid en el mes de marzo de 1859. 

Por sus distintos caracteres meteorológicos, puede dividirse 
este mes en tres períodos principales. 

En el primero, que abraza losdias del 1 al 9, fué la tempera- 
tura elevada, mediana la presión, constantes los vientos N. y 
N. E., notable la trasparencia y serenidad de la atmósfera, poco 
perceptible la humedad, y considerable, por el contrario, la eva- 
poración. Terminó este período en losdias 8 y 9 con una tempestad 
que produjo un cambio bastante brusco en el estado atmosférico 
de aquella época. 

En el segundo período, del 9 al 22, fueron las temperaturas 
y presiones poco elevadas, é inversas las unas de las otras; 
grande al principióla humedad, y después sucesivamente me- 
nor; variables los vientos, y algunos, como el N., con ráfagas del 
E. y O., que reinó en los días 18 y 19, violentos y fríos, notan 
constante la serenidad de la atmósfera, y mayor que en el prece- 
dente la evaporación. 

El tercer periodo comprende del 22 al 31. En su primera 
mitad señaló el termómetro temperaturas tan elevadas como al 
principio del mes, y el barómetro presiones cada vez menores; 
en la segunda descendió el termómetro, y después de llegado 
á su menor altura, comenzó el barómetro á subir con bastante 
rapidez. Tras de los vientos N. E. y N. N. E. vinieron el S. y 
S. O.; cubrióse la atmósfera de nubes, y hubo aparatos de 
lluvia en los días 27 y 28. En los dos últimos días del mes 
pasó el viento al N. O. y N. E., disminuyó rápidamente la 
humedad, despejóse la atmósfera, y en la noche del 31 ó ma- 
drugada del 1.° de abril descendió la temperatura hasta el 
punto de haberse helado el agua del vaso evaporatorio, esj 
como la del vaso del psicrómetro. 



232 

Son (Has notables en el mes por su elevada lemperalura, 
que al sol ascendió á 40°,8, 39°,0 y 31°, 8, los 7. 12 y 26; por 
el carácter contrario los 22 y 31 ; el 8 por la tempestad que en 
la larde del mismo estalló; y por haber señalado en ellos el baró- 
metro la máxima y mínima presión, los 4 y 29. 

Las curvas barométrica y termomctrica presentan en todo 
el mes la particularidad de ser, con respecto á una misma 
línea, cóncava la primera cuando la otra es convexa, y al con- 
trario. 

Tras la postura del sol se ha observado la luz zodiacal todas 
las noches, salvas aquellas en que el horizonte se hallaba cu- 
bierto hacia el O., ó en que la claridad de la luna disipaba el 
débil fulgor de la mencionada luz. En la noche del 23 fué cuando 
aquella manifestación cósmica se presentó con mayor inten- 
sidad. 

Hé aquí ahora los números principales que acabarán de dar 
exacta idea de los fenómenos meteorológicos del expresado mes de 
marzo. 



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mmm naturales. 



AOROHOlllit. 



De la fierra vegetal, considerada rexpeclo de sus efectos en la 
vegetación; por Mr. Boussingault. 

(Coroplcs rendus, i4 febrero ^8b9.) 

No hace mucho tiempo se creia que había íntima conexión 
entre la composición y la calidad del suelo laborable. Pero 
merced á muchas análisis varió esta opinión, demostrando que 
no siempre tienen tanta importancia los elementos minerales 
como se les atribuía. Schubler, físico hábil, avanzó hasta tra- 
tar de probar que la fertilidad de una tierra depende más de 
sus propiedades físicas, de su estado de agregación, de su ap- 
titud á empaparse, etc., que de su constitución química. 

Lo que caracteriza el suelo cultivable, cuyo fondo consiste 
precisamente en sustancias minerales desagregadas, es tener 
restos orgánicos más ó menos alterados, como humus y man- 
tillo. La tierra propiamente vegetal resulta de esta asociación: 
en cuanto á su íntima naturaleza, no titubeo en asegurar que, 
no obstante su aparente sencillez, no la conocemos todavía sino 
muy imperfectamente. Me contentaré citando como prueba la 
facultad absorbente que ejercita el suelo para el amoniaco, la 
cal, la potasa, las sales de estas diversas bases; acciones tan 
misteriosas como imprevistas, cuyo conocimiento debemos á 
Tompson y Way. 

Siníitnbargo, mis trabajos no han exigido que siguiera el 
nuevo camino tan hábilmente abierto por el secretario de la 
Sociedad Real de Agricultura de Inglaterra. Me he propuesto 
únicamente estudiar los efectos de una tierra vegetal fértil á lo 
!>umo en la vegetación . 



236 

La composición quimica. las propiedades físicas no pernii- 
len á mi juicio decidir sobre el grado de fertilidad de la tierra. 
Para poder asentar algo, es indispensable acudir á la obser- 
vación directa; es menester cultivar una planta en el suelo, y 
comprobar la lozanía con que se crie: la análisis interviene 
luego útilmente para señalar la calidad y la cantidad de los ele- 
mentos 'asimilados. 

Singularísimos y muy distintos de los que esperaba son los 
resultados á que he llegado procediendo de este modo. Me pa- 
rece demuestran con toda evidencia que de ninguna manera 
se debe mirar á la sustancia de origen orgánico que tiene la 
tierra como medida de los principios fertilizantes aclualmenle 
asimilables; dan de sí hasta una conclusión que se tacharía de 
absurda si se adoptase sin mayor esclarecimiento, puesto que se 
enunciaría diciendo que una tierra extremadamente fértil es im- 
propia para el cultivo productor. 

El método que he seguido en mis trabajos, cabe de lleno en 
el que discurrí hace años, llamado hoy por los fisiólogos mé- 
todo indirecto; consiste, tratándose de una planta, en comparar 
la composición de la semilla con la de la cosecha, y tratándose 
de un animal, la de las excreciones y secreciones con la de los 
alimentos. 

Examen de la tierra vegetal empleada en las experiencias. 
Provenia de una huerta; su base es una arena silícea procedente 
de arenisca abigarrada; constituye un suelo ligero cultivado hace 
muchos siglos. 

A fin de obtener una sustancia tan homogénea como fuera 
posible sin acudir á la porfidizacion, que hubiera alterado sus 
condiciones físicas, la tierra tomada á 1 decímetro de profundi- 
dad se revolvió bien primero, se secó al aire, y luego se pasó 
por un cedazo de tela metálica que tenia 120 mallas por cen- 
tímetro cuadrado, para separar los cantos y las pajas enteras 
que habría llevado allí el estiércol. 

La tierra de huerta una vez seca tiene color gris élaro, y 
casi negro cuando se moja. Mirada con una lente se distinguen 
granos ds arena de color blanco sucio, que son el elemento do- 
minante; restos de vegetales, especialmente fibrillas de raices; 
y una sustancia negra, en fragmentos irregulares, angulosos, 



237 
dolados de cierto brillo, quebradizos, que dan un polvo pardo 
soluble en la potasa y en el amoniaco, y que colorean de pardo 
oscuro á las soluciones alcalinas. 

1 decímetro cúbico de tierra seca y amontonada, pesó 

100 gramos de la misma tierra, después de empapada por 
completo, retuvieron 42 gramos de agua, al paso que 100 gra- 
mos de arena silícea retuvieron sólo 25. 

Esto dice cuánto más marcada es la facultad absorbente de 
la tierra vegetal, no obstante componerse en gran parte de arena 
silícea. 

Cantidad de ázoe de la tierra vegetal. Tomada tierra secada 
al aire, pasada por el cedazo y reservada para las experiencias, 
se apreció el ázoe valiéndose de cal con sosa, y operando en tu- 



bos de Bohemia de gran tamaño. 



ÁZOE. 



I. Tierra, 10 gramos 0,0263 

II. » 20 0,0521 

III. » 10 0,0257 

IV. » 10 0,0255 

V. » 10 0,0261 

VI. » 5 0,0136 

VII. » 5 0,0131 

TO". 0,1824 

Dieron, pues, 70 gramos de tierra, 0s%1824 de ázoe; 100 
darían 0.-, 261. 

Atendiendo á que el litro de tierra seca pesaba l''"'',300, y 
á que la profundidad media del suelo era !de 33 centímetros, 
contendría la hectárea 11310 kilogramos de ázoe, que repre- 
sentarían 13734 de amoniaco. No cabe duda, como luego se 
verá, de que la mayor parte de este ázoe no está ligada en una 
combinación amoniacal; examinado con el microscopio se ve 
de dónde proviene: pertenece á los detritus orgánicos, y par- 
ticularmente á la sustancia negra antes mencionada. Verdad es 
que la análisis de los 70 gramos de tierra dio 06'",221 de amo- 



238 

niaco, equivalentes á 0ff^l82 de ázoe; pero casi todo ese amo- 
niaco no preexislia en el suelo, sino que resultaba de la acción 
déla cal con sosa en las sustancias azoadas; fué producida, nó 
desalojada. 

Recuerdo estos hechos con objeto de exponer las razones que 
en otro tiempo me llevaron á criticar la manera de valuar el 
amoniaco de un terreno apreciando el ázoe. El argumento prin- 
cipal que entonces alegué no ha perdido ninguna fuerza, tra- 
tándose al menos de método: un suelo que contuviera restos 
de esquistos carburados, de turba, pudiera tener mucho ázoe, 
hasta 30000 kilogramos y más por hectárea, pero por el hecho de 
estar ligado esle ázoe con combinaciones estables, exigiria tal 
suelo estercolarle abundante y frecuentemente para ser pro- 
ductivo. 

Confieso que en el caso actual vale algún tanto menos este 
argumento. La tierra de que se trata era arena proveniente de 
desagregación de arenisca; la fertilidad adquirida era consecuen- 
cia de un intenso cultivo no interrumpido por muchos años. 
La sustancia orgánica alli acumulada venia únicamente de los 
abonos sin cesar aplicados, de los residuos dejados por las cose- 
chas. La localidad, por su elevada situación, por su constitución 
geológica, no permitía suponer que hubiese habido intervención 
de rocas carburadas ó de restos turbosos; y si bien no estaba 
justificada la traducción en amoniaco de la proporción de ázoe 
hallada por la análisis, habia cuando menos razón bastante 
para mirar á este ázoe como representante de las sustancias de ori- 
gen orgánico, las cuales por todos motivos se pueden considerar 
como favorables al crecimiento de las plantas. 

Cantidad de amoniaco de la tierra vegetal. Desleída la tierra 
seca en agua pura que contenia potasa, se metió en el aparato 
que uso para apreciar las cortísimas cantidades de amoniaco de 
la lluvia. De 100 gramos se obtuvieron Os'-.OOSa de álcali; 
esto es, 22 millonésimas. Como la tierra ulil de una hectárea 
debía pesar 43330 quintales, no conlenia mas que 95 kilogra- 
mos de amoniaco cuando se habia separado la muestra. Difiere 
pues muchísimo este número de los 13734 kilogramos que da 
la determinación de la cantidad de ázoe. 

Algún escrúpulo me ha quedado sobre esta escasa propor- 



239 
cion de amoniaco do un suelo lau ferlil como el de que habla- 
mos. Me ha ocurrido si al tiempo de la desecación al aire, de 
la exposición al sol, no se habria disipado la mayor parle del 
amoniaco, puesto que, según tengo demostrado , una tierra hú- 
meda que contenga carbonates alcalinos ó terrosos, deja esca- 
parse en estado de carbonato volátil, mientras dura la desecación, 
una parte notable del amoniaco de las sales fijas que contiene. 
Aprecié por tanto el amoniaco de la tierra antes de sacarla. 
Se tomó esta de la misma faja y profundidad que la otra. Se 
determinó la humedad, y teniéndola en cuenta hallé que en 100 
gramos de la tierra vegetal seca, pero tratada antes de secarse, 
habia Oe'.OOll de amoniaco, la mitad justamente de lo hallado 
antes. 

Para apreciar la pérdida ocasionada por la desecación, res- 
taba hacerlo del amoniaco de la tierra, previamente secada an- 
tes de meterla en el aparato. 

Cien gramos de tierra dieron Os',0011 de amoniaco. 
No fué, pues, apreciable la pérdida de álcali al tiempo de 
la desecación al aire. 

Cantidad de ácido nilrico de la tierra vegetal. Varias veces 
he tenido ocasión de advertir cuánto varía la proporción de los 
nitratos en la tierra de que se trata, según las diversas épocas 
del año; pero el ácido nítrico era un elemento que convenia 
apreciar, por la razón de que su ázoe actúa con tanta eficacia 
en la vegetación como el del amoniaco. 

En 100 gramos de la tierra seca tomada en junio que he 
empleado en todas mis experiencias, hallé Os% 00034 de ácido 
nítrico; cantidad cortísima, que representa sólo 0s'',00063 de 
nitrato de potasa. 

La tierra tomada de la huerta en setiembre dio los resulta- 
dos que siguen. 

100 gramos de tierra seca dieron 0g^0093 de ácido nítrico, 
equivalentes á 0sr,0175 do nitrato de potasa. 

Vese, pues, que de junio á setiembre habia progresado bas- 
tante la nilrificacion. 

En junio contenia la tierra nitratos por metro cúbico, equi- 
valentes á 8e',2 de nitrato de potasa; por hectárea á 27 kilo- 
gramos. 



210 

En scüenibre, nitratos por metro cúbico equivalentes á 
SSTc^S de nitrato de potasa; por hectárea á 758 kilogramos. 

Cantidad de carbono de la tierra vegetal. En la tierra to- 
mada en junio, el ázoe que no estaba ligado con las cortas pro- 
porciones de ácido nítrico y de amoniaco halladas, formaba 
evidentemente parte de sustancias orgánicas, en las cuales en- 
tra precisamente carbono. Importaba, pues, apreciar este. 

La análisis indicó, en 100 gramos de tierra seca, 28'', 43 de 
carbono. 

La tierra de la huerta, preparada y reservada para las ex- 
periencias, con tenia en 100 gramos, 

Ázoe 08^,261 

Amoniaco O ,0022, que contenían ázoe. 09%00181 

Acido nítrico. . . O ,00034 O ,00009 



O ,00190 



Primera experiencia. — Altramuz cultivado en tierra vegetal en 
atmósfera confinada. 

Las semillas empleadas en estas experiencias contenían 5,1 
por 100 de ázoe. 

Estaba formado el suelo de: 

Tierra vegetal seca ISOe^OO 

Arena cuarzosa lavada y calcinada. . . . 1000 ,00 

Cenizas vegetales O ,20 

Se empapó el suelo de agua destilada sin amoniaco. 

El 29 de junio se plantó un altramuz que pesaba 0e^400. 

Después de germinar subió el volumen de gas ácido car- 
bónico á 3 por 100 del de la atmósfera confinada. 

El 10 de agosto era lozana la vegetación: habían brotado 10 
hojas. Los cotiledones, carnosos todavía, conservaban su color 
verde. 

El 31 de agosto estaban descoloridos y marchitos los coti- 
ledones; había perdido lozanía la planta. 



241 

El 9 de setiembre estaban inclinados varios pecíolos; algu- 
nas hojas habian perdido su color. El estado de la planta indi- 
caba insuficiencia de principios fertilizantes. Dióse por termi- 
nada la experiencia. 

Tenia el altramuz 22 centímetros de alto, y 12 hojas, algu- 
nas más desarrolladas. La planta, inclusos los despojos de 
raices bien limpios de la tierra adherenle, pesó seca le', 337. 

Resumen de la experiencia. 

La planta, que pesó l8',337, dio por una sola opera- 
ción, ázoe 0e«-,024C 

La semilla, que pesó 0s^400, debía tener O ,0204 

Ázoe adquirido en 70 días de vegetación O ,0042 

El peso de la sustancia vegetal originada durante el cultivo 
indica además, como la análisis, que apenas han intervenido 
los principios fertilizantes del suelo. Con efecto, la cosecha no 
pesó más que tres veces y un tercio de la semilla; lo mismo casi 
que sucede cuando crece un altramuz en terreno estéril , en 
arena ó ladrillo calcinado. 

Había porqué sorprenderse de este resultado, puesto que 
en los 130 gramos de tierra vegetal mezclados con arena, entra- 
ban 0s^24 de ázoe, ó el mismo que en 25',45 de nitrato de 
potasa, ó en Oe',41 de amoniaco; y es indudable que con tales 
dosis, una ú otra de estas sustancias habría originado un fruto 
harto mayor que el verificado. En el ácido nítrico y el amoniaco 
que contenían los 130 gramos de tierra vegetal, entraban 
08'",0039 de ázoe eminentemente asimilable; y es muy de notar 
que en el caso actual pesara cabalmente 0e'',00i2 el ázoe que 
se asimiló el altramuz. 

Segunda experiencia.— Altramuz cultivado en tierra vegetal 
al aire libre. 



Constaba el suelo de: 

Tierra vegetal seca 1308^00 

Arena de cuarzo lavada y calcinada 200 ,00 

TOMO IX. 16 



242 

Fragmentos de cuarzo lavados y calcinados 300 ,00 

Ceniza vegetal O ,10 

Tiesto lavado y calcinado 218 ,00 

Se empapó el suelo, y se mantuvo húmedo con agua desti- 
lada sin amoniaco, y que contenia la tercera parle de su volu- 
men de gas ácido carbónico. 

El 29 de junio se plantó un altramuz de Oíí'',400 de 
peso. 

El 10 de agosto estaban marchitos los cotiledones; se cayeron 
3 hojas. Las superiores estaban muy sanas, y se divisaban nuevos 
retoños. 

Desde que faltaron los cotiledones se fué debilitando la 
planta. Las hojas de lo bajo del tallo se iban marchitando 
según brotaban otras arriba. Sucedió todo lo mismo que 
tenia observado mil veces cultivando altramuces en suelos 
vueltos estériles calcinándolos antes. 

El 9 de setiembre, al terminar la experiencia, tenia el 
altramuz 7 hojas de color verde bastante bajo; mientras vivió 
hubo en total 16. Tenia la planta 18 centímetros de alto; secada 
en una estufa pesó, inclusas las hojas caldas, le^,548. 

Resumen de la experiencia. 

El altramuz, que pesó lg'-,548, dio por una sola 

operación , ázoe 0^"^0246 

La semilla, que pesó 0e^400, debia tener O ,0204 

Ázoe adquirido en 70 dias de vegetación O ,0042 

Es exactamente lo que habia adquirido el altramuz en igual 
tiempo en la misma cantidad de tierra, vegetando en una at- 
mósfera continada. Lo mismo que en la experiencia primera, 
no produjeron efecto ninguno en la vegetación los principios 
orgánicos que estaba bastante inclinado á considerar como fer- 
tilizantes; porque también ahora el organismo formado en 70 
dias, el ázoe lijado, no difieren de lo que se observa en un cultivo 
en un suelo absolutamente estéril. 



243 



Tercera experiencia. — Cáñamo cultivado en tierra vegetal al 
aire libre. 



Se tomó la semilla de im ejemplar que tenia 3,72 por 100 de 
ázoe. 

El 9 de julio se plantaron dos semillas, que juntas pesaban 
08'",060, en 40 gramos de tierra vegetal puestos en un tiesto, 
lavados y calcinados, de 46e'',158 de peso. Para preparar el 
suelo se le añadieron fragmentos de cuarzo lavados y calcina- 
dos. Se le regó con agua destilada sin amoniaco, y que contenia 
la tercera parle de su volumen de gas ácido carbónico. 

El 28 de agosto tenia flores el plantón maclio. 

El 31 de id. floreció el hembra. 

El 1 5 de setiembre se hablan caido las flores y hojas del plan- 
tón macho, y se recogieron con cuidado. 

El plantón hembra, de 22 centímetros de alto, estaba ter- 
minado por un ramo de hojillas de hermoso color verde; las de 
más abajo estaban marchitas. Se cogieron dos semillas muy 
chiquitas, pero bien conformadas. Las hojas no tenian ni con 
mucho el tamaño que las del cáñamo normal: los dos plantones 
se parecían, por su ruin aspecto, á los que habia obtenido el 
año de 1857 cultivando en arena calcinada. En esta tercera ex- 
periencia no hablan ejercitado acción visiblemente favorable 
los 40 gramos de tierra vegetal, sin embargo de contener 
0eM044 de ázoe, tanto como Os^TG de nitrato de potasa, 
ó Os',126 de amoniaco. 

Los dos plantones de cáñamo pesaron secos 08'',322, ó cinco 
veces sólo lo que las dos semillas. 

Resumen de la experiencia. 

Analizadas por una sola operación, dieron, ázoe.. 0e^0061 

Las semillas debian tener O ,0022 

Ázoe adquirido por las plantas en 71 dias de vege- 

tacion O ,0039 



244 



Cuarta experiencia. — Judía cullivada en tierra vegetal en 
atmósfera confinada. 

Analizada una semilla que pesaba 0e'ví22, dio Oe',0182 de 
ázoe, ó 4,31 por 100. 

Se pusieron en el aparato 40 gramos de tierra vegetal seca, 
y para mantenerlos se aseguró aquel con un aro de barro cocido, 
lavado y calcinado. Se humedeció la tierra con agua destilada 
sin amoniaco. 

El 19 de julio se plantó una judia de 0e^422 de peso. Ve- 
rificada la germinación, se dio gas ácido carbónico á la at- 
mósfera. 

El 19 de agosto tenían tamaño extraordinario las hojas pri- 
mordiales, de color verde oscuro. 

El 18 de setiembre tenia tres llores hermosas la planta; 
contra su costumbre habia subido tanto, que desde algunos 
dias antes llegaba su cabeza al remate del aparato. Esta cir- 
cunstancia obligó á terminar la experiencia con harto senti- 
miento. 

Tenia entonces el tallo 70 centímetros de alio y 3 á 4 mi- 
límetros de grueso. Algunas raices que sobresalían del círculo 
ocupado por la tierra vegetal, tenían 1 metro de largo; todas 
estaban completamente sanas, y como estaba muy removido el 
suelo y ocupaba poco, se las pudo arrancar todas y casi en- 
teras. 

Secada la planta en una eslula, pesó le', 100, cerca de tres 
veces lo que la semilla. 

Resumen de la experiencia. 

Analizada la planta por una sola operación díó, ázoe. 0e'",0215 
La semilla debía tener O ,0182 



Ázoe adquirido en 60 dias de vegetación O ,0033 



Tampoco corresponde ahora el efecto producido por el suelo 
á los 0e%104 de ázoe que contenía, y el vegetal en tlor que se 



245 

recogió es realmente comparable con una de las plantas limi- 
tes nacidas de una semilla sembrada en un terreno fallo de 
abono. 

Quinta experiencia. — Judia cultivada en tierra vegetal al 
aire libre. 

Se pusieron 50 gramos de tierra vegetal en un tiesto calci- 
nado antes al rojo. En el fondo habia una capa de fragmentos 
de cuarzo. Se regó la tierra con agua destilada sin amoniaco, 
y que contenia la tercera parle de su volumen de gas ácido carbó- 
nico. 

El 16 de julio se plantó una judía, que pesaba 0,6'^422. 

El 3 de agosto hablan brotado dos hojas y estaban marchitos 
los cotiledones. 

El 19 de id. se cayeron las hojas primordiales y lenian her- 
moso color verde las nuevas. 

El 10 de setiembre estaban formadas tres vainas; se hablan 
puesto amarillas tres hojas viejas. 

El 26 de id. estabíí muerta una de las vainas; las otras dos 
tenian tres semillas; la mayor, que estaba sola en una vaina, te- 
nic cuando húmeda aún 1 centimetro'de largo y 5 milímetros 
de ancho. El tallo, de 14 centímetros de alto, sostenía todavía 
6 hojas verdes. 

Secada en una estufa la planta recolectada, pesó l6'",890. 

Resumen de la experiencia. 

Analizada la planta por una sola operación, dio, 

ázoe 0f!^0408 

La semilla, de 0e^422 de peso, debía tener O ,0182 

Ázoe adquirido eñ 71 días de vegetación O ,0226 

Es de notar que creciendo la planta con cierta lozanía en 
50 gramos de tierra vegetal de excelente calidad, en la cual 
representaban los 0s^l3 de ázoe de origen orgánico como abono 
corea de 1 gramo de nitrato de potasa, ó 0s'",10 de amoniaco, 
llegada á madurar no creciese más, porque apenas se duplicó 



246 

el ázoe inicial, y la cosecha seca no pesó ni cinco veces lanío 
como la semilla. 

Sexta experiencia. — Tierra vegetal dejada á barbecho. 

El 29 de julio se pusieron en un vaso cilindrico de vidrio 
de 2 centímetros de profundidad, 120 gramos de tierra en el 
mismo estado que se habia empleado en las experiencias. For- 
maban una capa de 1 centímetro de grueso, y se mantuvieron 
humedecidos con agua destilada sin amoniaco. Tres meses des- 
pués examiné si contenían aún las mismas proporciones de 
carbono y ázoe. 

Secada la tierra, pesó 1198'-,070; de consiguiente habría 
perdido 0e^930. (Se da este número como mera noticia; pudo 
no ser igual el estado de desecación en las dos épocas.) 

Cantidad de carbono de la tierra vegetal después de barbechar. 



De 198^8450 de tierra, í del total, se obtuvo: 

Acido carbónico, l8^n7=carbono Os' ,321 

En los 1195^070 de tierra, proveniente de 120 gram. 1 ,926 
En los 120 gramos de tierra, antes de barbechar, 

había carbono 2 ,916 

Pérdida de carbono O ,990 



Era de prever este resultado; pero acaso sea la primera vez 
que se haya comprobado por la análisis la combustión lenta 
del carbono en una tierra vegetal sujeta á la acción de la hu- 
medad, del aire y de la luz. 

Cantidad de ázoe de la tierra vegetal después de barbechar. 

I. 98^9225 de tierra, ,'i del total, dieron, ázoe... 0e^0268 

II. 98%9225 id. id. id O ,0269 

En la 6.* parle O ,0537 

Ed los 119c',070 de tierra, ázoe O ,3222 



247 

Resumen de la experiencia. 

En los 120 gramos tierra vegclal, antes de barbe- 
char, ázoe Oe^SlSS 

Después O ,3222 

Diferencia O ,009o 

Indicada, pues, la análisis una ganancia de ázoe de cerca 
de Oe^Ol que tuvieron los 120 gramos de tierra, expuesta tres 
meses al aire. En mis experiencias anteriores rara vez adqui- 
rieron más de 2 miligramos la arcilla cocida, la arena cuarzo- 
sa, la piedra pómez en polvo, puestas en idénticas circunslan-. 
cias. Resta averiguar, lo que no j)ude hacer por falla de sus- 
tancia, si hubo producción de nitratos, formación ó meramente 
absorción de amoniaco. 

De esta observación resulta que al soltar el suelo, por la 
combustión lenta, parle del carbono perteneciente á las sustan- 
cias orgánicas que conliene, no perdió ázoe. 

Los trabajos que acabo de enumerar dicen que la tierra 
eminentemente fértil, que he empleado en las proporciones usa- 
das, no influyó en la vegetación. El altramuz, el cáñamo, las 
judías no crecieron mejor que si hubieran vivido en un suelo 
falto de abono, en arena, en ladrillo, en piedra pómez calcina- 
da. La cantidad de tierra que se les destinó contenia no obs- 
tante hasta Ge', 34 de ázoe, proveniente de sustancias orgánicas, 
tanto casi como tienen 2 á 3 gramos de salitre, \ gramo de 
amoniaco; y sin embargo, fué tan ruin el crecimiento de las 
plantas, que parece lo promovió sólo el ázoe de los pocos mili- 
gramos de nitrato ó de amoniaco señalados por la análisis. De 
estas experiencias resulla claramente que no intervino la ma- 
yor parle del ázoe que contenia el suelo de la huerta. Puede 
por tanto concluirse que ciertas sustancias orgánicas, al modi- 
ticarse, forman combinaciones suficientemente estables para re- 
sistir á la acción asimilatriz de los vegetales. En esta circuns- 
tancia columbro la explicación de un hecho que no habia po- 
dido comprender, esto es, la necesidad que en el cultivo activo 
hay de renovar frecuentemente los e&liércoles, aunque al pare- 
cer no deban consumirlos las cosechas, hablando teóricamente; 



248 
consistiendo esto en que por constituirse en estado pasivo parte 
del estiércol sepultado, no actúa á la manera de abono. 

¿Una vez estable la sustancia azoada, pierde irrevocable- 
mente la facultad fertilizante que parece asignarle su composi- 
ción? No lo creo. Sin duda alguna que no se ejercita ya dicha 
facultad con la energía que reclama una vegetación rápida, 
pero es verosiniil que en virtud de las influencias meleóricas 
vaya recobrando sus propiedades actualmente disimuladas; la 
intervención de un álcali por favorecer á la combustión de sus 
elementos, origina probablemente cambio de su constitución; 
y acaso sea este uno de los efectos más patentes y más útiles 
de la encaladura, el desprenderle de sus combinaciones, dispo- 
nerle á ocasionar, bien nilratos, bien amoniaco, únicos agentes 
hasta el dia conocidos como capaces de dar ázoe al organismo 
de los vegetales. No debe sin embargo verificarse esta modifi- 
cación sino con la lentitud que asegure la duración de su acción. 
Pienso, V. gr. que si el suelo de que hablo dejase de recibir el 
estiércol que hace siglos recibe anualmente, seguirla siendo 
productivo no obstante, no en el mismo grado, más sí por mucho 
tiempo; porque una vez dotada la tierra de gran riqueza funda- 
mental, por lo mismo que contiene con abundancia principios 
estables, no se va empobreciendo sino paulatinamente, hasta lle- 
gar al estado de fertilidad normal subordinada á su constitución, 
al clima, y cuya vegetación nalural no tiene oíros recursos mas 
(jue las sustancias orgánicas, las minerales acumuladas en el 
terreno desde su origen, y los elementos que sin cesar le dan el 
agua y el aire. Así es como vegetan las gramíneas en las este- 
pas, los árboles en los bosques, las plantas acuáticas en los pan- 
tanos; así es como vegetarían plantas sembradas en una tierra 
laborable por sí estéril, porque reconocido está por reiteradas 
experiencias que nunca es absoluta la esterilidad de un suelo 
permeable, como cascajo, arena fangosa, en los cuales sin in- 
tervenir abonos se cogen cosechas, mezquinas en verdad com- 
paradas con las que da un cultivo estercolado, pero persi.sten- 
l(>s, y hasta cierto punto representantes del equivalenic de la 
producción vegetal que esponláneamenle hnbria. Laalmósfera, 
por razón de su inmensidad, es un manantial perenne de agen- 
tes fertilizantes de cuyos efectos no se debe juzgar por lo escaso 



249 

(le sus proporciones; singular manera de raciocinar es compu- 
tar lo que las plantas deberán sacar de ella, averiguando, como 
así se ha hecho, lo que un prisma de aire que descansara en un 
cultivo cuya superficie fuera su base, contenga de ácido carbó- 
nico y de amoniaco. Hipotecar de este modo el aire al suelo, 
es desconocer dos propiedades esencialísimas del Océano aéreo, 
la movilidad, y la facultad de difundirse. De las regiones pola- 
res á las tropicales donde reinan los vientos alisios, está en per- 
manente agitación la atmósfera; á cualesquier latitudes, á cua- 
lesquier alturas se presenta tan uniforme su conslilucion, que 
parece no tomar nada, no dar nada á los millones de millones 
de seres orgánicos que nacen, viven y mueren en su seno. Esta 
invariabilidad de composición es prueba, no cabe más evidente, 
de la rapidez de sus raovimienlos, así como de la prontitud con 
que se mezclan sus diversos elementos. La molécula de ácido 
carbónico, cuyo carbono se asimila hoy una planta inmediata 
á nosotros y alumbrada por el sol, salió tal vez ayer de uno de 
los volcanes del Ecuador. 

Pero ¿por qué según las observaciones que llevo apuntadas, 
no ejercitó mas efectos la tierra en la vegetación, cuando tan- 
tos y tan favorables venia ejercitando en lodos los cullivos de la 
huerta? 

No vacilo en ver la causa de esta diferencia de acción en los 
desiguales volúmenes de tierra de que en uno y otro caso dispo- 
nían las plantas. 

En 100 gramos de tierra vegetal no tomaron las plantas, 
por término medio, más de 0e^009 de ázoe, aunque los 100 
gramos contenían Os^atíl del mismo. De este resultado he sa- 
cado la conclusión de no ser asimilable inmediatamente la 
mayor parte de este ázoe; el que se fijó pertenece, cual llevo 
advertido, á las escasísimas proporciones de nitratos y amoniaco 
preexistentes en el suelo, ó que se formaron al tiempo de la ve- 
getación. Si hubiera dispuesto cada planta de cíen veces, de 
mil veces más de tierra, ósea de 10, de 100 kilogramos, indu- 
dablemente hubiese organizado cien veces, mil veces más sus- 
tancia, asimilado cien veces, mil veces más carbono y ázoe. Así 
sucede justamente en el cultivo normal de la huerta, donde tienen 
á su disposición los vegetales una cantidad de tierra incorapara- 



2o0 
blemente mayor que la de las experiencias. Véase v. gr. el vo- 
lumen y peso de la lierra ocupada por algunas plantas cultiva- 
das allí el año de 181)8. 

Ázoe perlBnecienie al 

ácido nítrico y al amo- 

uiaco contenidos en la 

Peso de la tierra Ázoe tierra al principiar las 

Volumen, supuesta seca, contenido. experiencias. 



lit kil íi' sf 

Judia 23 29 Ifi \ 

Patata G6 86 245 3 

Tabaco 165 215 561 7 

Lúpulo (revuelta y ester- 
colada la tierra á O™, 8 

de profundidad).... 1026 1334 3482 45 

Desde luego se concibe que aun cuando no contenga la tier- 
ra en el cultivo normal sino en ínfima proporción principios 
azoados inmediatamente asimilables, su peso es tal que la planta 
debe hallar allí los elementos que necesite; basta además que 
parte del compuesto azoado pierda su estabilidad, se convierta 
en ácido nítrico ó en amoniaco, para que acrezca la fertilidad. 
La amplitud del terreno del cultivo de los campos, y la precisa 
exigüidad del suelo en que se emprende una experiencia fisio- 
lógica, tienen por otra parte condiciones de masas esencialmente 
distintas, cuyo influjo no cabe negar. El aire que contienen 
'algunos pocos centenares de gramos de tierra es sin duda el 
mismo que el exterior, por causa de lo pronto que se difunden 
los gases; pero no así en un cultivo verificado en una hectárea. 
La atmósfera confinada en 4000 á 8000 metros cúbicos de tierra 
estercolada, tiene distinta constitución que la atmósfera circun- 
vecina; no son ya diczmilésimas sino centésimas, décimas de gas 
ácido carbónico lo que contiene; y a veces es tan marcada la 
presencia del amoniaco, que viene á ser imposible apreciarlo 
operando en 50 ó 60 litros de aire. 

A poquísima profundidad debajo de la superficie del suelo, 
está saturada de vapor acuoso la atmósfera; por lo que la me- 
nor baja de la temperatura subterránea ocasiona una niebla, un 
rocío cuyas golillas, sentadas en las raices, al ponerse en con- 



251 

tacto con la tierra, toman y llevan luego consigo al vegetal sus- 
tancias que no podrían penetrar en él sino por via de disolución. 
Por efecto de osla condensación de vapor, de esta aparición de 
un meteoro acuoso en el seno de una atmósfera confinada, es 
como concibo que, aun en épocas de extremadas sequías, halle 
agua la planta en una tierra que no está mojada. 
De estos trabajos resulta: 

1." Oue en un suelo sumamente fértil, los fog del ázoe que 
tiene pueclen no producir efectos inmediatos en la vegetación, 
aunque provenga evidentemente el mismo ázoe y aun forme 
parte do sustancias orgánicas. 

2.» Que los únicos agentes capaces de actuar inmediata- 
mente en la planta llevando ázoe á su organismo, son al parecer 
los nitratos y las sales amoniacales, bien preexistan, bien se 
formen en el suelo al tiempo del cultivo. 

3." Que en razón de las escasísimas proporciones de ácido 
nítrico y de amoniaco que por punto general contiene el suelo, 
para llegar una planta al desarrollo normal debe disponer de 
un volumen considerable de tierra que por ningún estilo guarda 
conexión con el contenido de ázoe que indica la análisis. 

i.° Que en cuanto al aprecio de la fertilidad actual ác una 
tierra vegetal, da la análisis resultados á cual más erróneos, 
porque aprecia á un mismo tiempo, confundiéndolos, el ázoe 
inerte que tienen las combinaciones estables, y el susceptible 
de entrar á constituir los vegetales. 

5." Que puesta á barbecho la tierra vegetal, pierde canti- 
dad notable de carbono perteneciente á la sustancia orgánica que 
contiene. Que en vez de disminuir la proporción de ázoe al 
tiempo de la combustión lenta del carbono, parece aumentar. 
Que resta por decidir si en los casos de ser patente el aumento 
de ázoe, ha habido nitrificacion, producción ó meramente absor- 
ción de amoniaco. 

(Por la sección de Ciencias naturales, Francisco García Kavarro.) 



252 



VARIEDADES. 



PR0GRAM4 

PARA LA ADJUDICACIÓN DE PREMIOS EN EL AÑO DE 1860. 



Artículo 1." "La Academia de Ciencias exactas, físicas y naturales 
abre concurso público para adjudicar tres premios á los autores de las 
Memorias que desempeñen satisfactoriamente á juicio de la misma Aca- 
demia los temas siguientes: 

1.» 

"Exponer metódicamente el estado actual de los conocimientos re- 
nlativos á la resistencia de los materiales de construcción; señalar las 
«faltas de concordancia entre los supuestos teóricos y los resultados 
>.rfe los experimentos; determinar, teniendo en cuenta los hechos ya 
y> comprobados por los mismos, las leyes generales de la resistencia en 
» todos los casos, segm la naturaleza de los materiales, ya se consi- 
^dere la carga en reposo, ya en movimiento; deducir de estas leyes 
«generales las fórmulas que deben emplearse en la práctica; y deter- 
»minar experimentalmente los coeficientes de las mismas para los 
«materiales que más se usan en España." 



o Distribución geográfica de las familias de las plantas cruciferas, 
«leguminosas, rosdceas, salsoldceas, amentáceas, coniferas y gramíneas 
«de la Península Ibérica.» 

En esta obra el autor deberá enumerar las especies que representan 
á cada una de estas familias en la Península, señalando su escasez ó 



2S3 
abundancia, y la naturaleza del suelo que favorece su propagación; de- 
deduciendo de cuantas consideraciones crea oportunas las localidades que 
en la misma Península sean más adecuadas para el cultivo de hortaliza;:, 
de pastos, de frutales, de plantas barrilleras, y establecimiento de bosques 
y praderas. 

Considerando á la Península dividida en las tres conocidas regiones, 
oceánica, mediterránea y central, bastará para optar al premio limitar 
el trabajo á la distribución correspondiente á una de estas regiones: en 
igualdad de mérito científico, será preferida la Memoria que comprenda 
dos á las que sólo se ocupen de una, y por consiguiente la que abrace 
las tres á las que sólo traten de una ó de dos. 

3." 

'^Describir (as rocas de una provincia de España y la marcha pro- 
agresiva de su descomposición^ determinando ¿as causas que la produ- 
»cen; presentando la análisis cualitativa de la tierra vegetal formada 
»de sus detritus^ y cuando en todo ó en parte hubiere sedimentos crista- 
i> linos, se analizarán mecánicamente para conocer las diferentes especies 
» minerales de que se compone el suelo, asi como la naturaleza y circuns- 
» tandas del subsuelo ó segunda capa del terreno; deduciendo de estos 
» conocimientos y demás circunstancias locales, las aplicaciones á la agri- 
» cultura en general y con especialidad al cultivo de los árboles.» 

Se exceptuando esta descripción las provincias que forman los territo- 
rios de Asturias, Pontevedra, Vizcaya y Castellón de la Plana, por haber 
sido ya premiadas las Memorias respectivas en los años de 1853, 1855, 
1856 y 1858. 

Proponiéndose la Academia, por medio de este concurso, contribuir 
á que se forme una colección de descripciones científicas de todas ó la 
mayor parte de las provincias de España, ha determinado repetir este 
tema en lo sucesivo todas cuantas veces le sea posible. 

2." Se adjudicará también un accessit para cada uno de los objetos 
propuestos, al autor de la Memoria cuyo mérito se acerque más ál de las 
premiadas. 

3.° El premio, que será igual para cada tema, consistirá en seis mil 
reales de vellón y una medalla de oro. 

4." El accessit consistirá en una medalla de oro enteramente igual 
á la del premio. 

5." El concurso quedará abierto desde el dia de la publicación de 
este programa en la Gaceta de Madrid, y cerrado en 1." de Mayo de 1860, 
hasta cuyo dia se recibirán en la Secretaría de la Academia todas las 
Memorias que se presenten. 



6.* Podrán optar á los premios y los accessíts todos los que presen- 
ten Memorias según las condiciones aquí establecidas, sean nacionales ú 
extrangcros, excepto los individuos numerarios de esta corporación. 

7.° Las memorias habrán de estar escritas en castellano ó latin. 

8," Estas Memorias se presentarán en pliego cerrado, sin firma ni 
indicación del nombre del autor, llevando por encabezamiente el lema 
que juzgue conveniente adoptar; y á este pliego acompañará otro también 
cerrado, en cuyo sobre este escrito el mismo lema de la Memoria, y den - 
tro el nombre del autor y lugar de su residencia. 

9." Ambos pliegos se pondrán en manos del Secretario perpe- 
tuo do la Academia, quien dará recibo expresando el lema que los dis- 
tingue. 

10. Designadas las Memorias merecedoras de los premios y accessits, 
se abrirán acto continuo los pliegos que tengan los mismos lemas que ellas, 
para conocer el nombre de sus autores. El Presidente los proclamará, 
quemándose en seguida los pliegos que encierren los demás nombres. 

11. En sesión pública se leerá el acuerdo de la Academia por el cual 
se adjudiquen los premios y los accessits, que recibirán los agraciados de 
mano del Presidente. Si no se hallasen en Madrid, podrán delegar per- 
sona que los reciba en su nombre. 

12. No se devolverán las Memorias originales; sin embargo, podrán 
sacar una copia de ellas en la Secretaría de la Academia los que presen- 
ten el recibo dado por el Secretario.=Madrid 1.° de abril de 1859.» 

— Premios propuestos por la Academia de Ciencias de París. — De 
Matem-Íticas. 1.° Formar la ecuación ó las ecuaciones diferenciales 
de las superficies aplicables sobre una superficie dada; discutir el proble- 
ma en algunos casos particulares, sea indagando todas las superficies 
aplicables sobre otra dada, sea hallando sólo las que cumplan además con 
otra condición elegida de suerte que simplifique la solución. La Academia 
vería con gusto la aplicación de las fórmulas generales á determinar las 
superficies aplicables en una del segundo grado, y sin ser condición pre- 
cisa, invita á tratar particularmente de esta cuestión. El premio será una 
medalla de oro de 3.000 francos. Se recibirán las memorias, francas de 
porte, en la secretaría del Instituto hasta el 1." de noviembre de 1860. 
2." Volver á examinar comparativamente las teorías de los fenómenos 
capilares; discutir los principios matemáticos y físicos en que se fundan; 
señalar las modificaciones que podrán exigir para adaptarse á las cir- 
cunstancias reales en que suceden los citados fenómenos, y comparar los 
resultados del cálculo con experiencias exactas verificadas entre todos los 
límites de espacio medibles, con tales condiciones que los efectos obteni- 
dos en cada una sean constantes. Igual premio que el anterior. Se recibi- 
rán las memorias hasta el 1." de abril de 1860, 3." Perfeccionar algún 



255 

punto importante de la teoría geométrica de los poliedros. El mismo pre- 
mio. Se recibirán las memorias hasta el 1." de julio de 1861. 4.° ¿Cuán- 
tos pueden ser los números de valores de las funciones bien definidas que 
contengan un número dado de letras, y cómo se pueden formar las funcio- 
nes que tengan un número dado de valores? Sin exigir una solución com- 
pleta, que sería harto difícil, premiará la Academia la memoria que dé un 
paso notable en esta teoría. Igual premio. Se recibirán las memorias hasta 
el 1." de julio de 1860. 5.° Hallar el estado calorífico que deba tener un 
cuerpo sólido homogéneo indefinido, para que un sistema de curvas iso- 
termas en un instante dado subsistan isotermas después de cualquier 
tiempo, de forma que la temperatura de un punto se pueda expresar en 
función del tiempo y de otras dos variables independientes. El mismo 
premio. Se recibirán las memorias hasta el 1." de julio de 1861. De 
Ciencias Físicas. 1." Determinar las conexiones entre los espermato- 
zoideos y el huevo en el acto de la fecundación. El premio será como los 
anteriores. Se recibirán las Memorias hasta el 31 de diciembre de 
1859. 2.° Estudiar el modo de formarse y la estructura de los esporos 
y demás órganos que concurren á reproducirse las setas, su papel fisio- 
lógico, la germinación de los esporos, y particularmente de las setas 
parásitas, su manera de penetrar y desenvolverse en los demás cuer- 
pos orgánicos vivos. Igual premio. Se recibirán las Memorias hasta el 
1.° de abril de 1860. — De Ciencias Naturales. 1.° Dilucidar mediante 
experiencias bien hechas, la cuestión de las generaciones llamadas 
espontáneas. La Academia desea que se estudie especialmente la acción 
de la temperatura y demás agentes físicos en la vitalidad y el desarrollo 
de los gérmenes de los animales y vegetales inferiores. El premio, que será 
una medalla de oro de 2500 francos, se adjudicará á cualquier obra ma- 
nuscrita ó impresa que se publique hasta el 1.° de octubre de 1862. 
2.° Determinar experimenfalmente la influencia que pueden ejercitar los 
insectos en la producción de las enfermedades de las plantas. El premio será 
una medalla de oro de 30 00 francos. Se recibirán las memorias impresas 
ó manuscritas hasta el 31 de diciembre de 1859. 3." Metamorfismo de 
las rocas. Igual premio. Se recibirán las memorias hasta el 1 ." de octubre 
de 1859. 

Se advierte á los concurrentes que no devolverá la Academia ninguna 
obra que se remita concurriendo, aunque tendrán facultad los autores de 
sacar copias en la secretaría del Instituto. 

— Necesidad de más ascensiones aerostáticas. Las cuatro ascensiones 
en globo que se hicieron el año de 1852 por Welsh y Green, dieron re- 
sultados bastante singulares y discordantes. Se observaron á una misma 
altura temperaturas muy distintas, y una misma temperatura á alturas muy 
desiguales^ se halló v. gr., la temperatura de 12 " á alturas de 2.000, de 



256 

l.OOOyde 300 metros, aun cuando era menor en la superficie de la tierra: 
la rápida disminución de la temperatura observada en las regiones supe- 
riores, oblit^aria á admitir para temperatura en los confines de la atmósfe- 
ra una cifra asombrosamente baja; la tensión del vapor, considerabilísima 
en la superficie de la tierra, se presentó casi nula á 7,000 metros de al- 
tura, etc. Estas anomalías promueven el deseo de que se repitan las ascen- 
siones científicas. 

— Jcido carbónico liquido de tas cavidades de los cristales. Mr. Teo- 
doro Simmler, de Breslau, cree haber demostrado que el líquido que 
contienen las cavidades interiores de ciertos cristales, advertido y estu- 
diado por Brewster, pudiera ser, en ciertos casos por lo menos, ácido 
carbónico líquido. Sus pruebas principales son la gran dilatabilidad de al- 
gunos de los líquidos observados, su escasa facultad refringente, y su espan- 
sibilidad, enorme á veces. Uno de los líquidos estudiados por Brewster te- 
nia, entre 10° y 26°, un coeficiente de dilatación 83 veces mayor que el 
del agua: y según las experiencias de Thilorier, viene á ser el mismo 
del ácido carbónico líquido. Se metió un dia Sanderson en la boca un 
cristal de cuarzo proveniente del Canadá, y que tenia una cavidad llena 
de líquido: bastó el calor de la boca para dilatar el líquido, basta esta- 
llar el cristal y herir á aquel. Al romper Sokolou un cristal que conte- 
nia líquido, oyó una detonación tremenda, parecida á las que ocasionaba 
Thilorier haciendo reventar esferitas llenas de ácido carbónico. Si se ad- 
mite que haya podido existir y que exista en la naturaleza el ácido car- 
bónico en estado líquido; si se demuestra, como parece muy probable, 
que el carbono es soluble en el ácido carbónico líquido, á semejanza de 
la sal de cocina en el agua, el azufre en el ácido sulfo carbónico ó sulfuro de 
carbono, el fósforo en el fósforo de azufre, etc., ¿no habrá que admitir 
que la formación del diamante provino de precipitarse y cristalizarse, en 
circunstancias favorables, el carbono tlisuelto en ácido carbónico líquido? 
Insiste mucho Simmler en esta idea suya; tiene poca esperanza de ver 
llegar á producir diamantes por via del fuego; desea vivamente que otro 
experimentador recorra el nuevo camino que presume haber abierto. 

(Por la Sección de Variedades, Frahcisco García Navarro.) 



-gas oe a^ — 



Eilicor responsable, Francisco García Navarro. 



N/ 5. -REVISTA DE CIENCIAS. -i/ayo 1859. 



CIENCIAS EXACTAS. 



-»-»^X3£>*€*-^ 



ASTROMOlllit. 



Observaciones de estrellas dobles; por el P. Secchi. 

(Comptes rcndus, 21 febrero ^8^9.) 

llACE tiempo que tengo recopiladas mis observaciones de es- 
trellas dobles, dice el aulor, que contienen una revisión com- 
pleta de las Mensural inicrometrical de Slruve. El interés con 
que han mirado los sabios este trabajo, y los resultados que de 
él puede sacar la ciencia, me determinan á publicar un extracto 
que permita aprovecharlo, ínterin publico las observaciones 
completas. Para facilitar las comparaciones con las mediciones 
de Struve, conservo su orden y nomenclatura, y lo mismo los 
nombres latinos de los colores, poniéndolos en abreviatura. 

Interesantísimas son las conclusiones generales que arroja la 
impresión de estos resultados. Se ve que de 64 estrellas, ha» 
mudado 30 más de 8 grados de posición en 26 años. En algu- 
nas sube la variación á 23 y 30 grados. Como estos limites ex- 
ceden á cualquier error admisible en tales observaciones, se 
puede asegurar que el gran cuerpo de estrellas dobles ha ma- 
nifestado un movimiento cierto. 

Que este movimiento sea ó no orbicular, no cabe decidirlo en 
todas ahora; pero de algunas es indudable, y vemos acrecer el 
número de estrellas binarias con algún sistema nuevo, como la 
3056 de Struve. Respecto de las demás habrá que esperar lo- 
davía una veintena de años para tener resultados bastante se- 

TOUO IS. 17 



258 
guros. Nuestras observaciones pueden servir de primera etapa 
para reconocer cuáles estrellas dobles merecen mayor atención. 
Como son dificilísimos de observar estos objetos, se los conti- 
nuará midiendo para conseguir resultados independientes cuan- 
to quepa de errores accidentales; pero respecto de ángulos, es- 
toy persuadido de que no puede pasar de 5 grados en seme- 
jantes estrellas, que ninguna llega en distancia á 1 segundo 
de arco, y que son objetos de prueba de los instrumentos más 
perfectos. 

Añado alguna medición de la estrella -/' de Andrómeda, 
que no está propiamente en el primer orden de Struve. pero 
que debe estar por causa de su cortísima distancia. 

Conócese la bondad de los instrumentos en estas medicio- 
nes, y no creo fuera de su lugar el indicar una observación 
curiosa tocante á los satélites de Júpiter, que se hizo las mismas 
noches que pude medir facilísimamenlc dicha estrella >^ El 
fenómeno fué el siguiente. El 14 deseliembredel835, y alguna 
otra vez, se vio que el tercer satélite de Júpiter no estaba re- 
dondo, sino elíptico. También observé manchas bastante distin- 
tas, de las cuales inferí que era diferente su rotación de su re- 
volución. El año pasado fué malo para estas observaciones, y 
apenas pude ver las manchas algunos instantes. Pero el pre- 
sente ha hecho noches muy despejadas, y no me he olvidado 
de Júpiter. El 7 de enero rae admiró á lo sumo ver al satélite 
perfectamente elíptico; con una lente de 1 .000 veces de aumento 
se divisaba el aplanamiento; el micrómetro dio la proporción 
aproximada de 3 : 5 entre los diámetros, lo cual concuerda con 
la observación de 1855. Otros observadores vieron el mismo 
fenómeno; tres horas después no habla mudado de forma, sólo 
parecia fuera de su lugar una mancha, aunque por haberse en- 
capotado el cielo no se la distinguía bien. La noche siguiente 
estaba puro el aire, y como ensayo preliminar se midió >=» de 
Andrómeda; se presentó también aplanado el satélite, pero 
mucho menos que la noche anterior. Recorriendo los registros, 
hallo que el 4 de enero estaba redondo. 

Estos fenómenos son interesantísimos, y no he dejado de 
seguirlos examinando; pero por ser rarísimas las circunstancias 
favorables para ver distintamente los discos de los satélites, no 



I 



259 
se los puede estudiar de seguida. Tengo pues que ceñirme á 
anunciar el resultado problemático. Si fuera ilusión, es extra- 
ño que se presente tan rara vez y á observadores que no están 
prevenidos. Volví el instrumento, puse otro ocular de 1.300 
veces de aumento, y subsistió la figura, si bien menos limpio el 
borde. 

Y todavía resta más por explicar. El disco redondo suele 
presentar una mancha en el centro, y cuando está oval, parece 
tener dos en los extremos del eje menor; á veces no se ven, 
aunque esté clarísimo el aire. Estas rarezas me han inducido 
á sospechar que realmente debe ser aplanado el satélite, y que 
por causa de su movimiento de precesión nos presenta á veces 
la sección elíptica de su meridiano, y con más frecuencia la 
circular de su Ecuador. El citado movimiento de precesión es 
por otra parte probabilísimo, porque si es aplanado el satélite, 
debe ocasionarlo de seguro la gran proximidad de Júpiter. 

Espero que los astrónomos que dispongan de instrumentos 
prepotentes, querránexaminarestefenómenoytratar deél, áfin 
de reconocer por lo menos el origen probable de la ilusión, caso 
de haberla. 



260 



DUPLO-LUCIENTES 



iVüíiibrfs 

de 

las estrellas. 



316 Cefeo 

318 Cefeo 

36 Andrómeda 

Anónima 

Anónima 

Anónima 

í Aries 

•52 Aries A : B. . . . 

2 

Anónima 

7 Taurus A : B 

Id. A : C. . . . 
Alias de las Pléyades. 

49 Cefeo 

Anónima 

Anónima 

Anónima 

14 Lince 

Anónima 

a Leo 

Anónima 

Anónima 



13 

73 

115 

216 

257 
333 
346 



367 

412 



453 
460 
511 

520 
749 
963 



1216 



1356 



1457 
1500 



li 111 

0,0 

6,3 
45,6 

1 12,2 
58,7 

2 12,0 
40,4 
55,3 



3 5,3 
24,1 



38,0 
41,5 

4 3,4 

8,0 

5 26,8 

6 37,7 



8 12,1 



9 19,0 

10 29,7 
51,0 



=• 


Kpuca 


Ángulo 




c 




de 


Distancia. 




1850 + 


posición. 


0",38 


78"45' 


7,522 


324°,97 


76 1 


7,522 


102,28 


0,697 


:22 41 


7,275 


339,19 


1,208 


57 14 


7,243 


150,38 


0,803 


61 30 


7,629 


262,41 


0,434 


60 45 


7,485 


183,34 


0,40 


20 37 


6,571 


196,33 


0,877 


24 32 


6,638 


267,16 


0,658 


" 


6,953 


355,66 


5,151 


9 


7,125 


266,52 


0,897 


23 53 


6,350 


256,78 


0,42 


» 


5,987 


60,07 


» 


23 30 


7 


Simple. 


» 


80 12 


7,000 


10,79 


0,723 


58 23 


8,016 


302,00 


0,3 


22 21 


7,109 


102,92 


0,630 


26 SI 


7,109 


190,40 


0,634 


59 37 


6,765 


57,71 


0,683 


-1 2 


7,342 


147,99 


0,4 


9 50 


6,425 


0,99 


0,358 


6 36 


6,245 


305,55 


0,761 


-2 30 


6,285 


318,35 


1,053 



u\ 



DE PRIMER ORDEN. 



Masniluili-'S v rnlores. 



6,3 s. fl. 


6,2 fl. vir. 


6,2 alb. 


6,5 alb. 


6 ?. n. 


0,7 s. fl. 


7 alb. 

8 s. fl. 


7,2 alb. 
8,5 s. fl. 


7 a.-s, fl. 


7,8 a. s. egr 


5 alb. 


6 alb. 


6 s. n. 


6,4 s. fl. 


" 


10,7 


8 alb. 
f. alb. 


8,5 egr. a. 
6,5 alb. 


» 


» 


5,5 alb. 
6 s. fl. 


6,5 alb. 
7 s. vir. 


8 alb. 
6,5 allj. 
6 rubra. 


8,2 alb. 
6,6 alb, 
8 caenil. 


7 alb. 


■• 




6 


8 




7,3 a. s. fl. 
7,3 s. fl. 


7,8 a. s. 
8,2 s. fl. 


fl. 



üiíerencias con las otoervaciones 
de Siruve 



cpoca 



•26,57 

26,02 

24,98 

25,67 
2 6,40 

26,95 

26,41 

24,63 

24,59 

5,40 
2 5,97 

25,07 
25,00 
27,01 
28,50 

24,91 
27,63 
25,88 

26,10 



en 
posición. 


CD 

dislaocia 


— 10°,53 


-0",4r 


—21 ,74 


+ 0,16a 


+31, 39 


+0,361 


-j- 0, 78 
— 8, 06 


— 0,007 

— 0,159 


+ 18, 41 


— 0,20 


+ 7, 46 


+0,330 


+ 2, 66 


— 0,072 


- 1,6 


— 0,056 


-14, 88 
-13, 24 


-0,053 
— 0,27 


— 2, 95 


" 


+ 8, 23 
— 18, 00 


-0,165 
-0,2 


— 1, 08 

— 13, 05 
+ 6, 20 


— 0,203 

— 0,036 
-0,214 


+ 32, 82 


— 0,05 


+ 17, 70 
— 3, 12 


+0,049 
+0,086 



OBStRVACIOKE» 



Mor. cierto en áng. y 

dist. 
Mov. cierto en áng. y 

dudoso en dist. 
Mov, cierto, pero en 

línea recta, 
Mov, nulo, 
Mov, probable en áng. , 

nulo en dist. 
Mov. cierto en áng., 

nulo en dist. 
Mov, en áng. y dist 

cierto, 
Mov. en dos ó más bien 

nulo. 
Mov. nulo. 

Tiene que observarse. 
Mov. cierto en áng. y 
dist. 

Siempre simple. 

Mov. cierto en áng. 

Mov. cierto en áng. y 
dist. 

Fija. 

Mov. cierto en áng. 

Mov. cierto, objeto so- 
berbio para los co- 
lores. 

Ang. mudado, pero tiene 
que volverse á ob- 
servar. 

Órbita conocida; apenas 
separadas. 

Mov, muy dudoso. 



262 



-/ Virgo 

Id 


1670 

1728 
1734 
1819 

1866 

1937 

1967 

1989 
2054 
2055 

„ 

2084 

2118 
2173 

2203 
2215 

2315 

2422 
2438 

2509 
2556 

2574 

2652 

2695 
2729 


h m 

12 32,8 

13 1,6 
12,0 

14 6,8 

33,3 

15 16,1 

15 35,5 

16 21,6 
22,1 

34,8 
» 
» 

55,5 

17 21,6 

36,0 
39,2 

18 18,1 

50,0 
54,5 

19 14,9 
32,1 

• 38,3 

20 6,2 

24,6 
42,1 


-0''29' 

1828 
3 51 
3 57 

10 16 

30 56 

u 

» 

26 52 

62 5 
2 22 

31 55 

65 19 

— 52 

41 45 

17 47 

27 19 

25 57 
57 59 

62 53 
21 50 

62 15 

61 34 

25 12 

— 6 17 


5,390 

6,382 
7,388 
8,396 
6,961 
6,350 
6,392 

6,395 

5,396 
6,592 
7,485 
8,490 
6,591 
7,516 
7,594 
7,740 
5,579 
6,591 
7,509 
5,521 
6,528 
7,594 
8,422 
7,416 
6,534 

7,180 
6,925 

7,055 

C,880 
7,543 

7,428 
6,880 

7,722 

7,375 

6,637 
6,810 


t72',52 

171 ,68 
170,79 
172,02 
192,45 
198,53 
43,73 

23,71 

325,64 

344,36 

351,00 

1,15 

288,97 

286,13 

26,40 

2,23 

17,97 

18,23 

19,88 

69,71 

64,11 

59,49 

50,90 

240,14 

327,65 

329,34 
304,65 

260,75 

106,86 
333,24 

340 ,28 
179,19 

133,93 

278,98 

75,32 
106,86 


3",372 

3 ,549 
3 ,736 
3 ,620 
,472 
,817 
,929 

,788 

,32 
,47 
,578 
,633 
,45 
,36 
,4 5 

,948 

1 ,367 
1 ,621 
1 ,333 
1 ,520 
1 ,412 
1 ,289 
1 ,206 

^37 

1 ,463 

,631 
,667 

Prolongada. 

,835 

,4db: 

,689 
,490 

,682 

,3d= 

1 ,010 
,3=t: 


Id 


Id 


42 Cabellera 








Id 


Id 


Id 




Id 


Anónima 


99 Dragón 

X Opbiucas 

Id 


Id 


^ Hércules 

Id 


Id 


Id 


20 Dragón 

Anónima 


Anónima 


Anónima 


452 Hércules 

Anónima 


Anónima 


Anónima 


Anónima 


Anónima 


Anónima 


94 Zorra 


4 Acuario 



263 



5,5 fl. 
7 alb. 
7,5 alb. 

8 



5,5 alb. 
5,5 a. s. fl. 



6,2 
6 fl. 



7 alb. 

6 fl. 8. vir. 

6 fl. 

7 egr. alb. 
7 as. fl. 

6.7 s. purp. 

6.8 fl. 

7,7 alb. 



6,1 a. s. fl. 
flav. 



5,7 fl. 
8,2 s. fl. 
8 alb. 



6 alb. 
7,2 a, s. fl. 



7,5 
6,5 fl. 



7,5 alb. 
8,8 



7,2 s. egr. 
7,5 s. egr. 

8,1 

7,5 ruf. s. fl. 

8,2 s. egr. 



7,3 s. egr. 



29,13 
•26,00 
26,00 

26,79 



24,9í 
2 5,52 



25,12 
25,79 



27,05 
25,39 

26,31 

24,78 
25,01 

25,13 
27,05 

25,49 

24,75 

24,85 
27,05 



-f-l82°,95 
+ 0,43 
— 41 ,17 

+ 4,61 



+ 2 ,33 
5 ,20 



— 6 ,30 
+ 4,15 



4 ,13 

— 5,98 

— 20 ,40 

■4- O ,81 

— 6 ,36 

11 ,72 

— 9 ,21 

+ 4 ,53 
1 ,35 

— 1 ,20 
4- 83 ,34 



O", 168 
+0 ,08í 
-O ,056 

— O ,129 



Periódica muy conoci- 
da. Los años pasa- 
dos fué cortísimo el 
moT. aog. 



Pasada al otro lado. 

Fija. 

Mov. cierto, poro que 

está por calcular. 
Mov. cierto; observa- 

cioDes muyconcord. 
Órbita conocida. 



—O ,26 
-j-0 ,45 



—O ,48 
-f-0 ,841 



— O ,089 

— O ,070 

—O ,55 

— O ,017 
O ,3± 

-{-0 ,169 
—O ,073 

— O ,278 

O ,00 

+0 ,211 
O ,4=t: 



Órbita conocida. 

Fija; por observar. 
Corto mov. en áng. 
Mov. arbitrario cierto. 



Órbita conocida. 



Mov. dudoso. 

Mov. muy grande en 
distancia, simple en 
1836. 

Mov. dudoso. 

Mov. pequeño , pero 
cierto. 

Mov. cierto en áng. y 
distancia. 

Fija. 

Mov. cierto, disminu- 
ción de dist. 

Mov. cierto en áng. 

Mov. cierto en áng.-. 
observ. concord. 

Mov. pequeño, pero 
cierto. 

Mov. dudoso, sólo pro- 
longado. 

Mov. cierto. 



264 



Anónima B : C> • •• 

Id.. A , 5±5 

Anónima 

Anónima A : B. •>» . 
Si, Id.. A: C... 
Anónima 

Anóaifaa. 

y" Andrómeda A : B. 

Id B: C. 

Id 

Anónima 

Anónima 

Anónima 

Anónima 

Anónima B : C 

H..A,?±5.., 

2 

Anónima 

P. VI. 105. B:C. . 
Anónima A : B 

:-, Id.. B:C 

H..:i±!,C.. 

2 
Anónima 

145 Leo.:^:C.. 
1 

Id. . A:B.... 

Anónima 

Anónima. . . v.. . . . 
Anónima, wm-i^'q. .< . 

Anónima 



2872 22 2,7 58*27' 6,951 328»,31 0",4 



2879 

3056 

30G2 

3105 
205 



234 

236 
278 

5.-51 
840 



849 
910 
955 



1372 
1426 

2402 

2409 
2454 

2746 



5,8 

23 55,8 
» 
57,1 

1622,5 

1 53,3 

2 4,8 
5,7 

24,0 

4 12,9 

5 56,8 



58,7 

6 17,6 

32,8 



9 27,3 

10 11,4 

» 

1841,6 

43,9 
59,4 

20 55,0 



58*27' 


62 33 


33 18 


» 


57 28 


-6 39 


41 30 


» 


» 


60 32 


51 38 


68 33 


55 14 


10 47 


» 


17 26 


34 


—7 49 


» 


17 1 


7 19 


» 


10 30 


13 21 


30 11 


38 34 



6,928 
6,928 



6,869 
6,869 

7,6Ü2 

7,573 

8,01 

6,90 

8,01 

7,907 

7,917 

7,939 

7,917 
7,117 

7,109 

7,117 
7,117 

7,109 



7,125 

7,125 

6,249 

6,250 

6,250 

6,643 

6,646 
7,573 

6,864 



316,95 
130,46 



154 ,21 

3 57 ,7 9 
253 ,39 

58 ,05 
62,70 
109,75 
107 ,66 
•231 ,36 
258,81 
67,67 

295,43 
181,55 

67,09 

243,17 
163,61 



276,27 

188,70 

46,76 

4 ,8.'^ 

272,80 

213 ,41 

31 ,77 
217,03 

281,26 



0,4 



0,45 

11 ,101 

1 ,252 

0,734 
m ,2 55 

0,45 
0,50 
O ,621 

,5 
0,4 

1 ,121 

0,549 



O ,846 
0,6 



1 ,094 

11,264 

O ,520 

7,684 

0,6 

0,897 

1,052 
0,45 

0,889 







afi 








8,1 n. 


8,2 fl. 


23,32 


- 6M6 


— 0",143 


l\Iov. en dist.; están en 








contacto. 


>• 


" 


23,08 


+ 0,53 


» 




" 


=> 


23,37 


— 83,16 


^0 ,270 


Mov. muy grande, dist. 
muy pequeila; vuél- 
vase á observar. 


6,8 áurea. 


7,in.s.aTir. 


25,55 


— 5,96 


— ,10 


Órbita segura. 


» 


9 


25,23 


4- 2,39 


-fO ,621 




6,5 a. s. fl. 


u 


23,89 


-j- 44,82 


+0 ,695 


Órbita conocida, calcu- 
lada por Waedler. 


7,4 


8 


26,60 


— 0,35 


-f ,329 


Mov. en dist. 


1 fl. 


8 s. vir. 


26,90 


-f- 0,26 


— ,075 


Fija- 


.. 


» 


26,00 


— 11 ,00 


» 


Mov. cierto. 


8 s. vir. 


8,5 s. rubr. 


» 


» 


» 




8 alb. 


8,7 alb. 


26,35 


— 7,87 


— ,216 


Mov. probable en áng. 


)i 


» 


20,05 


— ,26 


-0 ,3 


Distancia disminuida. 


8 alb. 


8,5 alb. 


27,17 


— 14,38 


-0 ,03 


Mov. cierto en áng. en 
contacto. 


7,5 alb. 


7,5 alb. 


27,38 


+ 3,53 


-f ,324 


Distancia aumentada. 


9,1 rubr. 


9,5 s. rubr. 


20,23 


— 1 ,92 


— ,308 


Fija. 


•> 


7 alb. 


26,66 


— 0,11 


" 




8,2 alb. 


8,9 alb. 


24,90 


— 1 ,05 


— ,066 


Fija. 


.. 


.' 


•27,59 


— 7,32 


— ,07 


Mov. cierto en áng. 


» 




» 


)i 




Separada, pero la tras- 
parencia del aire es 
insuf. 


9 


9,5 


» 


» 


" 




>j 


9 


25,71 


+ 0,26 


— ,178 


Fija. 


8 alb. 


8,5 alb. 


26,65 


— 6,21 


-f ,032 


Mov. dudoso. 


» 


9,5 


24,03 


— 4,25 


-j-0 ,254 


Mov. dudoso. 


» 


-' 


23,99 


4. 12,3 


» 


Mov . en áng.?: se volverá 
á observar. 


» 


" 


26,44 


+ 15,74 


+0 ,152 


Mov. probable; observ. 
discordes. 


7,5 a. s. fl. 


1 caer. 


27,29 


— 1 ,63 


-fO ,082 


Fija. 


8 alb. 


9 caer. 


26,07 


+ 13,00 


— ,30 


Mov. cierto, especial- 
mente en distancia. 


8 a. s. fl. 


8,7 s. gr. 


26,04 


+ 5,01 


— ,013 





Todos estos objetos son dificilísimos por cansa de la pequeSez de las 

ADVER 
I. Para la estrella S 3056 tenemos esta serie de observaciones: 

A:B 



1782,65 


Posición = 


= 320", 7 Distancia — 


18Q5,81 




36 ,7 l'',2 5 próximamente. 


1831,71 




87 ,5 ,820 


1833,71 




108,57 ,57 


185G,87 




154,21 ,45 



La construcción gráfica de estos valores dice una órbita de curvatura muy 
desenvuelta, é ignoro si está calculada; hasta la G ba cambiado, y tenemos 
aquí un sistema triple directo. 



267 
eompafieras, y los límites de los errores son más amplios. 

TENCIAS. 
II. La estrella 4 Virgo=S 2729 da estos resultados: 

1783,36 Posicion= 35',f5 Distancia— 

1828,77 24,52 0",74 

1836,05 46 ,4 O ,41 

1856,81 107 ,86 O ,3=±: 

Resta saber si es segura la órbita. 

IIJ. La estrella y' Andrómeda, mirada varias veces, se pudo separar 
siempre facilísimamente cuando estaba en calma la atmósfera. Su distancia 
llegó á O", 4 5, lo cual prueba que aumentó. 

Por la Sección de Ciencias Exactas, Frárcisco García Navarro . 



268 



CIENCIAS físicas. 



FÍSICA. 

Sobre el desenmlmmiento de la electricidad entre los metales y las 
sales calentadas; por Mr. Hankel. 

(L'lnslitiil, <b setiemhre 18b8.) 

Aunque Schweigger puso, poco tiempo después del descu- 
brimiento de su multiplicador, sales en estado de fusión en 
lugar de sus soluciones acuosas entre dos placas de metales di- 
ferentes en el circuito voltaico. Mr. Andrews (de Belfasl) fué 
el primero que en 1839 aplicó el descubrimiento hecho por Mr. 
Faraday, de la considerable facultad conductriz de ciertas sales 
en estado de fusión, á la solución del problema relativo á si la 
electricidad se desenvuelve cuando se ponen en contacto dos 
metales de la misma naturaleza química, pero de temperaturas 
diferentes, con la misma sal en fusión, del mismo modo que 
se forman las corrientes termo-eléctricas de Seebeck. Mr. An- 
drews vio que en las circunstancias descritas se formaba una 
corriente que se dirigía del metal más caliente al más frió, y pa- 
saba por la masa del metal fundido. Pero le fué imposible deter- 
minar la ley de la dirección de la corriente cuando la sal sólo 
se calentaba lo suficiente para poder conducir la electricidad, 
mas no lo bastante para llegar á la fusión. A causa del interés 
que se enlaza con estos fenómenos eléctricos, Mr. llankel em- 
prendió un nuevo examen de este asunto, y vamos á exponer 
ol re sultado de los experimentos que ha hecho en muchas sales, 
con relación al desarrollo de las corrientes eléctricas, bajo las 
condiciones descritas. 

Su M emoria se halla dividida en dos partes: la primera 



269 
contiene los resultados generales deducidos de los hechos ob- 
servados; la segunda un resumen de los mismos hechos en 
forma abreviada, que sirve en cierto modo de apéndice á la 
primera. 

Para mayor claridad, describiremos primero el método 
de que Mr. Hankel se ha servido en sus estudios, y luego con- 
sideraremos sumariamente les resultados generales que es 
permitido deducir de ellos. 

La sal que se trataba de examinar se ponia en un crisol 
de platino de mediana capacidad, pendiente de un hilo también 
de platino, fundiéndola por medio de una lámpara de alcool 
de doble corriente de aire, corriente cuya intensidad se au- 
mentaba cuando era necesario, empleando al efeclo un soplete. 
Introducíase entonces por su parte superior un hilo aislado de 
platino, oro ó plata, que penetraba á la profundidad necesaria 
en la masa salina. Cuando se querían observar las corrientes, 
eléctricas, se ponia el crisol en contacto, por medio de su hilo 
de sustentación, con la extremidad del hilo de un multiplica- 
dor, y el hilo de platino que penetraba en la sal, con el otro 
hilo de dicho multiplicador. Por otra parle, si se queria medir 
la tensión eléctrica se ponia en contacto, ya el crisol (después 
de haber aislado su punto de apoyo), ya el hilo interior con la 
hoja de oro de un electrómetro, ó con el plalillo de. un condensa- 
dor, hallándose el hilo ó el crisol respectivamente en comunica- 
ción con la tierra. Para mayor brevedad, llamaremos á la cor- 
riente que marcha del crisol al hilo, corriente ascendente, y á 
la que del hilo va al crisol, corriente descendenle. 

Si se deja enfriar la masa fundida de sal después de ha- 
ber introducido en ella el hilo, luego que se la calienta de 
nuevo se forma, cuando empieza á enfriarse, una corriente as- 
cendente en la sal sólida; si es conduclriz, por débilmente que 
lo sea, dicha corriente pasa del metal más caliente al más 
trio. 

No bien la sal, en contacto con las paredes del crisol, em- 
pieza á fundirse, hay condiciones para una corriente descen- 
dente; sin embargo, en el mismo momento la temperatura del 
hilo es generalmente superior á la del hilo introducido en la 
masa sólida de la sal. La dirección del desviq de la aguja del 



270 

galvanómetro, á consecuencia de las dos fuerzas eléctricas que 
obran en dos direcciones exactamente contrarias (corriente as- 
cendente ó descendente), depende de la energía relativa de las 
dos fuerzas. En muchos casos puede cambiarse á arbitrio di- 
cha dirección, modificando la magnitud relativa de las dos 
fuerzas. 

Cuando la fusión es completa, fórmase una corriente ascen- 
dente, excepto en el caso del sulfato de potasa y cobre, tal cual 
debe esperarse de la diferencia de temperatura. 

Apagando la lámpara antes de que la sal empiece á solidi- 
ficarse, la relación de los dos polos metálicos, relativamente á 
la temperatura, es inversa de lo que era durante la aplicación 
del calor, habiendo por tanto formación de una corriente as- 
cendente. (El sulfato de potasa y cobre, el nitrato de potasa y el 
de sosa son excepciones de dicha regla, pues en estas sales hay 
corriente descendente.) 

La solidificación ulterior, por efecto de la cual la pared del 
crisol se halla en contacto con la materia sólida y el hilo con 
la materia líquida, produce una corriente ascendente, es decir, 
una corriente en dirección opuesta á la determinada por la fu- 
sión procedente de la masa. ¿Es bastante poderosa esta causa 
para ocasionar el desvío déla aguja en la dirección correspon- 
diente? ¿Cuál es la extensión de tal desvio? Cuestiones son estas 
que se resuelven como anteriormente, es decir, atendida la 
magnitud relativa de las fuerzas eléctricas puestas en acción, 
por un lado, á causa de la diferencia de temperatura (de los 
polos de platino), y por otro, por el contacto de cuerpos en di- 
ferentes grados de agregación. 

Verificada la solidificación, en el caso de que el hilo persista 
siendo conductor, hay por lo regular una corriente ascendente, 
debida á la diferencia de temperatura. Es probable que la pre- 
sencia anómala de una débil corriente ascendente en el término 
del enfriamiento del nitrato de potasa, sea efecto de la diferen- 
cia de las temperaturas del platino, crisol é hilo. 

Una mezcla de cantidades equivalentes de carbonato de 
sosa y de carbonato de potasa, forma desde luego, al enfriarse, 
una masa pardusca y opalina, que al cabo de poco tiempo se 
cambia en una sal blanca y cristalina. Este paso de un estado 



271 

á otro parece ir igualmente acompañado de un desarrollo par- 
ticular de electricidad, pasando la corriente en dirección as- 
cendente. Del mismo modo, aplicando el calor, la trasformacion 
inversa da lugar á una corriente en dirección opuesta, es decir, 
á una corriente descendente. 

En el caso del carbonato y del fosfato de sosa, en el mo- 
mento mismo del término del enfriamiento, y después de ha- 
berse observado por largo espacio de tiempo una corriente 
descendente , se ve presentarse otra débil ascendente, cuya 
formación se debe probablemente á una polarización determi- 
nada por el paso anterior de la corriente descendente. El autor 
se ha cerciorado, por medio de experimentos especiales, de la 
posibilidad de esa polarización. 

Cuando las sales, como por ejemplo el borato de sosa, se 
solidifican después de haberse fundido, y luego que se han soli- 
dificado se desprenden por sí mismas de las paredes del crisol, 
en el momento en que la sal tiene todavía la facultad de con- 
ducir la electricidad, se manifiesta una corriente descendente. 
Si la separación es repentina, dicha corriente es fuerte, pero 
de duración momentánea; sí, por el contrario, la separaciones 
gradual, la corriente continua después de ella, pero su fuerza 
es más débil. 

Si el bórax desprendido del crisol de la manera que acaba- 
mos de describir se calienta inmediatamente de nuevo, el res- 
tablecimiento del contacto entre la sal y el crisol va acom- 
pañado de la producción de una corriente, que lleva asimismo 
la dirección descendente. Su causa es, según todas las pro- 
babilidades, el repsntino enfriamiento que el platino, fuerte- 
mente calentado, experimenta cuando se pone en contacto con 
la sal que está más fría; y esto es tanto más verosímil, cuanto 
que venios desenvolverse corrientes de este género siempre 
(|ue una burbuja de aire de cierta magnitud, formada en las 
paredes del crisol, sale atravesando la masa pastosa del bórax 
fundido, y al fin se rompe. 



272 

QUIilICit. 

Memoria sobre la composición química de los gases arrojados 
por los respiraderos volcánicos de la Italia Meridional; por 
MM. Ch. SAINTE-C4LAIRE Deville y Félix Leblanc, 

(Aoal. de Química y Física, enero 1838.) 

Los autores de esta Memoria resumen sus trabajos en las 
siguientes 

CONCLUSIONES. 

I. Fumerolas recogidas de la lava del Vesubio el año de 
18o5. Nuestras nuevas análisis manifiestan con mayor segu- 
ridad el hecho que resultó de las verificadas en los sitios mis- 
mos, á sabar: que las fumerolas anhidras y no acidas llevan 
consigo una mezcla de oxígeno y ázoe en proporciones iguales 
casi á las del aire normal, al paso que las fumerolas que con- 
tienen rastros de vapor de agua, ácido clorhídrico y ácido sul- 
furoso, indican falla de oxigeno respecto del ázoe. 

Las análisis de Humphrey Davy de los gases de la lava 
de 1820 del Vesubio, y las de Mr. Bunsen de los gases 
de la lava del Heola de 1845, parecen referirse á la última 
clase de fumerolas 

IL Fumerolas clorhidrosulfurosas, ó que contienen á un 
tiempo ácido clorhídrico y ácido sulfuroso. Parecía natural 
pensar, atendiendo á lo que precede, que siempre que se des- 
prenden estas fumerolas, no ya de la lava sino de un cráter 
volcánico ó de una grieta, se hallarían en los elementos del aire 
que los acompaña iguales alteraciones. 

Así lo patentizan con efecto de una manera notable las mu- 
chas análisis mencionadas en nuestra Memoria, de los gases 
arrastrados por las fumerolas dorbídro-sulfurosas del Vesubio, 
del Etna y de Vulcano. 

in. El gas de las fumerolas dignas de atención que se 
desprenden del fondo del cráter del Vesubio, con llamas ó sin 
ellas, y que depositan el ácido bórico, el azufre, el clorhidrato 



273 
y el yodo, liklralo de amoniaco, el sulfo-seleniíiro de arsénico, 
los indicios de compuestos fosforados, etc., está formado de 
ácido sulfuroso y de aire escaso de oxigeno, y acompañado de 
vapor acuoso. El ácido carbónico falta completamente en estas 
fumerolas. 

IV. Fumerolas sulfhidro-carbónicas , caracterizadas por 
la presencia de los ácidos sulfhídrico y carbónico. Las ema- 
naciones de este género, han sido señaladas por primera vez 
en esta Memoria entre las del cráter superior del Vesubio: 
despréndense, por lo demás, de orificios distintos de los que 
despiden los gases clorhidro-sulfurosos, y que representan un 
papel del lodo diferente en la distribución de las fuerzas volcá- 
nicas. 

Esta circunstancia establece, como se ve, una analogía que 
hasta el dia no se había notado, entre algunas de las fumerolas 
superiores del Vesubio y las emanaciones sulfhidro-carbónicas 
que Mr. Boussingault dio á conocer hace mucho tiempo en los 
volcanes de la Nueva-Granada. Estos gases, ora fuesen recogi- 
dos en la Sulfatara dePouzzoles, ora en el lago de Agnano, ó en Vul- 
cano, y fuera cual fuese su abundancia originaria de ácido sulfhí- 
drico, nunca han presentado en la análisis, hecha en el labora- 
torio, vestigios de este ácido. Nos hemos explicado la desapari- 
ción de este último gas, por su reacción sobre el oxigeno del 
aire húmedo que le acompaña. Así se ve en algunas análisis, 
que la relación entre el oxígeno y el ázoe disminuye y llega á 
ser, por ejemplo, de 11 á 89. 

Habiendo además encontrado en muchas muestras grandes 
proporciones de ácido sulfuroso, gas notoriamente incompati- 
ble con el ácido sulfhídrico húmedo, hemos procurado indagar 
siesta anomalía podría explicarse, admitiendo que en el mismo 
momento en que fué recogido el gas, sehabian producido reac- 
ciones parecidas á las que Mr. Piria ha verificado en sus inge- 
niosos experimentos relativos á las fumerolas. 

Los gases originariamente hidro-sulfurados nunca nos han 
presentado hidrógeno libre, como lo ha evidenciado Mr. Bun- 
sen, respecto de los gases de las sulfataras de la Islandia. 

V. Un hecho que también resulta de nuestras investigacio- 
nes, es el siguiente: aun en los gases muy abundantes de ácido 

TOiUO IX. 18 



274 
carbónico, como los de la gruía del Perro, de la gruía de amo- 
niaco en Agnano, y del manantial acidulo de Palerno, en Sici- 
lia, ele. (gases que no conlienen ningún compueslo susceptible 
de oxidación), las relaciones entre el oxigeno y el ázoe no son 
las del aire ordinario. En Palerno, por ejemplo, el oxígeno es al 
aire : : 14,3 : 8o, 7; y en la gruía del Porro : : 19,4 : 80,6. 

VI. Emanaciones de ácido carbónico y de hidrógeno carbo- 
nado de la Sicilia. Hemos debido reunir en un mismo grupo 
todas las emanaciones gaseosas en que domina el carbono. El 
conjunto de nuestros resultados analíticos establece una serie 
de términos cuyos extremos estarán formados por el ácido car- 
bónico ó por el hidrógeno prolo-carbonado puros, y cuyos tér- 
minos intermedios indican proporciones gradualmente crecien- 
tes ó decrecientes de uno á otro de estos gases (1). 

Eslo es lo que demuestra el siguiente cuadro, en que hemos 
resumido la composición de estos gases, prescindiendo de las 
pequeñas cantidades de oxigeno, y descartando las cantida- 
des proporcionales de ázoe que constituyen con ellas el aire 
normal. 



Acidocarbónico, 

Ázoe 

Hidrógeno proto 
carbónico.. . . 



MACALÜBA 



de 
Xirbi, 



0,93 
1,12 

97,95 



100,00 



de 
Girgenli. 



1,25 
0,35 

98,40 



100,00 



de 
Tcrrapi- 



6,34 
0,00 

93,60 



100,00 



SAU^ELL\ 


de 

S. Biag- 

gio. 


de 
Paterno. 


del lago 

de 
Nafta. 

99,29 


69,95 


94,53 




0,00 


0,00 


. 30,05 


5,47 


0,71 


100,00 


100,00 


100,00 



98,26 
1,74 

0,00 
100,00 



(I) No hemos encontrado en estas mezclas gaseosas el bicarburo de hi. 
drógeno, C^ ff', señalado en algunas análisis hechas por Mr. Bunsen en 
los gases mencionados por Mr. Abich, de las salsas del Cáucaso, en las 
inmediaciones del mar Caspio; análisis de que se da cuenta en la Memoria 
del segundo de estos sabios. 



275 

Las análisis químicas presentaban aquí un interés particu- 
lar, á causa de la naturaleza de los gases, que sólo podían 
estudiarse de una manera exacta en el laboratorio. Estas aná- 
lisis han venido á confirmar las deducciones sugeridas más par- 
ticularmente por el estudio de las condiciones de localidad. 

Finalmente, el gas del manantial de Santa Yeneriua nos 
muestra reunidos en las laderas del Etna los dos gasos hidroge- 
nados, cuya formación suministrará en las solfataras el ácido 
sulfuroso, el azufre en vapor, el agua y el ácido carbónico. 

En resumen, el conjunto de nuestras análisis y su discu- 
sión nos inducen á considerar un volcan activo, v. gr., el Ve- 
subio ó el Etna, como un centro al que van á convergir (con 
arreglo á cierto número de planos estratigráficamente determi- 
nados) las emanaciones que representan los productos de la 
combustión de diferentes compuestos gaseosos. 

Vemos allí gigantescas chimeneas donde la introducción del 
aire atmosférico verifica dicha trasformacion á una tempera- 
tura muy elevada. A medida que nos alojamos de este centro 
de actividad, siguiendo la huella de cada uno de los planos erup- 
tivos, volvemos á hallar, en un momento dado, en los pro- 
ductos de emanación, las señales de una combustión cada 
vez menos enérgica; observándose variaciones del mismo gé- 
nero á medida que se aleja el momento inicial de la erupción 
que le ocasionó. 

En una palabra: teniendo en cuenta á la vez el tiempo y 
el espacio, repetiremos que la naturaleza de las emanaciones 
producidas por un mismo punto, varia con el tiempo que ha 
trascurrido desde el principio de la erupción; mientras que en 
un momento dado la vialuraleza de las fumerolas, en diferentes 
puntos, varia con la distancia al foco eruptivo. 



276 

Gas hidrógeno siliceado: por Mr, Wohler. 

(L'lnslltut, 15 setiembre •I8S8.) 

«A pesar de mis numerosos experimentos, dice Mr. Woh- 
ler, aún no he conseguido preparar, por via química pura, el 
gas hidrógeno siliceado. No obstante, estaba demostrado que 
se forma cuando se disuelve en ácido clorhídrico el aluminio 
y el manganeso mezclados con silíceo, pero en cantidad tan 
pequeña que el hidrógeno con que está combinado no es espon- 
táneamente inflamable. La casualidad ha dado á conocer una 
raanei'a de prepararlo tan fácilmente como el hidrógeno fosfo- 
rado; y esto hasta tal punto, que sus propiedades notables 
pueden muy bien demostrarse en una lección pública. Mr. 
Martiuá, hijo, ha sido el primero que ha hecho en mi labora- 
torio la observación de que una escoria obtenida en la prepa- 
ración del magnesio por el procedimiento de Mr. Enrique 
Sainte-Claire Deville, tenia la propiedad de desprender un gas 
espontáneamente inllamable. Este gas, en tal caso, no podía 
ser sino el hidrógeno siliceado. procedente sin duda del magnesio 
que contenia sílice. Muchos experimentos que hemos verifica(!o 
en común, han confirmado completamente esta suposición. 

El modo de preparar la materia propia para la produccioíi 
del gas, es el siguiente. Redúcense á polvo fino en una cápsula 
caliente 40 gramos de cloruro de magnesio fundido, 3o gra- 
mos de fluosiiiciuro de sodio fuertemente evaporado, y logra- 
mos de cloruro de sodio, fundido; mézclase todo íntimamente 
agitándolo en un tubo cerrado y caliente, y se añaden 20 gra- 
mos de sodio que se parlen en pedacilos, con la posible rapidez, 
mezclándolos por medio de la agitación con el polvo. Tómase 
al mismo tiempo un crisol de Hesse, que se calienta hasta el 
rojo, y en el cual se echa de una vez toda la mezcla. Después 
de haber tapado el crisol se activa un poco el fuego, y se conoce 
que se verifica la reacción cuando se oye un chasquido continua- 
do. No bien cesa esc ruido y se apaga una llama de sodio bajo 
de la tapa del crisol, se aparta este del fnego, se deja enfriar, y 
se rompe. 

El crisol encierra una masa fundida de color negro-par- 



277 
diisco, llena de parlículas ó glóbulos de un brillo raelálico, 
de color negro de hierro subido. Esia masa sirve inmediala- 
menle para desprender gas hidrógeno siliceado. Más adelante 
volveré á hablar de esío; ahora haré notar que por medio de 
otras relaciones, y en particular con menos sodio, se consiguen 
masas que desenvuelven muy bien un gas espontáneanienle 
inflamable. Hemos obtenido uno que presentaba dicha propie- 
dad, sustituyendo al Iluosiliciuro de sodio una mezcla decriolito 
y de vidrio soluble, ó el cloruro de magnesio fundido con el 
cloruro de magnesio y de sodio, preparado disolviendo mag- 
nesia blanca en ácido hidroclórico, mezclando i de sal marina, 
evaporando completamente, y secando y fundiendo. 

Para desarrollar el gas se agita la masa, groseramente pul- 
verizada, en un frasco pequeño con dos agujeros, en uno délos 
cuales se adapta un tubo de desagüe que llega hasta el fondo, y en 
el otro un tubo grueso y corto de desprendimiento. Llénase 
este frasco enteramente de agua, y se sumerge en la cuba 
hasta que quede debajo de la superficie del agua, de manera 
que el tubo de desprendimiento se halla lleno de líquido, y 
no queda en él ni una sola burbuja de aire. Después de colo- 
car en la boca de dicho tubo una campana llena de agua, se 
echa poco á poco por el tubo de embudo ácido clorhídrico con- 
centrado, teniendo la precaución de que no se introduzca la 
menor burbuja de aire. El gas se desprende con gran rapidez, 
formando una espuma abundante, que no se puede impedir que 
pase á la campana, y baje con tanta prontitud que se puede 
llenar de gas otra campana completamente libre de ella. 
Toda esta operación debe hacerse sirviéndose de agua hervida, 
porque con agua que contiene aire, el gas se presenta nebu- 
loso, y pierde al cabo de algún tiempo la propiedad de infla- 
marse espontáneamente. No es difícil mudar el gas recogido so- 
bre agua en una campana de espita á un vaso colocado sobre 
mercurio, y secarlo al mismo tiempo. Al efecto se pone en co- 
municación la campana con un lubo de cloruro de calcio, y este 
con otro tan corto y estrecho como sea posible. En el primer 
momento el gas se inflama, pero sin peligro, en el tubo lleno de 
aire, y después en la boca, que se introduce entonces en el mer- 
curio. 



278 

Ahora confirmaremos y complelareraos las observaciones ya 
hechas acerca de este gas. Cada burbuja se inllaraa en el aire 
con una viva explosión y una llama blanca. El ácido sílico pre- 
sente forma también la mayor parle del tiempo, y absoluta- 
mente lo mismo que el gas hidrógeno fosforado, una hermosa 
nube anular que se resuelve en fdamenlos y copos que flotan 
en el aire. Estos filamentos ó copos son de color oscuro, á causa 
del silíceo que no se ha quemado. Cuando el gas de un tubo 
sale al aire, da una llama prolongada, blanca y de gran brillo. 
Si se abre en el aire un pequeño cilindro lleno de gas, la llama 
desciende poco á poco, y toda la pared interior del cilindro se 
cubre de silíceo oscuro amorfo. Si se dirige el gas al aire en- 
cerrado en el agua, la nube silícea que resulta de la combus- 
tión se presenta en forma de una harina blanca que sobrenada 
en la superficie del agua. El gas se descompone completamente 
aun al más débil calor rojo. Encerrado en un tubo sometido 
á esta baja temperatura, el tubo se cubre en todo su interior de 
un espejo de color oscuro subido, opaco, de siliceo amorfo. Lo 
mismo sucede cuando se dirige su llama á una cápsula de 
porcelana, habiéndose observado hace mucho tiempo que de 
tona vivamente con el cloro. Por el contrario, se le puede mez- 
clar sin que experimente cambio alguno, con el ázoe y el pro- 
tóxido de ázoe. Las disoluciones de sosa y el amoniaco ejercen, 
á lo que parece, poca acción en él. 

A pesar de su extraordinaria inflamabilidad, dicho gas, 
preparado como queda dicho, contiene además una mezcla, co- 
mo lo han demostrado nuestros experimentos, de una cantidad 
bastante notable de hidrógeno libre, pero, sin embargo, en 
proporción menor que el preparado por la vía electrolítica, como 
puede deducirse de los fenómenos luminosos, quo son mucho 
más vivos é intensos. Aún no hemos podido conseguir un re- 
sultado seguro relativamente á las proporciones cuantitativas de 
la mezcla; únicamente hemos confirmado de una manera gene- 
ral una observación anterior, esto os, que el volumen del hi- 
drógeno que contiene experimenta una condensación. En efec- 
to, si se calientan volúmenes medidos de gas seco encima de 
mercurio en tubos encorvados sobre una gran lámpara de al- 
cool, hasta que no deposite siliceo oscuro, hemos visto en dos 



279 

experimentos que 100 volúmenes de gas suminíslraban de 115 
áll2. 

Por lo que hace á las nuevas propiedades observadas en 
este gas, diremos que precipita muchas disoluciones metálicas. 
Estas son las de sulfato de cobre, azoato de plata y cloruro de 
paladio. No ejerce acción alguna en las de acetato de plomo 
y clorido de platino; siendo las únicas sales que se han ensa- 
yado hasta el dia. Los referidos experimentos se han hecho 
introduciendo el gas en tubos cerrados y llenos de la disolución 
metálica, y agitándolo al momento. 

En la superficie de la sal de cobre y en las paredes del tubo 
mojadas por su disolución, se forma también una película de 
color de cobre subido, que en capas delgadas y por trasparen- 
cia, parece de amarillo oscuro. Debajo de esta película se reúnen 
poco á poco algunas burbujas de gas; y cuando este se halla 
completamente descompuesto, se ve, lo cual es extraño, que el 
volumen del hidrógeno restante aumenta siempre. 

El siliciuro de cobre formado así, se altera prontamente 
al aire, y se trasforma en un silicato de protóxido de cobre, de 
color amarillo de limón. Cuando se trata por el ácido nítrico 
dilatado, se descompone inmediatamente abandonando cobre 
metálico. El ácido clorhídrico le disuelve, desprendiendo hidró- 
geno, y depositando oxido de silíceo. En las soluciones alcali- 
nas desprende vivamente hidrógeno, y deposita cobre libre de 
silíceo. Como desprende hidrógeno aun con el amoniaco, pa- 
rece que contiene una mezcla de óxido de silíceo, cuya formación 
pudiera muy bien tener alguna relación con el aumento de vo- 
lumen. 

En la sal de plata se precipita una sustancia negra, que sin 
duda alguna es siliciuro de plata; pero al mismo tiempo hay re- 
ducción de plata metálica gris. En este caso no se ha advertido 
aumento en el volumen del hidrógeno. 

En la sal de paladio, el metal se reduce y no contiene si- 
liceo. 

Era en alto grado interesante estudiar de una manera par- 
ticular el compuesto que el gas hidrógeno siliciado forma en 
su descomposición por el ácido clorhídrico. Hemos emprendido 
muchos experimentos con este objeto, y empleado mucho sodio 



y cloruro de magnesio, sin haber podido hasla el dia llegar á 
ningim resullado decisivo. Hé aquí las observaciones que acerca 
del particular hemos hecho. 

Como ya hemos dicho, no se obtiene el compuesto que des- 
prende el gas en la preparación en pequeño, sino en partículas 
ó en muy pequeños glóbulos fundidos en la escoria. Hemos inten- 
tado reunir dichas partículas ó glóbulos en una masa y obte- 
nerlos en estado de fusión, emprendiendo las reducciones con 
la adición de espalo íluor, en un hornillo de aire con mucho 
tiro, y graduando el fuego, después de la reducción, hasta la 
temperatura do la fusión de la fundición de hierro, cuando 
menos. De este modo hemos obtenido un botón metálico bien 
fundido, de color negro subido, cuyo ligero peso estaba lejos 
de corresponder á la cantidad de materia empleada. Esta sus- 
tancia es enteramente parecida al siliciuro de aluminio: es que- 
bradiza, y de fractura cristalina. Sometida á la acción del 
ácido clorhídrico desprende un gas que se inflama vivamente 
por sí mismo, y deja silíceo cristalino y óxido de silicio denso, 
que se conoce en que vertiendo amoniaco en el residuo, des- 
prende gas hidrógeno espumoso. La formación de la espuma 
hace que la acción del ácido cose pronto en un pedazo entero 
de la sustancia, pero vuelve á mostrarse cuando se tritura 
esta. 

En una disolución de sal amoniaco, en la que, como es sabido, 
se disuelve el magnesio con la mayor facilidad, esta sustancia, 
empleada en pedazos, desprende primero vivamente hidrógeno; 
pero el desprendimiento cesa al cabo de algún tiempo. Si en 
vez de emplearla en pedazos, se pulveriza, y se le vierte enci- 
ma una disolución de sal amoniaco, despréndese entonces con 
extremada viveza un gas espontáneamente inflamable; la diso- 
lución, que despide un fuerte olor de amoniaco, contiene mu- 
cha sal de magnesio. Cuando la acción ha cesado enteramente, 
queda un polvo metálico pardusco, que desprende vivamente 
con el ácido clorhídrico un gas hidrógeno no inflamable por 
sí mismo, y deja al fin silíceo cristalino con óxido de si- 
liceo. 

Asi, pues, estas masas metálicas están, al parecer, mezcla- 
das con tres sustancias: silíceo libre; siliciuro de magnesio, 



281 

que desprende con la disolución de sal amoniaco, y en particu- 
lar con el ácido clorhídrico, gas hidrógeno siliciado; y un 
siliciuro de magnesio, que con el ácido clorhídrico forma hi- 
drógeno libre y óxido de silíceo. Esle se halla siempre con- 
lenido en la espuma que se forma cuando se prepara el hi- 
drógeno siliciado, y es además la causa de esa abundante espuma 
que produce dicha masa. 

En una de las preparaciones de la escoria propia para 
preparar el gas, verificada en mayor escala que de ordinario, 
se ha encontrado, evidentemenle á consecuencia de la alta 
temperatura que ha tenido lugar en el momento de la reduc- 
ción, gran número de globulillos negros metálicos, pero que 
reunidos todos apenas pesan 1 gramo. A semejanza de la es- 
coria, los glóbulos desprendían vivamente un gas que se infla- 
maba espontáneamente, y se disolvían, no dejando sino óxido 
de silíceo, pero no silíceo metálico. Como en muchos puntos se 
advertía magnesio libre, se han tratado 0,594 gramos por la 
disolución de sal amoniaco concentrado, mientras el residuo 
ha desprendido hidrógeno. La acción se ha verificado desde 
luego con producción considerable de calor y desprendimiento 
de amoníaco. El residuo, ínsoluble en la sal amoníaco, pesaba 
0,189 gramos, y por lo tanto era de 348 por 100. 

Este residuo consistía en un agregado de octaedros regula- 
res oscuros de plomo, perceptibles á la simple vista. Los 0,189 
gramos se disolvían en el ácido clorhídrico con un vivo des- 
prendimiento de gas, que al pronto no se inflamaba, pero que 
muy poco después se inflama espontáneamente con una fuerte 
esplosíon. No quedó resto alguno de silíceo, sino únicamente 
óxido de silíceo blanco y pulverulento. Este óxido dio después 
de la calcinación 0,124 gramos de ácido silícico = 0,058, ó sean 
30 por 100 de silíceo. 

El fosfato de magnesio precipitado de la disolución, pesó 
después de la calcinación 0,463 s-'^O, 100, ó 52,9 por 100 de 
magnesio. De 100 partes del compuesto empleado, sólo fallaban 
pues 16,7, Sí se supone que estas so componían de silíceo que 
se desprendió en forma de hidrógeno siliciado, y se añaden 
las 30,6 por 100 de silíceo obtenido, este compuesto cristali- 
zado constará por consiguiente de 



Magnesio 59,9 

Silíceo 47,1 

¡00,0 

lo que corresponde con bástanle exactitud á la fórmula lilg-'Si. 
Si el compuesto formase directamente con el ácido clorhídrico 
cloruro de magnesio y gas hidrógeno siliciado, este resultaria 
compuesto según la fórmula Si H^, y constaría de { volumen de 
silíceo y 2 de hidrógeno. Pero, como se ve, contiene al mismo 
tiempo óxido de silíceo, cuya formación podría consistir en una 
reacción secundaria, y con intervención simultánea de hidro- 
geno libre en su composición. Mr. Martius se ha propuesto re- 
solver esta cuestión con la ayuda de nuevos experimentos. 



FlSlCil DEL. OL.OBO. 

Magnetismo lerrestre; por Mr. Sabine. 

(L'Institiil, JO marzo 1838.) 

El mayor general Sabine presentó á la Sociedad Real de 
Londres el informe siguiente sobre los trabajos llevados á cabo 
hasta el día por los observatorios magnéticos establecidos en 
muchas colonias inglesas por los desvelos del gobierno, y acerca 
de los curiosísimos resultados dados por las observaciones. 

«Se me hadado á entender, dice Mr. Sabine, que una re- 
vista sumaría de los trabajos verificados por los observatorios 
magnéticos de nuestras colonias sería acojido con interés, y que 
la persona de quien debía el público esperarla, era aquella á 
quien se hallaba coníiada la dirección de dichos establecimien- 
tos. Aprobando completamente ambas proposiciones, he apro- 
vechado esta ocasión para añadir algunas observaciones, ó es- 
planar ciertas ideas relativas á las medidas que parecen indis- 



2S3 

pensables, á fin de proseguir el objeto que ha hecho recomendar 
el establecimiento de los observatorios. 

«Los trabajos magnéticos que se trataban de ejecutar en 
los observatorios coloniales abarcaban una esfera infinitamente 
más extensa que los ideados por instrucciones anteriores, ó que 
los instalados por establecimientos públicos ó privados, así bajo 
el punto de vista de las disposiciones, como relativamente al 
material de los instrumentos. En efecto, los nuevos trabajos no 
se limitaban, como anteriormente, á la observación de un sólo 
elemento, la declinación, ó á la combinación de una sola de 
las componentes de la fuerza magnética, sino que las instruc- 
ciones de la Sociedad Real y los instrumentos que bajo su di- 
rección se hablan preparado, exigían un examen en todos los 
ramos de detalle de cada uno de los tres elementos que, 
combinados entre si, representan, no parcialmente sino por 
completo, la totalidad de las afecciones magnéticas que se ma- 
nifiestan en la superficie del globo, clasificadas bajo los dife- 
rentes aspectos de valores absolutos, los cambios seculares, y 
las variaciones, ya seculares ya fortuitas, y procedentes de can 
sas, ora internas ora externas. Para satisfacer á las exigencias 
del raciocinio inductivo, era necesario que los resultados oble- 
nidos comprendiesen todas las particularidades bajo los dife- 
rentes puntos principales que era posible obtener por medio de 
observaciones experimentales de limitada duración. A fin de 
que no hubiese incertidumbre alguna relativamente á los dife- 
rentes objetos hacia que, en una empresa tan nueva, convenia 
dirigir la atención, el informe presentado á la Sociedad Real 
formulaba en un pequeño número de proposiciones, notables á 
la par por su claridad y su concisión, el desiderátum de la cien- 
cia magnética. Acaso es útil reproducir estas proposiciones, 
para dar á conocer hasta qué punto han cumplido los observa- 
torios con el programa propuesto. 

»Los observatorios, se dccia en el informe, se aplicarán 
naturalmente á los dos ramos principales en que se divide en 
la actualidad la ciencia del magnetismo terrestre. El primero 
comprende la distribución real de la infiuencia magnética por 
la superficie del globo en la época presente, en su estado me- 
dio, cuando se hace abstracción de los efectos de las fiuctuacio- 



284 
lies accidentales, ó cuando se eliminan estas, extendiendo las 
observaciones á un tiempo suliciente para neutralizar sus efec- 
tos. Los otros comprenden la historia de todo lo que no es per- 
manente en los fenómenos, ya se muestre el fenómeno bajo la 
forma de cambio ó de reproducción momentíinea, diurna, 
mensual ó anual, ó de variación progresiva no compensada por 
contracambio alguno, sino marchando continuamente y acu- 
mulándose en una dirección, de tal manera que llegue á alte- 
raren el trascurso de muchos años el valor medio de las canti- 
dades observadas. (Informe, págs. 1 y 2.) 

wRelativaraenle al primero de los dos ramos, es decir, la 
distribución real de la influencia magnética en el globo en la 
época actual, el Informe continua en estos términos: Los tres 
elementos, esto es, la dirección horizontal, inclinación é inten- 
sidad de la fuerza magnética, exigen que se les determine de 
una manera exacta antes de poder asegurar que se ha determi- 
nado completamente el estado magnético de cualquiera estación 

dada en el globo ; y como todos estos elementos se hallan 

en todos los puntos, como se ha averiguado, ea un estado cons- 
tante de fluctuación, y afectados de cambios pasageros é irre- 
gulares, el estudio de las leyes, extensión y mutuas relaciones 
de tales cambios, ha llegado á hacerse esencial parala ventajosa 
prosecución de los descubrimientos magnéticos. 

wEncuantoal segundo ramo, es decir, las variaciones secu- 
lares y periódicas, el Informe hace notar que hallándose mez- 
cladas las variaciones progresivas y periódicas con las transito- 
rias, es imposible separarlas de modo que se obtenga un 
conocimiento detallado y la análisis de las primeras, sin tener 
expresa cuenta de las últimas y sin eliminarlas. Y por lo que 
concierne á los cambios seculares en particular, se dice que 
era imposible deducir estos de la serie de observaciones, com- 
parativamente breves, sin darles una exactitud extremada, de 
modo que se determinase con perfecta precisión el estado me- 
dio de los elementos de los dos extremos del periodo comprendi- 
do, que, como ya se ha advertido, presupone un conocimiento 
de las desviaciones accidentales {casual). 

»Es evidente, en vista del extracto copiado, que en la dis- 
cusión de las observaciones, el primer punto, en el orden del 



285 
tiempo, debia necesariaraenle ser el descubrimiento de las leyes, 
extensión y relaciones mutuas de las variaciones pasageras é 
irregulares (según se denominaban en la época de la redacción 
del Informe), como el primer paso dado hacia la eliminación 
de su influencia en las observaciones que debian suministrar 
un conocimiento y una análisis cabal de los cambios progresivos 
y periódicos. Convendrá, pues, en primer lugar, dará conocer 
lo que han hecho los observatorios respecto á las variaciones 
llamadas accidentales {casual) ó transitorias. 

r)Variaciones accidentales. Todo lo que se sabia sobreestés 
fenómenos en la época de la redacción del Informe, era que 
de tiempo en tiempo se presentaban, y según se suponía de 
una manera irregular, algunas perturbaciones en la dirección 
horizontal de la aguja, que estaba averiguado se extendían con 
una uniformidad, que no era posible atribuir á la casualidad, 
simultáneamente en espacios considerables en la superficie de 
la tierra; y se creia que estos fenómenos se relacionaban de 
una manera desconocida, ya como causa ya como efecto, con 
las apariciones de la aurora boreal. El principal carácter por 
el cual podía reconocerse la presencia de una perturbación de 
dicho género en un instante cualquiera de la observación, ó 
del cual pudiese posteriormente deducirse su existencia, inde- 
pendientemente de la armonía ó de la comparación con otros 
observatorios, es al parecer el desvío de la aguja de la posición 
ordinaria ó normal, en una extensión que excede en mucho 
á la que razonablemente podía atribuirse á las irregularidades 
de las fluctuaciones periódicas ordinarias. Las observaciones 
hechas de las perturbaciones anteriormente al establecimíenlo 
de los observatorios coloniales, se limitaban principalmente á 
la declinación. Un escaso número de observatorios alemanes 
había empezado hace poco á anotar las perturbaciones de la 
fuerza horizontal; pero como todavía no se había llegado á nin- 
guna conclusión relativamente á sus leyes, el Informe dice que 
esas perturbaciones no parecen sujetas á ley alguna. En las 
instrucciones citadas antes se ha ensanchado el campo de los 
trabajos, llegando á abrazar los fenómenos de perturbación de 
los ires elementos; pero se ha insistido acerca de la importan- 
cia de su examen, no sólo con\o medio de eliminar su influencia 



286 
en los cambios periódicos y progresivos, sino también en el 
motivo independiente de que la leoria de las variaciones tran- 
sitorias podría muy bien llegar á ser uno de los puntos de más in- 
terés é importantes hacia que pueda dirigirse la atención de 
los observadores magnéticos; porque es indudable que se rela- 
cionan con las causas generales del magnetismo terrestre, y 
que conducirán probablemente á un conocimiento mucho más 
perfecto de estas causas que el que entonces se tenia. 

líl carácter de que acaba de hablarse, y que se ha conside- 
rado como aquel que presenta el único indicio seguro de las 
perturbaciones de este género, es decir, la magnitud del desvío 
del estado ordinario ó normal en el momento de la observación, 
ha sido utilizado en la discusión de las observaciones para el 
estudio de sus leyes, y ha suministrado los medios de recono- 
cer y separar de la masa entera de las observaciones horarias 
tomadas por espacio de muchos años, un número suficiente 
de observaciones que proporcione los datos necesarios para el 
descubrimiento, en tres puntos de la superficie déla tierra (uno 
en la zona templada del hemisferio boreal , otro en la misma 
zona del hemisferio meridional, y otro entre los trópicos), de 
las leyes ó condiciones que dirigen o determinan la presencia 
de las perturbaciones magnéticas. El método por cuyo me- 
dio se ha verificado la separación, se ha explicado en di- 
ferentes ocasiones, y su completa explanación se halla en las 
Transac. filosof. de 1836, art. XV. En virtud de un procedi- 
miento de igual género, las perturbaciones de magnitud princi- 
pal de cada uno de los tres elementos, declinación, inclinación 
y fuerza total, se han separado de las demás observaciones en 
los tres observatorios de Hobarton, Toronto y Santa Elena, ha- 
biéndolas sometido á una análisis cuyos pormenores existen en los 
preliminares de los tomos en que se consignan las observacio- 
nes. Merced á la adopción de una magnitud uniforme que se 
supone constituir una perturbación en todo el período compren- 
dido por la análisis, se ha hecho comparable la cantidad de 
perturbación en los diferentes años, meses y horas. El resultado 
de este examen (que no podía dejar de ser una operación muy 
laboriosa, toda vez que las observaciones en una sola de dichas 
estaciones, la de Toronto, pasaban mucho do 100.000, cada 



287 
una de las cuales debía someterse á muchas operaciones dife- 
rentes), ha hecho ver que los fenómenos de esta clase, que en 
lo sucesivo se podrán con razón y con ventaja designar con el 
nombre de ocasionales, están, en sus efectos medios, sujetos á 
leyes periódicas de un carácter muy sistemático, que los pone 
como primer paso hacia el conocimiento de sus causas físicas, 
en relación inmediata con el sol, como su causa excitadora pri- 
maría. Tienen: 1." una variación diurna, que sigue el orden 
de las horas solares, y descubre, por lo tanto, su relación con 
la posición del sol, tal como le afecta la rotación de la tierra 
sobre su eje; 2.° una variación anual, que se enlaza con la po- 
sición del sol relativamente á la eclíptica; 3." una tercera va- 
riación, que al parecer se refiere más dislinlaraente á una ac- 
L cion directa del sol, puesto que en su período, así como por las 
" épocas de máximo y mínimo, coincide con el notable periodo 
solar de unos 10, ó acaso más exactamente de 11 años nues- 

^lros: período cuya existencia nos ha sido revelada recientemente 
por los fenómenos de las manchas solares, pero que hasta el 
punto en que hoy es conocido, no tiene conexión alguna con 
una variación térmica ó física de ningún género (exceptuando 
la magnética) en la superficie de la tierra, así como con nin- 

Iguno de los demás fenómenos cósmicos que actualmente cono- 
cemos. El descubrimiento notable de una relación de semejante 
clase da, cuando menos en la apariencia, al magnetismo una 
posición mucho más elevada en la escala de las fuerzas naturales 
distintas, que la que tenia antes señalada: este descubrimiento 
pueden reclamarlo con mucha justicia los observatorios colonia- 
les, como resultado del sistema de observación que se les 
habia prescrito, y que se ha seguido con tanto esmero como pa- 
ciencia, puesto que por medio de las variaciones de perturba- 
ciones determinadas en dicha forma, se ha podido desde luego 
distinguir y anunciar la coincidencia entre los fenómenos de las 
manchas solares, y la magnitud como también la frecuencia 
de las perturbaciones magnéticas. {Phil. Trans., 1852, art. 8.) 
»La extensión y el mutuo enlace de las variaciones de per- 
turbación de los tres elementos, aun en una sola estación, su- 
ministran gran número de puntos de semejanza y de diferencia, 
muy á propósito para patentizar las causas físicas de estos no- 



288 

tables fenómenos; pero por poderosos que sean los dalos oble- 
nidos en una sola estación, su valor aumenla considerablemenle 
cuando podemos comparar y combinar los fenómenos análogos, 
tales como se presentan en diferentes puntos de la superlicie 
de la tierra. Prescníemos un solo ejemplo. Hay ciertas varia- 
ciones causadas por los efectos medios de las perturbaciones, 
que llegan á su máximo en Toronlo durante las horas de la 
noche; las variaciones correspondientes llegan á su máximo 
en Hobarton también durante las mismas horas, pero con una 
pequeña diferencia sistemática en cuanto á su hora exacta, y 
con la particularidad distintiva de que el desvío en Hobarton es 
del polo opuesto de la aguja (ó del mismo polo en la dirección 
opuesta) relativamente á la perturbación en Toronto, al paso 
que en otra estación, la de Sania Elena, que es tropical, las 
horas de perturbación principal no son las de la noche, sino 
las del dia. Un examen, aunque muy superficial, basta para de- 
mostrar que tratándose de generalizar los hechos, operación 
indispensable si ha de fijarse y aplicarse exactamente una teo- 
ría, se han de multiplicar las estaciones en que es necesario 
conocer los fenómenos. Las escojidas para la primera experien- 
cia lo han sido con bastante buen éxito, para demostrar la im- 
portancia de estos trabajos, y hacer que se les dé mayor exten- 
sión. Las variaciones de perturbación sólo se han señalado hasta 
el dia en los observatorios coloniales; tomando la experiencia 
por guia, se descubrirán también de una manera segura los me- 
dios de continuar con buen éxito este ramo de observaciones. 

Variaciones periódicas. «Los hechos han confirmado ple- 
namente la previsión expresada en el informe de la comisión, 
de que á fin de conseguir un conocimiento exacto de las varia- 
ciones periódicas regulares, resultaría que era necesario elimi- 
nar las perturbaciones accidentales. Si estas hubiesen sido pu- 
ramente accidentales (tomando esta palabra en el sentido de 
contradicción ó de oposición con las perturbaciones periódicas), 
la continuación suficientemente extensa de las observaciones 
hubiera podido determinar su compensación mutua. Pero sá- 
bese hoy que los efectos medios que producen están sometidos á 
leyes periódicas, y que dichas leyes, como también las de las 
variaciones periódicas regulares, son desiguales en sus épocas; 



289 
es pues evidente que oii su efeclo conjunlo é indiviso, hay dos 
variaciones debidas á causas diferentes, y que tienen leyes dis- 
tintas sobrepuestas unas á otras: para conocer la una clara- 
mente, es por consiguiente de todo punto indispensable elimi- 
nar la otra. Un ejemplo elocuente de la importancia de esta 
eliminación, se halla en la variación solar diurna de la fuerza 
total. Compréndese bien cuánta importancia tiene esta cuestión, 
ora sea que se trate de una variación cuyo origen se atribuya 
al sol por una simple ó doble progresión, bien sea (|ue esta va- 
liacion tenga dos máximos ó dos mínimos en cada 24 horas, ó 
sólo un máximo y un mínimo durante este período. Cuando no 
se separan las perturbaciones la progresión parece doble, con 
dos mínimos, uno durante la noche y el otro durante el día. 
Si se prescinde de las observaciones alteradas, el mínimo noc- 
turno desaparece, y se reconoce que la variación solar diurna 
de la fuerza total no presenta sino una sola inflexión notable en 
las 24 horas, á saber, la que se verifica mientras que el sol 
está sobre el horizonte. El mínimo de la noche no es en reali- 
dad sino el efeclo medio de las perturbaciones ocasionales. Es 
de presumir (|ue la inflexión nocturna de la variación solar diur- 
na de la declinación, puede atribuirse á la misma causa, es de- 
cir, á la superposición de dos variaciones diferentes. 

))Un examen minucioso de las variaciones solares diurnas 
de la declinación en los observatorios coloniales, ha descubierto 
la existencia, en las citadas estaciones, de una desigualdad 
an?ía/ en la dirección de la aguja, coincidiendo con los cambios 
de la declinación del sol, y que tiene sus máximos (en direccio- 
nes opuestas) cuando el sol está en los solsticios opuestos, y 
desaparece cuando dicho astro ha llegado á las épocas de los 
equinoccios. La comparación de los resultados del análisis en 
las mismas estaciones, ha demostrado que esa desigualdad pre- 
senta por carácter digno de atención el tener notablemente la 
misma dirección é igual extensión en el hemisferio boreal que 
en el austral, y en las zonas tropicales que en las templadas. 
Mr. Langberg, de Cristiania, ha presentado una ingeniosa ex- 
plicación de semejantes fenómenos; pero, sea ó no exacta, no 
es permitido dudar de la importancia teórica de los hechos, 
tanto más cuanto que es absolutamente imposible conciliarios 
Tono IX. 19 



290 

con la hipólosis que refiere las variaciones magnéticas á una 
causa térmica. Puede atribuirse al predominio general y casi 
exclusivo de la hipótesis térmica, y á su iníluencia sobre los 
raciocinios en materia de magnetismo, la bien conocida opinión 
errónea, emitida con confian/a por Arago {Annuaire dn burean 
des longitudes pour 1836), de que debe existir alrededor del 
globo una linea en que la aguja no presente ninguna variación 
diurna. Hay en la actualidad muchas razones para abrigar la 
seguridad de que, según los datos de la desigualdad anua des- 
cubierta en la forma dicha, no existe semejante línea, sino que 
por todas parles, en las regiones de su pretendida existencia, 
subsiste una variación diurna, con caracteres opuestos en las 
estaciones opuestas del año, debida á la posición del sol á uno 
y otro lado del Ecuador, y que no desaparece sino en las épo- 
cas en que el sol pasa de la declinación meridional á la sep- 
tentrional, y vice-versa. 

Variación lunar. Si las relaciones térmicas no han bastado 
para averiguar el lazo que une al sol con esas variaciones mag- 
néticas, que pueden indudablemente referirse áesle astro como 
á su causa primaria, la imperfección de dicha hipótesis se hace 
aun más evidente por la existencia de variaciones dependientes 
de la posición de la luna, relativamente al lugar déla observa- 
ción. A Mr. Kreil se debe la primera idea de la existencia de 
una variación lunar diurna de uno de los elementos, el de 
la declinación; idea que ha fundado en las observaciones veri- 
ficadas en Milán y Praga. En las Pililos. TransactionsÚQ ISÍiO. 
art. XXII, se ha publicado una exposición de los hechos relati- 
vos á la inlUiencia diurna de la luna en cada uno de los tres 
elementos magnéticos de Toronto, es decir, en la declinación, 
inclinación y la fuerza total. En este género de investigaciones, 
á pesar de la pequenez de los valores de que se trata, los medios 
mecánicos suministrados á los observatorios coloniales han 
sido á propósito para determinar, con una aproximación que 
satisface las necesidades teóricas actuales, el carácter y la ex- 
tensión, en cada uno de los elementos, del efecto regular diurno 
de la luna en los fenómenos magnéticos terrestres, cuya exis- 
tencia ni aun siquiera parece .se iiabia sospechado en el mo- 
mento de redactarse (í1 informe de la comisión. El descnbri- 



291 

niioülo (le la iníliiencia de la luna en uno de los elementos 
magnéticos, es debido, como acabamos de decir, á Mr. Kreil; 
pero Toronto es la primera y hasta el dia la única estación 
(|ue ha publicado los valores numéricos, en todas las horas lu- 
nares diurnas, de los tres elementos. Los documentos correspon- 
dientes á los que ha dado Toronto se encuentran, respecto á las 
estaciones de Santa Elena y Ilobarton, en los tomos de los tra- 
bajos de dichos observatorios, que se hallan actualmente en 
prensa. Todos los resultados presentan en las referidas estacio- 
nes el mismo carácter general. La influencia lunar no parece 
participar de la desigualdad decenal que se nota en todas las 
variaciones solares. (PMos. Transad., \Sol, íivL 1.) La va- 
riación lunar diurna de cada elemento es una progresión doble 
en las 24 horas, que tiene épocas de máximo y mínimo, dis- 
puestas simétricamente. Bajo el punto de vista del carácter, se 
diferencia, pues, de lo que podria esperarse si la luna poseyera 
un magnetismo inherente, es decir, si fuese un imán por si 
misma, como comunmente se dice; mas el referido carácter se 
armoniza, por el contrario, con los fenómenos que deberíamos 
ver producirse, si fuese magnético solamente por inducción 
bajo la influencia de la tierra. Créese, por otra parte, que la 
cantidad de la variación, tal como se ha observado en cada una 
de las estaciones, excede en mucho á la que se puede imaginar 
como producto de la acción inductiva de la tierra reflejada por 
la luna. En vista de semejante dificultad teórica, conviene tra- 
bajar á fin de adquirir un conocimiento más extenso de los fe- 
nómenos que el que actualmente se posee, antes de formar un 
juicio acerca de esta materia. Respecto á las particularidades 
secundarias, adviértese que existe una diferencia al parecer sis- 
temática, relativamente á las horas que constituyen las épocas 
de los máximos y los mínimos en las tres estaciones, así como 
también en lo referente á la extensión de las variaciones res- 
pectivas; cuyas diferencias se enlazan sin duda alguna con las 
causas de los fenómenos, y conducirán probablemente á su ex- 
plicación. Es, pues, muy de desear que el número de estaciones 
que ofrezcan determinaciones completas, como las suministradas 
hasta el dia sólo por los observatorios coloniales, se multipliquen 
por la superficie del globo. 



292 

»El dominio de las variaciones periódicas ha recibido d^ 
este modo una extensión considerable desde la época en que 
se redactó el informe do la comisión, y en lo sucesivo deberá 
comprender, además de las variaciones, cuya extensión es 
función del ángulo horario del sol, y de su longitud ó de su 
declinación (Inf. p, 10): 1." las variaciones de los tres ele- 
mentos, cuya simia es función del ángulo horario de la lu- 
na; 2.'* las variaciones que el informe de la comisión llama 
irregulares, ó que no observan ninguna ley aparente, pero que 
hoy se sabe están sujetas á leyes dependientes de la declina- 
ción del sol y del ángulo horario; 3.° eu fin, las variaciones 
así regulares como ocasionales, que en cuanto á su época y su 
extensión dependen en la apariencia de un periodo solar, cuya 
duración no está aún bien determinada, y se manifiestan asi- 
mismo por los cambios periódicos en la frecuencia y número 
de las manchas solares. A excepción de lá última clase, todas 
esas variaciones exijen para su generalización, que los fenóme- 
nos se estudien en diferentes puntos de la superficie de la tier- 
ra muy distantes entre sí ; y hoy se sabe, en virtud de la ex- 
periencia adquirida, que un número muy pequeño de años 
basta para las observaciones que deben hacerse en cada esta- 
ción con los aparatos y métodos recomendados por la Sociedad 
Real, cuando dicho estudio constituye el principal objeto de los 
que á él se dedican. 

Valores absolutos y variaciones seculares. ))Por interesante 
y preciosa que sea la adquisición de un conocimiento más com- 
pleto y exacto de las variaciones magnéticas, comparativamente 
mínimas, que se producen en la superficie de la tierra por la 
acción ó la influencia de los cuerpos exteriores, parece aún 
mayor su importancia cuando se trata de magnetismo terrestre, 
ramo separado de los trabajos de un observatorio magnético, 
que consiste en determinar los valores absolutos y los cambios 
seculares de los tres elementos magnéticos. Por medio de los 
valores absolutos se procura adíjuirir conocimiento del orden 
actual y presente, y de la distribución de la fuerza magnética 
terrestre por la superficie de la tierra, y reunir los materiales 
necesarios para examinar en lo sucesivo si la carga magnética 
de la tierra permanece o no constante. Finalmente, i)or la de- 



293 

lorminacion de la dirección y la extensión acUialcs de las va- 
riaciones seculares, se traía de adquirir el conociniienlo de las 
leyes, y en definiliva de las causas de esos cambios misteriosos, 
por medio de los cuales el estado magnético del globo en una 
época, pasa progresiva y sislemáticamente á otro. Por medio 
de delerminaciones de este género, obtenidas con la necesaria 
exaclilud en diferenles parles del globo, escomo debe especial- 
mente el observador inductivo, armado de paciencia, según 
las palabras del informe de la comisión, procurar remontarse 
á las leyes generales del raagnclismo terrestre. 

))En la época en que se escfibió el informe, habíanse con- 
cebido dudas acerca de la duración del tiempo en que convenia 
razonablemente manlener en actividad los observatorios colo- 
niales, y se dudaba si la duración señalada bastarla para deter- 
minar los cambios seculares; alegábase con mucha razón que 
tales variaciones no podian deducirse de una serie comparati- 
vamente limitada de observaciones, sin dar á estas una exqui- 
sita exaclilud, á fin de poder determinar con perfecto rigorismo 
el estado medio de los elementos en ambos extremos del período 
abarcado. Con mucha satisfacción, y con una gratitud muy 
merecida por los desvelos y las fatigas de los directores sucesi- 
vos del observatorio de Toronlo, y de sus auxiliares en este 
ramo de sus trabajos, declaro que ha sido posible determinar 
los valores absolutos y los cambios seculares de los tres ele- 
mentos contenidos en el tercer lomo de las observaciones de 
Toronlo; lo cual prueba que los instrumentos inventados y los 
métodos puestos en práctica han bastado, á pesar de las des- 
ventajas de una primera tentativa, para determinar los dalos 
con una exactitud muy superior á la suministrada por las ex- 
peiiencias anteriores, y que satisfará, por lo que puede juz- 
garse, á las necesidades actuales de los estudios teóricos. 
Este lesultado merece ser tenido en consideración, porque 
Toronto es una estación donde las variaciones accidentales y 
|)eri(klicas que debían, según se temía, intervenir no poco en 
la determinación de los valores absolutos, son de una magnitud 
desusada. Por consecuencia, los resultados conseguidos deben 
servirnos de estimulo el más poderoso para perseverar en una 
línea de investigaciones que ya no es en el dia una experiencia 



S94 

dudosa, y para darlo loda la extensión que el interés de la 
ciencia reclama. 

«Entre los resultados que han recompensado los trabajos 
de los observatorios coloniales en este ramo de sus estudios, 
no hay tal vez uno cuya importancia sea mayor bajo el punió 
de vista de la teoría general del magnelismo terrestre, que la 
conclusión deducida de las observaciones de declinación en 
Santa Elena, á saber, que la cantidad anual ij corriente de la 
variación secular se verifica por partes alictwtas iguales en 
cada mes y a un en cada quincena del año. La magnitud de la 
variación anual de declinación en Santa Elena (S', ó más exac- 
tamente T,93 en cada año de los ocho, durante los cuales han 
continuado las observaciones), y la tranquilidad relativa de 
las regiones tropicales con relación á las perturbaciones mag- 
néticas, son circunstancias que han hecho de Santa Elena una 
localidad preferible para un trabajo de esta naturaleza. El re- 
sultado ha sido desechar completamente la variación secular de 
la categoría de las relaciones atmosféricas ó térmicas, con la** 
que, á falta de un conocimiento exacto de los hechos, se le ha- 
bia asociado muchas veces; y demostrar de una manera termi- 
nante, que este es un fenómeno de un orden y regularidad mu- 
cho más sistemática de lo que generalmente se habia supuesto. 
También se ha probado que en cada uno de los ramos de 
esludios para que se ha recomendado el establecimiento de los 
observatorios coloniales, han llenado estos el lin para que se 
fundaron, y aun bajo muchos aspectos han sobrepujado la es- 
peranza de los que promovieron su fundación. El objeto de sus 
trabajos no ha consistido meramente en anotar las observacio- 
nes, ó en publicarlas bajo una forma tosca é indigesta; porque, 
según con mucha razón lo ha hecho notar una autoridad de 
gran peso ante la Asociación británica reunida en Cambridge 
en 1845 (Mr. Ilerschel), «cualquier hombre puede llevar un 
registro del tiempo y de la serie de los demás fenómenos dia- 
rios, aunque le falte el talento necesario para agrupar, combi- 
nar y hacer evidentes los resultados; mas para adelantar en un 
camino sencillo y recto de estudio inductivo, en una ciencia 
como el magnetismo terrestre, en la cual se trata de descubrir 
una teoría fisica, los esfuerzos deben dirigirse á consignar los 



293 

fenómenos palpables, procurando referir sus principales rasgos 
á medida, las medidas á leyes, las leyes á generalidades más 
elevadas, y en fin, paso á paso, á causas y á teorías.» La parte 
de mera observación no es ni debe considerarse sino como el 
cumplimiento de los trabajos de una institución tan importante 
como los observatorios magnéticos. La obligación de los direc- 
tores ó de los que les auxilian, deberá ser siempre consignar 
las deducciones sistemáticas que resultan de las observaciones 
anotadas, de los valores medios y de los coeficientes locales de 
los cambios diurnos, anuales y seculares; porque no hay per- 
sona alguna que pueda hallarse en posición tan ventajosa para 
establecer las leyes primeras y elementales de los fenómenos, 
y referirlos á sus puntos inmediatos de dependencia , como 
aquella que ha vigilado la práctica de los procedimientos, por 
cuyo medio se ban obtenido los datos necesarios para el cono- 
cimiento de los fenómenos. Las discusiones preliminares publi- 
cadas al frente de los diferentes tomos que comprenden las ob- 
servaciones de los observatorios coloniales, y la serie de las 
Memorias presentadas á la Sociedad Ileal, y publicadas en las 
Transacciones filosóficas, patentizan por lo menos un trabajo 
asiduo por parte de los directores, con el fin de completar la 
experiencia de los observatorios coloniales conforme al objeto 
de su idea primordial: esta parte de los trabajos no podia ha- 
ber sido confiada á personas más competentes » 

Después de haber citado muchos pasages de artículos escri- 
tos por Mr. Herschel en las Revistas inglesas, á fin de hacer 
resaltar el mérito y la utilidad del establecimiento de los ob- 
servatorios coloniales, añade Mr. Sabino: 

«Si se consideran los medios que pueden emplearse para 
continuar con más ventajas el camino ya abierto de estos eslu- 
dios, es natural examinar en primer lugar cuáles son las nue- 
vas estaciones que convendría adoptar; si sería preciso conser- 
var las mismas disposiciones que las establecidas en las elegi- 
das primitivamente; disposiciones que, según lo ha demostrado 
la experiencia, han sido oportunas. Con este objeto reproduciré 
aquí la opinión ([ue he sometido á la conferencia magnética y 
meteorológica de Cambridge en 184o, porque todo lo que pos- 
teriormente ha ocurrido no ha hecho mas que corroborarla. 



296 

»Anles de lerminar esta comunicación, decía entonces, de- 
seo llamar la atención acerca de las ventajas que resultarían 
de hacer extensivo á otras colonias inglesase! sistema de obser- 
vaciones que está practicándose en Santa Elena y el Cabo de 
Buena-Espcranza, pues me parece que en ellas podría conti- 
nuarse el mismo objeto de una manera eficaz y económica. Las 
colonias de Ceílán. Nueva-Brunswich, las Bermudas y Terra- 
nova se hallan en este caso; á cuyas cuatro estaciones pueden 
añadirse la isla de Mauricio y Demorara. 

Una ventaja inmensa é indudable que los futuros institutos 
de este género tendrán sobre los que han llevado á cabo sus 
trabajos, será el auxilio que reciban del observatorio físico 
de la Asociación británica en Kew, como observatorio cen- 
tral, donde se pre[5árarán y comprobarán sus instrumentos; 
se determinarán con esmero las constantes, etc.; donde se in- 
ventarán, según las circunstancias lo reclamen, nuevos apara- 
tos, que se someterán á las pruebas necesarias antes de poner- 
los á su disposición; y donde, en fin, podrán resolver.se todas 
las dificultades prácticas que se presenten á los directores. La 
omisión de un establecimiento de este género, cuando se han 
fundado los observatorios, es una falla grave, que ha tratado 
de compensarse, y casi no podía serlo, con los esfuerzos del es- 
tablecimiento de Woolwich, que tiene un destino diferente, y 
(jue es por olra parte insuficiente para cumplir todos los debe- 
res que pesan sobre él. 

«Hay también otra ventaja para proceder sin 'demora, la 
de consultar la experiencia de una persona (Mr. Sabino alude 
aquí á sí mismo), que ha dirigido, ó á lo menos lo cree así, 
con buen éxilo, el primer ensayo desde el principio casi hasta 
su fin; pero en el orden de la naturaleza esta ventaja sólo debe 
extenderse á un reducido número de años.» 



297 
IMETCOROLOCilA. 



I 



Memoria sobre la teoría general de los vientos, por Mr. Do ve, 
leída en la Academia de Ciencias de Berlin del 2 de febrero 
de 1857. 

(Ann. de Cliim. ct Pliys., octubre ÍSoT.) 

Hace más de un siglo que Hadley, en su Memoria publi- 
cada en las Transacciones filosóficas correspondientes á 1735, 
bajo el título de The canse of the general trade-wind, explicó 
los principios sobre que puede fundarse una teoría general de 
los vientos- Dichos principios son: 1.° La dilatación del aire por 
el calor, que hace que en las regiones donde la acción del sol 
produce la temperatura más alta, caldeado el aire, aumentando 
en elasticidad, y hallando encima el mínimo de resistencia, se 
eleve en la atmósfera; 2." la rotación diurna de la tierra; de la 
cual resulta que el aire que afluye hacia los puntos donde se 
produce la corriente ascendente, experimenta un desvío, siem- 
pre que la latitud del punto de partida es diferente de la del 
punto de llegada. Hadley se limitó á explicar, por medio de es- 
tos principios, el fenómeno de los vientos alisios. La aplicación 
délos mismos principios á la teoría de los monzones, es evi- 
dente: el aire que viniendo del S. pasa del Ecuador, produce 
el monzón S. O; y el N. E. se explica como el alisio de la mis- 
ma dirección. 

Hablando en rigor, el monzón N. E. no es otra cosa sino un 
alisio, y únicamente se hace monzón cuando, penetrando en ei 
hemisferio austral, toma la dirección N. O. En cuanto á la 
causa misma que hace penetrar en el hemisferio boreal hasta el 
Himalaya, y aun hasta el Japón, el alisio propio del hemisferio 
austral, debe buscarse en la disminución de presión que du- 
rante el verano experimenta la atmósfera del continente asiá- 
tico, y de que he hablado por primera vez en una Memoria co- 
municada á la Academia en 1842. La consideración de las iso- 
termas mensuales ba.staria para llegar á comprender por que 
el alisio S. E. avanza mucho más al N. del Ecuador en el mar 



298 

de las Indias (iiic en América; piM-o no explica cómo ose ali- 
sk) penelia aún mas allá de la región del máximo de lempera- 
Uira.^Sin el conocimienlo de la disminución de presión que ex- 
perimenta en verano la atmósfera del continente asiático hasta 
Siberia, el fenómeno de los monzones estaria en contradicción 
con la leoria de lladley. Por lo demás, si en Asia el lugar del 
minimo de temperatura no coincide con el lugar del máximo 
de presión, hallándose el primero á la latitud de Bombay y el 
segundo á la de Chusan y iNanquin, esto procede de la gran 
cantidad de vapor acuoso que hay en la atmósfera de las latitu- 
des meridionales, y que aumenta su presión; asi, pues, la dis- 
minución de fuerza elástica que resulta del aumento de tempe- 
ratura se encuentra compensada, al paso que esta compensación 
no puede verificarse más al N. en el interior del Conlinenle. La 
disposición enteramente diferente de tierra firme y del mar no 
permite al monzón de la costa de Guinea penetrar mucho en lo 
interior del África. En electo, el Mediterráneo suministra du- 
rante el verano una porción de vapor acuoso bastante para com- 
|iensar en el N. de África el efecto de la rarefacción del aire pro- 
ducida por el calor del sol. No obstante, es posible que haya 
en verano cierta disminución de presión en el interior del África. 
Las observaciones barométricas de Argel ofrecen una indica- 
ción evidentísima de ello. Las diferencias de los términos me- 
dios barométricos mensuales, y del término medio anual, son. 
en efeclo, las siguientes: 

nim muí 

Enero -[-0,61 Julio — 0.6:{ 

Febrero +0,43 Agosto —0,18 

Marzo —0,07 Setiembre -4-0,1 3 

Abril —0,25 Octubre +l,8(í 

Mayo -0,29 Noviembre —0,41 

Junio — O.n Diciembre -+-1,09 

Asi, pues, la presión barométrica presenta un minimo 
muy marcado en verano, que no se encuentra en luiropa. Por 
esta causa, en el mar Mediterráneo el viento se dirige durante 
el estío del N. hacia el S.; les vientos elesios son vientos 

del N. 



299 

Las razones expuestas explican complelamenle, si no uic 
equivoco, los caracteres particulares que distinguen á los mon- 
zones de los alisios, y el limite geográfico de su dominio. La 
extensa linea de montañas y mesetas que atraviesa el Asia de 
Oriente á Occidente representa un papel secundario en el fenó- 
meno; el de impedir que se establezca el equilibrio entre la 
extremada sequedad y la extremada humedad de las dos atmós- 
feras separadas por dicha línea. De aqui proceden las lluvias di- 
luvianas que caen durante el verano sobre la pendiente meridio- 
nal de las referidas montañas; de aqui resulta también proba- 
blemente la baja tan notable que experimenta el límite de las 
nieves perpetuas en esa misma pendiente meridional: las obser- 
vaciones más recientes demuestran al parecer que la escasez 
de las caídas de lluvia ó de nieve en la pendiente septentrional 
del Himalaya, es la causa principal del fenómeno. 

No se puede pensar en aplicar el principio de Hadley á los 
fenómenos complejos de la zona templada, si no se admite que 
la aparente arbitrariedad de estos fenómenos oculta alguna ley 
general. Con relación á esta zona, el problema es, pues, doblo; 
se necesita empezar sentando una ley general, haciéndola luego 
depender del principio de Hadley. En 1827 designé la ley de 
que se trata con el nombre de ley de rotación del viento, y desde 
hace 30 años me he esforzado, en primer lugar, por dar pruebas 
más rigurosas de esta ley que la que suministra la observación 
directa; y en segundo lugar por demostrar que la observación 
directa se extiende á todas las regiones de la zona templada y de 
la zona fria de ambos hemisferios, y que los resultados que 
ofrece eran conocidos de los antiguos, y habían sido estudiados 
en diferentes épocas, si bien nunca habían llamado suficiente- 
mente la atención. 

Con el objeto de reunir en un resumen general los hechos 
diseminados en gran número de Memorias, publiqué en 183" 
mis Trabajos meteorológicos (Recherches méléorologif/ues), en 
los que se explana el encadenamiento de los fenómenos depen- 
dientes do la ley de rotación, y se explica esta ley según los 
principios de Hadley, por la hipótesis de una corriente atmos- 
férica polar, y de una corriente eciuitorial, que buhan constan- 
temente entre si; los torbellinos que acompañan á los buraca- 



300 
nes, se cnoueiUran, en la citada obra, referidos al mismo princi- 
pio. Desde la expresada época el uso de los anemómelros regis- 
tradores ha ofrecido nuevos medios de probar la exactitud de 
la ley, y muchos observadores se han dedicado á esludios es- 
peciales á consecuencia de esta prueba. Por lo demás, el estu- 
dio más exacto de los huracanes, y el descubrimiento de la varia- 
ción diurna de la intensidad y la dirección del viento, resultado 
de las observaciones inglesas, bandado á conocer gran número 
de fenómenos que se refieren por diferentes lados á la ley de ro- 
tación de los vientos, sin depender de las mismas causas fisicas. 

Un examen general de la teoría y de los hechos lia llegado, 
por consiguiente, á ser necesario, sobre lodo pai-a impedir que 
se miren como realmente idénticos fenómenos resultantes de 
causas esencialmente diferentes que, en diversos paises, se 
presentan como idénticos á la observación inmediata. 

Sabido es que el aire atmosféi'ico presenta dos clases de mo- 
\imientos principales: unas veces se mueve en línea recta y en 
masa; otras forma remolinos alrededor de un centro, que puede 
hallarse inmóvil ó en movimiento. En el caso de una variación 
rectilínea, la causa del movimiento está por lo regular delante 
del viento; el aire se ve atiaido hacia un punto determinado, 
y no rechazado. No sucede así en los torbellinos, por lo menos 
en los tempestuosos: hay impulso progiesivo ejercido en el aire. 
Si la tierra estuviese inmóvil, un viento conlínuo y progresivo 
daría á la veleta una dirección invariable, y un torbellino pro- 
gresivo le haria describir un arco que se elevaría, cuando más, 
hasta 190 grados. Un torbellino estacionario daría á la veleta 
una dirección invariable, perpendicular al radio del primero. 
Por consiguiente, aun cuando se quisiera sacar una conclusión de 
las indicaciones de la veleta, no habría sino una especie de in- 
certídumbre: estando inmóvil, no se sabría si reinaba un viento 
progresivo ó un torbellino estacionaiío. Pero, á consecuencia 
de la rotación de la tierra, un viento continuo hace recorrer á 
la veleta un arco más ó menos considerable, y su dirección no 
es absolutamente fija sino cuando la del viento coincide con la 
de la rotación de la tierra, ó le es opuesta. Mas el giro de la 
vélela, ocasionado por un torbellino, se distingue esencialmente 
del procedente de la influencia del movímíenlo de la tierra en 



301 

la dirección de un viento continuo; este último, sea cual fuere 
la dirección del viento, se verifica siempre en el mismo senti- 
do, á saber: Norte. Oeste, Mediodía y Este en el hemisferio 
boreal, y en el austral en opuesto sentido. Por el contrario, la 
rotación de la veleta debida á un torbellino, se verifica indife- 
rentemente en uno ú otro sentido en un mismo lugar, según 
que este se encuentre á un lado ú otro de la línea recorrida 
por el centro del torbellino. 

Finalmente, podrá suceder, como lo han pensado, primero 
Brandes y posteriormente Espy, liare y otros, que en un punto 
dado la presión del aire experimente una disminución repentina, 
y que el aire aíluya de todos lados hacia dicho punto; la causa 
de la disminución de presión podría ser, por lo demás, una 
condensación del vapor acuoso (Brandes), una corriente ascen- 
dente (Espy), ó una atracción eléctrica (Haré). E! huracán se- 
ría, en ese caso, centrípeto. Si el lugar del mínimo de presión 
es invariable, el huracán dará á la veleta una dirección cons- 
tante; si varía, la veleta girará en este ó en aquel sentido, según 
la posición del lugar de la observación relativamente al centro 
del huracán. 

Sentado esto, pueden presentarse tres casos: 

1." O bien todas las rotaciones algo grandes de la veleta 
son debidas á torbellinos ó huracanes centrípetos; y esto puede 
ocurrir de dos maneras diferentes. 

[a) Los torbellinos y los huracanes centrípetos sedesenvuel- 
ven unas veces en un punto, otras en otro, y no hay ningún 
sentido dominante de rotación de la veleta. 

(6) Dichos torbellinos y huracanes tienen su origen en lu- 
gares determinados, y se desvían siguiendo también determi- 
nadas direcciones, de manera que en un lugar dado la rotación 
de la veleta se verifica lo más comunmente en cierto sentido, 
pero sin ser el mismo en toda la extensión de un hemisferio 
terrestre. 

2." O bien las rotaciones de la veleta resultan únicamente 
de la alternativa y lucha de las corrientes polares y las ecuato- 
riales. En este caso, el sentido de la rotación es siempre el 
mismo que el del movimiento aparente del sol. En el hemisferio 
septentrional la rotación se verifica de N. á E., al S. v al O. ; 



302 
onelmeridiooal, lodo ocurre en senlitlo conlrario. La extensión 
de las rotaciones contrarias á esta, nnnca pasa de una cuarta 
parle de circunferencia. 

3." O bien las rotaciones del viento son de dos especies, 
resultando unas de torbellinos y huracanes cenlripetos, y reco- 
nociendo otras por causa el choque de las coriienles polares 
y ecuatoriales. En este caso, debe haber en cada hemisferio 
rotaciones de opuestos sentidos; pero las más numerosas deben 
verificarse en el del movimiento diurno aparente del sol. 

Para discernir cuál de estos Ires casos se realiza en la natura- 
leza, es necesario una discusión detenida de lodas las condiciones 
del fenómeno. 

Cuando publiqué en 1827 mis primeros esludios sobre la 
ley de rotación de los vientos, indiqué las razones que me ha- 
cían preferir las pruebas indirectas, fundadas en las variacio- 
nes del barómetro y del liigrómetro, á las directas, deducidas 
inmediatamente de la observación. Cuando se trata de averiguar 
por medio de la observación directa, si la rolacion del viento 
se verifica en un sentido más bien que en otro, se incurre en 
el riesgo de cometer desde luego una falta, que consiste en con- 
siderar todas las rotaciones que pasan de 180 grados, como 
menores que ese número de grados, y contrarias, por consi- 
guiente, á las rotaciones reales; si el tiempo que media entre 
dos rotaciones consecutivas es igual ó mayor que la duración 
media de una rolacion de 180 grados, parecerá que las obser- 
vaciones contrarían la ley de rolacion, precisamente cuando lo 
.serán favorables. Hay, además, otra causa de error. Dampier 
publicó hace cerca de siglo y medio en su obra acerca de los 
vientos, un capítulo On Ihe winds íliat shifí. Si la dirección 
piirailiva de un viento es paralela á la de una costa, propende 
á hacerse perpendicular á esta durante el dia, á causa del calen- 
tamiento lem|)oral de tierra firme. Este fenómeno se presenta 
aun bajo nuestras latitudes, como lo ha demostrado Mr. AVenc- 
kebach respecto á la Holanda. Pero por lo regular no se observa 
la veleta sino durante el dia, y por lo tanto en circunstancias 
que propenden á hacer notable la rotación accidental de que 
se trata. El uso de los anemómetros andadores destruye esas di- 
fcrcnles causas de error, constituyendo por tanto la aplicación 



(lo estos inslriimenlos á la soliiciun del problema, un verdadero 
progreso. El método más conveniente de calcular sus indicacio- 
nes, es el indicado por Mr. Buys Ballot en su Memoria titulada: 
Álgunax palabras sobre la ley de rotación de Dove. 

Por último, hay una tercera causa perturbadora en los fenó- 
menos que se verifican cuando las dos corrientes opuestas so- 
plan directamente una contra otra y ocasionan un remolino. 
Prodúcese entonces en la corriente polar fria un máximo muy 
marcado de presión barométrica, que se halla inmediatamente 
en contado con el mínimo barométrico de la corriente ecua- 
torial. He estudiado algunos casos de este género en mis tra- 
bajos acerca de las temperaturas medias de periodos de cinco 
dias, y en una Memoria especial inserta en las publicaciones 
de las oficinas de estadística. {Mittheilunfjen des stalistichcn 
Uureaus.) 

De lodo lo expuesto se deduce evidentemente, que no es po- 
sible explicar fenómenos tan complejos sino por medio de ob - 
servaciones prolongadas por espacio de muchos años. 

Los estudios más recientes sobre los huracanes de la costa 
occidental de Europa, inducen á creer que la mayor parte de 
ellos siguen la marcha general del de 24 de diciembre de 1825, 
descrito por mí en 1828 en los Anales de Poggendorf, y que 
fué reconocido por un torbellino. Propáganse del S. O. al N. E., 
y una parte de Inglaterra se encuentra con frecuencia al O. 
de la trayectoria del centro del huracán. Los fenómenos del 
choque directo de dos vientos opuestos, se encuentran más á 
menudo en las regiones media y oriental de Europa; los hura- 
canes del Mediterráneo y del mar Negro parecen, en lo gene- 
ral, debidos á esta causa. 

Resulta de aquí que en la Europa occidental el choque di- 
recto de los vientos opuestos tiende á ocultar la ley de rotación 
de los vientos; y en la Europa occidental la disimulan los tor- 
bellinos. 

Como la presión barométrica es mínima con los vientos 
del S. ó del S. E. y máxima con los de N. E., y varia de una 
manera continua entre estos dos extremos, sigúese de la ley 
(le rotación de los vientos, que respecto de los occidentales la 
presión barométrica tiende á aumentar, inclinándose á dismi- 



304 

nuir respeclo de los oritMilalos. Esto es lo que demoslré en otro 
liempo por medio de las observaciones de París publicadas en 
los Anales de química y física. Los cálculos de Mr. Galle 
para Danlzig, y los de iMr. Kamlz para Halle, han confirmado 
eslos primeros resultados; Mr. Kanitz ha verilicado una com- 
probación igual respeclo de San Pelersburgo, que me ha tras- 
uíilido manuscrita. No obstante, como en Daiilzig el viento tiene 
una tendencia á soplar hacia tierra durante el dia, y como se- 
gún los recientes trabajos de Mr. Wesselowski, sucede una cosa 
semejante en San Peiersburgo, me ha parecido oportuno exa- 
minar las observaciones de dos estaciones meteorológicas un 
poco distantes de las costas, y situadas la una en la Europa 
occidental y la otra en la oriental. Al electo, he calculado 15 
años de observaciones hechas en Chiswich, cerca de Londres; 
y Mr. Vogt ha tenido á bien encargarse de calcular 11 años 
de observaciones verificadas por él en Arys, en Masovia. Las 
siguientes tablas contienen el resultado del cálculo. 

En la tabla relativa á Chiswich, los números representan 
las variaciones totales del barómetro de mañana á noche, cor- 
respondientes á cada dirección del viento, y correjida de la va- 
riación horaria. En la relativa á Arys las variaciones baromé- 
tricas corresponden á períodos que no pasan de 8 horas. 



Chiswich (medidas expresadas en puh/adas imjksas). 





0. 


\. 0. 


N. 


N. K. 


E. 


S. E. 


S. 


S. 0. 


Invierno 

Priinavura. .. . 

Verano 

Otoño 


+0,049 
+0,0(8 
+0,025 
+0,044 

+0,034 


+0,050 
—0,005 
+0,079 
+0,063 


+0,085 
+0,037 
+0,036 
+0,075 


+0,030 
+0,001 
+0,009 
+0,0(9 


+0,001 
— 0,00( 
—0,005 
+0,022 


—0,032 
—0,011 
—0,050 
—0,073 

—0,041 


—0,038 
—0,074 
-0,059 
—0,055 


—0,028 
—0,0(2 
+0,005 
—0,015 


Media 


+0,049 


+0,058 


+0,010 


+0,004 


—0,050 


-0,014 



sos 

Arijs. 





0. 


N. 0. 


N. 


N. E. 


E. 


S. E. 

mm 
-0,63 

-0,54 

-0,95 

-0,65 


S. 


S. 0. 


Invierno 

Primavera. . . 

Verano 

Otoño 


tnta 
+0,22 

-0,22 

+0,54 

+0,61 


mni 
+2,34 

+0,92 

+0.72 

+K24 


inm 
+ 1,85 

+0,95 

+0,34 

+ 1,31 

+0,88 


mm 
+ 1,56 

+0,45 

— OJI 

+0,47 


mm 
+0,13 

—0,25 

-0,43 

—0,25 


mm 
— I,t9 

-0,77 

-0,80 

—0,72 


mm 
—0,79 

—0,90 

-0,45 

-0,40 


Media,. .. 


+0,32 


+ 1,24 


+0,56 


-0,18 


—0,65 


—0,90 


—0,01 



La ley se manifiesta de una manera completamente notable en 
Arys, y hasta es evidente en los términos medios mensuales. 

Mr. Follet Osler publicó en el último informe de la So- 
ciedad británica para el progreso délas Ciencias, los resultados 
obtenidos desde 1852 hasta 18oo en el Observatorio de Liver- 
pool, bajo la dirección de Mr. Hartrup, y por medio de un ane- 
mómetro anotador. La tabla siguiente contiene el número de ro- 
taciones de una circunferencia entera observadas cada año. 



1852 
1853 
1854 
1855 



Media 



ROTACIONES. 



Directas (1). 



28 
24 
26 
25 



25,5 



Retrógradas . 



12 
12 

2 
10 



Exceso de las rotacio- 
nes directas sobre las 
retró"radas. 



16 
12 
24 
14 



16,5 



(1) La palabra rotaciones directas designa las rotaciones conformes 
á la ley de Dovc, y la de rotaciones retrógradas indica las de sentido con- 
trario. 

TOMO IX. 20 



306 

En Greenwich, el exceso medio de las rotaciones complelas 
directas sobre las de la misma clase pero retrogradas, según 
resulta de 13 años de observaciones, es de 13,5. En los años 
de 1842 á 1854, ha sido sucesivamente de 13,0, 20,7, 21,6. 
7.5, 18,1, 10,7, 12,1, 23,3, 15,9, 19,1, 8,8, —1,8, 6,8. 
En esta serie, el año 1853 presenta una anomalía comple- 
ta, la cual se observa también en la marcha de las tempe- 
raturas de este año: en la Alemania Oriental el mes de marzo 
fué más frió en 1853 que el de lebrero, y este más frió que el de 
enero, en tanto que en la Alemania Occidental el mes de febrero 
fué menos frió que el de enero, y en Berlín su temperatura era 
igual. 

No deja de ofrecer interés el hallar al lado de estas enormes 
irregularidades de la marcha de las temperaturas, anomalías 
en el movimiento de la veleta, desconocidas desde los tiempos 
en que se observa con el auxilio de los instrumentos anotado- 
res. En todo cálculo relativo á un pequeño número de años se 
deberá, por lo tanto, excluir completamente el de 1853. 

Mr. Quetelet ha calculado las observaciones hechas en 

Bruselas desde 1842 hasta 1846, y halló, en cuanto al exceso 
de las rotaciones completas, los números siguientes. 



AÑOS. 


Invierno. 


Primavera. 


Verano. 


OloTio. 


TOTAL. 


1842.... 


2 


5 


12 


2 


21 


1843.... 


1 





8 


1 


11 


1844.... 





7 


2 


1 


10 


1845.... 





4 


5 


1 


10 


1846.... 


1 


8 


8 


1 


18 


Media... 


0,8 


4,8 


7,0 


1 


14 



La duración más breve de una rotación completa fué de 39 
horas, y la más larga de 88 días. La relación entre las rolacio- 



307 

nes directas y las retrógradas presentó durante los 12 meses del 
año los valores medios siguientes: 



Enero . 


Febrero. 


Marzo. 


Abril. 


Mavo. 


Junio. 


0,97 


1,00 


1,06 


2,89 


1,47 


2,00 



Julio. Agosto. Setiembre. Octubre. Noviembre. Diciembre. 

2,45 2,18 1,59 1,30 0,75 1,58 

Enero y febrero son, pues, meses anormales, sobre todo 
noviembre. 

Mr. Lepshine consignó en una Memoria especial acerca de 
los vientos que soplan en Kharkov, que de 1845 á 1849 el ex- 
ceso medio anual de las rotaciones completas directas sobre las 
retrógradas fué en Kharkov de 15 rotaciones. El año 1846 se 
presentó como completamente anormal. 

Vemos que los excesos medios relativos á Liverpool, 
Greenwich, Bruselas y Kharkov son respectivamente de 16,5, 
13,5, 14 y 15, pudiendo inferirse de aquí que el exceso medio 
de las rotaciones directas sobre las retrógradas tiene un valor 
casi constante en toda la extensión de Europa. Por lo demás, 
no podia dejar de ser así si los fenómenos debidos á la alterna- 
tiva de los vientos polares y ecuatoriales tienen mucha ex- 
tensión en sentido de los paralelos terrestres; y esa extensión 
se demuestra con evidencia en mis primeros trabajos sobre las 
variaciones no periódicas de las temperaturas. He probado que 
las elevaciones anormales de la temperatura están siempre com- 
pensadas en una misma latitud, por medio de depresiones anor- 
males simultáneas, pero que muchas veces hay gran distancia 
entre el lugar de la elevación y el de la depresión. 

Añado, en fm, el resultado de las observaciones hechas en 
Bombay con el anemómetro de Osler. El cuadro siguiente con- 
tiene la suma algebraica de las rotaciones directas ó retrógradas 
expresadas en grados para cada uno de los meses del año. 



308 





1848. 


1849. 


1850. 


1851. 


Media. 


Enero 


700 





720 


720 


537 


Febrero 


1080 


720 


1080 


337 


643 


Marzo 


17()f) 


1440 


720 


1103 


1257 


Abril 


1091 


1080 


-45 


1035 


790 


Mayo 

Junio 


315 


382 


-68 


23 


163 


372 


270 


697 


-450 


222 


Julio 


709 
382 


1080 
180 


360 
1080 


765 
—360 


729 


Agosto 


500 


Setiembre 


383 


1238 


472 


1125 


805 


Oclubre 


2160 


1402 


3228 


1463 


2093 


Noviembre 


1800 


94o 


720 


360 


706 


Diciembre 


1080 


923 


720 


45 


692 



La conformidad de los fenómenos con la ley general de rota- 
ción de los vientos es perfectamenle evidente, sobre lodo en las 
épocas que se verifica el paso de un monzón al opuesto en marzo 
y oclubre. 

Del conjunto de los trabajos que acaban de resumirse, re- 
sulta que la ley de rotación se manifiesta claramente en las ob- 
servaciones directas de la veleta, á pesar de todas las causas 
perturbalrices, al mismo tiempo que es la clave de todas las va- 
riaciones no periódicas de la presión, temperatura, humedad y 
de los metéoros acuosos. 



Resumen de las observaciones meteorológicas hechas en el Real 
Observatorio de Madrid en el mes de abril de 1859. 



Como el anterior, puede dividirse este mes por sus variados 
caracteres meteorológicos en tres períodos distintos: en uno de cal- 
mas, seco y caluroso; en otro más corto, de vientos fuertes; y 
en un 3." de lluvias continuas, aunque poco abundantes. 

Comprende el 1." los dias del 1 al 9, y en él llegó á ser 






309 

la tcmperaliira máxima al sol ele 31,1 grados, 32,3 grados, 
40,3 grados, 41,3 grados, 40,8 grados y 41,9 grados sucesi- 
vamente, y á la sombra de 27,6 grados, 28,0 grados y 28,7 
grados; de 711,69 milim., 713,86 milira, y 713,33 milím. 
la presión, y de 0.34, 0,25, y 0,27 la fracción de hume- 
dad relativa. En las primeras horas de la mañana se notaron 
en esta época algunas señales eléctricas muy marcadas, y como 
á fines del mes anterior, siguió observándose tras la postura 
del sol la luz zodiacal, cada dia más débil y difusa. 

En el 2.° período, del 10 al 15, fueron los vientos de no- 
table intensidad; el O. N. O., cuya fuerza en el dia 11 llegó 
á ser en dos ocasiones de 19 libras, tronchó algunos arbustos, 
y causó otros varios destrozos de igual especie. En este inter- 
valo vióse casi siempre la atmósfera surcada de numerosos cú- 
mulus, aumentó la fracción de humedad, y descendieron, por el 
contrario, la temperatura y la presión. 

Calmóse el viento en el dia 15, primero del 3.*''" período, 
que se extiende hasta fin del raes; siguió disminuyendo la pre- 
sión atmosférica; conservóse un poco elevada la fracción de 
humedad; fuese cubriendo de nubes la atmósfera, y desde el 
dia 18 empezaron á caer repelidos aguaceros, aunque ninguno 
de gran consideración. Tal estado de calma, de humedad y de 
uave temperatura, tan favorable parala vegetación y la salud, 
se vio por intervalos interrumpido por vientos fuertes que acti- 
vaban la evaporación del agua caída, y barrían las nubes que 
de continuo asomaban por el S. 0. Además délos días que figu- 
lan en el estado siguiente, deben considerarse como lluviosos, 
aunque la cantidad de agua recogida fuera inapreciable, los 24, 
26 y 30. En el dia 26, por el contrarío, experimentó la tempe- 
ratura una subida repentina y considerable, y una baja propor- 
cionada la presión; aumentó la fuerza del viento, y llegó la eva- 
poración á su valor máximo. 

Los números que comprende el adjunto cuadro completarán 
lo que ofrezca de defectuosa esta breve exposición de los fenó- 
menos meteorológicos del mes de abiil. 



310 
BARÓMETRO. 



Allura media á las 6 m 705™'», 08 

1(1. kl. kl. 9 705 ,56 

Id. kl. id. 12 705 ,45 

Id. id. id. 3 1 704 ,4« 

Id. id. id. 6 704 ,40 

Id. id. id. 9n 705 ,23 

Id. id. id. 12 705 ,27 

Allura media mensual 705 ,08 

Id. id. máxima 713 ,119 

Id. id. mínima 694 ,39 

Oscilación mensual 19 ,60 

Id. máxima (dia 20) 8 ,11 

Id. mínima (dia 21) O ,21 

TERMÓMETRO. 

Temperatura media á las 6 m 9°, O 

Id. id. id. 9 13,7 

Id. id. id. 12 17,7 

Id. id. id. 3 1. 19,5 

Id. id. id. 6: 17,1 

Id. kl. id. 9n 13,3 

Id. id. id. 12 10,4 

Temperatura media mensual 14 ,4 

Id. máxima á la sombra (dia 26) 30 ,3 

Id. id. al sol (dia 6) 41 ,9 

Temperatura mínima (dia 1) O ,9 

Id. id. en el reflector (dia 1) —1,1 

Oscilación máxima á la sombra (dia 4) 21 ,8 

Id. mínima (dia 20) 8,2 

EVAPORACIÓN. 

Evaporación media mensual O""", 4 

Id. máxima (dia 26) 9 ,8 

Id. mínima (día 19) 2 ,7 



311 



PSICRÓMETRO. 



Humedad relativa media á las 



Id. 
Id. 
Id. 
Id. 
Id. 
Id. 



id. 
id. 
id. 
id. 
id. 
id. 



id. 
id. 
id. 
id. 
id. 
id. 



id. 
id. 
id. 
id. 
id. 
id. 



6 m. 

9... 
12.. 

3 1. 

0. . 

9 n. 
12. . 



Iliiinedad media mensual. . 
Id. máxima (dia 19). 
Id. mínima (dia 3). . 



73 
61 
44 
38 
42 
56 
59 
53 
91 
25 



pluvímetro. 



Agua recojida en el dia 18 3""",1 



Id. 
Id. 
Id. 
Id. 
Id. 
Id. 
Id. 



id. 
id. 
id. 
id. 
id. 
id. 
id. 



id. 
id. 
id. 
id. 
id. 
id. 
id. 



19, 
20. 
21. 
22. 
23. 
27. 
29, 



8 ,9 

1 ,2 
O ,4 
O ,9 
O ,6 

2 ,2 
2 ,7 



Total en los 8 dias 20 ,0 

ANEMÓMETRO. 



Vientos reinantes en el mes. 



N 










N. 


N. 


E. . 






N. 
E. 


E. 

N. 


E... 






F, 










E. 


S. 


E. 






s 


E. 

S. 








s. 


E.. 







1 hora. 

4 

49 
29 
22 
42 
16 
17 



S 

S. S. O. 

s. o... 
o. s. o. 

o 

o. N. o. 
N. O... 

N. N. O. 



50 horas. 
77 
225 
79 
41 
43 
23 



312 



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CIENCIAS NATURALES. 



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CiEOLOCilit. 



Sobre la necesidad de admitir dos épocas glaciales en los terre- 
nos cuaternarios de los Alpes: por Mr. Gras. 

(Bibliot. uüiv. de Ginebra: majro 1858.) 

Uno de los principales resultados de nuestros estudios acer- 
ca del período cuaternario en el valle del Ródano, ha sido ase- 
gurarnos de que habia habido en el Delfinado dos épocas gla- 
ciales, separadas entre sí por un espacio considerable de tiempo. 
En una Memoria recientemente publicada, Mr. Lory, uno de 
nuestros sabios profesores de geología, ha querido suscitar dudas 
acerca de la realidad de esas dos épocas, valiéndose de una hi- 
pótesis completamente inverosímil, como muy pronto tendre- 
mos ocasión de juzgar. Parécenos importante que no se oscu- 
rezca este hecho tan notable de la geología cuaternaria: algunos 
pormenores bastarán para evidenciarlo. 

Entre las montañas de la Gran Cartuja y el Ródano se ex- 
tiende una llanura pedregosa, llena de accidentes topográficos, 
que forma la parte más baja del Delfinado, y que, para abre- 
viar, llamamos Llanura Belfinesa. Por confesión de todos los 
observadores que han estudiado esta comarca, adviértense en 
ella dos terrenos principales de acarreo, muy diferentes por el 
yacimiento de sus capas y por sus caracteres mineralógicos. Uno 
de ellos, llamado por Mr. Lory aluvión antiguo, y por noso- 
tros diluvium inferior (el nombre es indiferente), es una mezcla 
en proporciones varias de cantos calizos, cuarzosos ó graníti- 
cos, unidos á una arena margosa, de color gris ó ligeramente 
rosáceo, que en contacto con los ácidos produce siempre una 



314 
fuerte efervescencia. La cantidad de los cantos calizos, por lo re- 
gular considerable, es igual, cuando menos, á la tercera ó la 
cuarta parte de la masa total, y aun algunas veces forman la 
mayor parte. En muchos puntos se observan en el centro de 
dicha masa pedregosa, que nunca presenta verdaderas capas 
de gruesos trozos angulosos ó toscamente redondeados, de mu- 
chos metros cúbicos de volumen, ó bien cantos finamente es- 
triados, como los de los cascajales profundos. Esc depósito 
constituye principalmente el fondo de los valles del Bajo-ücl- 
íinado, el pié y las laderas de las colinas que los rodean. El 
segundo terreno de acarreo está compuesto casi exclusivamente 
de cuarcitas blancas, com|)actas ó granujientas, y de jaspes 
de diferentes colores, diseminados en una arcilla amarillenta 
desprovista de carbonato de cal; pero se encuentran mez- 
clados con ella muchos cantos tabulares graníticos ó anfi- 
bólicos, y, por excepción, algunas calizas muy duras. Lo 
((ue nunca se han visto son cantos rayados, ni en su interior 
ni en su superficie. La arcilla arenosa que envuelve los cantos 
es en general bastante pura en la parle superior de este terreno, 
en donde parece formar un tramo distinto, habitualmcnte de 
color ocráceo; hallándose con frecuencia en ella pequeñas con- 
creciones de hierro hidratado, cuyo volumen varía desde el 
tamaño de un perdigón hasla el de una nuez. Eso depósito de 
ocre con cuarcita, que se reconoce tan fácilmente por sus carac- 
teres mineralógicos, ocupa la superficie de mesetas muy dila- 
tadas en el interior de la llanura Delfinesa, tales como las de 
Roybon y del bosque de Chamberan; obsérvasele igualmente 
en las alturas que rodean la costa de San Andrés, San .luán 
de Bournay y Viena. En las cercanías de esta ciudad corona 
las colinas graníticas, por medio de las cuales corre encauzado 
el Ródano, y se extiende hacia el N. hasla más allá de Ternay 
y Conmunay. Mr. Lory supone que no ha habido en el Delfi- 
nado sino una sola época glacial, posterior á los dos terrenos 
de acarreo cuyos caracteres acabamos de describir, y que los 
cantos rayados que contiene el diluvium inferior se han intro- 
ducido después, por efecto de un trastorno. Esta hipótesis es 
inadmisible, porque semejante mudanza se hubiera verificado 
con tanta razón en el depósito de cuarcitas como en el diluvium 



315 

inferior, mucho menos expuesto á esa alleracion. ¿Es posible, 
en electo, concebir unas hicieras que, cubriendo en toda su ex- 
tensión y hasta gran altura una planicie llena de accidentes 
topográficos, como la del Bajo Delfinado, hayan introducido 
gran número de cantos rayados en el fondo de los valles y en 
las laderas de los escarpes, hasta el interior de los barrancos 
sinuosos que entrecortan las mesetas, y no los hayan deposi- 
tado en la superficie de esas mismas mesetas, donde tenian, sin 
embargo, entera libertad de moverse? Esto es imposible. Debe- 
mos añadir que los cantos calizos, en parte rayados, del di- 
luvium inferior, en nada se diferencian, en cuanto á su natu- 
raleza mineralógica, de los que no presentan indicio alguno de 
estrías, y cuyo número es siempre notable, como ya hemos 
dicho. Por lo regular son calizas de un pardo azulado oscuro, 
de textura compacta y desigual, muy parecidas á las del ter- 
reno jurásico de los Alpes. Es evidente que estos cantos, unos 
estriados, otros lisos, confundidos en desorden, pero idénticos 
en cuanto al yacimiento y caracteres mineralógicos, han sido 
acarreados y depositados en la misma época; y es, en nuestro 
concepto, una idea peregrina el referir unos á un trastorno 
y otros á un depósito normal. 

El mero hecho de que el diluvium inferior encierra con 
frecuencia cantos rayados, y que no se encuentra ni uno solo 
en la superficie de la formación de cuarcitas, prueba que las 
Meleras han cubierto la llanura del Bajo Delfinado y de sus 
profundos cascajales con anterioridad á dicha formación; cuya 
conclusión está plenamente confirmada por la estratigrafía. La 
supei'posicion del depósito de cuarcitas al diluvium de cantos 
calizos en parte rayados, se verifica, en efecto, en tantos pun- 
ios, que no puede ser objeto de la menor duda. Obsérvasela en 
la extremidad meridional de la planicie de la Bresse, á lo largo 
del camino de Lyon á Ginebra, y al otro lado de la misma pla- 
nicie, en las márgenes del Saona. Igualmente se la ve dos ve- 
ces distintas, como lo ha hecho notar Mr. Elie de Beaumonl, 
yendo desde la aldea de Roybon, situada en la meseta de Cham- 
beran, y bajando desde allí al valle de la costa de San Andrés. 
Asimismo se manifiesta á los dos lados de ese valle en muchas 
leguas de longitud, y particularmente en el barranco de Tho- 



316 

dourc, donde la formación inferior encierra gran cantidad de 
cantos rayados, y de grandes bloques ó masas erráticas. No 
creemos que en los Alpes haya superposición más clara ni más 
fácil de probar. 

Aparte de los dos terrenos de acarreo de que acabamos de ha- 
blar, la llanui-a delfinesa presenta otro de poco espesor, y que 
por esta razón ha permanecido hasta el dia casi ignorado. Con- 
siste en una capa a reno- pedregosa, ordinariamente teñida de 
rojo por el óxido de hierro, y desprovista por lo regular de car- 
bonato de cal y de cantos tabulares calizos, cuya capa existe 
constantemente en la superficie del terreno de los valles del 
Isere y del Ródano, y se diferencia en todas partes por sus 
caracteres del diluvium inferior; la referimos por consiguiente 
á una época cuaternaria particular, esto es, á la de la segunda 
denudación de los valles. Por último, sobre los depósitos pre- 
cedentes, y con especialidad en la superficie del diluvium de 
cuarcitas, se observan bloques erráticos alpinos, algunas veces 
muy numerosos y notables por su completa independencia de 
lodos los terrenos subyacentes. Como esos bloques, á causa de 
su volumen y circunstancias de su yacimiento, no los pueden 
haber acarreado sino las hicieras, nos sentimos inclinados á ad- 
mitir una segunda época glacial, enteramente separada de la 
primera por el depósito de la formación de cuarcitas. 

Acabamos de decir que esta formación estaba recubierta 
en sitios varios por grandes bloques erráticos; y hemos hecho 
notar más arriba, que nunca presentaba en su superficie cantos 
rayados. Esta observación da origen á una dificultad teórica que 
todavía nos queda por examinar. ¿En qué consiste que las hic- 
ieras de la última época no han acarreado sino bloques errá- 
ticos, siendo así que los de la primera han arrastrado á la vez 
bloques considerables y cantos rayados, como lo demuestra la 
composición del diluvium? Creemos poder responder, que esto 
ha sido la consecuencia de circunstancias fisictis esencialmente 
diferentes. En la época de las primeras hicieras la llanura del 
Dellinado era un lago: cuando llegaron las segundas estaba 
completamente seca; de esto se originaron importantes modifi- 
caciones en el acarreo de las materias. Según las experiencias 
de Mr. Forbes, la progresión de las hicieras actuales se debilita 



3n 

ó acelera á proporción que su masa se ensancha o eslrecha; 
absolutamente lo mismo que la rapidez media de un rio cuando 
su sección aumenta ó disminuye. Está igualmente probado que 
á consecuencia del roce, el movimiento cerca de las orillas es 
menor que en el centro: de lo cual debe deducirse que lo mis- 
mo ocurre en el fondo, donde el rozamiento es aún más consi- 
derable. En fin, en igualdad de circunstancias la velocidad de 
la traslación es tanto menor cuanto más débil es la pendiente. 
El conjunto de estos hechos induce á creer, que cuando las hic- 
ieras de la última época llegaron á la llanura del Delfinado, en 
la que se dilataban bruscamente en una extensión de cerca de 
cuarenta miriámeiros cuadrados, dejaban de avanzar en las 
orillas y en las profundidades, á causa de la enormidad de la 
resistencia. De su reunión resultaba una Melera-lago, que ala 
verdad no estaba en completo reposo, pero cuyos movimientos 
sólo eran sensibles en la superficie; en una palabra, estaba so- 
metida á leyes diversas de las de las hicieras corrientes que 
iban á parar á ella. La analogía tan completa que se advierte 
en lo relativo á los movimientos entre una hiciera y una masa 
semilíquida, autoriza esta suposición. x\dmitiéndola, se explica 
el por qué las hieleras de los Alpes no hayan podido esparcir por 
la llanura sino sus bloques superficiales, y no sus cascajales pro- 
fundos, asiento exclusivo de los cantos rayados. Muy al contra- 
rio ocurrió en la primera época, en que el Bajo Delfinado era 
un lago, porque entonces las hieleras estaban sostenidas en 
parte por el agua que las rodeaba; y como la resistencia opuesta 
por el terreno á su progresión era mucho menor, los cascajales 
profundos pudieron llegar hasta las orillas del Ródano. Por la 
misma razón referimos á la primera época las estrías y los hie- 
los bruñidos del Bajo Delfinado, que son especialmente visibles 
entre Cremieux, Villebois y Crep, donde fueron descubiertos 
por la primera vez por MM. Fournet y ThioUiere. 

De los pormenores á que hemos descendido para demostrar 
la realidad de las dos épocas glaciales, se deduce que la suce- 
sión de los terrenos de acarreo del valle del Ródano, empezando 
por las margas y pudingas de lignito, que representan el terre- 
no terciario superior, es tal como lo hemos establecido en nues- 
tro primer trabajo, esto es, un dilimum de cantos parcialmente 



318 

rayatlos, una capa arono-pedrcgosa superpucsla á las terrazas, 
y en fin, los trozos erráticos superficiales. En apoyo de la exac- 
titud de tal serie, haremos notar que está conforme con las ob- 
servaciones contenidas en las Memorias de Mr. Elie de Beau- 
niont. Hay únicamenlc la diferencia de que tan eminente geó- 
lügo ha considerado como simples tramos los depósitos de que 
hemos hecho terrenos separados; y que además, no deduciendo 
de la presencia de los cantos rayados las mismas consecuencias 
que nosotros, ha referido al terreno terciario superior los dos 
primeros términos de nuestra serie, y sólo las dos últimas á 
la época diluviana. Por consiguiente, disminuimos el principio 
del periodo cuaternario, que Mr. Elie de Beaumont aumenta. 

Confesamos que no concedemos gran importancia á esta 
disidencia. Bajo ningún concepto es cierto que, abrazando el 
conjunto de los fenómenos geológicos, haya una separación mar- 
cada entre los grandes periodos que se conocen con los nombres 
de primario, secundario, terciario y cuaternario, siendo mu- 
cho más probable que haya entre ellos transiciones graduales. 
Por esta razón no nos parece haya motivo fundado de discusión, 
porque en el cuadro general de las formaciones de un pais se en- 
sanchen ó acorten las bases de unión ó enlace correspondientes á 
dichos períodos. Lo esencial es que sea exacto el orden de suce- 
sión; y he aquí la razón por qué no hemos omitido el invocar en 
nuestro favor la respetable autoridad antes citada. 

(Por la sección de Ciencias naturales, Francisco García Kavarro.) 



319 

VARIEDADES. 

Composición de una piedra meteórica que cayó en Hungría el mes de 
abril de 1857. — Sustancia orgánica hallada en ella. En las Comptes 
rendus de la Academia de Ciencias de París del 21 de febrero de 1859 
se insertó una carta de Wohler á Dumas, que este comunicó á aquella, 
y que dice asi: 

«Acabo de analizar una piedra meteórica que cayó en Kaba, Hun- 
gría, el 1 5 de abril de 1857. Es negra, y su color procede de carbón 
amorfo. Contiene, además de los elementos comunes de los meteoritos, 
una sustancia orgánica; esto es, un hidrógeno carbonado casi como el de 
la parafina, la ozokerita ó scbeerita. La cantidad de esta sustancia betu- 
nosa es ciertamente muy reducida, pero la he comprobado con toda segu- 
ridad: es soluble en alcool, y se carboniza por calcinación. Después he 
hallado la misma sustancia en el meteorito que el año de 1838 cayó en 
el Cabo, África. Tiene color negro, y contiene 1,5 por 100 de carbono. 
Es probable que dicha sustancia betunosa sea producto de naturaleza 
orgánica, y que la existencia del carbón en las mismas piedras provenga 
de la acción del fuego en la sustancia betunosa en el momento de produ- 
cirse la candencia del meteorito al pasar por la atmósfera terrestre.» 

Con objeto de que mediante otra análisis pudiera comprobar Wohler 
este hecho, le envió la Academia de Ciencias de Viena un pedazo bastante 
grande de la citada piedra que allí se conservaba. En la sesión del 7 de 
enero de 1859 de esta Academia, leyó Haidinger una carta de Wohler, di- 
ciendo que la análisis nueva ha confirmado completamente la anterior. 
Ha comprobado la existencia en dicho aerolito de una corta cantidad de 
carbono, y de un carburo hidrogenado, análogo á ciertas sustancias mi- 
nerales de aspecto de cera, como la ozokerita, la scheerita, etc. 

~- Bosque petrificado délas cercanías del Cairo. Mr. ünger comunicó 
á la Academia de Ciencias de Viena el 21 de octubre de 1858, ciertas 
observaciones sobre el bosque petrificado de ¿as cercanías del Cdiro y 
sobre otros depósitos de maderas petrificadas que existen en Egipto. La 
denominación de bosque petrificado, poco exacta en sí, designa una acu- 
mulación de restos de madera esparcidos en una área de varias millas 
cuadradas, y procedentes todos de una sola especie de árbol, el Nicolia 



320 

Egyptiaca, Unger. En el desierto que se extiende entre el Cairo y Suez, 
están desparramados dichos fragmentos en arena viva; se ve su criadero 
primitivo en la arenisca terciaria del Gebel Achmar, y presenta cierta 
analogía con las areniscas de troncos de árbol del Gleichenberger Kogel 
(Estiria). Piensa ünger que se puede explicar la silificacion de aquellas 
maderas, suponiendo que corrientes de agua las acarrearon dentro de un 
lago separado del mar, en el cual vertian manantiales que tenian canti- 
dad notable de sílice disuelta. En Assouan (la antigua Syena), frontera 
gUtre el Egipto y la Kubia, hay otro depósito de madera fósil. Russeger 
habia traido muestras de ella, ünger ha encontrado un pedazo de la 
misma madera, de estructura muy distinta de la del bosque petrificado 
del Cairo, en El Ombos, en el deíierto al O. del Kilo. Proviene la citada 
madera de un árbol del orden de las Coniferas, familia de las Araucariá- 
reas, que no se habia hallado en ningún otro sitio, y á la cual propone 
Unger se dé el nombre sistemático de Dadoxylon Egyptiacum. No cabe 
duda de que el Dadoxylon provenga también de las mismas capas de 
arenisca que en el Alto Egipto y la Nubia están sobrepuestas á todas las 
rocas intermedias entre el granito y la creta, y cuya edad geológica, por 
falta de restos orgánicos, es todavía incierta. Las maderas silicificadas de 
Egipto presentan singulares afinidades con dos especies de madera fósil 
de la arenisca roja antigua. De aqui resulta, según ünger, que la arenisca 
que sirvió para construir la mayor parte de los monumentos antiguos de 
Egipto, se debe colocar en la formación permiana, en la del Keuper ó de la 
época cretácea. 

(Por la Sección do Variedades, Francisco García Navarro.) 



EHitor responsable, Francisco Tiarcia Navarro. 



N.' e.-REVlSTA DE CIENCIAS. -/^mo 1859. 



CIENCIAS EXACTAS. 



«-»^-X3£> CCc ■ 



ASTROMOllIA. 

Informe sobre una memoria dirigida por Mr. Liáis á la Acade- 
mia de Ciencias de Paris, con motivo del eclipse total de sol 
del 7 de setiembre de 18S8: por Mr. Faye. 

(Coroptes rendus, ^7 enero ^8S9.) 

La presente comunicación nos ha parecido altamente digna 
de la atención de la Academia, pues ofrece á la ciencia un 
tributo de casos nuevos é importantes, de observaciones perfec- 
tamente dirigidas, y la mayor parte de las veces coronadas de 
buen éxito, y atestiguando, en fin, el movimiento científico que 
se ha establecido en un gran pais bajo el generoso impulso de 
su gobierno. 

Lo comisión encargada de ir á la bahía de Paranagua á ob- 
servar el eclipse total del 7 de setiembre de 1858, se compo- 
nía del consejero de Estado C. B. de Olíveira, del coronel A. M. 
de Mello, director del Observatorio de Rio- Janeiro, y de los 
otros astrónomos del mismo establecimiento. El gobierno bra- 
sileño tuvo á bien agregar á la comisión á Mr. Liáis, que llegó 
al Brasil en dicha época, encargado de una misión científica por 
el ministro de Instrucción pública y de Cultos. 

La comisión se embarcó el 18 de agosto en la corbeta de 
vapor D. Pedro II, que el gobierno brasileño había puesto á 
su disposición; habiendo encontrado además en el personal de 
los oficiales del referido buque de guerra, inteligentes y solí- 
citos colaboradores. El 27 de agosto, después de haber recor- 
rido el terreno y determinado las estaciones, la comisión se di- 
vidió en Ires grupos: uno fué á situarse en la línea central del 

TOMO IX. 21 



:J22 

eclipse, olro on ol limite austral de la región recorrida por la 
sombra de la luna, y el tercero en el límite boreal. Estas dis- 
posiciones tenían por objeto abarcar el fenómeno en su totali- 
dad, y explorar el contorno completo del disco solar. 

Observaciones astronómicas. 



Estas observaciones tienen mucha importancia, no solo 
para la comprobación de las labias de la luna, sino también 
para la medida en longitud de la extensión del continente aus- 
tral americano. Habrán de compararse, en efecto, con las obser- 
vaciones correspondientes hechas en el Perú, al empezar el eclip- 
se, por los oficiales de nuestra estación naval del Pacifico, y por 
la expedición astronómica de Mr. Gillis, de los Estados-Unidos; 
pero conviene esperar, para entablar estos cálculos, la publica- 
ción de todos los documentos. 

Consignamos aquí las observaciones brasileñas: 



Estación 
de Campioos. 



Ungiludconladaal) K„.voA.f ," 
0. deRio...) ^^^^^ '^' 
Latitud (austral)... —25 3011 

i/"" contado exie- )v l 
>.Nubcs. 



ñor 

I/"" contacto inte- 
rior 

2." coDtaclo inle- 
rior 



2." contacto exte 
rior. . 



":! 



m^'^-p 



10 o9 6 



2ü y 



Estación central. 



5»19'o2",95 

—25 30 33 ,21 

Nubes. 

Hh 0°'24s,8. De Mello. 
11 O 2í ,8. Mti. 
11 O 21 ,3. D'Azambuja. 

U 1 33 ,3. D'Azambuji. 

O 28 32 ,8. De Mello. 

O 28 32 ,8. Kuúcz. 

O 28 40 ,6. Liáis. 

, O 28 40 ,4. DM7.ambuja. 



Estación 
dos Pinheiros. 



-25 23 31 ,5 
9»'36"'I3« 

UM™16%21 

11 1 46 ,2 



• Nubes. 



(l) O acaso no tanto, pues la oscuridad total diiró poco menos de 1 
segundo. 



I 



323 

Sin embargo, no podemos dejar de mencionar un fenómeno 
muy singular que se manifestó en esta ocasión. Examinando 
este cuadro, se advierte que lodos los observadores de la esta- 
ción central, á excepción de Mr. D'Azambuja, que observaba 
abordo del D. Pedro II, á 200 brazas N. N. K. de la estación, 
han dejado de observar el segundo contacto interior. Según las 
efemérides, el eclipse debia durar 114 segundos, pero en rea- 
lidad no duró sino 72, y el sol volvió á presentarse 42 segun- 
dos antes del instante en que se le esperaba. Sorprendidos en 
medio de sus estudios sobre la aureola y las protuberancias 
por la imprevista reaparición del sol, los observadores de la es- 
tación central no pudieron completar la observación astronómi- 
ca del fenómeno, perdiendo así una ocasión preciosa de fo- 
tografiar la aureola y las protuberancias más extraordinarias 
que se han visto hasta el dia. 

El hecho en si mismo no puede ponerse en duda, porque 
las observaciones inmediatas de Mr. D'Azambuja, segundo co- 
mandante del D. Pedro II, dan 72 segundos á la duración del 
eclipse total. Por lo demás, la comisión brasileña ha demos- 
trado, por la discusión de los ángulos de posición de las prue- 
bas fotográficas obtenidas antes y después de los contactos inte- 
riores, que se habia elegido perfectamente la estación, y que se 
hallaba casi en la linea del eclipse central, puesto que la dis- 
tancia mínima de los centros del sol y de la luna no pasó de 
1",5. Como esta desgraciada diferencia de 42 segundos no 
puede atribuirse á la estación elegida, la comisión brasileña 
deduce de aquí que sólo puede proceder de un error en los diá- 
metros angulares de ambos astros. 

Esta conclusión es trascendental, porque para poner de 
acuerdo el cálculo y la observación, resulta que sería preciso 
disminuir cerca de 7" el semi-diámetro angular de la luna, 
puesto que el del sol no puede aumentarse. I'ero creemos que 
la necesidad de una corrección bastante grande de semejante 
clase está plenamente fundada, y nos sugiere las siguientes ob- 
servaciones, que tendrán inmediata aplicación al eclipse total del 
año próximo. En las efemérides actuales, en que se atiende es- 
pecialmente á la comparación de las tablas con las observacio- 
nes meridianas, el diámetro de la luna se calcula de manera 



324 

que représenle dichas'observaciones, adoleciendo todas de un 
doble error, procedente de la irradiación y las desigualdades de 
la superficie lunar. Sabido es, en efecto, que el borde de la 
luna presenta ligeras depresiones, y sobre lodo muchos dente- 
llones, donde por lo común llegan á situarse las estrellas ocul- 
tas y las cuentas del rosario luminoso que aparece en los eclip- 
ses de sol. Si la luna se proyecta sobre el disco del otro astro, 
dichos dentellones desaparecen a la vista por un electo de irra- 
diación, fácil de comprender; pero se maniíieslan constante- 
mente en los contactos interiores. Si la luna, por el contrario, 
está iluminada por el sol, los mismos dentellones confunden 
su luz, por un efecto inverso de la irradiación, formándose en- 
tonces un borde continuo pero ficticio, que se observa con los 
anteojos meridianos. Asi, cuando se trata de los eclipses de sol 
(contactos interiores), es preciso entender por borde de la luna 
el que se observarla si desapareciesen las principales emi- 
nencias y todos los dentellones, y no existiese la irradiación. 
El diámetro de un disco semejante es por tanto el que conviene 
aplicar á los cálculos de predicción, si han de evitar los observa- 
dores equivocaciones como la del 7 de setiembre último. 
En otros términos: en vez de aumentar, como comunmente se 
hace (y con razón, bajo el punto de vista de las observaciones 
meridianas) el número 0,2723 admitido por Burckardt, como 
relación del diámetro con la paralaje de la luna, será más bien 
preciso disminuirlo cuando se trate de los contados interiores en 
los eclipses de sol. 

Notemos, antes de dejar este asunto, y para hacer ver el 
esmero con que se ha dirigido la parte astronómica de la expe- 
dición, que Mr. Nuñez y Mr. de Vasconcellos midieron, valiéndo- 
se del teodolito, una serie de alturas del sol durante todo el 
eclipse (princi[)almenleenla inmediación de los diferenles con- 
tados). Estas observaciones se utilizarán en los cálculos, y se 
han establecido también con presencia del estudio de las re- 
fracciones anormales que puede producir la distribución par- 
ticular de la lemi)eratura durante un eclipse. La longitud de 
la estación principal se ha obtenido mediante la traslación de 
tres cronómetros. 



325 

Observaciones meteorológicas* 

MM. Martin y Liáis han ejecutado una serie de observacio- 
nes del barómetro, termómetro y psicrómetro durante todo el 
eclipse. Mr. Pereira observó el pyrheliómetro directo y el ac- 
tinómetro de Mr. Pouillet. La disminución de temperatura 
ocasionada por el eclipse ha sido de cerca de 3 grados; la mar- 
cha del barómetro presentó un minimo marcado, y la del psi- 
crómetro un máximo, poco después de la oscuridad total. Men- 
cionemos también la influencia que el eclipse parece haber ejer- 
cido en la dirección del aire. Mr. D'Azambuja notó á bordo del 
D. Pedro 11, que el viento, después de haber soplado del 
O. toda la mañana, disminuyó desde el principio del eclipse; 
la calma se hizo sentir durante la oscuridad total; después, al 
reaparecer el sol, se levantó un vientecillo por la parte E., que 
fué regularizándose poco á poco. El cielo, encapotado al prin- 
cipio, quedó completamente despejado, por lo menos en la re- 
gión del sol, casi todo el tiempo de la duración del fenó- 
meno. 

Observaciones físicas. 

Esta parte del trabajo de la comisión brasileña nos ha lla- 
mado vivamente la atención. Insistiremospues sobre ella, y lede- 
dicaremos el análisis minucioso que merece, por la importancia 
excepcional de sus resultados. No obstante, para no dar dema- 
siada extensión á este informe, nos limitaremos á los hechos 
más importantes, á saber: la corona, las protuberancias lumi- 
nosas, y la visibilidad de la luna fuera del sol, terminando por 
la parte fotográfica. 

Nadie ignora el profundo asombro que causaron las singu- 
lares apariencias del eclipse total de 1842. Pero la sorpresa no 
lardó en ser sustituida por el examen detallado de los he- 
chos; y de este estudio, que Arago dirigía entonces con tanta su- 
perioridad, resultó la opinión generalmente admilida, de que 
estos fenómenos están en relación íntima con la naturaleza del 
sol , y que la observación atenta de los eclipses totales debe 



326 

conducirnos tarde ó leraprano á pendrar el misterio de su cons- 
titución fisica. Qajo la influencia de este convencimienlo se lian 
observado los eclipses siguientes con gran ardor: y los dalos 
recogidos en todas partes se han comparado con los de 1842. 
habiéndose formado paulatinamente el conjunto de ideas domi- 
nantes en la actualidad, que es útil recordar aquí en breves pa- 
labras. La corona luminosa no es mas qne el indicio visible de 
una tercera capa del sol, de una almóst'era exterior que se oculta 
á nuestra vista en las circunstancias ordinarias, pero que se 
presenta cuando , tapando la luna al sol , suprime toda luz 
parásita. Las protuberancias han de ser las nubes de esta ter- 
cera atmósfera; y como las manchas del sol pueden atribuirse 
á erupciones que, partiendo del núcleo, disipan momentánea- 
mente las nubes luminosas de que está formada la fotosfera, es 
natural creer que dichas erupciones pueden despedir enormes 
bocanadas de vapores hasta la capa exterior más arriba del con- 
torno aparente del disco solar; cuyos vapores, flotando durante 
algún tiempo en la atmósfera, explican las nubes ó protube- 
rancias de los eclipses; las cuales deben, por consiguiente, cor- 
responder á las manchas, como la columna de humo de nues- 
tras erupciones volcánicas corresponde al cráter: las prime- 
ras deben dejarse ver encima de las segundas. Respecto á 
la visibilidad del contorno de la luna fuera del sol, nada es 
más fácil de explicar admitiendo la atmósfera exterior del 
sol: basta para hacer sensible el limbo, como lo probó Arago, 
(|ue la luz de dicha atmósfera añada ^o á la iluminación del 
fondo del cielo alrededor del sol. Eclipsando la corona, la luna 
puede pues hacerse perceptible por visión negativa. 

Aquí tenemos seguramente un conjunto de ideas muy en- 
lazadas, interesantes, y capaces de estimular al observador. Pero 
cuando se trata de compararlas con los hechos observados, se 
encuentran grandes dificultades. Si hay algunas que se prestan 
á estas hipótesis, hay otras tantas que las contradicen, y esta 
oposición, que se manifestó ya en el primer eclipse, el de 1842, 
se ha reproducido en todos los siguientes. Cada uno de ellos 
ha traído su contingente de hechos imprevistos; y en lugar de 
las soluciones que se esperaban, han planteado nuevos proble- 
mas que es preciso resolver. 



327 

El eclipse del 7 do setiembre ¿cousliluyo una Tcüz excep- 
ción? No lo creemos asi. En él se vio la corona, pero con una 
complicación de apariencias que excede á todo lo observado an- 
teriormente. Notáronse en él muchas protuberancias, pero to- 
davía más asombrosas, mucho más inexplicables que las de- 
más. Vióse el disco de la luna, pero por visión positiva. Si 
el sol se halla rodeado de una tercera atmósfera, es muy 
extraña, y las nubes que en ella flotan lo son aún más. Apre- 
surémonos á decir que aquí no se trata de un testimonio 
aislado ó incompetente; la comisión, compuesta de sabios dis- 
tinguidos y de hombres notables, está unánime en punto á 
los fenómenos que vamos á describir, según una relación au- 
torizada con las firmas de MM. B. de Oliveira, M. de Mello, 
E. Liáis, D. Nuñez, B. da Silva Barauna, J. Coelho y G. 
Galvao. 

La corona. Algunas veces la corona se presenta alrededor 
del sol eclipsado como un anillo débilmente luminoso, cuyo 
brillo argentado, bastante vivo cerca del sol, se debilita rápi- 
damente á algunos minutos del borde de dicho astro, y con- 
cluye por perderse en el fondo del cielo: su longitud no pasa de 
1 ó T, del diámetro del astro. Así, con corta diferencia, se halla 
representada en el dibujo que Arago unió á su noticia sobre el 
eclipse de 1842, y aún mejor en el hermoso grabado de Mr. 
Carrington, relativo al eclipse de 1831; y lal es también la 
apariencia que mejor se presta á la idea de una atmósfera muy 
extensa y muy enrarecida, de que el sol .pudiera estar rodeado. 
Pero ocurre muchas veces que en el mismo eclipse, casi en el 
mismo instante y también casi en el mismo lugar, el fenómeno 
se presenta bajo un aspecto enteramente diverso á otros obser- 
vadores, sin que se pueda explicar esta diferencia por la alte- 
ración de las imágenes que resulta habitualmente de las varia- 
ciones locales de nuestra propia atmósfera. La corona parece 
compuesta de una infinidad de rayos procedentes del astro en 
direcciones las más diferentes, cruzándose, confundiéndose 
en todos sentidos, y formando á veces prolongaciones más ó 
menos regulares, que la vista puede seguir á la distancia de' 
3 ó 4 grados del astro. (Ferrer, 1806; O. de Slruve en Lipesk, 
1842.) 



328 

Con esta i'illima apariencia se ha visto la corona en el Brasil, 
Componíase de un fondo luminoso formado de rayos de lodos 
géneros, sin limites bien marcados, y que se extendían á 33 
ó 34 minutos del borde de la luna. Pero esto no es mas que 
el fondo del cuadro. Cinco gruesos haces de rayos brillantes, 
de bordes convexos y convergentes en punta, de 13 minutos 
de altura, se hallaban repartidos alrededor de la luna, proyec- 
tándose sobre el fondo no tan brillante de la corona. Sus ba- 
ses, unidas por juxtaposicion, hubieran ocupado más de la mi- 
tad del contorno de la luna. Los rayos de cuatro de ellos 
eran normales al borde del disco, pero el quinto haz cruzaba 
muy oblicuamente á uno de los precedentes, y sus rayos, unos 
estaban poco inclinados, y otros casi tangentes al borde de 
la luna. El sexto haz, compuesto de rayos rectos, paralelos 
y muy vivos, se hallaba cerca de uno de los grupos cóni- 
cos de que acabamos de hablar; por último, el séptimo grupo. 
más débil, divergía bajo la forma de una parábola tangente 
por su vértice al borde oriental. 

Los observadores de Pinheiros han confirmado plenamente 
estas apariencias, exceptuando un octavo haz que se ha advertido 
en dicha estación. 

Sin embargo, no es esta la primera vez que se presentan, 
porque la corona del eclipse de 1766 tenia cuatro haces de 
rayos esparcidos de 90 en 90 grados por el contorno de la 
luna, dos hacia los puntos en que se efectuaron los contac- 
tos interiores, y los otros dos en la dirección perpendicular (1). 
Pero este fenómeno nunca habia presentado el aspecto á la 
vez imponente y complicado que ofrece el dibujo de la expedi- 
ción brasileña. La única conclusión que puede sacarse de seme- 
jantes datos, es que todavía no se conoce la explicación de 
la corona de los eclipses. 

Es, no obstante, conveniente citar con este motivo á la Aca- 



(l) Su forma era enteramente diferente. Hállase representada en la 
lámina 13 del lomo 2 del Foyage aux mers de linde de Legentil. (Véanse 
también las relaciones del eclipso de 1 7 7 8 , de 1 }( o 6 , y sobre todo de 1842 
y 1853, en el Perú.) 



329 
demia una delicada observación de Mr. Liáis. Una de lascii- 
cimstancias que más ha influido en la opinión de un número 
bastante grande de observadores en los eclipses precedentes, 
es la regularidad con que ciertas protuberancias disminuian 
hacia el E., á medida que la luna avanzaba hacia el mis- 
mo lado, en tanto que otras, colocadas en el borde occi- 
dental, parecían salir poco á poco de debajo del disco negro 
de la luna. De esto se ha deducido que la luna eclipsa á las 
protuberancias, de igual modo que eclipsa al sol, y que, por 
consiguiente, las protuberancias pertenecen al astro luminoso. 
Nunca se habia tenido ocasión de hacer extensivo á la corona 
el mismo género de observación, y por lo tanto la conclusión 
correspondiente; pero la hubo el 7 de setiembre último, y 
Mr. Liáis la ha aprovechado con gran inteligencia. Uno de 
los rayos del haz oblicuo de que acabamos de hablar, tocaba 
á una de las protuberancias de que muy pronto hablaremos, 
yendo á encontrar á algunos grados de distancia al borde de 
la luna. ¿Pertenecían al sol el rayo y la protuberancia? En 
tal caso, el borde de la luna debia avanzar poco á poco sobre 
la especie de ángulo formado por estos dos objetos, reducir sus 
lados, y llegar por último al vértice en el momento de la 
desaparición de la protuberancia. Y asi sucedió en efecto; y 
Mr. Liáis deduce de aqui que rayos, protuberancias y coro- 
nas son objetos reales situados en la misma región del sol, 
y pertenecientes á este astro. Lo que da gran valor á tan 
delicada observación, es que Mr. de Oliveira ha visto que 
la disposición relativa de los haces y los rayos no varió 
mientras duró el eclipse total. 

Mencionemos además un circulo teñido con los matices del 
arco iris, el rojo por fuera, que se percibió á la simple vista 
alrededor de la aureola, por Mr. D Azambuja, cerca de la 
estación central, y en la estación dos Pinheiros por Mr. de 
Brito, capitán de corbeta que mandaba el Don Pedro II. 
Pero esto no es un hecho enteramente nuevo, como parece 
creerlo la comisión brasileña, llalley lo consignó explícitamente 
en su informe acerca del eclipse total de 1815; y el mismo 
fenómeno se observó en 1733 en Suecia. En 1851 dos personas 
que observaron el eclipse de julio al lado de Mr. D'Abbadie, 



330 

esluvieron tic acuerdo en ilai' á la aureola un Unic amarillo 
general, rodeado de rojo y azul (el azul por fuera). Pero aun- 
que no única, no deja de ofrecer esta observación interés, sobre 
lodo á causa de la serenidad del cielo en la estación central, 
porque esta circunstancia excluye, como lo hace notarla Memo- 
ria de la comisión, loda explicación puramente meteorológica. 

Protuberancias rojas. Trátase de saber si las singulares 
protuberancias que se han visto en todos los eclipses totales en 
el borde de la luna, son nubes de la tercera atmósfera del sol; 
y subsidiariamente, si estas nubes guardan relación con las 
manchas. Pero antes de aventurar la explicación física de tan 
misteriosos fenómenos, conviene clasilicarlos de una manera 
sistemática, teniendo en cuenta sus caracteres más pronuncia- 
dos. Un simple bosquejo de este género basta muchas veces, 
ya que no para resolver la dilicultad, á lo menos para poner 
en evidencia la causa en que consiste. Y esto nos es necesario, 
por otra parle, para hacer apreciar las observaciones de la ex- 
pedición brasileña. 

Empecemos diciendo que el nombre do protuberancia lu- 
minosa no conviene al fenómeno de que aquí se trata, puesto 
que los resplandores rojos ó de color de rosa de los eclipses 
se han visto encima de la luna, y completamente separados 
del borde del mismo astro. También se les ha visto proyectarse 
sobre el mismo disco de la luna, ya en conexión con el borde, 
ya aislaífos de este por un pequeño intervalo negro. 

Tampoco puede calificárseles de rojos ó de color de rosa, 
porque la mitad de las protuberancias vistas por la comisión 
brasileña eran completamente blancas. 

Por último, el epíteto luminosas tampoco les pertenece, por- 
que Mr. Moesta, astrónomo de Chile, á quien debemos la ob- 
servación del eclipse del 11 de noviembre de 1853 en el Perú, 
vio, lo mismo que sus ayudantes, dos protuberancias completa- 
mente negras. 

Parece, sin embargo, que dichos fenómenos, á los que es 
lan dificil dar un nombre genérico, son del mismo orden y se 
refieren á la misma causa, pues se pasa de los unos á los otros 
por gradaciones casi insensibles. 

Distinguiremos sucesivamente: 



331 

Primer género. 

1.' Las protuberancias exleriores aisladas, vistas sobre la 
corona, separadas del disco lunar, y sin punto alguno de con- 
tacto con él (eclipses de I80O y 1851). 

2." Las protuberancias exteriores cubiertas en parte por 
el disco lunar, cuyo contorno parece servirles de base (todos los 
eclipses). 

3." Las protuberancias exteriores prolongadas en forma de 
cadenas de colinas muy bajas, poruña parte considerable de arco 
del borde de la luna (muy frecuente). 

4.° Las fajas luminosas muy finas, por lo común dentadas 
como las anteriores, y coloreadas generalmente como ellas de rojo 
ó de color de rosa. Duran algunos instantes de un cuerno al 
otro de la luna en el momento de los contactos interiores (muy 
frecuente aun en los eclipses anulares). 

Segundo género. 

1." Protuberancias luminosas interiores enteramente des- 
prendidas del borde de la luna, llamadas agujeros de Ulloa: 
fenómeno rarísimo, observado en 1778 por el almirante Ulloa. 
y en 1842 por Mr. Yalz, director del observatorio de Mar- 
sella. 

2.° Protuberancias interiores, cuya base es el contorno de 
la luna, y que endenlan más ó menos profundamente los bordes 
de su disco (1842, Mr. Pares, en Prados, el P. Bayma y el 
doctor Pagani, en Novara) (1). 

Tercer género. 

Protuberancias luminosas visibles en parte sobre la corona 
y en parte sobre el disco de la luna (1851, Mr. Parpart, en el 
observatorio de Storlus). 



(1) Comptes rendas de 1851, pág. 15. 



332 

Cuarto género. 

Protuberancias complclamenlc nejíras, vistas en el Perú 
por Mr. Moesla y sus ayudantes. No se puede atribuirlas á 
ios montes lunares, porque no hay en este astro montaña al- 
guna cuadrada de 1 minuto de altura (eclipse de 1853). 

Para enlazar esta clase con las anteriores, faltaba un fenó- 
meno intermedio entre las |)rotuberancias completamente ne- 
gras y las rojas, color de rosa ó blancas; entre las prominencias 
luminosas y el agujero de Ulloa ó de Mr. Valz. Pero precisa- 
mente este singular intermedio parece haberse presentado en 
setiembre último, la expedición brasileña ha observado dos ejem- 
plos de él, perfectamente marcados durante el eclipse del 7 de 
setiembre. Las tres protuberancias orientales, dice la relación, 
eran de un blanco muy vivo, sia ningún matiz de rosa, la pri- 
mera y la segunda tenían un pequeño reborde negro Hacia 

el medio del fenómeno, las protuberancias orientales hablan 
desaparecido; la parte clara de las protuberancias con Jiletes 
negros, se ocultó detrás de la luna antes que la extremidad 
negra de la orla, que en la primera de las protuberancias de 
este lado desapareció cerca de tres segundos después de la 
parte clara, semejándose durante tan breve intervalo á la pro- 
yección de una montaña lunar. En el dibujo unido á la Me- 
moria, la orla negra de estas dos manchas es muy mar- 
cada. 

Por el lado opuesto, al O., se presentaron tres protuberan- 
cias de un ligero color de rosa. Siete ú ocho segundos después 
del principio del eclipse, la mayor tenia cerca de 58" de altura, 
según las medidas de Mr. Liáis. Al terminar el eclipse su al- 
tura era, según el mismo observador, de 72 á 78". Otro vér- 
tice más bajo de esta protuberancia creció, al parecer, de 1i á 
15" en el mismo espacio de tiempo. 

Durante ese breve intervalo de 64 segundos próximamente, 
la luna debió avanzar 23" hacia el E., en virtud de su movi- 
miento relativo aparente; asi que el crecimiento en altura de la 
protuberancia no corresponde enteramente a la traslación de la 
luna. Este es un punto sobre el cual muchos observadores han 



333 
fijado su atención, desde que Arago indicó toda la importancia 
de tales comparaciones bajo el punto de vista de la teoría de 
las nubes solares, principalmente con el objeto de explicar la 
discordancia que se habia advertido en 1842 entre las medidas 
de Mr. Petit en Tolosa, ó las de Mr. Mauvais en Perpiñan; y 
el aumento explicable por la marcha de la luna, fué por lo que 
Mr. Babinet se sintió inducido á proponer su ingeniosa hipó- 
tesis acerca de las protuberancias. 

En el eclipse de 1851, por el contrario, muchos observa- 
dores declararon que la altura de las protuberancias no habia, 
al parecer, variado sino en razón del movimiento de la luna; 
no obstante, otros astrónomos igualmente dignos de crédito, 
y colocados en las mismas regiones (en Suecia y Noruega), no 
están al parecer de acuerdo en este punto co¡i los primeros. Mr. 
Dankin, por ejemplo, que observaba en Cristiania, no pudo 
advertir en la protuberancia tan curiosa de aquella época, el 
menor cambio de distancia en el borde de la luna durante un 
minuto entero. Mr. Adams, que observó en Frederickswarn, 
vio crecer la prominencia, pero su impresión del momento fué 
que el movimiento de la luna no bastaba para explicar el au- 
mento de altura. Por último. Mr. D'Abbadie vio en la mancha 
principal (á su parecer, como al de Mr. Gray, era medio blanca 
y medio color de rosa) cambios de forma que no pueden expli- 
carse por el movimiento de la luna: encorvóse poco á poco 
hacia la parte superior, adelgazándose. Sus notas acerca del 
eclipse que fué á observar á Suecia con tanto celo por la cien- 
cia, son muy esplicitas sobre el particular. Resulta siempre 
que, respecto al eclipse de Paranagua, la discusión de estos fe- 
nómenos podrá apoyarse en medidas positivas, y no en aprecia- 
ciaciones más ó menos exactas. 

Una de las mayores dificultades con que tropieza la hipóle- 
sis de las nubes solares, es la que consiste en la variedad de as- 
pecto, forma, magnitud, número y posición, bajo las cuales se 
muestran las protuberancias en diferentes lugares, aunque estén 
muy próximos, durante el curso del mismo eclipse. En 1842, 
por ejemplo, las relaciones délos observadores presentan acerca 
de esto las más extrañas divergencias. Inclinábanse entonces á 
atribuir este desacuerdo notable á la sorpresa que debió causar 



334 

un fenómeno lan imprevislo; pero en 1851 lodos los observa- 
dores estaban pcrfeclaraenle advertidos, y no obstante se repi- 
tieron las mismas divergencias. De ello es fácil convencerse, 
mirando los dos hermosos dibujos publicados con este motivo 
l)or la Real Sociedad astronómica de Londres. En vista de estas 
observaciones, no debe causar extrañeza que el 7 de setiembre 
último, las protuberancias observadas por nuestros oficiales en 
el Perú se hayan mostrado bajo un aspecto enteramente dife- 
rente en el Brasil, á hora y cuarto de intervalo, ni que el di- 
bujo que el mariscal Vaillanl ha presentado á la Academia esté 
poco conforme con el de la expedición brasileña. Las circuns- 
tancias atmosféricas eran del todo diferentes, porque en las 
costas del Atlántico el sol se hallaba en lo alto del cielo, mien- 
tras que en las del Pacifico estaba cerca del horizonte. Además, 
en el intervalo de más de una hora las nubes solares, si son 
la causa de estos fenómenos, han podido cambiar de forma, o 
desaparecer completamente. 

Falta examinar los resultados obtenidos por la expedición 
en lo concerniente á la relación supuesta por muchos astróno- 
mos entre las manchas del sol y las protuberancias. Esta cues- 
tión se ha estudiado al parecer con interés en el Brasil. Antes 
del eclipse se observaron y dibujaron las manchas en el pala- 
cio imperial de San Cristóbal. Al dia siguiente de él, la comi- 
sión observó además las manchas con el mismo objeto. De las 
seis protuDei anclas que se notaron durante el eclipse, ninguna 
corresponde á las manchas, si se exceptúa tal vez la tercera del 
lado oriental. Asi, pues, las conclusiones de la comisión brasi- 
leña son dudosas en este punto, y negativas respecto de los 
otros cinco. Ninguna fácula correspondía tampoco á la posición 
de dichas protuberancias. Acaso es útil hacer aquí una obser- 
vación que podrá haberse ocultado á los autores de la hipóte- 
sis. Las manchas no se presentan indiferentemente, como las 
protuberancias, en todas las regiones del disco solar, sino que 
están confinadas á una zona ecuatorial de 70 grados de anchu- 
ra. Más allá de 35 grados de declinación heliocéntrica son en 
extremo raras, aunque Mr. Laugier observó algunas hacia los 
41 grados de declinación en la época de sus esludios sobre la 
rotación del sol. En las regiones polares nunca las hay. Lirai- 



335 

tándonos, pues, á la regla general que señala á la región de 
las manchas situadas en los bordes del sol, dos arcos opuestos 
de 70 grados, para completar la circunferencia restan 2 arcos 
opuestos de 10 grados cada uno, en los cuales nunca se pre- 
sentan las manchas. Basta echar una ojeada sobre los dibujos 
de la expedición, para ver que las G protuberancias están lejos 
de escalonarse asi sobre dos arcos opuestos de 70 grados de ex- 
tensión, y que se salen mucho de las regiones marcadas á las 
manchas solares. Pero no debe admirarnos una falta de coin- 
cidencia de que los anteriores eclipses nos han ofrecido más de 
un ejemplo. A la verdad, las corrientes que deben reinar en 
la tercera atmósfera solar, si esta atmósfera existe realmente 
en las condiciones indicadas por la corona, podrían arrastrar 
las nubes lejos de las manchas que las hubieran producido, 
trasladándolas de este modo hasta los polos; pero bajo tal as- 
pecto, la actual correspondencia de las manchas y las protube- 
rancias no ofrecerla ya el menor interés. 

Visibilidad de la luna fuera del sol. Este es uno de los fe- 
nómenos más curiosos y difíciles de explicar de los eclipses; por 
esta razón es también uno de los que recomendó Arago con más 
insistencia á la atención de los astrónomos, pues creyó descu- 
brir en él una prueba indirecta pero decisiva en favor de la 
tercera atmósfera del sol. Si existe dicha atmósfera, la corona, 
que es su indicio visible, debe quedar oculta por la luna, como 
el mismo sol. Si además, dice Arago, la intensidad de la luz de la 
corona añade a solamente al brillo del cielo en osa región de la 
atmósfera terrestre, el borde de la luna deberá mostrarse por 
visión negativa fuera del sol, pero dentro de la corona. Esta 
ingeniosa explicación excluye evidentemente el caso de la ci- 
sión positiva úe la luna, la que se deberia á un exceso de luz 
de su disco sobre la de las regiones inmediatas. Veamos lo que 
dice acerca del particular la comisión brasileña. Hacia las lO*" 
7™ ó 10^ 12'" (tres cuartos de hora antes del eclipse total), 
mientras los observadores con anteojos descubrían con dificul- 
tad una débil prolongación del limbo de la luna, en una exten- 
sión de 4 ó o minutos fuera del sol (Mr. de Mello y Mr. Liáis), 
la imagen de la luna, directamente proyectada sobre un espejo 
raspado con un objetivo de 3 pulgadas y 2 metros de longitud 



336 

focal, se veía por enltMO y muy clarainenle: la imagen parecía 
más blanca que la próxima región del cielo. Esta apariencia 
se vio también á las 10'' 40™, pero más débil. Es evidente que 
la explicación dada por Arago no comprende los hechos deta- 
llados, puesto que aqui se trata de una visión |)osiliva y no ne- 
gativa. ¡Ni tampoco son nuevos, toda vez que refiriéndose á las 
observaciones anteriores, se ve que en 1842, Mr. Eugenio Bou- 
vard notó 38 minutos después de la oscuridad total, y 23 mi- 
nutos antes del fin del eclipse, el disco de la luna casi entero, como 
cuando se percibe la luz cenicienta, estando más luminoso el borde 
que se destacaba del sol. Aqui tenemos un hecho bien caracte- 
rizado de visión positiva, al cual se agregan otros testimonios. 
¿Deberemos creer que en la posición que la luna ocupaba en- 
tonces con relación al sol, la luz reflejada por la tierra ilumino 
por momentos al disco de nuestro satélite, hasta el punto 
de ponerle más brillante que la región atmosférica próxima al 
sol medio eclipsado? 

Es verdad que la luz cenicienta ha adquirido alguna vez en los 
eclipses totales un brillo inusitado, porque ¿á qué otra causa debe- 
remos referir la observación de Vassenio en 1733, y la deFerrer 
en 1806, quienes distinguieron claramente en la luna las prin- 
cipales manchas, sin embargo de la presencia de la aureola? 
¿No deberemos también atribuir á la luz cenicienta, mas bien 
que á una impresión fisiológica, la mancha luminosa amari- 
llenta que Mr. de la Pinelais advirtió en el mismo eclipse del7 
de setiembre último, en el Perú, en medio de la luna, un poco 
antes del principio de la oscuridad total? (1). Pero á pesar de 
estos comprobantes, parece muy dilicil atribuir á la luz ceni- 
cienta los hechos de visibilidad positiva del disco lunar, cuando 
el eclipse está poco adelantado, y cuando la iluminucion de nues- 
tra atmósfera tiene todavía gran intensidad. 

Fotografía del eclipse. Lo que hay de más notable, y la co- 
misión brasileña tiene plenamente el derecho de presentar el 
caso como nuevo, es que la referida imagen completa del disco 
lunar se ha reproducido fotográficamente sobre las cuatro prue- 



(l) Conipte rendu de la sesión del 25 de octubre de 1858, p. 660. 



337 

bas sacadas 7. 8, 11 y 12 minutos después de las 10, es decir, 
en los momentos en que la proyección sobre el espejo raspado 
era visible. Pero esta imagen -estaba en realidad más negra que 
el fondo, puesto que ha salido más clara que él en los clichés 
negativos. Aqui hay una contradicción palmaria con el fenó- 
meno del espejo sin pulimento, y la relación lo explica, recor- 
dando que la muy corta duración del acto da generalmente 
sobre cristal pruebas positivas en lugar de negativas. Consig- 
nemos otro hecho que hace el precedente todavía más enigmá- 
tico. En la mayor parte de los clichés tomados poco tiempo an- 
tes de la totalidad, las extremidades de los cuernos parecep 
ligeramente truncadas y redondeadas. Así, pues, en cierto 
momento el disco lunar ha podido estampar su imagen completa 
fuera del sol, mientras que algo más tarde el poder fotográfico 
de las extremidades de la misma creciente solar no llegaba á 
señalar claramente la punta de sus cuernos. Aquí no puede 
suponerse error de colocación en el punto debido, porque en 
medio de las pruebas que salieron mal, se logró una perfecta- 
mente clara, en que los cuernos están muy aguzados. En vista 
de los trabajos de la comisión brasileña, no puede dudarse de 
los servicios que la fotografía está llamada á prestar á la obser- 
vación de los eclipses; pero es preciso decir que la fotografía 
trae consigo sus dificultades particulares, y debemos apresu- 
rarnos á aprovechar las indicaciones de la experiencia que 
acaba de hacerse. Foi'zoso será sin duda recurrir en lo sucesivo 
para ciertas fases á preparaciones más sensibles, á no ser que 
se dé al anteojo ó á la placa un movimiento paraláctico, que 
complicaría la operación; conviene sobre lodo evitar el empleo 
de pantallas movibles, cuyo juego exíje gran estabilidad en el 
instrumento, y reemplazarlas por algún obturador enteramente 
independiente del anteojo. 

Es una desgracia que en el momento en que Mr. Liáis se 
disponía á fotografiar la corona, sus haces de iayos y sus pro- 
tuberancias, que se velan perfectamente en pi-oyeccion sobre 
un espojo sin pulimento, el eclipse total terminase súbitamente 
42 segundos antes del instante previsto, en virtud del primer 
contacto y déla duración señalada á la totalidad por las efemé- 
rides. Esto hubiera sido un curioso resultado de tan magnílica 

TOMO IX. 22 



338 
empresa cienlifica, rica ya |)or olra parle en importantes ob- 
servaciones. Pero una vez ([ue han faltado los 42 segundos con 
que se contaba, la tentativa debe proseguirse en otra oporluni- 
dad. El mal éxito de la expedición en esto punto particular, nos 
prueba por lo menos cuánto importa dividir el trabajo en el 
breve tiempo que duran tales fenómenos. Acaso sería preciso 
confiar á hábiles artistas toda la parte fotográfica; pues los astró- 
nomos, libres entonces del cuidado de lomar medidas, y seguros 
de hallar exactamente en las pruebas los principales caracteres 
del fenómeno, podrían limitarse á estudiar sus variaciones, sus 
colores y los mil fugitivos accidentes que las más delicadas prue- 
bas no pueden reproducir. La extremada precipilacion con que 
los astrónomos han debido operar hasta el dia, les ha impedido 
muchas veces medir los ángulos de posición de las prolubeían- 
cias con la exactitud necesaria para la corroboración de las hi- 
pótesis. No se puede, por ejemplo, afirmar ni negar de una ma- 
nera positiva la identidad de los fenómenos observados en dife- 
rentes estaciones, sino á condición de conocer con exactilud su 
distribución sobre la circunferencia de la luna. Pero ¿cómo ha 
de tener tiempo el observador de medir en uno ó dos minutos los 
ángulos de posición y las alturas de cinco ó seis prominencias? 
Es necesario que se contente con algunos calculados por lo i-egu- 
lar rápidamente, y que llevan en si toda clase de probabilida- 
des de error. La fotografía, por el contrario, resuelve este pro- 
blema con la mayor facilidad, con tal que el origen de los 
ángulos de posición quede eslampado en la placa, ya sea por la 
imagen de un hilo focal paralelo al movimiento diurno, ya 
por una de las aristas de la placa, que se habrá cuidado de 
colocar horizonlalraente por medio de un buen nivel. 

La memorable campaña que acaba de hacer la expedición 
brasileña, da nuevo interés á todas estas cuestiones. Además 
de los resultados de que acabamos de presentar un rápido aná- 
lisis, suministra preciosas indicaciones acerca de la marcha 
que conviene seguir en el estudio de tan admirables fenóme- 
nos. No debemos admirarnos de que el equipage de una expe- 
dición encargada de observar un simple eclipse de sol, sea hoy 
mucho más considerable y complicado que hace pocos años: 
este es el destino de todas las empresas científicas de nuestra 



339 

época, en que la simple medida de una linea recia en el ter- 
reno, exije mucho más tiempo, gastos, empleados y aparatos 
que en tiempo de Picard ó de La-Caille. 

No tardará en presentarse la ocasión de acometer de nuevo 
estos grandes problemas. El eclipse total del año próximo debe 
atravesar nuestras posesiones de África, y la parte de España 
más inmediata á nosotros. Tiempo es ya de ocuparse en ello, 
porque este fenómeno está por fortuna á nuestro alcance. Sin 
hablar aqui de nuestro observatorio imperial y del de Madrid, 
que enviarán sin duda expediciones bien organizadas al tra- 
yecto del eclipse, tenemos cerca de España un corresponsal con- 
sagrado á la ciencia, IMr. d'Abbadie, cuyo naciente observatorio 
está llamado á prestar grandes servicios en esta ocasión; y en la 
misma Argelia, donde va á construirse un observatorio por 
orden del príncipe ministro de las Colonias, será fácil dirigir 
una expedición astronómica al fuerte Napoleón, ó á cualquier 
otro punto de la línea central. Esperamos que este concurso de 
las fuerzas científicas de la Francia dará al fin por resultado la 
resolución del problema que llama hace 17 años la atención de 
los astrónomos. 

Justo es decir, sean cuales fuesen los resullados futuros, que 
los recientes trabajos de la expedición brasileña harán época en 
la historia de los esfuerzos llevados á cabo con este objeto, pues 
han enriquecido la ciencia con hechos notables, muchos de los 
cuales son enteramente nuevos; la dirección de las operaciones 
osdignade servir de modelo, habiéndose hecho uso de las inven- 
ciones más modernas con tanta seguridad como buen éxito 
Aplaudimos, pues, este noble ensayo, que promete á la ciencia 
abundantes frutos en un país tan admirablemente situado para 
el estudio de los fenómenos naturales, y tan bien dirigido por las 
sendas del progreso científico. 

Vuestra comisión ha visto con el más vivo interés la bené- 
vola acojida que se ha dispensado á nuestro compatriota Mr. 
Liáis; y ha estudiado la parte que tan liberalmentese le ha con- 
cedido en los trabajos de la expedición brasileña, y tiene la satis- 
facción de decir que Mr. Liáis ha llenado su cometido con el 
talento y el buen éxito que eran de esperar. 

Tenemos pues, Señores, la honra de proponeros que deis 



340 

gracias a Mr. Liáis por su coiminicaciou del Informe oficial de 
la comisión brasileña, y que tratéis de animar á este joven sa- 
bio con el estimulo que merece, manifestándole vuestra satisfac- 
ción; esto le alentará, lejos de su pais, á cumplir el difícil en- 
cargo ([ue animosamente se ha impuesto á si mismo. 
Las conclusiones de este Informe fueron aprobadas. 

(Por la Sección de Ciencias Exactas, Francisco García Navarro.) 



CIENCIAS físicas. 



»XX^^-^HIH»*i ■ 



FlSlCit. 



Sobre algunas propiedades físicas del hielo; por Mr. Tyndall. 

(Bibliot. univ., enero 1838.) 

Los punios principales que han sido objeto de estudio en 
esta Memoria, son los siguientes: 

1.° Los efectos producidos en el hielo por el calor radiante, 

2." Los efectos producidos en el hielo por el calor trasmi- 
tido por conductibilidad. 

3.° Las cavidades de aire y agua que presenta el hielo. 

4." Los efectos de la presión en el hielo. 
En los experimentos acerca de los efectos del calor radiante 
se han empleado témpanos de hielo procedentes de Noruega y 
del lago Wenham; habiendo hecho que pase por ellos un rayo 
solar concentrado por una lente biconvexa. En el momento de 
cruzar el rayo dicho cuerpo sólido y trasparente, su huella 
se ha llenado instantáneamente de estrellas ó manchitas lumi- 
nosas parecidas á burbujas brillantes de aire, formándose alre- 
dedor de cada una la figura de una ilor de seis pétalos. Estos 
los formaba visiblemente el agua. Al pasar sucesivamente el 
rayo por diferentes parles del hielo, la aparición repentina de 
las estrellas y la formación de las flores que las rodean , podia 
observarse perceptiblemente por medio de una lente ordinaria. 

Para ver si la mancha brillante que forma el centro de la 
flor contenía ó nó aire, se derritieron gradualmente trozos de 
hielo que se hablan sometido á la acción del calor radiante. 
En el momento en que, á consecuencia del deshielo, experi- 
mentaban dichas cavidades la presión de la atmósfera por el 
intermedio del liquido, desaparecian las burbujas, sin que de 



342 

la superficie del agua se levantase la más pequeña cantidad de 
aire. Así, pues, la formación de cada flor liquida va acompa- 
ñada de la producción de un vacío en su centro. 

La pi^rfecta simeiría de estas llores permite deducir que e| 
hielo es un cristal monoaxial. cuyo eje óptico coincide con la 
perpendicular al plano en que se forman las flores. 

Al principio de estos estudios liabia resultado constante- 
mente que las flores se formaban en planos paralelos al de la 
congelación; pero más adelante se advirtió que esta regla no se 
halla exenta de algunas excepciones aparentes que se describen 
en la Memoria. 

En algunas masas de hielo, homogéneas en la apariencia, 
las flores se formaron en el trayecto del rayo solar en planos 
separados algunas veces entre sí por una cuarta parte de pul- 
gada. Lo cual prueba que las porciones interiores de una masa 
de hielo pueden liquidarse por la acción del calor radiante, 
que ha atravesado sin derretirlas, las restantes partes del 
hielo. 

En la segunda sección de su Memoria el autor describe el 
derretimiento gradual de las masas de hielo por la formación 
de discos de agua en su interior, y de sus observaciones infiere 
que el punto de fusión del hielo oscila entre límites que se 
acercan mucho á 0° C. A consecuencia de una constitución cris- 
talina más tenue, ó de cualquier otra causa, ciertas porciones 
de una masa de hielo se derriten á una temperatura ligera- 
mente inferior á O" C, al paso que otras porciones de más re- 
sistente estructura necesitan, para derretirse, otra temperatura 
ligeramente superior á O". De aquí resulla, que si se pone toda 
la masa á 0°, algunas partes se liquidarán, y las demás se 
mantendrán en estado sólido. 

La tercera sección versa sobre el estudio de las cavidades 
de agua y aire. El autor las ha observado en hielo procedente 
de un lago, y presentan evidentemente el mismo carácter que 
las del hielo de las hicieras descritas por Mr. Agassiz, MM. 
Schlagintweit y Mr. Iluxley. La hipótesis de Mr. Agassiz y de 
MM. Schlagintweit es que las burbujas de aire absorben el ca- 
lor que ha dejado pasar el hielo, cuerpo diatermano; el hielo 
que rodea á las burbujas se derrite, según esta explicación, en 



3á3 

virlucl del calor absorbido así. Mr. Huxley supone que el agua 
eonlenida en las cavidades nunca se hiela, sino que se mantiene 
líquida desde el nevado hasla el fondo de la lüelera. El autor 
prueba que las cavidades de agua que ha examinado, las ha pro- 
ducido el derretimiento del hielo. 

La hipótesis de Mr. Agassiz y de MM, Schlagintweil, que al 
parecer ha sido generalmente aceptada, conduce á las siguientes 
consecuencias. 

Teniendo en cuenta el calor especifico del aire y del agua, el 
autor demuestra que una burbuja de aire debe perder 3080° de 
calor para elevar 1° la temperatura de un volumen igual de 
agua. 

Tomando igualmente en cuenta el calor latente del agua, se 
ve que para derretir un volumen igual de hielo, una burbuja 
de aire debe perder 3080x79,2, ó 24393°, 6 C. de calor. 

Pero Mr. Agassiz dice que cuando se expone al sol un trozo 
de hielo que contiene burbujas, el volumen de agua formado 
excede muy pronto al del aire. Seria pues preciso, si su hipó- 
tesis fuese exacta, que la cantidad de calor absorbido por el aire 
en el breve espacio de una observación (suponiendo que no se 
comunique al hielo), fuese bastante para elevar el aire de la 
burbuja á una temperatura ICO veces más alta que la del hierro 
fundido. Si el aire estuviese dotado de tan inmenso poder de ab- 
sorción, las capas superiores de la atmósfera interceptarían se- 
guramente toda irradiación calorífica. El autor deduce de los 
experimentos de Déla Roche y Melloni, que la cantidad de ca- 
lor absorbido por una burbuja de aire en la superficie de la 
tierra, después de haber cruzado el calor nuestra atmósfera y 
haber sido tamizado por ella, es absolutamente inapreciable. 
Esta conclusión es aún más cierta en el caso de que tratamos, 
si se reflexiona que la absorción del hielo se suma con la de la 
atmósfera. 

Considerando el calor como una especie de movimiento, el 
autor hace ver que las moléculas situadas en la superficie de 
la masa de hielo, adiiuieren la libertad que necesitan para pa- 
sar al estado liquido antes que las moléculas centrales. En" el 
interior de la masa cada molécula se ve entorpecida en su mo- 
vimiento por la acción de las inmediatas. Pero si dentro de la 



344 

masa hay una cavidad, las moléculas que forman sus paredes 
eslán en condiciones mecánicas parecidas á las de la superfi- 
cie, y puede dejarlas en libertad por una cantidad de movi- 
miento comunicado al hielo, sin que este haya perdido nunca 
el estado solido. Algo parecido á esto ocurre en la trasmisión 
del movimiento cruzando una serie de bolas elásticas: la últi- 
ma se separa de las demás, que no sufren ninguna variación 
visible de lugar. 

El autor prueba experimentalmcnle que las porciones inte- 
riores de una masa de hielo pueden liquidarse por una cantidad 
de calor trasmitido por medio de las porciones exteriores, sin 
que estas se derritan. 

La cuarta sección se halla destinada al examen del caso 
contrario. 

Guando se ponen en contacto dos pedazos de hielo á 0° C, 
cuyas superficies están húmedas, las porciones primitivamente 
superficiales se trasladan al centro, y se establece muy pronto 
el equilibrio entre el movimiento de la capa delgada de hume- 
dad y el del cuerpo sólido que forma las dos paredes de la capa 
líquida; de aquí resulta que esta se hiela, y ambos pedazos de 
hielo se unen entre sí. 

La quinta sección abraza una serie de observaciones rela- 
tivas á la conductibilidad del hielo por el calor. 

La sexta tiene por objeto el examen de la influencia de la 
presión en -el hielo. Se ha puesto un cilindro de dicho cuerpo 
entre dos tablitas de boj, y se le ha sometido á una presión 
creciente por grados. Mirando perpendicularmenleel eje, se ha 
observado que se formaban lineas confusas {clondy) al través 
del cilindro; pero mirando oblicuamente, se veia que dichas 
lineas eran las secciones de superficies confusas que ati'avesa- 
ban el cilindro y le daban el aspecto de un cristal de yeso ex- 
foliado. 

Estas superficies no son láminas de aire, porque se produ- 
cen también cuando la compresión se verifica debajo del agua. 
Además, algunas veces empiezan en el centro de la masa, y se 
extienden por grados en todos sentidos, hastaabarcar por com- 
pleto la sección trasversal del cilindro. Hase dispuesto un espejo 
cóncavo de modo que proyecte la luz difusa del día sobre el 



345 

cilindro mientras eslá sometido á la presión. Mirando con un 
aparato que aumentaba las superficies confusas producidas por 
la compresión, parecían hallarse en un estado de violenta agi- 
tación, que se propagaba inmediatamente desde los bordes de 
la superficie, á medida que avanzaba por el sólido. Por último, 
se ha probado que las referidas superficies se deben á que el 
hielo se liquida en planos perpendiculares á la dirección de la 
presión. 

Las superficies se han formado siempre con gran facilidad 
paralelamente á los planos en que las flores ya descritas se 
manifestaban por la influencia del calor radiante. Al contrario, 
era en extremo dificil obtenerlas perpendicularmente á dichos 
planos. Así, pues, ora sea el calor, ora la presión los medios 
de que nos valgamos, los experimentos demuestran que el hielo 
procedente de un lago se derrite con una facilidad particular 
en ciertas ocasiones. 

El autor habla, en una nota, de la influencia extraordina- 
ria que la existencia del hidrógeno, como elemento de un cuer- 
po, ejerce en las ondas caloríficas y en las luminosas de mayor 
longitud. Cuando este elemento entra en la composición de un 
cuerpo, se anuncia por el obstáculo que opone á la propaga- 
ción de las undulaciones más largas. Consultando la lista délas 
sustancias diatermanas presentada por Melloni, se ve que to- 
das las de poder trasmisivo más débil contienen hidrógeno; el 
hielo es el cuerpo menos diatermano observado hasta el dia. 
En ningún caso puede uní. sustancia hidrogenada comunicar 
rayos procedentes de un foco á 400° C. de temperatura, al paso 
que lodos los demás cuerpos permiten mejor ó peor el paso de 
los rayos emitidos por un foco de tal género. La lista de los 
líquidos diatermanos de Melloni pone en evidencia el mismo 
hecho. Adviértese un salto brusco en el poder trasmisivo del 
cuerpo cuando se pasa de los que carecen de hidrógeno ú los que 
lo contienen, siendo el agua el líquido raénos diatermano de 
la lista. El autor atribuye también á la acción del hidrógeno 
la diferencia de los resultados obtenidos por sir "W. Ilerschcl 
y poi- Seebeck acerca del lugar que ocupa el máximo de calor 
en el espectro solar. 



346 
ilETEOROL.OOI/t. 



Resumen de las observaciones meteorológicas hechas en el Real 
Observatorio de Madrid, en el mes de mayo de 1859. 

Los cuatro primeros días de este mes deben considerarse 
como de la misma especie que los comprendidos en el últi- 
mo tercio de abril; en ellos, en eíeclo, íueron casi idénticas á 
las de aquella época la presión y apariencia de la atmósfera, 
algo menor la temperatura, frecuentes y poco abundantes los 
aguaceros, y débiles é indecisos los vientos, que de ordinario 
continuaron soplando del S. O.; en el dia 4, sin embargo, con 
la lluvia percibiéronse algunas señales eléctricas, mucbo más 
intensas que las observadas antes de tal fecha. 

Sucedieron á estos otros seis dias caracterizados por su ele- 
vada temperatura, por presiones atmosféricas superiores á todas 
las del resto del mes, auncjue poco notables sin embargo por su 
escasa humedad, vientos muy ondulantes, aspecto turbio del 
ambiente, y por haber ido en ellos sucesivamente aumentando 
la tensión eléctrica del aire. En el dia 9, el más caluroso de 
lodo el mes, formóse á la caida de la tarde, al N. N. lí., como 
á 45° del cénit, una nube tempestuosa, pequeña al principio, 
(|ue fué extendiéndose poco á poco por el resto del espacio, y 
que por fin entre 7^ y 9 de la noche despidió una ligera llu- 
via, acompañada de relámpagos y truenos. 

En los dias 10, 11 y 12 se inició un periodo de lluvias, 
eléctricas todas, que se ha prolongado hasta fin de mes, y que 
probablemente abrazará también alguna parte del de junio. 
Fueron en este periodo dias notables los ya citados 10, 11 y 12, 
el primero por la coloración vivísima y magnifica de la atmós- 
fera al ponerse el sol, y los otros dos por las lluvias abundantes 
y tormentosas que á diferentes horas de los mismos cayeron; 
los n, 18 y 19 por haber sido en ellos iguales las presiones, 
poco diferentes las temperaturas, y estallado en los dos últimos 
á las propias horas, entre 1 y 2 de la larde, tempestades 



347 

venidas del 0.. fuertes, aunque de muy escasa duración; el 26 
por el aguacero repentino é intenso (9""»,0) que, como á las 7 
de la tarde, sobrevino por el N. O. y 0.; y losüllinios del mes 
por la insisfencia con que en ellos han soplado los vientos del 
S. O., la gran cantidad do vapores suspendidos en la atmósfera, 
y las continuas y abundantes lluvias que con frecuencia han 
regado la tierra. 

Entre los meses de marzo y abril y el actual de mayo exis- 
ten diferencias muy notables. Así, mientras en los primeros la 
altura barométrica varió continuamente y entre límites muy 
extensos, en el último no ha experimentado mas que leves al- 
teraciones, y se ha conservado más de 20 dias entre 698«"°,84 
y 703""", 90: en vez de pasar la temperatura de un valor a 
otro muy distinto en el intervalo de dos dias consecutivos, como 
en marzo y abril sucedió con frecuencia, hay también en mayo 
más de 20 dias en que la temperatura media se halla compren- 
dida entre 11° y 16°, y las máximas al sol y á la sombra no 
son tampoco, en general, tan extremadas en este como en aque- 
llos meses; los vientos impetuosos y frecuentes de abril, apenas 
se han percibido en mayo; y en conclusión, la humedad habi- 
tual del último mes, y el estado eléctrico de la atmósfera, han 
sido incomparablemente mayores que en la anterior mitad de 
la primavera. 

En el siguiente cuadro se hallan consignados los números 
principales que confirman y aclaran cuanto queda expuesto. 

BARÓMETRO. 



Altura media á las 6 m 703""", 22 

Id. id. id. 9 703 ,47 

Id. id. id. 12 703 ,19 

Id. id. id. 3t 702 ,41 

Id. id. id. 6 702 ,42 

Id. id. id. 9n 703 ,48 

Id. id. id. 12 703 ,39 

Altura media mensual 703 ,08 

Id. id. máxima (dia 6) 708 ,14 



34S 

Altura mínima mensual (dia 13) 698°"» ,90 

Oscilación mensual 9 ,24 

Id. máxima (dia 4) íi ,32 

Id. mínima (dia 13) • O ,25 

TERMÓMETRO. 



Temperafura media á las 6 m 10°, O 

Id. id. id. 9 14,3 

Id. id. id. 12 17,9 

Id. id. id. 3 1 19,0 

Id. id. id. 6, 10 ,4 

Id. id. id. 9 n 12 ,9 

Id. id. id. 12.... 11 , 

Temperatura media mensual 14 ,1) 

Id. máxima á la sombra (dia 9) 30 ,0 

Id. id. al sol (dia 9) 40 ,1 

Temperatura mínima (dia 3) 3,4 

Id. id. en el reñeclor (dia 13) 0,0 

Oscilación máxima á la sombra (dia 9) 22 ,9 

Id. mínima (dia 30) 7,3 

EVAPORACIÓN. 



Evaporación media mensual. í)'""\9 

Id. máxima (dia 9) 11 ,0 

Id. mínima (dia 4) 2 ,4 

PSICRÓMETRO. 



Humedad relativa media á las 6 m 85 

Id. id. id. id. 9 07 

Id. id. id. id. 12 49 

Id. id. id. id. 3t 48 

Id. id. id. id. 6 56 



349 

Humedad relativa media á las 9 n 68 

Id. id. id. id. 12 77 

Humedad media mensual 64 

Id. máxima (dia 30) 87 

Id. mínima (dia 16). 49 

PLUVÍMETRO. 



Dias de lluvia en el mes 17 

Cantidad total de agua recogida 66«"n,8 

Id. máxima (dia 31) 19 ,4 



I 



ANEMÓMETRO. 



N 








N. 


N. 


E. . 




N. 


E. 


. . . 




E. 


N. 


E.. 




F 








E. 


S. 


E. 




S 


E. 

S. 






s. 


E.. 





Vientos reinantes en el mes 

22 horas. 
76 



49 
26 
10 

%- 
34 

47 



S. S. O.. 
S.O.... 

o. s. o. 

o 

0. N. 0. 
N. O.... 

N. N. O. 



45 horas. 
38 
153 
91 
25 
66 
51 
9 



350 



Resumen de las observaciones meteorológicas hechas en el Colegio- 
Guatemala el 



1858. 



Mlcscs. 



Enero. . . . 
Febrero. . 
Marzo . . . 

Abril 

Mayo. . . . 
Junio. . . . 
Julio. . . . 
Agoslo. . . 
Setiembre. 
Octubre. . 
Noviembre, 
Diciembre . 

Del aüo 



Temperatura exterior. 



8",9 

7 ,5 
5 ,2 

8 ,3 

13 ,1 

14 ,1 

10 ,6 

12 ,2 

13 ,8 

11 ,8 
<),1 

9 ,3 

5 ,2 



30',2 
29 ,3 

29 ,9 
32 ,0 

30 ,5 
28 ,1 

26 ,3 
25 ,2 

27 ,6 
27 ,t 
27 .0 
24 ,7 

32 ,0 



17",04 
18 ,2 8 
18 ,43 
20 ,17 
20 ,57 
20 ,10 
18 ,8f) 

18 ,79 

19 ,44 
18 ,98 
17 ,fi8 

17 ,63 

18 ,83 



_ 






s 








H. M. 


II. M. 


~^ tñ 


6. 


9. 


2r,3 


ir,6 


17°,0 


21 ,8 


11 ,6 


19 ,0 


24 ,7 


12 ,4 


18 ,9 


23 ,7 


13 ,0 


20 ,9 


17 ,4 


15,2 


21 ,2 


14 ,0 


15 ,1 


21 ,1 


15 ,7 


14 ,3 


20 ,1 


13 ,0 


14 ,1 


19 ,8 


13 ,8 


15 ,2 


20 ,1 


15 ,3 


14 ,8 


Í8 ,8 


17 ,9 


13 ,t 


16 ,7 


15 ,4 


13 ,0 


17 ,0 


26 ,8 


13 ,6 


19 ,2 



H. M. 
-12. 

21",! 
23 ,5 

23 ,6 
2 6 ,4 

24 ,8 
24 ,0 

22 ,3 

23 ,1 
22 ,2 

21 ,7 
20 ,1 
20 ,7 

22 ,8 



351 



Seminario á cargo de los PP. de la Compañía de Jesús de 
año 1858. 



Temperalura exterior. 



21",7 
23 ,8 
23 ,5 
25 ,4 
23 ,8 

21 ,9 

22 ,0 
22 ,4 

21 ,8 

22 ,2 
21 ,3 

21 ,G 

22 ,6 



14",4 

15 ,3 
Í5 ,2 
17 ,3 
17,8 
IC ,9 
IG ,5 

16 ,7 

17 ,4 
17 ,0 
15 ,4 
1 5 ,.5 

10 ,3 



Temperalura de la c\aporacioii. 



il'',4 

10 ,8 

11 ,7 

11 ,9 
14 ,7 
14 ,8. 
14 ,t 

13 ,8 

14 ,7 
14 ,2 

12 ,6 

12 ,6 

13 ,1 



13", 4 
13 ,5 
13 ,1 
15 ,5 

15 ,9 

16 ,8 
16 ,3 

16 ,2 

17 ,7 
IS ,9 
14,3 
14,1 

15 ,2 



VI. 



13", 5 

14 ,7 

15 ,0 

15 ,1 
18 ,1 
18 ,7 

16 ,7 
16 ,4 
18 ,0 
16 ,5 
15 ,5 



n. T. 


II, !\ . 


3. 


<J 


14", 7 


12°,9 


15 ,1 


n ,9 


14,6 


13 ,2 



15 ,8 13 ,8 

I 
'7 ,2 i 16 ,4 



17 ,4 
Ifi ,6 

16 ,5 

18 ,0 

17 ,2 
15 ,9 



15 ,0 15 ,?. 



16 ,1 16 ,: 



16 ,3 
15,7 

15 ,5 

16 ,3 
15 ,6 
13 ,9 

13 ,7 

14 ,7 



3S2 



Siguen las observaciones 



1858. 



Ranímclro á cero grados, cu milímclros. 



II. M. 



llciscs. 



Enero. . . . 
Febrero. . . 
Marzo. . . . 

Abril 

Mayo 

Junio. . . . . 

Julio 

Agosto. . . . 
Setiembre . 
Octubre.. . 
Noviembre. 
Diciembre . 

Del año. . 



640, se 

641,07 
640,42 
640,88 
6^0,48 
639,86 
641,22 
641,28 
640,67 
640,20 
641,13 
641,43 



640,80 



II . M . 



9. ^2. 



642,61 
642,46 
641,88 
642,01 
641,66 
041,10 
042,54 
642,58 
641,94 
641,63 
642,70 
642,82 



041,48 
641,35 
040,90 
641,14 
640,85 
640,13 
041,87 
641,78 
641,13 
040,63 
041,00 
641,65 



II. T. 



642,16 641,21 639,66 



639,93 
639,70 
039,26 
039,22 
639,18 
638,69 
640,01 
640,51 
039,55 
039,10 
040,06 
640,14 



642,00 
641,93 
641,61 
641,57 
041,39 
040,98 
042,51 
642,46 
641,94 
041,36 
642,24 
042,40 



641,87 



353 



meteorológicas de Giialemala. 



fiarúmeiro á cero grados, en milímetros. 



^"^ 




"^"^ 1 


^— 




■— 


~--^ 


Oscir.Acio 


■) BAROMtlRI 


CA DIURNA 


Al.TUB 


A BAROMKT 


IICA. 


o 


J 


J 


'-5 


1 


J 


^ 


O 


1,80 


3,76 


2,68 


638,29 


644,59 


641,38 


6,30 


2,10 


4,01 


2,70 


638,25 


644,82 


641,29 


6,57 


1,81 


4,23 


2,62 


636,95 


644,99 


640,79 


8,04 


1,63 


3,99 


2,79 


637,38 


644,42 


640,92 


7,04 


1,84 


3,23 


2,48 


038,03 


643,22 


640,68 


5,19 


1,71 


2,98 


2,41 


637,19 


642,39 


640,16 


5,20 


1,35 


3,28 


1,93 


639,00 


644,02 


641,72 


5,02 


1,26 


3,20 


2,07 


638,69 


643,87 


641,71 


5,18 


1,93 


3,21 


2,39 


638,83 


643,22 


641,(12 


4,39 


1,20 


3,80 


2,53 


637,23 


643,46 


6.^0,57 


6,23 


1,30 


3,30 


2,64 


637,38 


644,79 


641,53 


7,41 


2,10 


3,36 


2,68 


638,04 


644,64 


641,70 


6,60 


1,20 


4,23 


2,58 


630,95 


644,99 


641,12 


8,04 



23 



354 



Siguen lan observaciones 



1858. 


J 
'i 


Meses. 


Enero 

Febrero 

Marzo 

Abril 

Mayo 

Junio 

Julio 

Agosto 

Setiembre . . . 
Octubre .... 
Noviembre. . . 
Diciembre . . . 


13,0 

0,5 

42,í 

47,5 

146,5 

32G,1 

285,5 

H4,l 

212,9 

82,4 

1,7 

2,6 


Del aíío .... 


1275,0 



Fuerza elástica del vapor de agua, eu milioiclros. 



II. M. 



9,92 

9,19 

9,83 

9,73 

12,11 

12,33 

11,85 

11,56 

12,11 

11,67 

10,54 

10,60 

10,95 



11. M. 


II. M. 


II. T, 


9. 


12. 


5. 


9,51 


8,19 


9,19 


8,86 


8,64 


8,96 


8,59 


8,91 


8,55 


10,33 


8,38 


9,22 


10,68 


11,94 


11,22 


11,81 


13,03 


12,24 


H,65 


11,19 


11,20 


11,65 


10,54 


10,92 


13,55 


13,90 


1-3,10 


1(,73 


11,20 


11,84 


10,72 


10,66 


10,64 


10,33 


9,84 


9,85 


10,78 


10,54 


10,58 



10,17 
9,72 
10,13 
9,82 
12,97 
13,38 
12,74 
12,33 
I.'., 06 
12,29 
10,90 
10,59 

11,51 



355 



meleorolóf/kas de Guatemala. 



Estado higromélrico del aire, saliira- 
cion = 100. 




Núiueiü 


de lo. 


dius 


de 




,__^~,_^ ^, 




— "^ 




'"^"^ 








H. M. 


H. M. 


II. M. 


H. T. 


H. N. 






C. 


!>. 


Í2. 


3. 


9. 

83,4 


-j 




J3 


c 


3 


-3 
O, 

s 


S 


97,6 


65,9 


43,9 


47,6 


7 





7 


1 








3 


90,3 


54,1 


40,1 


40,7 


75,0 


1 





6 














91,6 


52,8 


41,1 


39,7 


78,7 


6 


1 


4 


3 


1 


3 





87,1 


56,1 


32,8 


38,2 


66,8 








7 


6 





1 





94,3 


56,8 


51,2 


51,0 


85,5 


19 


1 


6 


14 


8 


11 


3 


96,5 


63,5 


58,6 


62,6 


93,4 


26 





9 


14 


6 


11 


1 


97,6 


66,5 


55,7 


5 6,8 


91,2 


22 





11 


18 


2 


4 


5 


96,4 


67,9 


50, i 


54,1 


87,0 


14 


1 


12 


20 


2 


5 


2 


94,3 


77,5 


64,8 


67,4 


88,2 


23 





13 


14 


b 


5 


2 


93,1 


72,6 


57,9 


59,5 


85,1 


13 





10 


17 


i 


1 





94,0 


75,8 


61,9 


56,3 


83,6 


2 





7 


8 











95,0 


71,0 


54,2 


5), 4 


80,7 


3 





11 

103 


1 
116 


1 

26 





1 


94,0 


65,1 


51,0 


52,1 


83,2 


138 


3 


41 


19 



356 



Siguen las observacionex 





Número 


de los días ei 


que el 


Número de los días en 


Uva] 
na, e 


oración diur- 


1858. 




viento lia sido 


que el cielo ha estado 


n milímetros. 




^ 




__, 


ge 


neralmentc 






Mciies. 




o 




















iS 


'/■i 


j 


s 


o 
c 


"a 
3 


t-> 


J 


= 


■5 


























?; 


1 


> 


u 


«3 


z 


4 


2,1 


7,0 


S 


Enero 


24 


5 


1 


15 


12 


5,0 


Febrero .... 


14 


9 


5 





20 


4 


4 


4,5 


8,0 


6,4 


Marzo 


16 


6 


7 


2 


10 


19 





4,5 


9,5 


6,4 


Abril. 




15 


10 


5 





18 


11 




1 


6,5 


11,5 


7,9 


Mayo. 




8 


9 


14 





3 


16 


12 


2,5 


9,0 


5,4 


Janio 


5 


6 


18 


1 





4 


26 


1,5 


6,9 


4,4 


Julio 


22 


2 


3 


4 


i 


15 


15 


2,1 


7,5 


5,1 


Agosto 


25 


5 


1 





3 


19 


9 


2,1 


8,5 


6,0 


Setiembre. . . 


17 


7 


3 


3 





16 


1 


4 


1,6 


8,1 


4,6 


Octubre. .. . 


22 


5 


2 





3 


19 


9 


1,7 


6,5 


5,0 


Noviembre... 


21 


G 





3 


6 


20 


4 


2,9 


7,5 


5,6 


Diciembre. . . 


25 


2 


3 


1 


15 


15 


1 


4,0 


8,0 


5,9 


Del año .... 


214 


68 


6G 


17 


94 


170 


101 


1,5 


11,5 


5,6 



357 



meteorológicas de Gualemnln. 



bservacioocs magnéticas. 



VARIACIÓN DIURNA. 



0'56' 

5B 

1 15 

1 23 

2 11 

1 20 

2 3 

2 II 

3 17 

5 6 

1 24 
1 43 

O S6 



C'51" 
7 38 

6 33 
f. 4 

7 38 

6 51 

7 28 

8 6 

9 30 
6 14 

4 4 

5 55 

9 30 



3'55'' 
3 38 

3 52 
427 

4 35 

4 22 

5 3 
5 11 
5 51 
3 40 

2 58 

3 35 

4'15",6 



DECLINACIÓN AL ESTE. 





s 


7''12'35" 


7 12 35 


7 112 


7 1226 


7 1044 


7 112 


7 10 52 


7 10 52 


7 112 


7 11 20 


7 11 48 


7 11 58 


7 10 44 



7''21' 9" 
7 21 18 
7 19 26 
7 20 4 
7 19 26 
7 19 45 
7 19 26 
7 20 4 
7 210 
7 18 58 
7 17 53 
7 18 ñ8 

7 21 18 



7°16'27" 
7 16 38 
7 15 23 
7 15 51 
7 15 23 
7 15 1 
7 15 8 
7 15 25 
7 15 12 
7 14 57 
7 14 39 
7 15 14 

7 1526,5 



CIENCIAS N4TIR4LES. 



••íWS^ ■©«>♦•♦— 



OEOI^OCilit. 



Trabajos sobre las leyes que rigieron ó presidieron al mundo 
orgánico al tiempo de formarse la corteza terrestre: por 
Mr. Bronn. 

(Bibliot. univ. de Ginebra, marzo 1859.) 

Con esle título acaba de publicar Mr. Bronn en alemán su 
obra premiada por la Academia de Ciencias de París, cuyo tra- 
bajo se ha hecho con motivo de una cuestión propuesta en 1853 
por dicha Academia, y sacada á concurso en 1854 en la forma 
siguiente. 

«Estudiar las leyes de la distribución de los cuerpos orga- 
nizados fósiles en los diferentes terrenos sedimentarios, siguiendo 
el orden de su superposición. 

» Discutir la cuestión de su aparición y desaparición sucesiva 
ó simultánea. 

«Averiguar la naturaleza de las relaciones que existen entre 
el estado actual del reino orgánico y sus estados anteriores.» 

La Academia es verdad que ha decidido la impresión del 
trabajo importante de Mr. Bronn; pero según los usos y costum- 
bres del citado Instituto, habrán de pasar todavía algunos años 
antes que se concluya la impresión. Por fortuna Mr. Bronn ha 
dado una traducción alemana de su obra, que lleva al original 
la ventaja de estar ya publicada, y además de hallarse aumen- 
tada con multitud de notas que ponen esta obra al nivel de la 
ciencia en 1858. 

En vez de hacer un análisis de tan importantes trabajos, 
hemos creído mejor presentar á nuestros lectores la traducción 



360 

complela dol úlliino capílulo en que el mismo aulor resume los 
resultados espnciales á que ha llegado. Dicha traducción es la 
que sigue: 

I. Resultados de los trabajos de Mr. Bronn relativamente 
á la distribución de los organismos fósiles en la serie natural 
de los terrenos sedimentarios. 

Los trabajos cousignados cu esta obra son una conürmacion 
de las leyes que resultan del estudio puramente geológico déla 
marcha observada en la corteza del globo, relativamente á la 
aparición sucesiva de los seres organizados. Además ponen en 
evidencia ciertos hechos que no resultan inmediatamente de 
esas leyes, aunque no se hallen en contradicción con ellas; he- 
chos que merecen llamar la atención muy particularmente. 

Primera ley fundamental. 

1." Los organismos han aparecido en la serie de los tiempos 
en los diferentes lugares bajo condiciones de tipo y número que 
estaba en armonía con las condiciones exteriores de existencia. 

2.° La aparición de los dos reinos organizados ha sido simul- 
tánea, datando casi inmediatamente de los primeros depósitos 
neptunianos; es decir, de una época en que el calor central 
debia ejercer todavía una influencia considerable en la super- 
ficie del globo. Sin duda ha sido desde un principio el papel 
de los organismos de arabos reinos mantener la atmósfera en 
un estado tal; que sean las proporciones de oxigeno y ácido 
carbónico lo más favorables posible para su propio desarrollo, 
suponiendo por lo menos que la composición química de la at- 
mósfera fuese ya constante é independiente de otras circuns- 
tancias. 

3.° La población de la superficie de la tierra era en el prin- 
cipio muy uniforme bajo todas las latitudes, y sólo á mediados 
del período terciario se vieron las lloi-as y faunas diferenciars" 
esencialmente según las zonas. 

4." Ya sea bajo el aspecto de la constitución, ó en cuanto 
al número, la población primitiva de la superficie de la tierra 
correspondía á un clima cálido, de naturaleza tropical, unifor- 
me durante todo el año, lo cual resulta del hecho mismo de no 



361 

niíiniíostarse liasla mas adulante, k consocuencia de un enfria- 
miento, cuyo punió de parlida íueron las regiones polares, las 
diferencias de clima de las diversas zonas. 

o." Todas las modificaciones sucesivas de la población ani- 
mal y vegetal de la superficie del globo se han realizado por 
aiii((uilacion de las especies antiguas y aparición de otras nue- 
vas, sin haber existido nunca paso gradual de una especie á 
otra. 

6." Los tipos primitivos, ya animales ya vegetales, distaban 
todos mucho de la naturaleza viviente actual. Algunos se di- 
ferenciaban en cuantas subclases habia ó en tantos órdenes, y 
la mayor parte en los géneros. Pero á medida que en la historia 
de la tierra nos aproximamos á la época actual, se advierte una 
concordancia siempre creciente en los géneros, y hasta en 
ciertos casos, una identidad de especies con nuestra naturaleza 
viviente. 

7." En todos los tiempos han existido faunas y floras topo- 
gráficamente distintas, por efecto de las diferencias de condi- 
ciones en las localidades, y á causa de la distribución de los 
maros y elevación délas montañas. Pero á medida que los cam- 
bios ó alteraciones de la superficie terrestre multiplicaron y va- 
riaron las condiciones de localidad, á medida que se dividieron 
los mares y extendieron los continentes, que se prolongaron 
las cordilleras de montañas, que se elevaron las cimas, vie- 
ronse también diversificarse los tipos organizados, y su modo 
de agrupamienlo y asociación. Las faunas y floras se marcaron 
de una manera más clara, y en lodos los casos el número de 
especies que vivian á su tiempo se hizo siempre más con- 
siderable. 

8." Entre las estaciones de naturaleza notable, deben ci- 
tarse ante todo los pantanos inmensos de Esíigmarias en la 
época carbonífera. Gracias á sus raices horizontales, largas y 
numerosas, extendidas por la superficie de las aguas, las es- 
íigmarias han proporcionado al parecer con el tiempo á multi- 
tud de otros vegetales el suelo necesario para su desarrollo. 
Cuando estos perecían se enterraban en el légamo, y protegidos 
asi del contacto del aire, se trasformaban paulatina y comple- 
mente en carbón de piedra (hulla), dejando sólo descomponer 



362 
y podrir en la superficie un corlo número de despojos. De eslc 
modo podia verificarse la acumulación de sustancias carboni- 
zadas de una manera relativamente rápida (próximamente co- 
mo en nuestras lurberas), y la formación de capas de carbón 
exigirla por consecuencia un liemi)0 tal voz menos considera- 
ble que lo que comunmente se cree. Las alternativas cien ve- 
ces repetidas de capas de hulla y de arenisca ó de pizarras ar- 
cillosas, nos domueslran que se operaba entonces una depresión 
lenta y gradual del suelo, durante la cual se cubrían de lé- 
gamo y arena las capas de materias vegetales que acababan de 
formarse, volviéndose á elevar después el suelo otra vez. Esas 
depresiones continuas indican la existencia en aquella época de 
movimientos plu tónicos (1) de la costra terrestre, á consecuen- 
cia de los cuales pudieron verificarse por mucho tiempo emi- 
siones abundantes de ácido carbónico, como vemos que sucede 
en nuestros dias en ciertos paises. Tal era sin duda el papel de 
esos bosques cenagosos, el de apoderarse entonces de dicho 
ácido carbónico y lijar el carbón en el fondo de las aguas. Efec- 
tivamente, si todo el carbono contenido en las materias orgá- 
nicas depositadas hoy en los terrenos sedimentarios en forma 
de hullas, betún, etc., hubiera existido alguna vez simultánea- 
mente en la atmósfera en forma de ácido carbónico, no hubiera 
podido haber ni vida animal ni vegetal. Esos pantanos hulleros 
de Estigmarias, con su vegetación tan particular, se han pre- 
^entado de nuevo al parecer ya en uno ya en otro punto, 
cuando á causa de algunos hundimientos del suelo combinados 
con emisiones de ácido carbónico, se han vuelto á producir otias 
condiciones análogas (2). 



(1) Debe notarse sin embargo que tales movimientos del suelo no im- 
plican forzosamente una acción plutónica. Los interesantes trabajos de 
IMM.Bischoff, Volger y otros prueban al parecer por el contrario, que los 
hundimientos de esta naturaleza han debido tener por lo regular una 
causa neptuniana del todo. 

(2) Esta es la primera vez que sepamos, que se Layan combinado en- 
tre sí de esa manera las diversas condiciones indicadas, tales como la com- 
jiosicion química del aire, los pantanos de Estigmarias, y la formación de 
hulla, cuya combinación nos parece tan natural como necesaria. Sin 



363 

9." Aunque el ácido carbónico emitido de continuo lo hayau 
eliminado también sin cesar y lentamente los bosques de 
Estigmarias, no es por eso menos probable que han debido 
ejercer una gran inlluencia en el carácter del resto de la ve- 
getación las causas de hundimiento del suelo (la elevación de 
temperatura), lo mismo que la cantidad de ácido carbónico en 
mayor proporción que la de hoy, y el gran desarrollo de los 
pantanos de Estigmarias. Mas estos son electos que es imposible 
analizar ni atribuir con certeza á sus causas particulares. 

10. Una multitud de plantas y animales, en particular más 
de las tres cuartas parles de los insectos terrestres, de las aves 
y los mamíferos, ligados forzosamente, ya bajo el puntode vista 
de su alimento ya bajo el de su habitación, á ciertos géneros 
y aun hasta ciertas especies de vegetales, no han podido naln- 
i-almenle aparecer sino después de estos. Los animales y vege- 
tales inferiores se hallan por lo regular ligados no tan estre- 
chamente á otros organismos como algunos vegetales más eleva- 
dos en la serie*. 

11. Las modificaciones principales que han debido sufrir 
las condiciones exteriores de existencia de los organismos, ha- 
brán consistido sin duda esencialmente en la división del 
Océano universal en varios mares, en cuencas mediterráneas 
y en lagos caspios; en la aparición de islas que se agrandarían 
y aun se reunirían entre sí para formar continentes; en el le- 
vantamiento de cordillei'as, de montañas, etc. Paralelamente á 
esa trasformacion de la costra terrestre, habrá sufrido moditi- 
caciones análogas el mundo organizado. La población del mar, 
primitivamente (oda pelágica, .se combinaria con otra pobla- 
ción litoral, luego con otra terrestre, pero exclusivamente cos- 
tanera, y finalmente con poblaciones continentales, que varia- 
rían según los países llanos y los montañosos. Esta serie de 
fenómenos es la que designamos con el nombre de evolución 
lerripetal. Ya dependa de la serie sucesiva de los organismos, 



embargo, confesamos que osla opinión exije se funde mejor, y podrá 
sufrir algunas modificaciones. Es demasiado nueva para que nos haya 
sido posible desarrollarla suficientemenle. Tal vez podamos hacerlo 
más adelante. 



364 

ya de la Irasíormacion ilc sus caracteres, auíi en los casos do 
sernos desconocidas las causas de Irasíormacion, dicha evolu- 
ción se présenla a nueslra visla como una ley de desarrollo en- 
leranienle general, y es la que llamamos leí/ lerripelal. Como 
por lo regular es más elevado el grado de organización que 
caracteriza álos habitantes de las costas que el de los moradores 
de las prolundidades de los mares, é igualmente es más elevado 
el grado de organización de los habitantes de las tierras que el 
de los moradores de las aguas, resulla que dicha ley se halla 
ligada intimamente con un desarrollo progresivo. Las primo- 
ras plantas terrestres (fuera de las hullas de Portugal, cuya na- 
turaleza siluriana es dudosa), datan de la formación devoniana; 
los primeros animales anfibios que se observan en la misma 
época, son en muy corto número. Los verd-aderos habitantes 
primeros de las tierras, que han respirado el aire natural (in- 
sectos) y se han movido, se observan en la formación carboni- 
fera. A contar desde ese momento, el número de los organismos 
terrestres ha ido siempre creciendo, hasta concluir por exceder 
al de los organismos marinos. 

Segunda leij fundamental. 

12. Además de esa primera ley existe evidentemente otra 
de creación positi va éinflíe/)eHf/ieHÍe, que se nos manifiesta en la 
sencillez y orden perfecto de todas las modificaciones simultá- 
neas ó sucesivas del mundo organizado. Las condiciones exte- 
riores de existencia no permitían sino bajo un punto de visla 
enteramente negativo la averiguación del plan que ha presidido 
á la creación á cada momento y en toda la serie de los tiem- 
pos. Pero la segunda ley, gracias á su carácter positivo, nos 
ofrece el medio de seguir el hilo conductor con mayor facilidad 
y consecuencia que permitía hacerlo la primera tan compleja. 
Deaqui resulla en primer lugar la estricta uniformidad en toda 
la creación (|ue exislia simultáneamente á cada momento dado 
en toda la superficie de la tierra; de aquí la aparición y des- 
aparición simultánea de géneros y especies en todas las regio- 
nes y bajo todas las zonas; de aquí también el equilibrio conti- 
nuo entre las plantas y animales, los animales terrestres y los 



365 
acuáticos, los herbívoros y carniceros de cada creación, y lodo 
eslo realizado con mayor exactitud que hubiera podido suceder 
i)ajo la sóía inlluencia de las condiciones exteriores de existen- 
cia, que si bien pueden destruir, nada pueden sin embargo 
criar. El desarrollo del plan de creación en la serie de las eda- 
des geológicas se ha veriíicado con p.rl'ecta consecuencia y de un 
modo enteramente independiente. El desarrollo sistemático y 
prügresi\o y la ley que le rije es un hecho imposible de ne- 
garse ya. Mas no debe representarse ese desenvolvimiento pro- 
gresivo como consistente en la aparición primitiva de sólo los 
fitozoarios, siguiéndoles después y sucesiva¡nente los actinozoa- 
lios, los malacozoarios, eniomozoarios, y finalmente los espon- 
dilozoarios, y que á todas las clases y órdenes siguió la apari- 
ción de otra clase ó un orden más elevado en la escala de la 
organización. En realidad, los subreinos, á los que bastaban 
las condiciones exteriores de existencia en la época más anti- 
gua, aparecieron simultáneamente ó casi de este modo, y se 
hallaban representados por las clases y órdenes más inferiores 
en organización de formas pelagianas y natatorias, cuya respi- 
ración aérea se verificaba por medio de agallas. Cuando más 
adelante aparecieron rápidamente unos después de otros, los 
subreinos superiores representaron á los órdenes primitivos 
unos tipos cada vez más elevados. Así se observa en muchos 
casos y en todos los subreinos sin excepción al pasar revista 
clase por clase y orden por orden, á fin de comprobar la época 
de su aparición y la de su culminación (aparición de los vegetales 
superiores, peces óseos, mamíferos). 

13. En ninguna parte es tan evidente ese plan de sucesión 
tomo en el reino vegetal, en el que vemos aparecer primero y 
simultáneamente varios subreinos, á los que siguió la aparición 
sucesiva d.' los grupos superiores que más se les aproximaban 
por su organización, y (pie tampoco llegaron á su punto culmi- 
nante hasta más tarde. La consecuencia natural de esto fué la 
aparición relativamente más tardía de los grupos de vegetales 
más elevados en organización, grupos que exceden á los demás 
por el númei-o de sus géneros y especies; y sin embargo, en 
cuanto podemos juzgar ahora, las condiciones exteriores de 
existencia hubierau permitido desde un principio su aparición. 



366 

Imposible nos es hoy asignar otra causa que haya proJucido el 
el'eclo lie retrasar la aparición de los dicotiledoncs angiosper- 
mos hasta la época cretácea, sino la ley del desarrollo progre- 
sivo (á no ser queriendo admitir que se hayan opueslo á su na- 
cimiento en las épocas antiguas las emisiones de ácido car- 
bónico). 

14. La aparición tardía de los dicotiledones angiospermos 
es sin contradicción entre todas las causas la que ha tenido 
más importancia para retrasar la aparición de la mayor parte 
de los animales terrestres, tales como los insectos, aves y ma- 
míleros. A pesar de eso los tipos marinos, omnívoros y carní- 
voros, y entre los géneros y órdenes correspondientes á dichas 
clases que se alimentan de dicotiledones y angiospermos, pudie- 
ron ya aparecer en una época más remota. Entre la multitud de 
animales que viven á expensas de los dicotiledoncs angiosper- 
mos, hay además gran número de ellos que dependen unos de 
otros; de este modo los vertebrados carnívoros, los insectos co- 
prófagos ó parásitos, etc., no podían aparecer sino después de 
ciertos otros animales. 

15. El desarrollo progresivo no consiste sólo en el hecho de 
agregarse tipos nuevos y más perleclos á los inferiores que exis- 
tían antes, sino también en la circunstancia de disminuir de 
importancia estos últimos, contando desde su punto de culmi- 
nación hasta concluir por extinguirse completamente. Dicho se 
está que ciertos tipos han aparecido con su máximo de desar- 
rollo. Por consecuencia se observan simultáneamente en cada 
subreino, y aun en cada clase de seres organizados, ciertos ti- 
pos en vía de desarrollo y otros en vía de crecimiento. Los tipos 
que tienden á desaparecer son los inferiores bajo el punto de 
vista de su organización ó del de la serie lerripclal (por ejem- 
plo, los cefalópodos). Los que van multiplicándose ocupan por 
el contrario un lugar más elevado bajo cualquiera de esos dos 
punios de vista. Los grupos que tienden á sustituirse unos á 
otros se hallan en general en el periodo mesolílico, pero á ve- 
ces los separa también un intervalo más ó menos largo. Ade- 
más, existen grupos de organismos cuyo desarrollo numérico 
permanece próximamente el mismo á través de todos los pe- 
ríodos. Por lo regular son estos órdenes ó subórdenes inferió- 



30)7 

res, compuestos quizás también en ese caso de dos grupos que 
tienden á sustituirse mutuamente. 

16. Todos los grandes fenómenos relativos al orden de apa- 
rición de las diversas subdivisiones del reino organizado resul- 
tan de las leyes que hemos desarrollado hasta aqui, las que 
pueden resumirse del modo siguiente: (o) adaptación á las con- 
diciones exteriores de existencia; {b) movimiento lerripetal; 
(c) desarrollo progresivo, es decir, aparición sucesiva de formas 
con organización cada vez más complicada. La aparición de to- 
das esas subdivisiones se halla subordinada á dichas leyes, ex- 
ceptuando la de ciertos grupos de importancia secundaria (sub- 
órdenes ó familias). Entre esas cortas excepciones puede citarse 
la aparición tardía de ciertos grupos de peces teleoslirhs, la 
prematura de ciertos reptiles terrestres, lagartos lliecodonlos \ 
ncrodontos, que precedieron á los saurios acuáticos nexipodos 
y emidosaurios , y la extinción rápida de los dinosaurios, de 
organización tan elevada en el momento de la aparición de los 
mamíferos. Pero estos hechos son tan aislados, que sólo es po- 
sible considerarlos como excepciones de la regla. Verdad es que 
si se quiere descender en estas consideraciones hasta las fami- 
lias de importancia minima, se verán multiplicarse las excep- 
ciones. Mas aunque indudablemente hayan presidido á la crea- 
ción las leyes que acabamos de enumerar, distamos mucho de 
pretender que sean tan matemáticamente absolutas (hecha abs- 
tracción, por supuesto, de los efectos negativos y decisivos de 
la ley de las condiciones exteriores de existencia) como la ley 
de atracción universal, ó como la de afinidad, ó cualquiera otra 
([ue no sufra excepción. Por lo demás, todavía ignoramos la 
regla de que se ha valido el mismo Criador para la determina- 
ción del orden sistemático de los seres. 

17. Es verdad que un gran número de fenómenos satisfa- 
cen al parecer la ley del desarrollo sucesivo de series de orga- 
nismos correspondientes á tipos embrionarios, tal como la ha 
formulado iMr. Agassiz. Sin embargo, los diferentes caracteres 
que ofrecen los organismos, resultados de la metamorfosis de su 
tipo embrionario, no son lodos signos de perfección gradual, 
sino variaciones sobre un sólo tema de organización, sobre un 
pensamiento fundamental único. 



368 

18. Todos los fenómenos que deducimos de la ley de adap- 
lacion a las circunstancias exieriores de existencia, de la ley 
de evolución terripelal y de la del desarrollo progresivo, nos 
demuestran una marcha regular desde el principio al íin de 
las edades geológicas. Sin embargo, hay dos momentos que por 
su importancia se destacan por si mismos de ese curso uni- 
torme de la historia de la tierra: el uno termina el período pa- 
loolilico, y el otro precede inmediatamente al cenolilico. El pri- 
mero corresponde á la extinción délos panlanosde Estigraarias, 
la cual produjo la cesación de fenómenos particulares y muy 
generales en la superficie, íntimamente ligados con la existen- 
cia de esas plantas pantanosas de un orden singular; habiendo 
sido igualmente causa de la desaparición de gran número de 
tipos palólicos. El segundo corresponde á la desaparición de las 
auimonitas y belemnilas, á la aparición primera en que se pre- 
sentan por primera vez en escala considerable dicotiledones an- 
giosperraos, peces teleostidos, aves que vivian en los árboles, 
y finalmente mamíferos. La multiplicación del número de gé- 
neros y especies recibió de este modo un nuevo impulso. Desde 
ese momento es cuando datan los primeros vestigios de una di- 
ferencia de climas correspondientes á las diversas zonas del 
globo terrestre. 

11. Resultados de los trabajos relativos á la gradación ó 
simultaneidad de la aparición y desaparición de los seres orga- 
nizados. 

Los resultados que hemos obtenido relativamente á la apa- 
rición y extinción gradual ó simultánea de lodos los organismos 
de una misma época, pueden resumirse del modo siguiente: 

1.° La creación de nuevas especies y desaparición de tipos 
antiguos duró de un modo continuo, salvo ligeras oscilaciones, 
sin limitarse á ciertos períodos de creación, por mas que sea 
fácil imaginarse que ciertos acontecimientos geológicos hayan 
podido producir en algún punto que otro la extinción simultá- 
nea de un número de especies mayor ó menor. 

2.° La duración de existencia ha sido muy variable según 
las especies. Ciertos tipos específicos han durado 2, 3, 4 ó 5 
veces más que otros, de suerte que algunos sólo existieron una 
pequeña fracciou del tiempo necesario para la formación de un 



369 

terreno en el sentido geológico de la palabra, al paso que otros 
sobrevivieron á la formación de dos ó tres terrenos, y aún más 
todavía; cuyos fenómenos podían verificarse en cierto punto de 
la superficie del globo solamente, sin presentarse en ninguna 
otra parle. 

3 .° No hay, pues, terrenos marcados en el sentido paleolítico 
de la palabra, ni creaciones marcadas, ni fioras ni faunas su- 
cesivas bien limitadas, como tampoco existe terreno que con- 
serve simultáneamente en todas las partes del mundo los mis- 
mos caracteres mineralógicos, la misma potencia, é idénticos 
límites lilológicos y paleontológicos. 

4." Un terreno geológico ó una fauna y Üora geológicas, es 
el conjunto de capas sedimentarias que se forman en toda la 
tierra en cierlo espacio de tiempo, ó bien el conjunto de ani- 
males y plantas que han vivido durante ese espacio de tiempo. 
Poco importa que el carácter litológico, la potencia y límites de 
demarcación de dichas capas hayan sido uniformes en toda la 
superficie de! globo, ó que hayan variado de localidad á locali- 
dad, adoptando en un punto tal facies y en distinto lugar otra; 
tampoco importa que las diversas especies de organismos per- 
tenecientes á esa época hayan vivido desde su principio hasta 
el fin, ó que sólo hayan durado parte de ese tiempo, ni 
(pie hayan excedido ó no los limites señalados al referido 
terreno. 

5." Cuando el depósito de capas idénticas, correspondientes 
á un estado idéntico y constante del mar, duraba más en un 
país que en otro, la población de ese mar y los restos orgánicos 
de la misma podían subsistir allí por más tiempo sin sufrir mo- 
dificación. 

6.° Cuando reaparecía un estado idéntico de mar durante 
el depósito de un terreno inmediatamente consecutivo, ó bien 
á continuación de un intervalo más ó menos largo en que pu- 
dieron depositarse oti'os terrenos, podía igualmente volver á 
presentarse la misma población marina en la misma localidad, 
y producir despojos orgánicos idénticos inclusos en las capas 
superiores. De este modo se formaban lo que se llama colonias 
en geología. Sin embargo, es probable que dicho fenómeno no 
haya podido presentarse sino en el caso de haber continuado 



370 

viviendo en el intervalo las mismas especies, aunque tal vez en 
número rcducidisimo en alguna otra localidad. A pesar de todo, 
ya hemos probado cómo puede suceder que restos de especies 
perfectamente idénticas pasen á rocas de distinta naturaleza de- 
positadas por mares muy diferentes. 

7." No existen quizás terrenos inmediatamente superiores 
unos á otros, ni launas ni lloras consecutivas, sin que les sean 
comunes ciertos organismos. El número de especies comunes 
pueden variar de 0,01 á 0,10. 

8." Sin embargo, cuando ha habido movimientos súbitos 
del suelo en ciertas localidades, un calentamiento de la costra 
terrestre, emisiones de vapores sulfúricos, de ácido carbónico 
ú otros gases nocivos, largas interrupciones en la formación de 
depósitos, levantamiento de capas, etc., sucede por lo regular 
que son más raros los pasos de especies de un terreno á otro, 
((ue cuando los depósitos se han verificado de un modo regular 
y sin interrupción alguna. 

9." El término medio de la duración absoluta de los orga- 
nismos era suficientemente largo para que no causen admira- 
ción las diferencias importantes que ofrecen las especies bajo 
este punto de vista, á pesar de que la historia de dichas espe- 
cies la hallemos escrita por lo regular en unas capas de insig- 
nificante grueso hasta tal punto, que hayamos de considerar 
frecuentemente como simultáneos fenómenos separados por 
grandes espacios de tiempo. 

III. Resultados concernientes á la naturaleza de las relacio- 
nes que lifjan el oslado actual del reino organizado con sus es- 
lados geológicos. 

En todo cuanto precede hemos tenido en consideración, no 
sólo el estado antiguo, sino también el actual de las cosas; ha- 
biendo seguido las modificaciones que nos presenta el mundo 
orgánico en los periodos antiguos, no sólo hasta el umbral de 
la creación contemporánea, sino hasta el corazón de la misma. 
Hemos observado (|ue no todas esas modificaciones se detienen 
en el principio de la naturaleza actual, sino que continúan 
muchas veces su marcha sin interrupción hasta tal punto, que 
nos es muy dificil señalar con exactitud la linea de ese limite. 
Los grupos de plantas ó animales que se hallaban en via de rá- 



371 

pida disminución hacia el íinal de las edades geológicas, han 
conlinuado disminuyendo en la época aclual (entre todas las 
especies fósiles, los moluscos marinos son los que mejor cono- 
cemos, y su estudio es aquí el más decisivo). Por el contrario, 
los que estaban en via de incremento han seguido desarrollán- 
dose. Al principio existia cierto número de órdenes y subór- 
denes enteramente extrañosa nuestra creación aclual; y todos 
los géneros, á excepción de 1 á 3 por 100, eran diversos de los 
de hoy. Paulatinamente fué disminuyendo el número de esos 
tipos extraños, y el de los géneros que se han conservado hasta 
nuestros dias se hace cada vez más considerable. En la serie 
sucesiva de las edades se elevó gradualmente el citado número 
de 20 á 40, 60, 80,90, y finalmente 100 por 100. Poco á poco. 
y eso ya á la conclusión del periodo cretáceo, se vieron apa- 
recer algunas especies aisladas, que han subsistido hasta nues- 
trosdias. Su número se elevó gradualmente, á contar del período 
eoceno, hasta 20, 60, 80, 90, 9a y 99 por 100, á pesar de que 
nos sea imposible probar una gradación tan regularen todas las 
clases. Pero por muy gradual que haya sido ese paso de las fau- 
nas y floras geológicas á la naturaleza actual en el Mediodía de 
Europa, según Philippi, puede muy bien suceder que en otros 
paises haya fallado una gran parte de la serie de las capas in- 
termedias, y por consecuencia que se manifieste en ellos de un 
modo más marcado que en Europa la distinción de formaciones 
marinas correspondiente á esos dos períodos. De la misma ma- 
nera puede muy bien ser más marcada eu un país que en otro, 
por razones enteramente análogas, la separación de dos for- 
maciones más antiguas. Ese paso gradual de las creaciones anti- 
guas á la contemporánea, no solo se raaniliesta en la proporción 
siempre creciente de las especies idénticas, sino también en la 
diferencia siempre más pronunciada de las floras y faunas, se- 
gún las zonas, desde los tiempos eocenos hasta nuestros dias. La 
formación de floras y faunas locales desde la época eocena hasta 
la pliocena y diluviana, manifestaba ya los mismos caracteres 
locales que las floras y faunas de hoy. En cada pais vivían las 
mismas familias caracteiisticas, los mismos géneros, y una gran 
parle de las especies que vemos vivir en ellos actualmente. Las 
capas terciarias más modernas de Inglaterra contienen una 



372 

fauna de testáceos, que concuerda ante todo con la del mar 
del Norte; la launa de las mismas capas en Italia tiene su congé- 
nero en la fauna actual del Mediterráneo; en las Indias occi- 
dentales notamos que la fauna del mar actual se armoniza en 
mayor parle con la terciaria más moderna de las islas. Las ca- 
vernas de osamonlas que hay en Europa y en el Norte de Asia 
son principalmente ricas en restos de osos, hienas, bueyes, 
(liervosy elefantes, es decir, de géneros cuyas especies (aunque 
diferentes en su mayoría de las especies diluvianas) viven aún 
hoy en gran parte en los mismos paises. En las cavernas de la 
América meridional vemos que dominan los restos de cuadru- 
manos plalyrhinos y edénlulos, y hasta géneros que viven toda- 
vía en aquellos paises, ó que se aproximan mucho á los géne- 
ros actuales; algunas especies hasta son idénticas. En las 
cavernas de osamentas de Australia, finalmente, sólo se han 
encontrado las de didelfos, y hoy se sabe también que casi no 
hay en dicho continente mamíferos que pertenezcan á esta di- 
visión. Una de las pruebas más notables del paso gradual de un 
|)eríodo á otro, resalta del estudio de los antiguos bosques do 
Taxodiuní diüichum de la Luisiana (que han subsistido sin 
embargo en gran parte en el periodo actual). 

La aparición de los vegetales dicotiledones al final del pe- 
riodo cretáceo y principio del terciario, se ha alegado muchas 
veces como un suceso de suma importancia para el desarrollo 
de toda la fauna terrestre. Su importancia es en efecto incalcu- 
lable, comparativamente con los caracteres tan poco pronuncia- 
dos á que hay necesidad de recurrir para separar el periodo 
terciario de la época actual. Por esta razón se ha querido mu- 
chas veces ensanchar los límites del período más moderno hasta 
ese momento, y confundir los terrenos terciarios y modernos en 
un sólo periodo común. Efectivamente, para distinguir el ter- 
ciario del periodo actual es preciso recurrir á cualquiera de los 
tres acontecimientos siguientes, que probablemente se habrán 
sucedido de cerca, es verdad, pero que no es posible probar 
que hayan sido sincrónicos: 

1." La última aparición de plantas ó animales actuales. 

2." La última extinción de especies antiguas sin intervenir 
la mano del hombre. 



373 

5.° La aparición del hombre mismo. 

Sólo el estudio de los restos fósiles que llegan á nuestra 
noticia puede determinar la época de estos tres sucesos. Pero 
es una teoría muy difícil, porque los resultados de nuestros 
trabajos sobro este particular no se pueden considerar nunca 
como definitivos, no tratándose aquí además, probablemente, 
sino de diferencias cronológicas muy pequeñas. 

El plioceno marino contiene también especies de moluscos 
extrañas á los tiempos anteriores (V. Philippi, Wood, d'Or- 
bigny) agregadas á otras que existían ya en los tiempos mio- 
cenos; por consecuencia, aparecieron en el curso de la época 
pliocena. El terreno diluviano lacustre presenta hechos análo- 
gos en lo relativo á los mamíferos terrestres. En las arenas 
miocenas subapeninas y en el mammaliam-cray de Inglaterra 
se han hallado osamentas idénticas con restos diluvianos. Mas 
todavía no se ha logrado determinar (y puede que nunca se 
consiga en razón de la falta de caracteres constantes) en qué 
nivel de las capas pliocenas han aparecido las últimas es- 
pecies. 

A la conclusión de las formaciones pliocena y diluviana 
desaparecieron las últimas especies animales y vegetales que se 
han extinguido independientemente de la acción del hombre, 
porque en las capas de aluvión sólo se encuentran despojos de 
especies que existen actualmente todavía. Pudiera sin embargo 
objetarse á este modo de ver, que en las capas pliocenas más 
recientes el número de especies extinguidas sólo se eleva á un 
tanto por 100 muy pequeño, por lo cual ha de ser muy incierta 
la determinación de la época, por poco que escaseen los restos 
orgánicos. En efecto, puede suceder fácilmente en ese caso que 
no se hayan conservado en la localidad que se examina las es- 
pecies raras extinguidas, aunque sí lo hayan sido en otras. Se 
corre por tanto el riesgo de declarar por terreno de aluvión ca- 
pas que en realidad son diluvianas ó pliocenas, y de utilizar 
como prueba el punto que se trataba de demostrar. No tenemos 
seguridad de que no se hayan cometido errores de esta clase en 
casos que han servido para decidir la cuestión. Finalmente, 
¿cómo es posible creer, después délos hechos mencionados an- 
tes, que los últimos o, 4, 3 ó 2 por 100 de las especies extin- 



374 

giiidas de la población pliocena hayan dejado de vivir al mismo 
tiempo bajo el Ecuador y en el polo, en el fondo de los mares 
y en la superficie de los continentes? 

Cuestión es esta lan intrincada para decidirla, como la de sa- 
ber si el hombre ha vivido simultáneamente con especies extin- 
guidas que hayan dejado de existir sin intervención histórica de 
su parte, ó si ha aparecido después de su extinción. La aparición 
del hombre, que ha ejercido lan gran influencia en el estado 
actual de nuestro planeta y en el desarrollo de toda la natura- 
leza, la entrada en la escena del mundo de ese «señor de la 
creación,» para cuyo recibimiento todo lo demás debió ser 
sólo una obra preparatoria, es un suceso del que se hubiera 
hecho (le buena gana ol punto de partida de una era nueva en 
la historia de la tierra. Cierto es que se han hallado con fre- 
cuencia osamentas humanas y fragmentos de objetos de artes 
mezclados con restos de animales diluvianos. Pero se habia 
creído posible destruir estos hechos con la hipótesis de que esos 
huesos no se hallaban en relaciones primitivas de asociación, 
sino que los habian reunido en una época posterior las corrien- 
tes de agua; ó por lo menos se objetaba que era imposible pro- 
bar la inutilidad de una hipótesis semejante. Particularmente 
Sir Ch. Lyell ha tratado de explicar la juxtaposicion de osa- 
mentas humanas con restos diluvianos, observada en la Lui- 
siana por Dickeson, por medio de derrumbamientos de terre- 
nos arcillosos á consecuencia de erosiones subterráneas, en una 
localidad donde habia sepulcros indios encima de restos dilu- 
vianos. Más dificiles de refutar serian las observaciones siguien- 
tes, si tuvieran todas las garantías necesarias. En una caverna 
de osamentas del Brasil ha encontrado iMr. Lund un cráneo 
parecido al de los aborígenes actuales, y otros huesos humanos 
entre otros de Plnlonix y de Clamidolerio. Tanto unos como 
otros estaban petrificados de la misma manera, penetrados de 
incrustaciones ferruginosas todas idénticas, que presentaban la 
misma fractura metálica. Entre ochenta cavernas del Brasil con 
osamentas, asegura Mr. Lund haber visto seis en que los hue- 
sos humanos se hallaban asociados á restos de animales extin- 
guidos; y aunque sea imposible considerar como prueba ab- 
soluta ninguna de dichas observaciones, se inclina á conceder 



I 



375 
Mr. Lund que han viviJo simulláneamoiUc esos hombros y 
animales. 

También debemos hacer mención aquí de la juxtaposicion 
de osamentas humanas, cascos de vidriado y oíros producios 
con reslos de maraiferos extinguidos en la arcilla y brecha ósea 
de Bize, cerca de Narbona, según MM. Marcel deSerres, Tour- 
nal y Lecoq; de las observaciones análogas de Mr. Schmerling 
en las cavernas con osamentas de Lovaina; de las de Mr. Mar- 
cel de Serres en las cavernas de Mialet; del hallazgo del mismo 
género en las cavidades volcánicas recientes déla Denise, cerca 
de Puy, en Auvernia; y principalmente el de las grietas de las 
rocas del Albe Wurlembergés, donde se han descubierto cinco 
molares humanos en las regiones más profundas, y en un estado 
de fosilización idéntico al de las osamentas de hippoterio, tapir 
y mastodonte que se han encontrado á su lado; hechos que ga- 
rantizan MM. Jaeger, Kurr y Quensledk. Una sola circunstancia 
podria dar lugar á algunos escrúpulos, la de que esos cinco 
dientes son todos idénticos por su forma, y aunque correspondien- 
tes al último molar de la mandíbula inferior (en los Mongoles, 
Fineses y negros) se parecen más entre sí que al expre- 
sado molar. 

Todos los casos acabados de citar son de tal naturaleza, que 
un juez exento de toda idea anterior adoptaría sin vacilar 
la existencia simultánea de huesos humanos y reslos de anima- 
les fósiles en Iss mismas capas. Sin erabai'go, el que quiere 
someterlos á una crítica severa puede dejar todavía abierta la 
puerta á ciertas dudas. 

Por tanto es inútil, á nuestro modo de ver, hablar de casos en 
que se ha refutado victoriosamente el pretendido hallazgo de 
osamentas humanas, contemporáneas de la época diluvial 
ó de otra aún más remota. Tampoco nos detendremos en las 
tradiciones conservadas por los habitantes de Nueva-Zelanda 
y Madagascar relativas á la existencia de aves gigantescas, tales 
como el Moa íDinornis) y el Epyornis en países remotos, aves de 
que todavía se encuentran huevos y esqueletos en algunas capas 
de época muy reciente; porque es posible que tales tradiciones 
se funden únicamente en la existencia de esos restos fósiles, 
y además en todos los casos carecen de pruebas suficientes. 



376 

Sin embargo, todos éstos hechos, por más que no prueben 
todavía de una manera irrefragable la coexistencia del hombre 
con especies de animales extinguidas hoy, merecen siempre 
examinarse seriamente. Si en el estado actual de la ciencia se 
comparan con el descubrimiento que hemos mencionado en esta 
obra, de un cráneo de indio á gran profundidad en los depósi- 
tos de ciprés de la Liiisiana (1), preciso será confesar que es 
muy (lilicil establecer una linea clara de demarcación entre la 
época terciaria y la época actual. 



(i) El autor alude aquí al siguiente caso: MM. Diclceson y Brown 
han liallado en la Luisiana un depósito de troncos fósiles de ciprés 
(Cupresstts disíicfia, Lin., Taxodium distichum, Rich.) correspon- 
diente á la misma especie que existe todavía hoy en las regiones 
expuestas á las inundaciones del Mississipi. Dicho depósito lo for- 
man 1 capas de ciprés dispuestas verticalmente unas sobre otras, y 
separadas por capas de tierra. En él se han encontrado 10 troncos de 
gran diámetro, debiendo haber sido la duración de cada uno de 5.700 
años próximamente, según resulta de la cuenta de las capas leñosas de 
crecimiento. Sobre las más modernas de dichas capas de ciprés crece en 
la actualidad un bosque de encinas, cuya edad se calcula en 1500 años. 
Mr. Dowler {Janson's Journal, 1854, LVII, p. 374-375) se funda en 
estos hechos para sentar los siguientes cálculos cronológicos. Los terre- 
nos formados por los aluviones de rio sólo producían primitivamente 
yerbas exuberantes; eran un vasto bosque de plantas pantanosas de suelo 
movedizo. Poco á poco, y luego que se levantó el terreno y se hizo más 
sólido, fué cuando pudieron desarrollarse en él los bosques de cipreses. 
Sabido es, gracias á los datos de Strabon, que el Nilo en el espacio de 
17 siglos no ha levantado el suelo de Egipto por sus depósitos de alu- 
vión sino 5 pies ingleses por siglo. Según este tipo de medida, sería pre- 
ciso admitir que sólo al cabo de 1500 años fué cuando el suelo del bos- 
que pantanoso movedizo se afirmó bastante para tener cipreses. Si se re- 
flexiona ahora que algunos de ellos que hallamos en ese bosque fósil han 
llegado á la edad muy subida de 57 00 años, y se atiende á que hay ne- 
cesidad de admitir para cada capa de las 10 de dicho depósito generacio- 
nes de cipreses que han debido sucoderse tal vez en gran número pfr.i 
caer después y quedar abandonadas á la descomposición antes de la épo(a 
en que se desarrollaron los árboles vivientes en la actualidad, no se po- 



377 



NUEVOS RESULTADOS. 



En 1848 y 1849 indicamos ya en el Index paleoníologicus 
(parte 2, pág. 746-913) varios resultados de los consignados 
en la presente obra relativamente á la aparición de los orga- 
nismos en la superficie de la tierra, pero sin representar estos 
hechos como derivándose de una teoría positiva, ni cual resul- 
tantes de una causa común. Ya entonces señalamos el paso de 
las especies de un terreno á otro, la variabilidad de su duración 
de existencia, el crecimiento de las especies, géneros, órdenes 
y clases en los períodos modernos, circunstancias que hablan 



drá tachar de exageración el cálculo que admite como duración del depó- 
sito de cada capa un espacio de tiempo correspondiente por lo menos á 
dos generaciones de ciprés. Por consecuencia, resulta que todo bosque 
que produjo la formación de una de las capas del depósito duró por lo 
raénos 11400 años antes que, por hundirse el suelo, hubiese nueva irrup- 
ción de las aguas y formación de otro bosque pantanoso. El terreno en- 
charcado de este nuevo bosque se solidificó á su vez, y pudo producir otro 
de cipreses, cuya duración no fuese inferior á la del primero. Luego ese 
segundo bosque se sumergió á su vez, repitiéndose el mismo fenómeno 
1 veces seguidas. Para la última alternativa de estas, el cálculo ofrece 
el siguiente resultado: 

Formación y solidificación del bosque pantanoso 1.500 años. 

Duración de dos generaciones de cipreses 1 1.4it0 

ídem del bosque actual de encinas después de secarse el 

suelo y de su elevación l.,500 



14.400 



En las 'J veces primeras no hubo levantamiento y desecación de! 
sucio después del desarrollo de los bosques de cipreses, y no fué posible 
el nacimiento de los bosques seculares de encinas. Mas como los hundi- 
mientos del suelo, que daban fin á la exislencia de cada bosque de cipre- 
ses, produjeron á menudo otro hundimiento de la superficie á nivel más 



378 
en favor de la existencia de un clima más cálido y uniforme 
en los periodos antiguos. También entonces desif^namos la per- 
fección progresiva de los diferentes subreinos por la aparición 
sucesiva de grupos más perfectos, y la extinción de oíros de 
organización inferior, y la inlluencia de las condiciones ex- 
teriores de existencia en la aparición sucesiva de los diver- 
sos tipos animales y vegetales en la superficie de la tierra, 
entendiendo por esas condiciones exteriores, bien las atmos- 
féricas, bien las de contiguracion del suelo, ó bien la acción 
de otros seres organizados. Con anterioridad á 1848 no se 
hablan estudiado todavía con cuidado y en detalle estos dife- 
rentes puntos de vista, y los que habian sido objeto de estu- 
dios especiales de parte de otros autores, como el desarrollo 



bajo que el del bosque pantanoso primitivo, se puede sin gran peligro de 
error conservar el número de 1501) años para cada período de los 10 
precedentes, resultando en ese caso que la formación del depósito com- 
pleto ha exijidoun espacio de tiempo equivalente á 1 1 X 14.400, es decir, 
á 158.400 años, y durante todo ese inmenso período ha conservado la 
vegetación del pais, al menos en la mayor parte, los mismos caracteres! 
En Kueva-Orleans se ha encontrado á 1 6 pies del suelo, en la cuarta 
capa á contar de la superficie, un cráneo humano bien conservado, cor- 
respondiente en un todo por su forma á los cráneos de los aborígenes 
americanos actuales, acompañado de restos de leña consumida. De aquí 
debe deducirse por conclusión que aquel pais estaba Iiabifado ya hace 
57.600 años (4X14.400) por hombres de raza americana. 

Tal es el cálculo de Mr. Dowler. Algunos elementos de este cálculo 
son en verdad algo hipotéticos; sin embargo, estos hechos bastan para 
probar con una grandísima probabilidad la inmensa duración de una 
época posterior al período diluviano, á menos que no quieran considerar-ie 
las capas inferiores al cráneo humano como correspondientes todavía á la 
época cenolítica, á favor de cuya opinión no habla al parecer la obser- 
vación local de la Luisiaua. Con todo, merece la pena de observarse qiio 
el ciprés (Taxoclium distichuvi), en el cual pudiera al parecer fundarso 
la demostración de la larga duración de la época postdiluviana, es una de 
las tres especies cuya existencia puede seguirse, según Mr. Gaepert, en el 
suelo de Europa desde el mioceno superior hasta la época actual (bajo 
el nombre de Taxodiles dubius). 



379 

sucesivo de la creación desde la organización más sencilla á 
la más compleja, ofrecian al parecer resultados poca confor- 
mes con los conocimientos más antiguos. Las conclusiones que 
dedujimos en el Index paleontologicus subsisten verdaderas 
lo mismo hoy que entonces. Los trabajos recientes las con- 
firman en un todo. 

Sin embargo, el trabajo actual es rico en resultados nuevos. 
Establece la ley de adaptación de las faunas y floras suce- 
sivas á las leyes exteriores de existencia como ley fundamental 
que domina á todas las demás. Considerada por su lado negativo, 
esta ley es absoluta, y excluye lodo fenómeno que se halle en 
conlradicion con olla; pero consideiándola por el lado posi- 
livo, permite el juego de otras leyes subordinadas á la misma, 
ó independientes. Este trabajo nos prueba la necesidad de la 
aparición simultánea de las plantas y animales, haciéndonos 
ver también que todos los fenómenos resultantes de esa ley fun- 
damental se deducen consecuentemente de una manera necesaria 
é inmediata. Conlirma por tanto la teoría geológica que hoy 
está en boga por medio de pruebas paleontológicas. Destruye 
con hechos positivos é incontrovertibles la antigua idea de las 
Horas y faunas cortadas y confinadas á terrenos perfectamente 
limitados, determinados por límites litológicos iguales por toda 
la superficie del globo. Prueba la desigualdad de duración de 
las especies orgánicas coexislenles en el mismo terreno. Pre- 
senta la ley de evolución terripetal como expresión de la meta- 
morfosis gradual de la superficie del globo, y de su influencia 
en el íonjunto de los caracteres sucesivos de las floras y las 
launas. Establece la segunda ley fundamental, á saber: la del 
desarrollo progresivo (caminando de acuerdo con la progresión 
([ue poilia resultar simplemente de la ley terripetalj. Expone 
en detalle y de una manera decisiva la importancia de la 
aparición de los dicotiledones angiospermos como condición de 
existencia para toda la fauna terrestre. Hace, en fin, locar con el 
dedo la importancia de las relaciones sincrónicas que existían 
entre las oscilaciones comprobadas del suelo, unidas á la ema- 
nación de una gran cantidad de ácido carbónico eliminado al 
momento por la formación de la hulla y la existencia de los 
bosques singulares de Estigmarias, ligados con una vegetación 



380 

compiiesla sólo de criplóganias vasculares y dicoliledoncs gini- 
nospermos coa exclusión délos angiospermos. Estas condiciones 
lan particulares de vegetación parece que se han vuelto á presen- 
tar. i)ero con un desarrollo enteramente local, en el curso del pe- 
riodo jurásico. Estamos convencidosde que el objeto de esos bos- 
ques era mantener la atmósfera en estado respirable en una 
época en que se cmitia el ácido carbónico con mayor abun- 
dancia que hoy, y hasta hacerse más apta para la respiración, 
aunque carecemos sobre este punto de pruebas positivas. Una 
fauna abundante de vertebrados y de respiración activa hubiera 
influido á la larga de un modo nocivo en sentido contrario. 
Si llegara á contirmarse esta opinión, el caso del desarrollo 
progresivo del reino vegetal entrarla, al menos en parle, en la 
dependencia de la ley de adaptación de las creaciones sucesivas á 
las condiciones exteriores de existencia. La unidad de las leyes 
y fenómenos ganarla en ello. 

Los resultados á que hemos venido aparar estriban en el es- 
lado actual de nuestro conocimientodel mundo fósd, padiendo por 
consecuencia nuevos descubrimientos introducir en ellos ciertas 
modificaciones. Con todo, las leyes generales que hemos sentado 
descansan en hechos demasiado numerosos para que basten á 
destruirlas completamente las pocas excepciones que en ade- 
lante puedan descubrirse. Aunque la naturaleza haya seguido en 
la creación de los seres organizados la marcha que hemos indi- 
cado, no podemos decir que no haya habido alguna excepción, 
algún desvío de la regla en un punto ú otro, como consecuencia de 
causas que nos son desconocidas. Los fenómenos de que tra- 
tamos aquí no son de naturaleza tal que puedan deducirse de 
una ley fundamenlal con lanta certeza como puede deducirse 
la caída de un cuerpo ó la órbita de un planeta de la ley de 
atracción universal. Las causas que presiden á dichos fenómenos 
son demasiado múltiples, y muy diferentes, [)ara que sea po- 
sible calcular por ellas á priori el resultado con exactitud. Mas 
;iun en el supuesto de que sirviera de base á estos fenómenos una 
ley perfectamente estricta, el conocimiento que tengamos de los 
restos orgánicos enterrados en las capas de la corteza leri'estre, 
nunca será mas que parcial, ni nunca podremos tenerla seguri- 
dad de que no se nos escapen ciertos hechos, cuya revelación se- 



381 

ña de la más alia importancia para el desarrollo de nuestros 
conocimienlos. 

Acójanse del modo que sea los resultados que hemos oble- 
nido, nuestro propósito ha sido sólo hallar la verdad. Las leyes 
que hemos desarrollado como resultantes de una looría geoló- 
gica, ha largo tiempo que nos las había revelado la naturaleza, 
pues desde hace muchos años no nos guia más que un sólo 
móvil: 

Natura doceri. 

(Por la sección de Ciencias naturales, Francisco García Navarro.) 



382 



VARIEDADES. 



-€i®»- 



Müiíi lisaiDalM m mmm^, 



PREMIOS. 

Habiendo lerminado ayer el plazo scDalado para la admisión de Me- 
morias optando a los dos premios de este aüo de 1859, se hace saber: 

1." Que respecto de aquel cuyo tema era: Determinar gradea y ex- 
perimenlalmente las modificaciones de aspecto y de estructura que po- 
drán servir de guia para conocer con precisión la edad de los vegetales 
monocotiledóneos leñosos, no se ha presentado Memoria alguna. 

2.° Que para el segundo, en cuyo programa se pide la Descripción 
geognóslico-agrícola de una provincia de España, etc., se ha recibido en 
esta Secretaría el dia 15 de marzo último una Memoria conlraida á la 
provincia de Barcelona, con el lema: Parece increíble que siendo España 
comparable en fertilidad d los más abundantes paises del mundo, etc. 

Lo que por acuerdo de la Academia se publica para la debida inte- 
ligencia; haciendo saber al mismo tiempo que esta Corporación se ocupa 
ya, con arreglo á Estatutos, en la calificación y censura de la Memoria 
presentada, cuyo resultado se hará público en tiempo oportuno. 

Madrid 2 de mayo de 1859. :::£'/ Secretario perpetuo, Mariano 

LOKENTE. 

— Fallecimiento de Humholdt. El 6 de mayo de 1859 falleció en 
Berlín el célebre sabio Alejandro de Humboldt, de edad de cerca de 90 
año?, pues nació el 14 de setiembre de 17 09; individuo corresponsal de 
la Real Academia de Ciencias de Madrid, uno de los ocho socios extran- 
geros de la de París desde el año de 1810, y miembro de casi todas las 
demás sociedades científicas del mundo. Llamábasele hace tiempo el Néstor 
de la ciencia, nombre que seguramente merecía con toda justicia, tanto 
por su avanzada edad, como por el mérito reconocido de sus varias obras, 
entre las cuales descuella la última, el Cosmos, corona laureada de todas, 
y que por fortuna para la ciencia llegó á concluir. Bespetábasele como 
autoridad científica en sumo grado. Además del dolor con que toda per- 
sona aficionada ú las ciencias sentirá su falla, se acrecienta entre nosotros 



383 

por el recuerdo de lo que Humboldt escribió acerca de posesiones y domi- 
nios españoles, y de lo que estimaba á nuestra patria. 

— Soldadura del aluminio; por Mr. 3/ourey. En la monografía del alu- 
minio y de los metales alcalinos publicada por Tissier, después de des- 
cribir las aleaciones de aluminio y zinc, se decía: » Se lian ensayado estas 
varias aleaciones con objeto de soldar el aluminio, porque las soldaduras 
que hasta aquí probaban mejor eran las aleaciones de dicho metal con el 
zinc; pero desgraciadamente cuando se funden, se espesan y con dificul- 
tad corren, de suerte que se necesita presentarlas, como se hace al soldar 
el plomo ó el estaño, con un hierro. «En el fondo era completo el método 
de soldar, sin tener que añadir nada esencial Mourcy, requeríase sólo, 
para llevarlo á la práctica, algunos estudios detenidos y muchos tanteos. 
Así lo ha hecho Mourey, prestando un servicio á la ciencia y á la indus- 
tria. Con este motivo dice: «El problema que tenia parado el uso del 
aluminio, está resuelto: dejará de ser este metal un objeto de lujo sólo, y 
pasará á serlo usual. Las tazas, las cafeteras, los diversos utensilios 
apropiados á los usos domésticos, soldadas sus partes, y que ofrecían 
cuantas dificultades cabe hallar, prueban con toda evidencia haberse rea- 
lizado la mejora apetecida. La soldadura supone tres cosas: la sustancia 
que une las dos partes de metal que se tratan de juntar y adherir entre 
sí; el mordiente, ó sea el agente destinado á facilitar que corra y se ad- 
hiera la soldadura á las dos partes de metal; y el instrumento que hace 
fundir y adherir la soldadura.» Lo mismo Mourey que Tissier toman para 
sustancia de la soldadura una aleación de aluminio y zinc en proporcio- 
nes algo distintas, que varian según la clase de soldadura, más ó menos 
fusible, en el orden siguiente desde la menos fusible: zinc 80 partes, alu- 
minio 20; zinc 85, aluminio 15; zinc 88, aluminio 12; zinc 92, alumi- 
nio 8. Para formar la aleación se funde el aluminio dividido en pedazos 
más ó menos gruesos: se remueve el metal fundido con una varilla de 
hierro; se añade la cantidad requerida de zinc; se remueve otra vez para 
que sea más íntima la mezcla; se echa un poco de sebo, y se vierte la 
aleación en moldes convenientes. Una de las aleaciones flojas que conten- 
gan mayor proporción de zinc, sirve en cierto modo de preparativo ó ade- 
rezo, poniéndola primero entre las superficies que se quieren juntar; 
agrégase luego la soldadura más fuerte, la aleación que tiene más alumi- 
nio, que al fundirse hace que se funda también el aderezo, y proporciona 
una unión tan íntima y firme como era de apetecer. El instrumento, de 
forma parecida al de los soldadores de eslaíio, es el llamado hierro de 
soldar, no de cobre sino de aluminio; es un pedazo de aluminio de figura 
de prisma triangular prolongado, que carece del inconveniente que tendría, 
si fuera de hierro ó de cobre, de atraer ó incorporarse parte de la 
soldadura. £1 mordiente destinado á facilitar que corra y se adhiera 



384 
!a soldadura es bálsamo de copaiba, con una tercera parle de su peso de 
trementina do Venecia muy pura y unas gotas de zumo de limón, mo- 
lido todo junto en un mortero; de cuando en cuando so moja en este mor- 
diente el filo del instrumento de aluminio, llevándolo en seguida á los 
glóbulos de la soldadura, como se hace hny al soldar comunmente. La 
fuente de calor que sirva para elevar al punto necesario la tem- 
peratura del hierro de soldar, puede ser cualquier lámpara. 

— Forma cristalina del carbón: por Mr. Phipson. Hallé en Londres 
(noviembre de 1858), dice el autor, cristales de carbón de piedra de for- 
ma de romboedros más ó menos perfectos, que tenian todos ángulos de 
102° y de 78*^; luego encontré en Glascow varios ejemplares de carbón 
cristalizado, que uno de ellos tenia 1 6 centímetros en todos sen- 
tidos. 

No está cristalizado este carbón en el criadero, sino sólo cristalino, y 
no de forma de romboedro; pero roto con el martillo da pedazos rom- 
boédricos de distintos tamaños, y que todos tienen unos mismos ángu- 
los (102" y 78"). Fué por tanto cristalizado probablemente este carbón 
en virtud de la acción metamórfica de los trapps que se presentan en los 
alrededores de Glascow. La mencionada acción dio á las capas de carbón 
una especie de cristalización imperfecta, por lo cual rolos por el martillo 
trozos grandes sacados de las minas, dan romboedros que todos tienen 
ángulos de 10 1" y 7 8°. 

Puesto que el carbón de piedra se presenta en forma de romboedro, 
claro está que se le debe mirar como carbono puro, meramente mezclado 
con otras sustancias heterogéneas. El grafito cristaliza en exágonos regu- 
lares, ó sea en una forma derivada del romboedro, al paso que el diamante 
se presenta en formas derivadas del cubo, del cual es dimorfo el carbono, 
como el azufre. 

De aquí resulta también que las formas prismáticas que presenta 
el carbón de piedra en contacto con ciertas rocas trapicas, se explicarán 
probablemente por la tendencia que aquel tiene á cristalizar en el siste- 
ma romboédrico, del cual deriven acaso tales prismas. 

(Por la Sección de Variedades, Francisco Gaucía Navarro.) 



Eililor responsable, Francisco Gakcia Navarbo. 



N.* 7.°-REVISTA DE CIENCIAS.-OcíMÍre 1859. 



CIENCIAS EXACTAS. 



MECAMICA. 



De la cantidad de movimiento que trasmite á un cuerpo el cho- 
que de un punto macizo que pega contra él en una dirección 
dada; por Mr. Poinsot. 

(Comples reodus, 27 y'«n/o •ISBQ.) 

1. Sea M la masa del cuerpo, G su centro de gravedad, y 
concibamos lirado por este centro el plano perpendicular á 
uno de sus tres ejes principales. Se supone que un punto ma- 
cizo de masa m, pega en dicho plano con una velocidad dada 
V contra el cuerpo M en el punto C, según una dirección per- 
pendicular á la linea CG; y se pide hallar la cantidad de mo- 
vimiento que en virtud del choque pasa al cuerpo M. 

Claro está que el punto macizo m, que tiene antes del cho- 
que la velocidad d, no tendrá después del mismo sino otra m, 
tal que dejará de actuar en M, porque el punto de contado C 
irá delante con esta misma velocidad. Luego m habrá perdido 
por el choque la cantidad de movimiento j?í(ü— m); de consi- 
guiente la habrá ganado M, y la cantidad de movimiento tras- 
mitida á M será m{v — u). 

Trátase pues de hallar la velocidad u que queda á m des- 
pués del choque. Ahora bien, mientras actúa m en M, están 
precisamente en contacto ambos cuerpos; y puesto que están 
en contacto, se puede suponer que durante dicha acción, sea 
lo corla que fuere, eslán pegados uno al otro. Luego la veloci- 
dad u que tome el punto C del cuerpo M es la misma que to- 

TOMO IX. 25 



386 

maria el punió C de un sistema corapueslo de il/ y m, y con- 
tra el cual pegase en C uua fuerza mv, que toda entera pasase al 
mencionado sistema. Fácil es ya hallar aquella velocidad. 
Con efecto, sea g el centro de gravedad del sistema de iü/ y 

1)1 
m, llamemos x la distancia CG, y hagamos "77=»*; 'as expre- 
siones de las lineas gGy gC serán: 






«4-1 ' ■' "~í?+i 

Designemos por 31K^ el momento de inercia del cuerpo M 
respecto del eje principal que se considere en su centro G, y 
por (iíf4-m)A'*^ el del sistema respectivo á su centro g; se ten- 
drá, como es sabido, 

(a;+».)a-.=j/a-+.«(-^^)'+».(4-,)'; 

de donde sale 



La fuerza mv, actuante en el sistema M-\-m á la distancia 
-— — de su centro de gravedad g, da desde luego á lodos los 

. . • 1 . , . mv , nv 

puntos del sistema una velocidad común -¡7- — o —- r-. ; y en 

seguida esta misma fuerza mv hace girar al sistema al rededor 
de g con una velocidad angular ©, que se halla haciendo 



mv. —-- = [M-\-m) K"q ; 
n-\-\ 



de donde 0=;^ — , ...r,., , y de consiguiente , — , .,,rr,, es la 

velocidad del punto C en virtud de dicha rotación ©. 

Juntando ambas velocidades del punto C, que se verifican 



387 
en un mismo sentido, resulla para velocidad total u del punto 
expresado C, 

nv nvx^ 

ó poniendo el valor anterior de A"** en valores de A', 



y por tanto, 



u=zn V. r^ -,; 

(n+llA^-fna;" 



vK 

V — u = 



{n-\-í)r-irnx^' 



de donde sale por último para la cantidad de movimiento m{v—u) 
que pasa á M por el choque del punto macizo m, 

^ ' (n-\-í)k^-\-nx 

2. Esta expresión dice que la cantidad de movimiento tras- 
mitida á i/ disminuye cuando x aumenta, y que se hace nula 
si se verifica el choque á una distancia infinita del centro 
de gravedad. Si a;=0, ó si sucede el choque en el centro 



de gravedad G, la fuerza trasmitida es — -, como debia ser: 

n-\-í 

es el valor mayor de m{v—ii). 

Supongamos ahora que se miren como variables á m y v, 
pero de suerte que subsista siempre uno mismo el producto wi'. 
Puede ocurrir el saber cómo deben variar m y v con la distan- 
cia X, para que sea siempre una misma la cantidad de movi- 
miento trasmitida á M. Como en la expresión de esta cantidad 
es constante el numerador mvK'', habrá de serlo también el de- 
nominador (w+l)A''+nj;', y por tanto, borrando la cantidad 
K\ que es constante, habrá de ser: 

n(A^4-i»*)=const.=^', 



388 

MB* 

de donde ffl= r-. , ,, y de consiguiente 

^'~ MB* 

designando simpleraenle por P el produelo conslanle mv. 

Deben variar pues m y v, como eslas dos funciones recipro- 
cas de X, si se quiere (jue el punió macizo m, dolado de la ve- 
locidad V. haga pasar al cuerpo M una misma canlidad de mo- 
vimiento, sea cual fuere la distancia x del punto C donde choca 
contra el cuerpo M. 

Si en vez de las constantes B^ y P, se quisieren lomar otras 
dos relativas á los datos de la cuestión, sean m^ y i\ la masa 
y velocidad de m para el punto C que corresponde á a;=0, y 
serán 





MB' pr 




"^0— j^, . ^'o— ^y^.' 


de donde 






B'-'^f . /.-,„,., 


y de consiguiente 




m; 


A' h'+a^ 



serán las expresiones de las dos variables m y v. 

Asi, pues, á la distancia x del centro de gravedad 6', es 

A'^ 

menester dar á la masa m del martillo el valor m^j^^rp. y á 

K'-\-x^ 
la velocidad v del mismo el iv x o , para que el choque del 

martillo haga pasar siempre á M una misma canlidad de movi- 
miento 

31 



389 

ó para comunicar al centro de gravedad G de M una misma 
velocidad constante 



3. Pero si bien se trasmite de este modo al centro G una 
misma velocidad, sea cual fuere la distancia x á que se pegue, 
no se comunica al cuerpo una misma velocidad de rotación al 
rededor de dicho centro; porque esta velocidad © depende de¿c. 
como lo dice la expresión anterior de 0, que es 



0=ii 



M (n-f1)A:'+níc" 

la cual, poniendo los valores precedentes de m, v y n, se con- 
vierte en 

X 

y es por tanto proporcional á la distancia x del centro G donde 
se aplica el golpe, como está claro que debia ser. 

4. Supongamos que sea infinitamente pequeña la masa del 
punto W2, é infinitamente grande la velocidad v, de manera que 
mv sea una cantidad finita =/*; resultará que la fuerza m^o — v) 
trasmitida á M se convierte, por ser n=0, en 

7n(i) — u)=P, 

ó es igual á la fuerza misma mv que se trasmite asi toda entera 
al cuerpo M. 

Mediante esta hipótesis, cabe formarse idea natural de lo 
que se llama una fuerza comunicada á un cuerpo. Se la puede 
considerar como percusión de un corpúsculo infinitamente pe- 
queño que pegue contra el cuerpo con una velocidad infinita. 
Como la adición del corpúsculo al cuerpo no aumentarla la 
masa finita 31 de este, se puede suponer que después del cho- 
que se quede pegado á él, y que por tanto ha pasado al cuer- 
po }f toda la fuerza. 

Concíbese por esto mismo la ley de la fuerza proporcional 



390 
á la velocidad. Porque si se mira la fuerza como proveniente 
de varios corpúsculos iguales que sucesivamcnle peguen contra 
el cuerpo con velocidades iguales é infinitas, se ve que como 
no da el primero al cuerpo m en reposo sino una velocidad 
finita, el segundo corpúsculo que llega con una velocidad infi- 
nita tiene aún la misma acción en M que si estuviera en re- 
poso este cuerpo, y que de consiguiente hace pasar á él otra 
velocidad finita igual á la primera, y así de los demás. 

5. Supongamos ahora que esté puesto el cuerpo 31 sobre un 
apoyo fijo situado en /^ á la distancia h del centro de grave- 
dad G. Si pegase contra el cuerpo cierta fuerza C^ que cayese 
sobre F formando ángulo recto con el apoyo, claro está que 
semejante percusión directa contra el obstáculo lendria por me- 
dida la fuerza Q misma. 

Pero si la misma fuerza y en dirección paralela pega con- 
tra el cuerpo en otro punto C tomado en GF á la distancia x 
del centro G, será otra la percusión contra el obstáculo; de- 
penderá de la distancia x , y será cierta función de ella, que 
habrá que determinar. 

Al efecto, mirando al punto F como un centro de percu- 
sión, averiguaremos desde luego el punto O que le corres- 
ponda como centro espontáneo de rotación; y para determinar 
su distancia OG=a, tenemos la ecuación ah=K\ que da 

Imaginemos ahora que la fuerza Q que pega en C á la dis- 
tancia X del centro G se descomponga en otras dos paralelas, 
una P que pegue en F y otra R que lo haga en O. Claro está 
que la segunda componente que cae en O no puede producir 
percusión alguna en el apoyo que está en F; porque el punto F 
es un centro espontáneo de rotación respecto del punto O mi- 
rado como centro de percusión. Queda sólo pues para pegar 
contra el apoyo fijo la componente P que cae directamente 
sobre el mismo apoyo /'. 

La composición de fuerzas da 

Q : P : : a-[-h : a-{-x ; 



391 

y poniendo el valor -7- de «, sale 

Esla es la percusión que en un apoyo fijo situado á la dis- 
tancia h del centro de gravedad de un cuerpo ejercita una 
fuerza dada Q que pega á la distancia x del mismo centro. 

6. Esta expresión manifiesta, que con una misma fuerza Q 
aplicada á la distancia conveniente, se puede producir en un 
obstáculo fijo la percusión de la magnitud y en el sentido que 
acomode; teorema que no carece al parecer de importancia. 

De suponer ír=A, sale P=Q, como debia ser, puesto que en- 
tonces pega directamente la fuerza Q contra el apoyo mismo. 

Si ¿F=— a= --7-, resulta /^=0, ó que en el punto O la 

fuerza aplicada no baria experimentar percusión alguna al 
punto de apoyo F, como es también de suyo evidente. 

Haciendo a-\-xz=zij, y designando por / la línea a-\-h, se 
convierte simplemente la expresión anterior de P en 

.=o.f 

Partiendo pues del punto O como origen de las distancias y 
donde la fuerza Q pega contra el cuerpo 31, la percusión P ejer- 
citada en /^aumenta uniformemente como la ordenada de una 
linea recta, y tiene unos mismos valores á derecha é izquierda 
de dicho origen, pero de signos contrarios. 

7. Notabilísimo es seguramente, que mediante un cuerpo li- 
bre i1/ puesto sobre un apoyo fijo, se pueda producir en este, sin 
emplear mas que una misma fuerza Q, una percusión no sólo ma- 
yor que la fuerza Q misma, sino que cualquiera percusión dada. 
Pero este teorema presupone que se trasmita la fuerza Q toda 
entera al cuerpo M, esté aplicada á la distancia que quiera. No 
habrá pues de concluirse que con un mismo martillazo dado 
con un martillo de masa m y con una misma velocidad v. sea 



392 

dable producir en un obsláculo la percusión que plazca, me- 
diante un cuerpo interpuesto 31: la fuerza mv del martillo no se 
trasmite sino en parte al cuerpo 31, y esta parte mengua cuando 
la distancia á que se pega crece. 

Pero si á cada distancia x se muda de martillo, tomando la 
masa m recíproca á K^-{-x- y la velocidad u proporcional á la 
misma función, siempre será una misma la cantidad de movi- 
miento trasmitida á 31, como queda dicho arriba (2). Llamando 
pues q á dicha cantidad constante de movimiento asi comuni- 
cada á 31, será la percusión P ejercitada contra el apoyo F. 

P:=:.Q. ■ . 

Luego con el choque de un punto macizo de la masa y con 
la velocidad convenientes, pero tales que no varié su producto 
mv (v. gr. un mismo martillazo), se puede producir, mediante 
un cuerpo interpuesto 31, una percusión dada todo lo grande 
que acomode en un obstáculo fijo. 

8. Haciendo ¿í;=/í, sale P=q; y debia salir no obstante 
P=imv=Q, como que es directo el choque entonces. Pero nó- 
tese que en toda esta análisis se supone que después de chocar 
el punto m contra el cuerpo M, no se emplea la fuerza mu que 
le queda al martillo, de suerte que sólo se cuenta en el punto 
F la percusión que provendría del movimiento q trasmi- 
tido á m. 

9. Suponiendo que se pegue m á ¥, y se pidiere la per- 
cusio» producida en /"á la distancia h del centro G de 31, un 
cálculo fácil da 

Sin dificultad se comprueba esta fórmula buscando la fuerza P 
con que un cuerpo compuesto de 31 y del punto macizo m, do- 
tado de una fuerza mv aplicada á la distancia x del centro G 

ce 
de 3f, V de consiguiente á la —¡-T del centro g de m-{-M, pe- 

garia en un punto f situado á la distancia h del centro G, y 



393 

por tanto á la h — -j-r del centro g de M-\-m. 

10. Haciendo x=h, ó suponiendo que se verifique el cho- 
que en el punto f mismo, sale P=mv, como debia ser. 

Si aumenla x, desde ¿c=:0 hasta x=li aumenta el numera- 
dor y disminuye el denominador de la fracción, y por ambas 

razones aumenta la percusión P desde P= Tr, , / — rm, "'^^" 
ta P==mv. 

De hacer x=- r-, resulla P=0, como debia; porque el 

h 

punto OT pega entonces en un punto ó centro de percusión O, 
cuyo centro espontáneo es el punto f; y de aqui que no pueda 
reseutir el punió /"percusión alguna del golpe que pega en O. 
Si x=z^ , también es nulo P. Existe pues un punto que 
corresponde al máximo de P. 

1 1 . Averiguando la distancia x que corresponde al máximo 
de P, sale' 

x^+^-^x-\r--\-{K^^h^)(\+^j\=(). 

M 

ó poniendo el valor — de n, 

ó haciendo ah=:K^ y a-^h=l, 



^^%ax—íhl.-^^ — \-ah\=0, 



que da para x dos valores que corresponden á puntos situados 
á derecha é izquierda, á iguales distancias del punto O, que 
corresponde á x=z - a. 
1 2. Sirva de ejemplo el caso de ser n=\ ó m=M, y h=h , 



394 

que supone el apoyo /"debajo del centro de la mayor percusión 
que el cuerpo libre M podria producir al girar alrededor de su 
centro de gravedad G. 

Para determinar ol valor de x que corresponde al máximo 
choque ejercitado en el punto /en virtud del martillazo mv, ha- 
brá la ecuación 

que da 

Poniendo este valor de xqx\ la expresión de la percusión P, 
resulta 

P=im. -. 

12q=4V6 

Como \/(^ >1'2 — 4v/6, será P>im para el primer valor 
de X, correspondiendo este al máximo de P. Para el otro va- 
lor de X es negativo P y menor que mv, correspondiendo dicho 
valor de a? al máximo negativo de P. 

Mirando á P como ordenada de una curva cuya abscisa 
es X, tal curva es una linea de tercer orden, que tiene por 
ecuación en el ejemplo citado. 



P=mv. ■ 



' ^K'-\-{x— K)' 

corta la curva al eje de las x en el punto x=—K, de suerte 
que es en él nula P. 

Cuando a; =:if, P=mv. Cuando a;==i=oc, P=:=tO, y el 
eje de las x es asimplota de la curva por derecha é izquierda. 

Si se pone el origen de las distancias en el punto corres- 
pondiente á x=z—K, saldrá, haciendo x-[-K=y, 

P=. ^^ 



if—ih'y-^^K'' 



y los valores de /y correspondientes á los dos máximos de P 
serán _ 

7/==t:Ay6. 



I 



395 

La primera distancia y=KViíi corresponde á una percu- 
sión P mayor que mv, y de consiguiente mayor que si se hu- 
biese pegado directamente al apoyo /con la misma fuerza mv. 

El segundo y=- — AVb corresponde á una percusión P nega- 
tiva, y que supondría por tanto que el apoyo /'resiste entonces 
en sentido contrario; y tal percusión negativa es <mv. Para 
causar pues con un mismo martillazo mv de masa m=.M la 
mayor percusión posible en el apoyo / mediante un cuerpo 
intermedio libre M, puesto sobre el punto /, estando el centro 
de gravedad G á una distancia A' del mismo punto, es preciso 
pegar, no en el punto /'mismo, sino pasado dicho punto /, á 

una distancia AV6— 2á'. 

Si en la expresión general de P, que es 

P=mv.- 



se supone m infinitamente pequeña y v infinita, de suerte que 
sea mv igual á la cantidad finita Q, sale (por ser n—0) 

lo cual concuerda enteramente con lo hallado antes. 



ilSTROmOilIA. 

Noía sobre la polarización de la luz de los cómelas; por Mr. 
Brewster. 

(Complcs rendus, 2i febrero 1859.) 

Aunque no pueda dudarse de la exactitud de las observa- 
ciones de Arago sobre los signos de polarización por él com- 
probados en la luz de los cometas de 1819 á 1835, no es inve- 



396 

rosimil suponer sin embargo que se pudo polarizar la hiz des- 
pués de llegar á la atmósfera terrestre. Cuando consideramos 
con efecto que se polariza la luz por refracción al pasar por las 
túnicas del ojo; que se polariza por refracción en las cuatro ó 
seis superficies de los oculares de un anteojo astronómico, y tam- 
bién al pasar por las superficies de su ocular; y por último, que 
la luz de los cuerpos celestes experimenta una ligera polariza- 
ción por la refracción de la atmósfera, nos vemos precisados á 
confesar que está por resolver el problema de la existencia de 
luz polarizada en la de los cometas. 

No sé, dice el autor, que los que han observado señales de 
polarización en la luz de los cometas, hayan notado la direc- 
ción del plano en que se polarizaba; y sin esta observación, no 
podemos descubrir la causa. De polarizarse la luz en un plano 
que pase por el sol, el cometa y el ojo, habremos de inferir 
que se polariza por la reflexión de la luz que viene del sol; de 
polarizarse en un plano opuesto, puede proceder la polarización 
de la refracción de la atmósfera. De polarizarse fiuaquaversus, 
podrá depender de tres causas: de la refracción por las superfi- 
cies de los objetivos y del ocular, de imperfección del trabajo 
(annealing) del vidrio de que sean las lentes, ó de que la arma- 
dura comprima á una ó más de las lentes {from any afilie len- 
tes being pinched in Iheir cell). Suponiendo que fuese efecto de 
la primera causa, deberían reducirse las luces de los objetivos 
y del ocular á una faja central, que eliminarla la luz polarizada 
en un plano opuesto y dejarla la polarizada en un plano per- 
pendicular á la dirección. Invirtiendo el tubo ó las lentes, se 
trocarla la dirección de la polarización. 

Si produjese la polarización algún defecto del trabajo del 
vidrio de que fueran las lentes, como parece suceder en uno de 
los anteojos de Araici, citado por Govi, se patentizarla la exis- 
tencia de semejante imperfección exponiendo las lentes á la luz 
polarizada. 

Si procediese la polarización observada de la refiexion de los 
rayos del sol por el cometa ó sus capas, se verían más distin- 
tamente las estrellilas por ella cuando se apagase la luz polari- 
zada aplicando un prisma de Nicol. 

Al tiempo de estudiar la polarización de la atmósfera, ob- 



39^ 
servé el singular hecho de que cuando los objetos distantes en 
el campo se ven confusos por interponerse alguna neblina, se 
les puede volver parte de claridad mirándolos por un prisma 
de Ñicol, que apaga todas las luces que la niebla polarizó en un 
plano que pasa por el sol, el objeto mirado y el ojo del observa- 
dor. Los objetos de este modo más claros y visibles, se veian 
atravesando la parle de la niebla donde era máxima la polari- 
zación de la luz que reflejaban. 

Este método para volver visibles objetos ocultados por nie- 
blas, puede tener en mi concepto importantes aplicaciones á las 
necesidades de la marina y del ejército. 



Nueva nota sobre los periodos de las manchas solares; por Mr . 

WOLF. 

(Comples rendus, 21 febrero 1859.) 

He hecho, dice el autor, una comparación más exacta que 
el año 18o2 de la frecuencia de las manchas solares, con las 
variaciones medias de la declinación magnética. Designando 
por a los números relativos deducidos de las manchas solares, 
v por i3 las variaciones medias de declinación deducidas de las 
observaciones de Gotinga y de Munich por Lamont, saco 

(1) p=6, 273+0, Oolx, 

y esta fórmula es más exacta que la 

(II) p=8M0+2',l sen. a2",o8+w.34",84), 

sacada inmediatamente de las variaciones que publicó Lamont 
el año de 1852. La tabla siguiente, en que (3 designa las varia- 
ciones observadas, |3' las deducidas de la fórmula (I) y 6'' de 
la (II), lo prueba. 

oí. /3. /3'. 0". j3— (3'. /2— j3". 



1835.. 


. 45,1 


8', 61 8', 57 T,97 +0',04 


+0',64 


1836.. 


. 97,4 


11,11 11,24 9,22 -0,13 


+1 ,89 


1837.. 


. 111,0 


11.04 11,93 10,29 -0,89 


+0,75 



398 

1838... 82,6 11,47 10,49 10,79 +0,98 +0,68 

1839... 68,5 9,93 9,77 10,53 +0,16 -0,60 

1840... 51,8 8,92 8,91 9,62 +0,01 -0,70 

1841... 29,5 7,82 7,78 9.01 +0,04 —1,19 

1842... 19,2 7,08 7,25 7,26 —0,17 -0,13 

1843.. 8,4 7,15 6,70 6,64 +0,45 +0,51 

1844... 12,2 6,61 6,90 6,77 -0,29 —0,16 

1845... 32,4 8,13 7,93 7.59 +0,20 +0,54 

1846... 47.00 8,81 8,67 8,80 +0,14 +0,01 

1847... 79,3 9,55 10,32 9,98 -0,77 —0,43 

1848... 100,3 11,15 11,39 10.70 -0,24 +0.45 

1849... 95,6 10,64 11,15 10,70 —0,51 -0,06 

1850... 63.0 10,44 9,49 9,98 +0,95 +0,46 

Esta concordancia notable aleja toda duda acerca de la re- 
lación íntima entre el sol y el magnetismo terrestre. 

La aplicación de la fórmula (1) á los años 1851 á 1858, 
me da 

a. /3. 



1851... 


61,9 


9', 43 


1852... 


52,2 


8,94 


1853... 


37,7 


8,20 


1854... 


19,0 


7,24 


1855... 


6,9 


6,62 


1856... 


4,1 


6,48 


1857... 


21,5 


7,37 


1858... 


50,9 


8,87; 



y estoy persuadido de que estos números calculados según mi 
fórmula, no diferirán mucho de los correspondientes que regu- 
larmente deducirá Lamont de sus observaciones magnéticas. 

¿Quién hubiera presumido hace pocos años que sería dable 
deducir de las observaciones de las manchas del sol números 
dependientes de un fenómeno terrestre? 

(Por la Sección de Ciencias Exactas, Francisco García Natarbo.) 



CIENCIAS FÍSICAS. 



*-s->QK2>- (EmíK>«-« — 



FÍSICA. 

Trabajos sobre los diversos efectos luminosos que resultan de la 
acción de la luz en los cuerpos: por Mr. E. Becquerel. 

(Ana!, de Quim. y Fís., eníro -1839.) 

Este trabajo comprende las dos memorias que presentó 
el autor á la Academia de Ciencias de París, el 16 de no- 
viembre de 1857 y el 24 de mayo de 1858. Lo resume y 
concluye de la manera siguiente: 

Ea estas dos meaiorias he presentado los trabajos que varias 
veces habia acomelido acerca de las propiedades luminosas que 
los cuerpos adquieren luego de pegar contra ellos la luz. Estas 
propiedades, que comprenden los efectos conocidos con el nom- 
bre de efectos de fosforescencia, no dimanan de acciones químicas 
análogas á las que ocurren en la combustión, sino de modifica- 
ciones puramente físicas: dependen del estado molecular délos 
cuerpos, y se desarrollan en alto grado en muchos sulfuros; pero 
se presentan, aunque más débilmente, en gran número de ma- 
terias, sobre todo si se toman las disposiciones necesarias para 
que sea muy corto el tiempo que separa el momento en que la 
luz hiere á los cuerpos, del instante en que se observa el efecto 
producido. De los resultados que abrazan estas investigaciones, 
pueden deducirse las siguientes consecuencias. 

1.* Cuando la luz, y principalmente los rayos más refrán 
gibles, impresiona ciertos cuerpos, emiten estos en seguida ra- 
yos luminosos, cuya longitud ondulatoria es en general mayor 
que la de los rayosactivos; y esto presentando un decremenlo muy 



400 

rápido (le intensidad durante los primeros instantes, y luegomás 
lento por un espacio que varia, según los cuerpos, desde una frac- 
ción de segundo muy pequeña hasta muchas horas. Después que- 
dan los cuerpos completamente inactivos, y es necesario, para 
que su efecto se reproduzca, exponerlos de nuevo á la luz. 

Pueile también expresarse este hecho diciendo, que estos 
cuerpos presentan durante cierto tiempo una persistencia res- 
pecto á la impresión que la luz ejerce en ellos, que depende de 
su naturaleza y estado físico. Dicha emisión de luz corresponde 
á cierta suma de acción recibida por todo cuerpo, y se verifica 
en la oscuridad, ora esté el cuerpo encerrado ó no: el calor no 
hace otra cosa que acelerar la emisión luminosa, que cuando 
hay elevación de temperatura, se verifica en un tiempo más 
breve, y por consiguiente con mayor intensidad. 

2.' Ha sido posible construir aparatos que he denominado 
fosf'oróscopos, y en los cuales los cuerpos se presentan al obser- 
vador de modo que el tiempo que separa el instante de la in- 
solación del momento de la observación sea tan corto como se 
quiera, y pueda ser medido. En estos aparatos, cierto número 
de cuerpos se vuelven luminosos al paso que no lo son sensi- 
blemente por los procedimientos ordinarios de experimen- 
tación. 

3." La refrangibilidad de la luz emitida por las sustancias 
fosforescentes depende de su estado molecular, y no sólo de su 
composición química; empleando los sulfures alcalino-térreos, 
se puede obtener con un mismo cuerpo una emisión de este ó 
aquel matiz; y eso, según la temperatura que hayan sufrido de 
antemano dichos cuerpos, y según las condiciones en que se 
encuentran las combinaciones que por su reacción dan origen á 
las sustancias cuya fosforescencia se estudia. 

4.* En general, en la preparación de los sulfuros alcalino- 
térreos llamados fósforos artificiales, la elevación de tempera- 
tura y la duración de la acción del calor hacen variar poco la 
refrangibilidad de la luz emitida por fosforescencia; y sólo in- 
fluyen en gran parle sobre la intensidad luminosa de esos fós- 
foros. Entre el pequeño número de cuerpos que sirven de ex- 
cepción á esta regla, pueden citarse los productos de la reacción 
del azufre en la estronciana cáustica y en la cal. 



ÍOI 

Observamlo las indicaciones dadas en este trabajo, se ob- 
tienen materias fosforescentes, que, después de la acción solar, 
emiten destellos mucho más vivos que los obtenidos hasta el 
dia. 

^J La causa que produce el fenómeno de fosforescencia por 
insolación de una sustancia, es probablemenledistinta de aque- 
lla de que depende su estado cristalino, y consiste tal vez en 
su densidad, ó en una propiedad física particular no especificada 
aún; en ciertos casos el poder que tiene dicha sustancia de dar 
una emisión de luz de este o aquel matiz, se conserva en algu- 
nas de sus combinaciones. 

6.'' El sulfuro de estroncio fosforescente, preparado de 
modo que brille con tal ó cual color, presenta por difusión á la 
luz del dia un tinte análogo, aunque mucho más débil, al de 
la luz emitida por fosforescencia en la oscuridad. Este efecto 
indica, al parecer, en el cuerpo cierta disposición de las mo- 
léculas á producir un determinado efecto luminoso, ya por di- 
lusion, ya por fosforescencia ó vibraciones propias. Una acción 
del mismo género se nota en las sales de urano. 

7.*^ No hay relación alguna entre la duración de la luz emi- 
tida por los cuerpos impresionados, su intensidad y re frangibili- 
dad: asi, pues, un cuerpo puede emitir durante mucho tiempo 
una luz de escasa intensidad (diamante, clorofana), ó bien du- 
rante un tiempo muy corto una luz muy viva (espato de Islan- 
dia, vidrio, nitrato de urano, etc.). 

8.® Puede suceder que el mismo cuerpo emita rayos de ma- 
tices muy diferentes, según el tiempo que separa el momento 
en que obra la luz, del en que se observa el efecto producido. 
Este último resultado demuestra que las vibraciones de dife- 
rente velocidad se conservan por tiempos desiguales en los di- 
versos cuerpos: unas veces las que corresponden á los rayos 
menos refrangibles son las que duran mayor tiempo (ejemplo: 
bisulfato de quinina; doble cianuro de potasio y platino; diaman- 
te); otras veces, por el contrario, son las correspondientes á los 
rayos más refrangibles (ejemplo: espalo de Islandia y calizo). 

Por olra parte, el mismo cuerpo puede emitir vibraciones 
de igual velocidad, pero con duraciones desiguales, y esto des- 
pués de la acción de diferentes parles del espectro luminoso. Tal 

TOMO IX. 26 



/i02 
es el efecto producido en la mayor parle de los sull'uros alcalino- 
tórreos. 

9.*'' Cuando se mantiene á una temperatura más o menos alta 
una sustancia íoslorescente, presentándola entonces á la acción 
de la irradiación luminosa, puede volverse apta para emitir ra- 
yos de tal ó cual matiz; sometida otra vez á la temperatura or- 
dinaria, recobra su primitiva acción. Asi, por ejemplo, desde 
—20 grados hasta +200, el sulfuro de estroncio luminoso de 
color violáceo (preparado con la estronciana y el azufre á más 
de 500 grados), presenta temporal y sucesivamente casi todos 
los matices prismáticos, á excepción del rojo; es decir, los mis- 
mos efectos á que dan lugar los diferentes preparados de sulfuro 
de estroncio, mantenidos á la temperatura ordinaria. Estos cam- 
bios temporales en la intensidad y refrangibilidad de la luz 
emitida por un cuerpo, y que se deben á la influencia del calor, 
vienen en apoyo de la tercera conclusión, demostrando que el es- 
tado físico del cuerpo, y no su composición química, es lo único 
que hace variar el efecto de fosforescencia. 

10. En general, como se ha dicho en la primera conclu- 
sión, la refrangibilidad de la luz emitida por fosforescencia es 
menor que la délos rayos excitadores; ó por lo menos las lon- 
gitudes de undulación de los rayos que los cuerpos emiten des- 
pués de sufrir la irradiación, son mayores que las de los rayos 
activos: no obstante, hay casos en que es la misma, de lo cual 
el sulfuro de calcio luminoso azul- añil es un ejemplo. En estas 
circunstancias, la materia vibra al unisón con los rayos ac- 
tivos. 

11. El tiempo necesario para que la irradiación luminosa 
impresione los cuerpos es en extremo breve, puesto que una 

chispa eléctrica, cuya duración es inferior á ^mjQ q^q de segun- 
do, basta para' ocasionar el fenómeno de fosforescencia. No 
obstante, para obtener el máximo de efecto á una temperatura 
determinada, y bajo la influencia de una intensidad luminosa 
dada, es probable que el tiempo de la insolación dependa de 
la intensidad de los rayos activos, y del grado de sensibilidad 
de la materia. 

12. Los rayos emanados de un cuerpo fosforescente, sonic- 



403 

tidos de antemano á una simple insolación, no tienen bástanle 
intensidad para afectar á los aparatos lermométricos; tampoco 
se ha podido producir hasta el dia por su influencia ninguna 
acción química. 

13. Muchos cuerpos, como los vidrios, y ciertos compuestos 
de urano, sólo deben su fluorescencia á la persistencia de la 
impresión de la luz durante un tiempo muy corto, que no pasa 
de algunas centésimas de segundo, la cual se mide por medio 
del fosforóscopo; la intensidad de la luz emitida es vivísima en 
ese caso. Es posible que los demás cuerpos fluorescentes, y 
sobre, todo las materias orgánicas, presenten efectos análogos; 
pero si esta conjetura es fundada, la duración de la persisten- 
cia de la influencia luminosa debe ser entonces mucho más 
corta, puesto que con los fosforóscopos de que me he servido 
hasta el dia no he podido hacerla sensible, á no ser que en 
ciertos cuerpos la emisión de la luz no se verifique sino du- 
rante la acción de la irradiación; de todos modos, es probable 
que la fosforescencia y la fluorescencia no se diferencien sino 
en cuanto al tiempo que puede conservarse en los cuerpos la 
impresión de la luz. 

14. Las propiedades que presenta el vidrio, y especial- 
mente el flint, demuestran que en los aparatos de óptica puede 
obrar esta materia como foco luminoso; los rayos emitidos en 
virtud de dicha acción, aunque muy poco intensos, deben mez- 
clarse con los que se trasmiten por medio de la referida sus- 
tancia. 

15. Haciendo pasar descargas eléctricas por tubos que con- 
tengan aire enrarecido, y en los cuales se hayan puesto mate- 
rias fosforescentes, se producen efectos luminosos muy notables 
durante el paso de la electricidad, y aun después de él, los 
cuales permiten manifestarse con gran intensidad los verdade- 
ros fenómenos de fosforescencia que se observan habilualmente 
con la luz solar. Obtiénense, pues, por medio de esta disposi- 
ción efectos análogos á los que se observan en el fosforóscopo, 
á no ser que las descargas eléctricas sustituyan á los resplan- 
dores intermitentes que la luz solar produce al penetrar en el 
citado aparato. 

Este modo de experimentar es además muy propio para 



4Ü4 
poner en ev'ulencia las propiedades luminosas de los cuerpos 
que no conservan la impresión de la luz sino durante un tiempo 
muy corto, puesto que en lal caso el observador ve los electos 
producidos sobre esos cuerpos inmediatamenle después del paso 
de cada descarga , y aun en el caso que la duración de la per- 
sistencia de la impresión luminosa de las descargas sea infe- 
rior á lasque pueden medirse. 

Estas conclusiones, que son hi corroboración de la teoría de 
las undulaciones, admitida hoy, prueban que las vibraciones lu- 
minosas, al trasmitirse á los cuerpos, obligan á las moléculas de 
gran número de ellos á dar vibraciones cuya duración, exten- 
sión y longitud de onda depende, no sólo de su naturaleza quinii- 
ca, sino también de su estado lisico. 



Trabajos sobre la dilalabilidad de los líquidos volátiles; por 
Mr. Drion. 

(Anal, lie Ouini, y Hs., muyo 1859.) 

Al íin de la extensa Memoria del autor, resume su trabajo 
en las conclusiones siguientes. 

1.' Los coeficientes de dilatación aparente del éter clorhí- 
drico, del acido hipoazóico y del sulfuroso crecen con la tempe- 
ratura según una ley rapidísima. 

2.' Llegan á valer lo mismo que el coeíicienle de dilatación 
del aire á temperaturas bastante distantes todavía de aquellas 
á que los líquidos observados son capaces de reducirse á vapor 
en espacios limitados. 

S.'' Desde este momento los coeficientes de dilatación apa- 
rente de los mismos líquidos exceden rápidamente al de dila- 
tación del aire, y hasta pueden llegar á ser iguales varias 
veces á este. 

Estas conclusiones son aplicables con mayor razón á los 
coeficientes de dilatación absoluta de los líquidos estudiados, 
cuyos coeficientes no he podido determinar por falta de datos 
exactos de la compresibilidad de los mismos líquidos, y de la 
fuerza elástica de los vapores (pie despiden á diferentes tempe- 
raturas. 



405 

AiUirlioiulo que los Ires cuerpos cuya dilalaljilidad heoxa- 
minailo difieren cuanto cabe en constitución química, en ma- 
nera de formarse y de trasformarse por influjo del calor, se me 
permitirá, así lo espero, generalizar estas conclusiones, y te- 
nerlas por aplicables á todos los líquidos volátiles sin excep- 
ción. 

Resulta por tanto confirmada y extendida la curiosa obser- 
vación de Thilorier. de que un líquido más dilatable que los 
gases dejará de ser un hecho aislado en la ciencia, sino que 
será un fenómeno que todos los líquidos podrán manifestar á 
temperaturas suficientemente elevadas sobre sus punios de 
ebullición. 



química. 

De un ácido nuevo , el cloro-arsenioso , // de algunos de sns 
compuestos: por Mr. William Wallace. 

(L'Institut, ^3 iil/ríl ^S'60.) 

Al hacer el autor experiencias con el cloruro de arsénico, 
observó que el ácido arsenioso se disuelve fácilmente en el 
cloruro anhidro. Pensando que se formaba así una combinación 
definida, estudió luego este punto con más cuidado, y logró pre- 
parar un compuesto nuevo sumamente interesante , al cual 
llama ácido cloro-arsenioso. El examen de este ácido y de sus 
compuestos, aunque incompleto , le ha dado varios resultados 
importantes. 

1. Disolución del ácido arsenioso en el cloruro de arsénico. 
Calentado cloruro de arsénico hasta que empiece á hervir en una 
pequeña retorta tubulada cuya boca mire hacia arriba, y molido 
poco á poco ácido arsenioso en polvo, parece dejar de di.solverse 
este cuando contiene el licor equivalentes iguales de ambos com- 
puestos. El método más cómodo de preparar esta disolución en 
cantidad consiste en meter 100 gramos de ácido arsenioso en un 
frasco, y hacer que por él pase una corriente de gas clorhídrico 
hasta que desaparezca todo el ácido arsenioso. Conviene menear 
de cuando en cuando al mismo tiempo el frasco. Es víolenlísi- 



406 
ma la acción, y la acompaña considerable desprendimiento de 
calor. Si se sigue haciendo pasar gas clorhídrico mientras hay 
absorción, se obtiene cloruro de arsénico puro. 

2. Acido cloro-arsenioso. Cuando se destila suavemente 
la disolución de ácido arsenioso en cloruro de arsénico hasta 
que empieza á espumar, enfriando se separa de ella una masa 
pastosa, viscosa y semi-ílúida, cuya parte más fluida se puedo 
decantar. La análisis dio los números siguientes: 

Arsénico 1=75 59,29 

Cloro 28,11 1=35.5 28,06 

Oxigeno 2=16 12,65 

126,5 100,00 



La fórmula de este compuesto es pues AsClO-, ó un ácido 
arsenioso en el cual se ve reemplazado un equivalente de oxí- 
geno por cloro. 

El ácido cloro -arsenioso anhidro es un líquido viscoso, ó 
una masa muy blanda, según la temperatura á que esté ex- 
puesto. Es traslúcido, pero tiene un color pardo que no parece 
debido á existencia de ninguna impureza. Humea ligeramente 
al aire, soltando una pequeña parle de su cloro en estado de 
ácido clorhídrico, y absorbiendo oxígeno. Calentándolo mucho 
hierve con mucha espuma, y destilándolo da cloruro puro de 
arsénico. Elevada su temperatura hasta la de sublimarse el 
ácido arsenioso, suelta una sustancia vitrea, dura, traslúcida, que 
contiene 10,94 por 100 de cloro, conforme con la fórmula 
2 AsO\ AsClO\ 

El licor decantado del ácido cloro-arsenioso contiene, según 
la análisis hecha, una cantidad de cloro que corresponde á la 
fórmula AsCI\ As(P. Se parece por tanto á la disolución prepa- 
rada añadiendo ácido arsenioso al cloruro de arsénico calentado. 
No piensa sin embargo el autor que sea un compuesto de estas 
dos sustancias; y deser una combinación, sería probablemente 
su fórmula 'iAsClO-, AsCh. 

También se forma ácido cloro-arsenioso tratando el cloruro 
de arsénico con una cantidad de agua insuficiente para disol- 



i07 

verlo. Añadiendo corlas cantidades sucesivas de agua al mismo 
cloruro, va disminuyendo gradualmente la proporción del cloro 
de la cantidad no disuelta, hasta que los últimos glóbulos constan 
principalmente del compuesto ácido. 

3. Acido cloro- arsenioso hidratado. Se disuelve el clo- 
ruro de arsénico en la menor cantidad posible de agua (unos 16 
equivalentes), y se deja reposar la disolución en un frasco tapado. 
A los dos ó tres dias se empiezan á formar cristalitos, que van 
creciendo hasta ocupar la mitad casi del licor. Se obtienen 
otros cristales poniendo un pedazo de sal gema en aguas ma- 
dres; tardan mucho en formarse, y son más abultados y marca- 
dos que los de la operación anterior. Se los puede comprimir 
con una espátula de platino, y secarlos luego comprimiéndolos 
entre muchos pliegos de papel. Analizada una porción bien seca 
en virtud de presión enérgica, dio los siguientes resultados: 

Arsénico M,80 1=:75 51,90 

Cloro 24,97 1=35,5 24,57 

Oxígeno " 2=10 11,07 

Agua 12,35 2=18 12,46 

144,5 100,00 



El ácido cristalizado contiene 2 equivalentes de agua, y eslá 
representado por la fórmula 'ilIO, AsClO\ El ácido sulfúrico 
lo pone anhidro, pero perdiendo al propio tiempo 2 á 3 por 100 
de cloro. Los cristales son sumamente pequeños, y forman masas 
mamelonadas parecidas á la prehnila. Los que se forman lenta- 
mente son aciculares, y se juntan en grupos estrellares, que 
mientras permanecen en el licor presentan aspecto bellisimo. 
Los chiquitos tienen color blanco reluciente, y expuestos al aire 
desprenden algo de ácido clorhídrico. 

El ácido cloro-arsenioso se combina con los cloruros, como 
el ácido arsenioso con los óxidos. Parece ser bibásico, puesto 
que á los dos equivalentes de agua pueden al parecer reempla- 
zar otros dos de un cloruro alcalino. La sal amoniacal es la 
única que ha podido obtener el autor en forma de criálalcs dis- 
tintos y de composición definida. Obtuvo compuestos de potasa 



408 

y de cal en forma do polvos blancos, (jue conliencn baslanle 
menos de dos equivalentes de cloruro alcalino, de suerte que 
probablemente tienen un equivalente sólo de cloruro alcalino y 
otro do agua básica. 

Merecen mencionarse dos reacciones interesantes de la diso- 
lución del lercloruro de arsénico en el agua. El ácido sulfúrico 
común precipita inmediatamente el compuesto anhidro, al paso 
que el cloruro de calcio determina la separación del cloruro mez- 
clado con escasa cantidad de ácido cloro-arsenioso. Prcséntanse 
estas mismas reacciones en una disolución saturada de ácido 
arsenioso en ácido clorhídrico hidratado concentrado. Con efec- 
to, se pueden preparar fácilmente 40 á 50 gramos de cloruro 
de arsénico añadiendo igual volumen de ácido sulfúrico con- 
centrado á dicha disolución. Sin embargo, no es tan puro como 
el que resulta de la disolución acuosa del cloruro de arsénico, 
y se necesita rectificarlo si se quiere tenerlo puro. 

4. Cloro-arsenito de amoniaco. Se mezcla la disolución 
acuosa de cloruro de arsénico con ácido clorhídrico concentrado 
en suficiente cantidad para evitar se forme ácido cloro-arse- 
nioso, y se introduce un cristalito de cloruro de amonio. 
Aparecen primero cristalitos duros, rojizos y cúbicos de cloruro 
casi puro de amonio; pero pasados algunos dias se llena el li- 
cor de agujas largas librosas, de color blanco de nieve y de 
brillo anacarado. Estos cristales son la sal de que se trata. Se 
los enjuga y seca bien comprimiéndolos entre pliegos de papel; 
secados con ácido sulfúrico, dieron los resultados siguientes: 

Arsénico 32,23 1=75 32,12 

Amonio 15,23 2=36 15,42 

Cloro 44,78 3=106,5 45,61 

Oxigeno » 2= 16 6,85 



233,5 100,00 



La formulado la sal .seca os pues 2/V//*a, A&C10\ La pér- 
dida de agua, exponiendo al ácido sulfúrico, subió á 4,27 
por 100; un equivalente de agua da 3,71 por 100. Al tiempo 



409 

de socar se tlcsi»rcudio algo de cloru, al cual reemplazó el 
oxígeno. 

meteorología. 



Resumen de las observaciones meteorológicas hechas en el Real 
Observatorio de Madrid en el mes de junio de 1859. 

El estado atmosférico de fines de, mayo se prolongó con 
leves alteraciones hasta el 9 ó 10 de junio. En este período fue- 
ron muy frecuentes las lluvias eléctricas; la presión del aire, dé- 
bil al principio, aumentó con lentitud; osciló la temperatura me- 
dia al rededor de 15°; y los vientos del S. 0., fuertes en los dos 
primeros dias y en algunos momentos de los demás, continua- 
ron soplando con notable constancia. En los días 4 y 5 serenóse 
un poco la atmósfera, aumentaron la presión y la temperatura, 
disminuyó la humedad, y pareció próximo un cambio com- 
pleto de temporal; pero el viento S. O. volvió de nuevo á rei- 
nar, y de nuevo volvieron las lluvias tormentosas á caer sobre la 
tierra. 

Desde el dia 10 al 20 mantúvose el barómetro á una altura 
media de 101°"',HÍ; pasó de 15" la temperatura; de0,7idescen- 
dió la humedad á 0,56; fueron muy débiles las señales eléctri- 
cas; y el temporal corrió indeciso, aunque al parecer con ten- 
dencia á bonancible. En el dia IG, sin embargo, disminuyó un 
poco la presión, y bajo la influencia de los vientos del S. O., 
que en el siguiente dia dejaron por tin de dominar, cayeron 
abundantes aguaceros, lodos de corta duración, entre 7 y 8, 10 
y 11 de la mañana, y I2 y ,2 horas de la tarde. 

En el último tercio de junio han predominado los vientos del 
N. E. y algo los del S. E., y sólo un dia ha llovido muy lige- 
ramente; en cambio ha sido grande la evaporación, aumen- 
taron con rapidez las temperaturas, y las presiones hiciéronse 
también superiores á todas las del resto del mes. Lo notable 
en este período ha sido el aspecto que la atmósfera ha presen- 
tado durante tres ó cuatro dias completos del mismo, y en todos 
ellos, al amanecer y al ponerse el sol con especialidad. En- 



410 

viiello el horizonte en una especie de bruma parda y oscura, y 
velado el zenit por celajes de iguales tintas, era imposible 
muchas veces señalar el lugar ocupado por el sol; y, sin em- 
bargo, el calor de este astro se dejaba sentir con fuerza, mien- 
tras la humedad acusada por el psicrómetro era mas bien es- 
casa que abundante. En otras ocasiones, por el contrario, y 
especialmente en los crepúsculos, hallándose la atmósfera muy 
empañada, se observaron algunas estrellas con el anteojo meri- 
diano, como si el velo que á la simple vista las ocultaba fuera 
de excesiva tenuidad. Tal vez un estado atmosférico parecido á 
este sea el observado á fines del último mes y principios del 
corriente en Londres, París, algunos puntos de Italia, y otras 
capitales estrangeras, del que se ocupa con detención Mr. Moigno 
en el número del Cosmos correspondiente á la 3." semana de 
junio. 

Para acabar de formarse idea de los fenómenos meteoroló- 
gicos ocurridos en el último mes, véanse á continuación los nú- 
meros principales que á ellos se refieren. 

BARÓMETRO. 



Altura media á las 6ra 706""», 99 

Id. id. id. 9 707 ,18 

Id. id. id. 12 706 ,56 

Id. id. id. 3t 705 ,84 

Id. id. id. 6 705 ,78 

Id. id. id. 9n 706 .65 

Id. id. id. 12 706 .59 

Altura media mensual ^^06 ,51 

Id. id. máxima (dia 17) 711 ,57 

Id. id. mínima (dia 1) 697 ,76 

Oscilación mensual 13 ,81 

Id. máxima (dia 16) 6 ,10 

Id. mínima (dia 17) O ,27 

TERMÓMETRO. 

Temperatura media á las 6 m 13°,6 

Id. id. id. 9 17,7 



411 

Temperatura media á las 12 20 ,9 

Id. id. id. 3 1.... 22,7 

Id. id. id. 6 20,9 

Id id. id. 9n 16,9 

Id. id. id. 12 14,1 

Temperatura media mensual 18.2 

Id. máxima á la sombra (dia 25) 37 ,3 

Id. id. al sol (dia 25) 45 ,3 

Temperatura mínima (dia 14) 8,5 

; Id. id. en el reflector (dia 14) 3 ,3 

Oscilación máxima á la sombra (dia 30) 20 ,3 

Id. id. (dia 2) 7,4 

EVAPORACIÓN.- 



Evaporación media mensual 7mm g 

Id. máxima (dia 22) 11 .0 

Id. mínima (dia 2) 3 ,6 

PSICRÓMETRO. 

Humedad relativa media á las 6 m 77 

Id. id. id. id. 9 60 

Id. id. id. id. 12 47 

Id. id. id. id. 3t 40 

Id. id. id. id. 6 46 

Id. id. id. id. 9n 60 

Id. id. id. id. 12 69 

Humedad media mensual = 57 

Id. id. máxima (dia 1) 83 

Id. id. mínima (dia 30) 32 

PLUVÍMETRO. 

Días de lluvia en el mes 10 

Cantidad total de agua recojida 48""», 3 

Id. máxima (dia 7) 14 ,5 



412 
ANEMÓMETRO. 

VictUos Trinantes en el mes. 

N 7 horas. S 26 horas. 

iS. N. E fil S. S. 47 

N. E 84 S. 148 

E. N. E 18 O. S. 111 

E 29 60 

E. S. E 36 O. N. 11 

S. E 28 N. O... 27 

S. S. E 21 N. N. 6 



ídem hechas en el mes de julio de 1859. 



Variadas y desiguales en extremo han sido las diversas per- 
turbaciones atmosféricas ocurridas en el mes de julio. 

En los 15 primeros días el ambiente, como á finesde junio. 
so presentó calimoso y turbio, en términos de no poderse dis- 
tinguir en muchas ocasiones al N. la cordillera de (íuadarrama, 
ni el cerro llamado de los Angeles al S., ni aun en algunos 
casos las últimas y más distantes torres de la capital; la pre- 
sión del aire, superior á la media, fluctuó con leves oscilacio- 
nes al rededor de 710 milim.; pecaron de excesivas las tempe- 
raturas, hasta el punto de no haberse registrado otra igual á las 
de los dias 6 y 7 en los últimos cinco años; y, si bien con poca 
constancia, dominaron primero los vientos del S. O. y después 
los del S. E. Desde las primeras horas de la mañana del dia 6 
ofrecía la atmósfera un aspecto muy turbio; el calor era sofo- 
cante, y, aunque débiles, se notaron algunas señales eléctricas. 
Como á las 12 del propio dia aparecieron por el N. O., N. y E. 
algunas nubes tempestuosas; á las 3 de la larde se oyeron ya 
truenos lejanos, y las nubes se condensaron en dos grupos ais- 
lados, uno al E. y otro al S. 0.; á las 4i, brillando aún y ca- 



U3 

lenlando el sol con gran fuerza, cayeron algunas golas de agua 
muy gruesas, y la nube del E. cruzo por el zenil, despidiendo 
una abundante lluvia de corla duración, y fué á unirse hacia 
el 0. con la otra nube, que también se habia corrido un poco 
hacia la misma parle; de nuevo empezó á llover á las 7 por el 
N. O., pero á las 7í sobrevino un viento huracanado del S., que 
deshizo y dispersó las nubes, de las que, sin euibargo, conti- 
nuaron sallando numerosos relámpagos durante la noche. En 
los cinco dias siguientes prosiguió siendo el temporal revuelto 
y algo tormentoso, habiéndose presentado por el N, y N. E., 
enlre 3 y tí de la tarde del dia 7, una nube muy oscura y 
densa, que despidió bastantes relámpagos y truenos, y de la 
que, por fin, descendió una ligera lluvia apenas apreciable, y 
formado el dia 11, á las propias horas, otra ligera tempestad, 
que por lodos sus caracteres más parecía de primavera que del 
centro del verano. 

Desde el dia 16 al 27 la atmósfera se conservó casi siem- 
pre despejada y limpia; alternaron los vientos del S. O. con 
los del N. E., y disminuyeron la presión barométrica y la tem- 
peratura, habiendo esta, por lo baja, llegado á ser algo incómoda 
á ciertas horas de la noche, y, en general, impropia de la es- 
tación. En la noche del 21 la atmósfera estuvo cubierta de nu- 
bes estratificadas, bajas al parecer y esponjosas, y por el S. 
E., E. y N. E., sobre lodo, se descubrieron multitud de re- 
lámpagos difusos, rasantes al horizonte. 

En los 4 últimos dias del mes se ha conservado la columna 
barométrica más bien baja que alta, habiendo, por el contra- 
rio, aumentado de nuevo la temperatura; y por esto, el as- 
pecto turbio del horizonte, las pequeñas nubes que por diver- 
sos puntos del espacio aparecen en las horas de mayor calor, 
y la variabilidad de los vientos, deben considerarse aquellos 
dias como análogos á los primeros, y acaso como antecesores 
próximos de otros revueltos y borrascosos. 

Con las pocas líneas que preceden, y los números que van 
á continuación, será fácil formarse idea de los diversos acciden- 
tes meteorológicos acaecidos en el último mes. 



414 
BARÓMETRO. 

Altura media á las 6 ni TOO"'", 65 

Id. id. id. 9 709 ,88 

Id. id. id. 12 709 ,28 

Id. id. id. 3t 708 .28 

Id. id. id. G 708 ,11 

Id. id. id. 9 n 708 .90 

Id. id. id. 12 709 ,26 

Altura media mensual 709 ,05 

Id. id. máxima (dia 6) 712 ,79 

Id. id. mínima (dia 22) 704 ,96 

Oscilación mensual 7 ,83 

Id. máxima (dia 1.°) 4 .43 

Id. minima (dia 8) O ,52 

TERMÓMETRO. 

Temperatura media á las Ora 20°, 3 

Id. id. id. 9 26,8 

Id. id. id. 12 31,5 

Id. id. id. 3t 33,6 

Id. id. id. 6 31 , 

Id. id. id. 9n 26,0 

Id. id. id. 12 22,7 

Temperatura media mensual 27 ,4 

Id. máxima á la sombra (dia 6) 42 ,2 

Id. id. al sol (dia 7) '. 55,5 

Temperatura mínima (dia 26) 11 ,6 

Id. id. en el reflector (dia 20) 8,9 

Oscilación máxima á la sombra (dia 11) 21 ,7 

Id. id. (dia 21) 14,6 

EVAPORACIÓN. 

Evaporación media mensual 14""", 2 

Id. máxima (dia 16) il .2 

Id. mínima (dia 2) 9 ,0 



415 
PSICRÓMETRO. 

Humedad relativa media á las 6 m 53 

Id, id. id. id. 9 37 

Id. id. id. id. 12 27 

Id. id. id. id. 3 1 23 

Id. id. id. id. 6 27 

Id. id. id. id. 9 n 34 

Id. id. id. id. 12 45 

Humedad media mensual 35 

Id. id. máxima (dia 11) 52 

Id. id. mínima (dia 29) , . . , 27 

PLUVÍMETRO. 

Dias de lluvia en el mes 2 

Cantidad total de agua recojida Omm 2 

Id. máxima (dia 6) = . . , 7 4 

ANEMÓMETRO. 

Vientos reinantes en el mes. 



N 

N. N. E. , 
N. E. . . . 
E. N. E.. 

E 

E. S. E. 

S. E 

S. S. E.. 



22 horas. S 


29 hfinc 


75 S. S. 


... 25 


123 S. 


...101 


27 0. S. 


. . . 43 


43 


... 38 


47 0. N. 


... 32 


48 N. 


... 28 


34 N. N. 


... 29 



Ídem hechas en el mes de agosto de 1859. 

Aunque haya transcurrido en Madrid el mes de agosto úl- 
timo con grande uniformidad, sin frecuentes y desastrosas tem- 



416 

peslades, como en oíros puntos del reino ha sucedido, ni sacu- 
didas viólenlas de ningún género, no por eslo dejan de ser en 
nuestra localidad dignos de quedar consignados sus caracteres 
nieleorológicos, principales y dislinlivos. 

Con leves alleraciones, desde el dia 1.° al 2i la atmósfera 
se ha presentado raras veces despejada y diálana, y por lo re- 
gular el horizonte se ha visto siempre empañado por una es- 
pesa calima, y surcado de nubes el resto del espacio en las ho- 
ras de mayor calor. Tomaron estas nubes carácter tempestuo- 
so, cada vez más pronunciado, en los dias 17, 18, 19 y 20, 
habiendo en el segundo de estos dias caído un repentino y fuerte 
aguacero en varios puntos de la población, y sólo algunas gotas 
de agua de una nube suelta en los alrededores de este observato- 
rio, y llegado á formarse en el último, puesto ya el sol, una ver- 
dadera tempestad al N. N. E., la cual, sin tocar en el zenil, ni des- 
cargar la menorcantidad de agua a preciable, pasóalN., N.N.O. 
y O., donde antes de las 9 se disipó, después de lanzar nume- 
rosos y grandes relámpagos, seguidos de truenos sordos y pro- 
longados. Por lin, en la noche del 2o descargó una tempestad 
de mediana consideración, que desde las primeras horas de la 
mañana se venia anunciando por el 0. y S. O.; y con esto, 
desde el amanecer del dia 26 recobró su transparencia la at- 
mósfera, desapareció la calima en que estaba envuelto el hori- 
zonte desde principios de julio, y adquirió el aire una suave 
temperatura, más que del verano, propia de la estación en- 
trante. 

La marcha del barómetro merece en este mes una especial 
atención. Salvos los dias 8 y 9, en que la altura media fué 
casi de 703 milím., y de otros tres ó cuatro en que pasó de 
1708 milim., en todos los demás se ha conservado constante- 
mente dicha altura al rededor de 706 milím., con oscilaciones 
de insignificante amplitud. 

Las temperaturas, inferiores á las de julio, pero elevadas sin 
embargo, han ofrecido diversas alternativas. Hasta el 8 osciló 
la media entre 26°, 4 y 29°, entre 36°, 2 y 38" la máxima á la 
sombra, y entre 43°, 3 y 47°, 4 la correspondiente al sol; hubo 
un descenso apreciable de 3° á 4" en los tres siguientes dias; 
del 12 al 24 dej().se .sentir de nuevo el calor con tanta ó mayor 



417 

fuerza que á principios del mes; pero, al fin, desde el 25 el ter- 
mómetro marcó por término medio o° menos que en el periodo 
precedente, sin que, como ya se ha dicho, experimentara por 
esto el barómetro modificación alguna en sus oscilaciones hora- 
rias, excepcionales por lo regulares. 

Aunque no grande, ha sido en este mes la humedad mayor 
que en julio, y muy sensible en las primeras horas de la maña- 
na, á contar desde el dia 25. 

En los 11 primeros dias dominaron los vientos del S. O.; 
con ellos alternaron hasta el 15 los del N. E., cuya influencia 
casi exclusiva no ha dejado de sentirse hasta el 23, dia 
desde el cual puede decirse que no ha imperado con fijeza nin- 
guno, soplando alternativamente los del S. O,, S. E. y N. O.; 
el último con marcada impetuosidad en la tarde del 31. 

Deben por fin mencionarse en este breve resumen, como fe- 
nómenos notabilísimos, dos bólidos observados en la noche del 
23, entre 10 horas y lOj , el primero de los cuales, de 
gran volumen, luz blanca y vivísima, y marcha comparativa- 
mente lenta con la de otras estrellas fugaces, apareció entre las 
constelaciones de Casiopea y Perseo, y fué á perderse en el ho- 
rizonte hacia la del Cochero; y el 2.°, de mayor volumen aún 
pero de luz más pálida y algo azulada, en la Osa, y siguió una 
marcha paralela á la del 1.°; otro en la noche siguiente á las 
lll'*, cuya trayectoria casi se confundía en la apariencia 
con la del último; y la aurora boreal, de luz purpurina y exten- 
sa, que casi nada apagaba el fulgor de las estrellas, cuyos pri- 
meros rayos se vieron á las 12 de la noche del dia 28 y á \í. 
lí los últimos. 

Como de ordinario, acompaña á estas breves lineas el si- 
guiente cuadro, que comprende los números principales deduci- 
dos de las observaciones verificadas en el mes á que se re- 
fiera. 

BARÓMETRO. 

Altura media á las O m 706™", 95 

Id. id. id. 9 707 ,43 

Id. id. id. 12 706 ,70 

Id. id. id. 3t 705 ,77 

TOMO IX. 27 



418 

Altura medid á las 6 70o ,41 

Id. id. id. 9n 70G ,1^ 

Id. id. id. 12 706 ,50 

Altura media mensual 700 ,42 

Id. id. máxima (dia 21) 708 ,82 

Id. id. mínima (dia 8) 702 ,83 

Oscilación mensual 5 ,99 

Id. máxima (dia 20) 4 ,21 

Id. mínima (dia 27) O ,94 

TERMÓMETRO. 

Temperatura media á las 6 m 18°, 8 

Id. id. id. 9 24,4 

Id. id. id. 12... 30,2 

Id. id. id. 3t 31,8 

Id. id. id. 6 30,0 

Id. id. id. 9n 2S ,0 

Id. id. id. 12 21 ,8 

Temperatura media mensual 2G ,0 

Id. máxima á la sombra (dia 1). . 38 ,0 

Id. id. al sol (dia 24) 48 ,4 

Temperatura mínima (dia 26) 12 ,9 

Id. id. en el reflector (dia 26) 8,3 

Oscilación máxima á la sombra (dia 21) 21 ,8 

Id. mínima id. (dia 28) 13,1 

EVAPORACIÓN. 

Evaporación media mensual 12'"'", 4 

Id. máxima (dia lo) 16 ,4 

Id. mínima (dia 26) 8 ,8 

PSICRÓMETRO. 

Humedad relativa media á las 6 m. 62 

Id. id. id. id. 9 49 

Id. id. id. id. 12 31 



419 

Humedad relativa media á las 3 1 25 

Id. id. id. id. 6 26 

Id. id. id. id. 9n 38 

Id. id. id. id. 12 48 

Humedad media mensual 40 

Id. id. máxima (dia 25) 60 

Id. id. mínima (dias 2, 5, 7 y 14) 29 

pluvímetro. 

Agua recogida en el dia 25 13™'",8 



ANEMÓMETRO. 



N 


Vientos reinantes en el mes. 

. 39 horas. S 

. 110 S. S. 

. 92 S. 

. 33 0. S. 

. 13 

. n O.N.O 

. 33 N.O 

. 20 N. N.O 


24 horas 


N. N. E 

N. E 


58 
142 


E. N. E 

E 


53 
33 


E. S. E 

S, E 


32 
16 


S. S. E.. 


29 



5 2.? 

re o-> 



422 



< 

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O 



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B ' B 

S B 



CIENCIAS NATURALES. 



OEOL.OOIA. 



Del Iraquilismu de las rocas; por Mr. Gh. Sainte-Glaire 
Deville. 

(Comptcs rciidiis, 5 enero 1859.) 

Haüy fué el primero que introdujo en la ciencia el nombre 
de íraquita, aplicándolo á las rocas de origen volcánico, que 
según decía, se caracterizasen por un feldespato blanquecino 
ó gris ceniciento, que presentasen un aspecto escabroso, y cuya 
fractura y hasta la superficie apareciesen como estriadas (1). 

Desde entonces, y de conformidad con el Sr. Leopoldo de 
Buch, se admitia en general que el feldespato de las traquitas 
era invariablemente orlosa (feldespato con base de potasa), al 
cual, en este caso particular, se daba el nombre de feldespato 
nilreo. 

En mi trabajo sobre las rocas volcánicas de Tenerife, creo 
liaber presentado el primer ejemplo de verdaderas traquitas, 
que tienen por base, no ya la ortosa vitrea ó sanidina, sino la 
olifjoclasa (variedad del feldespato con base de sosa). 

Posteriormente, en mi Memoria sobre las rocas volcánicas 
de las Antillas, apunté claramente que hasta el mismo labrador, 
esto es, una de las especies menos silicatadas entre todas las 
del feldespato, era susceptible de tener tan particular modifi - 
cacion, que hace que el mineral sea á la par vitreo y caverno- 



(1) Tratado de mineralogia, 2.' edición, t. 4, pág. 579. 



42o 

so, y que la roca sea por consecuencia áspera al laclo ó Ira- 
quítica; complelándose la prueba por haber yo encontrado aso- 
ciadas á las rocas dolerilicas del azufrero de la Guadalupe, la 
obsidiana y pómez, que habilualmenle acompañan á las rocas 
Iraquí ticas. 

Así que, la traquita no podía ya constituir roca mineraló- 
gicamente determinada, puesto que todas las rocas íeldespáli- 
cas, y hasta la dolerita, en ciertas circunstancias pueden ad- 
quirir esta propiedad de Iraquí tisrao (1). 

Sentada esta primera proposición, naturalmente nos con- 
duce á investigar en qué consiste la particular modificación de 
la roca, ó más bien del feldespato que contiene. 

Era desde luego imposible no echar de ver que la es- 
tructura celular ó cavernosa de estos feldespatos se halla 
en relación á la par con la propiedad que poseen todas las es- 
pecies feldespáticas de dar al soplete un vidrio ampolloso, y la 
que presentan, como es sabido, gran número de las obsidianas, 
cuando se calientan sin llegar con mucho al punto de fusión, 
entumeciéndose y abolsándose bastante, aunque despacio, y 
que luego con la ruptura de una porción de las ampollitas, se 
trasforma finalmente en un pómez comparable al natural, y aun 
más cavernoso á veces. En las numerosas experiencias de esta 
clase que he hecho, han variado las pérdidas que han sufrido 
las obsidianas entre cantidades de materia apenas ponderables, 
de 6 á 7 milésimos del peso total. Las sustancias que recojí 
eran por lo común cloruradas, indicando así la presencia de 



(I) Mucho gusto he tenido, viendo que estas conclusiones que emití 
en 1844 con respecto á la oligoclasa y en 1851 al labrador (Comptes 
rendus, t. 19, pág. 46, y t. 32, pág. 673), han sido adoptadas por Mr. 
Gustavo Rose, en la clasificación de las traquitas debida á este sabio 
mineralogista, y que por primera vez publicó Mr. de Humboldl cu 1857 
(Cosmos, t. 4, pág. 468). 

Esta conclusión podrá extenderse hasta la anortita, si se tiene pre- 
sente mi análisis del mineral feldespático de la roca de Saint-Eustache, 
y las de Mr. Forchhaumer y Mr. Damour sobre el mineral de las lavas 
del Hecla. 



426 

producios empireuniálicos ó amoniacales , y nunca fueron 
acidas. 

Bien pronto se echa de ver el enlace que esto tiene siempre 
que una masa litoidea so produce por via eruptiva al mismo 
tiempo que los elementos que pueden considerarse normales, y 
que por su consolidación constituyen los minerales esenciales 
de la roca, como son los feldespatos, anfiboles, piroxena y pe- 
ridoto ú olivino; la masa lleva consigo en un estado particular, 
y con condiciones de equilibrio aún desconocidas, ciertas sus- 
tancias que hacen diferente papel. Están efectivamente destina- 
das en parte, á consecuencia de reacciones químicas de que 
poseemos hoy dia casi todos los datos, á lijarse en forma 
de minerales accidentales, como son mica, turmalina, topacio, 
apatita, estaño oxidado, cobre oxidulado ú oxidado, hierro oxi- 
dulado, etc., y en parte á desprenderse en forma de íjases y 
vapores. Pero el punto curioso y capital es, que este desprendi- 
miento no se realiza con aquella impetuosidad que se advierte 
cuando las materias ceden á una presión más ó menos fuerte. 
Asi lo he observado muy bien en la erupción del Vesubio 
en 1855. El gran número de meses y hasta de años que sabe- 
mos dura este fenómeno, debe persuadirnos de que las sustan- 
cias gaseosas guardan cierta combinación con la masa litoidea, 
y que sólo se separan de ella á favor de cierto cambio de equi- 
librio molecular, que verosímilmente no es otra cosa que el 
paso al estado cristalino. 

Pero supongamos que la masa litoidea, en vez de consoli- 
darse en condiciones de reposo que favorezcan y produzcan esta 
trasformacion , sufra un enfriamiento bastante rápido, como 
cuando se da temple á un metal. Habrá entonces una masa 
amorfa ó vitrea, como la obsidiana, y entonces también no sólo 
dejarán de presentarse los minerales accidentales, sino que aun 
los mismos esenciales quedarán excluidos, ó no estarán repre- 
sentados mas que por raros feldespatos más ó menos perfectos, y 
las sustancias gaseosas se hallarán en parte como aprisionadas. 
Ellas son sin duda las que, hallándose intimamente unidas 
á la masa de la obsidiana, tratan de desprenderse cuando esta 
última se ha ablandado con el calor, y las mismas han tomado 
cierta tensión. 



427 

Así se concibe muy bien que entre los dos estados extre- 
mos, cuales son cristalinidad perfecta eliminada ya toda materia 
volátil, y estructura vitrea encerrando una porción pondcrable 
de estas sustancias gaseosas, debe haber tránsitos insensibles. 
Pruébase el hecho con las lavas, puesto que hasta las cristali- 
nas de la mayor parle de los volcanes Etna, Vesubio, Hecla, 
Andes, etc., conservan todavía en intima mezcla cloruros so- 
lubles en proporción á veces bastante notable. 

Las propiedades particulares del feldespato, délas Iraquilas 
y de la misma pasta traquítica, procederán por tanlo de tales 
dos condiciones; esto es, de la consolidación primitiva verifi- 
cada en circunstancias que hubieran favorecido la estructura 
vitrea, y de la intervención de un fenómeno análogo al que en 
nuestros laboratorios trasforma la obsidiana en piedra pómez. 

Si las cosas han pasado asi, el feldespato con esta especie de 
frita no habrá cambiado sensiblemente su composición, y á lo 
más habrá perdido, haciéndose celular, algunos milésimos de 
las sustancias volátiles que tuviera encerradas en sus poros. 
Por esto los feldespatos de las traquitas del monte Doro y del 
Liebengebirge habrán conservado la fórmula de la orlosa, los de 
la traquita de Tenerife continúan siendo oligoclasa, y aun los 
de traquita dolerítica de la Guadalupe no habrán perdido sen- 
siblemente las proporciones que constituyen el labrador. ¿Pero 
es siempre el fenómeno tan sencillo, y suficiente siempre la 
explicación? En otros términos: después de la Iraquitacion ¿con- 
serva siempre el feldespato su composición intacta? Veamos los 
hechos que pudieran causar alguna duda en el particular. 

En los preciosos estudios que debemos á Mr. Abich, encuen- 
tro que el feldespato esencialmente traquílico del Arso, en vez 
de tener la composición normal de la orlosa ó de la sanidina, 
da para los tres elementos químicos (protóxidos, sesquióxidos, 
silice) las siguientes proporciones de oxígeno: 1:3: 11; es 
decir, que hay falta de sílice. 

A la veidad, esta composición levemente anormal pudiera 
atribuirse á la mezcla de hojuelas de mica negra y de peridolo 
vitreo verdoso, que Mr. Abich señala en estos feldespatos; y lo 
que pudiera confirmar esta idea es, que una muestra de este 
mismo feldespato de el Arso, en el cual i)rocuré eliminar en 



428 
lo posible estas materias extrañas, no me dio muestra sensible 
de óxido de hierro, al paso que el análisis de Mr. Abich señala 
cerca de 1 por 100, 

Por lo que hace á las rocas de los volcanes de la Cordillera, 
lio cabe duda alguna si, como piensa Mr. de Ilumboldl, son 
realmente Iraquitas oligoelásicas (1). 

En electo, los análisis que he hecho hace mucho tiempo de 
los feldespatos entresacados de algunas de las rocas que trajo 
Mr. Boussingault. y que este insigne compañero tuvo la bondad 
de dejarme examinar, nunca me han llenado la fórmula de la 
olisoclasa. Véanse tres análisis de estos. 



Sílice. . , 
Alúmina. 

Cal 

Magnesia 
Sosa . . . 
Potasa. . . 



Excesos de los análisis . 



o8,26 
26,72 
7,39 
0,80 
6,20 
0,63 



100,00 



+0,80 



7,40 
3,00 

■1,00 



11 (1). 



58,26 
26,19 
7,56 
0,94 
6,60 
0,45 



Oxígeno 

7,42 
3,00 



>1,04 



100,00 



+0,40 



111. 



55,40 
27,48 
9,74 
0,79 
5,36 
1,23 



100,00 



+1,31 



Oxígeno. 

6,74 
3,00 



1,08 



I. Feldespato del Chimborazo, su densidad. 2,651 

II. Feldespato del Antisana, su densidad.. . 2,630 

III. Feldespato del Puracé, su densidad 2,729 

Vistos tales resultados, ¿habrá que admitir para los feldes- 
patos otra nueva fórmula 1 : 3 : 7? ¿No cabrá más bien creer 
que en estas rocas hay alteración de la oligorlasa, ó que tal vez 
en alguna de ellas existe labrador? Esto es lo que espero me 



(I) Comptes rendus, t. 44, pág. 1067. 

(1) Este análisis lo hizo mi hermano, á petición mia. 



429 
permitan decidir los nuevos análisis, cuyos elementos estoy 
preparando (1). 

Pasando ahora á un caso de Iraquila labradórica, lo encon- 
traremos en la isla de Borbon, y en las rocas que forman ha- 
cia el N. el núcleo más elevado y antiguo de la misma, y los 
tres grandes conos de sublevación sobre los que se alza el Pico 
de la Nieve. El feldespato que de allí he sacado, cuya densi- 
dad es de 2,726, y que juntamente con la estructura traquí- 
tica tiene todos los caracteres mineralógicos del labrador, ofrece 
la composición siguiente : 



Oxíseiio. 



Sílice 49,06 4,78 

Alúmina 34,22 3,00 

Cal 13,7o\ 

Magnesia 0,69 ¡0,68 

Sosa 2,18/ 

Pérdida por la calcinación 0,10 

100,00 
Exceso del análisis 0,00 

En este caso no sólo hay menos sílice de la que es menes- 
ter para constituir labrador, sino que la relación entre las pro- 
porciones de oxígeno de los dos elementos básicos se aparta 
notablemente de 3 : 1 , como en todo feldespato normal. 

Paréceme, pues, probable que los feldespatos de estructura 
fibrosa y vitrea han sufrido en algunas ocasiones una altera- 
ción, que por lo general ha causado su bajada sílice. 



(O No puedo por otra parte admitir con Mr. Abich quo haya en las 
traquitas de los Andes dos feldespatos, ortosa en gruesos cristales, y al- 
bita diseminada en la pasta. Nunca he podido descubrir en ellas mas que 
una sola variedad de feldespato, y esta presenta siempre la macla qu« 
produce el ángulo entrante. Si hubiera mezcla, sólo pudiera ser entre la 
oligoclasa y el labrador, y esto servirla tal vez para explicar la anomalía 
en la cantidad de sílice. 



430 

Hay finalmente tina circunstancia común á la mayor parle 
de las rocas que acabo de citar, y es que su pasta es más rica 
en sílice que el mismo feldespato, en tanto mayor grado cuanto 
más vitrea es la estructura. 

Vamos á comparar las cantidades de siüce de estas rocas y 
de los feldespatos que he extraído y analizado. 



Localidades. Estmclura de la roca. 



Cliimborazo. 



Pasta subvítrea 

pardusca 

Pasta subvítrea 



CANTIDAD DE SÍLICE 

Eq la I0C3. En el 



IC3 



163 



I gruzca 

Pasta compacta crista- 
^ lina agrisada 

Pasta de cris iie^ro... 



Colopaxi. . . / 

Picbiocha... 

Puracé í 

Guadalupe.. / 



Etna ( rocas f 
antiguas). ( 



Pasta vitrea pardusca. 

Pasta granuda com- 
pacta 

Pasta negra vitrea. . . 

Pasta subvítrea verde- 
botella 

Pasta gris granuda, 
celular 

Pasta gris de grano 
ñno, celular 



64 
05 

60; 

69, 
67 

1 60 

}« 

/57 
1 58 
<50 

fb6,98 



,09 (Abicb.) 

-19 (U.S.— C. D.) 

06 (Ch.S. — C. D.) 

26 (Abicli.) 

,23 (Abicb. ) 

,28 (Abieh.) 

98 (Abicb.) 

,07 (Abicb.) 

80 (Cb. S.— C. D.) 

95 (Ch. S.— C. D.) 

67 (Abicb.) 

gí \(S.deWaltersb.) 



Borbon 



H){ 



Pasta gris gruauda, 



elul 



38,26 (Ch. S.-C. D.) 
'1^8,26 (U.S.— C, D.) 

33,40 (Cb. S. — C. D.) 
54,23 (Cb. S.— C. D.) 

f(CI.. S.-C. D-Lí coííCb. S.-C. D. 
\ et Grandeau.) f ' \ ct Grandeau.) 

}50,90 (Cb.S.-C. D.) 49,00 (Cb. S.— C. D.) 



Estas diferencias del guarismo de la silice entre la pasta y el 
feldespato, parecerán aún más notables si se repara que cuando 
se analiza una roca en masa, se analizan con la verdadera pasta 
no sólo fragmentos de feldespato análogos á los que se han ex- 
traído, sino también otros minerales que, como el anfibol, el 
piroxeno sobre lodo y el peridoto, son menos ricos en sílice que 
aquel feldespato, ó que como el hierro oxidulado carecen abso- 
lutamente de sílice. 

Este exceso de sílice en las rocas traquíticas se manifiesta 
algunas veces con granos aislados y visibles de cuarzo. Así lo 
dijo Mr. Abich de la roca de Drachenfels, y yo mismo tuve oca- 



431 

sion de observarlos con alguna admiración, al lado de labrado- 
res, en la doledla traquítica de Guadalupe. Mas por lo general 
la sílice de las rocas Iraquí ticas se encubre en la misma roca, ya 
sea vidriosa, ya granuda y áspera al tacto, dando todo á enten- 
der que en ella adquiere propiedades particulares consiguientes 
á su estado molecular. 

El exceso de sílice en la pasta de las rocas Iraquí ticas puede 
explicarse, admitiendo que estas rocas no son otra cosa que el re- 
sultado de la fusión y del derrame, por los orificios volcánicos, 
de otras rocas, ricas en cuarzo, más antiguas. En los Andes! 
por ejemplo, pudieran de este modo referirse las Iraquitas de la 
Cordillera á los pórfidos cuarcíferos oligoclásicos, cuyas señales 
se encuentran en tantos valles. 

Con esla hipótesis liabria la ventaja de explicar el caso más 
raro á la verdad, de que la pasta de la traquita tenga menos 
sílice que el feldespato que de aquella se extrae. La lava de 
Arso, por ejemplo, no contiene, según mis experimentos, mas 
que 56 por 100 de sílice; y cabalmente esta es la cantidad de 
sihce que Mr. Abich consigna á la toba pomácea de Iscliia por 
la cual se abrió paso la lava de 1301 . 

Por otra parte, si los análisis posteriores llegan á dar cer- 
teza al hecho que ahora apunto sólo como dudoso, de que hay 
alteración en la composición de los feldespatos traquitizados, y 
si esta alteración se explica al cabo por la baja de la cantidad 
normal de sílice, ¿no será cosa natural entonces enlazar los dos 
efectos inversos, á saber, la desaparición de la sílice en el fel- 
despato y su aumento en la roca, ya sea vitrea ó traquítica, es 
decir, más ó menos comparable al pómez? 

No es indiferente esta última circunstancia; y va observó 
Mr. L. de Buch que la o"bsidiana y la piedra pómez no se en- 
contraban descubiertas en el pico de Tenerife mas que á con- 
siderable altura. Subiendo de Orotava á la Cañada, designaba 
Mr. de Humboldt. hace cerca de sesenta años, los caracléres 
petrográficos, intermedios por decirlo así entre la traquita y el 
basalto, que presenta la lava del portillo situado á mediana al- 
tura. Posteriormente tengo manifestado que la lava de Guimar 
sacada de un barranco profundo y á poca altura, era de muy 



i32 

considerable densidad, y estaba muy cargada de peridotos, en- 
contrándose en la Guadalupe casos análogos (1). 

Entiendo que es dificil dejar de ver en esto una especie de 
licuación que levante á la superficie del baño de materias fun- 
didas, las sustancias ricas en sílice y de poca densidad, y que 
por el contrario concentra en las capas más profundas los ele- 
mentos ferruginosos y magnesianos. 

¿Mas por cuáles procedimientos se realiza esta acumulación 
de la sílice en la parle superior? 

¿Noserán acaso agentes químicos y mecánicos de esta concen- 
tración las sustancias volátiles, vapores de agua, ácido carbónico, 
gases sulfurados y clorados? .'No hará en parte la costa de esta si- 
lificacion el feldespato de las rocas Iraquíticas? 

Siendo esto así, ¿no dará singular confirmación al papel que 
representa la sílice en sus combinaciones naturales, según la 
opinión de nuestro sabio compañero Mr. Delafosse? 

Finalmente, cuando, como en la lava del Vesubio, la alte- 
ración que el mineral feldespático (anfigena) sufre, haciéndose 
vitreo, parece consistir, como ya lo he indicado (2), en la asi- 
milación de cierta porción de sosa, ¿no deberá atribuirse este 
último género de traquilismo á la reacción en la roca anfigénica 
delaSomma, por la influencia de una temperatura elevada del 
cloruro de sodio y del vapor de agua? En una palabra, ¿no se 
realiza en ello el experimento tan conocido y característico de 
los Sres. Gay-Lussac y Thenard? 

Tales son las principales cuestiones que se presentan, y que 
me he propuesto acometer en otro segundo trabajo, con la coo- 



(l) A mi parecer no tienen réplica los números siguientes: 

Densidades. Cantidad de sílice. 



Obsidiana y pómez del Pico 2,404 60,32 

Lava del Portillo 2,671 57,88 

Lava dolerítica de los Mallorquines 2,945 52,46 

Lava peridótica de Guiraar 3,001 46,80 

(i) Comptes rendus, t. XLII, p. 1171. 



Í33 
peracion de Mr. Luis Grandeau, hábil químico y minera- 
logista. 

Los apuntes que acabo de leer son un extracto casi textual 
de una carta que en mayo de 1857 dirigí á Mr. de Huraboldl; 
y la benévola publicidad que este ilustre decano de los geólo- 
gos (1) dio á una parte de aquella, es la que ha podido ani- 
marme en la idea de que mi trabajo, aunque incompleto toda- 
vía, no sería indigno de ser sometido al juicio del público. 



Del número y distribución geográ/ica de los volcanes de la tierra; 
por Mr. Humboldt. 

(Ribliot. iiniv. de Ginebra, maj-o 1859.) 

Parécenos importante copiar el resumen que da Humboldt 
en el tomo IV de su Cosmos, tocante al número de volcanes 
activos hoy en la superficie del globo. Algunos autores habían 
tratado ya del mismo asunto. Según Werner hav 193 volca- 
nes encendidos; según Leonhard, 187; según Girardín, 303, 
109 en los continentes y 194 en las islas; según Arago, 175; 
según Ordinaire, 205, 107 en las islas y 98 en los continentes;' 
según Huot, 559, 373 en las islas y 186 en los continentes.' 
Parecen exagerados estos últimos números, que no cita Hum- 
boldt. Buch, Langrebe ni Daubeny, que trataron especialmente 
de los volcanes, se atrevieron á dar una lista general de ellos. 
Las discrepancias provienen, como dice Humboldt, de los diver- 
sos principios que se adoptan para clasificar los volcanes en 
apagados y activos, y de lo ínsulicíente de los datos. La expe- 
riencia histórica tiene demostrado, que volcanes que pasaban 
como apagados, ardieron otra vez al cabo de mucho tiempo; y 
así es que Humboldt, mas bien tiene por corto que por lar-^o' el 
número que da. '^ 

«Llevo manifestados, dice Humboldt, todos los signos que pa 
tenlizan la vida volcánica de nuestro planeta, y demostrada la 
gradación del grandioso cuanto misterioso fenómeno que nace 



(1) Cosmos, ti IV, pág; 628. 

TOMO IX, 28 



434 

de la reacción del interior de la tierra contra s\i superficie, po- 
blada de vegetales y de organismos vivos. A los eíeclos dinámi- 
cos de los terremotos y los sacudimientos, sucedieron las fuen- 
tes termales y las salsas, o sean los fenómenos que ocasionan, 
con inflamación espontánea ó sin ella, la elevación persistente 
de temperatura comunicada á los manantiales de agua o á las 
emanaciones gaseosas, y la diversidad de las combinaciones 
quimicas. La reacción de dentro afuera se ve expresada en su 
mayor grado y el más complejo en los volcanes, que por la via 
seca originan los grandes y diversísimos efectos de la formación 
cristalina. Y para ello no se limitan á disolver y á destruir; 
preséntanse también como agentes creadores, y sujetan las sus- 
tancias á combinaciones nuevas. Considerable parte de rocas 
recientísiraas, si no son las más recientes, es fruto de la acti- 
vidad volcánica, ya porque, cual sucede en varios puntos de la 
tierra, broten las masas licuadas de las andamiadas en forma 
de cono ó cúpula, asi dispuestas por la naturaleza al efecto, ya 
porque allá en tiempos de la juventud de nuestro planeta, se 
abrieron paso directamente, y sin necesidad de andamies, las 
rocas basálticas y traquiticas por cerca de las rocas sedimen- 
tarias, y atravesando una malla de rajas abiertas en la superfi- 
cie de la tierra. 

))He puesto sumo cuidado en determinar exactamente los 
puntos donde han subsistido largo tiempo las comunicaciones 
entre la atmósfera y el interior del globo; réstame enumerarlos, 
separar de los muchos volcanes activos en épocas históricas, 
pero muy remotas, los que hoy lo están aún, y dividir estos en 
dos clases, según pertenezcan á continentes ó á islas. Si todos 
los volcanes que entiendo deben entrar en esta lista, formando 
lo que se llama el último término ó el límite inferior de los 
volcanes activos, ejercitasen simultáneamente su actividad, 
tendrian de seguro notable influencia en la composición de la 
atmósfera, en sus condiciones climatológicas y en especial eléc- 
tricas. Pero los intervalos entre las erupciones disminuyen su 
efecto, circunscribiéndolo por lo común á determinadas locali- 
dades. Al suceder erupciones grandes, se forman al rededor de 
los cráteres, de resultas de la evaporación, tempestades volcá- 
nicas con rayos y chaparrones copiosos que suelen asolarlo todo; 



435 

pero no tiene consecuencias generales esle fenómeno atmos- 
férico. La singular oscuridad que el año de 1783 cubrió meses 
seguidos, de mayo á agosto, á parte considerable de Europa, 
Asia y África septentrional, mientras que en las encumbradas 
montañas de Suiza subsistió despejado el cielo, se achacó, cierto 
es, y suele achacarse todavía á la grande actividad volcánica 
de Islandia y á los terremotos de la Calabria; pero en mi juicio 
es muy inverosímil semejante causa, por lo extenso del fenó- 
meno. Admitimos sin embargo, que cuando alcancen vasto es- 
pacio los terremotos, puedan tener alguna influencia más vero- 
símil que el hecho aislado de una erupción volcánica en ade- 
lantarse la estación de las lluvias, como se vio en la llanura de 
Quito y en Riobamba en febrero de 1797, y en la parte S. E. de 
Europa y en el Asía Menor en la primavera de 1856.» 

En la tabla siguiente, las cifras de la columna primera in- 
dican el número de volcanes citados en la obra, y las de la 
segunda dicen cuántos de ellos han dado pruebas recientes de 
actividad volcánica. 

Número de los volcanes repartidos en la superficie del globo. 

PARVGES. • MJMEllO. 

Europa..... 7 i 

Islas del Océano Atlántico 14 8 

África 3 1 

Asia Continental 25 15 

Asia Occidental y Central íll Gi 

Asía, península del Kamlschatka M 4 9 ) 

Islas del Asia Oriental 69 54 

Islas del Asia meridional 1 20 56 

Océano Indio , 9 5 

Mar del Sur 40 26 

América Continental 115 53 

América del Sur (56 26 í 

Chile /24 13^ 

Perú y Solivia )l4 3* 

Quito y Nueva-Granada (l8 lo) 

América Central {29 18 } 



i3C 



Méjico, al S. del rio Gila í 6 4] 

parte N. 0. de América, al >{. del rio Gila (21 o! 

Allullas ii 3 



407 225 

»Esle largo trabajo, continúa Huniboldt, que para formarlo 
he acudido á las fuentes, ó sea á las relaciones de viaje de los 
geólogos y geógrafos, dice que de 407 volcanes han dado 225 tes- 
timonios de actividad en los tiempos modernos. Las listas ante- 
riores de volcanes activos contenían, cuáles 30, cuáles 50 me- 
nos, porque se compusieron sobre otros principios. No he con- 
tado en tal categoría sino los volcanes que han despedido va- 
pores, ó que en el siglo XIX ó en la segunda mitad del 
XYIII han tenido erupciones históricamente comprobadas. 
Cierto es que existen volcanes de actividad despertada al cabo 
de intervalos de cuatrocientos y más años; pero son fenó- 
menos sumamente raros. Se puede seguir la larga serie de las 
grandes erupciones del Vesubio los años de 79, 203, 512, 652, 
983, 1138 y 1500. Del Epomeo de Ischia no se conocen, an- 
teriormente á la gran erupción de 1302, mas que las de los 
años de 36 y 45 antes de la era cristiana.» 

Más adelante dice Humboldt: «Si después de los ejemplos 
que llevo citados de largos intervalos, pasados los cuales se 
puede despertar la actividad adormecida de los volcanes, queda 
mucha incertidumbre acerca del porvenir de los que parecen 
apagados, se ve lo importantísimo de dejar consignada la distri- 
bución geográfica de los volcanes activos en una época determi- 
nada. De los 225 abismos que á mediados del siglo XIX ponen 
en comunicación el interior licuado del globo con la atmósfera, 70, 
ó poco menos de la tercera parte, pertenecen á los continentes, 
y 155 á las islas. De los 70 volcanes continentales, 53, ó las tres 
cuartas partes, están en América, 15 en Asia, 1 ó 2 en la parle 
de África que conocemos, y 1 sólo en Europa- Donde hay más 
volcanes insulares reunidos en menos espacio es en las islas del 
Asia Meridional, en los archipiélagos de la Sonda y de lasMo- 
lucasj en las islas Aleucianas y en las Kuriles, dependientes del 



437 
Asia. La zona donde abundan más los volcanes en toda la su- 
perficie terrestre es la que se dirije del S. E. al N. O., entre 
75" de longitud occidental y 125° de oriental, y entre 47" de 
latitud austral y 66° de boreal, que comprende la parte occi- 
dental del Océano Pacifico.» 



Organización del Leplopits; por Mr. L. Düfoir. 

(L'Inslitut, Hó abril l8o9.) 

Examinando el autor con la mayor atención y minuciosidad 
la organización de los hcmípteros pertenecientes al género Lepto- 
pus, le ha admirado cá lo sumo descubrir en un inscctillo que 
apenas tiene 4 á 5 milímetros de largo, los mismos aparatos 
vitales que los que presentan los hexapodos más corpulentos, y 
aun los vertebrados que ocupan sitios preeminentes en la es- 
cala. A pesar de las dificMltades que debia oponer á la disec- 
ción la pequenez y fragilidad de las partes, dice haber visto 
«un sistema nervioso con cerebro y ganglios, una respiración 
traqueal vascular, un aparato digestivo compuesto de un par 
de glándulas salivales, de un buche ó estómago con su 'vál- 
vula pilórica, de un ventrículo quilífico, que tiene su válvula 
ilio-cecal, de un canal intestinal, de un órgano ¡hepático en 
forma de cuatro vasos delgados como hebras de seda.» En el 
aparato genital del macho, dice, hay «dos testículos bien dis- 
tintos, compuesto cada uno de tres cápsulas seminíficas, un 
conducto deferente de finura más que capilar, un utrículo esfe- 
roidal que hace veces de epidídimo, otro utrículo que repre- 
senta las vesículas seminales, un conducto eyaculator, etc.» La 
hembra le ha presentado «dos ovarios, compuestos de un ma- 
nojo de cinco granos ovígeros subtriloculares; un cáliz del ova- 
rio que ejerce las funciones del útero de los animales superio- 
res, puesto que está destinado á recibir, conservar y desarrollar 
los productos de la concepción; un utrículo ovárico, donde se 



438 

acumulan los huevos preparados, para pasar hicfío sucesiva- 
mente al oviduclo y recibir la ablución fecundante de la bolsa 
copulatriz antes de ponerlos definitivamente el oviscapto.» 

Aparte de estos hechos anatómicos, dice Dufour haber ad- 
vertido «otro curioso, de singular interés, que ningún historia- 
dor de los insectos cita.» Expónelo como sigue: 

»En la otoñada, no obstante haberse cumplido la metamor- 
fosis exterior, hallarse en estado perfecto el Leptopus, no han 
experimentado la evolución de la pubertad los órganos genita- 
les de ambos sexos; han permanecido en estado embrionario, 
en completa inacción funcional. Se mantiene el insecto en la 
infancia con toda la viveza y locomovilidad propia de este estado. 
Está inerte su aparato de reproducción, completamente inhábil 
para el acto copulativo. Expliquémonos categóricamente. 

))En verano, en el tiempo de los amores, los tésliculos, en 
estado de lurgescencia espermática, ocupan la base del abdo- 
men, donde están al descubierto, ó faltos de cualquier cubierta. 
A fines del otoño se retiran los mismos órganos á la punta del 
abdomen sumamente encojidos. Pero lo singularísimo, y lo que 
constituye un hecho nuevo, es que cada testículo está cubierto 
de una túnica adipo-membranosa, cuya vellosidad permite ver 
las cápsulas seminíficas inclusas, diáfanas, y sin esperma secre- 
tado. Viene á ser un escroto, pero unitesticular y caduco, como 
paso á explicar. Las glándulas espermagenas citadas, al tiempo 
de su progresiva turgescencia, determinan la expansión suce- 
siva, el desgarramiento, la destrucción de la túnica escrotal, y 
entonces se quedan al descubierto los testículos, como dije 
arriba. 

»En la misma época del otoño los ovarios in fecundados y 
vírgenes se achican muchísimo, y se meten como los tésliculos 
en los segmentos abdominales últimos. Pero cuál fué mi asom- 
bro y apuro, en especial antes de haber advertido los caracteres 
exteriores distintivos de los sexos, cuando hallé en los ovarios 
una túnica adipo-membranosa enteramente parecida al escroto 
de los testículos, tan caduca ó destructible como él, que conte- 
nia los granos ovígenos diafanos en estado de germen. La breve 
explicación dada de la destrucción del escroto se aplica á la 
cubierta ovárica. 



439 

»Deeslas dos fases orgánicas, comunes á los Icslículos y los 
ovarios, he inferido sin titubear que los leptopiis de fines de 
otoño pertenecían á una puesta atrasada, y estaban condenados 
á conservar su impotencia reproductriz durante toda la esta- 
ción de las heladas, sosteniendo entonces su existencia, ya con 
la absorción de reservas grasas, abundantes en dicha época en 
los costados del abdomen, ya con el prolongado sueño de los 
órganos, llamado invernación. 

«Los microtomistas apasionados comprenderán mi gozo, mi 
satisfacción de amor propio al ver convertida en hecho positivo 
mi presunción, fundada en estudios anatómicos. Con efecto, en 
otoño de 1858 hice mis trabajos anatómicos, y durante la tem- 
peratura glacial de principios de enero de 1859, y en los úl- 
timos dias de febrero siguiente, encontré guarecidos debajo de 
piedras unos 20 leptopiis boopis, agazapados y amodorrados 
unos como marmotas en las hoquedades de la caliza, echando 
á correr otros asi que salían de la madriguera y les calentaban 
los rayos del sol.» 

(Por la sección de Ciencias naturales, Francisco García Navarro.) 



440 



VARIEDADES. 



Fallecimiento del limo. Sr. D. Joaquín Ezquerra del Bayo. El 1 4 do 
agoslo próximo pasado falleció en Tudela de Navarra el limo. Sr. Don 
Joaqiiin Ezquerra del Bayo, Inspector general del cuerpo de Ingenieros 
de minas, c individuo de número de la Real Academia de Ciencias de 
Madrid, en su sección do Ciencias naturales. 

Noticias acerca de un manuscrito perteneciente al licenciado Antonio 

Robles Cornejo, naturalista del siglo XVI., y conservado en el Jardín 

botánico de Madrid, comunicadas por D. Miguel Colmeiko. 

Pocos meses antes de terminarse el año 1856 me ocupaba asidua- 
mente en completar los materiales que reunía para la obra titulada la 
Botánica y los Botánicos de la Península Nispano-lusitana (l), presen- 
tada á la Biblioteca nacional á fines del año siguiente, y premiada por 
la misma en enero do 1858. Durante el tiempo do mis investigaciones 
recibí repetidas muestras de eficaz atención en muchos do los estableci- 
mientos que encierran las riquezas científicas y literarias de nuestra pa- 
tria, é iguales muestras debia esperar y llegué á obtener en el Jardín 
Botánico de Madrid, aunque entonces no me contaba todavía en el nú- 
mero de sus profesores, siéndolo de la Universidad de Sevilla. 

Causas que no intento examinar se opusieron en la indicada época 
á que se me facilítase el manuscrito titulado Examen de los simples me- 
dicinales, obra inédita del licenciado Antonio Robles Cornejo, médico de 
Salamanca, que pasó al Nuevo-Mundo en el año 1587, y el cual, des- 
pués de haber estudiado durante los 2 5 siguientes las producciones ame- 
ricanas, escribió dos obras diferentes acerca de los simples medicinales. 
Una de tales obras es la que Nicolás Antonio cita y nombra Simples 
medicinales indianos, refiriéndose á León Pinelo; y esta misma debe ser 
la mencionada por Caldera de Heredia en su Tribunal medicum, como de- 
dicada á tratar de las plantas de la India occidental y de los demás 
simples indianos. No llegó á publicarse semejante tratado, aunque León 



(!) Hállase de venia en la libieiía de Calleja, calle de CarreUis, y en la ISihlioleca 
naclunal. 



441 

Pinelo lo baya sapuesto impreso; y no se sabe si actualmente existe en 
algún archivo ó biblioteca. 

La otra obra de Robles Cornejo es precisamente la que yo pedí en 
el Jardín botánico de Madrid cuando rae ocupaba en completar mis tra- 
bajos bibliográficos, y que no pareció, á pesar de haberla buscado una 
autorizada persona, entonces encargada de la custodia de casi todas las 
riquezas científicas depositadas en aquel establecimiento. Fiado en infor- 
mes que debia tener por exactos, manifesté en las páginas 66 y 157 de 
mi citada obra, que la de Robles Cornejo, titulada Examen de los sim- 
ples medicinales, habia existido en el Jardín Botánico de Madrid en tiempo 
de Cavanilles, y que era de sentir no se hubiese encontrado recientemente. 
Esto era un hecho, y como tal debí consignarlo, para que no se extrañase 
la falta de pormenores y de mi juicio acerca del expresado manuscrito. 

Investigaciones que tuvieron lugar después de la publicación de mis 
trabajos bibliográficos y biográficos demostraron por fortuna, que el Exa- 
men de los simples medicinales no so ha perdido, existiendo perfecta- 
mente conservado en la biblioteca del Jardin botánico de Madrid, como 
Cavanilles lo habia noticiado al público científico hace más de medio si- 
glo, en el tomo 7 de los Anales de ciencias naturales. 

El Examen de los simples medicinales del licenciado Robles Cornejo 
es un tomo en folio de 709 páginas, con 50 de principios y 3 de índices 
al fin. Contiene la aprobación, expedida en Madrid en el aüo 1617, y por 
consiguiente nada le faltaba para ser entregado á la prensa, lo cual no 
se habrá podido verificar por circunstancias comunes á otros muchos es- 
critos. El autor se habia propuesto ilustrar á los Boticarios establecidos 
en América, convencido de la escasa instrucción que acerca de los sim- 
ples generalmente tenian, según lo pudo observar durante 25 años de 
experiencia, habiendo visitado todas ó las más boticas del Perú, como 
él mismo dice. En efecto, la obra fué escrita en América, según lo acre- 
dita el tenor del prólogo, y también algunos pasages esparcidos en los 
siete libros que la componen. 

Robles Cornejo era natural de Salamanca, y habia estudiado la me- 
dicina en aquella Universidad, dedicándose más ó menos al examen de 
las plantas, supuesto que dice haber hallado el Meu en el camino de Sa- 
lamanca á Ledesma, en un lugarejo situado á 3 leguas de su patria, y 
cuyo nombre creia ser el de Almenara, aunque al parecer no lo recorda- 
ba bien. Todavía se hallaba en Salamanca en el año 1581; pero en 
el 1585, ó antes, debió venir á Madrid, donde conoció al célebre Fran- 
cisco Hernández, quien le mostró la raiz de china, viéndola Robles Cor- 
nejo por primera vez. Entonces hubo de proyectar sus largos viajes, y 
antes de embarcarse permaneció algún tiempo en Sevilla, cuyas boticas 
visitó en el año 1586, emprendiendo la navegación en el 1587, y arri- 



442 

bando, después de haber estado en Angola, á Puerto-Rico, donde le pre- 
sentaron una corteza tenida por canela, que él calificó de cinamomo, 
cuyo nombre le quedó, según el mismo Robles Cornejo lo nota. Recorrió 
principalmente la América meridional, y so fijó en el Perú, siendo mé- 
dico del virey, que lo era el Marqués de Montesclaros; y después de 25 
años de experiencia, ó sea en el de 1611, escribió el Examen de los 
simples medicinales, para que mejor fuesen conocidos por los boticarios 
residentes en aquellas partes, proponiéndose tratar de las producciones 
americanas especialmente en un Libro de los simples indianos, como lo 
indica el autor al hablar de la zarzaparrilla, cuyo examen y el de otras 
producciones de las Indias anticipó, por si la poca salud y la edad no le 
diesen lugar á realizar su propósito. 

Puedo considerarse el Examen de los simples medicinales como una 
Historia natural farmacéutica, propia para formar una idea de los cono- 
cimientos que en la época de Robles Cornejo se tenian generalmente, y 
de los que él mismo habia adquirido sobre las producciones naturales de 
utilidad médica, y su procedencia. Preceden al cuerpo de la obra unos pre- 
liminares ó proemiales, como su autor los nombra, que son de interés 
puramente farmacéutico; y después de ellos se hallan los siete libros, que 
sucesivamente tratan de raices, leños y cortezas, hojas y ramos, flores, 
semillas y frutos, licores, resinas y gomas, animales y minerales, todo 
ello con mayor ó menor extensión en varios capítulos contenidos en cada 
uno de los libros. 

Casi toda la obra concierne á las plantas, como se puede reconocer 
por lo dicho: y aunque trata de ellas bajo el punto de vista farmacéu- 
tico, no deja de contener noticias de interés botánico. Es verdad que Ro- 
bles Cornejo escribió casi siempre dominado por la autoridad de los anti- 
guos naturalistas, y en particular por la de Dioscórides; pero algunas ve- 
ces supo prescindir de ella, recurriendo á la propia observación, y des- 
cribiendo plantas que aquellos no pudieron conocer. Si así lo hubiese he- 
cho constantemente, no aparecería en el Examen de ¿os simples medici- 
nales con harta frecuencia el decidido empeño de hallar en el Nuevo-Mundo 
especies vejetales propias del antiguo, tomando por idénticas las que pre- 
sentan ciertas semejanzas, suficientes ó no para aproximar tales especies 
en el mismo género. 

Creyó ver Robles Cornejo en América el polipodio común de Europa, 
confundiéndolo con algunas de las especies americanas; gozóse de haber 
hallado con abundancia la cebolla albarrana en muchas y muy diferentes 
parles de las Indias Occidentales, siendo probable que por tal cebolla 
haya tomado la del pancracio caribeo; tuvo por verdaderos hermodátiles 
los que como tales cogió en la isla Margarita, padeciendo seguramente 
notable equivocación; tomó por eléboros blanco y negro otras plantas 



443 

ciertamente distintas, que crecen en todas las serranías situadas entre los 
Llanos y el Cuzco; identificó diversas eufórbias ó lechetreznas de Europa 
y América, é igual confusión introdujo entre algunos aros ó yaros de una 
y otra parte; enumeró entre las peonías una planta que enrama, y habia 
visto en los huertos de Cartagena de Indias, siendo probablemente el abro 
precalorio, procedente del Asia y África tropicales, é introducido en Amé- 
rica; cometió, en fin, algunas otras equivocaciones de igual naturaleza, 
preocupado por el deseo de hallar en América las más apreciables pro- 
ducciones de Europa y de las demás partes del antiguo mundo, deseo que 
fué común á los que visitaron el Nuevo en pasados tiempos, más ó menos 
próximos á su descubrimiento. Plantas hay, no obstante, y en verdad de 
las más vulgares, que han pasado de uno á otro continente, extendién- 
dose mucho, y en este número puede contarse el cohombrillo amargo 
(Momordica Elaterium\ común en nuestros campos, y observado por 
Robles Cornejo en los de To^uman. 

El autor del Examen de los símptes medicina/es, como que escribía 
para los boticarios establecidos en América, pocas veces señaló con pre- 
cisión las localidades de España en que crecen las plantas medicinales 
indígenas, aunque siempre las haya indicado con sus nombres castellanos, 
mostrándose generalmente acertado y exacto. Respecto de algunas pro- 
ducciones vegetales de las Indias Orientales siguió á García de Orta y 
Cristóbal Acosta, que habian esplorado aquellas regiones, examinando por 
sí mismos mucho de lo que hasta entonces se habia ignorado ó estaba 
mal conocido. En cuanto á los vegetales americanos y á los asiáticos in- 
troducidos en América, que Robles Cornejo estudió con independencia, y 
libre de las trabas impuestas por la autoridad de los antiguos naturalis- 
tas, hállanse en el Examen de los simples medicinales algunas noticias 
importantes y curiosas, que merecen ser tomadas en cuenta por quienes 
se ocupen en el estudio de la vegetación americana. 

Es de interés cuanto acerca de la introducción y cultivo del gengibre 
en América averiguó y consignó Robles Cornejo; también lo ofrece el 
hecho de ser ya comunes en su tiempo los tamarindos, que de las Indias 
Orientales habian pasado á las Occidentales; igual observación tiene lugar 
respecto de la cañafístola, distinguiendo de la doméstica otra parecida á 
ella, y que no lo es. Habló de la zarzaparrilla indiana nuestro autor, y lo 
hizo con discernimiento; mencionó el palo del Brasil, dudando que fuese 
uno de los sándalos colorados; dio noticias del sasafrás; aseguró con razón 
que no era verdadera canela la tenida como tal por los primeros descu- 
bridores de América; dirigió su atención al árbol del bálsamo de Nicara- 
gua; supo distinguir la china oriental y la americana, etc., etc. 

En suma, el manuscrito de Robles Cornejo, existente en el Jardin 
Botánico de Madrid, merece ser cuidadosamente conservado, y debemos 



444 

felicitarnos de que no se haya perdido, aun cuando hoy no sea acreedor 
á los honores de la impresión, por haber pasado la oportunidad mucho 
tiempo hace. Esto sucede siempre que las obras científicas dejan de ser 
publicadas en su época, diferenciándose de las literarias considerable- 
mente bajo este aspecto, por mas que las primeras no pierdan todo su 
interés á los ojos del hombre erudito y curioso. No son demasiado anti- 
guos los muchos trabajos de nuestros botánicos viajeros que se con- 
servan en el mismo establecimiento, y sin embargo están ya en gran 
parte inutilizados por la publicación de otros trabajos posteriores, llevados 
á cabo fuera de la Península. 

Al terminar estas noticias debo advertir, qno no trato de amenguar 
la importancia de las primeramente suministradas sobre el mismo ma- 
nuscrito por los Sres. Don Quintin Chiarlone y D. Carlos Maliaina en 
el Restaurador farmacéutico del 20 de marzo de 1855, y al contrario, 
aprovecho esta ocasión para recomendar su lectura á los médicos y far- 
macéuticos que miren con interés cuanto se refiera á la historia y pro- 
gresos de la ciencia de curar y sus auxiliares en nuestra patria. Pero 
faltaba considerar el manuscrito de Robles Cornejo bajo el aspecto botá- 
nico, ó era menester por lo menos hacerlo de una manera más especial, y 
esto es lo que únicamente me he propuesto. =Miguel Colmeiro. 

— Planetas y cometas descubiertos el año de 1858. Los astrónomos 
han aüadido el año de 1858 cinco planetas más al grupo situado entre 
Marte y Jvípiter. El planeta Wemausa lo descubrió Laurent el 22 de 
enero en Nimes en el observatorio de Valz, y Pandora el 1 de setiembre 
Jorge Searle, ayudante del observatorio de Albany, en América. Lulher 
descubrió el 4 de abril en el observatorio de Bilk á Calipso, y es el sép- 
timo que lleva descubierto. Los otros dos planetas, Europa y Alexandra, 
los descubrió en París el 4 de febrero y el 1 de setiembre Goldschmidt. 
Se creyó al principio que habia vuelto á ver al planeta Dafne el 9 de 
setiembre de 1857; pero Schubert de Berlin demostró que se padecia 
equivocación, y que realmente habia descubierto Goldschmidt un planeta 
nuevo el 9 de setiembre de i 857. Con este, que por el tiempo de su des- 
cubrimiento es el 47 del grupo, suben á doce los descubiertos por Golds- 
chmidt. De los seis cometas del año de 1858, dos tienen período bien com- 
probado, y uno ha presentado fenómenos interesantes para la teoría física 
de estos astros durante su larga y brillante aparición. De los tres cometas 
descubiertos en Cambridge, América, por Tnttle, el 1." el 4 de enero, 
el ^.° el 1 de mayo y el 6." el 4 de setiembre, merece especial atención 
el primero, por haberse visto que sus elementos son idénticos á los del 
segundo cometa del año de 1790, descubierto por Mechain. Briihns de 
Berlin, que vio el mismo cometa el 1 1 de enero, siete dias después de 
Tuttle, ha discutido muchas observaciones hechas hasta el mes de marzo 



445 

en Europa y América, y deducido una órbita elíptica de 1 3,66 años. Por 
tanto el cometa periódico descubierto el 4 de enero por Tuttle ha vuelto 
cuatro veces desdo el aiío 1790, sin haberlo visto. El segundo cometa, 
descubierto el 8 de marzo en Bonn por Winnecke, es también periódico. 
Se parecen mucho los elementos de la órbita á los del tercer cometa del 
año de 1819, para el cual sacó Encke una elipse de 5,6 años. Pero lo 
que acaba de probar con toda evidencia la identidad de ambos astros, 
es que discutiendo Winnecke las observaciones del año de 1858, saca una 
elipse de 5,55 años. El cuarto cometa del año de 1858 lo descubrió en 
Berlin el 21 de mayo Bruhns. El quinto, descubierto el 2 de junio en 
Florencia por Donati, ha presentado sumo interés para la astronomía fí- 
sica. Durante su larga aparición, ha dado ocasión á muchas experiencias, 
on que ha tomado no poca parte el mismo Donati. Este cometa, al prin- 
cipio reducido y observado sólo por los astrónomos, se puso desde los 
primeros dias de setiembre visible á simple vista como una estrella de 3.^ 
magnitud, por la tarde después de ponerse el sol y por la madrugada an- 
tes de salir. Según se fué acercando al perihelio, creció rápidamente de 
tamaño y brillo. Del 3 de seüembre al 2 de octubre, período el más 
notable de su aparición, se pudieron ver y observar con esmero todas 
las alteraciones que se fueron manifestando sucesivamente en su aspecto 
físico y en la especie de su luz. 

— Ensayo sobre los sistemas métricos y monetarios de los pueblos an ■ 
tiguoSf desde los tiempos históricos hasta la conclusión del califado de 
Oriente^ por el Exorno. Sr. D. frícente Fazquez Queipa. Al dar cuenta 
el Cosmos del 24 de junio de 1 859 de la sesión de la Academia de Cien- 
cias de París del 20 anterior, dice lo siguiente acerca de la mencio- 
nada obra del Sr. Vázquez Queipo, individuo de número de la Beal Aca- 
demia de Ciencias de Madrid. 

«Con una carta notabilísima por sus sentimientos elevados de digni- 
dad modesta y de urbanidad delicada, presentó el Sr. Vázquez Queipo 
la grande obra que acaba de publicar en tres tomos abultados en 8.% 
con el título arriba expresado. La metrología, ó sea el conocimiento de 
los sistemas métricos y monetarios de los pueblos antiguos, era un labe- 
rinto en el cual se perdían los talentos mejores, y es no obstante absolu- 
tamente necesario para apreciar con exactitud las instituciones comer- 
ciales, económicas y científicas de los tiempos primitivos de la civilización, 
para descubrir el origen tan oscuro á veces de los pueblos do la anti- 
güedad. El Sr. Vázquez Queipo ha emprendido este trabajo con una pa- 
ciencia probada, al paso que con una confianza decidida, con la certi- 
dumbre casi de que iba á descorrer el velo por completo. Logrado su 
objeto, confiesa que sus trabajos le han dado más de lo que racionalmente 
podía esperar. INo sólo ha hallado ios sistemas métricos y monetarios que 



44C 

buscaba, sino descubierto, lo cual importa mucho más á la historia de 
los progresos del entendimiento humano, el origen do los mismos siste- 
mas, las pruebas irrecusables de la civilización adelantada de tres gran- 
des pueblos de la antigüedad, los asirios, los egipcios y los fenicios, la 
demostración del grande hecho de que la Asirla, el Egipto y la Fenicia 
fueron la cuna del género humano. La sencillez, elegancia y perfección 
de los sistemas métricos de dichos pueblos, perfectamente parecidos en 
el conjunto de las combinaciones, en la conexión entre sus diversas par- 
tes, en su derivación sistemática, asombran de veras. La base de los tres 
sistemas era el pié, cuyo cubo servia de medida de capacidad para los 
granos y líquidos; el peso del mismo cubo lleno do agua, constituía el 
talento, ó la unidad superior de peso; el codo, derivado del pié, servia de 
unidad lineal para el vareage y las necesidades comunes de la vida civil. 
Estos tres sistemas son únicos primitivos; de ellos solos derivan los délas 
demás naciones civilizadas que nos menciona la historia, nueve principales 
en numero. Ni una sola medalla antigua bien conservada deja de entrar 
en alguno de estos nueve sistemas; de suerte que la espantosa confusión 
hoy reinante al clasificar monedas griegas ú otras, desaparecerá entera- 
mente, y los numismáticos podrán servirse en adelante de una guia más. 
Los trabajos del Sr. Vázquez Queipo le han dado á conocer además la 
verdadera relación entre los metales prec iosos en la antigüedad; demues- 
tra que en Asia, Grecia y Egipto, y entre los árabes hasta el siglo IV de 
la Hegira ó el X de nuestra era, era dicha relación casi como 1 3 es á 1; del 
siglo X acá fué de i O á 1 en todos los pueblos de Europa. El mismo au- 
tor se admira de lo sencillo de sus conclusiones, temiendo se le acuse de 
haber sido víctima de una ilusión o de una idea sistemáticamente conce- 
bida de antemano; pero se tranquiliza viendo que ha seguido un camino 
tan llano como firme, que sólo ha cedido á la evidencia de los hechos. 
Quisiéramos probar con ejemplos la perspicacia demostrada por el sabio 
Senador español, pero no lo permito el espacio que nos queda; damos 
punto por fuerza, no sin proclamar en alta voz que en nuestro concepto 
ha. huido el Sr. Vázquez Queipo de cualquier hipótesis, se ha fundado en 
textos y monumentos de toda autenticidad, ha conseguido sacar resultados 
inesperados, ha merecido bien de los sabios de todo el mundo, teniendo 
derecho á su sincero y vivo reconocimiento.» 

— Observaciones de estrellas fugaces hedías en París en el periodo 
de agosto de 1859 por Mr. Coulvier-Gravier. La presencia de la luna 
debia oponerse á las observaciones del 9, 1 y 1 1 de agosto; pero de 
esperar era que se pudiera observar estas tres noches. Ko fué asi, 
porque excepto el ÍO durante tres cuartos de hora, estuvo entera- 
mente nublado el cielo. No obstante, dice Mr. Coulvier-Gravier, la ta- 
bla siguiente, cuyos resultados están corregidos de la presencia de las nu- 



447 
bes y de la lana, y referidos al número horario á nscdia noche estando 
raso el cielo, permite trazar una curva perfectamente regular, tomando el 
término medio de 3 en 3 observaciones hasta el 9 de agosto. Sirviéndose 
luego de los números obtenidos el 10, 12 y 13, se tienen los resultados 
de estos últimos dias, como si hubiese estado enteramente despejado el 
cielo. 



25 julio 1859 

26 

27 

28 

30 

1.° agosto. . . . 
2 

3 

5 

6 

7 

8 

10 

Í1 

13 



Cifln vi- 


Duración 


Niiinero 


silile. 


lie la ob- 


ÚK cslrellas 




servación. 


fuí;aces. 


9,0 


ll',50 


1G 


5,0 


1 ,00 


f. 


9,0 


1 ,00 


4 


9,0 


1 ,15 


26 


9,0 


1 ,50 


33 


3,0 


,50 


3 


9,0 


,75 


24 


9,0 


2 ,50 


28 


2,0 


,50 


2 


8,0 


2 ,00 


39 


8,0 


2 ,00 


43 


4,0 


1 ,00 


19 


luna 


,75 


18 


id. 


1 ,75 


14 


id. 


1 ,50 


10 



lloras medias 

de las obscr- 

vailones. 



111', 15 
2 ,15 

11 ,15 
1 ,52 

1 ,45 

12 ,45 

2 ,37 
10 ,45 

9 ,45 
12 ,30 

1 ,00 
12 ,45 
10 ,07 

9 ,52 
10 ,15 



Número lio- 
rariu i me- 
dia i.ocbe. 



11,2 

4,0 

4,3 

15,4 

16,8 

7,7 

19,2 

14,0 

8,0 

19,1 

16,2 

22,8 

42,0 

23,5 

19,3 



Términos 

niedio'i de 

5 cu 5. 



6,5 



13,3 



113,7 



(19,4 



Según los términos medios tomados de 3 en 3 observaciones, se ve 
que el número horario á media noche es de 6,5, 13,3, 13,7 y 19,4 es- 
trellas fugaces^ la curva da luego para el 9 de agosto 25 estrellas fuga- 
ces, para el 10, 42, para el 11, 34, y para término medio general 
del 9, 10 y 11 de agosto, 38,3, para el 12, 23,5, para el 13, 19,3. Estos 
números maniñestan la marcha ascendente y descendente de la aparición 
del fenómeno. 

El año pasado fué de 39,3 estrellas fugaces el número horario medio 
del 9, 10 y 11 de agosto. Este año tenemos 38,3. De aqui resulta que ha 
permanecido estacionario casi el máximo de agosto, no pudiéndose pre- 
ver aún por tanto si tomará marcha ascendente, ó si continuará la 
descendente. Todos los años, continua Mr. Coulvier-Gravier, oimos re- 
petir que en otras partes se han visto más estrellas fugaces el 9, 1 y 1 1 de 
agosto que en París. Podrá ser que haya países más favorecidos que 
el nuestro; diremos sin embargo, que examinadas las observaciones he- 
chas en el extrangero de 20 años acá, vemos que los números hora- 



448 

rios de las suyas fueron más considerables por los aiios próximos al 
de 1848, y q'ie después vienen bajando continuamente como los nues- 
tres. Sea, pues, que las observaciones de que sacaran sus números las 
hicieran más ó menos observadores, sea que fuere más favorecido su 
pais, lo cierto es que el número horario viene menguando sin cesar. En 
Buma, si constantemente hubieran hecho unos mismos observadores tales 
observaciones, como sucede a las nuestras, desde el 1." de enero hasta 
el 3 1 de diciembre, sus números así sacados hubieran sido de seguro pro- 
porcionales á los dados por nosotros. 

(Por la Sección do Variedades, Francisco Gaucía Navarro.) 



Editor respoQsable, Frahcisco García Navarro. 



N; 8.°-REVISTA de CmmiXS. -^Noviembre 1859. 



CIENCIAS EXACTAS. 



-*^^^^<St>■f^<S^-*- 



i!^ÍiTK0I\01lllA. 

Carta de Mr. Le Verrier á Mr. Faye sobre la teoría de Mer- 
curio y sobre el movimiento del perihelio del mismo planeta. 

(Coniplcs rendus, ^2 setiembre -iSSQ.) 

iMo habréis olvidado con cuántas dificultades he tropezado al 
estudiar los movimientos de nuestro sistema planetario, para 
lograr que concordase por completo la teoría con las observa- 
ciones. Bessel decia 30 años hace, que todos afirman esta con- 
cordancia, pero nadie la ha comprobado con toda formalidad. 

Los desvíos reconocidos del movimiento de Urano fueron 
explicados con el descubrimiento de Neptuno. 

Largo y complicado viene siendo el estudio de las dificul- 
tades que ofrece el Sol. Hubo que principiai' por revisar el ca- 
tálogo de las estrellas fundamentales, á fin de que desapare- 
ciese cualquier error sistemático. Emprendí luego con toda la 
teoría de las desigualdades de la tierra, y después tuve que 
discutir hasta 9.000 observaciones del Sol, veriücadas en di- 
versos observatorios. Este trabajo demostró que acaso no se 
hablan hecho siempre con toda la exactitud que se les atribuía 
las observaciones meridianas, y que por tanto los desvíos. al 
pronto señalados como pertenecientes á la teoría, se debían 
imputar en suma á la incerlidumbre de las observaciones. 

Fuera ya del palenque la teoría del Sol, venia á ser posible 
el volver á estudiar con fruto los movimientos de Mercurio. De 
este trabajo me propongo hablaros hoy. 

TOMO IX. 29 



i 50 

Al paso que del Sol teiiomos sólo observaciones meridianas 
sujetas á grandes objeciones, disponemos de cierto número de 
observaciones de Mercurio, hechas en siglo y medio con sin- 
gular exactitud; me rcíiero á los contactos internos del disco 
de Mercurio con el del Sol, cuando ocurre pasai- aquel planeta 
por delante de este astro. Con tal que se conozca bien el pa- 
rage donde se haga la observación, con tal que tenga el astró- 
nomo un anteojo mediano, y que esté arreglado su reloj con 
algunos segundos sólo de diferencia, el conocimiento del ins- 
tante de suceder el contacto interno debe permitir estimar la 
distancia entre los centros del planeta y el Sol sin pasar el 
error de 1 segundo de arco. Del año 1697 al 1848 se hicie- 
ron 21 observaciones de esta clase, á las cuales se debe poder 
satisfacer de la manera más estricta, si están bien calculadas 
las desigualdades de los movimientos de la tierra y de Mercu- 
rio, y si son exactos los valores dados á las masas perturba- 
Irices. 

Al publicar el año de 1842 mis primeros estudios sobre 
Mercurio, no estaban representadas todavía con tanta exacti- 
tud las observaciones de los pasos. Entre otros errores se no- 
taba, respecto de los pasos del mes de mayo, uno progresivo 
bastante perceptible, que subia á 9 segundos de arco el año 
de 1733. No cabia achacar á errores de observación semejan- 
tes desvíos. Mas como no había revisado aún Ja teoría del Sol, 
creí deber abstenerme de sacar de aquí consecuencia ninguna. 

En mí nuevo trabajo no han, desaparecido inmediatamente 
los errores arriba apuntados, por haber empleado las tablas del 
Sol rectificadas; errores sistemáticos, que no era dable imputar 
á las observaciones, sino admitiendo que astrónomos como un 
Lalande, un Cassini, un Bouguer, etc., los hubieran cometido 
de varios minutos de tiempo, y hasta variando progresiva- 
mente de una á otra época, lo que es imposible. 

Pero merece notarse que con sólo aumentar 38 segundos 
el movimiento secular del perihelio, salen representadas todas 
las observaciones de los pasos con menos de 1 segundo de di- 
ferencia, y aun la mayor parte de ellas con menos de f se- 
gundo. Este resultado tan neto, que inmediatamente da á 
cualesquier comparaciones mayor exactitud que la obtenida 



451 
hasta aquí en las teorías astronómicas, demuestra con toda 
claridad (jue es indispensable el incremento del movimiento 
del perihelio de Mercurio, y que con esta condición disfrutan 
toda la exactitud apetecible las tablas de Mercurio y del Sol. 

Reconocida la necesidad de añadir 38 segundos al movi- 
miento secular del perihelio de Mercurio, veamos las conse- 
cuencias que da de sí. Como el movimiento primitivamente 
adoptado para el perihelio resultaba d'e los valores admitidos 
para las masas de los planetas perturbadores, había que exa- 
minar desde luego qué alteraciones tenían que experimentar 
semejantes masas para que creciese 38 segundos el movi- 
miento calculado. Vióse que no era esto posible sino con la con- 
dición de que el valor dado á la masa de Venus creciese una 
décima parle lo menos. ¿Es admisible esla alteración? 

Deduciendo la masa de Venus de las peí-turbaciones perió- 
dicas que hace experimentar al movimiento de la Tierra, sale, 
de discutir las muchísimas observaciones meridianas del Sol 
del año 1750 al 1810, que la citada masa es la cualrocientos 
milésima parte de la del Sol. Igual resultado dan las observa- 
ciones del año 1810 al 1850. Es el que hemos adoptado, y que 
habría de aumentarse una décima parte, conforme alas obser- 
vaciones de los pasos de Mercurio por el Sol. 

También se nota la acción perturbatriz de Venus en la va- 
riación secular de la oblicuidad de la eclíptica; y cuando se 
deduce tal variación de los siete solsticios más exactamente 
observados de Bradley acá, sale que la masa de Venus acabada 
de citar es algo crecida, resultado contrario al dado por Mer- 
curio. Debemos fijar nuestra atención sobre esta contradicción. 

Examinando cómo podrían representarse los siete solsticios 
observados desde Bradley, aceptando la variación de oblicui- 
dad de la eclíptica que correspondería á una masa de Venus 
una décima parte mayor, se ve ser imposible evitar errores 
de dos segundos y medio en el valor medido de la oblicuidad. 
Dificil es al parecer admitir este resultado, sobre lodo porque 
variarían progresivamente los errores desde Bradley hasta 
nuestros días, lo cual daría en realidad una diferencia de o se- 
gundos entre las observaciones extremas. 
► Resulta por tanto un tropiezo formal de comparar las leo- 



io2 

rías (le la Tierra y de Mercurio, que al parecer impulan valo- 
res disliulos de la masa de Venus. Si se admite la masa dada 
por las observaciones de Mercurio, habrá de concluirse, ó que 
la variación secular de la oblicuidad de la ccliptica deducida 
de las observaciones llevarla consigo errores poco verosímiles, 
ó que la misma oblicuidad cambiarla en virlud de oirás cau- 
sas que todavía ignoramos. Si, por lo contrario, se miran como 
bien sentadas la variación de la oblicuidad y las causas que 
la ocasionan, habrá de inferirse que el exceso del movimiento 
del perihelio de Mercurio proviene de alguna acción descono- 
cida aún, cui theorice lumen mundum accesserit. 

ISi por asomos intento decidirme de un modo absoluto por 
una ni otra hipótesis. Me ciño á sentar que ocurre aquí una 
dificultad grave, digna de fijar la atención de los astrónomos, 
de que dediquen á ella sus meditaciones, y capaz de dar pá- 
bulo á discusión íormal. A fin de dar siquiera un paso en este 
camino, diré que no se columbra la causa perlurbatriz que 
podría alterar la oblicuidad de la eclíptica sin ocasionar al 
propio tiempo electos notabilísimos en las variaciones seculares 
de los elementos del movimiento de los planetas, cuyos efectos 
están por percibirse; al paso que cabria concebir una causa 
capaz de comunicar al perihelio de Mercurio los 38 segundos de 
movimiento secular requeridos, sin originar ningún otro efecto 
perceptible en el sistema planetario. 

Para fijar nuestras ideas, consideremos un planeta que es- 
tuviese situado entre Mercurio y el Sol, y como no hemos ad- 
vertido en el movimiento del nodo de la órbita de Mercurio una 
variación parecida á la del perihelio, imaginemos que el pla- 
neta supuesto se mueva en una órbita poco inclinada á la de 
Mercurio. Admitamos, en vista de la indeterminación del i)ro- 
blema, hasta que sea circular la órbita. 

Como el planeta hipotético debe comunicar al perihelio de 
Mercurio un movimiento secular de 38 segundos, resulta en- 
tre su masa y su distancia al Sol una relación tal, que á medida 
de suponerse menor distancia, aumente la masa, y reciproca- 
mente. Para una distancia algo menos de la mitad de la media 
de Mercurio al Sol, sería igual á la masa de Mercurio la 
buscada. 



453 

¿Pero pudiera existir semejanle aslro sin habérselo visto 
nunca? De seguro brillaría muchisimo. ¿Habrá de sospecharse 
que por causa de su reducida elongación esté metido siempre 
en la luz difusa del Sol? ¿Cómo admitir que no se le haya di- 
visado durante algún eclipse total de Sol? ¿Por qué no se le ha 
descubierto al pasar por el disco de este astro? 

Todas las dificultades desaparecerían con admitir en voz de 
un sólo planeta una serie de cuerpecillos circulantes entre 
Mercurio yol Sol. 

Bajo el punto do vista mecánico, sumándose las acciones de 
todos estos cuerpecillos, ocasionarían el movimiento pedido del 
perihelio de Mercurio, y admitiendo también que se muevan 
en círculos, no alterarían en nada la excentricidad de la órbita 
del mismo planeta. Por estar distribuidos en todas las partes 
del anillo que formarían, se destruirían entre sí las acciones 
periódicas que cada uno de ellos ejercitara en Mercurio. 

Bajo el punto de vista físico, nada tendría de extraño que 
las regiones inmediatas al Sol estuviesen menos puras que 
lo restante del sistema planetario. Cuando entre Júpiter y 
Marte circula un anillo de cuerpecillos, de los cuales sólo 
hemos divisado con nuestros anteojos los más abultados; 
cuando lodo nos induce á sospechar que las cercanías de 
la órbita de la tierra están surcadas por innumerables gru- 
pos de asteroides, es naturalísímo pensar que igual consti- 
tución puede repetirse debajo de la órbita de Mercurio. ¡Ojalá 
que sean tan notables algunos de estos cuerpos, que se puedan 
divisar al pasar por delante del disco del Sol! Los astrónomos, 
tan atentos ya á cualesquier fenómenos que se manifiesten en 
la superficie de este astro, verán sin dispula en estas reflexio- 
nes un motivo más para mirar con el mayor esmero las man- 
chas más chicas y las mejor definidas. Algunos minutos de 
observación se emplearán con fruto en deducir su naturaleza, 
de observar su movimiento. 

He aquí, pues, otra complicación que so presenta en las 
cercanías del Sol, allí donde nos señaló Enckc la importantísima 
con motivo de su cometa de corto período. Esto rae anima á 
esperar que todos se servirán prestar alguna atención á mis 
conclusiones, dilucidándolas con la discusión. 



454 

Observaciones de Mr. Faye con ocasión de la carta anterior 
de Mr. Le \errier. No puede menos de ocasionar viva impre- 
sión en los astrónomos el inesperado resultado de estos profun- 
dos trabajos, repetidos por segunda vez con otros elementos, ni 
de provocar las exploraciones nuevas que el mismo Mr. Le 
Vcrrior sugiere con insistencia tan l'undadaraenle motivada. 
Como una de las hipótesis en que parece lijarse el ilustrado 
autor para explicar el movimiento del pcrihelio de Mercurio, 
|)ide una comprobación inmediata casi, á la cual se dedicarán 
primero los observadores, permítaseme indicar desde luego una 
especie de plan de operación. Aludo á la existencia probable 
de una serie de planetas pequeños más allá de la órbita de 
Mercurio. 

Varias veces se ha buscado algún planeta nuevo en aque- 
llas deslumbrantes regiones, pero á la ventura, y siempre 
en vano. El mal éxito no prueba nada, porque semejantes 
indagaciones eran puramente caprichosas. Pero alentadas 
con formal probabilidad, podrán dar otro fruto con tal que 
se verifiquen conforme á un plan racionalmente discurrido. 
Desde luego está claro que el resplandor del cielo en la región 
circunsolar no permitirla hallar de tal modo otro astro que de 
la clase del mismo Mercurio, no los planetas pequeños que de- 
signa Mr. Le Yerrier. Vémonos, pues, inclinados á tratar de 
aprovechar la oscuridad de los eclipses totales, y particular- 
mente el del mes de julio de 1860, que nos va á permitir inten- 
tar una prueba. Verdad es que durante casi lodos estos eclipses 
no se ven sino los planetas y las estrellas más brillantes. Pero 
este hecho lo explica en mucha parte la persistencia del des- 
lumbramiento. Si en vez de seguir mirando al Sol el observa- 
dor hasta el último instante, se mantuviera á oscuras un cuarto 
de hora antes del eclipse total, iendria mucho más sensible la 
vista en el momento decisivo. Supongamos, pues, que se en- 
cargue un astrónomo de la citada investigación en algún punto 
de España (la estación de Campvey, célebre por los trabajos geo- 
désicos de Biot y Arago, seria algún tanto ventajosa) ó de Ar- 
gelia; supongamos además que lleve un buscador bueno, mon- 
tado como una ecuatorial ó un teodolito, á fin de fijar cuando 
se necesite una dirección con cierta exactitud; admitamos, en 



455 

fin, que renuncie al placer de observar las fases más curiosas 
y que permanezca por algún tiempo á oscuras absolutamente; 
así estará preparado para coluaibrar la menor chispa en la re- 
gión circunsolar, fuera de la aureola, y los pocos minutos que 
dure el eclipse total le bastarán para explorar gran parte de 
la región designada por Mr. Le Verrier. 

Son bastante frecuentes los eclipses totales para que no 
sea sola mucho tiempo una observación feliz; con que si no 
fuere negativo el resultado del eclipse próximo, no dudo que 
se logre tener pronto algunas nociones exactas sobre los cuer- 
pos que en tales circunstancias excepcionales se hubieren des- 
cubierto. 

Sea lo que fuere de esta esperanza, nic ha parecido deber 
insistir en una condición de éxito que siempre se ha despre- 
ciado; evitar la persistencia del deslumbramiento proveniente 
de observar directamente el Sol, ó del mero efecto mismo de 
la luz del dia. 

El ilustrado director del observatorio indica otro método 
lan eficaz acaso como el que proponemos. Consiste en seguir 
con cuidado las manchas pequeñas que con tanta frecuencia se 
ven desparramadas en el Sol. Planetas de órbitas poquísimo 
inclinadas con la de Mercurio pasarían con efecto como este 
por el Sol: semejantes pasos, pudieran haberlos pasado por alto 
astrónomos no prevenidos, como ha sucedido con cierto saté- 
lite de Saturno acabado de descubrir en una región harto más 
estrecha y no menos explorada. Pero lo dificil de estas investi- 
gaciones me obliga á recordar una sugestión de J. Herscliel. 
Si en varios observatorios bien escojidos se dedicasen á foto- 
grafiar el Sol varias veces al dia, valiéndose de un instrumento 
grande, se tendría una historia casi continuada del disco de 
este astro, y ni uno siquiera de los fenómenos á que alude 
Mr. Le Verrier se ocultaría al observador. Indicado tengo el 
modo de dar á estas fotografías valor de una observación astro- 
nómica, aparte de cualquier aparato de medir, sacando dos 
impresiones en una misma lámina con intervalo de dos minu- 
tos. Las hermosas pruebas del eclipse del 15 de marzo prue- 
ban de antemano la certidumbre del éxito. No habría mas que 
sobreponer negativos trasparentes de este mismo tamaño, saca- 



456 

dos de cuarto en cuarto de hora, para distinguir al momento 
la proyección movible de un asteroide en medio de los grupos 
más complicados de manchas pequeñas. De ningún modo ex- 
cluirla este trabajo los estudios acostumbrados del disco solar, 
y siempre valdría muchísimo para la historia física del Sol, aun 
cuando fallase en los planetas intra-mercuriales. 

Por 'la Sección de Ciencias Exactas, Camilo de Yela. 



-c^^« l l^ 



CIENCIAS físicas. 



— »»<X3K>-C>^i>«'*«— 



FÍSICA. 



De la consiilncion de la desear (ja luminosa eléctrica ; por Mr. 

RlESS. 

(Bibliot. univ. de Ginebra, yéirero Í8b9. ) 

En la sesión del 18 de noviembre de 1838 de la Academia 
de Berlín, leyó Mr. Riess una importante Memoria acerca de la 
constitución de la descarga eléctrica en los medios sólidos, lí- 
quidos y gaseosos. La primera parte de dicha Memoria tiene 
por objeto las investigaciones por cuyo medio ha completado 
Mr. Riess lodo lo relativo á las descargas en los líquidos. La 
segunda es un resumen de los trabajos del autor acerca de este 
mismo asunto; Mr. Riess expone en ella las propiedades gene- 
rales de la descarga luminosa, y establece la analogía que pre- 
senta en su constitución cuando se la considera en los medios 
sólidos, líquidos ó gaseosos: un extracto no podría dar sino una 
idea incompleta de tan notable análisis; así, pues, daremos in- 
tegra la traducción de esta segunda parte á continuación de un 
extracto de la primera. 

PRIMERA ■ PARTE. 



De la descarga eléctrica en los líquidos. 

Pueden comprenderse bajo la denominación general de des- 
carga luminosa {Fiinkenenttaching) todas las descargas que 
van acompañadas en los gases y en los líquidos de fenómenos 
luminosos, y que producen en los cuerpos sólidos la incandes- 
cencia, la íusion y volatilización. En los cuerpos sólidos es 



458 
donde los efeclos de eslas descargas son más á propósito para 
nianileslar su modo de propagación. Cuando una descarga ordi- 
naria ó continua atraviesa un circuito metálico, cada punto 
loma sucesivamente el estado eléctrico del que le precede, y lo 
trasmite al que le sigue. Cuando se produce la descarga lumi- 
nosa, su trasmisión se verifica directamente entre varias sec- 
ciones del conductor situadas á distancias finitas entre sí en 
cierto número de puntos del circuito; estos, designados por Mr. 
lliess con el nombi'e de punios de intermitencias {inlermitlenzs- 
lellen), son aquellos en que se manifiestan las intlexioues an- 
gulosas que entonces se observan; y este modo de propagación 
constituye la descarga disconlinua. 

Las descargas luminosas, ya en los gases, ya en los líquidos, 
aunque van siempre acompañadas de fenómenos exteriores se- 
mejantes, producen efectos caloríficos, que denotan una cons- 
titución variable. En efecto, la ley que permite calcular el 
calor desarrollado en una porción del circuito (hilo del termó- 
metro eléctrico), atravesado por una descarga, no comprende 
evidentGmente la variación de los diferentes elementos de la 
descarga, sino en cuanto esa variación no produce un cambio 
en su constitución. Sabido es que esta ley se cumple con mucha 
exactitud en el caso general; y por consiguiente cuando, por 
variar ciertos elementos de la descarga, se obtienen resultados 
sucesivos, que se alejan de los suministrados por el cálculo, 
hay razones para admitir que la constitución de la descarga 
ha cambiado. En los líquidos especialmente son notables estos 
efectos. Mr. Riess los habia estudiado ya, haciendo variar la 
conductibilidad del líquido y las dimensiones relativas de los 
electrodos; resultando de estos estudios que la descarga discon- 
linua, que es aquella en que el modo de propagación de la 
electricidad por el liquido, produce en el resto del circuito 
los efectos caloríficos y mecánicos más intensos, se verifica 
por una carga de la batería tanto más débil, cuanto que el 
líquido es peor conductor para la descarga continua, y el elec- 
trodo positivo más pequeño con relación al otro. Quedaba por 
examinar cómo depende de la carga de la batería y de la dis- 
tancia de los electrodos la constitución de la descarga en el li- 
quido; y este es el objeto de las investigaciones expuestas en la 



459 

citada Memoria. Antes de entrar en los pormenores de sus 
experimentos, Mr. Riess advierte que hay dos métodos para 
averiguar el cambio de la descarga. Consiste uno en observar 
directamente la descarga en el medio líquido, y en determinar 
las modificaciones que ofrece en su aspecto; pero este método 
descansa en la observación de un fenómeno de inapreciable 
duración, y no es susceptible de rigor. El otro consiste en ob- 
servar el calor desarrollado en el hilo del termómetro eléctrico 
intercalado en el circuito, y en averiguar si los resultados suce- 
sivos siguen ó no la ley de la calefacción. 

§. I. — Cambio en la descarga luminosa producida por la va- 
riación de la carga de la batería. 

Los anteriores estudios hablan demostrado, que por lo me- 
nos uno de los dos electrodos sólo debe presentar una super- 
ficie muy pequeña para que estos fenómenos sean bien mar- 
cados. 

1.° Los electrodos son idénticos. Consisten en unos hilos 
de platino soldados en tubos de vidrio, de manera que una 
sección de { de línea de diámetro sea la única que esté en co- 
municación con el líquido. El que se emplea es una disolu- 
ción de una parte de sal común en 805 de agua destilada. 
El circuito lleva un termómetro eléctrico muy sensible. La 
carga de las botellas de la batería, cuyo número puede va- 
riarse, se mide por una botella eleclrométrica, cuyas esferas 
distan entre sí { línea. Reproducimos la fórmula de la cale- 
facción: iü=—, en la que q es la cantidad de electricidad de 

que se carga la batería, s la superficie, y a un coeficiente que 
se mantiene constante en una misma serie de experimentos, 
puesto que el circuito permanece invariable. Obsérvase el ter- 
mómetro eléctrico, y se comparan los resultados con los que 
suministra el cálculo. 

Se han hecho cinco series de experimentos con estas con- 
diciones. Dejando en cada una de ellas constante la distancia 
de los electrodos, y haciendo variar, ya q ya s por separado y 



460 
junios, Mr. Uiess ha llegado á las siguientes conclusiüues. El 
aumento de la carga de la batería produce una variación en la 
naturaleza de la descarga, y esto por medio de una carga tanto 
menor cuanto más distantes están los ¡electrodos. El aumento 

q 
de la densidad sola, es decir, de la relación — , es la quede- 

s 

termina dicho cambio. La descarga más débil se diferencia 
algunas veces de la más fuerte, por el color amarillento de la 
chispa y el ruido sordo que la acompaña. 

2." Los electrodos son, el uno un hilo, como en el caso 
anterior, y el otro una pequeña esfera de latón de i,\ li- 
neas de diámetro; distan entre si 0,8 lineas, ij el liquido es 
una disolución de 0,124 de sal en 100 de agua. 

La primera serie de experimentos demuestra que si el hilo 
es el electrodo positivo, no se consiguen los mismos resultados 
sino con electrodos iguales. 

En la segunda serie el hilo es el electrodo negativo, y su- 
cede entonces que aumentando la carga de la batería, la des- 
carga, después de haber cambiado por primera vez de natura- 
leza, se debilita otra vez, y luego recobra mayor fuerza. 

La tabla siguiente demuestra hasta qué punto se halla ca- 
racterizado este fenómeno. 

Valor de r/ 10 12 14 16 18 20 22 24 26 

Calor desarrollado 
en el circuito. . 6,3 11,6 16,3 21,1) 6,8 9,6 12 14,7 18,3. 

La raya vertical separa los dos resultados que comprenden 
entre sí el segundo cambio de naturaleza de la descarga. Una 
variación de aspecto de la chispa, igualmente característica, se 
produce al mismo tiempo. 

Otras series de experimentos han demostrado que este fe- 
nómeno no depende tampoco sino de la densidad de la electri- 
cidad de la balería. No puede reproducirse en el agua ^lesti- 
lada, ni en la que contenga más de 0,163 por 100 de sal; en el 
agua que contiene 0,124 por 100, la distancia de los electrodos 
debe comprenderse entre i y 1 linea. 

El autor hace observar la analogía que presenta este leñó- 



un 

meno con el que se conoce con el nombre de pausas eléctricas; 
y ha demostrado cjue aproximando gradualmente la punta dé 
un cono á una esfera puesta en comunicación con la máquina 
eléctrica, lo que equivale á aumentar la densidad de la elec- 
tricidad, la descarga cambia de naturaleza, y deja de producir 
efectos caloríllcos apreciablcs en el circuito por que se la hace 
pasar. 

§. l\.— Cambio de la naturaleza de la descarga luminosa oca- 
sionada por la variación de la distancia de los electrodos. 

En la primera serie de experimentos, los electrodos son dos 
placas rectangulares de latón, colocadas una en frente de otra 
en un vaso rectangular, y completamente sumerjidas en agua 
que contiene 0,124 por 100 de sal. Se hace variar la distancia 
entre 2 líneas y i pulgadas; y se sabe por el termómetro el 
calor desprendido. Los resultados de la observación están de 
acuerdo con los deducidos de la fórmula 

1,74(5 (r- 

ir= x-^ 

1 + 3,006./ s ■ 

en la que / es la distancia de los electrodos. No hay vestigio 
d« chispa. Así, pues, la fórmula ordinaria puede aplicarse 
al caso en que la descarga se propaga de una manera conti- 
nua por un líquido. Sin embargo, el autor observa que la 
fórmula nada significa, haciendo /=:0; es decir, que entra en 
ella un elemento constante con el circuito. En efecto, la dura- 
ción de las descargas, tomada por unidad en la fórmula, com- 
prende, además del tiempo que emplea en atravesar el circuito 
metálico, el que necesita para pasar los electrodos, en el líqui- 
do; ó en otros términos, hay una resistencia especial que pro- 
cede de los electrodos, y que está implícitamente comprendida 
en la fórmula. 

La segunda serie de experimentos demuestra que esta re- 
sistencia es|)ecial es tanto mayor cuanto más pequefia es la su- 
perlicie de los electrodos. Estos son unos discos de latón de 11 
líneas de diámetro, y la determinación de los coeficientes de la 



462 

1 ,037 n 
fórmula da ?r:=, -. . ^/ X— . El numerador es mas pequeño, 

lo que demuestra que la resislencia, lomada como unidad, es 
más considerable. 

En la tercera serie, los electrodos son unos discos de 4i lí- 
neas de diámetro. Es preciso entonces emplear cargas inten- 
sas para obtener efectos caloríficos aprcciables; y el autor de- 
duce de los valores de w, que el tiempo que emplea la descarga 
en pasar los electrodos en el líquido, es mucho más considera- 
ble que anteriormente. Bien se haga variar la carga ó bien la 
distancia de los electrodos, las observaciones no pueden calcu- 
larse con exactitud. Además, en la inmediación de los electro- 
dos se producen ligeras chispas entonces. 

Para obtener resultados más decisivos, Mr. Riess emplea 
de nuevo los hilos en lugar de electrodos. Renovando las mis- 
mas variaciones de distancia de los electrodos en una serie de 
cargas diferentes, obtiene una tabla de doble entrada. 



Distancia de los electrodos. 


i 


1 


li 


2 


2.5 


LINEAS. 


Cantidades de electricidad. 


CU.UR 


ES OBSER\ 


ADOS. 






8 


21,5 


7,7 


0,5 


0,7 


0.7 


• 
)) 


8 


37,7 


33,2 


1,8 


1,0 


1,2 


» 


10 


61,7 


S4,5 


21,7 


2,0 


2,5 


» 


12 


— 


— 


57,2 


57 


3,4 


)1 



Cada columna vertical demuestra que respecto de una dis- 
tancia constante de los electrodos, la descarga débil reemplaza 
á la fuerte, cuando la carga disminuye; y cada columna hori- 
zontal hace ver que con una carga constante, el alejamiento de 
los electrodos produce el mismo efecto. Así, pues, para cada 
carga de la batería, hay una separación de los electrodos, que 
equivale en los Tiquidos al alcance explosivo en el aire. 



Í63 

La difefencia de aspectos de la chispa en los diversos casos 
que abraza la tabla anterior, es de gran importancia. En una 
pequeña distancia de los electrodos, la chispa de la descarga 
débil es únicamente amarillenta, y produce un sonido no tan 
ruidoso; pero en distancias más considerables, es evidente que 
no todo volumen líquido es luminoso en igual grado, y que lo 
es más en la inmediación de los electrodos; y si la distancia 
es de 2 líneas á 2.1 líneas, se ve claramente un espacio os- 
curo en medio. 

En la última serie de experimentos, se ha seguido el mismo 
método; sólo los electrodos eran diferentes, de manera que la 
tabla que presenta sus resultados muestra, más que la que le 
precede, la inlluencia del sentido de la corriente 'en la natura- 
leza de la descarga, y también el fenómeno especial de repeti- 
ción de que ya hemos hablado. Además de esto, hace ver que 
la distancia de los electrodos no ejerce casi influencia alguna 
en los efectos caloríficos producidos por la descarga débil. 

§. III. — Acción local de las descargas luminosas en los líquidos. 



La acción local de la descarga luminosa varía en el mismo 
sentido que sus efectos caloríficos en lo restante del circuito. 
Un tubo de papel cubierto con un cristal aislador se colocó en 
un vaso que con tenia agua salada con los dos electrodos des- 
iguales, el hilo y la esfera, en sus dos aberturas. Sirviendo el 
hilo de electrodo negativo, se hizo pasar dos veces por el cir- 
cuito una carga 14 distribuida en tres botellas, y se observa- 
ron en el termómetro las cantidades de calor 2,3 y 2,4. El papel 
nosufrió deterioro alguno. Sirviendo el hilo de electrodo positivo 
con la misma carga, el calor observado fué 99, y se rompió el 
tubo. Obtuviéronse idénticos resultados cambiando la natura- 
leza de la descarga con la variación de la conductibilidad del 
líquido; de lo que resulta que las denominaciones de descarga 
débil luminosa y de descarga fuerte luminosa, á las que se ha 
llegado por los efectos caloríficos desarrollados en el circuito 
total, convienen también á estas dos clases de descargas bajo 
el punto de vista de sus efectos locales. 



/i 6 4 
SEGUNDA PARTE. 

§. \. — Consli(ucion de la descarga explosiva en los líquidos. 



Los trabajos que han constituido el objeto de esta segunda 
parte, y que comprenden gran número de experimentos, per- 
miten deducir algunas consideraciones relativas á las descargas 
explosivas de diferentes especies. Empiezo por la descarga lu- 
minosa débil, que es la mejor caracterizada. Se ha visto que si 
los dos electrodos distan entre si 2 líneas, la descarga débil 
se reconoce en un lugar oscuro, situado en medio del espacio 
atravesado por la descarga, y este es un carácter cuya impor- 
tancia está fuera de duda, porque aumentando la distancia de 
los electrodos, se obtienen dos espacios luminosos cada vez más 
separados. La chispa simple ó doble es pálida, y tiene un color 
específico, siendo amarilla en el agua salada, roja en el agua 
destilada, etc. De lo que precede resulla que este género de 
descarga no es discontinua sino en la inmediación de los 
electrodos, y se propaga de una manera continua en el resto 
de la capa líquida; modo do propagación que no se limita al 
solo caso de los líquidos. Según el color pálido de la chispa, 
puede suponerse que la resistencia al paso de la descarga de 
los electrodos en el líquido es considerable, y la débil disminu- 
ción que se observa en el calor desprendido por el circuito, 
cuando se alejan los electrodos, confirma esta suposición. En 
general, la descarga discontinua puede representarse como 
verificada por un conductor metálico interrumpido de un 
extremo á otro en intervalos muy próximos. En el caso de 
la descarga débil por un liquido, es preciso suponer que di- 
cho conductor no está interrumpido sino en sus dos ex- 
tremidades, y que un cuerpo aislador, capaz de producir una 
resistencia considerable, se halla intercalado entre ambos pun- 
tos; la longitud del conductor ejercerá entonces escasa inlluen- 
cia en la duración de la descarga, y por consiguiente también 
en la cantidad de calor desarrollado en el circuito. 



465 

La descarga débil se produce aumentando la conduclibilidad 
del líquido , lo cual propende á hacer la distancia continua, ó 
aumentando la distancia de los electrodos, porque á cada parte 
explosiva al través del líquido, corresponde una densidad mí- 
nima de la electricidad de la batería, debajo de la cual se ve- 
rifica la descarga débil; y las experiencias siguientes han de- 
mostrado por otra parle, que en «na distancia dada de los elec- 
trodos y una densidad también dada de electricidad, la produc- 
ción de la descarga débil necesita cierta resistencia por parle del 
líquido. Se han dispuesto dos electrodos (hilos) á una distancia 
de 2 í pulgadas en un vaso de cristal de 1 pulgada de ancho, y 
lleno de agua destilada hasta una altura de 14 líneas. Tres bo- 
tellas de la balería cargada, de una cantidad 10 de electrici- 
dad, produjeron la descarga débil, y todas las cantidades me- 
nores de electricidad ocasionaron descargas que no iban acom- 
pañadas de ningún fenómeno luminoso. Se ha sustituido el agua 
destilada por otra que contenía 0,124 por 100 de sal común; la 
descaiga con chispas la ha producido ya 1;í cantidad de elec- 
tricidad 2. Habiendo colocado los electrodos á la misma dis- 
tancia respectiva en un tubo de 2,15 lineas de diámetro, no se 
ha podido obtener la descarga cou chispas aun con la cantidad 
de eleclricidad 20; en el agua salada, por el contrario, la ha 
producido la cantidad 4. 

El aspecto de la chispa brillante de la descarga fuerte lu- 
minosa, nada nuevo puede dar á conocer acerca del mecanismo 
de dicha descarga. Según su analogía con la que se produce en 
el aire, no es dudoso que es efecto de la propagación disconti- 
nua de la eleclricidad en toda la capa del liquido. La produc- 
ción considerable de calor en el circuilo demuestra clara- 
mente que en este caso el líquido no ejerce una resistencia 
análoga á la que presenta la propagación de la descarga lumi- 
nosa débil; y el hecho de que la producción del calor es aquí 
tanto mayor cuanto que el liquido es peor conductor, lo prueba 
salisfacloriamenle. No obstante, el calor desarrollado en el cir- 
cuilo disminuye rápidL mente cuando se alejan los electrodos; 
varía casi en razón inversa de la distancia de estos si son dife- 
rentes, variación que no podría obtenerse en un circuilo solido 
sino interponiendo conductores de muy considerables coeticien- 

TOMO IX. 30 



466 
les de resislencia. La lii|xUesisilo que el líquido obra sólo como 
una capa más ó menos gruesa, (|ue la descarga se ve precisada 
á atravesar, es pues insulicienle, pueslo que los cuerpos sóli- 
dos aisladores inlercalados en su camino, y que deberla cruzar, 
disminuirían el calor desarrollado en una relación menor que 
el de sus gruesos. Esla su posición tampoco explicaría la rá- 
pida disminución del calor desarrollado, que produce la dismi- 
nución de la densidad de la electricidad de la batería, y tam- 
bién la adición en el agua de una muy débil proporción de sal 
ó de ácido. 

Pero hay otra manera de concebir estos fenómenos, que los 
explica mejor. Sabido es que luuíendo pasar una descarga dis- 
continua por el hilo metálico, el número de los puntos de in- 
termitencia aumenta si crece la densidad de la electricidad de 
la batería, ó si disminuye la longitud del hilo. Puede también 
admitirse que en un líquido el número de estos puntos en que 
la descarga se veriüca á larga distancia, y con acompañamiento 
de luz, disminuye al disminuir la densidad de la electridad, ó 
al aumentar la longitud de la capa líquida. Es pues evidente 
que la capa líquida debe ejercer una inlluencia en la duración 
de la descarga cuando aumenta su longitud, no sólo por el he- 
cho mismo de este aumento, sino también porque los puntos 
de intermitencia se alejan cada vez mas entre si. En segundo 
lugar, el número de puntos de intermitencia debe depender de 
la conductibilidad del líquido, de modo que este número dis- 
minuye cuando se añade á aquel una sustancia capaz de ha- 
cerlo mejor conductor. Por un modo análogo la misma descarga 
discontinua que cubre de puntos de intermitencia un hilo de 
platino, no los produce sino en algunos puntos en otro hilo de 
cobre de las mismas dimensiones. La descarga discontinua ne- 
cesita una acumulación de electricidad en gran número de 
puntos del líquido; y como esa acumulación debo ser tanto más 
in!ensa cuanto peor conductor es el líquido, la conductibdidad 
determina no sólo el número de los puntos de intermitencia, 
sino también el alcance de la descarga en cada uno de ellos. El 
aumenlode conduclibilidad disminuye una y otra cosa, compren- 
diéndose así la diminución tan notable del calor desarrollado en 
el circuito, producida por la adición de una sal ó de un acido. 



467 
Podemos, pues, concebir de la manera siguiente los dife- 
rentes modos de propagación de la descarga luminosa al través 
de un líquido. Respecto de un liquido determinado y una dis- 
tancia dada de los electrodos, hay una densidad mínima de la 
electricidad de la batería (|ue produce la descarga luminosa 
más fuerte, á que corresponde el mayor número de puntos de 
intermitencia. Si se disminuye gradualmente la densidad, dicho 
número de puntos de intermitencia baja también, y se obtienen 
descargas luminosas más débiles, que sólo se distinguen entre 
sí por sus efectos caloríficos en el resto del circuito. En fin, si 
se disminuye suficientemente la densidad, á fin de que no 
pueda haber acumulación de electricidad en el mismo líquido, 
los puntos de intermitencia no se presentan sino en los elec- 
trodos; en este caso se verifica la descarga débil luminosa, y 
se distingue esencialmente de las demás, así por su aspecio 
como por sus efectos caloríficos. La variación del modo de des- 
carga producida por el cambio de la distancia de los electrodos 
ó de la conductibilidad del liquido, se explica por el hecho de 
que la densidad mínima producida por la descarga más fuerte, 
es tanto mayor respecto de una conductibilidad dada, cuanto 
mayor es la distancia de los electrodos, y si esta distancia es 
constante, cuanto menos buen conductor es el líquido. Por lo 
que hace á la sustitución de uno de los modos de propagación al 
otro, debido á la inversión de electrodos desiguales, nada sabe- 
mos aún de positivo. La causa de este hecho notable es la mis- 
ma que la de la diversidad de los fenómenos luminosos produ- 
cidos por las dos electricidades, y se mantendrá ignorada hasta 
que poseamos algunas nociones relativamente á la diferencia 
esencial que media entre ambas electricidades. 

§. U.— Constitución de la descarga luminosa en los cuerpos 
sólidos. 



Cuando las descargas de una balería llegan á cierta inten- 
sidad, ejercen en los cuerpos sólidos que atraviesan acciones 
iiue por lo regular van acompañadas de fenómenos luminosos. 
Pero aun cuando estos fallen, hay un efecto espocial que dis- 



468 
tingue las referidas clases de^ descargas, y es principalmente 
característico cuando pasan por hilos delgados. En las inves- 
tigaciones acerca de la incandescencia y la fusión de los hilos 
me vi obligado á admitir en estos cambios un modo de propa- 
gación discontinuo, y procuré cerciorarme de que es idéntico 
al que produce los fenómenos luminosos de la electricidad en el 
aire y el agua. Un conocimiento más profundo de estos ídlimos 
fenómenos permite establecer ahora de una manera más completa 
de lo que hubiera podido hacerse en aquella época, la analogía 
que existe entre las descargas eléctricas al través de diferentes 
medios. 

Para producir una descarga luminosa al través de un medio 
se necesita una densidad de la electricidad de la batería tanto 
mayor, cuanto más débil es la resistencia de los medios; para 
producirla con poca densidad, es preciso pues que la resisten- 
cia sea considerable; así, en medios cuyo coeficiente de resis- 
tencia es muy grande, como los líquidos ó los cuerpos sólidos 
aisladores, la acción puede ser grande, al paso que en buenos 
conductores, como los metales, es preciso que sea muy pe- 
queña. Un hilo sujeto por sus dos extremidades á conductores 
comparativamente muy gruesos que cierran el circuito, desem- 
peña por consiguiente el mismo papel que el líquido en los ya 
mencionados experimentos; y sus dos puntos de sujeción dehen 
considerarse como electrodos. Aumentando gradualmente la 
carga de la batería, consigúese producir desde luego lo que cor- 
responde ala descarga luminosa débil; estando caracterizada por 
un pequeño núm ro de puntos de intermitencia y por la falta 
de todo fenómeno luminoso, los puntos de intermitencia se 
reconocen en las inflexiones persistentes del hilo, y se produ- 
cen indistintamente á cualquiera distancia de sus extremos. En 
el líquido los puntos de intermitencia son luminosos, y se pro- 
ducen en la inmediata proximidad de los electrodos, lo que se 
explica por la magnitud de la diferencia de conductibilidad 
de los electrodos y del líquido, al paso que la diferencia es 
mucho menor entre el hilo delgado y los que van á parar á sus 
extremidades, líxiste otra diferencia, que puede también ex- 
plicarse fácilmente. Cuando la descarga continua se vuelve 
discontinua, el calor desarrollado en todo el circuito aumenta 



/i 69 

en el caso de un hilo, y disminuye en el de un líquido. En esfe 
último la descarga se propaga con tanta lentitud, que el au- 
mento de duración resultante de la acumulación de electricidad 
en ciertos puntos está completamente compensado por la dismi- 
nución que en esa misma duración produce la propaj:acion ins- 
tantánea al través de muchas capas del liquido. Lo contrario 
sucede en un hilo metálico. Yo liabia llamado ya la atención 
acerca de estos efectos opuestos de la propagación discontinua, 
á propósito de la duración de la descarga. 

Aumentando la carga de la batería, se obtiene la única 
descarga luminosa que se manifiesta por la incandescencia del 
hilo y un gran número de puntos de intermitencia. La carga 
de la balería, la longitud del hilo y su conductibilidad ejer- 
cen en el número de estos puntos la misma intluencia que los 
elementos correspondientes en el caso del líquido. 

Si la descarga luminosa llega á adquirir una intensidad 
demasiado grande, el hilo se rompe y estalla, y el liquido salta 
también con violencia. Bajo la acción de la más intensa des- 
carga luminosa, el hilo se reduce á polvo con fuerte detona- 
ción, asi como un líquido encerrado en un tubo estrecho se 
reduciría completamente á vapor si se le sometiese á una fuerte 
descarga. El relámpago produce muchas veces el experimento 
en grande, cuando evapora la savia de un árbol, y este vapor 
arranca la corteza, y despide pedazos de madera completa- 
mente secos y descortezados. 

§. \U.—Conslilucion de la descarga luminosa en el aire 
enrarecido. — Eslralificacion de la luz eléctrica. 

Los fenómenos luminosos que mauifiesta la electricidad al 
atravesar un medio gaseoso, son siempre efecto de una descarga 
discontinua, que he comparado á la descarga que produce en 
los hilos metálicos la incandescencia y las inflexiones. En el 
aire libre y en el aire rarificado la descarga puede verificarse 
de dos modos diferentes. En uno de los casos, los fenómenos 
luminosos son diversos en los dos electrodos, y el calor des- 
prendido en el circuito es muy débil; he designado este modo 



no 

de descarga con el nombre de descarga con luz {glimmende En- 
lladmg). En el olro caso, un cilindro de aire oslrecho y chis- 
peante une ambos eleclrodos, como lo haría un hilo metá- 
lico, y el calor desprendido es muy considerable; este modo 
de descariña lo he denominado particularmente descarga dis- 
continua. Se ve la analogía que existe entre estos dos modos 
de descarga, y los que hemos llamado descarga débil y des- 
carga fuerte en los líquidos. En los dos medios, la manera 
de producir el segundo modo, en lugar del primero, es el 
aumento de la carga de la balería, la aproximación de los 
eleclrodos y el cambio de sentido de la corriente de des- 
carga, si los eleclrodos son desemejantes. Este último me- 
dio sólo es eficaz en el aire enrarecido á menos de 30 lí- 
neas de mercurio; y la descarga fuerte se produce, como 
en los líquidos, cuando la corriente se dirije desde el elec- 
trodo más grueso al más pequeño. 

La analogía de constitución de las descargas luminosas 
á través de los diferentes medios, halla una nueva conlir- 
macion en un fenómeno notable. En general, á la descarga 
fuerte se sustituye otra más débil, cuando se aumenta la 
conductibilidad del medio; y por esta causa, el número de 
puntos de intermitencia debe disminuir, y aumentar su se- 
paración. Esto es lo que se ve fácilmente en el caso de los 
hilos metálicos, á la simple inspección de las inflexiones 
que experimentan. Cuando se trata de un líquido, se deduce 
esto de la disminución demasiado rápida del calor desarro- 
llado en el circuito; pero si la debilitación de la descarga 
estuviese caracterizada tan sólo por su aspecto, debería dis- 
tinguirse en ella una serie de chispas separadas entre si. 
La falta de este fenómeno puede atribuirse, ya á la poco 
considerable longitud propia de la descarga luminosa, ya á 
su brillo. El descubrimiento de un nuevo fenómeno lumi- 
noso (|ue presenta la descarga al través del gas, ha venido á 
confirmar completamente este modo de ver, y puede tra- 
tarse de explicarlo partiendo de los datos que fv el día te- 
nemos. 

El aire atmosférico conduce muy imperfectamente la des- 
carga continua, y se obtiene con facilidad la discontinua, con 



171 

una distancia poco considerai)lo enlre los electrodos. Chira» 
reciendo el aire á un alto fírado, se pueden separar más 
los electrodos, porque la descarga discontinua se produce 
con tanta más facilidad cuanto menos denso es el aire. La 
conductibilidad del aire enrarecido por la descarga continua 
es. por otra parte, aún más débil que la del aire bajo la pre- 
sión ordinaria; pero si se aumenta gradualmente por la adi- 
ción de un gas ó de un vapor, la descarga fuerte es susti- 
tuida por otras más flojas, y en fin, por la descarga débil. 
En cierto grado de conductibilidad de la mezcla, se produce 
una descarga luminosa, en la que las longitudes de los es- 
pacios de intermitencia y la de los espacios en que la des- 
carga se propaga de una manera continua, guardan una re- 
lación que permite distinguii- dichos espacios sucesivos, y 
esto es lo que constituye el fenómeno conocido con el nom- 
bre de estratificación de la luz eléctrica. El fenómeno puede 
hacerse duradero sirviéndose de una rápida sucesión de des- 
cargas, pero es preciso procurar siempre que la corriente de 
descarga no pase de cierta intensidad; por esta razón no pueden 
emplearse con la máquina eléctrica sino muy pequeñas chis- 
pas; y si nos valemos de una botella de Leyden , es preciso 
intercalar en el circuito un hilo húmedo. Con el aparato de 
inducción, la gran longitud del hilo de inducción constituye 
ya una resistencia snücienle. Asi, pues, la estratificación de 
!a luz eléctrica se deduce directamente de la constitución de 
las descargas luminosas en los sólidos y en los líquidos; debe 
considerársela como procedente del mismo modo de propaga- 
ción que produce en un hilo metálico la incandescencia, lasin- 
tluencias angulosas y el rompimiento en una porción de par- 
iiculillas; los vértices de los ángulos de las inflexiones corres- 
ponden a las parles luminosas de la columna gaseosa, y los 
lados de los ángulos á las partes oscuras. La distribución de 
las inflexiones y el rompimiento del hilo no se verifican de una 
manera tan regular como la estratificación del gas, porque un 
cuerpo sólido nunca tiene la perfecta homogeneidad de un medio 
gaseoso. 

Obsérvanse en la columna gaseosa ciertos efectos que tienen 
interés en sí mismos, y son también á propósito para daráco- 



472 

nocor el mecanismo de la descarga. La adición de un gas ó de 
un vapor en un volumen de aire muy enrarecido, lo hace más 
conductor; el grado de conduclibilidad que más conviene á la 
producción do las estrias, depende, sin embargo, de la sección 
del volumen de la me/.cla, es decir, de la sección del tubo que 
lo encierra. Cierta mezcla que produce las estrías más marca- 
das en un tubo de cierto diámetro, no ejerce el mismo efecto 
en otro tubo de diferente calibre. 

La notable influencia que la acumulación de electricidad 
necesaria á este medio de propagación ejerce en el mismo 
gas, demuestra que esta acumulación es considerable. En 
efecto, aplicando un conductor al tubo, se atrae el aire interior, 
y, por consiguiente, durante toda la descarga, la densidad de 
la columna gaseosa es mayor en la parte próxima al conductor, 
que en el lado opuesto. Pero no siendo posible el paso de la 
descarga sino bajo cierto grado de enrarecimiento, la sección 
de la columna luminosa debe disminuir; la formación más mar- 
cada producida por la aproximación de un conductor, y la 
atracción que al parecer ejerce sobre la columna luminosa, 
nada tiene, por lo tanto, de extraordinario. 

La acción de un imán en la columna luminosa, debe ex- 
plicarse del mismo modo. Esla columna tiende á tomar cierta 
posición entre los polos de un imán, como lo baria un conduc- 
tor enteramente movible, y lo bace hasta donde se lo permite 
el vaso que lo contiene. Por consiguiente, bajo la influencia de 
un imán, se modifica la forma do la columna gaseosa; su sec- 
ción se hace más pequeña en las partes en que se pone en mo- 
vimiento; y de aquí resultan modüicaciones en la estratifica- 
ción de la luz. Pondré aquí un sólo ejemplo: el vaso está for- 
mado por dos tubos de diferentes diámetros, reunidos entre sí, 
y la naturaleza del gas es tal, que el fenómeno de la estratifi- 
cación se maninesta únicamente en el tubo más estrecho. Colo- 
cando sobre el más ancho un imán de forma de herradura, el 
gas interior se condensa durante la descarga, ya á un lado ya 
al otro, y de este modo presenta una sección más pequeña que 
anteriormente; resultando de aquí que el tubo se llena de luz 
estratificada, que parece rechazada hacia uno de los lados déla 
pared. Si se aplica el imán sobre puntos en que las estrías son 



473 

ya perceptibles, desaparecen estas. Los referidos fenómenos va- 
rían mucho con la forma del vaso, la conductibilidad del gas 
y su naturaleza quimica, con la energía del imán y su posi- 
ción; pero la mayor parle de ellos se resume diciendo, que 
bajo la influencia del imán, la descarga fuerte se verilica en 
puntos donde no debia suceder. Por lo que respecta al caso en 
que, por el contrario, la eslralificacion es producida por el 
imán, puede dársele la siguiente esplicacion: la condensación 
que el imán hace experimentar á la columna gaseosa, provoca 
directamente la descarga fuerte, pero tiende indirectamente á 
impedir que se produzca, á causa de que esa condensación au- 
menta la conductibilidad del medio. Allí donde esta conductibi- 
lidad dista aún mucho del límite que no permite que se veri- 
fi([ue la descarga fuerte, como regularmente acontece, predo- 
mina entonces el electo directo. Pero si, por el contrario, dicha 
conductibilidad está próxima á ese límite, ó si la naturaleza de 
la mezcla es lal que su conductibilidad aumenta rápidamente 
con la compresión, ó si, por último, se emplea un imán pode- 
roso , una disminución en la sección de la columna gaseosa 
puede producir la débil descarga cuando debia verificarse 
la fuerte. 

De lo que precede resulta, que la distribución de los pun- 
tos de intermitencia de la columna gaseosa, se modifica no- 
tablemente cuando se hacen inlei-venir acciones exteriores; 
pero tamnoco es constante en la descarga libre de toda causa 
perturbadora. En efecto, cuando se hace pasar una sucesión 
de descargas al través de la columna gaseosa, la posición de las 
partes luminosas cambia en general, resultando de esto, por 
una ilusión semejante á la del disco estroboscópico, que la luz 
adelanta al parecer. 

Este fenómeno destruye la hipótesis, ya poco satisfactoria, 
de que la columna gaseosa se reparte antes de la descarga en 
capas sucesivas más conductoras y menos conductoras. Dichas 
capas no se forman sino durante la descarga, y en mi concepto, 
de la manera siguienle: sabido es que toda chispa va acompa- 
ñada de un movimiento del aire inmediato, por el cual las 
moléculas gaseosas son rechazadas en todas direcciones. Así que 
en todo el camino seguido por la descarga, las dos capas de gas 



474 
que preceden y siguen á la en que se produce una chispa, se 
hacen más densas de loque eran anleriornienle. Pero el au- 
mento de densidad hace el gas más á propósito para la propa- 
gación continua; la descarga se efectuará, pues, sin efecto lu- 
minoso en la capa condensada, y la chispa no so reproducirá 
sino cuando la descarga haya llegado a una capa menos densa. 
Según esto, cada espacio luminoso produce los dos espacios 
oscuros inmediatos, bastando una sola chispa para determi- 
nar lodo el fenómeno. Supongo que esta chispa salla en la 
proximidad del electrodo positivo, fundándome en experi- 
mentos que han demostrado que la acumulación de electri- 
cidad es mayor en ese punto. Esto explica al mismo tiempo 
por qué la forma y grueso del electrodo positivo ejercen 
gran inlluencia en la forma de las estrías. En el fenómeno 
de la estratificación, el electrodo negativo eslá cubierto de 
un resplandor, y el espacio sombrío se extiende entre este 
electrodo y la columna luminosa. Algunos trabajos relativos 
á la inlluencia eléctrica [Pogrjend., Annal. 104, 325) han 
demostrado que la acumulación de electricidad es débil en 
el espacio oscuro; y parece natural suponer que en este lu- 
gar la propagación es mecánica, es decir, que se opera en 
virtud del movimiento de las mismas parliculas. En efecto, 
la descarga con luz producida al aire libre, va siempre 
acompañada de una corriente de aire {Farndaij, 1834), y es 
verosímil que lo mismo suceda en el aire enrarecido. Diré, 
sin embargo, que he procurado sin éxito averiguar ese mo- 
vimiento del gas , poniendo hilos de seda muy finos en el 
espacio oscuro; pero nada puede deducirse de la falta de 
esta comprobación, porque la masa de aire (í linea de pre- 
sión) es muy débil comparativamente con la de los hilos de 
seda, y estos eran tal vez atraídos además por el electrodo 
negativo. Admitiendo una propagación mecánica de la des- 
carga en la proximidad del electrodo negativo, se explica 
por qué la acción del imán es mucho más característica en el 
espacio oscuro que en otra cualquiera parte. Mientras que 
en otros puntos de su paso la descarga se divide únicamente 
por la acción magnética, las moléculas en movimiento en el es- 
pacio oscuro las retiene esa misma acción , y consliluyen 



47b 
así un meclio nuevo susceptible de ser cruzado por su des- 
ea rf^a. 

La estratificación de la luz eléctrica ha excitado vivamente 
la atención en estos últimos tiempos, y se ha considerado inex- 
plicable esle fenómeno. Creo haber demostrado en loque queda 
expuesto, que la estratificación nada tiene en si misma de más 
extraordinario que los fenómenos menos brillantes de la des- 
carga al través de los medios sólidos y líquidos, y que entra con 
ellos en una clase de los efectos de la electricidad. 



Influencia de la elevación de temperatura en los fenómenos de 
reflexión, dispersión, difracción y polarización en la siiper-^^ 
ficie de tina placa; por Mr. W. Grove, 

(Cosmos, 20 mayo ^859.) 

Las curiosas é importantes experiencias hechas por el au- 
tor tuvieron por objeto cerciorarse de si los fenómenos de re- 
flexión, dispersión, difracción y polarización son unos mismos 
en la superficie de una iliaca muy calentada, y hasta puesta 
candente, que cuando está á la temperatura común. Al efecto 
tomó platino, que es blanco é inoxidable; luego de estirar en 
una placa de vidrio una tira de dicho metal de 3 centímetros 
de largo y 5 milímetros de ancho, la bruñó con trípoli para 
darla el brillo máximo; después la colgó por arriba de unas 
pinzas metálicas puestas en un tarugo de madera, y del extre- 
mo inferior suspendió un peso terminado en un biloque estaba 
dentro de uu vaso lleno de mercurio. Puso todo delante de una 
raja vertical abierta en una ventana que miraba al Mediodía, 
y por la cual pasaba un rayo de luz. Se observaba en un [¡liego , 
de papel el rayo reHejado, examinando con atención lodas sus 
particularidades cuando tenia la placa la temperatura del am- 
biente, sus límites, su intensidad, etc. Haciendo que atrave- 
sase por la placa una corriente eléctrica dada por una pila in- 
tensa, se elevaba su temperatura desde el calor rojo, apenas 
visible en la oscuridad, hasta la candencia, hasta la fusión, ó 
al menos hasta que el peso, insuficiente casi para mantener 



476 
estirado el pliego, lo rompia, como siempre sucedia. Hecha asi 
la experiencia, bien con luz solar directa, bien con difusa, ó 
con un rayo de luz artillcial, siempre dijo que la elevación de 
temperatura en nada alteraba los limites ni la intensidad del 
rayo reflejado; tan sólo subiendo mucho la candencia, y con 
una luz incidenti* muy apagada, se perdia la imagen reflejada 
en la luz directamente procedente del cuerpo en ignición. 
Recibiendo directamente Grove en sus ojos el rayo reflejado, y 
con tal que fuese bastante intensa la luz solar incidente para 
ocultar la dada por la candencia, vio que era imposible distin- 
guir si el platino estaba frió ó enrojecido, tanto que algunas 
veces reprendió sin razón á su ayudante que no ponia el con- 
tacto cuando se lo mandaba. 

Igual identidad hubo sustituyendo al rayo incidente común 
otro disperso ó un espectro; estuviese frió ó candente el platino 
no variaba el espectro, recibiérasele en el papel ó directamente 
en los ojos. Cuando estaba polarizado el rayo incidente, no va- 
riaban nada la intensidad de la polarización y el plano de po- 
larización, estuviese ó no candente el platino. Recibidas, en 
tin, las fajas de interferencia en un papel situado á diferenles 
distancias del hilo, y examinadas con la simple vista ó con una 
lente, no habia alteración alguna al pasar de la temperatura 
común á la de fusión. Dan, pues, estas experiencias por re- 
sultado general , que la vista no percibe diferencia en la luz 
reflejada por una sustancia bruñida, esté esta fria ó candente; 
la candencia de una sustancia inoxidable, del plalino al rae- 
nos, no perturba la uniformidad molecular superlicial que pro- 
duce la reflexión, en direcciones paralelas, de un manojo de 
rayos primitivamente paralelos á sí propios también. 



De la difercmia de las propiedades físicas de la madera según 
la dirección de las fibras; por Mu. Knoblauch. 

(liibliül. iiuiv. (lo Gincbía, iiwjo I8b9. — Au:ilcs de Popgmd. I . iO'Ó, |'. C2ó.) 

Se ha propuesto el autor determinar la diferente conducti- 
bilidad del calor que presentan las maderas, según se propague 



477 
en dirección longitudinal ó en trasversal. Tomó al efecto tablas 
de diversas maderas, con un agujero perpendicular á la super- 
ficie, y dadas de una capa de estearina lo' más igual posible; 
metió luego en el aiiujero un alambre de hierro caliente que 
ajustara bien, dándole movimiento de rotación al tiempo de la 
experiencia. Como era de esperar, no se fundia la capa de es- 
tearina al rededor del agujero en círculos concéntricos, sino 
en zonas elípticas, cuyos ejes mayores estaban siempre en di- 
rección de las fibras. Desde luego se notaba la diferencia entre 
el eje mayor y menor de la elipse que daba cada especie de ma- 
dera. De las 80 clases de madera experimentadas, unas daban 
elipses bástanle redondas, otras más prolongadas, y en algunas 
era casi doble el eje mayor del menor. 

Partiendo de la forma elíptica como expresión gráfica de la 
conductibilidad del calor de las diversas maderas, según la di- 
rección de las fibras, las clasifica Knoblauch en cuatro grupos. 

En el primero es como 1 : 1,23 la razón entre los dos ejes 
de la elipse. En él hay el boj, la acacia, el ciprés, etc. 

El segundo es el más numeroso. Son los ejes como 1 : 1,45. 
Lo forman el nogal, el ébano, el manzano, el saúco, el haya, 
el plátano, el ciruelo, varias maderas tintóreas, etc. 

Al tercero corresponden el albaricoque, la madera de Fer- 
nambuco, etc. Son los ejes como 1 : 1,60. 

En el cuarto, en el cual son los ejes como 1 : 1 ,80, están el 
chopo, el tilo, el álumo negro, el pino, la magnolia, etc. 

Los resultados prueban que es mucho mayor la conductibi- 
lidad en sentido longitudinal que trasversal. En el cuarto grupo 
se ve que en igual tiempo anda el calor casi doble en sentido 
de las fibras que perpendicularmente á ellas. 

Los mismos resultados obluvo respecto del sonido y de la 
distinta resistencia á doblarse; existiendo por tanto una cone- 
xión marcada en las maderas enire los diversos fenómenos de 
cohesión, calor y sonido, al punto de poderse deducir uno de 
los demás. 



478 
ÓPTICA. 



Explicación de la tinta azul que suelen presentar las sombras; 
por Ma. Babinet. 

([.'Iiistiliit, 1.0 Junln ^:■,li9.) 

Según el autor, la explicación que se da de esle fenómeno, 
no raro, no tiene cabida en lodos los casos. Consiste el fenó- 
meno en parecer más ó menos azules las sombras de los obje- 
tos. Se atribuye por lo general este color al reflejo azul de la 
atmósfera. Advierle Babinel que no es admisible esta explica- 
ción en un caso recienlísimo que ha tenido ocasión de obser- 
var. El viernes 27 de mayo de 1859 estaba enteramente ve- 
lado el cielo de París con una niebla que no dejaba percibir 
rastro alguno de color azul, sin oscurecer los rayos del sol, de 
suerte que se le podia mirar sin lastimarse la vista. Dice Ba- 
binet que el color de las sombras era evidentemente una sen- 
sación de contraste. Al atravesar el sol la niebla, dejaba pene- 
trar rayos rojos con exceso; porque todos saben que los cuer- 
pos imperfectamente diáfanos trasmiten con mayor abundancia 
los rayos rojos y anaranjados que los más refrangibles. Así el 
suelo y las paredes daban una luz en que dominaba el rojo ó 
anaranjado, con el azul verdoso por color complementario. 
Debia predominar por tanto este color en las sombras del 27 
de mayo. For eso parece azul la luz blanca de la luna al refle- 
jarla el agua de los arroyos de las calles de París alumbradas 
por luces artificiales, que siempre son algo rojizas. Preséntase 
especialmente tal color al observar la sombra que da la luna 
llena cerca de un mechero de gas: sin fenómeno alguno de 
contraste, es muy rojiza. 

Habrá, pues, de atenderse, añade Babinet, al efecto de con- 
traste en el fenómeno de las sombras coloreadas, aparte de la 
iluminación del cielo azul. Esto explica muy bien por qué se 
ven por la larde especialmente sombras muy azules. Atrave- 
sando entonces el sol mayor grueso de aire y menos traspa- 
rente, se pone rojo, y por contraste se ven azules las sombras. 



479 

Facilísimo es, cüiilinúa Babinel, comprobar esla teoría por 
la experiencia. Aquel mismo dia puse uu papel blanco sobre 
una mesa (leíanle de una ventana abierta, y mediante una 
vela observé la sombra que arrojaban sobre el papel varios 
cuerpos, lina bala cilindro-cónica, una |)lunia, un lápiz, la 
punta del dedo, dieron sombras muy azules, é iluminando el 
papel con cuatro mechas dadas de cera, tuve sombras de azul 
subido. Excuso decir que todavía es más patente Ja experiencia 
aumentando la tinta de los rayos iluminantes por medio de vi- 
drios de color. 

Termina Babinet recordando una experiencia hecha por 
Fresnel en la Sociedad lilomalica, y que tal vez esté por publi- 
car. Tenia por objeto manifestar que los rayos rojos de ondas 
grandes atraviesan con mayor l'acilídad los intermedios imper- 
fectamente trasparentes El insigne físico citado mezcló mecá- 
nicamente magnesia muy pura y blanca con agua, y tuvo un 
intermedio semitrasparente tal, que las velas miradas por él 
parecían rojas. Bastan algunas gotas de leche, de dextrina y 
de cualquier precipitado que perturbe la trasparencia de un 
líquido, para producir igual efecto que la magnesia mecáni- 
camente con agua mezclada. 



iiii:te:orol.oc:ia. 



Observaciones tocantes á la cuestión de la influencia real ó 
supuesta de la Luna en la temperatura atmosférica; por 
Mr. Harrison. 

(L'Iustilut, 15 enero <859.) 

El autor considera casi como sancionados por la discusión 
de las observaciones los puntos siguientes: 

1.° Que la temperatura, antes del primer cuadrante, es 
más baja que el segundo dia después del primero; 2.° que el 
descenso y elevación son más sensibles en los meses de iuvierno 
que en el de mayo; 3." que hay reciprocidad de acción en los 
días correspondientes de la edad de la luna. Asi es, que mientras 
se ha observado tanto en Üublin como en Greenwich que en 



Í80 

cada 2t años consecutivos la lom pera tura media sube en e¡ 
primer cuadrante con más IVecuencia que baja, desciende por 
el coülrario en el último cuadrante más á menudo en vez de 
subir; y aun en los dos años en que ha bajado en lugar de 
elevarse en el primer cuadrante, ha habido elevación en lugar 
de baja en el último cuadrante. Entre el novilunio y plenilunio 
esta reciprocidad es aún más visible. En dicho caso ha habido en 
el mismo número de años baja en 13 años después del novilunio, 
y elevación en 13 después del plenilunio; y de ocho casos en 
cinco ha habido elevación en vez de baja en el novilunio, y 
baja en lugar de elevación en el plenilunio. Según parece, el 
mismo principio domina también en cada mes separadamente. 
Por ejemplo, en 21 meses consecutivos de enero hubo des- 
censo en 17 en el novilunio, al paso que hubo elevación 
en 16 en el plenilunio. La acción apai-enle en los diferentes 
períodos de la lunación se manifiesta por el estado ;• las cur- 
vas de la temperatura en cada uno de los dias de la edad de 
la luna. El autor ha presentado á la sección la curva de las 
temperaturas medias por espacio de 10 años, de 1837 á 1846, 
en GreenAvich, y la trazada en Dublin respecto del período, 
también decenal, de 1847 á 1856. En el primero y último cua- 
drante, las curvas ofrecen en las dos estaciones una notable uni- 
formidad. En los novilunios y los plenilunios alternan entre sí; 
la baja, en la curva de Dublin, está en el novilunio, y la ele- 
vación en el plenilunio; en la curva de Greenwich la elevación 
sucede en el novilunio, y la baja en el plenilunio. Si se pres- 
cinde de la consideración del término medio diurno de las tem- 
peraturas, y se tienen únicamente en cuenta las temperaturas 
medias, máximas y mínimas del mes, se ve que hay más má- 
ximas después que antes del primer cuadrante: la proporción 
de las máximas á las mínimas, al segundo dia de la fase, está 
en una relación mayor que 2.1 , así en Dublin como en Green . 
wich, en los periodos respectivos de 22 y 43 años. Los 24 máxi- 
mos más elevados y los 24 mínimos más bajos al mes, en 
Greenwich se han calculado para los mismos 43 años, habién- 
dose visto que 48 por 100 de dichos máximos corresponden al 
primer cuadrante, y que todos los mínimos suceden antes 
del dia del cambio. Iguales resultados se han obtenido tomando 



481 

las loraperaturas medias más alias y las más bajas en Dublin 
y Toron lo desde 184:{ á 1848. 

Olro punió que .Mr. H.iiTison présenla como averiguado 
por estas investigaciones, es la reproducción de las temperatu- 
ras altas y bajas en los mismos dias de la lunación. Tomando 
desde luego los máximos y mínimos de las temperaturas medias 
al mes por espacio de 20 años en Greenwicb (1837 á 1836), 
el número total de las repeliciones en los dias correspondien- 
tes (con frecuencia tres y cuatro veces en cada período de 12 
lunaciones) ha ascendido á 236, lo que equivale por término 
medio á 12 por año, ó mitad de los máximos y mínimos del 
mes. Para hacer palpable dicha repetición de temperaturas ele- 
vadas y bajas, se han elegido muchos años que presentan la 
prueba más evidente del sistema. Así pues, en dos años conse- 
cutivos, que empiezan en noviembre de 1847 y concluyen en 
octubre de 1848, hubo máximos y mínimos: en 1847 dos ve- 
ces el tercer día antes del novilunio; dos el segundo día antes 
de la misma época; tres al dia siguiente del novilunio también; 
dos al tercer dia del mismo período; tres el segundo dia antes 
del plenilunio y dos al tercer dia después del mismo: en 1848 
tres veces el dia del novilunio; dos al dia siguiente; tres dos 
dias a;ites del novilunio; dos el dia antes, y dos hacia el cuarto 
ociante ó al cuarto dia del plenilunio. En los mismos años hubo 
también, entre otros muchos, los dos notables casos siguientes 
de reciprocidad entre las fases opuestas de la luna. En diciem- 
bre el mínimo mensual ocurrió el l¡M-cer dia antes del novilu- 
nio; en enero el máximo el tercer dia antes del plenilunio; en 
febrero el mínimo se presentó el tercer dia antes del novilunio. 
Además, el máximo en setiembre cayó un dia después del ple- 
nilunio, y el mínimo en octubre al dia siguiente del novilunio. 
Aparte de esto, los máximos y mínimos mensuales se sucedie- 
ron en intervalos de más de 7, 14 y 21 dias. y esto en muchos 
meses sucesivos, á saber: abril, mayo, junio, agosto y setiem- 
bre, y así sucesivamente en los iemas años. En 18;)8, exacta- 
mente iO años antes, los máximos y mínimos se presentaron 
tres veces al tercer dia después del novilunio, tres el dia si- 
guiente al plenilunio, tres el dia dA primer cuadranle, y tres 
el dia del último; es decir, en 12 casos de 24 en los cuartos dias 

TOMO IX. 31 



482 
de la lunación. Rn el Cabo de Buena- Esperanza la reciprocidad 
de acción y la repelicion de las lemperaluras altas y bajas es 
más frecuenle y sislemálica. Así es que en 185ü se presenta- 
ron al mes de 12 máximos 8 en el primer cuadrante, y de 
12 mínimos 9 en el novilunio o plenilunio. En 1842 ocurrie- 
ron 11) máximos y mínimos de 24 en 8 días; en 1843, 15 en 7 
días; en 1844, 1" en 6 días, y en 1845, 11 en 4 días. La repe- 
tición de los máximos y los mínimos en Toronto y Madras 
está igualmente bien determinada. 

Mr. Harrison cree que la dispersión de las nubes por la 
influencia del novilunio puede considerarse actualmente como 
un hecho positivo, en vista de los teslimonios de MM. Humboldl, 
J. Herschel, Jhonson de Oxford y otros sabios. Mr. Johnson 
cree haber observado que esta facultad dispersiva de las nubes 
empieza el cuarto ó el quinto dia de la edad de la luna, y dura 
hasta que esta se aproxima al sol á la misma distancia del lado 
opuesto; es decir, que la influencia se verifica en dicha época, 
asi como en el plenilunio, aunque no sea necesariamente con- 
tinua. Según el lestimonio de Mr. Nasmyth, á quien M. Harri- 
son considera también como una autoridad, en atención á las 
continuas y prolongadas observaciones que ha hecho acerca 
de la luna, para levantar el plano de su superficie, las nubes 
desaparecen cuando la luna tiene cerca de 4 días. Al terminar, 
Mr. Harrison manifiesta el convencimiento de que la notable 
regularidad de la coincidencia del descenso antes del primer 
cuadrante, es debida á la tlisipacion de las nubes de la atmós- 
fera en dicha época, y que el aumento después del primer cua- 
drante es producido por un estado más nebuloso del cielo. Si 
este mismo efecto no es tan evidente en las curvas durante los 
novilunios, puede creerse que esto consiste en la mayor reci- 
procidad de acción que reina en los sicigios, ó sea en los novi- 
lunios y plenilunios. 

Resumen de las observaciones meteorológicas hechas en el Real 
Obser calor 10 de Madrid, en el mes de setiembre de 1859. 

Al terminar el raes de agosto reinaba una suave tempera- 
tura, soplaba una débil brisa, y aparecía la atmósfera tranquila 



483 
y surcada de pequeñas nubes: debia, pues, esperarse un mes de 
setiembre benigno y grato, lo que, sin embargo, no ha suce- 
dido. 

Desde los primeros días volvió á empañarse el horizonte, 
perdió la atmósfera su trasparencia, y adquirió el aspecto blan- 
quecino y turbio del verano, aumentó el calor, disminuyó la 
humedad, y desaparecieron todas las señales de próxima llu- 
via. Así continuó el temporal hasta el 12, confundiéndose casi 
por lo excesivo con los de julio y agosto, salvo al amanecer y 
por las noches, en que fué un poco más benigno. 

Del 13 al 18 inclusive, bajo la influencia de un viento 
del N. E. bastante fuerte, descendió un poco la temperatura, tras 
la postura del sol con especialidad, conservóse limpio el hori- 
zonte, pero anubarrado y revuelto el resto del espacio. En el pri- 
mero de los dias citados viéronse durante el crepúsculo de la 
tarde numerosos relámpagos hacia el N. N. E.; fueron un poco 
húmedos los 14 y 15, revuelto y lluvioso el 16, y los más frios 
del mes los dos siguientes. 

Por su agradable temperatura, brisa fresca y alegre aspecto 
de la atmósfera deben considerarse como hermosos dias de otoño 
los 19 y 20; más calurosos que estos, y algo revueltos y anubar- 
rados, fueron los 21 y 22; y de temperatura cada vez mayor y 
fatigosa, é impropios de lo avanzado del mes, todos los demás 
hasta el 80. En este periodo extremo hubo aparato de lluvia 
el dia Í6; relámpagos numerosos y difusos por el S. O., se- 
guidos entre 10, horas y H de una llovizna inapreciable, en 
la noche del 27; mucho más vivos y repetidos en la del 28 
por el N. E., E. y S. E., desde el crepúsculo hasta cerca de 
las 12; y en las primeras horas de la tarde del 30 empezó por 
la misma parte á formarse una teqipestad, que al fin no se ve- 
rificó. 

En este mes el barómetro ha experimentado frecuentes 
oscilaciones. Sostúvose al rededor de 707 milim. en los 12 pri- 
meros dias; el 16 habia ya descendido á 698 milím.; de nuevo 
volvió á subir hasta 711 milím. en el 25, y á bajar un poco en 
los restantes: es notable lo oscilación de 8,48 milím., corres- 
pondiente al dia 17. 

Ningún dia bajó de 25° la temperatura media en los 12 pri- 



i84 
meros del raes, ni de 32»,8 la máxima á la sombra, ni de 41°, 2 
la correspondiente al sol, habiendo fluctuado la mínima muy 
poco al rededor de IG". En los 5 dias siguientes experimentó 
el termómetro un descenso de 5 á 6», que desapareció del 20 
en adelante. 

Del 7 al 19, y en los cuatro últimos dias del mes, la frac- 
ción media de humedad varió entre 0,4o y 0,55; en todos los 
demás no llegó nunca á 0,40 , ni bajó de 0,32. 

Más frecuentes é intensas que en julio y agosto han sido 
en setiembre las señales eléctricas, especialmente las observa- 
das en los dias 16 y 17, y desde el 20 hasta fin de mes. En la 
noche del 26 no se descubría una sola nube en el cielo, reina- 
ba completa calma, y era escasa la humedad; en tales circuns- 
tancias obtuviéronse entre 9 y 11 en el electrómetro de Ro- 
nalds algunas chispas, como de 3 milím. de longitud. 

De viento fuerte y seguido no se cuenta ningún dia en el 
mes; las ráfagas y remolinos observados han sido siempre de 
breve duración. Salvos 4 dias, en lodos los demás ha soplado 
el viento S. 0. algunas horas, ordinariamente desde las 12 de 
la mañana á las 8 ó más horas de la noche, reemplazándole en 
seguida algún otro viento, ya del iN. E. ya del S. E. lista suce. 
sion de vientos tan regular y constante, se observó también en 
los dos meses anteriores. 

Casi todo cuanto precede se halla en el fondo expresado en 
términos aún más sucintos en los números que van á conti- 
nuación. 

BARÓMETRO. 

Altura media á las 6 ra 707'""', 85 

Id. id. id. 9 708 ,41 

Id. id. id. 12 707 ,68 

Id. id. id. 3t 706 ,73 

Id. id. id. 6 706 ,57 

Id. id. id. 9n 707 ,27 

Id. id. id. 12 707 ,45 

Altura media mensual 707 ,42 

Id. id. máxima (dia 25) 711 ,37 

Id. id. miniraa (dia 16) 698 ,75 



485 

Oscilación mensual 12 ,()2 

Id. máxima (dia 17) 8 .48 

Id. mínima (dia 2) 1 ,26 

TERMÓMETRO. 

Temperatura media á las 6 m 15» (; 

Id. id. id. 9 20 ,3 

Id. id. id. 12 26,9 

Id. id. id. 3 t 29 ,0 

Id. id. id. 6 26 ,1 

Id. id. id. 9n 21,6 

Id. id. id. 12 19,0 

Temperatura media mensual 22 ,6 

Id. máxima á la sombra (dia 10) 35 ,1 

Id. id. al sol (dia 11) 45,3 

Temperatura mínima (dia 18) 8,3 

Id. id. en el reflector (dia 18) 2 ,3 

Oscilación máxima á la sombra (dia 13) 22 ,3 

Id. mínima id. (dia 14) 12,9 

EVAPORACIÓN. 

Evaporación media mensual 10""", 8 

Id. máxima (dia 16) 15 ,0 

Id. mínima (dia 7) 7 ,4 

PSICRÓMETRO. 

Humedad relativa media á las 6 m 63 

Id. id. id. id. 9 51 

Id. id. id. id. 12 33 

Id. id. id. id. 3t 28 

Id. id. id. id. 6 30 

Id. id. id. id. 9n 39 

Id. id. id. id. 12 48 

Humedad media mensual 42 

Id. id. máxima (dia 11) S5 

Id. id. mínima (dia 3) 32 



486 
ANEMÓMETRO. 



Vientos reinantes en el mes. 

N í)Ii horas. S 9 horas. 

N. N. E 55 S. S. 34 

N. E 71 S. 166 

E. N. E 28 O. S 43 

E 55 61 

E. S. E 36 O. N. 30 

S. E 24 N. 34 

S. S. E.. 16 N. N. 3 



Observaciones hechas en el mes de octubre de 1859. 

Si el raes de setiembre fué despejado, caloroso y seco en 
demasía, el de octubre en cambio ha sido lluvioso, frío y desa- 
pacible: la trausicion del verano al otoño, pero á un otoño muy 
próximo al invierno , no ha podido efectuarse de un modo más 
repentino. 

A fines del primer mes citado, ya la atmósfera iba poco á 
poco anubarrándose, crecia la humedad, y por el horizonte se 
descubrian frecuentes señales de alguna tempestad lejana: estos 
síntomas de cambio de temporal continuaron manifestándose 
en los cuatro primeros dias de octubre; pero, lejos de ceder, 
continuaba siendo el calor, á pesar de esto, tan excesivo como 
en el último tercio de agosto. En el mismo dia 4 comenzaron 
las lluvias esperadas, hubo una ligera tempestad en la mañana 
del 5, continuó lloviendo en los tres dias siguientes, y los vien- 
tos del S. y S. O. soplaron hasta el 10 con marcada impetuo- 
sidad. Dias revueltos fueron los 9 y 10; lluviosos los otros cua- 
tro, y muy en particular el 13; encapotados, pero tranquilos y 
gratos, los 15 y 16; algo lluvioso el 17; tempestuosos los 18 y 
19; de viento y agua los otros tres siguientes; fríos, revueltos 
y lluviosos los seis, del 23 al 28 inclusive; ventoso el 29; y 
templados, aunque algo revueltos, los 30 y 31. 



/i87 

La constante alternativa de temporales que elejamos indi- 
cada se ha reflejado fielmente en la marchii indecisa y trémula 
de la columna barométrica, cuya longitud ha pasado durante 
el mes por seis valores máximos y oíros tantos miiiimos. Las 
oscilaciones diarias de 6,92 milim., 6,80 miiim., 6,30 milim. 
y 5.88 milim., correspondientes á los dias 12, 26, 20 y 14, 
indican con claridad las frecuentes y grandes perturbaciones 
atmosféricas que en este mes se han verificado. 

Después de haber descendido el termómetro de 21°, 2 á 
ir, 6 en el breve intervalo del dia 4 al 5, volvió á subir poco 
á poco hasta \^°,'S on el dia \1, para bajar de nuevo en ade- 
lante de una manera casi continua. En los cuatro primeros dias 
fué la temperatura media de 22°, 6; de 13°, 1 en los 18 siguien- 
tes; y de 9°, 9 en los 9 últimos. Coronadas de nieve amanecie- 
ron las cum!)res de Guadarrama en el dia 22; cubierta hasta 
su mitad la vertiente en el 26; y al terminar el mes aún blan- 
queaban muchos picos de la misma cordillera. 

Mcís notable que en ningún otro mes del año ha sido en este 
la humedad. A los dias de lluvia fuerte ó aturbonada han su- 
cedido otros encapotados ó nebulosos, en los cuales se deposi- 
taba el rocío sobre la tierra con sólo un descenso de tempera- 
tura insignificante, de 1, 2 ó 3 grados á lo más. Hay, sin em- 
bargo, que exceptuar bajo este concepto los 4 primeros dias 
del mes, en los cuales no pasó de 0,52 la fracción media 
de humedad. 

De viento fuerte, S. y S. O. siempre, han sido los dias 3, 
4, 8, 13, 14 y 29. En otros varios se han notado algunas rá- 
fagas pasajeras, pero menos notables que en los dias apun- 
tados. 

Como complemento de cuanto precede véase el cuadro que 
se estampa á continuación. 

BARÓMETRO. 

Altura media á las 6 m 704°"», 67 

Id. id. id. 9 705 ,19 

Id. id. id. 12 704 ,84 

Id. id. id. 3t 703 .98 



488 

Altura media á las 6 704 ,45 

Id. id. id. Dn 104 .97 

Id. id. id. 12 704 .74 

Allura media mensual 704 ,09 

Id. id. máxima (dia 1) 712 ,20 

Id. id. miuima (dia 13) 69o ,97 

Oscilación mensual 10 ,29 

Id. máxima (dia 12) 6 ,92 

Id. miuima (dia 19) O ,91 

TERMÓMETRO. 

Temperatura media á las O m 10°, 1 

Id. id. id. 9 12,3 

Id. id. id. 12 15,5 

Id. id. id. 3t 10,5 

Id. id. id. 6 14,0 

Id. id. id. 9n 12,7 

Id. id. id. 12 11 ,3 

Temperatura media mensual 13 .2 

Id. máxima á la sombra (dia 3) 32 ,4 

Id. id. al sol (dia 2) 43,3 

Temperatura mínima (dia 26) 2 ,2 

Oscilación máxima á la sombra (dia 3) 18,1 

Id. mínima id. (dia 12) 4,4 

EVAPORACIÓN. 



Evaporación media mensual 3""", 2 

Id. máxima (dial) 9 ,9 

Id. mínima (días 27 y 28) O ,3 

PSICRÓMETRO. 

Humedad relativa media á las 6 m 89 

Id. id. id. id. 9 82 

Id. id. id. id. 12 69 



489 

Humedad relativa media á las 3 t 64 

Id. id. id. id. 6 74 

Id. id. id. id. 9 n 79 

Id. id. id. id. 12 85 

Humedad media mensual 77 

Id. id máxima (dia 3) 98 

Id. id. mínima (dia 3) 43 

PLUVIMRTRO. 

Dias de lluvia en el mes 14 

Cantidad lot;il de agua recojida lOo^^.g 

Id. máxima (dia 6) 15 ,0 

ANEMÓMETRO. 

Vientos reinantes en el mes. 

14 horas. S 70 horas. 

Ifi S. S. 104 

7 S. 162 

7 0. S. 111 

20 49 

11 O. N. 57 

28 N. 21 

S. S. E 45 N. N. 22 

Resumen de Ins observaciones termométricas (térra. R.) practi- 
cadas en las Islas Filipinas en latitud 1 4° 55' 10" N. y longitud 
E. 127° o' 10" del meridiano de Cádiz, y punto denominado Ca- 
lumpit, en elevación como 20 pies sobre el mar, desde el 8 de 
maijo de 1858 á abril inclusive de 1859, por el M. R. P. Fr. 
Antomo Llanos, Agustino Calzado, individuo corresponsal déla 
Real Academia de Ciencias de Madrid. 

i Altura máxima (dia 22) 27°, 50 

i Id. mínima (dia 11) 21 

Majo 1858 hd. media 26 ,01 

/Dias con lluvia. (Sin observación.) 
Vientos más frecuentes (id.) 



N 






N. 


N. 


E 


N 


E. 

N. 




E. 
E 


E 


E. 


S. 


E 


S. 


E.. 





400 

Allura máxima (dia 16) 25 ,80 

lid. mínima (dia 22) 21 .95 

Jaoio /id. media 24 ,45 

Días con lluvia poca ó abundante 5 

Vientos más frecuenles. (Sin observación.) 

A Itura máxima (dia 28) 26 ,20 

lid. mínima (dia 26) 21,10 

,ld. media 23,82 

Julio \ ,-.. ,, a 

Días con lluvia 2 

^CoD detonaciones 2 

k Vientos más frecuenles (Sin observación.) 

/ Allura máxima (dia 18) 25 ,40 

i Id mínima (dia 30) 22 

.hd. media 23 ,25 

I Días con lluvia 20 

\ Vientos más frecuenles, el 0. 

Altura máxima (dia 7) 24 ,60 

Id. mínima (dia 21) 21 

.., , id. media 28,80 

Setiembre < r^- n • r»n 

Días con lluvia 27 

Id. con detonaciones 2 

Vientos más frecuenles. el 0. y S. O. 

'Altura máxima (dia 29) 25 ,45 

Id. mínima (dia 20) 21 ,95 

„ , Jd. media 23 ,73 

Octubre.,..,... < p.. ... .. 

Días con lluvia 11 

Con detonaciones 4 

Vientos más frecuenles, el 0. 

^Altura máxima (dia 12) 24 ,80 

Id. mínima (dia 19) 21 ,15 

lid. media 20 ,90 

Noviembre < Días con lluvia 11 

Detonaciones, ninguna. 

Oscilaciones de tierra en el punto de la 

observación (dia 6), muy notable 1 

! Allura máxima (dia 14) 23 ,80 

Id. mínima (dia 28) 20 

Id. media 22 



491 

ÍDias con lluvia 6 
Detonaciones, ninguna. 
Vientos más frecuentes, el E. 

/ Altura máxima (dia 14) 24 ,75 

I Id. mínima (dia 20) 19 ,65 

Eoerol859 !?; '"«^'V- \^ '^^ 

] Días con lluvia 3 

fld. con detonaciones, ninguno. 

\ Vientos más frecuentes, el E. 

Altura máxima (dia 27j 25 

Id. mínima (dia 18) 20 ,35 

„, , Id. media 22,66 

Febrero < i i, • ^ 

Días de lluvia 1 

Id. con detonaciones 1 

Vientos más frecuentes, el E. 

Altura máxima (dia 24) 25 ,45 

Id. mínima (dia 9) 21 ,30 

„ , Id. media 23.33 

Marzo ( n- n • a 

Días con lluvia 1 

Con detonaciones, ninguno. 

V Vientos más frecuentes, elE. y el E.}S. E. 

Altura máxima (dia 25) 26 ,90 

Id mínima (dia 3) 20 ,50 

,, ., ,Id. media 23 ,41 

Abnl {^. ,, . ,. 

Días con lluvia 5 



Con detonaciones 3 

V Vientos más frecuentes, el E. y el E.i S. E. 

Desde mayo de 1858 á abril de 1859 inclusive. 

Altura mayor del termómetro en el año termométrico 
(dia 22 de mayo de 1838) 27°. 50 

Id. mínima (20 de enero de 1839) 19 ,65 

Meses de más lluvia (poca ó abundante), setiembre 
de 1858 27dias. 

Vientos más frecuentes, el E. y O. 

Oscilaciones más sensibles en el punto del obser- 
vador 1 

Cantidad de agua caída en el año (sin observación.) 



492 



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CIENCIAS NATIRALES. 



— «♦♦í^í^ <>4V««*— 



«EOLOGI/t. 



Sobre un nuevo criadero de mamíferos fósiles acabado de des- 
cubrir en Jncjlaterra; extracto de una carta de Mu Pent- 
LAND á Mr. Elie de Beaumont, y observaciones de este. 

(Comptes rendus, \o diciembre \%'&^.) 

Interesante es saber que se han descubierto recientemente 
en el bone-bed de Dundry, cerca de Brislol, perteneciente á la 
parle superior del trias, restos indudables de animales mamí- 
feros, de la familia de los insectívoros, y probablemente de 
los marsupiales. 

Mr. Owen los refiere al género Microlestes de Plieninger, 
que ya se habían encontrado en Alemania. Créese que su 
criadero es más antiguo que el lias, y estos son ciertamente 
los mamíferos fósiles de fecha más remota, conocidos por los 
paleontólogos. 

Después de leida lacarta deMr. Pentland, Mr. EliedeBeau- 
mont hace observar que la única duda que puede suscitarse 
acerca del criadero del bone-bed (banco de huesos) de Dundry, 
consiste en saber si forma realmente parte del trias, ó si sólo 
constituye la primera capa del /ws que lo cubre. El criadero 
del Microlestes, descubierto por Mr. Plieninger cerca de Stult- 
gard, eslá también situado cerca de la reunión del trias y del 
lias. 

En todos los casos, añade, esta capa es más antigua que 
las de Slonesfield, en las que se han descubierto hace más de 40 
años los primeros restos de mamíferos anteriores á los terrenos 



494 
terciarios, conociéndose en ellas actualmente estas cuatro es- 
pecies: Amphilherium Prevoslii . Xmphitherium Broderipü, 
Phascolitherium Buckiandi y S/ereooynat/ius ooliticus. 

Los restos de mamiferos descubiertos en estos últimos ?íios 
en las capas de Purbeck, que han suministrado cerca de Í4 es- 
pecies pertenecientes á 8 ó 9 géneros (Spalacotheriuin, Trino- 
codon, Playiaulax, etc.) (1), hablan hecho menos sospechosa 
de lo que habia parecido al principio á las personas preveni- 
das el descubrimiento hecho en Slonosfield, estableciendo un 
eslabón intermedio entre las capas ooliticas de Stonesfield y las 
capas terciarias; el nuevo descubrimiento hecho en Dundry 
confirma definitivamente el practicado en Slutigard por Mr. 
Plieninger, y debe disipar los últimos escrúpulos. 

Nunca participó de estos Mr. Cuvier, quien desde el prin- 
cipio aceptó el descubrimiento hecho en Stonesfield con esa 
seguridad y exactitud de raciocinio que el tiempo confirma dia- 
riamente. En lebrero de 1832, á pesar de las insinuaciones 
contrarias en virtud de las que se intentaba desvirtuar un he- 
cho que parecía una anomalía de las leyes establecidas pri- 
mero por él, Mr. Cuvier fué una noche á buscar en su colec- 
ción una de las mandíbulas de Stonesfield. y demostró en su 
salón que aquella pieza procedía de un mamífero, y no podía 
alribdírse á un saurio. En cuanto al criadero de estos fósiles 
averiguado por Mr. Buckiand, Mr. Cuvier jamás lo puso en 
duda. 

De este modo el progreso de las observaciones, multipli- 
cando los mamíferos de una manera tan asombrosa en los ter- 
renos terciarios, los hace al mismo tiempo penetrar, aunque 
en mucho menor número y con una talla muy reducida, en 
los terrenos secundarios, donde llegan ya por lo menos á la 
base del jurásico, en la cual acaso no se detengan. 

Los nuevos descubrimientos relativos á los mamiferos fósi- 



(1) Los mamíferos de las capas de Purbeck se han recojido en Swanege, 
localidad donde las capas de Purberck están muy inclinadas; pero á na- 
die le ha ocurrido oponer á la autenticidad de este descubrimiento tan 
importante el fantasma de alguna dislocación desapercibida. 



495 
les propenden naturalmenle á hacer menos extraña la existen- 
cia de las huellas de pisadas de aves que se han observado en 
las capas del asperón abigarrado de las márgenes del Connec- 
ticut; y están en perfecta armonía con los descubrimientos de 
restos y vestigios de saurios, que después de haberse detenido 
mucho tiempo en el zchestein de Alemania, y de haber llegado 
posteriormente al terreno carbonilero, acaban de enseñarnos 
huesos de cocodrilos en medio de los singulares restos de peces 
del antiguo asperón rojo de Escocia; sin hablar de las huellas 
de pisadas vistas ya en el antiguo asperón rojo de los Allegha- 
nys y en ciertas capas sedimentarias probablemente aún más 
antiguas en las orillas de los grandes lagos de la América Sep- 
tentrional. 

Así que, por un movimiento contrario, ciertas formas orgá- 
nicas consideradas primitivamente como propias de los terre- 
nos más antiguos {Orthoceratites, Spirifers ) han venido 

á ocupar, andando el tiempo, un lugar perfectamente determi- 
nado en las capas keupcrianas de San Casiano y en los lias de 
diferentes países. 

Lejos de circunscribir estos descubrimientos sucesivos la 
paleontología, contribuyen á ensanchar sus dominios, trazados 
al principio sobre un plano más reducido y menos racional 
que aquel á que conducen los progresos de las observaciones. 



ZOOLOOIA. 

De los orígenes de los animales domésticos y de los sitios y las 
épocas cuando se domesticaron: por Mr. Is. Geoffroy-Saint- 

HlLAlRE. 

(Cnni[)tes rendus, ^7 enero 4859.) 

Los estudios sobre antropología de que he tenido la honra 
de presentar algunas partes á la Academia, dice el autor (1), 



(1) De la possibilité d'éclairer l'histotre naturelle de fhomme par 
rétude des animaux domestiques. (Comptes rendus de I'Académie des 
Sciences, t. 4í 1837.) 



496 
rae inclinaron hace más de veinle añosa examinar el origen de 
nuestros animales doméslicos. Posleriormenee he venido á pa- 
rar de nuevo á estns difíciles cuestiones á causa de mis traba- 
jos de zoología aplicada, y en estos últimos tiempos con mo- 
tivo de mis estudios sobre la Historia Natural General, y par- 
ticularmente sobre la especie orgánica. A fin de reunir, para 
un libro que pronto tendré el gusto de presentar á la Acade- 
mia (1), todos los elementos necesarios á la discusión de la cues- 
tión de la especie, me he visto precisado á pensar de nuevo en 
la determinación del origen de los animales domésticos, procu- 
rando completarla hasta donde lo permite el actual estado de 
nuestros conocimienios. * 

Hé aquí la marcha que he seguido: 
1." Entresacar de las obras de los naturalistas, y en su de- 
fecto de los historiadores y demás autores de diferentes énocas, 
los datos que han recojido acerca de las primeras introduccio- 
nes de los animales domésticos; y respecto de las especies cuya 
domesticación se pierde en la noche de los tiempos, determi- 
nar por lo menos su estado en los pueblos de la remola anti- 
güedad, con auxilio de los antiguos libros del Asia, como la 
Biblia, el Zend-Avesta, los Vedas y los Kings, y de los monu- 
mentos del Egipto y de la Asirla (2). 

2." Buscar, por medio de los hechos de la historia natural 
y por el estudio comparativo de las especies salvajes y de las 
razas domésticas, las procedencias de estas. 

3.° Comparar los resultados obtenidos por estos dos métodos, 
y confirmar unos con otros. 

Los resultados de ambos métodos se presentan conformes en 
todas partes sin excepción, y de una manera satisfactoria; pero 



(1) El tomo 2 (2." parte) de la Hisloire naturale genérate des 
regnes organiques. Para este libro se ha hecho el trabajo, cuyo resumen 
presentamos aquí. 

(2) Séame permitido expresar aquí mi agradecimiento á muchos de 
nuestros sabios consocios da la Academia de Inscripciones, E. Bnrnouf, 
Langlois, Dureau de la IVIalIu, Jomard y San Julien, sin cuya bondad me 
habria sin duda extraviado desde los primeros pasos en estos indispensa- 
bles preUminares de mi trabajo. 



497 
esto no quiere decir que sean siempre suficientes. La solución 
exacta y completa es aquí la determinación especifica y segura 
del origen; se obtiene en la mayor parte de los casos; pero en 
otros, la determinación especilica no puede ponerse completa- 
mente fuera de duda, ó bien sólo se consigue circunscribir la 
investigación del origen entre dos ó algunas especies próximas. 

Este último caso se presenta, por ejemplo, respecto del car- 
nero. Es un animal que se menciona en el Génesis (y desde sus 
primeras páginas), en q[ Zend-Avesta, en los Vedas y en el 
Chou-Kimj; razón por la cual se le designa como animal de 
origen asiático. En efecto, en Asia hallamos especies muy pró- 
ximas al carnero, pero al mismo tiempo muy afines entre sí; 
y esto hasta tal punto, que todavía no se ha podido distinguir- 
las bien. Pallas se dio, pues, demasiada prisa á deducir que 
el carnero desciende del argalí. La determinación específica 
nos es aún desconocida, y por consiguiente, aquí la solución no 
es sino aproximada. 

El buey está en el mismo caso que el carnero, y aun ofrece 
algunas dificultades más. 

Respecto del gato y de la cabra se llega, por el contrario, 
á determinaciones especificas tan exactas como es posible; pero 
no están exentas de toda incertidumbre. Es probable, no ab- 
solutamente cierto, que el gato descienda de una especie afri- 
cana, el felis maniculata, y la cabra de una especie asiática, 
el capra wgagrus. 

Hemos hallado pruebas de que el gato, á pesar de cuanto 
han dicho algunos autores, lo domesticaron desde una remota 
antigüedad en el Asia Oriental. El miau, citado en el Li-ki, 
es el gato, pero aún en estado salvaje. Por el contrario, cuando 
de Asia pasamos al Egipto, abundan las pruebas de la domes- 
ticidad, y aún más directas aquí que respecto de ningún otro 
animal; porque, aparte de las pinturas y las figuras que repre- 
sentan el galo, se le ve en estado de momia en las catacumbas. 
Así, pues, nos vemos precisados á buscar su origen en las inme- 
diaciones del Egipto; y efectivamente, en Nubia y Abisiuia se 
halla la especie más próxima al gato doméstico (1), y su origen 



(1) Felis maniculata, 

TOMO IX. 32 



408 
según Temminck, Crelsclimar, Ehremb(M-p; y deRlainvillo, cuya 
determinación liebe ser adoptada como muy probable, si bien no 
como enteramente cierta. Lo que de hoy más esta demostrado 
es el origen oriental del galo: la especie europea, de que por 
tan largo espacio de liempo se le ha hecho derivar, se dileren- 
cía de él por un carácter evidentemente distintivo. 

La cabra se memiona también como el carnero en los an- 
tiguos libros del Asia, lis verdad que la hemos buscado infruc- 
tuosamente en el Cliou-King, pero figura en el Génesis, en el 
Zend-Avesta y los Vedas; ha existido, por consiguiente, desde 
la más remota antigüedad, con anterioridad al Lgipto, en casi 
toda la extensión del Asia, exceptuando el extremo oriental. 
Pero precisamente en Asia, Asia Menor, y con particularidad en 
las montañas de Persia, es donde se encuentra el egagro, tan 
pirecido al macho cabrio en la mayor parte de sus caracteres 
específicos, en particular por la forma muy caracterizada de 
sus astas, que son comprimidas y carenadas, y por consi- 
guiente muy distintas de las de los cabrones monteses de Eu- 
ropa y África; así lo tenían reconocido hace cerca de un siglo 
Güldenstaedl y Pallas, y lo han probado recientemente Boulin, 
Brandt, Schimper y Sacc. 

La determinación del origen es. por fortuna, en mucho 
mayor número de casos, á la vez exacta y cierta. Puede deter- 
minarse específicaraenle en vista de los hechos de la Historia 
Natural y de los testimonios de la historia, el origen, no sólo 
de todos los animales más ó menos recientemente domesticados, 
sino también de muchos de los que ya poseian los antiguos; y 
aun entre ellos, de algunas de las especies cuya domesticación 
se pierde en la noche de los tiempos. 

Tal es, por ejemplo, entre las aves, la gallina. El Zend- 
Avesla no deja la menor duda acerca de su domesticación en- 
tre los antiguos Parsos; pues la religión mazdeena prescribía á 
todo fiel mantener en su casa un buey, un perro y un gallo. 
representante del saludo matutino. Pero precisamente el Asía 
es la patria, no sólo de los gallos en general, sino también de 
una especie cuyos caracteres se reproducen fielmente en mu- 
chas de nuestras razas ilomésticas. Vemos todavía comunmente 
en nuestros corrales gallos exactamente coloreados como el 



499 
bankiva. Temminck, que es el primero que describió el gallo 
bankiva, é hizo ver su intimo parenlesco con nuestras razas 
domésticas, lo creia, es viM-dad, originario de Java, al paso que 
otros le suponen oriundo de las Filipinas. Pero podemos ase- 
gurar que dicho gallo se encuentra en el continente asiá- 
tico; y asi desaparece la última dificultad que habia encon- 
trado la determinación de su origen. 

Estos ejemplos bastarán, y no podemos hacer más en este 
resumen, para dar una idea de la marcha que hemos seguido. 
El cuadro sinóptico que sigue dará á conocer los resultados que 
hemos obtenido, estudiando de esta manera los cuarenta y siete 
animales que el hombre ha leducido al estado de domesti- 
cidad (1). 

Hemos visto que las nociones en que se funda la determi- 
nación de los animales domésticos están tomadas, unas de la 
historia, otras de la zoología. Asi, pues, las consecuencias a 
que han conducido son, unas históricas, otras zoológicas (2). 

Indicaremos sucintamente las principales. 

I. La inmensa mayoría de los animales domésticos perte- 
nece á las dos clases superiores del reino. 

Y más especialmente, podemos añadir, á los herbívoros en- 
tre los mamiferos, á las granívoras entre las aves, y en estas 
dos clases a los grupos más notables por la precocidad de 
su desarrollo. De veintiún mamíferos hallamos , en efecto 
un roedoi' precoz (3), tres paquidermos y trece rumianles, de 
los cuales diez pertenecen á los géneros bus y camelus, de Lin- 
neo; y de diez y siete aves, ocho son gallináceas y seis palmí- 
pedas lamelirostres (4). 



(1) No hemos comprendido en este cuadro las especies cuya domes- 
ticación se ha obtenido recientemente. 

("2) O mas bien biológicas, porque la mayor parte puede hacerse 
extensiva á los dos grandes reinos. 

(3) El cerdo de la India. El segundo roedor doméstico, el conejo, el 
también herbívoro, pero no precoz. 

(4) Y dos de palomas; estos eminentemente granívoros, pero no 
precoces. 



oOO 

Un predominio tan marcado de las especies vegelivoras y 
precoces no puede ser l'orlnito, sino que marca evidcnlemenle 
los giupos que los han suministrado, como los que reúnen las 
condiciones más favorables á la domeslicaí ion (1). 

La hisloi ia de los benclicios que nos han legado nuestros 
anlepasiulos viene, pues, á iluminarnos acerca de los seivicios 
que podemos legar á nuestros descendientes. Los grupos que más 
nos han enriquecido ya, son también aquellos á que debemos pe- 
dir más riquezas nuevas. Así lo confirma la experiencia, porque 
entre los animales que, en virtud de repetidos ensayos, estamos 
autorizados á considerar, ó como medio conquistados desde 
ahora ó |)róximos á ser domesticados, la mayor parte son tam- 
bién mamíferos herbívoros y aves granívoras. 

Esta observación puede generalizarse más. Las clases que, 
después de los mamíferos y de las aves, parecen destinadas á 
ofrecer al hombre más animales útiles, son también las que ya 
le han dado algunos; los peces y los insectos. 

El hombre parece llamado á extender poco á poco su imperio 
desde las alturas del reino animal hasta los seres de casi todos 
los grados. En los tiempos más antiguos apenas poseyó sino 
Diaraiferos; en los siglos modernos, casi ha igualado á su número 
el de las aves. El rápido movimiento comunicado desde hace 
algunos años, sobre todo á la piscicultura y á la sericicultura, 
maniliesta que ha llegado el momento en que van á multipli- 
carse á una vez los peces de nuestros viveros y los insectos de 
nuestros criaderos de gusanos de seda, y el progreso no se limi- 
tará á esto (2). 

II. Los animales domésticos tienen distribuciones geográficas 
de muy desigual extensión. Mientras unos están localizados to- 
davía, es decir, que son propios á un pequeño número de regio- 
nes, ó aun á una sola, otras se han hecho cosmopolitas, ó en 



(1) Lo hemos demostrado en un trabajo sobro la Domestícarion de 
los animales, publicado en nuestros Essais de Zoología genérale, pág. 275. 

(2) Si es que se detiene aquí. Los recientes progresos de la hirudi- 
eultnra ó cria de sanguijuelas permiten casi colocar desde ahora los 
anélidos en el número de las clases que contienen animales domésticos. 



501 

oíros lérminos, comunes, si no absoliilamonte á todos los pue- 
blos, a lo menos á lodas las partos del mundo, y á la vez á 
sus regiones calientes, templadas o frias. 

En el número de los animales cosmopolitas no figura nin- 
guno de aquellos cuya domesticación es más ó menos reciente. 
Este hecho se explica por sí mismo, y no merece que nos de- 
tengamos en él. 

Tampoco vemos entre los animales cosmopolitas ningún pez, 
y sobre todo ningún insecto. El gusano de seda de la morera, 
cuya domesticación se remonta por lo menos á cuarenta y cinco 
siglos, está lejos de ser cosmopolita. Ha podido muy bien lle- 
gar á ser común á las cinco partes del mundo, pero sólo en 
sus regiones calientes y templadas; y nada anuncia que deba 
salir de ellas, como tampoco ha salido el árbol de que se ali- 
menta, ni ninguno de los vegetales cultivados originarios délos 
mismos paises, y con mayor razón más cálidos aún. 

Al contrario, entre los mamíferos y las aves cuya domesti- 
cación es muy antigua, no sólo hallamos animales cosmopolitas, 
sino que el mayor número ha llegado á serlo. El caballo, el 
buey, el carnero, la cabra, el gato y hasta el cerdo, que se ha 
dicho muchas veces, aunque equivocadamente, que se hallaba 
limitado á los climas calientes y templados; y también en la 
otra clase, la gallina y la paloma, están esparcidas desde el 
Ecuador hasta latitudes muy altas, y con respecto á nuestro he- 
misferio en particular, hasta el círculo ártico. Pero el más cos- 
mopolita es el perro. Allí donde cesa la vegetación y donde se 
detiene el herbívoro, el perro vive todavía de los despojos de 
la caza ó de la pesca de sus amos. El mismo animal que al 
Mediodía guarda los carneros sin lana del africano, caza i)aia 
el indio de las Amazonas, sirve de alimento al chino, y detiende 
las chozas del Papón, se encuentra en el N. guardando los re- 
nos del Japón, y siguiendo al esquimal hasta por los hielos 
polares. 

Los demás mamíferos muy de antiguo domesticados, el asno, 
el camello, el dromedario y el cebú, sin tener una distribución 
geográfica tan extensa, ocupan sin embargo gran p;irte de la 
su|)erlÍL'¡e del globo; y lo mismo sucede respecto de algunas 
otras especies cuya domesticación se refiere á una época mucho 



S02 

mas remóla, como el búfalo, el ganso y hasta el ánade. Esle 
llega también, en muchos puntos, al S. hasta el Ecuador y el 
hemisferio austral, y por el N. hasta el circulo ártico. 

III. La consecuencia práctica de estos hechos se presenta 
por si misma. El hombre puede modificar considerablemente la 
distribución geográfica, ya que no de lodos los seres organizados 
sobre los cuales puede convenirle extender su acción, á lo 
menos de una parte de ellos; si no de los peces, los insectos y 
los demás invertebrados, respecto de los cuales, como de los ve- 
getales, su poder parece mucho más limitado, aunque también 
es considerable (1), por lo menos de las dos clases superiores 
del reino animal: en otros términos, y colectivamente, de los 
animales de sangre caliente, ó por mejor decir, de circulación 
doble, de gran respiración, de temperatura propia é indepen- 
diente de la del medio en que viven. Sobre eslos últimos, el 
hombre, con la ayuda del tiempo, puede todo lo que quiere. 
Lo que ha hecho en el pasado, es la medida de lo que hará en 
lo futuro. De los mamil'eros'y de las aves de las regiones ca- 
lientes ha obtenido, y puede por consiguiente obtener todavía, 
sabiendo manejar las transiciones, razas aptas para vivir bajo 
el cielo del N., y recíprocamente; y allanando gradualmente 
las barreras que separan las especies, aclimatarlas en todas 
partes, como se ha aclimatado él mismo. 

IV. El Oriente, y en particular el Asia, es la patria origi- 
naria de la mayor parte de los animales domésticos, y espe- 
cialmente de todos aquellos cuya domesticación es más a¡\- 
tigua. 

La consecuencia de esta proposición, bajo el punto de vista 
de la Historia Natural aplicada, es fácil de comprender; nin- 
gún resultado es más propio para poner en evidencia la posibi- 
lidad de aumentar considerablemente el número de nuestros 
animales domésticos. Cuando una sola parle del mundo, el Asia, 
ha dado á Europa más de veinte animales domésticos, y entre 
ellos todos los que mayor importancia tienen, ¿debe bastarnos 



(1) Respecto de los animales de sangre fría, liabia hecho ya (Jni- 
maux útiles, pág. 147) la reserva que renuevo en este lugar. 



503 

el haber obtenido cuatro de África, igual número de América, 
y ni uno sólo de la Australia y de los archipiélagos de la Poli- 
nesia? 

V. El predominio de las especies de origen oriental no 
ofrece, bajo el punto de vista etnológico, menor interés. Los 
animales domésticos, y lo mismo puede decirse de los vegetales 
cultivados á beneticio de las modificaciones que el hombre les ha 
hecho experimentaren su distribución primitiva y en su organi- 
zación, son como otros tantos monumentos de la acción y del po- 
der del hombre en los tiempos antiguos; y la determinación 
de su origen geográfico y del lugar de su primera domestica- 
ción, no pueden menos de ilustrar mucho acerca del origen 
geogrático del mismo hombre, y del lugar de su primera civili- 
zación (1). Si, como lo paicnlizan las tradiciones más antiguas 
y más respetables, «las altas tierras del Asia han sido la pri- 
mera mansión del hombre; si en estas mismas tierras han 
nacido las arles de primera necesidad (2),» es evidente que en 
las altas tierras de Asia debemos buscar también el origen de 
nuestras especies más antiguas y principales; y si en ellas es 
donde en efecto las hallamos. ;.no será exacto decir que lo 
que ya era una verdad tradicional, se convierte en una verdad 
de hecho? 

Pero este es precisamente el resultado á que nos conduce 
la ciencia. De 4" animales domésticos, 29, de los cuales po- 
see el hombre 13 desde muy antiguo, son de origen asiático. 
Entre ellos se cuentan, sin excepción alguna, todos los que 
son de primera necesidad, ya para nosotros, como el caballo, 
el buey, el carnero, el cerdo, el perro, la gallina y otros, ya 



(1) Así lo he consignado ya en la Memoria citada antes-. Déla posi- 
bilidad de ilustrar la Historia natural del hombre por medio del estudio 
de los animales doméstios. 

A causa de la semejanza de las ideas presentadas en esta Memoria 
con las de Durcau de la Malle (véase la nota siguiente), advertiré que 
un extracto de mi trabajo habia visto ante la luz en el Bulletin de Iw 
Société des sciencies natiirelles, pág. .53; 1835. 

(-) BuffoD, Suppl. /', Epoques de la 7ialure, pág. l'JOi 177 8. 



504 
para los pueblos de Asia y África, como el camello, el drome- 
dario y el cebú, después de los cuales puede citarse el gusano 
de seda. 

En vista de un resullado tan terminante, no es licita la 
duda, y la noción del origen asiático de nuestros principales 
animales domésticos está bastante sólidamente establecida, 
para servir á su vez de punto de partida en el descubrimiento 
de nuevas verdades (1). 



(1) La noción del origen asiático de los principales animales domés- 
ticos (y aun pudiera aüadirse do los principales vegetales ciil(ivados) 
dista mucho de ser nnova en la ciencia'. Ya en la antigüedad liabia 
dicho EstraboD, con referencia d Megastenes: «Una gran parle do los 
animales que tenemos en estado doméstico, vive salvaje en Asia.» Y 
Eliano habia sido aun mucho más esplícilo. «En las montañas interiores 
y casi inaccesibles de la India se hallan, dice, en estado salvaje los mis- 
mos animales que son domésticos entre nosotros. Las ovejas, las cabras 
y los bueyes vagan errantes á su voluntad, y los perros son libres.» 

Pero todo esto no pasaba de meros asertos, y hasta la segunda parte 
del siglo XVIII los naturalistas no hablan creído deber concederles 
asenso. ¿Los habían siquiera conocido? A Güldenstaedt y Pallas se debe 
el verlos reproducidos, discutidos y hasta justificados por los hechos en 
seis especies de cuadrúpedos domésticos. En nuestro siglo los han vuelto 
á tomar en cousideracion algunos naturalistas y eruditos, y los han ex- 
tendido, especialmente Link y Dnrcau de la Halle, á otras especies, «á 
casi todas, á once de doce,» decía Dureau en sus últimos trabajos de 
zoología histórica. La duodécima, que con sentimiento dejaba á Europa, 
arrastrado por el ejemplo y la autoridad de Cuvier, era el buey. Pero 
esta excepción debe también desaparecer. El buey, y lo mismo su congé- 
nero, el cebú, son asiáticos, como todos los rumiantes domésticos; y entre 
los animales domesticados desde muy antiguo, el número total asciende, 
respecto del Asia, no á once de doce, sino á trece de catorce. 

Dureau do la Malle tenia, pues, rancha más razón de la que él 
mismo creía al decir: «que la Historia natural, aunque procediendo por 
medios diferentes de los que emplea la filología, confirma el hecho nota- 
ble,» reconocido desde hace mucho tiempo, "de que anteriormente á los 
hechos históricos, ha venido á nuestro Occidente una gran emigración 
de pueblos orientales, que nos han traído los elementos de su idioma, 
su civilización y sus animales.» 



o05 

YI. Los animales domésticos clasificados en nuestro cua- 
dro, con arreglo á sus relaciones zoológicas y á su origen geo- 
grcáfico, están al mismo tiempo distribuidos en él según el or- 
den cronológico de su domesticación. De aquí nacen otros re- 
sultados, de los cuales el primero es el siguiente. 

Las especies más útiles al hombre se han domesticado, no 
sólo desde la antigüedad, sino desde la época más remota de 
la antigüedad, desde los tiempos anti-históricos (1). 

Y así debía ser. Las especies útiles son á las de mero re- 
creo lo que lo necesario es á lo supéríluo. Por esta razón han 
precedido en mucho á las demás. Entre los anímales, debemos 
las primeras á los pueblos pastores de Oriente, y entre ellas 
sin excepción alguna, todas las que con tanta justicia se han 
llamado de primera necesidad para el hombre. Los griegos, 
amantes de lo bello bajo todas sus formas, son los que empe- 
zaron á colocar al lado de las especies útiles las de adorno: el 
faisán y el pavo real son duraderos trofeos de sus pasajeras 
conquistas en Asia. 

VII. Entre los animales domesticados de muy antiguo, se 
encuentran los extremos de las modificaciones producidas por 
la domesticidad y el cultivo; esto es lo que de antemano hu- 
biera podido anunciarse, porque existen relaciones fáciles de 
apreciar entre la antigüedad de la posesión de un animal por 
el hombre, su extensión por la superficie del globo, el número 
y la diversidad de las condiciones de existencia en que ha sido 
colocado, y el número y la importancia de las variaciones que 
ha sufrido. 

¿Hubiera podido preverse del mismo modo este otro resul- 
tado de la observación de los animales domésticos? Aun en 



(i) Esta proposición, que es verdadera sin excepción alguna res- 
pecto de los animales, puede hacerse extensiva, salvas algunas reservas, 
á los vegetales. El origen del cultivo de las principales plantas alimenti- 
cias, el trigo, cebada, viña y la palma se pierde en la noche de los tiem- 
pos, lo mis